
Con las nubes tengo una extraña fijación. No me da por ver en ellas figuras de animales, la silueta de formas extrañas soñadas en fase REM, o el contorno de seres conocidos que odie o ame, y que se diluyen y se transforman al capricho de los vientos y de la imaginación. El tipo de obstinación que vivo con las nubes tiene más que ver con el tiempo, la memoria y con los bandazos que a veces da a babor y a estribor mi cabeza loca, una nuez en la galerna.
Todo empezó al atardecer del final de un verano lejano. Yo ya era un fiambre, un muerto célebre enterrado con discursito meritorio en loor de multitudes. De manera que esta obsesión con la que convivo (una más), quizá debería explicarla sobre el diván del enterrador porque tiene más que ver con la psicología de la muerte que con el subconsciente de un hombre vivo, porque lo último que vi entre las rendijas de las persianas del balcón cuando yacía en el suelo, aguantando como mejor podía los últimos estertores, fue una tira pálida de cirro estratos morados cortando el cielo de Madrid. Quizá fuesen sencillos cúmulo nimbos, blancos y gordotes , como trozos de un cerebro cuarteado, muy comunes en los cielos castellanos, pero yo veía restos de nubes fugaces con la forma de cuchillas afiladas, moradas, del mismo color que la sangre que me resbalaba desde la sien, por los ojos, hasta llegar a los labios, cayendo finalmente al suelo, gota a gota, encauzada por propia voluntad hacia un inútil charco enamorado.
Estas palabras que acabo de escribir surgieron en el momento justo en que las pensé, en el momento de mi último suspiro. Son una trascripción casi hipnótica fruto de una especie de regresión lingüística espontánea en la que puedo verme a mí mismo sobre el suelo , con la cabeza ladeada hacia el balcón, sujetando la culata todavía caliente y procesando en la pupila el paso de las nubes rojas hacia poniente. Me veo y me pienso, y me recuerdo, y muy lejos de percibir un lamento, la maldición del mal de amores, el último insulto o la súplica final, lo que viajó desde aquel momento de paz hacia mi ‘Yo’ resucitado en aquel atardecer lejano, fue la certeza de que si algo es capaz de transportarnos en el tiempo hacia los rincones más oscuros de nuestros recuerdos, ese algo es el cielo con sus nubes, presente en todo momento y lugar, allá donde vayamos. De manera que si las estrellas sin luna me traen siempre el recuerdo de mis hijas; si con el trueno de la tormenta pienso siempre en Ventura, Pepe y toda la cuadrilla; si con el alba me embarga la tristeza del final de noches apasionadas; con la contemplación de la nubes -maldita sea- me estalla por dentro la memoria en una implosión que se materializa en un vertiginoso zoom con el que llego a ver con todo detalle el estado de ánimo de mi alma en aquellos últimos instantes, en aquellos segundos fundacionales en los que fueron convocados por el destino el final y el principio de todo.
Aquella tarde lejana la temperatura era agradable. El viento soplaba tímido de Levante. Las cigüeñas se afanaban en llegar a los nidos y el crotorar de las más espabiladas ya se oía por todo el valle. La campana de la torre había tocado el primer cuarto pasadas las 8 y las esquilas de los rebaños de todo tipo de mansos parecían avisar a los paisanos de la hora del último riego en el huerto. El silencio y la soledad en el que parecía sumida la aldea se convertían durante unos pocos minutos en un trajín calmoso, en un ir y venir apaciguado, lento y sabio de animales, personas y sonidos. A esas horas, como casi todas las tardes, dejaba la pluma y el papel sobre la mesa, cogía mi bastón y antes de que el reloj diese la media ya estaba en el camino. Me gustaba saludar a unos y a otros, pasear mi inmortalidad entre las gentes afanosas que nada sabían de mí. Frecuentaba aquel pueblecito serrano en días sueltos, cuando el calor en la capital se hacía insoportable, así que los aldeanos solamente sabían que era un señorito de Madrid, sin oficio conocido, y que respondía al nombre de M. Tras el último saludo a una anciana, que arrastraba sufrida un carretón de forraje para la yunta, me adentré en la senda que comunicaba la aldea con los campos abiertos de pastos y que verdean las frías umbrías a los pies de la sierra. El espacio es una fabulosa explanada ondulada de hierba, que recuerda en su suave sinuosidad a las olas de un mar antiguo en el que un día milenario nadaron animales fantásticos. Esa misma hierba fue en otros tiempos profundidad sumergida bajo la que murieron ahogados extensos bosques de árboles imposibles, hoy en día piedra enterrada. Hasta allí dirigí mis pasos, en la dirección hacia donde el sol se ponía sobre las montañas de morado oscuro, el mismo color que habían adquirido todas las sombras del atardecer. Y allí me detuve, en el centro del infinito espacio. Al hacerlo, una extraña sensación de miedo y de gozo me invadió. Era el efecto de una gran energía que se concentraba en aquella inmensidad silenciosa y que me proporcionaba la valentía necesaria para no salir huyendo. Levanté la cabeza para respirar, y gozar, y llenar mi alma de la fuerza natural que parecía emanar desde el interior del planeta en el punto preciso en el que me encontraba, en el preciso instante que estaba viviendo. Extendí los brazos, el viento crepuscular me descubrió, y al abrir los ojos vi rasgada una nube solitaria sobre el cielo cobalto como la que distinguí entre las rendijas de las persianas de mi balcón, hacía muy pocos años, antes de dejar la tierra de los hombres y habitar para siempre el mundo de los recuerdos. Desde entonces, desde el atardecer lejano de aquel verano, las nubes para mí son muerte enamorada.
Vuelvo mañana