domingo, 8 de febrero de 2009

La noche


La pantalla con la que trabajo está al lado de la ventana. La luz entra desde la derecha. Tecleo y las letras van apareciendo en la hoja virtual en blanco, pasito a pasito, como en una procesión, hasta que la página se llena y se convierte en una incontenible revuelta. Ese es un momento de euforia, de esperanza, porque entonces me veo capaz de completar otra, y otra, y otra más, una multitud de letras con sentido dispuestas a cambiar el mundo, a chillar, a declarar la revolución si es necesario, a abolir el daño, a morir. Eso es, me veo capaz de escribir letras dispuestas a morir.

Pero cuando el sol se pone a brillar casi no puedo ver la hoja en la pantalla y las letras se camuflan y desaparecen y entonces la realidad que he creado se difumina, se convierte en una realidad translúcida que reaparece solo cuando alguna nube se despista, o cuando cae la tarde y el cielo enrojece y transita hacia la noche. Tengo que esperar a la noche para rescatar la realidad que había creado. En la oscuridad, como un Golem de barro, las letras vuelven a tomar forma en la cuartilla de cristal líquido y se disponen al sacrificio por un bien superior, colectivo, futuro. La nocturnidad es más útil para la conspiración alevosa, se ve más claro.

A penas distingo desde la ventana la sombra del árbol seco contra la luz mortecina de la farola. Un coche deambula sonámbulo, buscando rumbo; se detiene y vuelve a circular. Del conductor solo acierto a ver la silueta. El coche circula sin luces. Un insomne que fuma pasea al perro. Debe ser un perro muy bien adiestrado, bien domesticado, porque no ladra. Un perro que no le ladra a la noche es un perro que no tiene de qué temer. En otros tiempos las noches se poblaban de ladridos, aullidos, toques de queda, avisos, señales del miedo para quien osase o tan sólo pensase en atravesar el quicio y respirar el aire y aprendiese a ver en la oscuridad, o a aprovecharse de ella para amar y conspirar, que al fin y al cabo es lo mismo.

Así es que ahora que a este lado del mundo todo ha muerto, ahora que la noche detiene la vida, ahora que hasta los árboles expiran veneno, es el momento de que nazca la revolución en cada letra que escribo. Una tras otra, formando palabras, espacios, silencios, verdades, cosas que nunca dirán. Letras dispuestas para el sacrificio. Las que mueren son las que siempre están, aunque no se lean, ni se digan, ni se escriban. Porque lo que cuenta es lo que no se dice, el ladrido que no ladra, la verdad detrás de la sombra, la noche, larga, que perecerá y se iluminará en un nuevo día claro y mendaz.

Vuelvo mañana

1 comentario:

Anónimo dijo...

hola... estas ahi