viernes, 7 de junio de 2024

Quién viviera

 


 

 

¡Quién pintara como pinta el cielo
                              tras la tormenta!

 

¡Quién cantara como canta
                               al viento
                   el álamo blanco!

 

¡Quién durmiera como duermen tus ojos,
                                         junto a tu boca!

 

¡Quién viviera como vives en el sueño
                      que cada noche sueñas!

 

Quién muriera como muere una estrella.





martes, 28 de mayo de 2024

Los unos y los otros, una deconstrucción de la polarización

 


Unos son efusiva y apasionadamente anglófilos. Todo lo que viene de los Estados Unidos de América y del Reino Unido para ellos es referencia. Al mismo tiempo son, sin despeinarse, acérrimos católicos, apostólicos y romanos. Fueron arrullados por dulces y mimosas nanas antiprotestantes en sus santas cunas ideológicas, de ahí que Lutero y Calvino sean poco menos que el diablo. Glosan con nostalgia la grandeza del Imperio Español, en el que no se ponía el sol y defienden con pasión jesuítica la obra civilizadora de España en Hispanoamérica, al tiempo que besan los pies de los líderes políticos de la Gran Bretaña y de los USA, herederos, así mismo, de quienes acabaron con el mismo Imperio que les humedece los bajos.

Lloran, gimen y patalean, se les inflama en el cuello la carótida y surge en ellos una peligrosísima vena violenta cuando escuchan y leen sucesos, hechos y horrores difundidos a través la Leyenda Negra española, que sin embargo, auspiciaron, diseminaron y compusieron ingleses y holandeses, enemigos de la corona española a través de los siglos, de la que son fervoroso súbditos.

Reverencian las libertades constitucionales norteamericanas y el individualismo acérrimo; consideran el mercado un Dios omnipotente y por mucho que sus postulados ideológicos se miran en ese espejo, rezan cada noche, a diario, una oración por el caudillo y José Antonio, célebres indocumentados de la cosa económica, cruzados de la causa proteccionista y arancelista.

Añoran y ostentan los tiempos en el que la armada española señoreaba los mares y ocultan o ignoran en su adoración anglófila, la continua y perseverante belicosidad corsaria al servicio de su Majestad Isabel II  que acabó con nuestro dominio en el mar océano. Espumeando cual epilépticos, proclaman la unidad indisoluble de la patria mientras envidian el patriotismo federal norteamericano y la soberanía de los diferentes territorios que forman el Reino Unido.

Son esencialmente racistas, radicalmente xenófobos, aunque olvidan que los Estados Unidos de América son el resultado de la inmigración. Se vanaglorian de que nuestros antepasados no fueron genocidas en el Nuevo Mundo y pregonan las bondades humanísticas y civilizatorias de nuestro imperio, pero miran hacia otro lado cuando se les muestra los centenares de millones de personas que murieron a manos de los británicos en sus territorios colonizados.

Como resulta que Gran Bretaña creó, propició y ayudó a crear el Estado de Israel, son fieles y leales sionistas, vasallos en este y otros asuntos de los EEUU, a pesar de que sus huestes y sus líderes compartan calle y expresión con nazis contrastados, grupo ideológico por el que, si no sienten especial predilección, al menos evitan criticar, como si nunca hubiesen existido, como si nada tuviesen que ver con él.

A otros, en el lado opuesto, les trae al pairo la unidad de España. Por más que se desgañiten defiendo lo público, si fuese por ellos, ya estaría descompuesta, al más puro estilo balcánico, aunque no haya nada más público que el territorio, es decir, lo de todos.

Tras la dictadura franquista compraron toda el aparataje legendario de las llamadas nacionalidades históricas, una pseudohistoria diseñada con pluma racista y etnicista por las mismas clases privilegiadas que dicen combatir, convirtiendo en dogma político su derecho a la autodeterminación, un viaje retroactivo en el tiempo hacia los ducados, los condados y los marquesados, forma de gobierno tan actual y revolucionaria como el cura Merino.

Sin embargo, se oponen con todas sus fuerzas a la ocupación sionista de Palestina, aun cuando nacionalistas catalanes, vascos y gallegos reclaman para sí su soberanía, arguyendo leyendas del mismo jaez que las que Israel aduce para colonizar un territorio ajeno. De hecho, pese a que hoy en día lo sufran en silencio, en la intimidad se sienten herederos de la URSS que -mira tu por donde- fue  el primer país del mundo que reconoció Israel.

Por la misma razón, son radicalmente antiatlantistas, anti americanos, antiimperialistas, anti británicos, aunque difunden a los cuatro vientos y educan a sus hijos con la historia de España que se escribió en el Reino Unido y que conformó la Leyenda Negra; una historia también legendaria, que rebosa horror difamador, en la que les gusta refocilarse cual héroes románticos ante el espejo en el mórbido instante anterior a la muerte, y gracias a la cual, colmados de un pesimismo militante, gimotean por las esquinas un patriotismo culpable, como si fuesen ciudadanos forzados a formar parte de una nación monstruosa, sin parangón en la historia de la humanidad.

Ya hace años que no acuden a referentes económicos estatistas; ni siquiera se atreven a escribir el celebérrimo mantra  lucha de clases”; de hecho, maman la comodidad económica que les ha ofrecido la ubre de la democracia liberal; cambian sin aspavientos piso en Vallecas por chalet en Galapagar; consideran su patria la Unión Europea -bastión irreductible del libre mercado-, y demonizan a todo aquel que se atreva a denostarla. De su vocabulario ha desaparecido la palabra revolución, y sólo levantan el puño para celebrar los goles del Real Madrid, o del Barça, que como todo el mundo sabe, son clubs gobernados con entrañable ternura por el hijo de Fidel Castro y el nieto del Che Guevara.

Y como su armadura ideológica es de Zara, equivalente a la que visten sus odiados anglófilos, dicen defender resueltamente la causa de las mujeres, salvo en el caso de enfrentamiento de intereses con los llamados derechos humanos transgénero, porque en eso caso, con  afán de mostrar una progresía subversiva e indomable, siguen los preceptos del conglomerado empresarial estadounidense  transhumanista, y permite a hombres ocupar el lugar de las mujeres donde existe un cupo destinado a la igualdad;  aplaude el triunfo de hombres participando en competiciones deportivas femeninas, o autorizan la convivencia de varones junto a presas en cárceles femeninas.

Y así son los unos y los otros, colectivos ideológicos, organizaciones con vocación de gobierno y  ambición de poder, que dicen ofrecer diferentes modelos de convivencia, y que a pesar de que   se necesiten recíprocamente para sobrevivir, dejan tras de sí, en sus discursos y en su acciones,  al rastro de sus incoherencias,  las pruebas de sus inconsistencias y las huellas de su mediocridad con las que nos prometen afrontar con garantías la complejidad del presente y la incertidumbre del futuro.

martes, 30 de abril de 2024

Cinco días de abril

 


Adiestrados como estamos en el etiquetaje, las cosas se han puesto de tal manera que incluso en este humilde espacio, que de vez en cuando leen familiares y amigos (o eso me dicen), es necesario justificarse antes de expresar opinión política, no vaya a ser que sumariamente le encasqueten a uno sambenitos ajenos.

Esta es la cuarta vez que escribo sobre Pedro Sánchez. En las tres anteriores no he practicado ni el género de la loa, ni la redacción hagiográfica ni el masaje tailandés. Más bien todo lo contrario.

El asunto protagonizado durante los últimos cinco días de abril por el presidente del gobierno de España es lo suficientemente conocido como para que me entretenga en repetir lo que todo el mundo sabe. Soy de los que desde un inicio pronosticaron que llegados al lunes 29, Pedro Sánchez comunicaría la decisión de seguir al frente de la tarea que le encomendaron hace unos meses los españoles a través de la sede en la que se ejerce su soberanía.

Independientemente del don de la videncia con que me honraron los dioses, en mi opinión lo relevante no era la decisión que iba a tomar el presidente Sánchez.  Tanto si se quedaba como si lo dejaba, la narrativa positiva estaba de su lado. En la política contemporánea o en la Historia no se había dado nunca nada parecido. Sin embargo, estoy convencido de que todo fue calculado y diseñado a partir de la última sesión de control al gobierno, en la que el presidente supo de la incoación de diligencias de investigación contra su esposa, Begoña  Gómez, por parte de un juzgado de Madrid tras la denuncia del sindicato del crimen ‘Manos Limpias’.

Por muy contrarias que sean nuestras ideas políticas a las del secretario general del PSOE, creo que no es difícil empatizar con las sensaciones que vivió Pedro Sánchez en el transcurso de esas horas. Quien desdeñe esa posibilidad de comprensión, ya sea a Sánchez, a Núñez o al vecino del quinto, no debería llamarse humano. Estoy convencido de que la piel de los políticos, con el paso de los años, llega a asemejarse a la de los rinocerontes. Es más, a menudo podemos constatar que su sentido de la compasión o de la clemencia es inversamente proporcional a la fortaleza con que encajan todo tipo de maldades.

Quizás exagere con la imagen, pero hasta Michael Corleone, artífice y heredero de tanta muerte, ahoga el grito más desgarrador de la historia del cine ante el dolor por el asesinato de su hija, y al verlo nos estremecemos, porque es un clamor humano, comprensible, y nos interpela.

De cualquier modo, nunca sabremos hasta qué punto se vio afectado personalmente Pedro Sánchez ante el enésimo movimiento difamatorio de Manos Limpias. Probablemente nos lo podrían explicar Juan Carlos Monedero, Pablo Iglesias, Mónica Oltra, Ada Colau o los mismísimos Lula Da Silva y Antonio Costa, víctimas anteriores de esta nueva manera de hacer política, en favor de los cuales -sobre todo de sus compatriotas- ni el mismo Sánchez ni su partido dijo esta boca es mía.

Sea como fuere, creo sinceramente que el movimiento de Pedro Sánchez era muy necesario, no sé si en las formas, pero sí en el fondo. En los últimos años, el interés de las clases privilegiadas ha producido el rebrote de partidos de ultraderecha y la radicalización de carácter neoliberal de los partidos tradicionales conservadores, que poco a poco escoran su acción política hacia la destrucción  del estado del bienestar y de las mismas democracias liberales que, tal y como afirman Pedro Vallín y Javier Gomá en “Verdades penúltimas" (Ed. Arpa) nos han proporcionado la mejor época de la Historia.

Estos partidos políticos tienen tan claro sus objetivos y se dirigen hacia ellos de una manera tan decidida y determinada, que no dudan en golpear las instituciones, servirse de ellas en aras de su meta o deslegitimar a quienes consiguen el mandato de los ciudadanos tras  concurrir a elecciones y ser elegidos por los representantes de la soberanía popular.

Con ese fin crean organizaciones como “Manos Limpias”, se sirven de personajes muy poco recomendables que fabrican falsos delitos,  bloquean y controlan el poder judicial y subvencionan y se sirven de medios de comunicación que imponen un marco de debate sucio, torticero y escandaloso, cuya meta final es destruir al rival, defenestrar a quienes gobiernan legítimamente con otro signo ideológico, intoxicar la opinión pública y, finalmente, demoler socialmente el interés político y el afecto de la gente hacia el sistema democrático, del que nos alejamos, en el que no nos apetece participar porque lo que vemos es un balde rebosante de mierda.

Por todo ello, creo que a pesar de que al actuar como lo ha hecho Pedro Sánchez se ubica nuevamente en el centro de la polémica, y con independencia de su estrategia, los ciudadanos tenemos la obligación moral de aprovechar los cinco días de abril para señalar y desalojar de la vida pública, de ahora y para siempre, a quienes forman esa suerte de cadena de valor antidemocrática, gracias a la cual desean gobernar por la puerta de atrás con estrategias sucedáneas del golpismo para proteger privilegios y debilitar a la mayoría social.

Tras la aprobación de la ley de amnistía en la cámara baja (con la que no estoy de acuerdo) Aznar pidió públicamente “quien pueda hacer, que haga”.

Intelectuales, periodistas, abogados, jueces, políticos, ciudadanos… apliquémonos el cuento. Miremos la luna y no el dedo que la señala.