martes, 24 de marzo de 2026

En peligro de extinción

 


Irene de Miguel y Unidas por Extremadura doblaron escaños en las últimas elecciones autonómicas celebradas hace unos meses en una candidatura de unidad, en la que participaron Podemos, Izquierda Unida y Alianza Verde. Esta lista, que obtuvo veinte mil votos más que en 2023 a pesar de la caída de la participación, ha conseguido unos resultados históricos para la izquierda a la izquierda del PSOE, eso que algunos llaman ahora, en tiempos telúricos, la izquierda radical.

Al norte, Francisco Guarido está a punto de cumplir diez años como alcalde de la ciudad de Zamora encabezando en las tres elecciones que ha ganado la lista de Izquierda Unida. Hace tan solo una década, Zamora, como otras muchas ciudades castellano-leonesas, era un bastión del PP, gobernado por este partido conservador durante veinte años. Los zamoranos respetan y votan a Paco el conserje, el único alcalde de izquierdas de una capital de provincias en toda España, porque es un tipo perseverante, humilde, cercano, sincero, luchador y honrado que ha logrado mantener a su formación política libre de divisiones internas, entregada a solucionar problemas y mejorar la vida de sus conciudadanos.

Tanto Francisco Guarido como Irene de Miguel no resistirían ni medio día dentro de las sedes centrales de sus respectivos partidos, y no por falta de arrestos o capacidad para enfrentar cualquier conflicto, sino porque no llegaron a la política para el compadreo, el sectarismo, la puñalada por la espalda, el arribismo, el oportunismo, la traición y la lucha descarnada por un buen lugar en las listas que les proporcione el sillón público desde el que derramar sus vanidades.

Tanto Irene como Francisco son dos rarezas dentro del espectro de la izquierda porque ha conseguido aguantar el desplazamiento violento hacia la derecha que ha producido la geología política de los últimos años y no sólo han fidelizado a su electorado, sino que han conseguido ganarse la confianza de más ciudadanos que o bien no comulgaban con la ideología de sus formaciones, o desencantados ante la deriva woke habían renunciado a votar.

La izquierda española heredera de la tradición comunista que abanderó en los noventa del siglo pasado Julio Anguita, acabó desembocando en un pujante Podemos gracias a la gran crisis económica e institucional que sufrieron todas las democracias occidentales a finales de la primera década del siglo XXI.

En España, Podemos supo capitalizar el movimiento del 15M, atraer a masas de indignados, independientemente de su ideología, y así cosechó los mejores resultados de la historia de la izquierda en una elecciones generales. Bajo la aparente virtud de la novedad y de la integridad, sus líderes, jóvenes universitarios, honestos e impetuosos, se presentaron como los adalides del “no nos representan” y vincularon exitosamente las ideas negativas de la casta, el régimen del 78 y el bipartidismo a sus adversarios. ¡Todo para los círculos!

Tras un primer gobierno resultante de una moción de censura a M.Rajoy, dos convocatorias electorales consecutivas, arduas negociaciones y la resolución del dilema conIglesias o conRivera,  a Pedro Sánchez no le quedó más remedio que arriesgarse a perder el sueño y constituir el primero gobierno de coalición de izquierdas desde la II República, con Pablo Iglesias como Vicepresidente y dos ministros del PCE, ni más ni menos. Ni en la República los comunistas habían conseguido tanto poder ejecutivo.

Eso ocurrió el penúltimo día del año 2019. Desde aquel 15 de mayo de 2011 había llovido mucho y en esa lluvia de tiempo, la fuerza semántica del célebre círculo comunero se había diluido y devenido en lo que siempre fue, una sugerente y sencilla forma geométrica.

De ese frente borrascoso que lo ha cambiado todo, destaca la tempestad catalana, el más grave conflicto institucional y nacional que ha vivido España desde el 23 F, del que surgirá la figura de Gabriel Rufián, y al mismo tiempo la ultraderecha nacionalcatólica de VOX, y la ultraderecha nacionalcatalanista de AC, ambas formaciones consecuencia directa del secesionismo catalán.

En ese tránsito, mientras la Historia iba sucediéndose en los hechos, el fascismo recuperaba el protagonismo perdido desde hacía un siglo a causa, entre otras cosas, del fenómeno del wokismo, consistente en la autodestrucción o disolución de los partidos comunistas y en la substitución de su corpus ideológico basado en la lucha de clases, la defensa de los derechos de los trabajadores y la justicia social por una amplia panoplia llamada diversidad gracias a la cual todas las energías se orientan hacia los derechos LGTBIQ+, el transhumanismo, el lenguaje inclusivo, el mascotismo, el veganismo -en España, además,  la aquiescencia hacia los nacionalismos fragmentarios- y toda una serie de causas minoritarias que desplazan a los trabajadores y a las trabajadoras -a los humildes- de su target de acción política.

El electorado natural de la izquierda ya no confía ni en sus líderes ni en sus partidos,  transformados en una amalgama territorialista de mareas encabezadas por figuras desidiologizadas que jamás ha pisado una fábrica, no han subido a un andamio o duras penas saben cómo se llama el animal con cuernos que da leche. Son hombres y mujeres pertenecientes a una generación que no vivió el 23F, que han asumido como propia la cosmovisión emparejada al libre mercado y que es incapaz de proponer -o ni tan si quiera pensar- un proyecto de izquierdas nacional, orientado a las necesidades de los trabajadores y trabajadoras españoles, porque han matado a sus padres y no desean estudiar lo que dijeron sus abuelos, y porque la burguesía que detenta el poder en las autonomías mal llamadas históricas les ha convencido de que España no es una nación, aunque las suyas sí.

Aún recuerdo con pasmo y vergüenza a Ramón Tamames, figura histórica del PCE, defendiendo el año pasado en el Parlamento la moción de censura de VOX contra el presidente del gobierno.

Ahora, Gabriel Rufían, ese charnego acomplejado, oportunista y ocurrente, que desea birlar a España la tierra de Cataluña, se postula para concitar la unidad de las izquierdas y dar la batalla ideológica y política contra las derechas en una nueva operación de marketing basada en el personal branding y el posicionamiento publicitario de una nueva marca entre un electorado hastiado; una marca, que contendrá - no me cabe duda- todos los colores del espectro de Goethe, excepto el rojo, no sea que crean que somos comunistas, por favor.

Es el gran sarcasmo. Lo peor de todo es que no son pocos los que no verían mal una candidatura de izquierdas encabezada por este sujeto, que ha crecido al amparo del secesionismo, promovido por los señoritos de la burguesía catalana como el negro zumbón, alegre y risueño que atraerá el voto emigrante.

Esta generación de políticos, habituada a la mercadotecnia en todas las áreas sociales y vitales, desconoce que históricamente, cada voto que ha conseguido la izquierda es un voto trabajado en los barrios, en las fábricas, en los colegios, en el tejido asociativo y cívico de las ciudades y de los pueblos de España durante meses, durante años.

Irene de Miguel, Francisco Guarido y los hombres y mujeres que comparten con ellos sus respectivos proyectos políticos saben que mientras que a otros partidos les vale con pegar el cartel del político de moda, utilizar con habilidad las redes sociales  o sencillamente subirse a la ola emergente de la marca del momento, a la izquierda real sólo le va bien cuando trabaja a conciencia el tejido social desde la base;  saben que a pesar de que el marco cultural y socioeconómico actual maleduca ciudadanos hacia la superficialidad y la vulgaridad y que el tarea de romperlo o tan solo arañarlo es ingente, para la izquierda real no hay otro modo de conseguir la confianza de la gente que viviendo a su lado, mostrando codo con codo que sus problemas son los propios, que sus anhelos son compartidos, y estableciendo con esas premisas una organización sólida y cohesionada.

No hay peor ciego que el que no quiere ver. La política es hoy día, más que nunca, el ejercicio de la publicidad con la finalidad de conseguir el poder. Cuando la izquierda juega sólo esa carta, pierde. Gabriel Rufián es el epítome de ese quehacer, todo lo contrario que Irene de Miguel y Francisco Guarido, únicos supervivientes de una especie en peligro de extinción. Harían bien sus partidos en cuidarlos, mimarlos, pero sobre todo copiarlos. Es la última baza, la única posibilidad de recuperar el espacio perdido, porque de ello depende la transformación de la sociedad, los derechos de los trabajadores y un horizonte algo más halagüeño.

sábado, 28 de febrero de 2026

Frente a Pedro Insua

 


El secesionismo catalán puede llevarse a gala la resurrección del nacionalismo patriotero español de estirpe fascistoide, y del nacionalismo patriotero catalán de raíz tradicionalista carlista. Ambos ya se hospedaban, palpitantes, en el seno del Partido Popular y de Convergencia i Unió-JuntsxCat. Hay razones históricas más que fundadas para afirmar que en el seno de ERC vive también una tradición de cuna mussoliniana y que la CUP juega en Cataluña el papel que las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas (JONS) jugaban dentro de la Falange Española.

Ese es su gran logro político, compartido al cincuenta por ciento con la neutralización y desactivación del movimiento popular que supuso el 15M de 2011 y la posterior destrucción de las izquierdas, tanto estatales como catalanas, cegatas, estúpidas, idiotas, ante la mayor operación de propaganda política europea desplegada después de la Segunda Guerra Mundial.

Nuestro lodazal político es el producto de aquellos polvos.

Lo único que ha dado de positivo esta última década es que finalmente, a la luz de la realidad,  el presente demuestra que la gran mayoría de los catalanes no desean separarse de España, que el secesionismo se reduce a una minoría, y que por tanto todo fue el fruto de una gran campaña propagandística orquestada por la élite nacionalista convergente con el fin de conservar el poder, aunque también de la irresponsabilidad y de la torpeza táctica del PP de M.Rajoy, a los que el fragor de los tumultos y los envites separatistas les vinieron como anillo al dedo para aglutinar a su parroquia nacionalista española y ocultar sus ostentosas y escandalosas corruptelas.

Durante aquellos diez años ignominiosos se amortizaron para siempre algunas caras conocidas de la política que se pretendían eternas, y surgieron nuevas, tan mediocres o más que sus antecesores. Es tan vertiginosa la velocidad a la que se suceden los hechos que incluso aquellos entusiastas creadores del sí se puede ya están saldados, y los más listos entre los listos del secesionismo, que sólo pretendían ocupar sus escaños dieciocho meses, ahora se postulan para salvar España del fascismo y conquistarla por la izquierda.

Al rebufo de este fenómeno de tsunami, resaca y estabilización de la marea, surgieron también algunas firmas, intelectuales, historiadores, meritorios y veteranos de la cultura, hasta el momento poco conocidos. Yo leí con gran interés, por ejemplo, a Jorge Polo Blanco, del que reseñé su libro “Románticos y racistas” en el que desvela los orígenes ideológicos filofascistas de los nacionalismos gallego, catalán y vasco.

También leí con interés a Marcelo Gullo -igualmente recensionado por un servidor-  y a Elisa Roca Barea, ambos empeñados en deconstruir la Leyenda Negra española, que tan alto rendimiento político-cultural ha dado a los nacionalismos fragmentarios y en la Historia política internacional a quienes pugnaron contra España por el dominio geopolítico del mundo.

Añado a esta lista al cineasta José Luis López Linares, de trayectoria más que contrastada, con cerca de 40 películas a sus espaldas, ganador de tres Goyas, con trabajos sublimes como por ejemplo en “El sol del membrillo” o ”Asaltar los cielos” , productor, guionista y director de los documentales “Hispanoamérica, canto de vida y esperanza” y “España, la primera globalización”

Además, durante estos últimos años ha surgido también un personaje curioso de nombre  Santiago Armesilla, marxista ortodoxo, de estirpe estalinista, con pintas de cantante heavy,  que goza de gran predicamento entre el rojipardismo patrio, al que suele bailarle el agua Paloma Hernández, artista plástica licenciada en bellas artes, metida a filósofa, más conocida en las redes sociales como Fortunata y Jacinta. Todos ellos, frecuentadores del programa de televisión  “El gato al agua” que dirige en El Toro TV el atrabiliario José Javier Esparza, de remembranzas legionarias.

Son activistas del materialismo filosófico patriota y forman una especie de bastión cultural del nacionalismo español, muy activo, surgido como defensa al desafío secesionista,  capitaneados por un personaje de inteligencia extraordinaria, gran capacidad intelectual, cultísimo, de memoria prodigiosa,  que domina como nadie los resortes de la manipulación y que como el resto, ha crecido y se ha constituido, gracias a las redes sociales, en referencia intelectual del anti independentismo catalán y del resto de nacionalismos a los que llama fragmentarios. Se trata del filósofo gallego Pedro Insua.

Insua es el discípulo aventajado del difunto Gustavo Bueno -cuya figura y obra se va difuminando en la historia como un azucarillo- y por tanto, faro contemporáneo del materialismo filosófico. En pleno auge secesionista, yo acudí a su obra y a la de algunos de los antes mencionados, y encontré razones históricas e intelectuales objetivas y herramientas racionales que me ayudaron a enfrentar las mentiras y manipulaciones de los nacionalismos separatistas que no me proporcionaban los intelectuales de cabecera de la izquierda española; pues según un estúpido silogismo progresista, concebir la nación española en su totalidad es franquista y concebir la ruptura de la nación española es izquierdista. Es decir, según la lógica izquierdista estatal (no les gusta que les llamen españoles) Cataluña, Euskadi y Galicia son naciones milenarias, pero España nunca lo fue y nunca lo será. El intrépido navegante Elcano no era español,  era vasco, pero el asesino cruel Lope de Aguirre, aunque también vasco, era español. Los esclavistas catalanes eran españolistas, y los soldados que murieron en Cuba eran catalanes oprimidos, y así…

Hace apenas cuatro años, tras la lectura de toda su obra, escribí en este mismo blog “La guerra de Insua” * una entrada prolija, casi hagiográfica, sobre el ínclito Insua, sus libros y la batalla cultural en la que se hallaba inmerso. Con Insua he gozado. Leer a Insua es acceder a razones y de algún modo a la recuperación de verdades políticas e históricas.

Desde que Salvador Illa ganó electoralmente la presidencia de la Generalitat se ha evidenciado la debilidad del embate independentista, y ha aflorado todo el embuste de su argumentario y del pretendido clamor popular por una república catalana. Es cierto que en el juego del parlamentarismo democrático el candidato a presidente Pedro Sánchez compró el voto de siete escaños secesionistas por una amnistía para seguir en el gobierno.

Yo he sido muy crítico con esa decisión, pues supuso una de esas mentiras políticas de peso como para negarle a alguien la confianza traicionada en el espacio de dos noches, las que mediaron entre el final de la campaña electoral y el día que conocimos los resultados de las últimas elecciones generales.

Ante los acontecimientos, Pedro Insua, legítimamente y en coherencia con su pensamiento, ha continuado dando la batalla contra los nacionalismos fragmentarios y sus aliados en el Parlamento. Sin embargo, ha cometido un gran error, tanto o más grave como el que cometió Pedro Sánchez, por muchas políticas sociales que haya impulsado.

Pedro Insua ha cruzado el Rubicón. Tras meses dando pábulo a bulos, alimentando en las redes sociales las infamias y difamaciones que publican los tabloides digitales financiados con dinero público por gobiernos autonómicos de la ultraderecha y en coordinación con jueces prevaricadores; ejerciendo, por el contrario, el papel de los tres monos sabios ante los casos de corrupción gravísimos de la derecha reaccionaria; callando frente a las negligencias delictivas que protagonizan los gobernantes conservadores y filofascistas en varias comunidades autónomas,  sin opinión frente a la amistad y afinidad política de Santiago Abascal con Donald Trump, Milei o Epstein; mudo ante las votaciones en contra de medidas que mejoran la vida de los españoles….

Y es que a Pedro Insua, como me decía mi amigo twitero Marcop, sólo le interesa la eutaxia, la capacidad del Estado para permanecer, sin más. Su materialismo filosófico le hunde en un trastorno obsesivo compulsivo que le convierte en uno de esos personajes atormentados y obsesionados de las novelas de Dovstovieski.

Porque a Pedro Insua la gente, los ciudadanos, los españoles y las españolas le resultan incluso contingentes, prescindibles. Para él España no es una voluntad política colectiva que se desarrolla en la Historia dentro de un límite geográfico en su diversidad cultural; para Insua España es tiempo, materia y ser, es verbo y sustantivo; España es el medio y el fin, sin más. La patria como objeto de dogma de fe, un ente abstracto devenido en sustancia. Su maestro Gustavo Bueno renegaba de la metafísica, pero Insua se hace trampas al solitario y se transforma en heideggeriano, ¡ por el bien de España, coño!  Por eso, recientemente, el filósofo y activista gallego ha hecho público su voto a VOX. No podía ser de otra manera. 

Ahí te quedas, Pedro, con tu materialismo filosófico y tu nacionalismo casposo de escapulario, peineta y toros. Has conseguido calcar en tu activismo patriotero los mismos modos y las mismas ideas de aquellos a los que combates. Me tendrás enfrente, con todo, humildemente.

*Enlace a "La guerra de Insua", entrada que publiqué en este blog a finales de julio de 2022

https://elpobrecitohabladordelsigloxxi.blogspot.com/2022/07/la-guerra-de-insua.html


martes, 17 de febrero de 2026

El plagio

 


Anoche soñé que escribía del tirón páginas excelsas. Fueron seis horas prodigiosas. Desde la primera a la última palabra, sin descanso, sin correcciones, sin dudas. A cada punto y seguido surgía una nueva oración, perfecta en su composición, completa en su idea y precisa en su significado, plena de estilo y de tiempo. Adjetivos, los justos. Metáfora bellísimas. Tanto era así que en el propio letargo despertaba admirado, pues ni en sueños me parecía posible tal portento inspirador.

Me levantaba en duermevela, bebía un sorbo de agua, volvía a la cama y sin el más mínimo esfuerzo mi subconsciente recuperaba el instante exacto en el que había dejado la redacción, y seguía, y seguía escribiendo, sin pausa, del corrido, con mi yo durmiente vigilante acechando cada párrafo, intentando memorizarlo todo para que en el momento de despertar pudiese sentarme frente al ordenador y teclear una copia exacta, sin cambiar una coma.

Conseguiría de ese modo la construcción de una obra única, singular, y por lo que a mí respecta, la más personal, aunque al tiempo sería la más ajena, pues no podría jurar que quien surgió con ese talento y energía creadora durante mi inconsciencia fuese yo mismo.

Para juzgarlo es necesario que, sin más dilación, me siente y empiece por ordenar el contenido que retuve. Veo, inquieto y con preocupación, que nada será como esperaba. Todas y cada una de las palabras, los signos de puntuación, las frases, su perfecto orden sintáctico, aparecen en mi mente como imágenes compactas; veo algo así como la expresión plástica de los párrafos sometidos al ritmo de sus sangrías, hermosos dentro de su caja de texto perfectamente alineada, todo lo cual me impide leer algo, sólo disfrutar de esa perfección formal, rectangular y grisácea, exactamente justificada, pero que guarda y encubre en su apariencia el secreto cifrado de su representación.

Mi gozo en un pozo. Por mucho que me afano en distinguir alguna familiaridad gráfica, como por ejemplo simples preposiciones, humildes pronombres, sufijos adverbiales, o por piedad una triste tilde al viento, no logro penetrar en los secretos de la obra, ese caudal textual de opulencia significativa, rico en metáforas de belleza contenida con que el sueño me facultó para firmar  la más grande obra que nunca imaginé escribir, y quizás nunca, nadie, podrá escribir.

Una vez recuperado de tan doloroso desengaño, aun deprimido por la desilusión, no me queda más que aceptar mi triste papel en la historia de la literatura, el autor de un plagio soñado que ni siquiera pudo leerlo. No estoy seguro de poder lavar mi ridículo responsabilizando a otro. Nadie me creería.