martes, 19 de mayo de 2026

Los maestros en la casa de Dios

 


Dios se quedó el otro día sin poder entrar en su casa. Como todo el mundo sabe, es misericordioso, todopoderoso y benefactor; nos quiere como un padre a sus hijos, de ahí que ande muy ocupado haciendo el bien y mejorando la vida de las personas, sobre todo estos últimos años, en los que no da abasto en convencer a los fondos buitre para que no especulen con la vivienda.

Tal es su afán, que el pasado lunes 18 de mayo dejó la puerta de su casa abierta, de manera que se la ocuparon unos centenares de profesores catalanes en huelga porque, dicen, ya no pueden más. En consecuencia, centenares de turistas con entrada no pudieron visitar el templo de Sagrada Familia, considerada su primera vivienda (la de Dios), y la Iglesia S.L. tuvo que devolver el importe de los tickets, que cotizan casi a precio de tribuna en el Camp Nou.

La cosa es que en este asunto del conflicto educativo catalán, parece ser que Dios no puede o no quiere hacer nada, porque sus colegios están convenientemente regados con el dinero de todos y la matrícula de los pudientes, sus hijos favoritos, a los que ayuda siempre, sin reservas. Al fin y al cabo, la educación ha sido durante los últimos siglos algo propio de su Iglesia, algo así como un monopolio.

Por eso, la acción imaginativa y audaz de los profesores movilizados por la Unió Sindical de Treballadors i Treballadores de  l’Ensenyament de Catalunya (USTEC) ocupando la entrada del templo de la Sagrada Familia, además de resultar más efectiva que una decena de manifestaciones, con cortes de carretera incluidos, presenta derivadas sugerentes  que no tienen que ver con sus reivindicaciones, pero que visibilizan, por un lado, el carácter comercial de una religión que a pesar de nacer entre los pobres,  de madre soltera y en una cuadra maloliente junto a dos animales, se ha hecho a sí misma, igual que Juan Roig, Florentino Pérez o Amancio Ortega.

Por otro, recuerda, como decía, la situación de monopolio de la Iglesia en la historia de le educación, que hoy se niega a incluir en sus aulas la diversidad de origen o de capacidades que la ley obliga tanto a los centros públicos como a los religiosos privados concertados, aunque éstos últimos no la cumplan, a pesar de que reciben fondos públicos sin los cuales serían negocios inviables.

Por lo demás, respecto de la huelga habría que decir que los sindicatos CCOO y UGT llegaron a un acuerdo con la Conselleria de la Generalitat de Catalunya, dirigida por Esther Niubó del PSC, que contempla dos mil millones de euros, incrementos salariales de hasta 500 euros al mes, reducción de ratios, mejoras en la educación inclusiva y aligeramiento burocrático. Todas las partes calificaron el acuerdo de histórico.

Sin embargo, el sindicato corporativo USTEC mantiene las movilizaciones. Aunque parece que las medidas recogidas en el acuerdo responden a sus reivindicaciones, los miembros de este sindicato aseguran que no revierten la precarización del sistema educativo. No concretan más, de manera que cabe especular en algún otro objetivo misterioso en el mantenimiento de una huelga que, en mi opinión, si bien reclama lo justo, no ha perseguido atacar el mal real de la educación, a saber, un modelo de enseñanza que desdeña la memoria, el esfuerzo y los conocimientos y que se ha puesto en brazos de un pedagogismo letal para la sociedad.

En cualquier caso, la postura de USTEC huele a chamusquina. Este sindicato, aunque se dice independiente, nunca ha escondido sus simpatías hacia el movimiento de carácter nacionalista. De hecho participó activamente en acciones vinculadas al derecho a decidir y en la organización del llamado referéndum de autodeterminación. Ahora bien, la historia de la decadencia y la degradación del sistema educativo en Cataluña tiene siglas, nombres y apellidos, y en los tres casos la responsabilidad cae en el sector nacionalista, soberanista o secesionista, como gustemos llamarlo.

Desde que el PSC perdió las elecciones en 2010 y el nacionalismo convergente recuperó el poder, PDEcat , JxSi, JxCat y ERC han dirigido las políticas educativas catalanas hasta que Salvador Illa ha sido nombrado President. Es decir, más de catorce años haciendo añicos la educación pública en Cataluña. Ya antes,  a finales de los 90 del siglo pasado, Jordi Pujol puso en marcha su “Programa 2000, estrategia de catalanización”, de marcado acento nacionalista. Este plan formó parte de la agenda oculta del CiU. Ningún organismo público fiscalizó o comprobó su despliegue gracias al cual, el ejecutivo nacionalista pudo deslizar cantidades ingentes de recursos en la inmersión lingüística y el control del ámbito cultural.

Durante las dos últimas décadas, bajo la protección de la administración autonómica, la Fundació Bofill ha jugado también un papel estelar en el sistema educativo catalán. Este Think Tank al que llegan desde puertas giratorias miembros del govern, promueve un modelo neoliberal y gerencial de las escuelas que, gracias a su gran poder de influencia, ha priorizado la competitividad y ha promovido una digitalización excesiva. La Fundació Bofill es una de las primeras responsables en la progresiva pedagogización del proceso de enseñanza-aprendizaje, del abandono de la impartición de conocimiento y del desdén hacia el esfuerzo o hacia el hábito de la memoria.

Su bandera es el proyecto “Educación 360”, con la que pretende integrar pedagógicamente las actividades extraescolares y todo lo que ocurra más allá del horario lectivo con la enseñanza reglada. Una de sus propuestas es sacrificar la presencialidad en el aula en favor de entornos virtuales con la coartada de empoderar al alumno.

El desarrollo de las habilidades emocionales es otro de los puntos importante a señalar en el concepto educativo de la Fundació Bofill, que año tras año gana escuelas públicas para su causa y que ostenta un gran poder de influencia en las decisiones políticas que ha tomado la Generalitat a lo largo de estos último catorce años.

Su presidente, Ignasi Carreras, además, es el fundador del Instituto de Innovación Social de ESADE Busines School. Blanco y en botella. Sólo hay que echar un vistazo a los miembros del patronato para intuir los objetivos finales de esta fundación que tanto daño está haciendo a la educación en Cataluña pero a la que todos los gobiernos nacionalistas han promovido y protegido.

Antes de que Dios vuelva a casa, no me resisto a enumerar las personas que han detentado la responsabilidad de dirigir el sistema educativo en Cataluña, con resultados dramáticos, desastrosos: Irene Rigau (CiU), Meritxell Ruiz (PDECat), Cara Ponsatí (Independent independentista), Josep Bargalló (ERC), Josep González (ERC), Anna Simó (ERC), todos ellos, destacado miembros del secesionismo catalán. 

Actualmente, está al frente la consellera Esther Niubó, artífice del acuerdo histórico por la educación con los sindicatos mayoritarios. Será ella y su partido, el PSC,  quien deberá soportar la continuidad de la movilización por parte de USTEC. Que Dios -ya tranquilito y por fin en sus dominios- nos ilumine y nos ayude a encontrar la verdad.

miércoles, 29 de abril de 2026

Un juguete roto en la Maratón de Londres

 


Citius, altius fortius  es el lema olímpico que alienta o invoca a los deportistas a conseguir lo que los tres acusativos proclaman. Las tres palabras provienen de sus tres respectivos adjetivos latinos cito, altus, fortis, que han sido transformados en adverbios comparativos a través de la terminación ius.

Entre ser rápido, fuerte y llegar alto y ser más fuerte, más rápido y llegar más alto hay una gran diferencia, que se cifra en la competitividad. Sin la terminación ius nos encontramos ante la mera descripción de una cualidad conseguida en el cuerpo de un atleta gracias a la preparación, el sacrificio, el esfuerzo y, en buena medida, a la naturaleza de sus genes.

Digamos que el sufijo ius es transformador porque parte de una realidad individual para convertirse en plural gracias a la concertación de un enfrentamiento con el que dilucidar el mejor entre dos o más varios contendientes, y por tanto el digno merecedor de la corona laureada a costa del fracaso de sus rivales. Es decir, tras la competición alguien es fortius porque otro es el debilior.

El padre dominico y pedagogo francés Henri Didon creó la máxima y la esculpió en piedra en el frontispicio del colegio Alberto Magno de Accueil. En origen fue un lema educativo y deportivo que pretendía inculcar en los estudiantes el esfuerzo y la superación constante.  Didon conocía a Pierre de Coubertin, quien adoptó en 1894 los tres acusativos como consigna inspiradora de la primera olimpiada de la edad moderna.

Hace cinco años, parece ser que como respuesta solidaria a causa de la pandemia del COVID, el Comité Olímpico Internacional añadió a los tres acusativos latinos el adjetivo communiter, que significa juntos, de modo que el eslogan actualizado oficial es “Más rápidos, más altos, más fuertes-juntos.” Al incorporar el nuevo adjetivo, el resultado de la consigna olímpica es un oxímoron, porque entre los más y los menos no puede haber unidad. Uno es más a costa de los menos y uno es menos en beneficio del que es más.

Llegado a este punto alguien me aconsejará que deje de fumar grifa, que no me caliente, que la cosa es mucho más sencilla. Tan sencilla como que la divisa olímpica alternativa, “lo importante es participar”, ha dejado de ser máxima olímpica, porque nadie se la creía. Digamos que era debilior con respecto al afortunado eslogan del dominico francés, más fuerte, más real, el que ha llegado más alto y más lejos.

De hecho, los juegos olímpicos de la era moderna, además de un gigantesco negocio, ha devenido en cuestión de Estado para todos los países, pues en ellos se dirimen las hegemonías globales utilizando el hecho deportivo como vara de medir progreso. Compiten hombres y mujeres, pero sobre todo compite el prestigio nacional de los países.

La semana pasada el atleta keniano Sebastian Sawe se laureó en la Maratón de Londres y se convirtió en el primer humano conocido en completar la distancia mítica de cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros por debajo de las dos horas, concretamente en una hora, cincuenta y nueve minutos y treinta segundos.

La crónica del acontecimiento escrita en el diario El Pais por Fernando Miñana, después de comparar la hazaña con el primer paso del hombre en la Luna, nos dice que “once segundos después cruzó la meta el etíope Yomif Kejelcha, que lograba el sueño de todo maratoniano, romper esa barrera, y lo hacía en el día de su debut. El etíope, en su derrota más triunfal, se tambaleaba como un juguete roto.”

El juguete roto, el perdedor, el debilior, es un hombre que en menos de dos horas -lo que yo tardo en caminar ocho kilómetros- ha devorado la distancia que hay entre Maraton y Atenas, la misma que separa Illescas y Madrid. El juguete roto no pasará a la historia, nadie le recordará, a pesar de haber conseguido una gesta equivalente a la del ganador de la carrera. Sólo hay laurel para el citius, altius fortius; sólo hay recompensa para quien se impone a los otros, porque los otros han demostrado ser más débiles.

Creo que a estas alturas de la historia resulta inútil preguntarse por qué somos una especie con necesidades tan extravagantes como inútiles. Quizás la pregunta sea tan innecesaria como el hecho en sí. Esa necesidad humana de superar límites de todo tipo es inherente y exclusiva de nuestra especie, pero no nos apremia desde que nos pusimos en pie, y tampoco a todas las culturas. Diría que, si no es endémica de Occidente, al menos está tan vinculada a nuestra cultura y nuestro modo de vida como la compañía Coca Cola a los Juegos Olímpicos.

La superación personal no es negativa. De hecho, es virtuosa. Desear ser mejor en relación a uno mismo, en cualquier aspecto de la vida, es a todos los efectos aconsejable. Se trataría, en definitiva, de ser buena persona, buen profesional, buen amigo, buen compañero…incluso buen nadador o buen corredor. Bueno es adjetivo, y nos interpela a nosotros mismos. Mejor es adverbio y su sentido y significado se funda en relación a otros. Como dijo aquel sabio, deberíamos tratar de ser competentes, y no competitivos

El contexto en el que dominico francés Henri Didon creó el célebre lema, que devendría olímpico, era el de la Revolución Industrial, en pleno auge del capitalismo más salvaje, que llenaba de miseria y explotación las ciudades. Legiones de mujeres, hombres y niños acudían a las fábricas y a las minas tras ser desarraigados de sus tierras y de sus pueblos mientras los patrones se enriquecían con la fuerza de su trabajo y la carencia de todo derecho. Citius, altius, fortius.

En cada transacción, en cada venta, en cada negocio, en las calles, en los comercios en los salones de las casas, en los parques, en las cantinas, y cómo no en los colegios se construía día a día una determinada cultura, un modo de vida, la cosmovisión ciudadana, la hegemonía de un sentido común colectivo que proclamaba y marcaba a fuego en las mentes una determinada forma de entender el progreso, la convivencia y la organización social.

Citius, altius, fortius , leían cada día al entrar al colegio Alberto Magno de Accueil los niños que tenían ese privilegio, donde les educaba el dominico olímpico. De algún modo, el concepto de progreso que nos impele día a día a competir con los demás, renunciando en el intento a ser simplemente buenos, es en realidad reaccionario, anticuado y obsoleto, y nos deja varados en el pasado. Progresar es avanzar. Estar mejor no es lo mismo que ser mejor. Lo primero es un atributo, lo segundo indica superioridad, y por tanto, lucha y competitividad, triunfo o fracaso, gloria o desprecio. Progresar es cambiar todo aquello que nos hace mal.

El periodista del diario El Pais, Carlos Arribas, remataba así la faena de su compañero Fernando Miñana, glosando días después el fracaso del segundo clasificado, del debilior

Yomif Kejelcha, el atleta que hizo historia y al que nadie recordará. Quizás su cabeza, una modestia, falta de ambición, que no casa con su clase y su estilo espectaculares, tenga algo que ver con la contumacia (sic) con la que acumula buenos resultados y pocas victorias.” 

Kejelcha completó cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros en menos dos horas, pero -¡mecachis!-,  le falta ambición, y lo peor: no gana. El Padre Didon le hubiese sentado en la fila de los torpes.

martes, 24 de marzo de 2026

En peligro de extinción

 


Irene de Miguel y Unidas por Extremadura doblaron escaños en las últimas elecciones autonómicas celebradas hace unos meses con una candidatura de unidad, en la que participaron Podemos, Izquierda Unida y Alianza Verde. Esta lista, que obtuvo veinte mil votos más que en 2023 a pesar de la caída de la participación, ha conseguido unos resultados históricos para la izquierda a la izquierda del PSOE, eso que algunos llaman ahora, en tiempos telúricos, la izquierda radical.

Al norte, Francisco Guarido está a punto de cumplir diez años como alcalde de la ciudad de Zamora encabezando en las tres elecciones que ha ganado la lista de Izquierda Unida. Hace tan solo una década, Zamora, como otras muchas ciudades castellano-leonesas, era un bastión del PP, gobernado por este partido conservador durante veinte años. Los zamoranos respetan y votan a Paco el conserje, el único alcalde de izquierdas de una capital de provincias en toda España, porque es un tipo perseverante, humilde, cercano, sincero, luchador y honrado que ha logrado mantener a su formación política libre de divisiones internas, entregada a solucionar problemas y mejorar la vida de sus conciudadanos.

Tanto Francisco Guarido como Irene de Miguel no resistirían ni medio día dentro de las sedes centrales de sus respectivos partidos, y no por falta de arrestos o capacidad para enfrentar cualquier conflicto, sino porque no llegaron a la política para el compadreo, el sectarismo, la puñalada por la espalda, el arribismo, el oportunismo, la traición y la lucha descarnada por un buen lugar en las listas que les proporcione el sillón público desde el que derramar sus vanidades.

Tanto Irene como Francisco son dos rarezas dentro del espectro de la izquierda porque ha conseguido aguantar el desplazamiento violento hacia la derecha que ha producido la geología política de los últimos años y no sólo han fidelizado a su electorado, sino que han conseguido ganarse la confianza de más ciudadanos que o bien no comulgaban con la ideología de sus formaciones, o desencantados ante la deriva woke habían renunciado a votar.

La izquierda española heredera de la tradición comunista que abanderó en los noventa del siglo pasado Julio Anguita, acabó desembocando en un pujante Podemos gracias a la gran crisis económica e institucional que sufrieron todas las democracias occidentales a finales de la primera década del siglo XXI.

En España, Podemos supo capitalizar el movimiento del 15M, atraer a masas de indignados, independientemente de su ideología, y así cosechó los mejores resultados de la historia de la izquierda en una elecciones generales. Bajo la aparente virtud de la novedad y de la integridad, sus líderes, jóvenes universitarios, honestos e impetuosos, se presentaron como los adalides del “no nos representan” y vincularon exitosamente las ideas negativas de la casta, el régimen del 78 y el bipartidismo a sus adversarios. ¡Todo para los círculos!

Tras un primer gobierno resultante de una moción de censura a M.Rajoy, dos convocatorias electorales consecutivas, arduas negociaciones y la resolución del dilema conIglesias o conRivera,  a Pedro Sánchez no le quedó más remedio que arriesgarse a perder el sueño y constituir el primero gobierno de coalición de izquierdas desde la II República, con Pablo Iglesias como Vicepresidente y dos ministros del PCE, ni más ni menos. Ni en la República los comunistas habían conseguido tanto poder ejecutivo.

Eso ocurrió el penúltimo día del año 2019. Desde aquel 15 de mayo de 2011 había llovido mucho y en esa lluvia de tiempo, la fuerza semántica del célebre círculo comunero se había diluido y devenido en lo que siempre fue, una sugerente y sencilla forma geométrica.

De ese frente borrascoso que lo ha cambiado todo, destaca la tempestad catalana, el más grave conflicto institucional y nacional que ha vivido España desde el 23 F, del que surgirá la figura de Gabriel Rufián, y al mismo tiempo la ultraderecha nacionalcatólica de VOX, y la ultraderecha nacionalcatalanista de AC, ambas formaciones consecuencia directa del secesionismo catalán.

En ese tránsito, mientras la Historia iba sucediéndose en los hechos, el fascismo recuperaba el protagonismo perdido desde hacía un siglo a causa, entre otras cosas, del fenómeno del wokismo, consistente en la autodestrucción o disolución de los partidos comunistas y en la substitución de su corpus ideológico basado en la lucha de clases, la defensa de los derechos de los trabajadores y la justicia social por una amplia panoplia llamada diversidad gracias a la cual todas las energías se orientan hacia los derechos LGTBIQ+, el transhumanismo, el lenguaje inclusivo, el mascotismo, el veganismo -en España, además,  la aquiescencia hacia los nacionalismos fragmentarios- y toda una serie de causas minoritarias que desplazan a los trabajadores y a las trabajadoras -a los humildes- de su target de acción política.

El electorado natural de la izquierda ya no confía ni en sus líderes ni en sus partidos,  transformados en una amalgama territorialista de mareas encabezadas por figuras desidiologizadas que jamás ha pisado una fábrica, no han subido a un andamio o duras penas saben cómo se llama el animal con cuernos que da leche. Son hombres y mujeres pertenecientes a una generación que no vivió el 23F, que han asumido como propia la cosmovisión emparejada al libre mercado y que es incapaz de proponer -o ni tan si quiera pensar- un proyecto de izquierdas nacional, orientado a las necesidades de los trabajadores y trabajadoras españoles, porque han matado a sus padres y no desean estudiar lo que dijeron sus abuelos, y porque la burguesía que detenta el poder en las autonomías mal llamadas históricas les ha convencido de que España no es una nación, aunque las suyas sí.

Aún recuerdo con pasmo y vergüenza a Ramón Tamames, figura histórica del PCE, defendiendo el año pasado en el Parlamento la moción de censura de VOX contra el presidente del gobierno.

Ahora, Gabriel Rufían, ese charnego acomplejado, oportunista y ocurrente, que desea birlar a España la tierra de Cataluña, se postula para concitar la unidad de las izquierdas y dar la batalla ideológica y política contra las derechas en una nueva operación de marketing basada en el personal branding y el posicionamiento publicitario de una nueva marca entre un electorado hastiado; una marca, que contendrá - no me cabe duda- todos los colores del espectro de Goethe, excepto el rojo, no sea que crean que somos comunistas, por favor.

Es el gran sarcasmo. Lo peor de todo es que no son pocos los que no verían mal una candidatura de izquierdas encabezada por este sujeto, que ha crecido al amparo del secesionismo, promovido por los señoritos de la burguesía catalana como el negro zumbón, alegre y risueño que atraerá el voto emigrante.

Esta generación de políticos, habituada a la mercadotecnia en todas las áreas sociales y vitales, desconoce que históricamente, cada voto que ha conseguido la izquierda es un voto trabajado en los barrios, en las fábricas, en los colegios, en el tejido asociativo y cívico de las ciudades y de los pueblos de España durante meses, durante años.

Irene de Miguel, Francisco Guarido y los hombres y mujeres que comparten con ellos sus respectivos proyectos políticos saben que mientras que a otros partidos les vale con pegar el cartel del político de moda, utilizar con habilidad las redes sociales  o sencillamente subirse a la ola emergente de la marca del momento, a la izquierda real sólo le va bien cuando trabaja a conciencia el tejido social desde la base;  saben que a pesar de que el marco cultural y socioeconómico actual maleduca ciudadanos hacia la superficialidad y la vulgaridad y que el tarea de romperlo o tan solo arañarlo es ingente, para la izquierda real no hay otro modo de conseguir la confianza de la gente que viviendo a su lado, mostrando codo con codo que sus problemas son los propios, que sus anhelos son compartidos, y estableciendo con esas premisas una organización sólida y cohesionada.

No hay peor ciego que el que no quiere ver. La política es hoy día, más que nunca, el ejercicio de la publicidad con la finalidad de conseguir el poder. Cuando la izquierda juega sólo esa carta, pierde. Gabriel Rufián es el epítome de ese quehacer, todo lo contrario que Irene de Miguel y Francisco Guarido, únicos supervivientes de una especie en peligro de extinción. Harían bien sus partidos en cuidarlos, mimarlos, pero sobre todo copiarlos. Es la última baza, la única posibilidad de recuperar el espacio perdido, porque de ello depende la transformación de la sociedad, los derechos de los trabajadores y un horizonte algo más halagüeño.