
Los Humanistas nos enseñaron que todo empezó en Grecia. Para ilustrarnos este hecho nos decían que éramos como enanos a hombros de gigantes. Yo, que me eduqué con los curas escolapios, no dejé de escuchar en el colegio, un día tras otro, el origen helénico de las excelencias seminales de nuestra civilización. Sangre sudé en la traducción de los clásicos. Aunque no tardé mucho en darme cuenta de que los curas nos habían escamoteado información útil y muy interesante en aquellos inicios del XIX, como por ejemplo el origen de la palabra "democracia", compuesta por dêmos, que significa ‘pueblo’, y kratéö, que significa ‘yo gobierno’. Gracias a mi proverbial perspicacia deduje que ni a la Santa Madre Iglesia ni al poder terrenal que dirigía el destino de los españoles le convenía lo más mínimo que supiésemos de esta y de más palabras que en Francia se habían puesto tan de moda unos años antes a mi nacimiento “¡¡Bastante hemos tenido con La Pepa!!”, nos dijo el Hermano Eustaquio un mañana, en pleno Trienio Liberal, cuando mi compañero de pupitre levantó el dedo y preguntó el origen de la palabra ‘libre’; palabra de la que -gracias al gran Corominas- sabemos que deriva de latín 'líber' y de ahí ‘librar’, o sea, expedir una orden de pago. “Su pregunta no ha lugar, señorito Ramírez. Y Sigamos con Aristófanes, que no es la hora del Latín”, concluyó con severidad el Hermano Eustaquio.
Estos últimos días recordaba aquellos lejanos años imberbes al escuchar y leer por doquier cuestiones y palabras relacionadas con la economía, que muy al contrario de lo que ingenuamente pensábamos Ramírez y yo, es lo que dirige los destinos de nuestras vidas. Y me llegan aquellos recuerdos porque me ocurre, igual que entonces, que no acabo de entender el significado de lo que cuentan economistas, intelectuales, políticos y periodistas. De manera que, tal y como me enseñaron mis maestros, he confiado a los sabios de la Grecia antigua la antorcha de luz que alumbrará mis dudas. Y me he llevado una notable decepción. Por poner un ejemplo: La gran palabra del momento, “mercados”, a la que el mundo entero mira, nombra, mima, teme,escucha, sufre y odia sin que nadie sepa todavía qué nombres y apellidos hay detrás de ella, no procede del griego. Su origen es latino. Significaba comerciar, traficar. Allá por el año 1.200 empezó a designar la acción de adquirir algo; también negocio; y a partir de 1495 nombraba a los lugares públicos destinados al comercio. Ahora, en este siglo XXI, habría que incluir una nueva acepción. Propongo “persona o personas que juegan con los gobiernos y con la soberanía popular, empobreciendo a su antojo, para lucro propio, por poder o por simple vanidad, a la mayoría de la población”.
Otra: “capital”. Esta tampoco procede de Grecia. Es una de las palabras más latinas. Deriva de ‘caput’, que significaba cabeza. No se empezó a utilizar, tal y como la conocemos, hasta 1832, y será casualidad, pero ese es el mismo año en que yo empecé a publicar mi Pobrecito Hablador. Así que esta palabra tienen más que ver conmigo que con el mismísimo Karl Marx, o que con el preclaro y nunca bien ponderado Adam Smith, al que – según dicen las lenguas santas- un día de estos van a canonizar. De esta palabra, claro, derivan capitalismo y capitalista. El diccionario de la RAE define capitalismo como “el régimen económico fundado en el predominio del capital como elemento de producción creador de riqueza”. ¡Eso es arte y salero a la hora de definir, y no la etimología de San Isidoro .!
Esta de la que voy a hablar a continuación me gusta especialmente: “especular”. Tampoco proviene del griego. Nació en Roma y sus tatarabuelas son ‘spectare’, que designaba el acto de mirar y contemplar, y ‘speculari’, que señalaba, ni más ni menos, que un puesto de observación. Estas voces siguieron la larga historia de las palabras hasta que el año 1440 se utiliza por primera vez ‘especulación’. Pero un par de años antes, en 1438, alguien ya utilizó el verbo ‘especular’, en el sentido de acechar, de modo que por muchos años y siglos que hayan pasado hasta nuestros días, supondría una lógica semántica aplastante que la definición actual de la palabra se retrotrajese a su origen gótico, por más que la RAE la defina hoy día en una de sus acepciones haciendo uso del término 'esperanza'.
Pero la reina, la que más me gusta, la que me eriza la piel e incluso me provoca alguna erección es “bolsa”, porque, esta sí, proviene del griego. Parece ser, (según el gran Corominas) que los helenos llamaban 'býrsa' a un recipiente tejido en cuero, a lo que hoy podríamos llamar un odre. De Grecia pasó a los romanos como 'bursa' pero, debido a la torpeza balbuciente de nuestro romance primigenio, no se nos daba nada bien pronunciar la r y la s unidas, e hicimos de nuestra capa un sayo y convertimos ese grupo rs en una l. Con todos estos datos aprobamos el examen de Historia de la Lengua. Ahora bien, si queremos ir para nota, deberemos saber lo más gracioso: que en Brujas, uno de los centros de la banca europea por los años 1560 y pico, vivía la familia Van der Burse, en cuya casa se reunían los mercaderes venecianos. De ahí proviene la acepción actual de lugar o casa de contratación. Aunque, si se me permite, después de este ímprobo esfuerzo a través de la procelosa historia de los orígenes de la terminología que hoy dirige nuestros destinos, yo propondría como definición de bolsa, directamente, “lugar desde donde se acecha a las economías del mundo y de las personas, desde donde se producen y se propician, en interés de unos pocos, las riquezas más vergonzosas y las pobrezas más hirientes que en el mundo han sido, con el beneplácito de gobiernos y de gran parte de la población”.
El Hermano Eustaquio estaría orgulloso de mí. No he perdido el toque. Nos lo hicieron pasar mal pero salíamos del colegio sabiendo gramática parda. Ahora, con la distancia que ofrecen los siglos, pienso que al pobre fraile no le quedaba más remedio que decir lo que decía, porque se jugaba la hoguera y la escudella. Incluso creo que hoy hubiésemos estado de acuerdo en casi todo. Seguramente que en un ambiente distendido, con unas cervecitas de por medio, observando y comentando la actualidad de este año, me hubiese vuelto a decir: "No lo dude señorito. Como está usted viendo, todo empieza en Grecia."
Vuelvo mañana
