Si no lo han leído deben hacerlo con urgencia. Desde Erich
Fromm y su teoría sobre el fin de las civilizaciones no se había escrito nada
igual. No entiendo cómo no ha gozado de
la repercusión que merece. La historia
de la humanidad, tal y como la conocemos hasta ahora, ha sufrido un vuelco
gracias a un hallazgo extraordinario, de incalculables consecuencias.
A partir de ahora entenderemos nuestro presente como especie
y podremos orientar de modo clarividente nuestros pasos hacia el futuro, de manera más racional, dejando a un lado algunas de las incertidumbres que nos
angustiaban gracias a un descubrimiento del que me hago eco a continuación.
Y es que el último número, correspondiente al mes de enero,
de la prestigiosa revista Humanitas, clasificada en el primer cuartil y
referente para todo estudioso de los orígenes de la humanidad, protagoniza en
portada, como tema central, los
resultados de una investigación a cargo de un equipo multidisciplinar
internacional compuesto por antropólogos, politólogos, sociólogos, biólogos,
filósofos y paleontólogos que a lo largo de la última década ha desplegado su
actividad investigadora en los cinco continentes con el fin de hallar certezas
que, o bien confirmen los estudios hasta ahora realizados en cuanto a nuestros
orígenes sociales, o bien los refuten.
Este equipo ha sido dirigido por el holandés Vliegende
Wanderer, un avezado, experimentado y prestigioso antropólogo, catedrático de
la universidad de la Nep Hogescholen de Amsterdam que en justicia debería recibir este mismo
año, en nombre de todos los miembros que han participado en el descubrimiento,
el premio Princesa de Asturias de ciencias sociales y humanidades, el premio Dan David y el Pulitzer
de Historia, pues las conclusiones a las que han llegado sacuden de arriba
abajo toda la literatura concerniente a las civilizaciones que se han dado
lugar en la historia del ser humano.
Voy a intentar desgranar de un modo sintético el producto de
una labor científica de gran valor que a
partir de ahora obligará a un replanteamiento teórico y experimental de unas
cuantas disciplinas o áreas de conocimiento y que, por otra parte, y no menos
importante, van incidir, sin lugar a
dudas, en los programas y estrategias políticas de todo el mundo.
Por si alguien quisiera echarle un vistazo al
artículo, informo que está incluido en el número mil novecientos sensenta y
cuatro de Humanitas y lleva por título “Causes and
origins of the decline and collapse of advanced civilizations”. Cualquier
Biblioteca universitaria que se precie dispondrá de la versión digital. Eso sí,
es de pago. La ciencia también necesita financiarse.
En este artículo, que ya merece el epíteto de histórico, los investigadores están en condiciones de
afirmar que el colapso de las civilizaciones se produce entre medio siglo y un
siglo después de que éstas experimenten en el sí de su organización social, política,
económica y cultural -esto es, en el corazón de sus superestructuras- una
evolución disruptiva de un conjunto muy concreto de congéneres o indivíduos que
en su desarrollo multimodal se multiplican exponencialmente llegándose a
convertir en hegemónicos dentro de ese mismo corpus político social, cultural y
económico, provocando así el colapso final civilizatorio en un periodo
relativamente breve de tiempo.
A través de un trabajo minucioso y exhaustivo, este equipo
multidisciplinar ha podido establecer una clasificación taxonómica muy
pormenorizada de esos grupos, marcando su origen, las características morfológicas de cada uno de ellos y de sus miembros y su
comportamiento específico -tanto dentro como fuera de su grupo- poniendo
especial atención a la influencia de su modus vivendi, conducta, y modales con
respecto al resto de congéneres quienes, que a causa de una convivencia estrecha, sobre
todo en las grandes ciudades, progresivamente van adoptando las misma
pautas, transformando irreversiblemente a toda la sociedad y, por tanto,
poniendo en peligro los cimientos civilizatorios sobre los que se construyó.
Vayamos por pasos. En
la región del ya extinto brazo del gran Nilo, llamado Rama Ahramat, y durante
las postrimerías del ya decadente imperio egipcio, un grupo humano recogió sus
pertenencias y viajó hasta el sur de Europa, navegando a través del
Mediterráneo y dejando sus huellas y su impronta en Sicilia, Túnez, Argel, para
establecerse finalmente en la antigua Marbal-la, hoy conocida como Marbella.
Gracias a los estudios genéticos del equipo del doctor
Wanderer, hoy sabemos que este grupúsculo humano es el origen de los Yoquese, un
grupo tribal que, a pesar de estar muy bien organizado, se caracterizaba por la
discreción de sus quehaceres cotidianos y la nula necesidad de reuniones, ritos
o asambleas. Al parecer, los Yoquese no necesitaban compartir con sus
congéneres ni en público ni en privado el alcance de su actividad y vivían en
una estructura horizontal perfectamente integrada con el resto de población de
las ciudades donde se establecieron.
De hecho, contaban con plena libertad de culto y promovían
el matrimonio indiscriminado con cualquier miembro de las sociedades en las que
se asentaban. Los Yoquese no respetaban tampoco más jerarquía o más ley que la
vigente en el lugar de residencia, de manera que su identificación como tal
grupo era prácticamente inviable. “Esa fue una de sus mejores bazas evolutivas”
afirma el profesor Vliegende Wanderer en el artículo de “Humanitas”.
De cualquier modo, para estos investigadores, lo realmente
definitorio de este grupo social es la rápida expansión de sus miembros, debida
en gran medida a esa estrategia de discreción, mestizaje y liberalidad de
costumbres, pero sobre todo el aumento exponencial del desinterés por los
asuntos públicos en las ciudades o regiones donde se instalan, que produce de
manera progresiva a lo largo de la historia un momento llamado zénit en el que
no hay vuelta atrás, porque llegado ese punto, la práctica totalidad del corpus
social está compuesta por los Yoquese.
Pero ¿Cómo pueden llegar a conseguirlo? “Nunca hacen
preguntas” asegura Wanderer. Tanto es así que el principal valor evolutivo
radica en la apatía y el desinterés absoluto hacia cualquier cuestión que no
les concierna a ellos mismos y que no les reporte un beneficio concreto, sea
económico o de cualquier otra índole, de ahí que, por ejemplo, le rindan escaso
o nulo valor a la educación de sus hijos y muestren una radical aversión al
fomento y la práctica del llamado espíritu crítico.
Los Yoquese, por otra parte, frecuentan hoy día los estadios
de fútbol, copan las audiencias de determinados programas de televisión, pasan
horas ante las pantallas de sus teléfonos celulares consumiendo con avidez
videos en la red social Tik Tok y en España, por ejemplo, admiran el cine de
Santiago Segura; de hecho, los investigadores sospechan que, debido a su pureza
etiológica, el ínclito cineasta pueda resultar ser un espécimen con ascendencia
directa en aquel primer grupo original trashumante del Nilo.
Sigamos viendo la trascendencia de los descubrimientos del
profesor Wanderer y su equipo. Entre el Timeo y Critias, más allá de las
columnas de Hércules, escoltada por los actuales estrechos del Bósforo y los
Dardanelos, se erigió una de las civilizaciones más misteriosas y
resplandecientes de la historia de la Humanidad. Se trata de la mítica
Atlántida, la poderosa y rutilante Atlántida, datada ya por los antiguos
atenienses cuatro mil años antes de su existencia.
La meticulosidad del equipo de biólogos y paleontólogos de
la Nep Hogescholen de Amsterdam cobró su recompensa al hallar una
correspondencia genética clara e indudable entre unos pocos restos humanos
descubiertos en el bello y enigmático monte Ararat -que presume de su cumbre
nevada sobre el altiplano armenio de Turquía- y un grupo de voluntarios
franceses y alemanes quienes fueron tan amables de ceder cabellos, uñas y sarro
dental para el análisis bilógico y genético comparativo.
Ante el asombro y la extrañeza que les causó el primer
resultado del contraste, los universitarios decidieron realizar una segunda exploración,
que a la postre confirmaría lo que les reveló la primera muestra: la certeza de
que en Europa se instaló, probablemente vía Grecia y poco después de la muerte
del emperador Romulo Augústulo, una pequeña tribu compuesta por unas docenas de
miembros que se hacían llamar los Yalose.
A la luz de esas indagaciones, parece ser que los Yalose
serían descendientes directos de los últimos atlantes, de manera que sus
congéneres, por tanto, fueron testigos de excepción o actores en primera
persona del hundimiento de tres civilizaciones, a saber la misma Atlántida, la helenística
y finalmente la romana. El hecho de que hayan sido ciudadanos franceses y
alemanes identificados como descendientes directos invita a presumir de que la
semilla genética Yalose se expande por todo el continente europeo probablemente
a partir de las zonas que hoy coinciden geográficamente con las ciudades de
París y Berlín.
Al contrario que los Yoquese, los Yalose suelen hacer valer
de manera cotidiana cierto supremacismo intelectual, quizás gracias a la
preservación de una conciencia de seres superiores proveniente de su cuna
genética Atlántida. Un Yalose jamás establecería relación con un Yoquese, son
absolutamente incompatibles, porque
aunque un Yalose jamás se sorprende y desconoce igualmente el valor de la
curiosidad, se cree
por encima de los demás, por mucho que sus opiniones,
siempre elocuentes, profusas y vehementes, suelan adolecer de argumentaciones
consistentes, de manera que ante problemáticas que van desde las más sencillas
a las más complejas, finalmente se encuentra en la misma tesitura de impotencia
o incompetencia que los Yoquese, eso sí, por diferentes razones.
De hecho, y a pesar de que objetivamente los niveles
intelectuales de unos y otros sean similares, los Yalose y los Yoquese pueden
llegar a odiarse de modo muy vehemente porque mientras los primeros, tan
sabihondos, reprochan a los que consideran zotes su falta de interés por el
conocimiento y por los asuntos públicos, los Yoquese nunca dan su brazo a
torcer y ante las pruebas de las incoherencias de los Yalose, desconfían y
desprecian de su hipocresía y doble rasero, pues igual que ellos, jamás son
capaces de aportar soluciones o cambios innovadores de valor a nada.
Por lo demás, cabría añadir que los Yalose no pueden ni ver
a los Yoquese porque ante ellos se suele descubrir de un modo espontáneo la
impostura de su naturaleza. Los Yalose, por otro lado, son desdeñosos –incluso
en mayor grado que con los Yoquese-
sobre todo con aquellos ciudadanos y ciudadanas que efectivamente saben
de lo que hablan, cuentan con opiniones argumentadas, han leído, expresan su
parecer sin verborrea vacua y a menudo se muestran escépticos, críticos y
comprometidos ante la realidad.
Cabe señalar que en el grupo de investigación se ha abierto un
apasionado debate que todavía sigue sin cerrarse y que, con toda seguridad,
arrojará en poco tiempo resultados muy prometedores. ¿Hay algún vínculo entre
los cuñados de cuna contemporánea y los Yalose? Y si es así ¿Qué grupo
podríamos considerar como el originario?
Parece ser que la mayoría del equipo se inclina por pensar
que los cuñados serían un subgrupo endémico, propio de la península Ibérica y
que presentan modificaciones genéticas muy importantes con respecto a los
atlantes, distinguibles a través de su comportamiento. Los cuñados, por
ejemplo, suelen gestualizar violentamente, tienden al gusto chabacano, suelen
ser machistas exacerbados además de racistas y orientan sus preferencias
políticas hacia opciones de triste y doloroso recuerdo. De cualquier modo, como
dice el profesor Vliegende Wanderer “El debate no está cerrado. Es posible que
entre cuñados y Yalose existan vasos comunicantes. Lo iremos viendo”
Y entramos ya en el tramo último de esta síntesis que ofrezco
al gran público con el fin de ponderar, ni que sea a grandes rasgos, la
trascendencia de este extraordinario trabajo, que me atrevería a calificar ya
como disruptivo, en la frontera de la ciencia.
Pero antes, me gustaría señalar un aspecto importantísimo
que los investigadores subrayan en su publicación, casi con vehemencia, y es
que ninguna de estos dos grupos humanos descubiertos presenta diferencias
destacables debidas a su preparación o formación académica. Es decir, existen
evidencias de la existencia de tantos Yoquese con formación universitaria como
del mismo número sin más educación que los estudios primarios o secundarios.
Exactamente igual ocurre con los Yalose. Lo definitorio o idiosincrático de
ambos tiene que ver más con las actitudes que con las aptitudes.
Exactamente igual ocurre con los Yamique. Muy cerca de la
Laguna de Guatavita, al norte de lo que hoy en día es Bogotá, en el sitio
llamado de Sesquilé, se desarrolló durante siglos la civilización del pueblo
Muisca que se ubicó a la orilla del gran río Marañón, también conocido como el
de las Amazonas. A la luz de algunos restos precolombinos, celosamente
custodiados en el Museo Nacional de las Américas cachaco, y gracias a las
crónicas de Bernal Díaz del Castillo o de los diarios del sanguinario caudillo
guipuzcoano Lope de Agirre, sabemos que ese fue el territorio del Dorado, la
ciudad de oro que soñaron ocupar todos los aventureros españoles durante los
primeros años de la conquista de América.
Los últimos estudios datan una decadencia ya acusada entre
los muiscas poco antes del primero de los viajes de Cristóbal Colón, de manera
que, según autores como Edgar E. Rice, Vincent Guillian o Marina Cienfuegos,
algunos ciudadanos de esta sociedad aprovecharon la presencia de aquellos
extraños visitantes y se embarcaron en buques españoles como tripulantes rasos,
rumbo a Galicia, San Sebastián o Vizcaya antes de tener que presenciar y sufrir
el desmoronamiento definitivo de la civilización en la que crecieron sus
ancestros.
Sin embargo, algunos de estos viajeros desembarcaron antes
de llegar a la costa cantábrica, porque donde los genetistas que forman parte
del equipo de Wanderer hallaron ciertas similitudes del ADN muisica fue en las
islas Azores, en concreto una variante que ya habían cribado en el material que
les proporcionó la Universidad de Barranquilla en Colombia y que bautizaron
como variante Yamique.
Los Yamique, a pesar de establecerse en primer lugar en este
conocido archipiélago que se encuentra situado en medio de ningún sitio, no
tardaron en distribuirse, enrolados en buques balleneros, por toda Europa y,
claro, también de nuevo rumbo oeste, hacia la costa Atlántica americana, tanto
del norte como del sur, en un intento infructuoso de retomar los pasos perdidos
de su civilización extinta ya hacía siglos.
Hoy día, los descendientes Yamiques, igual que los Yalose y
los Yoquese, habitan todo Occidente. Según los científicos de la Nep
Hogescholen de Amsterdam, son individuos que se reconocen, sobre todo, por su
desdén hacia todo y hacia todos. Parece como si aquel oro en el que se bañaban
sus ancestros les hubiese anulado toda capacidad solidaria, pero sobre todo la
empatía. El egoísmo de los Yamique es tal que no dudan tanto en explotar al
prójimo como aplaudir la explotación, ya que consideran que la vida es una
lucha sin cuartel en la que no cabe la debilidad, propia de las gentes sin
personalidad, sin carácter y sin futuro.
Se les reconoce, por ejemplo, en las congestiones de tráfico,
ya que suelen circular por la izquierda adelantando a los conductores
respetuosos con la norma, que esperan
pacientes y prudentes el momento de seguir su camino justo en el punto donde introducen violentamente el morro de su
vehículo, colocándolo al inicio de la fila, ahorrándose así minutos tediosos de
espera, porque consideran que su tiempo es más valioso que el del resto, y
porque creen que quien no actúa de ese modo es sencillamente estúpido y no ha
nacido para vivir en este mundo.
Tomándonos ciertas libertades exegéticas, podríamos
especular con la idea de que la nula capacidad empática, un desarrollado
sentido de la ambición, el desprecio de la ética y de la moral, la habilidad
para convencer a sus conciudadanos y una arraigada vocación por el poder,
convierten al yamique en un espécimen humano con una capacidad casi ilimitada
para hundir sociedades, civilizaciones, y si me apuran, incluso planetas.
En este sentido, Vliegende Wanderer realiza una afirmación significativa,
muy a tener en cuenta. Considera que “Si hay algo que define a los Yamique es
que no pueden actuar según los dictados de su instinto sin el concurso de la
complicidad, ya sea por activa o por pasiva, de los Yoquese y de los Yalose, de
tal manera que podríamos estar hablando de una relación simbiótica entre los
tres grupos cuyas consecuencias son fácilmente evaluables si atendemos al ocaso
que padecieron las civilizaciones de las que proceden.”
Y ya, para finalizar, me gustaría aclarar por qué este grupo
de científicos, de composición internacional pero de origen holandés, ha
bautizado con una nomenclatura muy próxima a la lengua española estos tres
grupos humanos recién descubiertos. La verdad tiene que ver criterios eufónicos
y con las sugerencias fonéticas que nos recuerdan a sustantivos tribales,
aportadas, por cierto, por el arqueólogo burgalés Del Val, a quien debemos los
tres nombres. Wanderer y los suyos saben perfectamente que su trabajo no
tendría ningún futuro si los hubiesen bautizado como “Beats me!”, “Tell me
something I don’t know” o “Thats your problem, not mine”
Sea como fuere, insisto: estamos ante un trabajo descomunal,
disruptivo, extraordinariamente revelador y aleccionador, de obligatoria
lectura, no sólo para los científicos, sino para cualquier asesor político,
para todo gobernante o gestor público, porque cambia radicalmente las
perspectivas con las que hasta ahora se vienen analizado la construcción y el
final de las sociedades o de las civilizaciones avanzadas. Esperemos que sea
para bien y que los esfuerzos del equipo de Wanderer encuentren una respuesta
propositiva.
Con todo, buena parte de la comunidad científica ha recibido
con una mezcla de admiración y desconcierto este gran trabajo. Algunos de sus
más destacados miembros ya están lanzando preguntas más que pertinentes al
respecto, muy en la línea de la escuela de Dawkins o de Gould. Se preguntan,
por ejemplo, si la carga genética de estos tres grupos es totalmente determinante,
porque si no hay ninguna posibilidad evolutiva, si los individuos actuales
procedentes de los primeros Yoquese, Yalose y Yamique no han modificado desde
hace miles de años ni un ápice su modo de actuar, condicionado por su ADN,
entonces el futuro de la civilización es más que incierto.
Ahora bien, es posible que en el mestizaje diacrónico en el
que han vivido a lo largo de los siglos se pueda haber dado alguna mutación que
haya provocado la debilidad de los rasgos originales más definitorios y haya dado
paso a individuos caracterizados con otro tipo de actitudes, que estarían
más en consonancia con la supervivencia de nuestras sociedades actuales.
Porque de no ser así, el futuro es más que incierto, titubeante, inseguro, no demasiado
halagüeño. Permaneceremos muy atentos al debate científico suscitado por los
chicos de Wanderer. En cualquier caso, enhorabuena por el trabajo.