miércoles, 10 de junio de 2009

Otro verano eterno


He vuelto al mar. Estos días de premonición veraniega me siento a leer a la sombra de una morera. Desde allí tengo a dos pasos el agua azul. Lo puedo ver a través de un amplio arco que une dos edificios antiguos, y por el que se llega a la playa. El mar parece enmarcado, detenido, como cogido por sorpresa entre la piedra rojiza de la bóveda. Un candil marinero cuelga de la clave en forma de pez y da la sensación de que está dispuesto así para completar la postal ideal mediterránea, la fotografía con la que multitud de turistas han vuelto a casa y han podido ser felices haciendo gala del lugar tan mágico y exclusivo en el que pasaron unos días. Alguien lo conectó allí, seguro, con la mala intención de aguar la fiesta a los jóvenes enamorados. Aunque también me gusta pensar que lo instaló hace muchos años un joven pescador con mal de amores, para alumbrar con su luz la espera, o para señalar el camino que debió andar quien nunca volvió. Pasaron los años y, ya viejo, abatido, enfermo de corazón áspero y arrugado, lo dejó colgando para iluminar con su luz pendular las gruesas hileras de lluvia en las noches oscuras de invierno.

Últimamente vuelvo al mar con frecuencia, aunque nunca me ha atraído de manera especial. He sido hombre de interior, pero ahuyentado por las deudas y por ver si encontraba a Dolores, viajé a Inglaterra, y tuve la oportunidad de experimentar en toda su grandeza la fuerza del océano, el ímpetu del viento azotando las velas, las olas salvajes arañando la cubierta, el horizonte encarnado, inalcanzable, cobijando al sol, y el resplandor de la tormenta a lo lejos, surgiendo desde el confín abisal, como si en realidad la luz del rayo emergiese de lo más profundo del mar en lugar de desprenderse de las nubes del cielo. Al llegar a Londres a través del Támesis, aquella furia desatada devenía, milagrosamente, en una calma densa auspiciada por la niebla que tan bien protegió a criminales, contrabandistas, traidores y reyes. Una milla antes de atracar, ya se oía sonar la campanilla del puerto, que servía a la tripulación para orientarse y poder maniobrar con seguridad. El barco se adentraba cansino, prudente, como a hurtadillas, en la célebre espesura, y solamente se oía el agua salpicar el casco y la carena. No se veía nada. Los pasajeros apenas podíamos distinguir el mascarón de proa; todos estábamos expectantes, inquietos, nadie hablaba; un silencio pagano había invadido todo el espacio, y hasta el más mínimo sonido, la más leve tos, se propagaba como la electricidad en el agua. La verdad es que nos daba la sensación de estar asistiendo a una oscura ceremonia de bienvenida, acompañada insistentemente, cada tres segundos, por el tintineo de la campanilla, que avisaba a los habitantes de un profundo y misterioso lugar de la llegada de un nuevo cargamento humano.

En Londres tampoco la encontré.

El mar nos ha ofrecido a los románticos momentos memorables, pero, mal que le pese a Friedrich o a Géricault, de haber hecho mis huesos viejos, yo me hubiese retirado a San Ildefonso, a Corella, o a Valladolid, en donde me quedaron buenos recuerdos. O a cualquier otro lugar a salvo de nieblas, brisas y salitre. Si cada cierto tiempo vuelvo al mar es para encontrarla. Sé que me huye. Me huye por miedo. Sabe que si nos vemos no tardaremos un instante en abrazarnos, olernos, aprisonar con rabia nuestros rostros y besarnos como besa la ola en la tormenta. Nos amaremos con urgencia, o quizá con rencor, y nos resarciremos del espacio de tiempo que hemos ido dejando atrás, pletórico de energías contenidas; entonces, en cualquier recóndito lugar de ese suceder de años negros, se producirá un gran estruendo cósmico y la vida volverá a suceder.

Pero indefectiblemente llega de nuevo la noche y yo sigo cobijado bajo el árbol desde el que la espero a través del arco, como si se tratase de una puerta que diese paso a otra dimensión. Al cerrar el libro, poco antes de levantarme y caminar hasta casa, a menudo distingo al viejo que pude ser merodeando entre las sombras cercanas, esquivando la luz pendular del candil que se mueve con la brisa como el reloj de las horas. Camina acompañado por la tenue neblina que propicia la humedad del agua después del anochecer, en estos días que ya auguran otro verano eterno.

Vuelvo mañana

16 comentarios:

Anónimo dijo...

El mar, siempre el mar, sólo es lo tangible del infinito.
Has buscado a Dolores donde la perdistes? Puede que Dolores esté siempre allí, que siempre haya estado y que siempre estará.

NENA dijo...

Y yo pregunto.......¿quién es Dolores?

El pobrecito hablador del siglo XXI dijo...

Dolores Armijo de Cambronero, mi amor, por quien me quité la vida. La que haces es una pregunta valiente. nadie la ha hecho desde que resucité en este blog. Al nombrar a Dolores atenuas la pena de su ausencia. Su nombre en boca de otros la hace real, la devuelve a la vida.

Anònimo: ¿tu sabes algo? ¿conoces su paradero?

Ana Rodríguez Fischer dijo...

Tú te mataste por España, Mariano.
Esa Dolores no te merecía, ya te lo dije (es decir, te lo dijeron después muchos antes que yo: Rosa Chacel, Corpus Barga...)
Pero bueno, si descubriste el mar gracias a ella, allá penas.
Ignoro cuándo viajaste allí. Al final del verano, se desprenden las algas y... el mar es un ser más vivo que nunca, infinitamente nutricio.
Hablo del Cantábrico, el mío.

El pobrecito hablador del siglo XXI dijo...

Por España no vale la pena ni matarse ni matar. Este país es mal pagador de sus deudas. Dolores volverá algún día y viviremos nuestras muertes plácidamente. Y sí, viajé a Inglaterra, y a Lisboa y a París... y me dijeron que también estuvo en Badajoz...

Belén dijo...

Alguien dijo que nadie muere mientras es recordado... así que ni tú, ni Dolores ni tantos otros habeis muerto... puesto que toda la gente que aún lee tu obra (la de hace dos siglos y la de ahora)TE RECUERDA... ¿es por eso que escribes, buscando la inmortalidad?
Disfruta de la brisa...
Un beso

Cacauet dijo...

Siempre que hablas de Dolores sacas lo mejor de ti. Dale un beso de mi parte cuando la encuentres.

El pobrecito hablador del siglo XXI dijo...

Si Belen. Ahora recuerdo al Miralles de Cercas, el viejo luchador español, olvidado en un asilo francés... Y si, escribo para permanecer, para que me lean, para que me quieran. Todo, finalmente, es pura vanidad. También escribí pensando en que algo aportaría para cambiar las cosas. Pero la literatura solamente cambia a los hombres; nunca ha sido capaz de cambiar la Historia. Un abrazo

El pobrecito hablador del siglo XXI dijo...

Le daré le beso, Cacauet. Y gracias. Un beso

PACO dijo...

Querido amigo, se me ocurre enviarte estos versos. No sé muy bien porqué me han venido a la mente después de leerte.Y digo bien, porque en este texto, para mi alegría, se te lee.

MI SED ES SOLO DELIRIO

Amor no es solo latido
sino huella,
la sombra que deja haber sido
en otro lugar mientras dormías.
Y no hay mar que pueda anegarlo,
ni claridad en los cuartos vacíos.

Hoy mi sed es solo delirio,
encuentros de desconocidos
caminos en la pena.

Ana Rodríguez Fischer dijo...

¡Caray, Paco! ¡Viva la fraternité!
(Salvemos eso al menos)

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

Paco, muchas gracias por los versos, son muy hermosos. Sigo buscando huellas, hasta en el mar

NENA dijo...

Como estoy viendo por aquí, he accedido a este blog un poco tarde, ya que no sé ni quién eres o eras tu. Qué entrada tengo que leer para ponerme al día de tu vida o de tu muerte? Porque si como veo, estás muerto, no entiendo nada...

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

En las primeras entradas del blog se habla de mi resurrección virtual. Sin embargo, habría que ir al 12 de febrero de 1837. Ese día, en la Calle Sta Clara de Madrid, me pegué un tiro. Allí acabó y empezó todo. Un abrazo fuerte

NENA dijo...

Hola Mariano! Ya sé todo de tí:
La tarde del 13 de febrero de 1837, día de Carnaval, Dolores Armijo, con su cuñada, se presentó en el número tres de la calle Santa Clara, donde vivía Larra. Iba a comunicarle a su amante que la ruptura –ahora sí—iba a ser definitiva: ella se marchaba para siempre, viajaba a Filipinas para reunirse con su marido. La entrevista fue tensa, llena de reproches y de súplicas, pero Dolores estaba decidida. Aquello era era el final. Había caído la noche sobre Madrid y sobre el corazón de Larra.

Las dos mujeres salieron de la casa, bajaron las escaleras en penumbra, y el silencio se llenó del ruido de sus pasos, del frufrú de las telas de sus vestidos, y quizá de algún sollozo de Dolores. Al llegar al portal, su cuñada abrió la puerta con energía y se retiró para dejarla pasar. Un frío intenso golpeó su cara, sobre todo los ojos, todavía húmedos. Justo cuando atravesaba el umbral, se oyó un disparo que venía de arriba. Dolores lanzó un grito que se convirtió en gemido. No hay vuelta atrás. Por una calle cercana se escuchaba la algarabía de unas máscaras. Las dos mujeres aceleraron sus pasos y desaparecieron en la oscuridad. ¿Podré vivir con el remordimiento?



Bueno, quizá no fue así, pero yo así lo recuerdo, con la claridad que tienen los recuerdos de lo que nunca se ha vivido.

Cuentan que, poco tiempo después, Dolores embarcó hacia Filipinas y que su barco naufragó en el Cabo de Buena Esperanza. A lo mejor tampoco esto es verdad, pero, a veces, la vida se parece mucho a la literatura.

El cuerpo de Larra se veló en la cripta de la cercana iglesia de Santiago, y el día 15 se celebró un entierro multitudinario en el que un joven poeta de Valladolid llamado José Zorrilla leyó un sentido poema (ripiosillo, en su estilo) que le sirvió para darse a conocer. Si este poema se escuchó entonces, que se escuche también hoy para recordar la muerte de Mariano José de Larra.

Ah! tienes algún ejemplar de la revista El pobrecito hablador del s. XIX (de la que eras colaborador)para poderla comparar con la del siglo XXI?

Otra cosa, Zorrilla también ha resucitado?

El pobrecito hablador del siglo XXI dijo...

Más o menos. Yo desmintiría algunas cosas, aunque la historia se empeña en explicarlo así. Dolores viajó a Manila, pero volvió a Europa. No gritó, no dijo nada. Oyó el disparo y el estruendo del disparo y de mi cuerpo al caer. Pero marchó. Sé que ha vuelto, y que anda por ahí, arrastrando su rencor y mi ausencia.

Mis artículos del primer Pobrecito Hablador las encuentras en cualquier librería por seis euros, más o menos, junto con todos los demás. Los milagros del siglo XXI permiten ver y descargar los originales en la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional

Ah! y Dolores vino sin compañía, no necesitaba a nadie; ella sola se sobraba.