martes, 20 de marzo de 2018

Ya me lo decían mis padres


Un buen día te encuentras  en casa, todos a la vez y sin avisar, a Platón, Aristóteles, Kant, Rousseau, Goethe, Weber, Nietzsche, P. Berger, Tocqueville, Bonhoeffer, Jung, Freud, Horkheimer,  Ortega y Gasset, Bergson, Hegel, Durkheim, Arendt  y un largo etcétera  que completaría una lista de invitados  formada por  los nombres más brillantes del pensamiento occidental. 

Quien les  abre la puerta es un  servidor, alguien apabullado por las contradicciones, acostumbrado a llevarle la contraria a todo el mundo y a perder a diario la poca credibilidad sembrada el día anterior, porque suelo practicar el desconcertante ejercicio de pensar ayer A, y hoy decir B.

Esto es lo que les  suele ocurrir a quienes, como yo, no saben pensar metódicamente. Miramos a nuestro  alrededor,  buscamos respuestas  que alumbren un atisbo de verdad al respecto de nuestra naturaleza, de la sociedad en la que vivimos,  y terminamos perdiéndonos en un laberinto de reflexiones inconsistentes, sin saber siquiera si nos hemos movido del punto de partida o nos encontramos ante una trampa sin salida.

Quizá ese sea uno de los motivos por los que casi siempre he leído ficción, porque en las novelas también hallo verdades  como puños y no es demasiado difícil identificarse con  modelos o prototipos humanos que  viven, trabajan, aman, luchan  y mueren igual que yo.

Por eso, aunque parezca paradójico, leer buena literatura me proporciona conocimiento,  placer estético  y al mismo tiempo inseguridad, porque el dios creador de esas  criaturas noveladas me lleva de un lado a otro de mis principios, no sé si buenos o malos, perjudiciales o beneficiosos para mí y para mis semejantes, pero en cualquier caso, mis principios; aquellos que adquirí sin darme cuenta  con el ejemplo de mis padres: honradez, bondad, generosidad, solidaridad, justicia, sinceridad  y esfuerzo.

Papá y mamá son dos personas de origen humilde,  la consecuencia personificada de determinadas circunstancias históricas marcadas por un régimen tiránico y despótico que impuso el miedo como principal herramienta de gobierno y de control político y social;  que sumió en la miseria y la explotación  a buena parte de la población durante décadas, desarraigándola de su  tierra natal. Sacar adelante una familia en esas condiciones y proporcionar  un futuro a unos hijos supone toda una heroicidad. Si además sus descendientes  se indignan antes las injusticias y educan en esos mismos valores a los suyos, el resultado de su paso por el mundo no es que resulte inmejorable, es que es  ejemplar.

Papá y mamá jamás leyeron a Aristóteles, a Kant o a Nietzsche. Es más, ni siquiera sabían de su existencia.  A lo sumo oirían alguna que otra vez sus nombres cuando mis hermanos y yo recitábamos de memoria, sin saber lo que decíamos, por ejemplo, los fundamentos de la "Crítica de la razón pura",  transcritos y descontextualizados  sin clemencia en el manual al uso del bachillerato que teníamos el deber de  vomitar el día del examen. De manera que para mí,  esos pensadores no eran más que nombres tortuosos, en el sentido literal de la palabra, y ahora sé que en ningún caso me podían enseñar más de lo que mis padres me enseñaron.

Papá murió hace tres años  y no hay día que no piense en lo injusto de su muerte, que no recuerde su presencia, su aspecto, su voz y su bonhomía. Mamá, afortunadamente, vive su vejez con buena salud. Disfruta viendo crecer a  sus nietos y de vez en cuando, en las reuniones familiares,  nos regala sonriente alguna nostalgia de su pueblo natal. Es en esas comidas o cenas  donde, en ocasiones -en contadas ocasiones-  sus hijos reconocemos  públicamente  su legado de valores,  su ejemplaridad. Entonces mamá nos mira y sin pronunciar una sola palabra nos pide con un gesto casi imperceptible que recordemos las decenas de veces que predijo que algún día diríamos lo que en ese momento de espontánea confesión familiar estamos reconociendo.

De manera que,  inconscientemente, a pesar de nuestra racanería para las revelaciones comprometedoras, mis hermanos y yo en realidad constatamos que  somos imitadores de una experiencia ejemplar  que nos ha permitido caminar por la vida intentando no hacer daño a nadie,  practicando el respeto a los demás, y procurando aportar con el trabajo y la honradez nuestro grano de arena a la sociedad. No es que nos hayamos ganado nuestro derecho a la beatificación, una calle con nuestro nombre, o a un busto esculpido y expuesto en la plaza del pueblo. Quien más y quien menos ha dejado de pagar las multas, ha  hecho trampas al mus  o ha robado un libro  en el Corte Inglés. Quiero decir que nuestra honestidad normal, exenta de inciensos y santidad, secularizada, practicada por hombres y mujeres corrientes, es la clave para que convivamos con cierta armonía en una sociedad democrática.

Todo esto que explico lo he experimentado,  y  lo vivo, pero no lo sabía. Mi mamá y mi papá también lo vivieron, aunque también lo desconocían, por razones diferentes a las mías, porque a pesar de que el ejemplo de quienes gobernaban era el no-ejemplo, la corrupción,  el miedo y la opresión, ellos hallaron el modo de criar a sus vástagos en unos valores que nada tenían que ver con lo que la tiranía proponía. La razón probable  es que mis abuelos también lo vivieron, aunque tampoco lo sabían.

Es decir,  una amplia red  de influencia se extiende en mi estirpe  que ha provocado, generación tras generación, la imitación de la experiencia ejemplar  y  la emulación espontánea vital de unas costumbres morales practicadas por individuos con los que comparto mis genes,  cuya consecuencia final  es la  armonía social, siempre y cuando otras muchas redes  similares confluyan, se crucen y se multipliquen a lo largo del tiempo en espacios geográficos concretos. 

Yo  ahora lo sé  porque resultó ser  Javier Gomá Lanzón quien invitó a mi casa a esa recua excelsa de sabios. Lo conocí por azar después de traicionar por enésima vez  la ejemplaridad de papá y mamá.

Una mañana de sábado robé en la cafetería el suplemento cultural de La Vanguardia y allí estaba: Javier Gomá Lanzón, autor de “Tetralogía de la ejemplaridad”. Tardé solamente  tres días en obtener los cuatro volúmenes y casi dos meses en leer con mucho esfuerzo “Imitación y experiencia”, “Aquiles en el gineceo”, Ejemplaridad pública” y “Necesario pero imposible”, publicados en edición de bolsillo por la editorial Taurus. 

No voy a cometer la insensatez de redactar una recensión de la obra. Ni siquiera una aproximación, y mucho menos una reseña crítica. Me tiemblan las piernas solo de pensarlo. Cualquiera puede entender que abrir la puerta un buen día y ver con pasmo como entran en tu casa, uno tras otro, los grandes filósofos de la historia occidental, provoca  vértigos y  sudor al constatar en un instante fatal que no tienes nada en la despensa con qué agasajarles, que no hay hielo en el congelador y que la bodega de la esquina ya está cerrada. 

Pero para eso está Gomá, que entra el último  tranquila y sosegadamente, cerrando la puerta con delicadeza,  para obtener de ellos  todo lo que sea de provecho sin que se ofendan, aunque en ocasiones se enfrente a sus ideas sin demasiadas contemplaciones.

Porque Javier Gomá construye su teoría de la ejemplaridad sobre la base  de una pléyade de filósofos que elaboraron su pensamiento desde la Grecia  arcaica hasta nuestros tiempos, analizando, criticando y extrayendo de todos ellos  aquello que le resulta útil para construir  un sistema inédito de pensamiento que ofrezca a la humanidad una posibilidad rigurosa de convivencia. Su crítica fundamental se dirige hacia  el egotismo adolescente romántico y postmoderno; es inflexible con las ansias desmedidas  por resultar diferentes, que convierte en copias exactas a quienes dedican sus esfuerzos por intentarlo. Reivindica la aceptación de nuestra mortalidad y la finitud de todo lo que existe; no desprecia la vulgaridad y propone transformarla con el ejemplo; cree en una individualidad consorciada,  corresponsable con una colectividad secularizada; anima a la participación social  del individuo; cifra la esperanza en el legado de la experiencia  de cada cual  y se lamenta de la inexistencia de un más allá, necesario pero imposible; propone al héroe Aquiles como metáfora de la transformación desde una adolescencia estética hacia la madurez ética,  y al profeta resucitado Jesús de Galilea como modelo de ejemplaridad perfecta. Insiste una y otra vez  en la propuesta de una doble especialización con la que llegar a ser realmente individuales: casa y trabajo, corazón y oficio.Y sobre todo y ante todo, proclama a los cuatro vientos, sin complejos, la estructura ejemplar del ser: todos somos ejemplos de algo y para alguien. 

Si intentase leer este largo párrafo a papá y a mamá probablemente me escucharían pacientes por no hacerme un feo, aunque no entendiesen nada. Sin embargo, estoy seguro de que ellos saben sobre todo esto bastante más de lo que pueda llegar a leer, porque lo han practicado durante toda su vida. Por mi parte, solamente lo intento, y espero que cuando muera, gracias al ejemplo de mi experiencia y de mi paso por el mundo, alguien llegue a ser una buena persona y un buen ciudadano, y de ese modo yo pueda merecer una modesta  y esperanzadora  mortalidad.

miércoles, 14 de febrero de 2018

San Valentín desencadenado



Me cité  con un amigo porque necesitaba desahogarse, o consolarse, o quizá pensó que yo podría, por fin,  ofrecerle alguna solución. Los problemas  de amor tienen siempre mal pronóstico. Al final, cada cual se busca la vida como puede y suele ocurrir que  cuando intentamos hallar remedio a lo irremediable no hacemos más que hollar la rueda sobre el barro y hundirnos. 

Pero es difícil decirle a alguien a quien aprecias, angustiado y herido por  el desamor,  mira, escucha, si no te quiere no te quiere y no te va a querer nunca, así es que asúmelo y a otra cosa. De manera que escogemos la cafetería más concurrida, le invitamos a café y junto al ventanal que da a la calle, mientras él o ella miran embobados  los coches pasar,  empezamos a asesorarle  con consejos que un día nos dieron a nosotros y no obtuvieron más resultado que el desengaño, el dolor y la desilusión.

Sin embargo, en este caso concreto los hechos no sucedieron como suelen suceder. Sospechosamente, se presentó con gran energía, ufano, mostrando cierta voluntad de aparentar seguridad y entereza, nada que ver con alguien a quien acaban de abandonar,  nada que ver con alguien que ve cómo la persona con quien había imaginado toda una vida juntos, emancipados, no sólo se niega a compartir su destino sino que además le desprecia. 

A priori, yo tenía primero la obligación de escucharle, más que nada para poder hacerme una idea de la situación real y después ofrecerle mi apoyo y mis consejos que, como todos los consejos que se dan en estas situaciones, suelen resultar inútiles. Pero, qué se yo, hay que darlos.

¡Y ya lo creo que le escuché!. Estuvo hablándome durante dos horas largas. En la mesa ya no cabían más tazas de café y salimos un par de veces a fumar a la calle, con un frío de mil demonios  que no parecía hacer mella en él, porque fumaba compulsivamente, gesticulando,  arguyendo y fundamentando incesantemente sus consideraciones, mirándome muy fijamente a los ojos, a veces dirigiéndose al cielo, como buscando del altísimo la voz definitiva que le ungiese de una razón incontestable. 

Yo no veía en él a un hombre roto, afligido, torturado por la pena inconsolable de la desafección, atormentado por la impotencia de no encontrar la manera de recuperar a su amor. Más bien lo contrario. Su actitud era altiva. Cada una de sus palabras expresaba una seguridad en sí mismo un tanto extraña para alguien a quien han dado calabazas. Decía de sí mismo  que era lo mejor que nadie podía encontrar. Sus virtudes, sus orígenes,  su sabiduría y el resultado de su experiencia le posicionaban como el compañero ideal, ante el que nadie en su sano juicio puede resistirse y ante el que nadie podría llegarle a la suela de los zapatos, porque no va encontrar a nadie como yo, eso que se lo vaya quitando de la cabeza. 

Quizás fue por esas razones por las que en ningún momento percibí en su mirada o en su expresión pesadumbre, angustia o inquietud, el dibujo delator de los gestos que imprimen en nuestro semblante los efectos devastadores del desamor. Al contrario. Incluso en algún momento llegué a alarmarme porque pensé que mi amigo había  entrado en la espiral peligrosa de la irrealidad, ese proceso a través del cual uno redime los defectos propios en base a una acción combinada de excesiva autoestima, sueños de grandeza  y desprecio por lo ajeno. 

Y, para qué engañarnos,  algo de eso advertí. Quizás no había razón alguna para la alarma, y solamente  trataba de construir con su obcecación irracional  un arma con la que  protegerse  emocionalmente de la tristeza y del dolor, de una realidad adversa. Tanto era así que finalmente interrumpí  su discurso y le pregunté a bocajarro ¿Pero tú la quieres?  Me respondió arrugando las cejas, como diciendo,  ¡Y eso qué más da!  

Él supo en seguida que yo había traducido correctamente su gesto y, efectivamente, acabó por constatar mis sospechas. La aclaración que le había pedido le desconcertó porque en realidad, la cuestión de fondo no era qué podía hacer él por recuperarla a ella. Para mi amigo, la cuestión importante era que ella tenía la obligación de quererle, porque era más guapo, más listo, más inteligente; porque quien había tenido la gran fortuna de conocerle y no apreciaba  todo lo que podía ofrecerle en un futuro es que era tonta. 

Claro, llegados a este punto  de nuestro encuentro yo preví que la conversación se acercaba a su fin. De hecho, hacía ya unos minutos que me había arrepentido de no haberle dado una buena excusa para no presentarme  a la cita. Le aconsejé como buenamente supe sobre la necesidad de decidir entre dos únicas alternativas: o bien aceptaba que lo suyo era imposible y recomponía su vida estableciendo otros horizontes,   o bien la seducía, para lo cual le aconsejaba que no renunciase a su identidad, pero sí  un poco de humildad.

Y efectivamente, sucedió que lo que hacía unos segundos había pronosticado.  Se levantó súbitamente de la mesa con cierto ademán de perplejidad,  contrariado, como si yo no hubiese entendido nada de lo que él me había explicado. Se enfundó el abrigo, me dijo que los cafés corrían de mi cuenta y antes de darse media vuelta y salir definitivamente por la puerta se acercó a mí y me susurró  “Eres como ella, como todos los demás, un botifler”. No le he vuelto a ver.

lunes, 12 de febrero de 2018

Un invierno de otros tiempos



Cuando el sol ilumina la lluvia se produce el arcoíris. Para observarlo hay que mirar hacia el horizonte. Las leyes de la física así lo dictan. Si la física no fuese gobernada por sus leyes, yo elegiría ver el arcoíris más de cerca, asomado a  la ventana, mientras me fumo un cigarrillo enriquecido y veo a un palmo de mis narices el detalle de la luz descomponiéndose en colores, atravesando libremente cada gota de agua sin la necesidad de construir un semicírculo perfecto, tal y como establece la ley de la descomposición refractiva a lo largo de su articulado. 

Entonces, si yo fuese capaz de desobedecer la ley,   en el aire de las calles mojadas flotarían infinitos alfileres de color que se precipitarían incesantes al asfalto, o sobre  los paraguas transeúntes, salpicando en sus cúpulas negras, minúsculas chiribitas pigmentadas.  Si fuese así, en el momento del chubasco psicodélico, la ciudad se transformaría en un paraíso hippie invadido por miles de centellas caleidoscópicas y las gentes no dudaríamos ni un instante en  aparcar nuestros deberes para disfrutar durante unos minutos de semejante espectáculo.

Alguna vez he imaginado que me convierto en un superhéroe sin trabajo y que en una noche de orvallo puedo volar igual que Batman. Imagino que sobrevuelo los tejados y las azoteas de la ciudad a altas horas, bajo el agua, en un momento en que hasta los delincuentes duermen, de manera que,  libre de obligaciones,  me dedico a buscar contra el reflejo de la lluvia en las farolas avenidas flotantes de colores, un bulevar de ensueño coronado por las líneas horizontales del arcoíris que dibujan en el aire la curvatura de las calles sinuosas. 

Sin embargo, la realidad es la que es, y por más que fumemos o soñemos  jamás podremos caminar bajo el arco formidable que construyen  la luz y  la  lluvia. Yo estoy seguro de que cada gota de lluvia iluminada por el sol contiene los siete colores de Newton, pero no lo puedo ver, ni tocar, porque cuando el agua cae sobre mi mano, la luz se evapora  y solo puedo ver transparentadas las arrugas de mi piel encarnada.

Ayer nevó. No suele nevar por aquí. Para colmo de la excepción, nevaba y al mismo tiempo lucía el sol. Frágiles copos de nieve se precipitaban sobre el suelo frío de un modo misterioso, porque no había nubes en el cielo. Nadie sabía si el viento del norte había transportado la nieve desde las montañas o si tras el cielo azul se escondía el nublado  negro que la precipitaba. 

Había quien decía que eso era un mal presagio, que cuando nieva sin nubes significa que algo no anda bien. Todo era muy extraño, pero así ocurrió. Yo busqué un resquicio de horizonte entre los bloques de viviendas, más allá de los límites de la calle, y oteé perseverante el arcoíris. Al fin y al cabo, me dije, la nieve no es más que agua y si el sol atraviesa sus copos, en algún lugar evacuará la luz de su descomposición.

Nada. El resultado fue nada. Finalmente se nubló y al ocupar el cielo las nubes negras, dejó de nevar. Al poco, el frío se recrudeció y el orvallo helado e insistente sumió a la ciudad en un invierno gris durante días. Parecía un invierno de otros tiempos.

lunes, 5 de febrero de 2018

Besiversario




"Y el beso se hizo carne, y habitó entre nosotros" Juan 1:14 (bis)

Siento contradecir a nihilistas, punkis epígonos  y demás impostores de la nada,  pero sólo el futuro es real. 

Es verdad: lo que quedó atrás ocurrió,  pero ha extraviado su materialidad.   

Quizá solamente podamos percibir  la consecuencia de su acontecer, que reclama presencia hoy y jura promesa mañana.

Porque  el  consuelo de la historia es  el vestigio de su protagonismo, la  impronta grabada del tiempo que pervive más allá de lo que le fue reservado  gracias a  la trascendencia  de sus actos.

Y es que el recuerdo no  alivia. Es más, la memoria y las imágenes que alimentan nuestra  nostalgia  no consiguen más que hurgar  en la impotencia de una restauración  y constatar la caducidad  de  lo  acaecido, la imposibilidad de una reencarnación de los espacios, las palabras y los gestos de aquellos días gloriosos; el sabor,  el aroma y el tacto conjugados en la ternura de un primer beso.

Uno persiste, invoca y evoca; ruega una vuelta al ayer, la restitución  de la materia, el viaje  milagroso que le transfiera a los lugares donde sucedieron aquellos segundos cruciales para comprobar que nada ha cambiado. 

Y es cierto, nada ha cambiado, excepto que los árboles son más frondosos y más viejos, la piedra es más oscura y el invierno ya no respira  la niebla que velaba los bancos.

Así que quedan pocas opciones.

Una es hallar el verbo que insinúe la levedad exquisita de aquel instante, fundador de tanta  vicisitud.

Otra es confiar en el futuro como única posibilidad creadora, encomendar y disponer en el altar de lo porvenir nuestras ilusiones y nuestro amor, el único lugar donde día tras día se reproduce con plenas garantías el milagro restablecido de nuestro primer beso.

miércoles, 24 de enero de 2018

Tragicomedia del verbo en el atril


El silencio no es la ausencia de sonido.  Yo puedo caminar en invierno sobre la hojarasca de un hayedo, alejado de toda presencia humana,  y escuchar bajo mis pies el chasquido de las hojas muertas, silbar el viento frío entre los árboles  desnudos, crujir despojadas  las  ramas  o percibir  el escarceo  súbito  de pequeñas alimañas entre los vestigios blancos  de la última nevada. Y sin embargo, puedo afirmar  no solamente  que  he vivido toda esa experiencia  en el más absoluto silencio, sino que fui a ese bosque porque es precisamente allí, gracias a todos sus sonidos,  donde reside  el  silencio.

 Yo puedo llegar a casa después del trabajo, abrir la puerta, despojarme de la ropa, escuchar  las cañerías, la voz de un niño más allá del balcón, el claxon apresurado de un coche, los pasos del vecino en el piso superior, el ladrido de un perro,  y la melodía del disco que he puesto y que suena  como antídoto eficaz contra las inclemencias de un día  de mierda, y sin embargo jurar que he vivido todos esos momentos en un categórico silencio. Es más, a veces, si la jornada  ha resultado especialmente  desagradable, me aposento en el sofá, me coloco los auriculares, subo el volumen y entones ya no hay ruido que pueda entrometerse  en mi silencio  sinfónico.

Enfrentarse  al rugido de una fiera, al disparo de un asesino, al martilleo de una máquina, al llanto inconsolable del dolor o al estrépito de  una explosión en realidad es enfrentarse  al silencio.

De hecho, puedo estar en muchos lugares y circunstancias en los que se produzcan todo tipo de ruidos, ecos y estruendos  y tener la certeza de  vivir el silencio, porque estoy convencido  de que no es otra cosa que la ausencia de palabras, la extraña  virtud humana consistente en no decir ni mú. Allí donde única y exclusivamente se producen murmullos mecánicos, runrunes urbanos, resonancias naturales o incluso barullos,  bullicios y alborotos,  producto de la conjunción grosera  de miles de voces humanas que hablan o gritan al unísono aniquilando  toda significación, incluso allí hay silencio.

Sin embargo, cuando  leo escucho voces muy bien  definidas, esclavas de quienes las emiten, voces singulares y concretas. Entonces  se rompe el silencio. Cuando mentalmente, sin pronunciarlas,  digo una tras otra  cada una de las palabras que alguien enlazó en  frases  hasta formar un libro,  entonces queda cancelada  la afasia y resuenan dentro de mí, y a mi alrededor, nuevas realidades que exigen protagonismo y reivindican con voz enérgica su lugar en el mundo. Todo dependerá  de su disposición, de su capacidad sugestiva o evocadora, y también, cómo no, del momento en que yo me encuentre. En el caso de que se diesen las condiciones más favorables, un solo párrafo puede resultar tan atronador  como la erupción súbita de un volcán. Si alguno de los elementos fallase, quizá su efecto no pasaría de un desdeñoso bostezo.

Quiero decir -o más bien insistir-  que lo único que puede romper el silencio es la palabra porque es creadora y consecuente, responsable  tanto de nuestras historias particulares como de la historia del mundo. Sin palabras no hay realidad y sin realidad no hay sonido. El bramido del  fragor de la galerna o el  clamor del viento huracanado solamente adquieren su naturaleza sonora cuando alguien escribe o declama con todas sus letras  el fragor de la galerna y el clamor del viento huracanado. Mientras tanto, no son más que fenómenos relativamente atmosféricos, habituales, de interés para científicos y pescadores o para surfistas y demás  mamíferos marinos.

En este sentido  debo advertir que aquí nada tiene que hacer la pragmática y mucho menos la física. A no ser que crean que pueden aprender algo, huyan de estas  líneas científicos, dialécticos, materialistas históricos y  sacerdotes de la lógica. Si lo desean, permanezcan los insensatos. Una persona muda es tan capaz de destruir el silencio como el  más locuaz  locutor de radio. Una persona sorda puede percibir tanto ruido como un recién nacido en el momento justo e irrepetible de venir al mundo.  Tan solo necesitan de sus manos, de una serie de gestos dibujados en el aire, porque sin necesidad de la sacrosanta  y sobrevalorada vibración pueden llegar a construir tal ingente cantidad de realidades que ni la más escandalosa campana  catedralicia podría emularles.

Efectivamente, exceptuando la especie humana, ningún ser en la tierra necesita del sonido para saber qué es el silencio. Y más. No hay ser en todo el planeta que necesite a un semejante para que le defina o le enseñe a definir  lo que ve o lo que come, porque le da exactamente igual. Los sonidos que emiten  son afásicos y agramaticales, no contienen ni forma ni significado alguno;  sirven para lanzar una alarma, para atemorizar a depredadores enemigos o para competir en mejores condiciones por el emparejamiento más ventajoso para la especie.

Es por eso que el mundo animal y natural, sin contabilizar al homínido, es absolutamente silencioso, no aspira a nada, vive sin ambiciones, porque refugiado en ese silencio virtuoso es incapaz de generar y compartir ideas, de explicar a sus congéneres sus puntos de vista, en definitiva, de propiciar cambios significativos en sus entornos y en sus existencias. Tanto es así que, aunque nos parezca mentira, los animales no saben qué es la historia; ni siquiera se marcan un objetivo en la vida. ¡Bendito silencio!

Esto que acabo de escribir lo explica mucho mejor que yo el filósofo inglés  John Gray en “El silencio de los animales”, libro que leí ya hace unos cuantos años y que recomiendo muy encarecidamente (atención porque si se lee sin precauciones o sin prejuicios puede llegar a cambiarte la vida)  No hace tanto tiempo que me bailan en mi  pequeño cerebro de homínido una serie de  hechos que ocurrieron recientemente  muy cerca del lugar donde yo vivo y que me inocularon como un veneno estas reflexiones que ahora intento desgranar, expresar y comprender.

Parece que han pasado años pero en realidad  todo sucedió hace  tres meses,  el mismo tiempo que necesita una serpiente  para incubar en silencio a sus pequeños. Un hombre sano, bien parecido y de sonrisa astuta, se convirtió durante unos pocos minutos, y en dos ocasiones,  en el centro del mundo humano, amenazando con su protagonismo incluso al eterno silencio del mundo animal. Su  ascensión de la escalinata abalaustrada de mármol  probablemente  constituyó  el trayecto ascendente más difundido y mejor iluminado de la historia. Sin embargo, a pesar de la enorme expectación que conscientemente  generó,  aparentemente sus piernas permanecían  firmes y su rostro comunicaba gran serenidad, sin perder un mínimo rasgo de sagacidad en su sonrisa.

Algunos minutos después de su entrada en el lugar de los hechos, tal y como estaba previsto,  se situó ante el atril, frente a  la mirada vigilante, inquisitorial o ilusionada de un grupo de escogidos congéneres que se habían reunido en uno de los lugares donde más ruido se produce. Llegaba el momento. Medio planeta homínido veía  a través de los medios de comunicación, en vivo y en directo,  las hojas posarse sobre el facistol; unos pocos gramos de papel blanco en el que él (o alguien de su confianza)  había  escrito cuidadosamente  unos cuantos centenares de palabras muy bien escogidas, con tal potencia sonora que debían retumbar en medio planeta tal y como ocurriría si la totalidad de la población china saltase al unísono.

Efectivamente, el grado de expectación era singular e inédito,  un estado de histeria colectiva insólito que provocó en todos los hogares del país el más inquietante  de los silencios,  solamente equiparables a unos contados momentos sonoros de la historia, como por ejemplo el instante anterior al Big Bang, esa milésima  cósmica anterior incluso al tiempo en el que, sin mediar discursos de nadie, se produjo el universo.

Yo miraba aquel hombre hablando  y no lo podía creer;  me sigue resultando  inconcebible que unas cuantas palabras pronunciadas  por una sola persona - alguien que hace unos pocos meses no era absolutamente nadie- tengan tanto  poder, el poder del futuro, el poder de la obediencia, el poder de la formación de nuevas realidades, de la generación de  conflictos, de la ilusión, de la rabia, la decepción, el miedo, la incertidumbre, la esperanza, la frustración… el poder inexorable e inverosímil  de prorrumpir  con un par de  verbos  y dos o tres   sustantivos  el silencio en el que dormita con un ojo siempre abierto el célebre ángel de la historia. Casi el mismo número de verbos y sustantivos que utilizó a los pocos segundos para renunciar a ese poder  y permitir a la horrenda criatura que pintó Paul  Klee seguir disfrutando de su siesta.

Pocos días después, todavía con el recuerdo muy presente de aquellas horas magníficas, volvió a suceder algo parecido. En esta ocasión nuestro hombre, llamado a las más altas tareas señaladas por el destino, apareció entre el dintel  gótico de un hermoso claustro, dispuesto nuevamente  a utilizar el poder revelador de sus  palabras con el fin de iluminar nuestra  vida  porque, partiendo  de nuestro silencio conmovedor -muy parecido al de los animales- con su verbo creador  sería capaz de engendrar una nueva  sustantividad  sonora.

Sinceramente, yo acabé exhausto. No podía más. Ya podía anunciar cuantas comparecencias considerase necesarias, que mi atención, mi inquietud y mi expectación la había perdido por completo y para siempre. Y es que después de la kermesse,  llegué a la conclusión de que aquel señor ufano, de mirada pícara y cabello ralo no era más que un aprendiz de brujo, el discípulo copión de Aldus Dumbledore, incapaz de encender un sencillo fósforo sin la ayuda de una cerilla.

Llegados a este punto necesitaba un descanso, de manera que decidí salir en busca de un poco de silencio. Quería pasear sobre la hojarasca de un hayedo, alejado de toda presencia humana, y escuchar bajo mis pies el chasquido de las hojas muertas, silbar el viento frío entre los árboles desnudos, crujir despojadas las ramas o percibir el escarceo súbito de pequeñas alimañas entre el vestigio blanco de la última nevada. Quería sentir por unos instantes la vida ligera, la existencia liviana desprendida de palabras, de sonidos, privada de su inexorable poder revelador que nos indica un fin. Entonces recordé al hombre astuto ante el atril, y de vuelta a casa me puse a escribir.