viernes, 5 de junio de 2026

Miss Universidad

 


La universidad era esa institución de gran relevancia social, política e histórica, que surge a principios del pasado milenio a imitación de la academia griega. Fue trascendental hasta prácticamente tocar la posmodernidad. Los últimos coletazos de envergadura los dio a finales de los años 60 de pasado siglo. Hasta entonces, lo que ocurría en la universidad provocaba cambios, debate colectivo, rechazos, filias y fobias, progreso, evoluciones, revoluciones y también involuciones.

La universidad fue esa creación humana occidental en la que se dirimieron, ni más ni menos, que asuntos tan cruciales y decisivos para nuestra historia como por ejemplo el error del heliocentrismo, la esfericidad de la Tierra, la humanidad de los indios, el antropocentrismo,  la evolución de las especies, la gravedad y la relatividad, el derecho internacional, los derechos humanos, la economía de mercado, la razón, los límites entre los poderes religiosos y políticos, el carácter material de la historia, Dios, la muerte de Dios,  las gramáticas, las leyes del lenguaje, el urbanismo, la injusticia de la pobreza, el valor del conocimiento … y así un sinfín de cuestiones tan significativas que han ido construyendo nuestro presente.

Es decir, fue en la universidad europea donde surgieron los principales rasgos de nuestra identidad, cosa nada baladí, porque es a través de ella que reconocemos lo que está bien y lo que está mal. Así, hasta ahora. Es curioso cómo los grandes nombres que en las últimas décadas han cambiado por completo el mundo, no finalizaron sus estudios universitarios.

Ni Steve Jobs, ni Mark Zuckerberg ni Bill Gates vieron la necesidad de continuar en la universidad. Ellos lo que querían era hacerse ricos, inmensamente ricos.  La postura y el modo de hacer de estos individuos generó una ola de admiración tan grande como el ejército de jóvenes que se disponían a imitarlos. Todos empezaban sus proyectos con grandes pretensiones morales y de transformación social, que desde el momento que triunfaban inmediatamente se traducían por el número de ceros en sus cuentas de resultados.

Tal es  la influencia de los magnates de Silicon Valley en el mundo empresarial que la camiseta y las zapatillas deportivas han sustituido al traje y la corbata en el outfit empresarial, e incluso institucional.

Otros nombres célebres como Elon Musk, Sergey Brin, Larry Page o Jeff Bezos, que con su acción emprendedora han provocado en tres décadas más cambios sociales e históricos que la Universidad de Bolonia en 900 años, sí que cuentan con formación universitaria, pero a estas alturas, que dispongan o no de un título universitario es un hecho del todo intrascendente.

Y es que la universidad ha devenido en una suerte de academia utilitaria de conocimiento que garantiza a la sociedad de libre mercado la provisión de profesionales convenientemente adiestrados, de algún que otro descubrimiento relevante en el ámbito de las ciencias de la salud, o de innovaciones tecnológicas al servicio de empresas con el objetivo de hacerlas más competitivas en sus respectivos mercados, eso sí, bajo el membrete edificante del progreso social y la mejora de nuestra calidad de vida.

Las investigaciones o hallazgos en el ámbito de las humanidades forman parte también de los logros del sistema, pero como no revierten a la universidad dinero en concepto de overhead,  sencillamente son ignorados tanto por el mercado como por la sociedad, pues no aportan avances tecnológicos ni mejoras en la productividad, de modo que son considerados como un gasto a fondo perdido, un lujo que, quizás -pensarán algunos- no podemos permitirnos

Los responsables de la gestión universitaria, que en España pasa por ser autónoma, nos convencen de que cumplen fiel y escrupulosamente con las tres misiones de las instituciones que dirigen, a saber, la formación, la generación y la transmisión de conocimiento, y que además rinden cuentas de su actividad a la sociedad.  No seré yo quien lo ponga en duda. Faltaría más. De hecho, estoy convencido de que es así. En Cataluña, por ejemplo, según el Centre d’Estudis d’Opinió, la universidad es la institución mejor valorada por los ciudadanos.

Sin embargo, tanto los equipos rectorales como la comunidad docente universitaria, han convertido la universidad en una institución de carácter administrativo  preocupada por aparecer en puestos no demasiado deshonrosos en los famosos ránquines, en mantener una oferta de grados y masters que permita la actividad docente de su profesorado, en preservar determinados espacios de poder e influencia,  y en ofrecer a  sus comunidades autónomas los indicadores óptimos para conseguir al curso siguiente mejor financiación. En definitiva, el principal objetivo de la universidad pública en España es mantenerse en pie.

Cualesquiera de sus órganos de gobierno andan siempre atareados con cuestiones relacionadas con la financiación, la gestión de personal, o la intermediación entre enemigos que reclaman para sí más horas de docencia, nuevos grados y masters, y hasta más metros cuadrados de espacio donde ubicar nuevos equipamientos para sus proyectos de investigación.

De manera que nos hemos dado una universidad que, atareada como está en los despachos, ha optado, en el mejor de los casos, por asumir un cometido meramente utilitario en nuestra sociedad, y en el peor, por adoptar acríticamente y disciplinadamente los valores del libre mercado, hasta el punto de trabajar codo con codo con empresas o instituciones cuyo principal objetivo consiste, única y exclusivamente en el lucro.

La labor transformadora, en algunos momentos de la historia disruptiva, o  de faro y guía intelectual y moral que la universidad realizó en el pasado se ha disuelto. Ante los grandes desafíos que a los que se enfrenta la sociedad, la universidad, como institución, ni está ni se la espera. Podrán sus profesores escribir virtuosos y trabajados artículos, o realizar descubrimientos importantes, pero ante el presente y el futuro la institución ha dimitido, se ha convertido en toda una experta en abrir y cerrar la boca detrás de una pecera intentando escurrir su responsabilidad que en el pasado le otorgó el rol de la vanguardia, de exploradora en el desfiladero.

A lo sumo, hace suyo el discurso de esas mujeres despampanantemente bien esculpidas que se presentan a los concursos de belleza, y coloca en las fachadas de sus facultades, o publica en sus páginas web, bienintencionados lemas y manifiestos en contra de la guerra, a favor de la paz, de la igualdad y de los derechos humanos. De vez en cuando, si la ocasión lo exige, los rectores y decanos convocan un minuto de silencio por alguna causa de las que consideramos justas. Y ya. Ahí termina el compromiso universitario institucional. No pida usted más, porque no conviene, porque no estamos para eso. No estamos ni para transformar, ni reorientar, ni criticar, ni siquiera educar. Estamos para lo que estamos, y déjeme en paz, que tenemos mucho trabajo.

martes, 19 de mayo de 2026

Los maestros en la casa de Dios

 


Dios se quedó el otro día sin poder entrar en su casa. Como todo el mundo sabe, es misericordioso, todopoderoso y benefactor; nos quiere como un padre a sus hijos, de ahí que ande muy ocupado haciendo el bien y mejorando la vida de las personas, sobre todo estos últimos años, en los que no da abasto en convencer a los fondos buitre para que no especulen con la vivienda.

Tal es su afán, que el pasado lunes 18 de mayo dejó la puerta de su casa abierta, de manera que se la ocuparon unos centenares de profesores catalanes en huelga porque, dicen, ya no pueden más. En consecuencia, centenares de turistas con entrada no pudieron visitar el templo de Sagrada Familia, considerada su primera vivienda (la de Dios), y la Iglesia S.L. tuvo que devolver el importe de los tickets, que cotizan casi a precio de tribuna en el Camp Nou.

La cosa es que en este asunto del conflicto educativo catalán, parece ser que Dios no puede o no quiere hacer nada, porque sus colegios están convenientemente regados con el dinero de todos y la matrícula de los pudientes, sus hijos favoritos, a los que ayuda siempre, sin reservas. Al fin y al cabo, la educación ha sido durante los últimos siglos algo propio de su Iglesia, algo así como un monopolio.

Por eso, la acción imaginativa y audaz de los profesores movilizados por la Unió Sindical de Treballadors i Treballadores de  l’Ensenyament de Catalunya (USTEC) ocupando la entrada del templo de la Sagrada Familia, además de resultar más efectiva que una decena de manifestaciones, con cortes de carretera incluidos, presenta derivadas sugerentes  que no tienen que ver con sus reivindicaciones, pero que visibilizan, por un lado, el carácter comercial de una religión que a pesar de nacer entre los pobres,  de madre soltera y en una cuadra maloliente junto a dos animales, se ha hecho a sí misma, igual que Juan Roig, Florentino Pérez o Amancio Ortega.

Por otro, recuerda, como decía, la situación de monopolio de la Iglesia en la historia de le educación, que hoy se niega a incluir en sus aulas la diversidad de origen o de capacidades que la ley obliga tanto a los centros públicos como a los religiosos privados concertados, aunque éstos últimos no la cumplan, a pesar de que reciben fondos públicos sin los cuales serían negocios inviables.

Por lo demás, respecto de la huelga habría que decir que los sindicatos CCOO y UGT llegaron a un acuerdo con la Conselleria de la Generalitat de Catalunya, dirigida por Esther Niubó del PSC, que contempla dos mil millones de euros, incrementos salariales de hasta 500 euros al mes, reducción de ratios, mejoras en la educación inclusiva y aligeramiento burocrático. Todas las partes calificaron el acuerdo de histórico.

Sin embargo, el sindicato corporativo USTEC mantiene las movilizaciones. Aunque parece que las medidas recogidas en el acuerdo responden a sus reivindicaciones, los miembros de este sindicato aseguran que no revierten la precarización del sistema educativo. No concretan más, de manera que cabe especular en algún otro objetivo misterioso en el mantenimiento de una huelga que, en mi opinión, si bien reclama lo justo, no ha perseguido atacar el mal real de la educación, a saber, un modelo de enseñanza que desdeña la memoria, el esfuerzo y los conocimientos y que se ha puesto en brazos de un pedagogismo letal para la sociedad.

En cualquier caso, la postura de USTEC huele a chamusquina. Este sindicato, aunque se dice independiente, nunca ha escondido sus simpatías hacia el movimiento de carácter nacionalista. De hecho participó activamente en acciones vinculadas al derecho a decidir y en la organización del llamado referéndum de autodeterminación. Ahora bien, la historia de la decadencia y la degradación del sistema educativo en Cataluña tiene siglas, nombres y apellidos, y en los tres casos la responsabilidad cae en el sector nacionalista, soberanista o secesionista, como gustemos llamarlo.

Desde que el PSC perdió las elecciones en 2010 y el nacionalismo convergente recuperó el poder, PDEcat , JxSi, JxCat y ERC han dirigido las políticas educativas catalanas hasta que Salvador Illa ha sido nombrado President. Es decir, más de catorce años haciendo añicos la educación pública en Cataluña. Ya antes,  a finales de los 90 del siglo pasado, Jordi Pujol puso en marcha su “Programa 2000, estrategia de catalanización”, de marcado acento nacionalista. Este plan formó parte de la agenda oculta del CiU. Ningún organismo público fiscalizó o comprobó su despliegue gracias al cual, el ejecutivo nacionalista pudo deslizar cantidades ingentes de recursos en la inmersión lingüística y el control del ámbito cultural.

Durante las dos últimas décadas, bajo la protección de la administración autonómica, la Fundació Bofill ha jugado también un papel estelar en el sistema educativo catalán. Este Think Tank al que llegan desde puertas giratorias miembros del govern, promueve un modelo neoliberal y gerencial de las escuelas que, gracias a su gran poder de influencia, ha priorizado la competitividad y ha promovido una digitalización excesiva. La Fundació Bofill es una de las primeras responsables en la progresiva pedagogización del proceso de enseñanza-aprendizaje, del abandono de la impartición de conocimiento y del desdén hacia el esfuerzo o hacia el hábito de la memoria.

Su bandera es el proyecto “Educación 360”, con la que pretende integrar pedagógicamente las actividades extraescolares y todo lo que ocurra más allá del horario lectivo con la enseñanza reglada. Una de sus propuestas es sacrificar la presencialidad en el aula en favor de entornos virtuales con la coartada de empoderar al alumno.

El desarrollo de las habilidades emocionales es otro de los puntos importante a señalar en el concepto educativo de la Fundació Bofill, que año tras año gana escuelas públicas para su causa y que ostenta un gran poder de influencia en las decisiones políticas que ha tomado la Generalitat a lo largo de estos último catorce años.

Su presidente, Ignasi Carreras, además, es el fundador del Instituto de Innovación Social de ESADE Busines School. Blanco y en botella. Sólo hay que echar un vistazo a los miembros del patronato para intuir los objetivos finales de esta fundación que tanto daño está haciendo a la educación en Cataluña pero a la que todos los gobiernos nacionalistas han promovido y protegido.

Antes de que Dios vuelva a casa, no me resisto a enumerar las personas que han detentado la responsabilidad de dirigir el sistema educativo en Cataluña, con resultados dramáticos, desastrosos: Irene Rigau (CiU), Meritxell Ruiz (PDECat), Cara Ponsatí (Independent independentista), Josep Bargalló (ERC), Josep González (ERC), Anna Simó (ERC), todos ellos, destacado miembros del secesionismo catalán. 

Actualmente, está al frente la consellera Esther Niubó, artífice del acuerdo histórico por la educación con los sindicatos mayoritarios. Será ella y su partido, el PSC,  quien deberá soportar la continuidad de la movilización por parte de USTEC. Que Dios -ya tranquilito y por fin en sus dominios- nos ilumine y nos ayude a encontrar la verdad.