Hoy me arriesgo a
imprecaciones, irritaciones, y algún que
otro insulto. Años de educación en una democracia que echó raíces bajo el sol
decadente de la postmodernidad nos han adocenado en la corrección de la
política y en la política de lo correcto. Pero, miren ustedes, yo ya estoy
harto, y quiero llamar a las cosas por su nombre. Alguien dijo que para ganar
las ideas antes había que recuperar el lenguaje, y de algún modo es lo que yo
pretendo.
Los recursos y el
dinero con el que tiene que funcionar nuestro país surgen de nuestras aportaciones solidarias y se convierten en bien común gracias a la confianza colectiva custodiada
por las instituciones. Nosotros, el pueblo -usted, yo y nuestros vecinos- otorgamos plenos poderes a una serie de
personas que con su visión particular y racionalizada del mundo, es decir, con su
ideología, se organizan en un partido político. Al ganar unas elecciones, esas personas tienen la responsabilidad de gestionar, distribuir y de invertir nuestros dinero colectivo. Por eso vamos a
votar, para decidir qué visión del mundo es la que tiene que predominar durante un periodo concreto de tiempo. Quien
gana las elecciones hace las leyes y por tanto está en disposición de influir
en nuestras vidas de manera determinante.
Cuando los señores y las señoras que forman parte del partido político que
mejor se identifica con nuestra propia visión del mundo pierden
las elecciones, no queda más remedio
que aceptar el resultado de la mayoría, porque han sido otros señores y otras
señoras los que ha conseguido ganarse la confianza de más ciudadanos. De modo que durante unos cuantos años, el
mundo, nuestro mundo, nuestro país, caminará hacia el modelo que los ganadores decidan,
con decisiones que no solamente influirán muy directamente en la vida de
quienes les han votado, sino también en la vida de quienes no les han votado.
Hasta aquí bien ¿no?
Somos todos muy demócratas. Consentimos y aceptamos y además glorificamos este
sistema a todas horas, porque, con todas las imperfecciones que se quieran,
este parece el mejor de los sistemas para organizarnos en sociedad y generar
bienestar común en paz y armonía.
Pero ocurre que
un buen día, de repente, todos los hombres y mujeres que viven, trabajan y
cotizan en este país, nos enteramos de que un par de organizaciones criminales con
apariencia de partidos políticos han dejado durante los últimos años a España y
Cataluña al borde de la quiebra. Estas estructuras de cariz netamente mafioso
llamadas a efectos comerciales y publicitarios Partido Popular y Convergencia i
Unió (ahora Junts pel Sí y Democràcia i Llibertat) han esquilmado las arcas del
Estado en connivencia con la ambición de un buen puñado de empresarios y con la
avaricia archiconocida de los poderes financieros.
No hay nadie en
España y en Cataluña (NADIE; cuando digo NADIE, estoy absolutamente seguro de
que es NADIE) que no sepa que el Partido
Popular y que Junts pel Sí , desde sus cúpulas, desde sus respectivas
direcciones, han planificado, propiciado, estimulado, organizado y ejecutado el
robo del dinero que, fruto de nuestro
esfuerzo, aportamos solidariamente a la caja común para que el país funcione; para que mi amor, mis hijos, mis padres, mis sobrinos, mis hermanos, mis amigos y mis
nietos puedan acceder a la educación, a la sanidad, a las pensiones, y a una
cobertura social que nos cubra en caso de que las cosas se tuerzan.
Pues bien. A
pesar de que todos los españoles y catalanes sabemos que tanto el Partido Popular
como Junts pel Sí hoy en día no son
más que organizaciones delictivas,convictas
y confesas, casi siete millones y medio de hombres y de mujeres han vuelto a
votar al PP y casi un millón seiscientos mil hombres y mujeres votaron a Junts
pel Sí en las últimas elecciones generales
y autonómicas.
Por tanto, no tengo
por más que declarar y definir a esos más de ocho millones de ciudadanos como cómplices necesarios de la actividad
delictiva de esas dos organizaciones mafiosas. En consecuencia, a partir de
ahora son mis enemigos, con todo lo que esa palabra significa.
Quiero decir, por
si quedaba alguna duda, que esos más de ocho millones de personas no son mis
antagonistas, mis rivales o personas con una ideología que no es la mía a las que, en aras del llamado juego democrático,
deba respeto. Esos más de ocho
millones de personas son copartícipes,
secuaces, sicarios o coautores necesarios de dos organizaciones criminales con
aspecto de partidos políticos.
Gracias a sus votos, los delincuentes se van a
perpetuar en sus cargos y, en
consecuencia, van a quedar impunes, o van cumplir condenas de lujo. Y, lo que es
peor, van a seguir robándome,
a mí, a mis hijos, a mis padres, a
mis sobrinos, a mis hermanos, a mis amigos,
a mis nietos, a mis vecinos, a mis compañeros de trabajo, a la gente que más
quiero.
No vivo en un país
democrático. Vivo en un país de mierda. Convivo codo con codo, a diario, con una
mayoría de personas que otorgan y renuevan su confianza a delincuentes organizados para que
dirijan mi vida, a sabiendas de que lo son.
A ellos dirijo toda la fuerza de mi desprecio y toda mi capacidad de odiar.
CODA:
Se ha producido una divertida casualidad: un par de días después de escribir esta entrada, la revista El Jueves dedica su portada al mismo tema del que he hablado.
La comparto, con permiso de sus autores y de El Jueves, Igor y Juanjo Cuerda. ¡Muchas gracias!
CODA:
Se ha producido una divertida casualidad: un par de días después de escribir esta entrada, la revista El Jueves dedica su portada al mismo tema del que he hablado.
La comparto, con permiso de sus autores y de El Jueves, Igor y Juanjo Cuerda. ¡Muchas gracias!





