
El azar y la suerte a veces se acoyuntan, en un lavabo, en el ascensor, o en el probador de alguna tienda tumultuosa, y de ese polvo urgente, breve e intenso, fecundan criaturas, seres, hechos y consecuencias. Gracias a esa proactividad sexual yo he disfrutado de tres instantes de suerte en mi vida.
Si hoy mismo muriese y la reencarnación fuese posible, contaría con un 80% de probabilidades de nacer en algún lugar muy pobre del mundo. Lo digo porque estoy convencido de que nacer en el lugar que nací, en la casa de mis padres, fue mi primer golpe de fortuna.
El segundo fue conocer a mi amor, con quien inicié mi segunda vida.
El tercero consistió en superar las pruebas de acceso a una plaza de contratado laboral de una universidad pública, aunque tal y como están las cosas, en algunos momentos me asaltan dudas.
Yo creía que con estos tres éxitos vitales había agotado todas las existencias de suerte de la libreta de racionamiento que me había provisto el azar para caminar por la existencia. Y mira por donde, hace unas semanas decidí presentar una historia al concurso de microcuentos del Diari de Terrassa; un certamen muy jugoso, con 600€ para el primer premio y un ordenador estratosférico para el segundo, y… ‘voila’, me dan el segundo.
La historia del origen del microcuentocuento es breve, como debe ser en honor a la lógica. Hace un par de años tomaba café en la terraza de un bar y vi como un papá obligaba a su hijito a subir en uno de esos coches que se balancean a la puerta de los bares. El niño berreaba, no quería estar subido allí de ninguna de las maneras, pero papá erre que erre, hasta que se acabó el euro. Entonces vi claramente la imagen del poderoso obligando al débil a hacer algo en contra de su voluntad. E imaginé la misma situación pero ampliada desde tres puntos de vista diferentes: el del niño, el de la familia y finalmente, el del observador neutral. Y también vi, además, que todos, absolutamente todos, hemos pasado en algún momento de la vida por esos tres ángulos desde los que hemos experimentado la misma situación.
El cuento era un poco más extenso porque en origen pertenecía a este blog. De hecho salió de aquí. Las bases del concurso me obligaron a recortarlo, a releerlo y a reescribirlo treinta veces, hasta que quedé medianamente satisfecho. Hoy, la historia que presenté hace unas semanas y que ha merecido el segundo premio entre 600 obras presentadas, adquiere un nuevo significado, porque los que mandan insisten y persisten en intentar convencernos de que el daño que nos hacen es por nuestro bien, y para demostrarlo, repiten, y giran la tuerca las veces que sean necesarias, siempre con una sonrisa blanca y brillante.
Bueno, ahí va. Es corto, micro, pero si a las primeras de cambio les resulta insufrible, paren y bájense, que en lo que concierne a la lectura todavía somos soberanos.
Tarde de feria
Al niño no le hacía gracia que le montasen sobre el caballo. Sus padres le colocaban a horcajadas sobre la silla de montar y disponían sus manecitas sujetas a la barra de hierro. Después le daban instrucciones atropelladas sobre no soltarlas de ningún modo, porque se podría caer. Antes de dejarle a su suerte en el carrusel le dieron un beso, le apretujaron entre sus manazas y volvieron con toda la troupe familiar, que observaba la escena con gesto pánfilo y sonrisa lela, sin dejar de gritar su nombre.
Entonces el carrusel arrancaba y sonaba una música monótona de cascabeles enlatados que acentuaba todavía más la congoja del pequeño, quien no dejaba de recordar para sí, como una letanía, que bajo ninguna circunstancia debía de soltar sus manos del hierro que hacía danzar al caballo. Él, por no desairar a la concurrencia, giraba la cabeza y miraba con cara de circunstancias, entumecida por el miedo y la incomodidad del artefacto. A la tercera vuelta saludó esbozando un intento de sonrisa y se sobresaltó porque casi suelta la mano.
El niño se hartó de fingir. Ya no quería estar sobre aquella cosa con aspecto de caballo y, a la quinta vuelta, dejó de sonreír. De hecho, tuvo que acopiar arrestos para contener el aluvión de llanto en la garganta. Inmediatamente allá abajo, en tierra firme, se encendieron las alarmas y mamá le dijo a papá, con gestos de gran urgencia, sube y mira a ver, que ya no ríe. Y papá subía en marcha, trastabillando, intrépido, en su momento heroico.
Mientras, toda la parentela opinaba acerca de la pérdida de la sonrisa. Así pasaron otras cuatro vueltas, sin que pudiesen saber si el niño la había recuperado, si lloraba o qué diablos pasaba, porque la espalda de papá se interponía entre ellos y la criatura.
Finalmente el carrusel se detuvo, el sonsonete cesó y papá bajó con su hijo en brazos. A pesar del barullo, un silencio incómodo tensó al grupo, hasta que alguien gritó: ¡al tren de la bruja!; una nueva ocurrencia feliz para una inolvidable tarde de feria.
Si hoy mismo muriese y la reencarnación fuese posible, contaría con un 80% de probabilidades de nacer en algún lugar muy pobre del mundo. Lo digo porque estoy convencido de que nacer en el lugar que nací, en la casa de mis padres, fue mi primer golpe de fortuna.
El segundo fue conocer a mi amor, con quien inicié mi segunda vida.
El tercero consistió en superar las pruebas de acceso a una plaza de contratado laboral de una universidad pública, aunque tal y como están las cosas, en algunos momentos me asaltan dudas.
Yo creía que con estos tres éxitos vitales había agotado todas las existencias de suerte de la libreta de racionamiento que me había provisto el azar para caminar por la existencia. Y mira por donde, hace unas semanas decidí presentar una historia al concurso de microcuentos del Diari de Terrassa; un certamen muy jugoso, con 600€ para el primer premio y un ordenador estratosférico para el segundo, y… ‘voila’, me dan el segundo.
La historia del origen del microcuentocuento es breve, como debe ser en honor a la lógica. Hace un par de años tomaba café en la terraza de un bar y vi como un papá obligaba a su hijito a subir en uno de esos coches que se balancean a la puerta de los bares. El niño berreaba, no quería estar subido allí de ninguna de las maneras, pero papá erre que erre, hasta que se acabó el euro. Entonces vi claramente la imagen del poderoso obligando al débil a hacer algo en contra de su voluntad. E imaginé la misma situación pero ampliada desde tres puntos de vista diferentes: el del niño, el de la familia y finalmente, el del observador neutral. Y también vi, además, que todos, absolutamente todos, hemos pasado en algún momento de la vida por esos tres ángulos desde los que hemos experimentado la misma situación.
El cuento era un poco más extenso porque en origen pertenecía a este blog. De hecho salió de aquí. Las bases del concurso me obligaron a recortarlo, a releerlo y a reescribirlo treinta veces, hasta que quedé medianamente satisfecho. Hoy, la historia que presenté hace unas semanas y que ha merecido el segundo premio entre 600 obras presentadas, adquiere un nuevo significado, porque los que mandan insisten y persisten en intentar convencernos de que el daño que nos hacen es por nuestro bien, y para demostrarlo, repiten, y giran la tuerca las veces que sean necesarias, siempre con una sonrisa blanca y brillante.
Bueno, ahí va. Es corto, micro, pero si a las primeras de cambio les resulta insufrible, paren y bájense, que en lo que concierne a la lectura todavía somos soberanos.
Tarde de feria
Al niño no le hacía gracia que le montasen sobre el caballo. Sus padres le colocaban a horcajadas sobre la silla de montar y disponían sus manecitas sujetas a la barra de hierro. Después le daban instrucciones atropelladas sobre no soltarlas de ningún modo, porque se podría caer. Antes de dejarle a su suerte en el carrusel le dieron un beso, le apretujaron entre sus manazas y volvieron con toda la troupe familiar, que observaba la escena con gesto pánfilo y sonrisa lela, sin dejar de gritar su nombre.
Entonces el carrusel arrancaba y sonaba una música monótona de cascabeles enlatados que acentuaba todavía más la congoja del pequeño, quien no dejaba de recordar para sí, como una letanía, que bajo ninguna circunstancia debía de soltar sus manos del hierro que hacía danzar al caballo. Él, por no desairar a la concurrencia, giraba la cabeza y miraba con cara de circunstancias, entumecida por el miedo y la incomodidad del artefacto. A la tercera vuelta saludó esbozando un intento de sonrisa y se sobresaltó porque casi suelta la mano.
El niño se hartó de fingir. Ya no quería estar sobre aquella cosa con aspecto de caballo y, a la quinta vuelta, dejó de sonreír. De hecho, tuvo que acopiar arrestos para contener el aluvión de llanto en la garganta. Inmediatamente allá abajo, en tierra firme, se encendieron las alarmas y mamá le dijo a papá, con gestos de gran urgencia, sube y mira a ver, que ya no ríe. Y papá subía en marcha, trastabillando, intrépido, en su momento heroico.
Mientras, toda la parentela opinaba acerca de la pérdida de la sonrisa. Así pasaron otras cuatro vueltas, sin que pudiesen saber si el niño la había recuperado, si lloraba o qué diablos pasaba, porque la espalda de papá se interponía entre ellos y la criatura.
Finalmente el carrusel se detuvo, el sonsonete cesó y papá bajó con su hijo en brazos. A pesar del barullo, un silencio incómodo tensó al grupo, hasta que alguien gritó: ¡al tren de la bruja!; una nueva ocurrencia feliz para una inolvidable tarde de feria.

