miércoles, 21 de diciembre de 2011

Breve historia de un microcuento premiado


El azar y la suerte a veces se acoyuntan, en un lavabo, en el ascensor, o en el probador de alguna tienda tumultuosa, y de ese polvo urgente, breve e intenso, fecundan criaturas, seres, hechos y consecuencias. Gracias a esa proactividad sexual yo he disfrutado de tres instantes de suerte en mi vida.

Si hoy mismo muriese y la reencarnación fuese posible, contaría con un 80% de probabilidades de nacer en algún lugar muy pobre del mundo. Lo digo porque estoy convencido de que nacer en el lugar que nací, en la casa de mis padres, fue mi primer golpe de fortuna.

El segundo fue conocer a mi amor, con quien inicié mi segunda vida.

El tercero consistió en superar las pruebas de acceso a una plaza de contratado laboral de una universidad pública, aunque tal y como están las cosas, en algunos momentos me asaltan dudas.


Yo creía que con estos tres éxitos vitales había agotado todas las existencias de suerte de la libreta de racionamiento que me había provisto el azar para caminar por la existencia. Y mira por donde, hace unas semanas decidí presentar una historia al concurso de microcuentos del Diari de Terrassa; un certamen muy jugoso, con 600€ para el primer premio y un ordenador estratosférico para el segundo, y… ‘voila’, me dan el segundo.


La historia del origen del microcuentocuento es breve, como
debe ser en honor a la lógica. Hace un par de años tomaba café en la terraza de un bar y vi como un papá obligaba a su hijito a subir en uno de esos coches que se balancean a la puerta de los bares. El niño berreaba, no quería estar subido allí de ninguna de las maneras, pero papá erre que erre, hasta que se acabó el euro. Entonces vi claramente la imagen del poderoso obligando al débil a hacer algo en contra de su voluntad. E imaginé la misma situación pero ampliada desde tres puntos de vista diferentes: el del niño, el de la familia y finalmente, el del observador neutral. Y también vi, además, que todos, absolutamente todos, hemos pasado en algún momento de la vida por esos tres ángulos desde los que hemos experimentado la misma situación.

El cuento era un poco más extenso porque en origen pertenecía a este blog. De hecho salió de aquí. Las bases del concurso me obligaron a recortarlo, a releerlo y a reescribirlo treinta veces, hasta que quedé medianamente satisfecho. Hoy, la historia que presenté hace unas semanas y que ha merecido el segundo premio entre 600 obras presentadas, adquiere un nuevo significado, porque los que mandan insisten y persisten en intentar convencernos de que el daño que nos hacen es por nuestro bien, y para demostrarlo, repiten, y giran la tuerca las veces que sean necesarias, siempre con una sonrisa blanca y brillante.


Bueno, ahí va. Es corto,
micro, pero si a las primeras de cambio les resulta insufrible, paren y bájense, que en lo que concierne a la lectura todavía somos soberanos.


Tarde de feria

Al niño no le hacía gracia que le montasen sobre el caballo. Sus padres le colocaban a horcajadas sobre la silla de montar y disponían sus manecitas sujetas a la barra de hierro. Después le daban instrucciones atropelladas sobre no soltarlas de ningún modo, porque se podría caer. Antes de dejarle a su suerte en el carrusel le dieron un beso, le apretujaron entre sus manazas y volvieron con toda la troupe familiar, que observaba la escena con gesto pánfilo y sonrisa lela, sin dejar de gritar su nombre.

Entonces el carrusel arrancaba y sonaba una música monótona de cascabeles enlatados que acentuaba todavía más la congoja del pequeño, quien no dejaba de recordar para sí, como una letanía, que bajo ninguna circunstancia debía de soltar sus manos del hierro que hacía danzar al caballo. Él, por no desairar a la concurrencia, giraba la cabeza y miraba con cara de circunstancias, entumecida por el miedo y la incomodidad del artefacto. A la tercera vuelta saludó esbozando un intento de sonrisa y se sobresaltó porque casi suelta la mano.

El niño se hartó de fingir. Ya no quería estar sobre aquella cosa con aspecto de caballo y, a la quinta vuelta, dejó de sonreír. De hecho, tuvo que acopiar arrestos para contener el aluvión de llanto en la garganta. Inmediatamente allá abajo, en tierra firme, se encendieron las alarmas y mamá le dijo a papá, con gestos de gran urgencia, sube y mira a ver, que ya no ríe. Y papá subía en marcha, trastabillando, intrépido, en su momento heroico.

Mientras, toda la parentela opinaba acerca de la pérdida de la sonrisa. Así pasaron otras cuatro vueltas, sin que pudiesen saber si el niño la había recuperado, si lloraba o qué diablos pasaba, porque la espalda de papá se interponía entre ellos y la criatura.

Finalmente el carrusel se detuvo, el sonsonete cesó y papá bajó con su hijo en brazos. A pesar del barullo, un silencio incómodo tensó al grupo, hasta que alguien gritó: ¡al tren de la bruja!; una nueva ocurrencia feliz para una inolvidable tarde de feria.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Queridísimos hijos




Estos días, entre Stendhal, Balzac y Kafka, se me ha colado un librito que me ha estremecido. Es el diario y las cartas que Eva Forest escribió a sus hijos mientras cumplió prisión y sufrió tortura en la Dirección General de Seguridad y en la cárcel de Yeserías, acusada de formar parte del comando de ETA que colocó una bomba en la cafetería madrileña Rolando en septiembre de 1974 y que mató a 12 personas e hirió a otras 71. Jamás se pudo probar su participación en el atentado, y tampoco la de su marido, el dramaturgo Alfonso Sastre, Premio Nacional de Teatro en 1985 y autor, entre otras muchas obras, de “La taberna fantástica”. Ambos, mientras cumplían prisión y eran torturados, fueron igualmente acusados de matar a Carrero Blanco, quizá porque Eva, bajo el pseudónimo de Julen Agirre, escribió, un año después de la muerte del Almirante el libro “Operación Ogro”, en el que se detalla todas las vicisitudes del atentado.

Yo, coetáneo de todas esta historia que ahora he simplificado, no conocía más que a Alfonso Sastre gracias a un reciente y polémico artículo publicado en el diario Gara y un par de sus obras de teatro que vi en televisión. Recuerdo todavía al gran Rafael Álvarez “El brujo” en una versión para el cine de “La taberna fantástica” dirigida por Julián Marcos en 1991 y, vagamente, escenas difuminadas en la memoria de mis años adolescentes en las que aparecen en la pantalla del televisor en blanco y negro los cinco soldados de “Escuadra hacia la muerte”.

Si de Sastre conocía poco, de Eva Forest menos. No sabía de su existencia. Murió en 2007 a los 70 años de edad. En el momento de su detención ambos eran padres de tres hijos: Juan, Pablo y la pequeña Eva ( “mi evita del culete duro”, como ella la llama). Cuando por fin Eva Forest sale de la Dirección General de Seguridad en la que se la somete a torturas durante 9 días, ingresa en un módulo incomunicado de la Cárcel de Yeserías. Allí pide papel y lápiz y dedica toda una semana a escribir un diario que inicia con la frase “Queridos hijos”. Poco después, mientras continúan los interrogatorios dirigidos por un misterioso “teniente”, éste le retira el permiso para escribir. A las dos semanas la ingresan en el módulo común de Yeserías y aquí vuelve a solicitar papel y lápiz. La dirección de la cárcel le permite un folio por semana. En esa hoja la madre Forest habla con Juan, con Pablo y con su pequeña Eva. Cada una de las cartas está encabezada, siempre, con la frase “queridísimos hijos” y en ellas la autora despliega todo el caudal de cariño, amor y ternura que es capaz de dar una madre que se ve forzada a animar a los suyos, a permanecer y ejercer como madre incluso en la peor de las tesituras, desde una situación límite, de injusticia, dolor y humillación diaria. En esa correspondencia que quiere ser diálogo, abrazo y beso, Eva muestra en todo momento una fortaleza ejemplar y una coherencia ideológica heróica que se filtra a través de opiniones o consejos que da a sus hijos referentes a temas como la familia, la amistad, el amor, la cultura, el trabajo, el estudio, sobre todo el estudio… y todo aquello que tiene que ver con un modelo de sociedad a la que aspira y a la que jamás va a renunciar: una sociedad de hombres y mujeres libres. Así, todas las semanas, hasta que “ya va terminándose el papel, queridos hijos”.

Hay párrafos emotivos, que llegan a conmover. A veces me sorprendía presionando la página del libro. Alguien que ha sufrido torturas, que está encerrado injustamente, que carece de todo derecho, que es capaz de ver en su celda la habitación de un hotel; el rancho carcelario en el más opíparo manjar; la litera en la más confortable de las camas; alguien que les dice a sus hijos “No se necesita más”, también es capaz de escribir, por ejemplo, que “Sólo el que siente y ama mucho puede reír abiertamente, sin temor de nada, sin amargura, porque su alegría es liberadora. Y sólo el que siente alegría puede luego pensar sobre las cosas más tristes y verlas con ojo crítico y contemplarlas a distancia con sentido del humor”.

En una de los párrafos del diario, la prisionera, incomunicada y convaleciente de las torturas, diserta sobre la utilidad de su trabajo como escritora, y reflexiona sobre el lenguaje, y dice que “falla el lenguaje para propagar los horrores a los que estoy asistiendo, cansada de publicar aburridísimos artículos que se repiten sin saber qué estructura dar al ensayo para que obligue a la reflexión, ni qué fórmula impactante aplicar al cuento, y no siendo poeta, no hago más que buscar brechas por las que deslizar la misma denuncia de siempre”. Poco después escribe a sus hijos en una carta, “imaginación es lo posible”.

En este libro que ha reeditado el diario “Público” dentro de su colección ‘Literatura Prohibida’ he hallado tres cosas muy valiosas. La capacidad de amar de una madre, la fortaleza de las ideas y un pedazo muy importante de mi historia contemporánea que intentan birlarme. Porque es curioso, paradójico, y tragicómico descubrir verdades de mi presente gracias a la lectura de “La Cartuja de Parma”, “Eugenie Grandet”, “El Proceso”, “La Metamorfosis” o “Carta al padre” y sin embargo, cuando entre todas esas lecturas se cuela en la calma de mi sillón aquello que más me concierne por proximidad temporal, geográfica e histórica, la primera impresión es la de sorpresa, quizá de incredulidad, y a menudo de rabia, porque al final, uno acaba concluyendo que, interesadamente, en España se ha desplegado un manto opaco de olvido sobre una época en la que se dirimieron, de nuevo, los sueños y la utopía frente al gran poder, con la finalidad de hacer prevalecer una oficialidad que, ya desde buen principio -antes incluso de la muerte del dictador- tenía muy claras qué herramientas utilizar para que en esencia nada cambiase.

Por eso, quizá, cuando descubro y leo una historia como la de Eva Forest, pienso que el estremecimiento que me encrespa es al mismo tiempo, intenso, estéril y tardío, parecido al que uno siente al conocer la historia lejana de una injusticia legendaria de caballeros andantes y dragones feroces. “¡Espantosa condición la del hombre! Todo lo que constituye su felicidad proviene siempre de la ignorancia”. Balzac es quien escribe el final de este homenaje.