jueves, 22 de octubre de 2015

Úteros de piedra (2)


Viene de aquí


El David causó un gran revuelo artístico, político, social y por supuesto religioso. No dejó indiferente a nadie. Durante la mañana del día 14 de Mayo de 1504 una cuadrilla de albañiles derribó parte del muro de la entrada de la Ópera del Duomo para que esa misma tarde, ya casi de anochecida, el héroe pudiese salir del lugar donde Miguel Ángel había estado gestándolo. Según explica Martin Gayford en su apasionante biografía del artista florentino, la escultura  tardó en recorrer cuatro días el trayecto  desde el Duomo hasta la misma puerta del Palazzo Vechio (unos centenares de metros). Se instaló allí definitivamente la mañana del día 18 de mayo, donde permaneció durante los años más convulsos del Renacimiento europeo, ejerciendo inopinadamente de testigo y víctima de la violencia, la codicia y la corrupción de los hombres. 

El David llegó transportado sobre  un ingenioso artilugio mecánico, obra del mismo Miguel Ángel,  y no resulta demasiado difícil  imaginar a las gentes  saliendo de  casa  a su encuentro para poder  admirar al gigantesco héroe  nacido de la piedra; para retener en su memoria  el paseo triunfante por las calles de  Florencia, quizá algo temerosos ante la dimensión gigantesca; seguramente asombrados ante el misterioso advenimiento  de una criatura que había estado latiendo dentro de una roca de  mármol desde el inicio de los tiempos; conmovidos al descubrir y contemplar en movimiento -como si desfilase vivo ante ellos- la figura gigantesca y armoniosa de un héroe bíblico que nació en Florencia para explicarle al mundo el poder de su ciudad frente a sus enemigos, y  prueba definitiva  de la  capacidad creativa humana  en la obra de arte más extraordinaria que se  había esculpido. 

Pero el genio prácticamente no había hecho nada más que empezar. Miguel Ángel, gracias a la Pietá de San Pedro del Vaticano y al David,  obtuvo respeto, admiración,  y celebridad. Por eso, a partir de entonces, cargó sobre su espalda la penitencia del éxito, porque cualquier proyecto en el que se embarcase debería superar  en maestría y resultados su última creación. 

Un año después de terminar El David  se dispuso a proyectar una tumba por encargo del mismísimo Papa Julio II, el criminal de guerra  que le confiaría también  la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina. Para cuando Miguel Ángel finalizó la tumba, no quedarían de su santidad más que las tibias cruzadas bajo su cráneo tonsurado, puesto que no la dio por concluía hasta 40 años después, poco antes de la muerte del artista, constituyéndose así en una de la obras de arte más accidentadas de la historia. 

En el proyecto inicial de la tumba, Miguel Ángel había planeado instalar dos esclavos que esculpió en unos pocos años, el llamado esclavo rebelde y el esclavo moribundo. Sin embargo, finalmente fueron desechadas. Una vez finalizadas, el autor se las regaló a un banquero y acabaron un siglo más tarde en Francia, en manos del Cardenal Richelieu.

Pasados los años el escultor volvió a la misma  idea. Este es un hecho extraño  en el quehacer de Miguel Ángel, pues odiaba a los artistas que repetían temas en su obra. Su capacidad imaginativa era desbordante. Constantemente bocetaba, dibujaba e  ideaba nuevas obras alrededor de asuntos inéditos. Sin embargo, el esclavo como motivo alegórico o simbólico seguía vivo en su cabeza, de manera que, finalmente, destinó cuatro grandes bloques de mármol para extraer de ellos las figuras de otros cuatro cautivos.  Según dicen los críticos que se atañen estrictamente a  la versión oficial,  simbolizaban las cuatro artes liberales, encadenadas eternamente  y huérfanas a causa del fallecimiento del Papa. O  ese fue al menos el argumento que el escultor le vendió a los sucesores de su mecenas, con quienes adquirió el compromiso de seguir con el proyecto una vez muerto Julio II.

Y es que el precio a pagar por  la tarea encomendada  bien valía la adulación póstuma. Sin embargo, la muerte de tan eminente cliente, la convulsión política de los tiempos y otras prioridades en la trayectoria artística de Miguel Ángel libraron a los cuatro esclavos de la penosa tarea de custodiar a  Giulano della Rovere, alias Julio II, desprovisto para siempre de su espada en los avernos del infierno. 

No soy el único que está convencido de que  Miguel Ángel nunca pensó realmente en adjudicar a sus criaturas encadenadas ese papel. Demasiado simple  y notarial para su personalidad y para su concepción del arte; incluso  resultaría hipócrita, sobre todo porque el genio florentino conocía perfectamente a su cliente, un analfabeto funcional que se pavoneaba de serlo;  y porque el aspecto de  los seres que tenía en mente -que ya latían  en las vísceras de  alguna roca- de ningún modo podrían alegorizar a las cuatro artes, por muy huérfanas de padre que se hubiesen quedado. 

De hecho, Miguel Ángel, en una sugerente casualidad artístico-biológica, permaneció casi nueve meses  en las canteras de Carrara con el fin de escoger los mejores bloques de mármol y asegurarse así de que la idea que se había engendrado en su mente podría fecundar el útero fértil de la piedra.

Esos cuatro esclavos pretendidamente inacabados  están expuestos actualmente  en la Galería de la  Academia de Florencia. Uno se los encuentra nada más acceder a su interior. Están dispuestos a un lado y otro del amplio pasillo que culmina en El David. Parecen  querer escoltar al visitante en el camino hacia él. Sin embargo, a pesar de la proximidad, de sus dimensiones, y de la ausencia de barreras para observarlos tan cerca como se  quiera, muy pocos reparan atención a ellos  más de unos pocos segundos, quizá porque ante ellos, el visitante sabe que se halla frente algo  más que una estatua inacabada; porque ante los cuatro esclavos de Miguel Ángel, el hombre se enfrenta a un espejo;  a su origen, a su propia alma y a su destino. El hombre se enfrenta a la liberación de su Yo, a la frustración que supone la  impotencia de  no poder romper las cadenas que le atan a su condición. Por eso  creo que  los cuatro esclavos de Miguel Ángel  se  anticipan en casi trescientos años al hombre  romántico, al hombre en lucha con la naturaleza, en réplica y protesta constante  contra un dios que le niega el acceso a  la sabiduría para aprehender el mundo material y el mundo espiritual, que le niega  las herramientas para liberarse de sí mismo.


Continuará

martes, 20 de octubre de 2015

La canción del pulgar




Cántese con la melodía de la canción popular francesa "Frere Jacques"

¡El pulgar! ¡El pulgar!
¿Dónde estás?¿Dónde estás?
¡Qué gusto saludarte! ¡Qué gusto saludarte!
Ya me voy, ya me voy


Con permiso y perdón de "Canciones para Matilda"
 

martes, 13 de octubre de 2015

Hymenoptera

Las avispas son las malas y las abejas son las buenas. Las dos tienen aguijón. Sin embargo, solamente las avispas lo utilizan por placer, para joder. O sea, que mueren matando, pero contentas, porque sí, por el puro gusto de picar. No entiendo qué placer puede suponer desprenderte  del vientre  para que  tu aguijón inocule el veneno que producirá escozor, hinchazón, dolor, o incluso la muerte,  si tú vas a morir antes de que ni siquiera puedas disfrutar de la primera queja de tu víctima.

Pero así parece que es. Probablemente se trate de un problema de comunicación, es decir, que las avispas creen -porque nadie les ha explicado lo contrario- que picar a alguien es algo que ellas pueden hacer impunemente, sin que suponga para ellas  consecuencia alguna. Es más, creen -a diferencia de las abejas- que picar  por  picar es uno de los placeres mayores que una avispa pueda experimentar. De manera que  cuando pican, apenas les queda tiempo para  darse cuenta de la tontería que acaban de cometer, de que  ya es demasiado tarde para lamentarse y para sorprenderse,  porque casi instantáneamente pierden toda conciencia y por tanto la posibilidad de informar a alguna otra avispa de que se abstengan de dejarse la vida en la piel de nadie, así, de  esa manera tan absurda e inútil.

De ahí que, cuando alguna de ellas muere, el avispero lo toma como una afrenta, como si su muerte fuese el resultado de una heroicidad, el producto de la incomprensión humana hacia el derecho a la diversión de toda la especie, sin dedicar ni medio minuto a preguntarse ¡por qué!, ¡por qué!.

Una abeja, sin embargo, es una criatura adecuadamente formada y responsable,  para la cual picar supone una  última instancia, el último recurso a utilizar exclusivamente en el caso de que se  siente agredida,  con peligro  real para su vida y la de sus congéneres. Entonces sí, entonces vale  la pena deshacerte de tus intestinos y morir picando para dejar constancia, al menos, de que han atentado contra ti y de que ese ataque no queda impune.

Porque las abejas conocen desde pequeñitas  su naturaleza. El panal está organizado de tal manera que en un momento u otro de su vida -y por supuesto antes de realizar su primer vuelo- alguien les ilustra al respecto de su propia fisionomía, de su función para la comunidad, de los peligros que puede encontrar allí afuera y sobre todo, de  los peligros del instinto, que puede llegar a jugarles una mala pasada. De modo que  antes de que salgan a libar sus primeras flores, ellas ya han tomado conciencia de su propia idiosincrasia y son capaces de  identificar una auténtica agresión de cualquier otra eventualidad, a fin y efecto de no morir a lo tonto, estúpidamente, como si fuese una vulgar avispa.

Las avispas tienen cintura de avispa, y las abejas no, claro. Ese es el mejor modo de distinguirlas. Las avispas son alargadas y esbeltas, como Ava Gardner. Las abejas son  rellenitas y algo más pequeñas, como Kathy Bates. Las abejas vuelan  dulces, planean hábilmente sobre la flor y  presumen de discretas. Por el contrario la avispa es epiléptica y siempre se hace notar. Su vuelo es impaciente, desazonado e  imprevisible. Jamás logra atemperar su inquietud y toda ella es impostura y neurastenia.  De hecho, su  existencia se fundamenta en  un afán de protagonismo mal dirigido que suele terminar en tragedia.

Porque  existe el mito  a través del cual se nos indica -o aconseja- que ante el vuelo próximo y persistente de una avispa lo mejor es quedarnos quietos, no realizar movimientos bruscos, ignorarla, ya que se toma cualquier mínima atención hacia su presencia  como un intento de agresión y, por tanto nos atacará sin piedad. Este mito es falso, más falso que la pretendida bondad de estos himenópteros. En realidad, como ya he anotado, la avispa pica por vicio, a lo tonto, y en su pecado consciente le  llega la muerte inconsciente.

Ayer, día de la Hispanidad, leía  en el bar de costumbre. Hacía una mañana de otoño muy agradable. Me acomodé en la terraza, bajo el toldo, y me dispuse a disfrutar de un par de horas abstraído del mundo y de la actualidad. Solamente los personajes, su  mundo y yo.

Efectivamente, poco después de dar el penúltimo sorbo al café cortado, una avispa irrumpió en mi espacio aéreo, exhibiendo  como una vedette  fatal  una serie  inquietante  de picados,  loopings, y toda suerte de  piruetas aéreas. Sus acometidas eran realmente audaces y también muy molestas, porque iba y venía de arriba abajo, de derecha a izquierda, tantas veces como gorrazos al aire propinaba yo, sin más resultado  que la sonrisa estúpida de mis vecinos de mesa. Cada vez que creía que  la había espantado definitivamente, la avispa volvía de nuevo a revolotear junto a mi oreja, o junto a la mano con la que sostenía el libro, o desvergonzadamente frente a mi nariz. En algún momento incluso llegué a notar su presencia muy cerca de la nuca, lo cual me obligó a levantarme súbitamente, con gran escándalo de vasos, platos, cucharas, y más risitas.

Después del último ataque por la retaguardia no me quedó más remedio que pedirle al camarero otro cortado y que, por favor, limpiase la mesa. Solícito, apareció con una bayeta y mientras limpiaba, mirándome como quien mira a un viejo tonto, me  aconsejó: “señor, lo mejor  es no moverse. Si se queda quieto, no le pican”, me dijo. “¡Y una mierda!”, estuve a punto de responderle mientras le  regalaba la mejor de mis sonrisas y le daba muy amablemente las gracias.

Oteé las proximidades, escruté atentamente   todos los flancos y viéndome libre de amenazas, me tranquilicé un poco, de modo que, seguro ya de mi victoria,  tomé el segundo café de la mañana y volví a la lectura. A los pocos minutos allí estaba ella, vivita y coleando, como el dinosaurio de Monterroso, o como el mosquito de la Pantera Rosa. Esta vez, sin embargo, cometió un grave error que cambiaría para siempre la historia de las avispas y que pasará a formar parte de los anales de la biología en cuanto a la relación simbiótica que establecen estos pequeños criminales alados con su medio ambiente natural, esto es, las terrazas de los bares.

Y es que mi enemiga, seguramente cansada de tanto ir y venir, o seguramente  atraída por el aroma azucarado de los restos del cortado, aterrizó sobre el borde del vaso y empezó a internarse en su interior, al principio con cierta prudencia, creo que un tanto indecisa, porque observando su evolución parecía no estar muy segura de seguir su incursión hasta medio vaso o, por el contrario, dar media vuelta y emprender de nuevo el vuelo. Finalmente, guiada por esa estupidez audaz de la que están hechos los aventureros,  o sencillamente forzada por su instinto  glotón, la avispa decidió seguir el rastro de los restos de café leche y azúcar. Y esa fue su perdición, porque yo no dudé un instante en aprovechar la oportunidad para anular toda posibilidad de escapatoria,  colocando mi teléfono móvil sobre la boca del vaso. 

A partir de ese momento ya no pude concentrarme en la novela porque a pesar de que seguía con el libro frente a mí, en realidad no dejaba de  mirar por encima de mis gafas  para no perderme ninguno de los movimientos de la avispa aprisionada dentro  del vaso gracias a mi pequeño Samsung Galaxi negro,  que para ella supondría  la losa que sellaría su final.

Hubo un momento que pensé que conseguiría escapar, porque en la precipitación por encerrarla  había dejado un pequeño resquicio entre el celular y la boca del vaso, por entre el que su cuerpo podría deslizarse perfectamente hacia   la libertad. Precisamente, hacia ese soplo de aire dio vuelta sobre sus pasos, pero cuando ya parecía que llegaba a tocar con sus antenas la pantalla, debió de fallarle alguna de sus patas y no pudo sostener todo su cuerpo sobre la pared cóncava del recipiente, de manera que sin posibilidad de ayuda o de salvación, acabó por precipitarse al fondo del pozo, un cenagal oscuro  compuesto por los restos de cortado que yo no había apurado, una mezcla cremosa endulzada con azúcar blanquilla que, en condiciones  de libre  albedrío,  hubiese supuesto  la tentación o  el sueño  de cualquier insecto.

Yo creo que a partir de ese momento la avispa tomó verdadera conciencia de lo comprometido de su situación. El vértice de su abdomen se hallaba totalmente hundido en el lodo; las  uñas de sus dos patas traseras  habían sido seriamente dañadas, prácticamente inutilizadas; los extremos de sus dos alas inferiores  también perecían empapados y por mucho que el animal hiciese esfuerzos  sirviéndose de las partes de su anatomía todavía sanas, en el denuedo desesperado por salir de aquella trampa no hacía más que agotar la poca  energía que le debería de quedar, en vano,  porque el  pantano de café con leche del que intentaba liberarse producía el mismo efecto en su cuerpo  que un embalse de arenas movedizas. 

Sin embargo, el animal en su tragedia parecía acumular  fuerzas de  flaqueza porque, aunque  caía una y otra vez  al fondo del vaso, empapando así la totalidad de sus extremidades, de los  élitros  y, con toda probabilidad, cegando completamente sus ocelos,  inexplicablemente volvía a reponerse. Ayudado por sus patitas delanteras, conseguía un punto de apoyo y  erguía todo su cuerpo, recuperando una y otra vez la vertical sobre la pared, arañando  desesperadamente  el cristal  durante  unos segundos de frenesí  sobrecogedor para precipitarse nuevamente al lodazal.

En algún instante me pareció que ya no se movía, porque flotaba muerta, semihundida,  como una Ofelia, pero de repente, justo cuando dejaba el libro sobre la mesa para acercarme y poder certificar  su final, recuperaba el aliento, movía nuevamente sus  patas y se encaramaba resuelta a intentar por enésima vez liberarse de aquella pesadilla.

Así estuvo el insecto unos cuantos minutos, hasta que vino el camarero que había salido a la terraza para arreglar algunas mesas. Aprovechó el viaje y se acercó a la mía para recoger mi vaso y preguntarme si deseaba tomar alguna otra cosa. Como no le respondía, se dispuso a retirarlo, pero al ver el teléfono celular  advirtió el motivo de mi ensimismamiento, de manera que, suavemente, dejó la bandeja sobre la mesa , acercó su rostro al mío y acompañándome durante unos instantes en la contemplación del  espectáculo , me expresó su pena sincera por lo que estaba aconteciendo; me  informó extensa y ampliamente de los beneficiosas que son la avispas para el equilibrio del  planeta y me informó también de que a diferencia de las abejas, y con el objetivo de garantizar la pervivencia de la especie, las avispas no mueren cuando pican y que pueden picar cuantas veces quieran. Giré la cabeza hacia él, sonreí  amablemente, le  agradecí  la información  y con cierto aire de sorpresa inocente  le pedí un botellín de agua fría. 

El camarero entró de nuevo en el bar y yo inmediatamente retiré el celular, cogí la cuchara y sin pensármelo dos veces intenté decapitarla primero, pero no acertaba. Después quise amputarle el abdomen, pero misteriosamente conseguía zafarse, de manera que opté por un método más expeditivo: empujarla hacia el fondo y aplastarla contra el cristal con el envés de la cuchara. A los pocos segundos volvió el camarero, me sirvió el agua y sin decir una palabra retiró el  vaso y dentro de él los restos de la avispa, que yacía boca arriba, contraída por la muerte, flotando sobre los restos fríos de un café cortado. Me pareció ver que todavía movía las patitas. 

domingo, 4 de octubre de 2015

Carta abierta a Antonio Baños

Antonio, oye, que me caes bien, que me gusta escucharte, y hasta verte. Que me alegro de que no te hayas cambiado el nombre y de que hayas conservado en tu apellido paterno la Ñ, tan española, tan distinta y al mismo tiempo tan igual al sonido de 'NY' catalán.  El materno, además, invita a la concordia, al entendimiento, a esa bonhomía machadiana tan invocada como apenas practicada.

Por si fuera poco, eres un tipo desinhibido, seguramente fruto del esfuerzo por vencer una timidez adolescente, superada con los años a  medida que te forjabas una trayectoria profesional impecable. Yo te veo divertido, despojado de todo tipo de complejos. Tus apariciones públicas siempre se revisten de un punto de ironía, y a veces de un fino cinismo hiriente, que a menudo revelan una natural vocación por la comedia, por el espectáculo, por la parodia tartufiana,  por restarle trascendencia a la cosa política, como si pretendieses así establecer una distancia saludable entre lo que ahora te ha tocado hacer y lo que de verdad te importa, no sé si con el fin de  permanecer con los pies en el suelo o con el objetivo de continuar  con tu esforzada lucha contra esa timidez que en algún momento de tu vida te atenazó.

Pero si hay algo por lo que llegas a seducirme es por tu discurso, que al fin y al cabo es el discurso de la coalición a la que ahora representas, la Candidatura de Unidad Popular. Porque tengo que confesarte que me identifico con él. Verás, posiblemente no me creas, pero  la oficina de la administración pública en la que trabajo está presidida por un retrato 1,5m x1m  del presidente Salvador Allende que yo mismo coloqué hace ahora quince años. Como bien sabes,  Allende fue el primer presidente marxista del mundo que llegó al poder gracias a una elecciones democráticas en el año 1970, después de encabezar la coalición de partidos que llevaba el mismo nombre que el que tu representas ahora en Cataluña.

Lo que quiero decir es que yo  también soy anticapitalista. Creo que este sistema  está basado en la ambición, en las más elementales leyes de la selva, y que  produce desigualdad, injusticia, explotación, destrucción, y que además, o precisamente por eso, fomenta los peores instintos del ser humano. De ahí que aplauda vuestra definición tan clara, diáfana, sin paños calientes, sin brindis  socialdemócratas. ¡Sí!. ¡Salgamos del Euro, salgamos de la Europa de los mercaderes, digámosles a los grandes poderes que somos más y que por eso ahora vamos a gobernarles nosotros, y no al revés!.  Porque esto de lo que va es de gobernar para la gente, para el pueblo.

(Pueblo: ese concepto ahora tan repugnantemente manoseado por estos tipejos que hace solamente tres años se fotografiaban con su reglamentaria corbata de seda en las escaleras del Parlament; diputados  que ahora posan cínicamente en el mismo lugar, pero acicalados convenientemente con unas campechanas mangas de camisas. Esos mismos diputados que interpelan al mismo pueblo que desprecian  y al  que ahora utilizan para camuflar sus intereses particulares en la pretendida y manipulada voluntad colectiva.)

¡Qué te voy a contar que tu no sepas,  Antonio!. ¿Que la voluntad popular es un oxímoron en todas sus letras porque la voluntad es, por definición, individual?  ¿Que cuando a una organización política solamente le queda esa carta que jugar para sacudirse la mierda de encima y juega su última apuesta al sentimiento nacional, cualquier sociedad sometida a esa partida corre el riesgo de caer en el fascismo? No seré yo quien ose darte lecciones. Más bien al contrario, porque la verdad es que no me canso de escucharte y de aprender contigo, ya desde los tiempos en que escribías en el diario ‘Público’, desde tus lecciones  en la SER,  desde tus tiempos de federalista activo. Incluso has hecho que me ría con ganas cuando he descubierto tu vis de guionista y tus dotes interpretativas para la caricatura en la impagable parodia de Leopoldo Abadía*  que te marcaste hace algunos años, cuando todo petó, al más puro estilo Muchahada Nui. 

O sea Antonio, que me has robado el corazón, mi corazón de trabajador catalán hijo de emigrantes. Mis padres vinieron de las castillas profundas hace ya 55 años. Fueron a parar a un pueblo del cinturón industrial barcelonés donde el humo, los malos olores y las sirenas de cinco grandes fábricas marcaban  las horas del día y el trasiego de sus vecinos  por las calles embarradas.

Mi padre ya ha muerto. No ha podido votar. A mi padre le daba mucha rabia que le enviasen los recibos de los impuestos que pagó toda su vida, religiosamente, solamente escritos en catalán. Papá produjo durante más de 30 años plusvalías en beneficio de los que ahora interpelan a la voluntad del pueblo; en beneficio de la misma estirpe que le despreció a él, a su mujer y a sus hijos a causa de su origen. La misma burguesía catalana, mala, perversa y escanyapobres que ha mirado siempre por encima del hombro a quienes les han enriquecido. Mi madre, hace unos días, tuvo que llamar al ayuntamiento para que alguien le tradujese el recibo del impuesto que debía de abonar por la transmisión de patrimonio debida a la muerte de mi padre. Papá se afilió a CC.OO cuando todavía era un sindicato clandestino. Vivió y sufrió las grandes huelgas de finales de los 70 y la reconversión industrial salvaje diseñada por el PSOE, CiU y el PNV.

Yo, Antonio, no pienso pedir perdón por esto que digo, tal y como le exigisteis a Pablo Iglesias, que a las primeras de cambio se cagó en los pantalones porque se le echó encima la marabunta nacionalcatólica  y porque  alguien le dijo que ese discurso ya no calaba, que era un error, que esa dialéctica del origen y del desprecio está caducada. (O que hay que acabar con ella, que es algo muy distinto, porque así se neutraliza para siempre la gran barrera que impide que un millón de trabajadores se sumen a la sagrada misión nacional).

Antonio, compañero, me gustaría mucho poder militar contigo, asistir a vuestras asambleas, compartir reflexiones, discutir estrategias, soñar juntos con cambiar el mundo, con la emancipación de los trabajadores, con una sociedad justa, sana, culta y feliz. Pero va a ser que no. En términos políticos, propios de vuestro ideario marxista y libertario, argumentáis que vuestro internacionalismo  encaja perfectamente en una propuesta de creación de un nuevo estado, pero los estados- y eso lo sabe bien tu compañera anarquista de la CGT Anna Gabriel- son y han sido siempre creaciones para el establecimiento y defensa de los intereses de la burguesía. Proclamáis vuestra solidaridad con todos los trabajadores y con los pueblos de España, pero no contáis  con el apoyo de los trabajadores catalanes. Os enfrentáis dialécticamente y en la calle, de un modo radical, a los tipos de CDC, pero vuestros líderes se abrazan apasionados ( sí, públicamente apasionados)  con su líder y bromean afectuosamente y casi diría que fraternalmente con sus dirigentes. ¿Dónde estaba la sandalia de David en las comparecencias parlamentarias de los Pujol?. 

Quiero decir, Antonio -creo sinceramente- que de no haberse producido  la huida hacia delante de Artur Mas y sus secuaces -con el único objetivo de no rendir cuentas ni a la justicia ni a la gente por sus corruptelas y por su desastrosa gestión al frente del gobierno- vuestra propuesta no dejaría de ser residual. Quiero decir que, curiosa y paradójicamente,  vuestro éxito electoral está íntimamente ligado al liderazgo de vuestro enemigo de clase. Y eso es lo que me tira para atrás. Porque, de un modo u otro, lo que al final os unirá a ellos  en feliz matrimonio de hecho es el  tema nacional.

Ojalá me equivoque, pero me apuesto contigo una cena en el mejor restaurante de Barcelona a que traicionareis vuestro ideario libertario y emancipador  y llegareis a una acuerdo con esos tipos a los que decís odiar, justificándolo con motivaciones tácticas o estratégicas,  porque, en realidad son vuestros mismos avis, vuestras tietes,  que han acunado vuestra infancia y han consentido y alimentado vuestros sueños, muy diferentes a los sueños que yo tuve. Porque quizá, al fin y al cabo se trate, sencillamente, de constatar las diferencias entre los sueños de nuestra infancia y el tacto de las sábanas donde los soñábamos.

La verdad es que me sabe mal acabar así esta carta y me da la sensación de que al final solamente he hablado de orígenes y de sentimientos; pero el marco de diálogo no lo he dibujado yo. En esas estamos. Ya me gustaría a mí dejar de hablar de naciones, patrias y estados.

Un abrazo Antonio. Me pareces una persona honesta. Como se dice en mi barrio, eres un tío legal,  y te deseo lo mejor.

¡Salud!

Adenda updating 12/11/2015.
Antonio: Es 12 de noviembre. Acaba de finalizar  el segundo pleno de investidura y la CUP permanece coherente. Nuevamente, mis respetos. De momento, la cena la pago yo. Si seguimos así hasta el 9 de enero, ya dirás dónde.

 

*Parodia de Leopoldo Abadía protagonizada, dirigida y escrita por Antonio Baños


martes, 29 de septiembre de 2015

Úteros de piedra (1)



Al entrar se le distingue a lo lejos, casi imperceptible, como una intuición. Por eso aligeré el paso,impaciente. Creía que de un momento desaparecería. Era como si un temor irracional y estúpido me indicase que si no me apresuraba perdería para siempre la oportunidad de contemplarlo de cerca. Sin embargo, por extraño que pueda parecer,  a medida que me aproximaba, que su figura se engrandecía y que iba constatando  la realidad de sus dimensiones,  gradualmente mi paso perdió el apremio, hasta que unos diez metros antes de llegar a  su ubicación, donde la muchedumbre se agolpaba frente a él, me detuve, y entonces  algo indefinido e inexplicable, una sensación espontánea de admiración profunda que me vinculaba muy directamente con él me impidió seguir. 

No eran los centenares de turistas que alzaban el teléfono móvil para poder fotografiarlo. Algunos incluso chocaban contra mí, ansiosos por capturar la imagen que días después habrían de mostrar ufanos en la oficina, o que en ese mismo instante, a los pocos segundos de aprisionarla, compartirían en sus redes sociales.  Aun así, si en aquel instante me detuve no fue por ellos, porque podría haber sorteado perfectamente el tumulto que se agolpaba frente a él rodeándolo por alguno de los flancos, desde donde se disfrutaba de una visón  mejor y más sosegada, sin el padecimiento de codazos ni empellones.

Quiero decir que no me detuvo mi voluntad, ni la voluntad de los hombres. Me paré allí, a escasos metros de él, poco antes de situarme bajo la sombra blanca de su magnificencia,  porque algo, no sé si espiritual, pero en cualquier caso sin forma ni presencia material,  me decía que me parase, que mirase, que admirase, e incluso que escuchase. Y es que, a pesar del bullicio, de las advertencias constantes de los guardas solicitando silencio sin fortuna, misteriosamente pareció que me cubría un escudo invisible que me protegía del rumor alborotado que invadía la sala y que no solamente me aislaría de la algazara, sino que me permitió experimentar algo que todavía hoy no puedo explicar sin que mis interlocutores me escuchen con  cierto gesto de  compasión. De ahí que ahora prefiera no extenderme en los detalles de toda la experiencia, porque temo la burla, o en el mejor de los casos, la conmiseración paternal y dolorosa que se concede a los desequilibrados. 

Solo diré que permanecí inmóvil  unos cuantos minutos sin tener conciencia de mí mismo. Alguien que no era yo, pero que se mostraba ante el resto de personas con mi propia apariencia, observaba extasiado la figura espléndida, armoniosa e irrepetible de David mirando expectante hacia el horizonte, a la espera, o  quizá divisando ya la proximidad de su descomunal enemigo, con la determinación sosegada  propia de los audaces que osan enfrentarse a lo imposible, esgrimiendo las únicas armas de la inteligencia y la plena confianza en sus posibilidades. Y una honda colgada sobre el hombro; el arma básica; un pedazo de piel cosida eficazmente a los tendones de algún animal sacrificado, que en unos instantes acogerá el proyectil letal, a punto en la otra mano,serena, fuerte y experimentada; el canto justiciero con el que derribará a su adversario constituido así  en símbolo universal y esperanza para los débiles de la historia, desde el preciso momento en que el gigante muerda el polvo y se produzca el temblor de la tierra ante la caída y la hazaña.

 Porque con su criatura, además de la figura esculpida, además de alumbrar con su genio  una de las obras de arte concluyentes y determinantes de toda  la historia de la humanidad, Miguel Ángel nos ofrece la narración completa de unos hechos conocidos por todos, sin necesidad de colocar ante David más que el aire a través del cual viaja su mirada, el espacio  que todos nosotros completamos, anonadados, bajo la protección del héroe que nos salva de la amenaza del mal que se aproxima,  inexorable, a través de su fuerza, su determinación y su belleza. Y la narración  de su epopeya, el relato de la historia eterna del bien contra el mal, se halla en su totalidad volcada en el gesto altivo de su rostro, constatado el arrojo imperturbable en el interior de sus ojos vacíos, blancos,  marmóreos que, sin embargo, contienen más vida que los ojos de cualquiera de los miles de visitantes que allí nos congregábamos, afanados  por mirar únicamente a través de artefactos luminosos, a través de  la intermediación de la futilidad, en un  intento vano por aprisionar la belleza eterna con la fugacidad tramposa de la obsolescencia programada. 

Tampoco voy a explicar los síntomas que experimenté al volver en mí. No estoy dispuesto a arriesgar el prestigio de mi esforzada lucidez.  Únicamente diré que  al recuperar la conciencia y el movimiento de todas las extremidades,  pude acercarme más a él. Tuve la oportunidad de rodearlo, de contemplar y admirar desde todos los ángulos posibles los cinco metros de mármol blanco transformado en vida imperecedera, en fuerza armónica,  en  crónica perpetua del hombre gracias al genio irrepetible de un artista. Su contemporáneo, Giorgio Vassari, dijo al ver la obra terminada que, con el David, Miguel Ángel había clausurado el arte de la  escultura. Es decir, que había conseguido la  perfección, y que a partir de entonces, cualquier intento de cualquier  artista en futuras generaciones no sería más que un intento por acercarse, a lo sumo, al genio de Caprese.

Yo observa y observaba el David. Acabé apoyado en una columna, de pie, a la izquierda del héroe, justo bajo su mirada, y mientras esperaba que de un momento a otro frunciese el ceño y se dispusiese a cargar la honda, me asaltó la curiosidad de saber la reacción de los coetáneos al ver por primera vez  la escultura  plantada en la plaza de la Signoria, a la vista de todos. Quise saber si sabían que, solamente tres años antes, el símbolo que en ese momento representaba a la república florentina era un inmenso bloque de mármol de 6 metros de altura llamado “el gigante”, dañado y olvidado en un rincón de Santa Maria di Fiore, y por tres veces violado. Quise saber si el resultado del trabajo de Miguel Ángel con ese ciclópeo bloque de piedra causó la admiración de sus contemporáneos; si la admiración llegó en algún momento al éxtasis o a  la adoración, o si en realidad no se produjo más que cierta indiferencia, la reacción desdeñosa de quienes no esperaban otra cosa de él; sencillamente, la conformidad ante un trabajo correcto,  bien ejecutado, digno resultado de un encargo oficial.