viernes, 25 de septiembre de 2015

¿Por qué el gobierno de España no da a conocer el dosier 'Artur Mas'?



Me cuesta escribir esto, no quiero caer en lo obsesivo,  pero me reconcome por dentro y creo que lo debo hacer.


Me gustaría que algún amigo íntimo, alguien al que tuviesen la máxima confianza los cientos de miles de catalanes que el próximo día 27 van a votar a Junts pel Sí, les pudiese explicar, individualmente,  delante de un café, con calma y tranquilidad,  quién es el tipo al que van a votar; quién ha liderado todo este proceso hacia la  hipotética independencia  camuflado  en una discreta cuarta posición. De dónde viene; cómo se ha labrado su carrera política; quién fue su principal valedor, y cuál es la verdadera naturaleza de sus objetivos. 

Jaume Reixach, periodista del semanario El Triangle, lo explicó en sede parlamentaria en Enero de este mismo año. Su intervención  ha trascendido muy poco, o casi nada, a los medios de comunicación, aunque lo que explique sea del máximo interés  para que la ciudadanía, de manera soberana, emita su voto  en un sentido u otro. 

Las declaraciones de Reixach son de una importancia extraordinaria. Suponen una denuncia en toda regla y un órdago a la mayor hacia el nacionalismo independentista catalán de CDC ( desde sus inicios)  y hacia las figuras de Jordi Pujol, Lluis Prefanafeta y sobre todo, Artur Mas.

Reixach  juega su órdago  con todas las cartas en la mano, porque los hechos que detalla están plenamente documentados. Voy a intentar sintetizar  al máximo la información que transmite a sus honrables señorías, aunque al final facilitaré el enlace del video para quien quiera verlo desde la fuente original (El Parlament de Catalunya), sin trampa ni cartón.


¿Cómo empezó Artur Mas en política?
 
De la mano de Lluis Prenafeta.
Lluis Prenafeta fue la primera decisión de Jordi Pujol, su primer nombramiento. Fue su hombre de confianza durante toda su trayectoria política, durante los 28 años de gobierno. Prenafeta se fajó  en Italia, donde aprendió  el funcionamento de Tangentopolis y el modus operandi  del comercio internacional sucio.
Prenafeta es el artífice y el cerebro del famoso 3%, que el mismo Reixach  descubrió e intentó denunciar ya en 1989, en el ya desaparecido Diari de Barcelona, a través de un reportaje que fue censurado y por tanto no publicado.

Fue Lluis Prenafeta quien  fichó a Artur Mas en 1988  para ponerle al frente de un gran pelotazo inmobiliario en Tarragona relacionado con un centro comercial Eroski; pelotazo que está pendiente de juicio desde 1990 y en el que Mas está imputado como uno de los principales protagonistas.

Es decir, que Artur Mas no es el delfín de Pujol, sino que en realidad es hijo putativo de Lluis Prenafeta, convicto y confeso por la comisión de decenas delitos de corrupción.


¿Quién es Artur Mas? 

A partir de la anterior premisa, poco más hay que decir. Quizá, una cosa más: su familia tiene cuentas en Linchestein, de las que no ha dado explicación y de las que ningún medio de comunicación  parece querer saber nada.


¿Quién sabe quién es en realidad Artur Mas? 

Los grandes medios de comunicación, CDC, buena parte del sector financiero y –pásmense- el gobierno de España.
Así es. Desde los tiempos de Elena Salgado con el PSOE, y después con el gobierno de Rajoy, según Jaume Reixach  el Estado  está en posesión de un dosier completo  que, de hacerse público, acabaría  de manera inmediata con la carrera política del  líder independentista. La pregunta clave que se hace Reixach ante los parlamentarios catalanes es ¿Por qué el gobierno del Estado no da a conocer esta información?

Quien disponga de 30 minutos de su tiempo puede ver la comparecencia completa de Jaume Reixach


Y el domingo 27, ¡a votar!

lunes, 21 de septiembre de 2015

El sastre

Cuando Roque Posteguillo llegó a El Castro  creo que ya habían tirado la bomba atómica. No estoy muy seguro, porque yo todavía era muy pequeño. Vino  de Cabeza Grande, un pueblo limítrofe, en el corazón de la sierra, donde él y su familia se comían los mocos.

Porque Roque era sastre, de los de cinta métrica y tijeras largas. No  habría mucha tela que cortar en un rincón olvidado del mundo donde hasta el alcalde labraba la tierra para poder sacar un trozo de pan.

Roque llegó ya viudo. Nunca supimos cosa alguna de la difunta y poco más sobre él. De hecho, todos decían  que tampoco era de Cabeza Grande, porque su apellido no era muy común por esas tierras.

Al llegar a El Castro se estableció en una casa en lo más frío del barrio de La Solana. La casa era demasiado pequeña para la prole que acarreaba. Dos damas y tres varones. Todavía hoy, muchos años después, en el pueblo es un misterio -materia de especulación y entretenimiento-  la maña con que se las apañó el sastre de Cabeza Grande para sacar a su familia adelante de una manera tan exitosa, porque a pesar de los cuatro trajes contados que confeccionaba al cabo del año, se las ingenió para darles a los cinco una educación y un buen oficio.

La mayor era Domitila, quien disfrutó de  la virtud y la viveza de asociarse a las Hijas de María, consiguiendo así el título de maestra con el que muy pronto pudo marchar a la capital, a ejercer la docencia en un colegio de las Carmelitas Descalzas. 

A la segunda hembra la bautizaron Primitiva y aprendió el oficio del padre. En cuanto se sintió segura con el paño, el cartabón y la tiza  emigró a Madrid, donde se labraría un prestigio como sastra, confeccionando los mejores trajes a medida de la capital. Tanto es así, que la mayor parte de los procuradores en Cortes vestían en casa Primitiva. Incluso oí decir, de boca de paisanos muy bien informados, que le llegó a tomar medidas  al ínclito Don José Ortega y Gasset. 

El mayor de los tres machos se llamaba Damián. Damián sintió en edad temprana la llamada del Señor. Ingresó siendo muy jovencito en el seminario menor de San José, en Burgos. Cuando llegó la hora de prometer  los votos, decidió que lo suyo era la clausura y se metió a cartujo. Se lo comunicó a Roque a través de una carta y desde entonces ya nadie volvió a saber de él.

El segundo de los varones y cuarto vástago de la saga fue bautizado como Evelio, aunque todo el mundo le llamaba ‘el chico’, a pesar de que al instalarse en el pueblo, Roque ya tenía entre su prole  a Cayo, el legítimo benjamín de la familia.

Evelio causó cierta admiración, no sólo en El Castro, sino en todos los pueblos de la Sierra, pues  sin ayuda de nadie, aprendió primero latín, después griego y finalmente inglés. Nadie se lo explicaba. Él decía que los dos primeros idiomas los había aprendido de un par de libros que había cogido de la sacristía, de cuando asistía al cura párroco como monaguillo. En cuanto al inglés, parece ser que tenía la habilidad de sintonizar emisoras de radio extranjeras y gozaba de un extraordinario oído para las lenguas, pero todo el mundo decía que el cura le proporcionaba revistas de estraperlo inglesas, de las que estaban prohibidas, y que ese fue la manera de que aprendiese idiomas.

Un día Evelio no apareció por casa a la hora de la cena. Al día siguiente tampoco. Se marchó  sin despedirse. Pasó el tiempo y,  una tarde en el bar, gracias a la primera televisión que se vio en El Castro, alguien le reconoció asomando la cabeza, muy bien vestido, sentado discretamente detrás del trono de  la reina Fabiola de Bélgica, en una recepción que ofreció al cuerpo diplomático de otro país. Todos los que vieron la noticia estuvieron de acuerdo. Sin duda era el mismísimo Evelio, que trabajaba de intérprete en la corte flamenca.

Un parroquiano pretendió hacerse el listo y objetó que aquello era una bobada, porque la reina belga en realidad era española, y era una mujer muy cultivada que sabía seis idiomas, el español inclusive.  Casi tuvo que exiliarse, el espabilado. Le respondieron con cajas destempladas y con el muy lógico argumento de que los reyes y las reinas tienen sirvientes para todo, incluso para entender lo que otros les dicen, aunque ya sepan y entiendan lo que les dicen. Y así se zanjó el asunto del prodigioso Evelio,  Evelio ‘el chico’.

Cayo era el pequeño, Cayo Posteguillo. Por ser el último, tampoco salió tonto. Más bien todo lo contrario. Pronto despuntó en la escuela, aunque era muy tremendo.  Se hizo maestro igual que su hermana mayor, pero por méritos propios. Ejerció en el pueblo más importante de la comarca, que detentaba la categoría de ser cabeza de partido. Sin embargo, a pesar de su inteligencia y de que valía tanto para las letras como para los números, salió  un tanto asilvestrado. En realidad, lo que a él le gustaba era cazar gatos, desollarlos y cocinarlos con picantes; dormir a la intemperie en lo más recóndito del bosque; pescar cangrejos a mano, o convencer a otros para organizar barrabasadas a los vecinos. Una de sus aficiones más temidas consistía en despeñar carros desde lo alto del Castro. 

Cierto día de invierno, Cayo dispuso fabricar unos cuantos quilos de jabón. Disfrutaba con el olor fuerte a química doméstica que desprendía la mezcla de sosa cáustica, aceite de pringue, agua de lluvia y el añadido mágico de las cenizas frías  de la cocina. Una vez vertidos todos los ingredientes en el recipiente, se dispuso a agitarlos enérgicamente para que emulsionasen. Como no halló cerca de sí utensilio alguno, decidió introducir su propio brazo, el brazo derecho, y así  estuvo agitando todo el compuesto, de derechas a izquierdas, durante unos cuantos minutos,  hasta que empezó a notar un calor extraño que poco a poco se convirtió en quemazón dolorosa.  A mí Cayo me caía bien, pero desde que supe lo del jabón, le cogí miedo, y esquivaba su presencia, sobre todo en verano.

martes, 15 de septiembre de 2015

Llorar en Florencia



A Carmen, con quien viví la experiencia de la belleza, y tantas otras cosas...

Lloré como un chiquillo en Florencia. No era el llanto de Stendhal. Era el llanto de un niño que había penetrado en mi cuerpo; el llanto incontenible sobre el hombro de mi amor a quien pedía que me abrazase,  a quien rogaba consuelo, sin ser capaz de explicarle el motivo de mi repentina tristeza. 

Fue justo frente a Santa María di Fiore, bajo la negra estatua de Brunelleschi, quien parece  mirar hacia su cúpula con cierta admiración ajena, como si el éxtasis de los siglos ante el resultado de su obra no fuese realmente producto de su genio. 

Era el tercer día en la ciudad. Habíamos estado recorriendo todos los rincones, desde los jardines de Boboli más allá del puente Vechio, hasta el Duomo; desde a Santa Croce hasta Santa María Novella. Durante el paseo, salpicado por una fina lluvia,  hablábamos de las grandes obras que habíamos tenido la oportunidad de disfrutar; de los grandes hombres que allí vivieron; del privilegio que suponía colocar un pie tras otro sobre el mismo suelo que ellos recorrían a diario, mientras pensaban ensimismados en cómo esculpir una mirada, en cómo colocar un andamio, en las proporciones de una mano, o en cómo alumbrar una criatura viva desde el alma fría de un bloque de mármol. 

Sin embargo, a pesar de su historia y de lo que contiene; a pesar del aliento de audacia, sensibilidad y talento con que se reviste su atmósfera,  Florencia no hace honor a su nombre. Florencia no es como suena. Florencia es leve, líquida, primaveral. Florencia es musical y llana; Florencia se dice sin esfuerzo. Florencia desvanece su diptongo en una caricia silábica, sin vehemencia, en un sutil suspiro vocal. Florencia es el cabello dorado que agita el Céfiro de Botticelli. Florencia es la delicadeza de una palabra que contiene en su alma la esencia de la porción más delicada y frágil de la belleza.

Pero, efectivamente, Florencia deshonra el sonido de su nombre. Florencia es una ciudad de paredes oscuras. Florencia es una ciudad lítica. Florencia es piedra sobre piedra argamasada con autoridad gracias a  la fuerza y al poder del dinero. Florencia es antigua, redundante y perseverante ostentación financiera. Florencia es poderío, reflejado en el tamaño de cada uno de los sillares pardos dispuestos matemáticamente, según el gusto renacentista,  en cubos perfectos, configurando un entramado de calles antipáticas y plomizas que constituyen una de las grandes paradojas urbanas de Occidente, porque son esas mismas calles, flanqueadas por murallas militares más que por fachadas, las  que nos conducen al interior de esos horrorosos palacios donde respiran eternamente criaturas perfectas, armónicas,  concebidas para redimir las conciencias y sublimar el sueño de la bondad y del talento del hombre, engendradas gracias al dinero de quienes construían sus búnqueres para habitarlas y contemplarlas. 

De todo esto hablábamos mi amor y yo, caminando ya un tanto cansados, bajo la lluvia suave de un atardecer florentino mientras llegábamos de nuevo, una vez más, a Santa María di Fiore, hacia donde todos los caminos parecen llevar. Una vez más, saludamos a Brunelleschi, paseamos alrededor del baptisterio y contemplamos con admiración renovada el campanario de Giotto. Mientras observábamos hipnotizados la torre blanca esmeralda, surgió desde un rincón de aquel espacio mágico el sonido  de un acordeón. No sabíamos de donde provenía, y tampoco nos importó demasiado,  porque estábamos tan concentrados en aprisionar en  nuestra memoria la gracia y el esplendor de la obra de Giotto, que aquella música era para nosotros como un añadido ambiental, el envoltorio sonoro perfecto para poder abstraernos y sentirnos solos entre la gente que transitaba por la plaza del Duomo ante la inteligencia y la sensibilidad de la que es capaz el ser humano.

Después de unos minutos, posé mi mano sobre el hombro de mi amor, nos miramos un segundo y sin decir nada, dimos por finalizada nuestra presencia en aquel lugar. Fue entonces cuando toda nuestra atención se concentró en la música del acordeón, que ahora sonaba como una llamada, una convocatoria, una voz que nos emplazaba a dedicarle unos minutos de  nuestro interés. Eran una melodía triste, cargada de melancolía, colmada de una amargura desconsolada interpretada por un hombre alto, extremadamente delgado, que nos miraba fijamente desde el hueco de sus ojos hundidos con cierta complacencia apesadumbrada y que extendía y aprisionaba el fuelle a través de un movimiento rítmico, aprendido una y mil veces, ejecutado con  delicada exquisitez, casi diría que con cierto sentido del respeto, como si  el tema que brotaba del instrumento contuviese algún tipo de oración, o quizás de recuerdo.

Me acerqué a él, dejé unas monedas dentro de su sombrero y  cerró  los ojos a modo de agradecimiento. Entonces, todo el quebranto, toda aquella melancolía  afligida que se elevaba a través del aire del tiempo gracias a las notas del acordeón se apoderó de mí y, antes de que nos hubiésemos alejado unos pocos metros, me asaltó un aluvión de lágrimas que intenté detener.

Sin embargo,  a pesar de toda la voluntad que empeñé en no estropear aquel atardecer inolvidable por culpa del gimoteo de una pesadumbre inexplicable, mis esfuerzos fueron  en vano y tuve que detenerme, abrazarla, y romper a llorar como un chiquillo. No era el llanto de Stendhal, era el llanto de un niño que había penetrado en mi cuerpo; un llanto incontenible sobre el hombro de mi amor a quien suplicaba consuelo, sin que todavía hoy haya sido capaz de explicarle el motivo de aquella imborrable y repentina tristeza.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Entusiasmo




Hoy  11 de septiembre he participado ilusionado y entusiasmado en la Vía catalana para reivindicar mi derecho a la independencia de la mano de los líderes que me convencieron para que fuese, enarbolando mi bandera estelada, y de la mano, codo con codo, junto a  quienes han aprovechado su posición privilegiada de representantes de los ciudadanos utilizando el sentimiento identitario de la gente con el fin de:

robarnos durante más de treinta años  a manos llenas;

malversar el dinero público;

prevaricar;

aceptar sobornos;

enriquecer a sus familiares y amigos;

utilizar nuestro dinero,destinado a pensiones, hospitales y colegios, para mantener su lujoso tren de vida;

utilizar nuestro dinero  para propagar desde medios públicos su mensaje político;

discriminar a quienes no han nacido en Catalunya o no hablan catalán;

priorizar los intereses de los bancos y de las grandes empresas por encima de los intereses de la gente;

corromper la administración pública;

regalar argumentos a su pretendidos adversarios políticos de Madrid para que nada cambie;

apoyar con sus votos en Madrid, durante toda la historia de la democracia, las políticas  que ejecutaron los gobiernos nacionales españoles de González, Aznar, Zapatero y Rajoy; 

consolidar la posición de privilegio de una élite económica y financiera;

ejecutar políticas contrarias al bienestar de la gente y a la protección de los más débiles; 

y, finalmente, camuflar, escamotear, disfrazar, encubrir todas estas tropelías y mantener así  el poder a toda costa;

Por eso, hoy he madrugado, he comprado el pan, he preparado un buen bocadillo de atún, he cogido mi bandera estelada, me he subido al autobús, he llegado a la Meridiana y, ya en la calle, junto a mis compatriotas, he sonreído satisfecho y he coreado los eslóganes  que mis honorables líderes -los que me han traicionado- me han dicho que hay que corear. 

¡Qué gozada!

"Cuando la gente  sabe que les estás mintiendo y aún así te creen, entonces les tienes bien cogidos por los cojones"
 El senador Roark, de  Sin City 

martes, 8 de septiembre de 2015

Justicia poética



Mª Teresa Vera fue una de las grandes figuras de la vieja trova cubana. Sin embargo, a pesar de que alguna vez habré tarareado alguna  de sus canciones –muy difundidas gracias al extraordinario disco antológico de Buena Vista Social Club-  no he sabido de ella hasta hace bien poco tiempo. Nació en Cuba, en la choza de su madre esclava, poco antes de la debacle colonial del 98. Bien temprano se fue a servir a Guanajay, a casa de Guillermina Aramburu, jovencita cultivada e inquieta de la alta sociedad, hija de un influyente periodista de postín, con la que, más allá de lo estrictamente laboral, mantendría durante toda su vida estrechos vínculos afectivos. 

Guillermina se casó  con Armandito Valdés, un golfete mujeriego y  ricachón procedente de Pinar del Río, al que acogió la familia Aramburu después de que los Valdés, hartos de las correrías del muchacho, le expulsasen de casa cuando, una mañana, apareció por la puerta sin camisa, sin mula y sin silla de montar, malogradas a consecuencia de una de las habituales timbas de cartas que se celebraban en los tugurios de  Playa Dayanigas. 

Armandito y Guillermina mantuvieron durante veinte años  un largo idilio del que surgió una familia con cuatro hijos,  de manera que  el mozalbete apuesto y calavera que llegó con lo puesto a Guanajay, se convirtió, gracias a los naipes y al amor,  en un hombre de provecho, responsable de la construcción de muchas de las vías de transporte del país.  

Después de dos décadas de apacible vida en familia, Guillermina supo que su querido Armandito gozaba de los favores de una amante. La dulce Guillermina se sumió en la desolación. Soportó paciente y en sufrido silencio el dolor diario de la traición. Sin embargo,  esta mujer bella, culta y  amante de la música, tenía que  desahogar de algún modo  la tristeza y la decepción, de manera que una noche sofocante, insomne, ya derrotada y desesperanzada por no poder recuperar los afectos de su amado, escribió dieciséis versos hermosos y abatidos; versos como gritos que cubrió con  música y que acabaría  entregando a su  amiga Mª Teresa,  a la que pidió que no desvelase la autoría hasta después de su muerte.

En muy poco tiempo la canción se convirtió en un clásico de la música cubana, interpretada desde sus inicios por la misma Mª Teresa Vera, quien guardó el secreto pesar  de la  dulce y triste Guillermina. 

Como decía, he sabido de esta historia hace bien pocos días: Escuché por primera vez a la joven cantante Silvia Pérez Cruz cuando ponía la voz a las coplas que interpretaba el trío “Las migas” en un concierto que ofreció en el pueblo donde vivo, hace ya unos cuantos años. Después volví a saber de ella porque había sido nominada  por El Periódico de Catalunya  como candidata a catalana del año junto a 9 personas más. Sentí curiosidad por conocer los méritos de que era deudora, pues compartía candidatura con Jordi Évole, la monja Lucia Caram, el ginecólogo Eduard Gratacós, el músico Jordi Savall, o el director de Médicos Sin Fronteras Joan Tubau, entre otros.

Durante mi investigación  fui a dar con un video en Internet que me ha obsesionado desde que lo vi, y que a día de hoy me ha producido tantos nudos en la garganta como lágrimas inconfesadas. 

Todo sucede en una taberna de pueblo; una taberna más bien espaciosa, con visos de haber sido en algún momento de su historia un casino provinciano. La parroquia del bar la componen hombres de edad avanzada, jubilados, ancianos o no tan ancianos, que después de comer continúan con la costumbre de tomar el cafelito y  echar la partida junto a sus paisanos.  Silvia y el guitarrista que le acompaña, (su padre, Cástor Pérez) se encuentran sentados entre los parroquianos, que mueven las cartas y el dinero sobre el fieltro verde como cualquier otro día, sin percatarse o sin hacer mucho caso de los intrusos y  obviando  los primeros acordes de la guitarra de Cástor, como si cada día que juegan sucediese  lo mismo, expresando de ese modo la indiferencia de la costumbre; o como si en realidad no estuviesen, o no le es oyesen y se tratase de dos almas invisibles que ocupan una mesa que parece estar vacía pero en la que nadie se sienta porque de algún modo se intuye una presencia inadvertida. Cástor introduce la canción y  canta, con delicadeza y cierta timidez,  los primeros versos acompañándose de su evocadora guitarra


¿Qué te importa que te ame
si tú no me quieres ya?
el amor que ya ha pasado
no se debe recordar
Fui la ilusión de tu vida
Un día lejano ya
Hoy represento al pasado
No me puedo conformar



Simultáneamente  unas cuantas parejas de manos artríticas, tiznadas por las manchas de los años, pero lo suficientemente ágiles todavía como para sostener con gran pericia profusos abanicos de naipes, se enfrentan sobre los tapetes, como cada día, convocando así al azar a tomar nuevas decisiones. La canción poco a poco se abre paso  entre los viejos tahúres de la cantina, aunque nadie parece percatarse ni de los bellos acordes que pulsa Cástor, ni de la voz aguda, hermosa y sentida, expirada hacia el aire tabernario con cierto aire doloroso, que empieza a elevarse y a ocupar toda la atmósfera del local. 

A pesar de todo, Silvia y su padre cantan e interpretan una canción entre  hombres a los que  tan solo parece preocupar el arrastro contundente del contrincante, o la seña subrepticia  del compañero. Es como si los músicos hubiesen adquirido el don de la invisibilidad, como si la materia de que están hechos no tuviese cabida en ese espacio en el que lo único que parece importar es la conjura del tiempo a través del juego. Solamente algún soslayo aislado, alguna mirada furtiva, parecen advertir la existencia de quienes interpretan la canción, pero por lo precipitado de esos gestos, da la sensación de que hubiesen visto una aparición, una imagen fantasmal, la sombra de una aparición y los restos lejanos de un eco.

De repente, una fotógrafa irrumpe en la escena y dispara su cámara hacia Silvia, pero ni si quiera esta invasión- una prueba irrebatible de realidad, quizá un intento vano de eternizar el instante-  arranca de su principal preocupación a la concurrencia.


Si las cosas que uno quiere
Se pudieran alcanzar
Tu me quisieras lo mismo
Que veinte años atrás.
Con qué tristeza miramos
un amor que se nos va
-es un pedazo del alma
que se arranca sin piedad.
 

Sílaba a sílaba, nota a nota, ante la mirada enternecedora de Cástor, Silvia   ha ido meciendo la pena de amor hasta rozar en quejidos el grito, hasta transformar el lamento en sentencia, hasta convertir  la experiència del tormento en verso. Entonces, cuando ya le queda poco a la canción para morir, algunas miradas se dirigen hacia ella. Son  miradas bobas, miradas chafarderas; miradas que parecen no entender lo que sucede; a lo sumo, miradas de cierta admiración ignorante, lo suficientemente indolentes  como para no expressar más que un gesto de sorpresa desedeñosa. Al final, cuando la inclemencia cierra el salmo, algunos parroquianos aplauden y Silvia da las gracias y pide perdón. 

He visto este vídeo innumerables veces. Me emociona y me acongoja. Me produce el síntoma del llanto, porque me invade una sensación irrafenable de  tristesa, nostalgia y melancolia. No lo puedo evitar. A pesar de que no lograba conectar la canción con el escenario, a pesar de que no hallaba  el sentido de disponer  la voz, la música y los versos de Guillermina Aramburu entre viejas  mesas de naipes; a pesar de mi ignorància -o gracias a ella-  el desconsuelo, un desasosiego placentero y la inquietud que nos conmueve ante algo bello me empujaban a ver una y otra vez las imágenes que acabo de describir.

Hasta que me decidí a buscar el origen de todo. MªTeresa Vera, Guillermina Aramburu, Armandito Valdés, una nueva mala mano en Playa Dayanigas, el destino que aguarda en Guanajay,  el espejismo de una vida feliz, la mentira, el engaño, el dolor oculto, la decepción, la tristeza de un amor traicionado y la expresión desolada y certera  del desamor en unos versos que fielmente  conservaron su anonimato con la finalidad de la salvaguarda de las apariencias pero con insospechada vocación colectiva.

Por eso, por todo ello, ahora sé que Silvia Pérez Cruz no es más que la voz de Guillermina Aramburu que a través de los años por fin puede cantar en primera persona su drama; el grito acompañado de una guitarra que lanza el despecho y la verdad a los tahúres, a los  hombres tramposos; el corifeo impasible  y justiciero que logra colocar al guapo Armandito en su justo lugar, el lugar del engaño, de la traición y de la certeza que siempre halla el medio con que  desmentir las ambigüedades y los malabarismos del azar.