jueves, 1 de febrero de 2024

Memorias del Mesozoico

 


No siempre, pero acostumbra a ocurrir que las palabras hacen la cosa; a menudo el nombre no sólo construye el significado, sino que deviene en creador de lo que significa y, finalmente, ocupa incluso su espacio, su uso y su presencia. De hecho, la destrucción del lenguaje supondría la desaparición del mundo. Que le pregunten al bueno de José Arcadio Buendía, quien ante la epidemia del olvido que padeció Macondo se vio obligado a colocar cartelitos a los objetos con la palabra que los nombraba. Cada objeto, entonces, se revelaba, cobraba existencia y volvía a habitar entre ellos.

Por eso, cuando algo o alguien nos interpela tan solo con su sencilla presencia, sin previo aviso, es casi obligatorio rastrear en el origen, el momento de la historia en que un humano lo señala con el símbolo del lenguaje. De ese modo, quizás podremos llegar a entender el poder magnético y casi obsesivo que en ese preciso instante ha ejercido sobre nosotros, aunque probablemente ni así lleguemos nunca a percibir todo el alcance de su representación.

Sueño con musgo, veo musgo, rastreo musgo desde que hace un par de semanas reparé en su presencia a la vera del camino por el que paseo, porque de no obligarme a hacerlo se me olvida el sonido de mi respiración, los colores en la amplitud infinita del cielo y la silueta azulada de las montañas en el horizonte, una frontera infranqueable, el signo y la idea de que todo tiene su fin, la incógnita de lo que se oculta tras el final.

Mucho antes de que algún ser vivo en la Tierra se preguntase por el Más Allá, mucho antes del nacimiento del tiempo y de la memoria, el musgo sobrevivió a la desaparición de los profundos océanos mesozoicos. Era un alga perseverante de voluntad vital infinita, cuyo afán por pervivir le llevó de aquellos mares prehistóricos a nuestros bosques, a nuestras montañas, a la vereda o incluso a las calles, entre los adoquines, respirando su verdor en los intersticios que el frío y el paso de los años abre en los muros.

Espuma. Según los viejos latinos, musgo es muscus, es decir, espuma; la espuma briófita que vino del mar y se propagó discreta, enraizando sin ruido, apenas unos centímetros sobre las tierras húmedas con sus frágiles rizoides en la corteza firme de los bosques frondosos, extendiendo su manto acolchado a piedras y rocas, o cubriendo como una mortaja glauca la madera exánime de árboles vencidos.

El musgo es espuma de vida, polución fructífera; su presencia no vascular facilita el desarrollo de otras especies y, a la postre, consolida grandes espacios y los rebosa de olores y sonidos donde la luz del sol forma haces filtrados entre las ramas, la lluvia percute contra las hojas, el viento las estremece y la savia de la naturaleza proclama entre sus criaturas el deber de la supervivencia y de la procreación en un bucle virtuoso de alumbramiento y muerte.

Pero todo esto no es más que nostalgia ficticia de algo que fue y que yo nunca vi, evocación ilusoria de otra época que me han explicado y, por esa razón, al mismo tiempo, mi grata sorpresa ante la visión de unos pocos centímetros de musgo extendido en la pequeña barrancada que forma la senda, entre el arroyo seco y las raíces de los pinos sedientos.

Apacigüé el paso y desde ese instante el camino dejó de existir porque, a pesar de que seguía avanzando, ya mi conciencia se había llenado de recuerdos y sólo podía ver la calle donde nací; una calle de tierra encharcada delimitada por un muro derruido a causa de una gran riada que nadie parecía querer reparar, entre cuyas ruinas pugnaban la ortiga y la zarza y a su resguardo proliferaban, tranquilas, las ratas.

Durante el mes del adviento los niños de todos los hogares construíamos el belén, esa reconstrucción de oasis palestino donde nos imaginábamos el nacimiento de Dios entre palmeras, pacíficos pastores, aldeanos atareados, animales mansos, y toda suerte de arquitecturas eclécticas bajo cuyos techos nevados de algodón no vivía nadie, porque sus habitantes permanecían las veinticuatro horas del día a la intemperie.

Ese remanso pastoril de Próximo Oriente, en cuyo cielo acharolado intentaban brillar estrellas de papel, el musgo fingía ser la hierba que nunca creció en Nazaret y adquiría la categoría de elemento fundamental sin el cual el belén perdía toda su gracia. Por eso bajábamos a la calle y sin demasiado esfuerzo  lo cosechábamos  de los restos del muro hundido a causa de aquella célebre inundación trágica que tuvo lugar en los años sesenta, porque sobre aquellas piedras olvidadas crecía de modo abundante. Entonces nadie prohibía coger musgo. De hecho, en la ciudad había otros muchos lugares donde niños como yo obtenían su bolsa de musgo natural con el que erigían su portal navideño.

Durante aquellos días de invierno la materialidad de las calles y los edificios se diluía entre la opacidad de nieblas perpetuas. Algunos días parecía que el mundo hubiese desaparecido. Las sirenas de las fábricas aportaban con su sonido de guerra un matiz apocalíptico, sobre todo en la madrugada. Cualquiera que estuviese levantado a esas horas podía observar multitud de tenues haces de luz danzando entre el espesor la niebla, en plena oscuridad, como lámparas fantasmales en procesión hacia un mismo y misterioso destino, que no era otro que la fábrica donde los trabajadores se dirigían, linterna en mano, a cumplir con su jornada laboral. A las seis en punto sonaba la sirena, y era como si aquel lugar que engullía su ración de hombres alienados quisiese hacer ostensible, con el sacrificio diario,  su poder omnímodo sobre la ciudad.

Tras la jornada, a las dos en punto, toda la ciudad escuchaba nuevamente el sonido inquietante de la sirena. En aquellas fechas, el patrón, imbuido de esa paternidad navideña que redime conciencias, despidos y plusvalías, regalaba un pollo vivo a cada obrero que mi padre, igual que sus cientos de compañeros, transportaba por la calle, cabeza abajo, agarrado con sus manos de las patas, hasta llegar a casa, para que mi madre y todas las madres lo matasen, lo desplumasen y lo cocinasen el día de Nochebuena, guiso del que dábamos buena cuenta bajo la mirada hambrienta de los habitantes del belén, que soportaban impertérritos, sobre el musgo verde, el frío blanco del algodón

La costumbre del aguinaldo aviar de la patronal cambió a los pocos años. Cuando me tocó cumplir con la patria como soldado de quintas, ya mi padre traía a casa el clásico lote a base de vino, turrón y barquillos, y la botella preceptiva de coñac Veterano. En los cuarteles del Regimiento de Caballería Acorazado de Montaña España 11, que a mediados de los ochenta se ubicaba en las postrimerías de las excavaciones actuales del yacimiento de Atapuerca, un teniente resabiado, no mucho más sabio que el Homo Antecessor, nos explicaba durante las interminables clases teóricas sobre la guerra, la supervivencia en la batalla y los modos diferentes de matar en silencio, que el musgo era un gran aliado del soldado. “Caballeros españoles, anoten ustedes y que no se les olvide nunca: el musgo siempre crece hacia el norte. En el bosque, si están perdidos, busquen musgo, y encontrarán el Norte

Yo nunca he entendido esa práctica milagrosa que consiste en buscar a toda costa el Norte si  uno no sabe dónde está ni qué camino seguir. Qué más da dónde diablos se encuentre el Norte, porque, aunque saberlo nos indica si nos encontramos en el Sur, el Este o el Oeste, de qué me va servir si desconozco la dirección o el punto cardinal de mi destino con respecto al lugar donde me encuentro perdido.

Tal es el valor del Norte que lo invocamos como ese tesoro moral escondido en algún lugar ignoto cuando perdemos la cabeza, cometemos insensateces o echamos nuestras vidas a perder. Un poco de musgo en la vereda, sobre una roca, a los pies de una encina, enraizado en el sillar ruinoso de una vieja cabaña hundida… y ya todo solucionado ¡Salvados!¡Vamos todos hacia el Norte!

Así anduve yo, algo perdido, pocos años después de leer en la ansiada cartilla blanca de licenciamiento que las fuerzas armadas del reino de España suponían mi valor. Algo es algo, recuerdo que pensé. Pasar de ser un puto bulto imberbe a hombre hecho y derecho, supuestamente valeroso, ofrece un resultado evolutivo a todas luces positivo.

Entonces mi vida cambió. Conocí a una mujer, la criatura más hermosa de la tierra, y caí perdidamente enamorado. Mi existencia se transformó. Desde aquellos días camino hacia el Norte, porque después de los años he sabido que no es más que una ensoñación, un lugar al que nunca se llega, algo así como la utopía de cada cual, que se persigue aunque siempre se aleje y deje en el camino el sinsabor de algunas frustraciones y el regalo de quienes te acompañan.

En poco se cumplirán treinta y ocho años desde que me besó por primera vez una tarde de niebla en el bar donde nos saltábamos las clases nocturnas de aquel COU remoto, ancladas ya en la era de los océanos mesozoicos. “Tus labios son molsuts”, me dijo cuando yo todavía no había abierto los ojos y sentía muy de cerca su aliento dulce. “Molsuts y húmedos, como la molsa”, recuerdo que me dijo. Molsa es la palabra catalana que nombra el musgo. Su historia es algo diferente; remite a la pulpa tierna de la fruta, a nuestros labios de fruta, a nuestros labios tiernos de musgo, a nuestras bocas jóvenes y ansiosas, unidas en la espuma de mis recuerdos.

Llegará un día, no muy lejano, en el que ya no veremos musgo en las ciudades y entonces nos olvidaremos de la palabra, y por mucho que la nombremos y que la invoquemos, su verdor tierno y húmedo no habitará entre nosotros, y resultará en vano imitar al bueno de José Arcadio, porque no habrá donde colocar cartel alguno, y su humedad, su color, su presencia en el camino se disolverá como las siluetas fantasmales de los obreros caminando de madrugada hacia la fábrica, entre la niebla espesa, y ya solo quedará un recuerdo que será como espuma de memoria. Por eso, desde que la conocí, no he dejado ni dejaré de besarla.

miércoles, 10 de enero de 2024

El nuevo arte del holandés errante

 


Estaba la autoficción señoreándolo todo, mandona y arrogante, invadiendo el territorio puro de la imaginación novelesca. Tan extenso y tiránico fue su imperio que el gran Eduardo Mendoza dio por muerta la novela.  Y es que los escritores ya no tenían que camuflar las fuentes de su memoria con las que construían bellas mentiras literarias. De hecho, ya ni tenían que esforzarse por fabricar un narrador que las explicase, ni siquiera una voz diferente a la suya propia.

El autor aniquiló al narrador porque se bastaba y se sobraba, o quizás porque era el modo más efectivo y facilón de generar verosimilitud.  Mientras, ante tamaña barbarie, la novela tradicional se batió en retirada, rindió armas y se refugió en los cuarteles de invierno del best seller, aprovisionándose de copiosa historia antigua y medieval; crímenes, asesinos y detectives de toda índole como alimento de su despensa y combustible para su fuego. Nunca antes se había leído tanta historia y nunca habíamos sido tan ignorantes. Nunca había brotado tanta sangre de las mesas de las librerías.

Ante le hegemonía poderosa de lo biográfico ficcional, unos pocos valientes se atrevieron a levantar una trinchera y pretenden plantear guerra sin cuartel contra la primera persona del singular objetiva, real y concreta. Muerta y enterrada la tercera persona junto a su amante el narrador omnisciente, un maquis de excéntricos escritores decide resistir, se tiran al monte y allí, en la soledad de la niebla, fabrican el artilugio desconcertante de la ficción metaliteraria, arma de difícil decodificación que ocupa terrenos de la desesperación posmoderna y que, a fuerza de ser utilizada y leída, finalmente deviene en pólvora mojada, un misil balístico, de presencia imponente pero, a la postre, inofensivo por carecer de espoleta.

Y así estaban (o están) las cosas cuando de repente la editorial Anagrama publicó a Benjamín Labatut, al que podríamos llamar el holandés errante, porque aunque nació hace 44 años en Roterdam, su vida discurrió entre la Haya, Buenos Aires y Lima, hasta que en plena adolescencia se instaló en Santiago de Chile, donde ahora reside.

Labatut publicó su primer libro en 2012 y desde entonces no ha dejado de escribir, hasta que en 2020 aparece “Un verdor terrible”, un fenómeno editorial de alcance mundial, traducido a 35 idiomas, a partir del cual el arte de la novela y la literatura ya no es igual. Digamos, en términos de rabiosa modernidad, que Labatut es el autor descubridor de una nueva forma literaria de ficción, ya no innovadora, sino disruptiva, porque ha marcado un nuevo modo de narrar una historia.

Todavía no ha aparecido el listo que etiquete ese nuevo hacer. De hecho, la crítica se halla desconcertada y muy expectante, porque aunque los halagos hacia el chileno proliferan, nadie se ha atrevido a ir más allá de calificar el nuevo arte de Labatut como “una ficción extraña”

El lector de “Un verdor terrible” y su más reciente “MANIAC” no se enfrenta al relato canónico, y tampoco al ensayo, o a una biografía. Su obra tampoco es una mezcolanza de géneros y nadie se atrevería a tacharla de experimental en el sentido clásico de tortuosa estructura y difícil comprensión. Todo lo contrario. Las herramientas de Benjamín Labatut consisten en una escritura elegante, mimosa con la palabra, impecable en la sintaxis, y precisa con el adjetivo. Su estilo regala al lector el placer genuino de lectura, intercalando con maestría escenas novelescas enmarcadas en atmósferas sugerentes, la historia de la ciencia, el ensayo filosófico y momentos de gran profundidad al internarse en escenas oníricas en las que el narrador se introduce en la mente desbocada de sus criaturas para describirnos los límites de la razón, las fronteras desbordadas que existen entre la ambición, la inteligencia, la locura, la soberbia y la maldad.

Además, Benjamín Labatut nos invita en “Un verdor terrible” y “MANIAC” a observar desde un lugar privilegiado el todo universal partiendo de la individualidad de seres dotados de una mente portentosa difícilmente contenible, que en ocasiones parecen angustiados ante la imposibilidad de dejar de ser quienes son porque conocen perfectamente el impacto de su poderío y de su genialidad. El lector los admira y al mismo tiempo les teme, cae rendido y fascinado ante su inmenso talento, pero también los compadece; incluso les reprocha, les inquiere y se erige en juez como miembro de una humanidad rehén de sus logros, víctima dolorosa, objeto pasivo de futuros inciertos.

Efectivamente, la autoficción y la metaliteratura ya tiene quien le tosa. Ha nacido Benjamín Labatut. No van a ser pocos los epígonos de su arte.  Ahora sólo falta que alguien etiquete tan bella, prometedora y estimulante disrupción, y la batalla final de la novela estará servida. Ocupen posiciones.

miércoles, 27 de diciembre de 2023

Seductora (Cuento de Navidad del siglo XXI)

 


Yo, que me tengo por persona racional, cazador frustrado de certezas, me veo en la obligación moral de explicar brevemente un suceso que más tiene que ver con lo paranormal que con la objetiva y convencional realidad.

El ser vivo más reciente de mi familia, la pequeña y preciosa Bruna -a la sazón, mi primera sobrina nieta- se asusta con mis 101 kilos de presencia, mi vozarrón de Polifemo y la poca gracia que Dios me ha dado para la carantoña infantil, causante en los niños que la sufren del mismo efecto que una pesadilla febril.

Eso es lo que sucedió el último día que estuvo en mi casa celebrando mi cumpleaños. Yo me acercaba a ella para ensayar el enésimo intento de mis graciosísimas cucamonas, pero tan solo al verme, intuyendo mis intenciones, giraba sobre sus pasos y se colocaba bajo las faldas de sus padres, expresando con su carita aterrorizada un miedo que no es de este mundo y el ruego mediante lloriqueo de auxilio urgente.

La reacción de toda la familia era de risas y chanzas que, por supuesto, la pobre Bruna no entendía, porque, en qué cabeza cabe que al mostrar insistentemente fastidio y temor ante una presencia ciclópea, sin el más mínimo gracejo, una encuentra en quienes dicen quererla la aquiescencia de la carcajada, como si tal cosa tuviese la más mínima gracia.

Así es que al ver la chiquilla que sus temores y fobias eran motivos de carcajada, prorrumpió a llorar desconsoladamente, probablemente con el fin de mostrar su más radical desacuerdo hacia la actitud de todos, sin excepción. Tal era la fuerza del llanto que ya la tertulia se convirtió en misión imposible, pues Bruna se había ganado con la potencia de sus lloros la absoluta atención de la concurrencia.

Papá y mamá ya no sabían qué hacer, sólo intentar desviar la atención de la criatura realizando a su vez más zalamerías -bastante menos afortunadas que las mías, por cierto-, acercándole un trozo de pastel que la niña rechazaba, tomándola en brazos (aunque ella no quería) o entonando su canción favorita mientras soslayaban cierta mirada acusadora hacia el  causante convicto del drama de sobremesa, y el resto de la familia aportaba al gran guirigay su granito de arena, con agitación de manos al aire, algunas palmas, muecas grotescas, sonidos extraños y todo tipo de recursos inútiles que suelen utilizar los adultos para intentar aplacar las iras de una nena en la culminación de una rabieta con todas las de la ley.

Además, la situación produjo la consabida pelea entre los progenitores, porque mientras mi sobrino reprochaba a mi sobrina el olvido en su casa del muñeco de trapo favorito, mi sobrina reprochaba a mi sobrino el olvido del chupete, placebo de lo más socorrido en estos casos. Así las cosas, enseguida vi que -en pos de la convivencia y la pax familia- era acuciante actuar de manera decidida. Como un resorte, sin pensarlo dos veces me levanté de la silla, causando automáticamente en Bruna un aumento significativo del volumen de su llanto.

Me dirigí raudo a la habitación estudio donde guardamos todo tipo de cachivaches, porque sabía que en algún lugar de las estanterías, entre Ramiro Pinilla y Antonio Muñoz Molina, reposaba una bonita flauta africana. La música amansa las fieras -creo que pensé- y sería por esa razón por la que me dio por buscar la dichosa flauta, hasta que di con ella; pero era tan espesa la capa de polvo que acumulaba, que al cogerla dejé mis dedos marcados sobre la madera y me produjo tal vergüenza que desistí de mi propósito.

Así es que, mientras escuchaba al otro lado del tabique el llanto insistente y desconsolado de Bruna y las onomatopeyas animalescas de toda la familia intentado consolarla, yo me sentía en el estudio como un héroe de película ante los dígitos rojos en la pantallita de un artefacto explosivo, intentando averiguar a contra reloj qué cable había que cortar para abortar la deflagración.

Miraba angustiado, a un lado y otro, escrutando con urgencia cada centímetro de las baldas: libros, muchos libros, muñecos, postales, fotos,  un hórreo gallego, la Torre Eiffel, una Harley Davison, el candelabro de bolitas de cristal, cinco vampiros con paraguas, unas gafas de sol redondas, bolígrafos secos… y así mil y un objetos, hasta que en un rincón, olvidada, divisé una cajita de color verde en forma de cofre con la inscripción grabada en la tapa “M. Hohner”.

Quien haya visto la película Ciudadano Kane del gran Orson Wells sabrá lo que se siente cuando de modo insospechado, en el instante que menos esperas, irrumpe tu infancia y el tiempo lejano gracias a la presencia imprevista de algo que ni recordabas que tuvieses o que conservases de modo consciente.

Allí estaba, bajo el diccionario de la Real Academia, y junto a los siete volúmenes de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust, el estuche verde oliva en el que ha dormido su letargo durante cinco largas décadas la pequeña armónica que mamá y papá me regalaron a finales de abril de 1974, justo cuando cumplí los diez años.

Súbitamente, un chillido agudo, extraterrestre, proveniente del comedor, que de ningún modo podía ser de este mundo, me expulsó de mi infancia absorto como estaba ante la hermosa armónica plateada, y me impuso nuevamente el presente de la realidad. La extraje con cuidado del estuche y como el rey Arturo recién ungido con el poder de Excalibur, corrí resuelto a enfrentarme a mis deberes familiares.

La situación, lejos de mejorar, había devenido en un sindiós. Ahora los reproches ya no eran exclusivos de los padres de la criatura; ahora tíos, primos, hermanos, abuelas y bisabuela discutían sobre la preminencia de las recetas propias contra el llanto y la inconveniencia de las ajenas, en una disputa por una medalla que nadie iba a investir, mientras Bruna ejercitaba como nunca lo había hecho su capacidad torácica, las cuerdas vocales y el límite acuoso de su lagrimal.

De manera que, ya con la mayor parte de la flota hundida, de perdidos al río. Ni corto ni perezoso me llevé la armónica a los labios y empecé a soplar y a emitir notas sin ton si son al tiempo que saltaba igual que lo hubiese hecho un bufón de la corte, abriendo las rodillas al estilo jota aragonesa y moviendo la cabeza como un energúmeno. Mi cuerpo serrano de un quintal en canal dando brincos sobre un piso, como si se tratase del viejo Ian Anderson de Jethro Tull, en vivo y en directo.

Al unísono, en perfecta coreografía, todas las miradas se dirigieron hacia mí comunicando, sin el menor asomo de dudas, la condena inquisitorial colectiva al remedio que estaba poniendo en práctica como un último recurso para preservar la paz en lo poco que ya quedaba de tarde familiar.

Y entonces ocurrió lo inesperado. Cuando ya todos miraban el reloj y se palpaban los bolsillos intentando recordar donde habían guardado las llaves del coche, la niña dejó de llorar y poco a poco se fue acercando tímidamente hasta colocarse frente a mi persona que, pertinaz, insistía en bufar y aspirar sin compasión sobre los orificios de la armónica, desatalentado, saltando al compás del ruido que era capaz de emitir.

Y Bruna sonrió, y volvió a sonreír, y entre Bruna y yo se produjo la magia, y ya nadie me miraba mal y todos se admiraban del milagro que acababa de producirse, y yo continué soplando y  aspirando y bailando bajo la admiración de Bruna hasta que ya el resuello me abandonó, y tuve que sentarme, y entonces Bruna dijo “¡más!” y todos rieron, y yo otra vez, saltando y danzando con mi armónica de cincuenta años frente a la última criatura nacida de mi estirpe, hasta que ya no pude más y ya a Bruna le dio igual, y se puso a sus cosas, sus cosas de niña, y todos nosotros pasamos el resto de la tarde hablando de lo extraño en el proceder de los niños, y de mi M. Hohner.

Desde ese día, la armónica M. Hohner que me regalaron papá y mamá por mi décimo cumpleaños ocupa un lugar preminente en mi casa. Luce su plata ya un tanto ajada sobre la cómoda blanca del comedor. Es de fabricación alemana. En uno de los lados lleva grabados en forma de medallas los premios y reconocimientos obtenidos en París, Philadelphia, Chicago y New York. El otro lado, enmarcada en una filigrana de flores, se lee el nombre con el que la bautizaron: Seductora. Mi vieja armónica M. Hohner se llama Seductora. Quizás, quién sabe, contiene en su factura el secreto de Hamelin.

Seductora ahora descansa bajo un hermoso espejo, junto a dos pequeños escarabajos dorados, una rutilante poinseittia navideña  y una fotografía en la que aparezco yo semidesnudo, con traje de baño, cuando tenía 13 años, de pie, sobre la arena de la playa, sorprendido porque alguien, quizás papá, me llamó para fotografiarme con aquella pequeña cámara automática de carrete y rodete que guardaba en una funda negra imitación de piel. Creo que aquella fue una de las pocas mañanas playeras que pasamos juntos toda la familia. Nunca hemos sido muy de playa.

Seductora también comparte cómoda con un pequeño cuadro que mi amor y yo compramos en la Plaza Bib Rambla de  Granada, en el que sobre un fondo rojo aparecen una docena de mujeres desnudas y libres. En el mismo espacio, Seductora convive desde hace un año con la imagen de un beso en un abrazo apasionado que nos dimos mi amor y yo hace ya más de treinta años. Y, finalmente, Seductora permanece tranquila, viendo pasar los días, junto a un retrato en primerísimo plano que nos hicimos mi amor y yo el día anterior al entierro, en la fosa familiar, de la urna que contiene las cenizas de papá y que descansan desde entonces en la tierra que amaba, bajo una humilde cruz de hierro con su nombre y el de mis abuelos.

Cincuenta años después del regalo de Seductora todavía me pregunto por qué papá y mamá pensaron en regalarme una armónica. Recuerdo que a mi hermana mayor le regalaron en su momento una guitarra española, de la que jamás extrajo acorde alguno, y a mi hermano pequeño una flauta dulce, de la que salieron pocas canciones. Acaso depositaron la esperanza en que sus hijos supiesen tocar un instrumento con la idea de que la música nos haría mejores personas. Eso, o cierta frustración personal que intentaron redimir con nosotros proyectada en una ilusión también defraudada.

Y es que, en honor a la verdad, jamás conseguí más de tres notas armoniosas de mi Seductora. Recuerdo que con mucho esfuerzo fui capaz de tocar, casi por completo, el célebre villancico “Noche de Paz” y la sintonía de aquella serie de dibujos animados llamada “Vicky el vikingo.”

Sea como fuere, ya advertí al inicio que esta era una historia encuadrada en lo sobrenatural. Insisto en ello porque resultará extraño la siguiente afirmación con la que la cierro, confesando  la verdadera y misteriosa razón por la que mis padres me regalaron una armónica:  hace medio siglo mamá y papá sabían que llegaría un día que en que Seductora sería útil, no solamente a mí, sino a toda la familia. Nunca gastaron a lo tonto; nunca dieron puntada sin hilo, por pura necesidad.  Y ahora, si lo deseáis, si no podéis reprimir vuestra insensatez y me lo pedís de modo tan insistente, puedo tocar “Noche de paz”. Sin duda, es el momento.

martes, 17 de octubre de 2023

Los que nunca se despeinan

 


Conozco tipos a los que envidio por una sola razón. Me da igual que sean buenos o malos, gordos o flacos, feos o guapos, listos o tontos, ricos o pobres. Les envidio porque bajo ninguna circunstancia, nunca, hagan lo que hagan, sentados o en pie, corriendo o en posición de descanso, tumbados o recostados, haga un frío de mil demonios o un calor sofocante, viendo una película o jugando a pádel, chapuceando o cocinando… jamás de los jamases se despeinan, arrugan su vestimenta o exudan una gota en la sobaquera de la camisa.

No sé cómo lo consiguen, pero esos tipos jamás se muestran como aparecemos los mortales al acabar el día, cruzando el umbral de casa desaliñados, derrengados por la jornada; o luciendo el aspecto del rey de los cuñados en las  celebraciones donde, incluso ya antes de sentarnos a la mesa, lucimos el aspecto beodo derrotado que delata el faldón rebelde de la camisa blanca asomando sobre la cintura, como lengua de borracho, comprometedor,  causa y prueba de cargo de una recién estrenada amistad con el camarero, quien ha saciado tus necesidades antes incluso de que abra el bar. 

Me producen envidia malsana los que aguantan el tipo mientras el resto tenemos que vivir asumiendo nuestra nuestra torpeza y nuestra ineptitud a la hora de mostrarnos indemnes ante toda incidencia, inclemencia, coyuntura o esfuerzo. Alguien dirá que esa deficiencia que comparte la mayoría es la que nos hace  humanos y que los que no la padecen en realidad es gente fría, calculadora y de poco fiar. O incluso dirán que ese tipo de gente no existe, que son un producto de la magia del cine, unos James Bonds a los que nunca se les borra la línea del peinado o jamás se les mancha el traje tras resultar ilesos después de las diez vueltas de campana del coche accidentado que conducían en una camino cubierto por ceniza volcánica.

Pero sí que existen. Ya lo creo que existen. Porque los conocemos les reconocemos, y por eso les envidiamos. Al verlos, nace un resquemor difícilmente controlable, una especie de animosidad o tirria producto de los más bajos instintos al observar el puño de la camisa blanco inmaculado asomando ni más ni menos que el medio centímetro preciso bajo la manga del traje que exige el estilo; un traje que por supuesto se mantiene en todo momento, lugar y posición encajado perfectamente sobre los hombros, desde donde cae hacia al suelo con asombrosa tersura, en plenitud de su gris marengo elegante y luminoso, repelente, por supuesto, a todo rastro de cabello, escama capilar o cosa o sustancia alguna ajena al estricto tejido con que está confeccionado el terno.

Estos seres de luminosa e inmarcesible presencia, además, suelen lucir un estado animoso igualmente codiciable. Quiero decir que en ellos, aparentemente, forma y fondo son consecuentes. Su aspecto exterior suele mostrarse acorde con una sonrisa cordial y afectuosa, que jamás rebasa el límite de la carcajada. La gestualidad es medida, relajada, nunca brusca o sincopada. Toda en su persona desarrolla movimientos que sugieren plenitud, seguridad, un sosiego tamizado de carácter y firmeza con que se presentan ante sus semejantes, porque se saben libres de toda deuda y plenitud de legitimidad moral.

Lo verdaderamente asombroso, lo que ciertamente fascina en estos ejemplares tan singulares es que never again les abandona esa apariencia. Es un don, un atributo que la naturaleza les ha concedido. Son prosopopeya y etopeya en toda su virtud, ambas conviviendo incólumes en harmonía dentro de un mismo individuo, con absoluta independencia de las circunstancias. Hombres nacidos con el carisma gentil de la excelencia, distinción, gracia y estilo impermeables, permanentes, que incluso en sueños consiguen la postura más plástica sobre el lecho y, tras el descanso nocturno despiertan dentro de su pijama indemne, libre de pliegues o arrugas, dejando tras de sí una cama como si nadie hubiera dormido en ella.

Sin embargo, los conocidos por nosotros -el pueblo- como “los que nunca se despeinan”, encubren dentro de su virtuosa apariencia la tentación de sus faltas. Conscientes de la admiración que provocan, sabedores del áurea moral que desprende su empaque, conocedores de la confianza que sus prójimos les brindan gracias al don con que seducen voluntades ajenas... devienen en peligrosos congéneres ante los que debemos guardar las debidas precauciones, pues dada la generosidad con que les ha tratado la naturaleza, saben que, por mucho que ayer dijeran digo, si hoy dicen Diego utilizando su habitual amabilidad y convicción, nadie se lo va a reprochar y, una vez más, caerá de pie como los gatos sin una arruga en el traje, el nudo de la corbata ajustado y el flequillo sobre al frente perfectamente delineado, ligeramente levantado, pulcro, eternamente pulcro, sin mácula, en toda circunstancia, mientras convierte la mentira en una declaración de amor y nosotros, embelesados, asentimos y le rendimos hipnotizados nuestro voto entusiasta.

viernes, 6 de octubre de 2023

El hombre bueno que pinta

 


Yo supe por vez primera de Antonio López gracias al largometraje de Víctor Erice “El sol del membrillo.” Corría el año 1992. España por entonces no estaba por lirismos intimistas porque entre olimpiadas y expos vivíamos muy satisfechos con nuestra recién estrenada modernidad, nuevos ricos de balcón abalaustrado y pijama de raso. Mi maldita ignorancia me ocultó hasta la fecha que el artista manchego ya había obtenido el reconocimiento internacional de su obra desde hacía décadas, expuesta en los museos más importantes del mundo y ambicionada por los más prestigiosos galeristas.

Pero eso lo supe después, porque en la película lo que vi fue un hombre humilde, un hombre bueno, un artista absorto en su quehacer y ensimismado en sus preocupaciones artísticas manejando, a veces con inquietud y otras con serenidad y paciencia proverbial, las incertidumbres que giran alrededor de un proceso creativo dependiente de algo tan intangible, autónomo e inmaterial como es la luz del sol y la naturaleza efímera de lo vivo.

Quiero decir que vi al hombre y no al artista, aunque ambos eran el mismo ser. Vi al hombre pintor con todo la carga significativa de los dos sustantivos. Víctor Erice me había regalado la presencia humana de la modestia y la sumisión racional ante la derrota; la vocación de lucha frente al poder inexorable de la naturaleza. Un sencillo y vulgar membrillo en el centro de un patio, la luz, y la voluntad de aprehenderlo, de recoger y reflejar a través de la técnica pictórica la esencia última de su estar sobre la tierra.  

Porque Antonio López no se me aparecía en la pantalla sólo como un artista. Verlo me producía una agradable sensación de bondad; era como asistir al advenimiento de la era de la benevolencia, al triunfo y al reino de la cordialidad; creer  que es posible una humanidad como la que el pintor desprende a cada gesto, a cada palabra, en el modo de dirigirse a todas las personas que van apareciendo en la película, o en la actitud deportiva frente a la decepción y el fracaso, en la tenacidad inquebrantable de conseguir lo que se desea y al mismo tiempo el reconocimiento resignado ante lo imposible. Y aun así, en ese camino, una obra producto de lo imposible, metáfora de la pretensión humana que después admiramos y que al artista le traerá, ya para siempre, recuerdos de batallas perdidas.

Después le he visto en otros documentales; le escucho con fruición cuando me entero de que le entrevistan en la radio y leo con gran interés cada entrevista que se publica en prensa. La pasión que muestra al hablar de arte tiene su correspondencia con la entrega absoluta a su trabajo y a su obra.

Cuando Antonio López habla no pregona desde el atril de la cátedra. Sus palabras son sabias porque surgen de su experiencia estética y de su maestría, pero sobre todo porque no pretenden convencer a nadie; él expresa la querencia por su oficio, la admiración sincera hacia los grandes maestros de la historia, las dificultades ante las que se encuentra en su quehacer artístico y un profundo y arraigado sentido ético con que aborda todos los aspectos de la vida sobre los que se le pregunta y desea dar opinión, casi a susurros, como pidiendo permiso y perdón.

Estas semanas estoy expectante. Dentro de pocos días podré verle y escucharle por primera vez en persona porque ya tengo entradas para asistir al estreno de un documental realizado por José María Civit sobre su obra –que el mismo Antonio López presentará- con motivo de la primera exposición retrospectiva que tiene lugar en Barcelona, auspiciada por la Fundación de La Pedrera, y que se puede disfrutar hasta el día 14 de enero del próximo año.

Yo ya he visto las más de 80 obras, entre pinturas, dibujos y esculturas que conforman la exposición, gracias a la cual el visitante puede conocer la evolución artística del pintor de Tomelloso, desde sus primera obras influenciadas por el surrealismo, hasta los cuadros por los que ha sido etiquetado como pintor realista, o incluso hiperrealista.

No soy nada experto en artes plásticas. Soy sólo un aficionado sin más formación artística que las clases de historia del arte de mi añorado profesor de COU, Ángel Conte. De ahí que mis criterios se muevan entre las emociones, la admiración ante la maestría de la técnica y el descubrimiento de detalles en las obras y sus temas que me sugieren pensamientos, reflexiones o que me invitan a identificarme i vincularme personalmente con lo que estoy viendo.

Yo creo que Antonio López no es un pintor realista, y mucho menos hiperrealista. El hiperrealismo ofrece al espectador de la obra un virtuosismo técnico pasmoso. Con toda humildad, me da la sensación de que el artista de cuadros hiperrealistas pretende en última instancia la admiración de su prodigiosa habilidad para literalmente fotografiar con el pincel un objeto, una persona, un espacio o un paisaje.

El tema no interesa, tan sólo el encuadre. El interés es exterior, centrado únicamente en la copia minuciosa, estudiada y exhaustiva de la realidad. Parece que el pintor hiperrealista nos quiera decir. “mirad, si vosotros veis esto, veréis lo mismo que yo vi cuando lo pinté, porque es así, que no os quepa ninguna duda.” En mi opinión, el artista hiperrealista deviene en científico, porque ha invertido toda su destreza al servicio de la captura de lo objetivo con portentosa exactitud.

Antonio López ha confesado muchas veces que de no haber bebido del surrealismo su arte sería otro. Siendo así, su mirada es forzosamente interior; su arte nos habla y nos interpela desde dentro y se dirige siempre hacia dentro, en ocasiones en clave onírica, una de las principales cunas temáticas del surrealismo, tal y como puede verse en algunas de sus primeras obras.

Y es que a partir de los años sesenta el pintor manchego decide andar su propio camino y buscar sus propios temas, estilo y seña de identidad; una voz o un sonido propios, que diría un musicólogo o un escritor. Y lo hace de un modo sorprendente, porque descubre en su proximidad el objeto de su arte. Sus modelos humanos son su familia o amigos. Los espacios interiores que plasma al óleo, dibujo o incluso collage son sus espacios de trabajo, su propio hogar y los exteriores la ciudad en la que vive. De todos esos modelos surgen los temas que -modestamente, creo- tienen más que ver con un romanticismo de nuevo cuño, o con el simbolismo que con el realismo, y mucho menos con el hiperrealismo.

Quiero decir que en la obra de Antonio López no sólo veo la mirada de Antonio López, sino al propio Antonio López, su alma, su esencia, su peso en la tierra, sus afectos y sus obsesiones. Lo que veo en sus pinturas está despojado de todo aditamento, de todo elemento que perturbe y mueva un milímetro la austeridad con que se plantea la vida. En cada cuadro, en cada escultura, veo el retrato plástico de un alma sencilla y honesta que vive su existencia bajo el refugio de la actividad artística, en compañía de los suyos y en un entorno particularmente ascético por decisión propia.

A pesar de todo ello, no hay tristeza en sus cuadros, y tampoco en sus esculturas. Hay contención, voluntad de modestia. No hay sonrisa, pero tampoco llanto. No hay felicidad, pero tampoco tristeza. Y sin embargo hay vida, expresión y arte. Todo en Antonio López tiene ese aire de kuros y kores arcaicos de los primeras esculturas griegas, quizás el halo de misterio del arte egipcio, o la esencialidad de lo asirio le fascina. Todo en Antonio López mira hacia dentro.

La exposición retrospectiva de La Pedrera deja huella. Emociona “María”. Si Leonardo viese la expresión de ese rostro, rasgaría su Gioconda.

Inquieta la luz desnuda y débil al fondo de un cuarto de baño suburbial.

Perturba el “Estudio con tres puertas”, el reflejo sobre las baldosas sucias de un fluorescente justo en el punto de fuga de una perspectiva abierta en el mínimo espacio donde se ubica un retrete.

Estremecen las flores vivas y, tras su momento de color, el color de lo marchito,  la muerte de lo efímero.

Nos sacude la visión de Madrid desde varios lugares como un lugar ausente de humanos, quizás porque la ciudad es en sí misma una criatura.

Nos llama la atención en “La cena” la carne roja sobre la mesa del comedor, y todos y cada uno de los objetos que la forman, como personajes con peso propio y no únicamente decorativos.

Nos alarma la figura oscura que parece huir del primer plano donde se pudre el cadáver del “Perro muerto”…

Sin embargo, a mí, más allá de lo artístico, cuando contemplo la obra de este gran maestro contemporáneo le veo a él; le escucho susurrar su pasión por lo que hace; admirarse por Velázquez y por los asirios; lamentarse de sus derrotas ante la luz y ante la imposibilidad de aprehender lo efímero. Cuando estoy ante Antonio López, es decir, frente a su obra, oigo y veo y siento a un hombre bueno que pinta. Ardo en deseos de verle en persona.

viernes, 15 de septiembre de 2023

Libertad perpetua

 


Las palabras nacen el primer día que las pronunciamos. Su historia no importa, o queda relegada a un segundo término. Más allá de las etimologías y su trayectoria lingüística, cada palabra que articulamos por vez primera vive su infancia, madura y finalmente se emancipa de nosotros, ocupando cada conversación sin pedirnos permiso. Nosotros somos quienes las parimos, las criamos y, en algunos casos, incluso -sin ceremonia ni compasión- acabamos con ellas y las enterramos.

Nada tienen que ver en la vida de las palabras diccionarios, gramáticas, lexicografías o historias de las lenguas. ¿Es que acaso podemos permitirnos las familias trabajadoras un señor lingüista, a pie de trona, observándonos como a un insecto el día en que ante el rostro sorprendido y feliz de nuestros padres balbuceamos papá y mamá?.

Según nos han intentado convencer, parece ser que los dos célebres sustantivos filiales, tan familiares y entrañables, suelen ser los primeros que somos capaces de articular. Yo creo que hay mucho de mito al respecto. Los muy enterados arguyen que la facilidad de enunciación de una combinación de fonemas bilabiales oclusivos acompañados de la vocal más sencilla, unida a las miles de veces que nuestros progenitores taladran nuestro tierno cerebro con el dichoso par de palabras, dan como resultado ese farfullo inicial y primigenio con que nombramos en primicia a nuestros procreadores.

Por débito a la pax familia habrá que creerlo, aunque me reservo las dudas. Lo que quiero decir es que las palabras nos pertenecen. Somos propietarios exclusivos de nuestras frases, de nuestros monólogos, preguntas, negaciones, mentiras, susurros y hasta de nuestras interjecciones.

Incluso aquellos borricos que hablan por boca de otros, aquellos que se pasan el día declamando consignas ajenas igual que prosélitos sectarios; aquellos que rezan oraciones milenarias; los que cantan y recitan viejas canciones; los que leen en voz alta trepidantes novelas a quienes ya no pueden; los que ordenan y asienten y consienten la orden; los que escriben y tararean susurrando lo que escriben; los que sueñan despiertos y los que sueñan en alto; los que dictan sentencias y construyen las leyes; los que piden en la puerta de un banco; los abogados de lo imposible o del criminal más repugnante; los niños de San Ildefonso; los enamorados exaltados;  la pescadera del mercado; el afilador… todos traemos al mundo nuestras propias palabras, palabras en posesión, escrituradas.

A pesar de todo, reconociendo ya el hecho de la paternidad y la patria potestad de cada palabra que decimos, hay algo que me obsesiona: el olvido de ese instante único en la existencia de cada cual en el que por vez primera decimos verde, frío, nublado, suave, amor, muerte, dinero, quiero, odio, guapa, libro, canción, catedral, lluvia, mar, cuerpo, o caca. Me hiere la imposibilidad de evocar el momento en el que surgió de nuestros labios y salió al mundo como una criatura desnuda y poderosa cada uno de los verbos, nombres, adjetivos, pronombres o adverbios que hemos pronunciado.

Pero hay algo que me ofusca más, si cabe, y es la obstinación inútil y casi enfermiza que me provoca una extraña inquietud (y a veces un algo de desazón) por no saber en qué circunstancia concreta del futuro pronunciaré por vez primera todas las palabras que todavía no he emitido y, sobre todo, qué palabras serán.

Yo he pensado mucho en esto. No sé si alguien habrá reparado en que hay palabras que todavía no hemos dicho, y que de entre todas ellas solamente diremos unas pocas. Las otras, las que pudimos decir y nunca dijimos, se quedarán ahí, al calor de las gónadas del idioma, o en algún tipo de purgatorio, en el primer círculo dantesco al cuidado de Homero y Electra, en el que perecerán de podredumbre a causa de la espera, igual que alimento sin comer, caducadas en el mismo trance de nuestra muerte.

No me refiero a las palabras que ignoramos, las que nunca oiremos, aquellas que quedaran inéditas, por ignorancia, para la eternidad, pues no decir nunca una determinada palabra -jamás en la vida- no equivale a su desconocimiento. Esas son las llamadas palabras agostadas, que por las razones que fuere, se quedan como los campesinos de la película “Amanece que no es poco”, a medio camino entre la raíz y la superficie, de modo que se hace imposible la culminación de su nacimiento y nunca llegan a producir vibración alguna en nuestras cuerdas vocales.

Yo, por ejemplo, albergo en mi conciencia palabras nunca pronunciadas, y dudo mucho que, en lo que me queda de vida, nadie pueda llegar a oírlas o a leerlas de mi boca o de mi pluma. Sería estúpido si ahora pusiese un ejemplo, porque interferiría en el cumplimiento de su destino.

Ahora bien, en ocasiones, desechado todo esfuerzo, libres de la presión que nos obceca, súbitamente llegamos a visualizar el justo instante de un parto léxico. Lo digo por experiencia. Ocurrió hace unas semanas.  Disfrutaba de un atardecer en el llamado Alto de la Muela de un pueblecito castellano ubicado en las primeras estibaciones de la vertiente burgalesa de La  Sierra de la Demanda, la villa hermosa y entrañable donde de mi madre dio a luz, hace ya más de noventa años, a las míticas palabras mamá y papá ante el embeleso de mi abuela y de mi abuelo.

Desde allí se divisan los montes de Urbión, una vieja cordillera confluyente con la Demanda que parece poner límite al mundo y que cobija las célebres lagunas negras, extensos bosques de hermosos pinares albares y tupidos robledales. Durante toda mi infancia y adolescencia disfrutaba allí mis vacaciones. Todavía hoy guardo algunos días para respirar el aire limpio, impregnado de estepa y romero, y evocar con nostalgia peripecias y amigos, en un intento vano de rescatar el tiempo que ya murió.

Ahora, desde hace ya algunos años, la cima del monte que se divisa desde la Muela es azulada; ha adoptado el mismo color con que se visten la mayoría de las montañas cuando las divisamos a lo lejos. Sin embargo, ese lomo alargado,  que se torna sombrío y amenazador cuando sopla el norte y las nubes negras pugnan por ocultar, lucía durante todos los meses del año una hermosa cresta blanca, semejante en verano a la crin de un caballo; en invierno, y buena parte de la primavera, prácticamente toda la superficie permanecía blanqueada desde los límites de su cima hasta el valle.

Y mientras observaba melancólico aquel monte de mi infancia, teñido ahora de cobalto, escapó de la casona de mis recuerdos igual que una centella algo parecido a una visión fugaz, quizás ilusoria, pero al mismo tiempo tan real que podía verla igual que si fuesen las imágenes claras y diáfanas de una película. Yo correteaba por la Muela mientras mamá y la abuela recogían manzanilla. Algo me detuvo. No llego a distinguir si fue el descubrimiento de un insecto extraño sobre la yerba, el vuelo de los buitres en el cielo o el sonido de las esquilas de algún rebaño. La cuestión es que por vez primera fui consciente de la nieve blanca sobre el lomo de los montes de Urbión.

Me vi en la evocación fabulosa llamando a mamá y señalando con el dedo hacia la montaña con gran determinación y sorpresa, como el grumete que descubre tierra desde cubierta tras meses de singladura. Entonces mamá se agachó hasta mi altura y me dijo, mirando hacia el norte “sí, hijo, son las nieves perpetuas, que significa que están todo el tiempo sobre la montaña."

Asombrado, intentando guardar y proteger para siempre la palabra, y al mismo tiempo, con expresión espontánea de admiración, absolutamente maravillado, le respondí abriendo muchos los ojos, vocalizando exageradamente, repitiendo una y otra vez “¡Perpetuas!”, “¡Nieves perpetuas!”, “¡Perpetuas!.”

Y así es como tuvo lugar el nacimiento de una de las palabras que hasta ahora, en mi humilde existencia, he sido capaz de dar al mundo. Cada vez que la pronuncio de nuevo veo el cesto de mimbre de mi abuela lleno de brotes de manzanilla, y a mamá joven, mucho más joven de lo que soy yo ahora; de manera que para mi palabra no hay ni condena ni cadena posible, y tampoco prisión, porque mi memoria es libre, a perpetuidad; donde habitan mis recuerdos todavía veo las montañas de mi infancia tocadas por una hermosa cabellera blanca.