sábado, 28 de febrero de 2026

Frente a Pedro Insua

 


El secesionismo catalán puede llevarse a gala la resurrección del nacionalismo patriotero español de estirpe fascistoide, y del nacionalismo patriotero catalán de raíz tradicionalista carlista. Ambos ya se hospedaban, palpitantes, en el seno del Partido Popular y de Convergencia i Unió-JuntsxCat. Hay razones históricas más que fundadas para afirmar que en el seno de ERC vive también una tradición de cuna mussoliniana y que la CUP juega en Cataluña el papel que las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas (JONS) jugaban dentro de la Falange Española.

Ese es su gran logro político, compartido al cincuenta por ciento con la neutralización y desactivación del movimiento popular que supuso el 15M de 2011 y la posterior destrucción de las izquierdas, tanto estatales como catalanas, cegatas, estúpidas, idiotas, ante la mayor operación de propaganda política europea desplegada después de la Segunda Guerra Mundial.

Nuestro lodazal político es el producto de aquellos polvos.

Lo único que ha dado de positivo esta última década es que finalmente, a la luz de la realidad,  el presente demuestra que la gran mayoría de los catalanes no desean separarse de España, que el secesionismo se reduce a una minoría, y que por tanto todo fue el fruto de una gran campaña propagandística orquestada por la élite nacionalista convergente con el fin de conservar el poder, aunque también de la irresponsabilidad y de la torpeza táctica del PP de M.Rajoy, a los que el fragor de los tumultos y los envites separatistas les vinieron como anillo al dedo para aglutinar a su parroquia nacionalista española y ocultar sus ostentosas y escandalosas corruptelas.

Durante aquellos diez años ignominiosos se amortizaron para siempre algunas caras conocidas de la política que se pretendían eternas, y surgieron nuevas, tan mediocres o más que sus antecesores. Es tan vertiginosa la velocidad a la que se suceden los hechos que incluso aquellos entusiastas creadores del sí se puede ya están saldados, y los más listos entre los listos del secesionismo, que sólo pretendían ocupar sus escaños dieciocho meses, ahora se postulan para salvar España del fascismo y conquistarla por la izquierda.

Al rebufo de este fenómeno de tsunami, resaca y estabilización de la marea, surgieron también algunas firmas, intelectuales, historiadores, meritorios y veteranos de la cultura, hasta el momento poco conocidos. Yo leí con gran interés, por ejemplo, a Jorge Polo Blanco, del que reseñé su libro “Románticos y racistas” en el que desvela los orígenes ideológicos filofascistas de los nacionalismos gallego, catalán y vasco.

También leí con interés a Marcelo Gullo -igualmente recensionado por un servidor-  y a Elisa Roca Barea, ambos empeñados en deconstruir la Leyenda Negra española, que tan alto rendimiento político-cultural ha dado a los nacionalismos fragmentarios y en la Historia política internacional a quienes pugnaron contra España por el dominio geopolítico del mundo.

Añado a esta lista al cineasta José Luis López Linares, de trayectoria más que contrastada, con cerca de 40 películas a sus espaldas, ganador de tres Goyas, con trabajos sublimes como por ejemplo en “El sol del membrillo” o ”Asaltar los cielos” , productor, guionista y director de los documentales “Hispanoamérica, canto de vida y esperanza” y “España, la primera globalización”

Además, durante estos últimos años ha surgido también un personaje curioso de nombre  Santiago Armesilla, marxista ortodoxo, de estirpe estalinista, con pintas de cantante heavy,  que goza de gran predicamento entre el rojipardismo patrio, al que suele bailarle el agua Paloma Hernández, artista plástica licenciada en bellas artes, metida a filósofa, más conocida en las redes sociales como Fortunata y Jacinta. Todos ellos, frecuentadores del programa de televisión  “El gato al agua” que dirige en El Toro TV el atrabiliario José Javier Esparza, de remembranzas legionarias.

Son activistas del materialismo filosófico patriota y forman una especie de bastión cultural del nacionalismo español, muy activo, surgido como defensa al desafío secesionista,  capitaneados por un personaje de inteligencia extraordinaria, gran capacidad intelectual, cultísimo, de memoria prodigiosa,  que domina como nadie los resortes de la manipulación y que como el resto, ha crecido y se ha constituido, gracias a las redes sociales, en referencia intelectual del anti independentismo catalán y del resto de nacionalismos a los que llama fragmentarios. Se trata del filósofo gallego Pedro Insua.

Insua es el discípulo aventajado del difunto Gustavo Bueno -cuya figura y obra se va difuminando en la historia como un azucarillo- y por tanto, faro contemporáneo del materialismo filosófico. En pleno auge secesionista, yo acudí a su obra y a la de algunos de los antes mencionados, y encontré razones históricas e intelectuales objetivas y herramientas racionales que me ayudaron a enfrentar las mentiras y manipulaciones de los nacionalismos separatistas que no me proporcionaban los intelectuales de cabecera de la izquierda española; pues según un estúpido silogismo progresista, concebir la nación española en su totalidad es franquista y concebir la ruptura de la nación española es izquierdista. Es decir, según la lógica izquierdista estatal (no les gusta que les llamen españoles) Cataluña, Euskadi y Galicia son naciones milenarias, pero España nunca lo fue y nunca lo será. El intrépido navegante Elcano no era español,  era vasco, pero el asesino cruel Lope de Aguirre, aunque también vasco, era español. Los esclavistas catalanes eran españolistas, y los soldados que murieron en Cuba eran catalanes oprimidos, y así…

Hace apenas cuatro años, tras la lectura de toda su obra, escribí en este mismo blog “La guerra de Insua” * una entrada prolija, casi hagiográfica, sobre el ínclito Insua, sus libros y la batalla cultural en la que se hallaba inmerso. Con Insua he gozado. Leer a Insua es acceder a razones y de algún modo a la recuperación de verdades políticas e históricas.

Desde que Salvador Illa ganó electoralmente la presidencia de la Generalitat se ha evidenciado la debilidad del embate independentista, y ha aflorado todo el embuste de su argumentario y del pretendido clamor popular por una república catalana. Es cierto que en el juego del parlamentarismo democrático el candidato a presidente Pedro Sánchez compró el voto de siete escaños secesionistas por una amnistía para seguir en el gobierno.

Yo he sido muy crítico con esa decisión, pues supuso una de esas mentiras políticas de peso como para negarle a alguien la confianza traicionada en el espacio de dos noches, las que mediaron entre el final de la campaña electoral y el día que conocimos los resultados de las últimas elecciones generales.

Ante los acontecimientos, Pedro Insua, legítimamente y en coherencia con su pensamiento, ha continuado dando la batalla contra los nacionalismos fragmentarios y sus aliados en el Parlamento. Sin embargo, ha cometido un gran error, tanto o más grave como el que cometió Pedro Sánchez, por muchas políticas sociales que haya impulsado.

Pedro Insua ha cruzado el Rubicón. Tras meses dando pábulo a bulos, alimentando en las redes sociales las infamias y difamaciones que publican los tabloides digitales financiados con dinero público por gobiernos autonómicos de la ultraderecha y en coordinación con jueces prevaricadores; ejerciendo, por el contrario, el papel de los tres monos sabios ante los casos de corrupción gravísimos de la derecha reaccionaria; callando frente a las negligencias delictivas que protagonizan los gobernantes conservadores y filofascistas en varias comunidades autónomas,  sin opinión frente a la amistad y afinidad política de Santiago Abascal con Donald Trump, Milei o Epstein; mudo ante las votaciones en contra de medidas que mejoran la vida de los españoles….

Y es que a Pedro Insua, como me decía mi amigo twitero Marcop, sólo le interesa la eutaxia, la capacidad del Estado para permanecer, sin más. Su materialismo filosófico le hunde en un trastorno obsesivo compulsivo que le convierte en uno de esos personajes atormentados y obsesionados de las novelas de Dovstovieski.

Porque a Pedro Insua la gente, los ciudadanos, los españoles y las españolas le resultan incluso contingentes, prescindibles. Para él España no es una voluntad política colectiva que se desarrolla en la Historia dentro de un límite geográfico en su diversidad cultural; para Insua España es tiempo, materia y ser, es verbo y sustantivo; España es el medio y el fin, sin más. La patria como objeto de dogma de fe, un ente abstracto devenido en sustancia. Su maestro Gustavo Bueno renegaba de la metafísica, pero Insua se hace trampas al solitario y se transforma en heideggeriano, ¡ por el bien de España, coño!  Por eso, recientemente, el filósofo y activista gallego ha hecho público su voto a VOX. No podía ser de otra manera. 

Ahí te quedas, Pedro, con tu materialismo filosófico y tu nacionalismo casposo de escapulario, peineta y toros. Has conseguido calcar en tu activismo patriotero los mismos modos y las mismas ideas de aquellos a los que combates. Me tendrás enfrente, con todo, humildemente.

*Enlace a "La guerra de Insua", entrada que publiqué en este blog a finales de julio de 2022

https://elpobrecitohabladordelsigloxxi.blogspot.com/2022/07/la-guerra-de-insua.html


martes, 17 de febrero de 2026

El plagio

 


Anoche soñé que escribía del tirón páginas excelsas. Fueron seis horas prodigiosas. Desde la primera a la última palabra, sin descanso, sin correcciones, sin dudas. A cada punto y seguido surgía una nueva oración, perfecta en su composición, completa en su idea y precisa en su significado, plena de estilo y de tiempo. Adjetivos, los justos. Metáfora bellísimas. Tanto era así que en el propio letargo despertaba admirado, pues ni en sueños me parecía posible tal portento inspirador.

Me levantaba en duermevela, bebía un sorbo de agua, volvía a la cama y sin el más mínimo esfuerzo mi subconsciente recuperaba el instante exacto en el que había dejado la redacción, y seguía, y seguía escribiendo, sin pausa, del corrido, con mi yo durmiente vigilante acechando cada párrafo, intentando memorizarlo todo para que en el momento de despertar pudiese sentarme frente al ordenador y teclear una copia exacta, sin cambiar una coma.

Conseguiría de ese modo la construcción de una obra única, singular, y por lo que a mí respecta, la más personal, aunque al tiempo sería la más ajena, pues no podría jurar que quien surgió con ese talento y energía creadora durante mi inconsciencia fuese yo mismo.

Para juzgarlo es necesario que, sin más dilación, me siente y empiece por ordenar el contenido que retuve. Veo, inquieto y con preocupación, que nada será como esperaba. Todas y cada una de las palabras, los signos de puntuación, las frases, su perfecto orden sintáctico, aparecen en mi mente como imágenes compactas; veo algo así como la expresión plástica de los párrafos sometidos al ritmo de sus sangrías, hermosos dentro de su caja de texto perfectamente alineada, todo lo cual me impide leer algo, sólo disfrutar de esa perfección formal, rectangular y grisácea, exactamente justificada, pero que guarda y encubre en su apariencia el secreto cifrado de su representación.

Mi gozo en un pozo. Por mucho que me afano en distinguir alguna familiaridad gráfica, como por ejemplo simples preposiciones, humildes pronombres, sufijos adverbiales, o por piedad una triste tilde al viento, no logro penetrar en los secretos de la obra, ese caudal textual de opulencia significativa, rico en metáforas de belleza contenida con que el sueño me facultó para firmar  la más grande obra que nunca imaginé escribir, y quizás nunca, nadie, podrá escribir.

Una vez recuperado de tan doloroso desengaño, aun deprimido por la desilusión, no me queda más que aceptar mi triste papel en la historia de la literatura, el autor de un plagio soñado que ni siquiera pudo leerlo. No estoy seguro de poder lavar mi ridículo responsabilizando a otro. Nadie me creería.

jueves, 12 de febrero de 2026

Manos cómplices

 

Curas y médicos tienen fama de manos frías. Se la han ganado a pulso, siglo a siglo.  A su tacto todo nuestro ser se eriza como si nos hubiese tocado la misma muerte. Como ellos, los banqueros. Al estrechar la mano a un banquero uno percibe o cree intuir el frío áspero de la epidermis del tiburón, o la textura babosa y resbaladiza de un calamar, porque son muy parecidas a las manos de los vendedores de pisos, que transmiten sin proponérselo la textura helada de un plato lleno de monedas.

La frialdad de las manos de un músico, sin embrago, es de otra índole. A primera vista, el aspecto aseado, su color cerúleo, la longitud afectada de los dedos y el brillo de la piel podrían darnos a entender que expresan la misma frigidez que la de los curas, médicos, banqueros o agentes de fondos buitre. Pero ya sea gracias a la energía que necesitan para producir harmonías, notas y melodías, ya sea porque sin pasión es imposible interpretar música, la verdad es que las manos de los músicos suelen ser cálidas y poseen tanta vida como la derecha carismática del Cristo de la Piedad, del gran Miguel Ángel que, por mucho que pertenezca a un cadáver de mármol, circula más sangre por ella que en las venas de cualquiera que respire.

También merecen unas líneas las manos de un obrero, compuestas por dedos gruesos, inmunes en su piel de rinoceronte a fuerza de golpes y de heridas. Las manos de un proletario veterano ya no sienten: son una armadura del mismo grosor y resistencia que la que protege su corazón y su alma. Si no fuese así, sucumbiría frente a la vida.

No podemos saber con exactitud de qué tipo son las manos obreras, cálidas o frías. De hecho, la callosidad que cubre por completo su epidermis actúa como aislante en el proceso de transferencia de calor. Eso sí, el patrón -porque todavía hay patrón- siempre que puede evita estrechársela. Ahora bien, cuando la ocasión lo exige el apretón es inevitable. Entonces las pieles de ambos entran en contacto, se reconocen, y en ese instante se produce la revelación de una injusticia, el descubrimiento de una estafa, la verdad de la explotación, cosa que no agrada a quien les paga, porque con el fin de camuflarlas, el empresario se aplica en tratar a sus trabajadores con campechanía, y gusta en llamarles colaboradores.

Muchos, millones de trabajadores, utilizaron sus manos gruesas, sus dedos amorcillados durante lustros para introducir la papeleta electoral con el nombre de Felipe González en una urna y elegirle así presidente del gobierno de España.

Las manos de Felipe González son harina de otro costal; son de piel suave, cual si fueran de algodón, hidratadas a diario con dinero fresco de grandes multinacionales, esos entes patógenos que gobiernan los destinos de la humanidad sin que nadie les haya votado.

El par de manos de Felipe González vinieron de serie. La historia las trajo a España. Las cremas cosméticas de la CIA proporcionan de por vida a sus diez dedos una calidez, textura y color que tanto le permitieron cerrarlas en un puño de lo más creíble, como firmar con la letra X ejecuciones extrajudiciales o le facultan ahora para señalar con su dedo índice implacable, acusador, a quienes ponen en riesgo espurios intereses multimillonarios con políticas sociales y progresistas.

De su amigo Willie Brandt, que en los ochenta le llenó las arcas de dinero caliente, aprendió a frotárselas con fruición, casi diría que con un ardor sospechoso, similar al que expresa un pederasta ante la piel sonrosada de un niño nuevo. Y es que el restriegue de manos de González es particular, exclusivo, algo así como una carta de visita, más relevante incluso en su personalidad que el acento andaluz seductor, o esa mirada hipnotizante con la que ha colado a lo largo de su vida ochocientos mil embustes. Felipe González Márquez se frota las manos con la misma calma, la misma desfachatez y el mismo gozo con que Vito Corleone acaricia a su gato, sentado en la penumbra de su sillón, mientras piensa en cómo liquidar a sus enemigos al tiempo que les narra a sus acompañantes un cuento siciliano de navidad.

Con todo, lo mejor que ha hecho Felipe González con sus manos, más que alzar su puño, más que señalar a Pedro Sánchez, más que acariciar la nuca de Susana Díaz Pacheco, más que darle palmaditas en la espalda a Emiliano García-Page; más incluso que dibujar con su índice y su corazón la V churchiliana de victoria, o que trazar una X letal en una hoja de papel, es sujetar el gran puro Cohíba sentado en el filo de la borda de un yate, ataviado de bermuda menesterosa,  mostrando al fotógrafo sus viejos testículos, mientras una señora le aplica en su antediluviana espalda gorilesca la tonificante crema CIA, máxima protección, y lanza su mirada reposada e imperturbable a la lontananza de la historia por ver si divisa sus logros, a saber, la traición a tanta esperanza depositada en su liderazgo, la construcción de un estado neoliberal, la aquiescencia hacia una monarquía corrupta, pero por encima de todo, la construcción denodada, aplicada y eficaz de una mentalidad ciudadana proclive a la vulgaridad, maleducada, desmemoriada, ávida de hacer dinero, desdeñosa,  displicente hacia los valores y el ideario republicano,  que ha posibilitado una sociedad española inculta, ordinaria, como cualquier otra,  incapaz de distinguir entre los que hacen el bien y los que hacen el mal.

No satisfecho con su labor, Felipe González, conveniente remunerado, sigue condicionando la opinión de los españoles y se frota las manos una y otra vez como quien se encuentra frente a un jugoso filete sangrante, adelanta el rostro, fija el gesto y con ese gracejo natural de abogado dicharachero, dicta lo que es y no es bueno para su partido, lo que es y no es bueno para España, sin necesidad de presentarse a las elecciones.

Al finalizar el evento Felipe González, alias Isidoro, se levanta, mira a la derecha y estrecha las manos de José María Aznar, con quien comparte escenario, y es en ese apretón carnal y epidérmico cuando ambos reconocen, recíprocamente, sus manos en las del otro, su propia piel helada, suavona y ahuesada, porque ambos se aceptan como iguales, dignos defensores de Occidente, eficaces e implacables guardianes del privilegio de los poderosos, sacerdotes del statu quo, autores cómplices de nuestras derrotas.