jueves, 18 de junio de 2020

Los paletos del siglo XXI



Para Carlos y Luis, que miman mis empeños y cuidan mi vanidad.

Además de la acumulación de vivencias y de cierto tipo de sabiduría que a todos nos proporciona la experiencia, probablemente la ventaja más infrautilizada de cumplir años es la perspectiva; la posibilidad de acercarnos con la  inteligencia que nace de la distancia a hechos, razones y sinrazones presentes gracias a la comparación con el pasado. Ya hace un lustro que peino todas las tonalidades del gris, así que, aunque no llego todavía a merecer las atribuciones y el respeto que le debemos a los viejos sabios de la tribu, empiezo a gozar de algunas de las prebendas del tiempo.

Medio siglo atrás, cuando el régimen del dictador Francisco Franco languidecía y una nueva generación se preparaba para construir el futuro en democracia, se produjo un fenómeno bien curioso y paradójico. Mientras una parte de la población se afanaba en aprovechar la luz y el aire que se filtraban entre los primeros resquicios de las puertas y, ansiosos, empezábamos a acceder a la cultura libre ampliando nuestro horizonte más allá de la intransigencia nacionalcatólica, cerril y obsoleta, la televisión única de entonces, la Televisión Española, dio en ofrecer a su audiencia cautiva un elenco de curiosos personajes interpretados por cómicos (algunos de muy discutible talento) cuyo denominador común consistía en caricaturizar y estereotipar de un modo mezquino, superficial, vulgar y garbancero a los campesinos, a los habitantes de lo que hoy se ha venido en llamar la España vacía.  Así fue como, para vergüenza de propios y extraños, nacía el paleto.

Fernando Esteso, Paco Martínez Soria, Juanito Navarro, el muñeco Macario del ventrílocuo José Luis Moreno; Doña Rogelia, de su colega, la ventrílocua Mary Carmen (Martínez-Villaseñor Barrasa)  o ya, entrando en los ochenta, Marianico el corto, fueron los más televisivos. Incluso la voz de uno de los más conocidos monólogos del gran Gila es la de un paleto.

En los cines los espectadores reían a carcajadas los desatinos y las garrulerías de paletos interpretados por Tony Leblanc, José Luis Ozores o Alfredo Landa, entre otros, que desencajaban las mandíbulas y desorbitaban los ojos ante la visión de unas cuantas turistas extranjeras en bikini. En pleno siglo XXI pervive algún epígono de aquel bochorno colectivo. Todavía hay quien explica chistes de leperos o que se ríe de “el tío de la vara” o de “la vieja del visillo” creados por José Mota.

¿Quién no ha contado un chiste de leperos?  Que tire la primera piedra quien en España no se haya reído de esas criaturas; que levante la mano quien nunca haya utilizado el término paleto para señalar una persona zafia, tosca, ignorante, palurda, cazurra que lo es porque ha nacido en un entorno agrario, alejado de las grandes ciudades, dedicado a la supervivencia a través de tareas tan poco sofisticadas como labrar la tierra, recoger y guardar la mies, criar y alimentar animales.

Se le supone al paleto un tipo bruto, sin alma, desconfiado y básico, en contraposición con la sofisticación, la inteligencia y la amplitud de miras de cualquier persona que viva en la ciudad.  Dice la socióloga María Antonia García León en su “Historia sociológica del arquetipo rural del paleto” que “La mirada urbana construye para el mundo rural un estigma que se condensa en la figura social del paleto, constituyendo un claro ejemplo de etnocentrismo cultural. Dentro de una misma comunidad la forma de racismo que encierra esa figura no tiene sentido. Es el contraste campo/ciudad, rural/urbano, la tensión entre dichos polos la que proporciona la plataforma en que puede surgir esa desvalorización de lo rural y de sus habitantes.”

También hay algo de freudiano en la burla hacia el paleto, porque, tal como afirma la socióloga, “En el árbol genealógico de aquellos que se tronchan de la risa por los despropósitos del pueblerino siempre suele haber más boinas que blasones, pero la risa les libera de su pasado y les vincula con su nuevo presente urbano.”

Quizás uno de los artistas que más ha dignificado la vida y los sufrimientos de los habitantes de los pueblos españoles y que más se haya comprometido con su pervivencia es Miguel Delibes. Su amor al mundo rural no sólo se reflejó en toda su obra, sino que siendo director de ‘El Norte de Castilla’ en pleno franquismo puso en marcha una campaña para tratar de evitar la sangría demográfica que padecía el interior español y salvar así regiones enteras de la despoblación. Miguel Delibes escribió algunas de sus mejores obras en pleno auge televisivo y cinematográfico del paletismo. “El disputado voto del señor Cayo” o “Los Santo Inocentes” son dos buenos ejemplos, y también´- aunque algo anteriores- la prodigiosa obra maestra “Las ratas”, y ya mucho más alejadas en el tiempo “Diario de un cazador” y “El Camino.”

Otro escritor europeo que comprometió buena parte de su obra y de su tiempo para intentar salvar del abandono los pueblos campesinos y reivindicar su labor, su estilo de vida y su papel en la economía y en la historia fue el inglés John Berger. En “Puerca Tierra”, integrada en la “La trilogía de sus fatigas” en la que también se encuentran “Una vez en Europa”  y “Lila y Flag” (las tres obras dedicadas en exclusiva al mundo rural y a los campesinos)  Berger publica un epílogo que podría muy bien considerarse uno de los análisis más empeñados moralmente en desvelar las razones económicas y sistémicas que destruyeron el mundo rural, los pueblos de media Europa, y también en desentrañar la hondura del carácter campesino, esencialmente condicionado por un entorno hostil, por las inseguridades permanentes, por un futuro rectilíneo, sin posibilidad de otro horizonte que la supervivencia diaria.

Y es que John Berger afirma que el campesino era ante todo un superviviente, en los dos sentidos de la palabra, es decir, el hombre y la mujer que se veían obligados a luchar diaria y denodadamente contra todo tipo de dificultades y, al mismo tiempo, el hombre y la mujer invirtiendo toda su energía en salvar la vida.

Deconstruyendo los tópicos John Berger argumenta que el campesino no se resistía a los cambios; su ingenuidad les abría a ellos, pero tenía que identificar ventajas suficientes como para que le garantizasen la supervivencia, porque si esos cambios fallaran, nadie le rescataría de su aislamiento y le condenaría a muerte.

Por tanto, Berger defiende que el campesino no era ni más ni menos conservador que un urbanita. Si había algo de conservador en ellos no tenía nada que ver con el conservadurismo practicado por las clases privilegiadas, porque el campesino apenas defendía privilegio alguno. De hecho, a pesar de lo que se decía en la ciudad, el campesino no era un interesado, ya que recelaba profundamente del dinero. Para el campesino una vida sin justicia carecía de sentido, a pesar de lo injusto de la relación que la sociedad establecía con ellos, pues era muy consciente de que su supervivencia dependía de que otros comprasen a bajo precio los productos que ellos extraían de la tierra para alimentar vidas ajenas, con destinos muy diferentes a los suyos, aseguradas, a salvo de incertedumbres.

Afirma Berger al final de su epílogo “Hasta qué punto la metafísica del capital ha prestado su lógica para la categorización como atrasados, es decir, portadores del estigma y la vergüenza del pasado, de aquellos a quienes el propio sistema se encarga de empobrecer”. Y añade “La destrucción de los campesinos del mundo podría constituir un acto final de eliminación histórica.”

John Berger publicó el epílogo de “Puerca Tierra” en 1978, en plena efervescencia del fenómeno paleto español. Por entonces, el escritor inglés ya certificaba cifras demoledoras que describían objetivamente el abandono masivo del campo en Inglaterra y Francia. El éxodo era incontenible y España era otro de sus principales escenarios. De manera que su epílogo no solo cierra su obra sino que deviene en la clausura dramática de un modo de vida destruido por las exigencias de un sistema que, en lugar de facilitar medios para mejorar la vida de los campesinos y conservar de ese modo extensos núcleos de población, opta por su sacrificio y su exterminio en el que hunde sus pezuñas la industria de la alimentación, intensiva y antisostenibilista, explotada por grandes monopolios, cuyos principales accionistas no saben ni qué forma tiene una azada, al tiempo que nutre de mano de obra barata a las empresas instaladas en las periferias, que contratan a hombres y mujeres desarraigados.

Dada la confluencia en las fechas no sería muy desatinado pensar que poderes políticos concurrentes con grandes intereses económicos pusieron en marcha esa campaña de desprestigio del campesinado español convirtiendo así a los pueblos españoles en poco menos que lugares poco aconsejables y adecuados donde formar una familia y labrar un futuro. ¿Quién quiere establecerse en lugares habitados por semejantes especímenes? ¿Quién desea continuar viviendo entre la ignorancia, el atraso, la carencia de todo tipo de servicios y la ausencia de horizontes? Esa fue la función del paleto, una caricatura interesadamente soez, malintencionada, falsa y perversa que sirvió para disparar el tiro de gracia a los pueblos de España.

John Berger y Miguel Delibes nos dejaron no hace mucho. Ambos fueron testigos de sus propios vaticinios; su clamor cayó en baldío. Hoy tenemos que constatar con tristeza la muerte de los pueblos y el fin del campesino. Sergio del Molino ha escrito la esquela definitiva con “La España vacía”, la que “divisamos desde la autovía. La de los pueblos que para algunos son la feliz aldea de los veranos infantiles y para otros el paisaje de la leyenda negra […] A la España vacía le falta un relato en el que reconocerse. Las historia que la cuentan complacen a quienes no viven en ella y halagan dos clases de prejuicios: los de la España negra y los del beatus ille. Los primeros se difunden por el telediario. Los segundos, en la Guía Michelin. Infierno o paraíso. No hay término medio. O los asesinos o los monjes. Aunque, según la habilidad del gionista, pueden ser monjes y asesinos a la vez."

Yo soy un niño que vivió los mejores momentos de su infancia y de su adolescencia en uno de esos pueblos. Todavía hoy necesito respirar durante unos días el aire perfumado de roble, tomillo y estepa y recorrer los rincones y los parajes donde experimenté la libertad y tantas primeras veces; donde conocí gente sacrificada, trabajadora, denodada; supervivientes de sus propias existencias y de un modo de vida que languidecía. Yo nunca vi un paleto. Veía a mis padres, que nacieron y se criaron allí, expulsados de su tierra como tantos miles. Veía a mis abuelos, a mis primos, a mis amigos, y a los padres y a los abuelos de mis amigos. Los paletos sólo aparecían en televisión. Eran seres de ficción que ayudaron a propiciar un sacrifico cruel y nefasto.

Y, sin embargo, gracias a la distancia y el paso de los años, con la perspectiva que me ofrece el tiempo, hoy debo afirmar que los paletos existen, y son reales. Ya no los vemos sólo en la televisión, sino que los escuchamos por la radio, leemos sus proezas en los periódicos, seguimos sus sandeces en las redes sociales, pasmados ante la ostentación continua y satisfecha de una ignorancia vulgar y zafia que se muestra descaradamente chulesca.

Los paletos de hoy son homófobos, machistas, racistas, egoístas, desconfiados, torpes, cazurros, semianalfabetos, interesados, mendaces, supersticiosos, cerriles y meapilas, pero, ante todo, son vanidosos encantados de haberse conocido. Los paletos del siglo XXI son tipos como Donald Trump, Isabel Díaz Ayuso, Pilar Rahola, Quim Torra, Boris Johnson, Pablo Casado, Ivan Espinosa de los Monteros, Santiago Abascal, Cayetana Álvarez, Rafael Hernando, Herman Tertsch, Salvador Sostres, su eminencia el Arzobispo Cañizares, Marcos de Quinto, Juan Carlos Girauta…  y un largo etcétera de seres antropomorfos, herederos políticos de quienes vaciaron en su provecho los pueblos de España.

Nuestra obligación es enfrentarnos a ellos ideológicamente, cívicamente, democráticamente en todo momento y lugar, cada cual en la medida de sus posibilidades, porque sus decisiones están orientando a la humanidad a un mundo irrespirable, a un mundo peor. Del mismo podo que vaciaron el campo hoy siguen empeñados en hacer del progreso un extraordinario negocio del que se lucrarán unos pocos a costa de nuestro futuro, de nuestras libertades y de nuestras vidas. Los paletos del Siglo XXI.

jueves, 4 de junio de 2020

Prácticas ingenuas de filosofía mundana


La evocación de los recuerdos nos permite la coartada de la imprecisión. Al acudir a la memoria solemos aderezar lo que vemos con buenas dosis de ficción. No se trata de mentir. Mentimos por otras razones. Se trata de recuperar sensaciones, imágenes o instantes verdaderos con la ayuda de una imaginación basada en las necesidades que nos exige nuestro presente y en coherencia con los trazos del autorretrato que vamos pintando a lo largo de los años. De manera que alterar detalles generales o concretos de lo que realmente ocurrió, ni traiciona ni desmiente los hechos, sino que los rescata del olvido, los refunda hoy y los proyecta al futuro.

Sin embargo, la memoria no siempre se encuentra disponible. Para recuperar todos y cada uno de los pasos que hemos dado en el transcurso de nuestra existencia necesitaríamos algo así como el ordenador cuántico que construyeron los ingenieros de DEVS Development en la estupenda serie de ciencia ficción producida por la factoría HBO que plantea la teoría de los universos paralelos, elaborada a mediados del siglo pasado por el físico norteamericano Hugh Everett.

El bien y el mal

No soy yo un hombre que confíe ciegamente en la tecnología y, a pesar de las asombrosas prestaciones de carácter casi divino de DEVS, dudo mucho que máquina alguna fuese capaz de mostrarme el primer día que pensé por vez primera en el bien y en el mal; el momento en que me pregunté seriamente por primera vez por qué los humanos discriminamos, clasificamos, etiquetamos, adjetivamos y juzgamos casi de modo universal, las acciones virtuosas y las que, por el contrario, son deleznables.

Soy incapaz de recordar, ni siquiera entre brumas, el día que me planté frente a mi padre y le lancé la pregunta ¿por qué ese niño es malo conmigo? ¿Por qué me ha dicho la maestra que he sido malo? Si es cierto que ser bueno es bueno para todos ¿Por qué hay hombres malos? ¿Por qué hay niños malos? ¿Por qué a fulanito, que ha sido malo, los reyes le han traído el 'Scalextric' y a mí, que he sido bueno, un simple parchís? ¿Por qué a menudo los malos obtienen premio a pesar de que todo el mundo sabe que lo son?

Conservo la imagen nebulosa de una mañana de colegio sentado al pupitre junto a mi compañero Ángel, el primogénito de una familia poderosa, cuyo padre, después de la muerte de Franco, encabezó la lista electoral de Alianza Popular y dirigió la sección local de ese mismo partido reconvertido hoy en el PP. Creo que practicábamos divisiones, o multiplicaciones, o alguna otra operación matemática. Recuerdo con cierta nitidez que durante el tiempo que estuvimos realizando el ejercicio Ángel no dejó de copiar en su libreta cada uno de los números que yo apuntaba en la mía.

Finalizado el tiempo del ejercicio, el profesor paseó entre los pupitres revisando la ejecución de los problemas y al llegar al mío nos felicitó a los dos. Cuando se disponía a seguir con su labor, Ángel reclamó su atención y le explicó que yo había copiado su trabajo. No pude refutar de ningún modo su acusación. Era su palabra contra la mía. Intenté explicarle al profesor que no era cierto, que la realidad de lo que había ocurrido era la contraria. Fue en vano. Solicitó la atención de todos mis compañeros de clase y me denunció públicamente al tiempo que halagaba el trabajo y la actitud de Ángel. Al llegar a casa le expliqué a mi madre lo ocurrido y me aconsejó que lo olvidase. Yo me vi obligado a compartir pupitre con Ángel hasta que finalizó el curso. Afortunadamente, el curso siguiente no lo volví a ver; aquel colegio se le quedaba pequeño.

Quizás fue aquel incidente escolar el primer momento en que pensé de un modo consciente en el bien y en el mal. Yo tendría entonces ocho o nueve años. Hasta entonces había aprendido en casa que el bien tiene premio y el mal se castiga. Que el bien era bello, y la maldad horrorosa. Me habían enseñado que la virtud triunfa siempre sobre la vileza y, en consecuencia, yo veía actuar a mi papá y a mi mamá siempre con sencillez, honradez y honestidad. Es decir, más que con sus palabras -escasas, pero valiosas y precisas- aprendía con en el ejemplo.

No muchos años después pude vivir una nueva experiencia que me generó más dudas a la hora de discernir entre las consecuencias de actuar honorablemente o su contrario. Papá y miles de trabajadores de toda Cataluña vivieron tres largos meses de huelgas y protestas, en ocasiones, duramente reprimidas, para reivindicar libertad, negociación de los convenios colectivos y mejores condiciones laborales; unas exigencias que a mi parecer eran justas y necesarias a la vista de la comparación entre las condiciones de vida que teníamos la mayoría de las familias y las que disfrutaban los propietarios de las fábricas, como por ejemplo el papá de Ángel.

El bien y el mal enfrentados. La justicia frente a la avaricia, la honradez frente a la explotación, la libertad frente a la represión, la democracia frente a la dictadura. En mi adolescencia no necesitaba lecturas para posicionar claramente quienes estaban del lado de la virtud. Aprendíamos a través de la experiencia tamizada por el ejemplo paterno, de manera que año a tras año, lección a lección, iba construyendo mi código ético y moral con el que afrontar en un futuro la experiencia de la vida.

En realidad -pensaba yo por aquellos días, ya lejanos- no era excesivamente complicado discriminar entre el bien y el mal, entre aquellos valores que nos beneficiaban a todos y aquellos otros que pretendían beneficiar solo a unos pocos a costa del sufrimiento de la mayoría. Poco tiempo después, me di cuenta de que esa discriminación maniquea no sólo era tremendamente útil, sino que conectaba con esa actividad tan importante para nuestras vidas como es la política. Descubrí que la lucha entre el bien y el mal deja huella en la historia de la humanidad; una huella que guía los pasos y las acciones de millones de personas que construyen, perseverantes, el camino del progreso.

Con nosotros vivía un tío carnal de mi padre. Era viudo, ferroviario jubilado. Durante su juventud había sido represaliado por negarse a fabricar munición para el ejército golpista del dictador Franco. Había militado en el PSOE durante le década de la Guerra Civil y conocía muy bien el contexto político de la época, de manera que de su boca escuché por primera vez nombres propios como Azaña, Largo Caballero,  Alcalá Zamora, Prieto, Negrín, Primo de Rivera, Mola, Queipo de Llano, Calvo Sotelo, Lerroux, Kindelán, Unamuno (Don Miguel, como le llamaba él),  Durruti, Frente Popular, CEDA, Gil Robles, Alfonso XIII y un largo etcétera que configura el álbum de protagonistas de la política española en los años de la II República y de la Guerra Civil.

Más allá de los nombres y de las historias que me explicaba mi tío aprendí que los valores humanos y sociales y las maneras de ser, estar y hacer en la vida encuentran su correspondencia en organizaciones compuestas por personas que las comparten, que actúan bajo las normas democráticas dentro de los Estados para conseguir la confianza de la gente gracias a la cual podrán construir o transformar una sociedad según esos valores y esos modelos. Pero, sobre todo, con mi tío descubrí que todo el ejemplo de humildad, bondad, honradez, honestidad, generosidad y solidaridad que aprendía de manera cotidiana con el ejemplo de mis padres conectaba perfectamente con los valores de los partidos políticos que defendieron, con el sacrificio de sus vidas, la Constitución del 9 de diciembre de 1931 entre los años funestos de 1936 y 1939.

Es decir, vi y entendí que el resultado de la lucha entre el bien y el mal se traducía en la distribución de los escaños de un parlamento, la institución donde la soberanía popular, expresada en voz de sus representantes, establece las normas de convivencia y de relaciones de obligatorio cumplimiento para todos, en función de dos modelos opuestos de sociedad. Y deduje que cuando la gente confía en las organizaciones políticas y éstas pueden legislar en beneficio  de los humildes, de los  vulnerables, del bienestar de la mayoría, redistribuyendo la riqueza, gravando a los que más tienen para facilitar a los que menos tienen educación, sanidad, vivienda y cultura… entonces, cuando eso ocurre, las organizaciones políticas contrarias a esa idea, las que defienden los privilegios de una minoría, hacen todo cuanto esté en su mano para deslegitimar esa forma de gobierno acudiendo a la difamación y la mentira a través de los medios de comunicación en manos de los poderosos, a la marrullería y el filibusterismo, a una oposición cuartelera, a las llamadas cloacas del Estado, a la utilización torticera de las instituciones a las que no dudan en poner en peligro, apropiándose de los símbolos colectivos, identificándolos con su exclusiva y excluyente  idea de  nación de la que se sienten propietarios y, en último extremo -tal y como ocurrió en 1936- a subvertir el orden constitucional con asonadas militares para instaurar largos periodos de tiranía en los que los privilegiados recuperan sus privilegios a costa del sufrimiento, la libertad, la dignidad  y la penuria de la gente.

Ingenuidad

La ingenuidad no se cura con el tiempo, sino que se aprende. La ingenuidad, como le gusta decir al filósofo Javier Gomá, “es un grito de guerra” *.  Con los años mi ingenuidad se ha sofisticado. El paso de la vida es aprendizaje, hechos vividos, personas, ejemplos, éxitos y frustraciones. Por eso, gracias a mi ingenuidad aprendida, me gusta creer que todas las personas que regalan su confianza a las organizaciones políticas del mal no son malas, sino que su debilidad, incultura, soberbia, ira, miedo, religión, y sobre todo la indolencia con la que se rinden a eficaces estrategias de comunicación persuasiva, los lleva a conceder masivamente una confianza que utilizan en su provecho, espuriamente, unos pocos privilegiados.

He aprendido, por ejemplo, del mismo Javier Gomá que “no es sostenible una democracia basada en la barbarie de ciudadanos no emancipados, personalidades incompletas no evolucionadas, instintivamente autoafirmadas y desinhibidas del deber. No es sostenible una civilización no represora edificada sobre las arenas movedizas de la vulgaridad de sus ciudadanos. Estando en juego el ensayo de una civilización igualitaria sobre bases finitas [porque todos somos mortales], la democracia se carga de legitimidad para dirigir a esos ciudadanos un imperativo incondicional y vinculante que dice: 'Tienes que reformar tu vida'.” *

Estas palabras deberían interpelarnos a todos, independientemente del lado de la vida en el que estemos, aunque para llegar a confirmarla y hacerla nuestra necesitemos de altas dosis de ingenuidad aprendida, es decir, la que “exige al hombre que llegue a ser verdaderamente hombre, lo que sucede solo cuando consiente en interiorizar algunos límites de la vida, aquellos que estime propios e informadores de su personalidad y abandona ese mar sin riberas en el que flota la adolescencia. *

Ingenuidad versus candor

Ingenuidad no es candor, simpleza o inconsciencia. Yo sé que no todas las personas que integran los grupos políticos del bien son personas honorables. De hecho, las hay tan malas como las del grupo contrario. Sería infantil pretender que las personas que integran o confían en tu propio grupo político son las mejores por el hecho de serlo, y a la inversa. El sectarismo consiste precisamente en arrojar sobre la experiencia de la soberanía popular un punto de vista futbolero auspiciado por un fanatismo incondicional, acrítico e irracional.  Si se substituyen los hechos concretos por el orgullo, o se practica la política del orgullo, estará justificada sin más la sospecha de escasa seriedad” **, escribió el pensador italiano Antonio Gramsci.

Tampoco creo en la exclusividad de la política como herramienta de transformación. Afiliarse a un partido político, movilizarse en determinadas ocasiones para reivindicar lo que creemos justo o para rechazar injusticias, independientemente de los resultados que cosechemos, no sirve de nada si en todo momento, en todo lugar, ante todo tipo de personas, no somos ejemplares, buenos con los nuestros y con los demás. Nuestra ética  activa, vital, profesional, social  y particular,  debe ser coherente y recíproca con los valores morales, con nuestra actividad política (siempre hacemos política, a todas horas, en todo momento) conociendo y reconociendo los límites de nuestras propuestas y de nuestros anhelos  en la aceptación de la imperfección humana, de nuestra finitud, y de nuestra condición comunitaria que nos obliga a ser libres con otros, y por tanto, a condicionar o someter nuestro albedrío y subordinarlo tanto a los recursos disponible como a nuestras capacidades y a los derechos de nuestros semejantes. 

Dos pensamientos distantes para una nueva cultura

Quizás, siguiendo de nuevo la estela de Gramsci, en realidad de lo que “hay que hablar [es] de la lucha por una nueva cultura, por una nueva vida moral, que por fuerza estará íntimamente vinculada con una nueva intuición de la vida hasta que ésta llegue a ser un nuevo modo de sentir y de ver la realidad.” ** Porque, como afirma Javier Gomá “la liberación del yo no garantiza su emancipación.” *

Es curioso como dos pensadores tan alejados en el tiempo y en las circunstancias históricas y personales -y me atrevo a creer que también en sus posiciones ideológicas- puedan complementarse y coincidir en la necesidad de un cambio cultural profundo en los presupuestos de nuestra civilización para poder caminar hacia la concordia y evitar que en el viaje nos hagamos daño, como ocurrió en el siglo pasado.

Las propuestas gramscianas se fundamentan en el marxismo y se orientan y se proyectan hacia una acción política radical, revolucionaria, de clase, con una dictadura proletaria como objetivo intermedio después de la cual el hombre devendrá en un ser racional, sensible y emancipado, viviendo en armonía con sus semejantes en una utópica panacea.

Por el contrario, Gomá se centra en una propuesta emancipadora anclada en el fondo de nuestro occidente democrático tradicional, en la filosofía clásica, la ética kantiana y en una enmienda a la totalidad de la filosofía romántica decimonónica que propugnó el individualismo del que hoy somos sus herederos.

Y es que Gomá en realidad lo que propone es una revolución, o como poco un cambio revolucionario. Después de leer con placer, sorpresa y atención- y a veces con no poco esfuerzo- el núcleo principal de su obra, compuesto a mi entender por la ‘‘Tetralogía de la Ejemplaridad, los ensayos de ‘Ingenuidad aprendida’ y su último libro ‘Dignidad’, he visto que lo que ha construido el escritor vasco es un sistema de pensamiento perfectamente estructurado que no pretende tan solo aportar preguntas y respuestas sobre nosotros, nuestro lugar y devenir en el mundo, sino que propugna sin los imperativos ni la rotundidad proselitista de las propuestas ideológicas  convencionales, la construcción de una malla robusta y flexible sobre la que levantar lo que él ha llamado con admirable ingenuidad aprendida una “república de la amistad.”; una malla a la que él nunca se ha referido, pero que conecta perfectamente con esa transformación del ser humano, progresiva, incesante, que tiene mucho que ver con la teoría de las superestructuras de Gramsci, para quien, “si es verdad que toda filosofía es expresión de una sociedad, tendría que reaccionar sobre la sociedad, determinar ciertos efectos positivos y negativos; la medida en la cual reacciona es precisamente la medida de su alcance histórico, de no ser elucubración individual, sino ‘hecho histórico”**

La gran diferencia con Gramsci estriba en que Gomá “invita y no obliga” ***, y en este sentido ubica sus formulaciones en la máxima aristotélica de que El bien es aquello hacia lo que todas las cosas llevan.” *  Su propuesta de transformación profunda nace libre de toda tentación violenta, coactiva o impositiva. Digamos que es una propuesta acorde con la sensibilidad contemporánea, alejada de las pasiones funestas del trágico periodo de las grandes guerras, ajena a las utopías del siglo XX envenenadas de una desigualdad acuciante que tan bien denostó otro escritor, el francés Albert Camus, para quien cualquier idea perdía en el camino su legitimidad si para ponerla en práctica se manchaba de muerte y de dolor.

Tan coincidente es en ocasiones el pensamiento gramsciano con el de nuestro filósofo que cuando éste último dice que “se trata de encontrar y definir un ideal civilizador para las democracias contemporáneas, capaz de movilizar las fuerzas vivas latentes en nuestra cultura” *, resuenan desde los años veinte del siglo pasado el eco de “Los cuadernos” del italiano y su concepción de la importancia estratégica de transformar la cultura, desde la base, como materia fundamental con la que tejer esa malla sin la cual el cambio social no será posible.

Gomá constata su apuesta por el papel predominante de la cultura en aras de una transformación social, aseverando que “las fuerzas latentes movilizadas por el nuevo ideal, aunque nacen de la decisión personal de cada uno sobre el ejercicio virtuoso de su libertad, también se proyectan socialmente y se generalizan; si no, ninguna reforma social y política será posible.” * Despojado de la desconfianza en el individuo y de su fe ciega en las masas, el mismísimo Gramsci habría firmado este párrafo.

Un nuevo regeneracionismo

Y es que la propuesta filosófica de Gomá es regeneradora, fundadora de una nueva sociedad. Frente la desesperanzadora liquidad a la que nos ha abocado el sociólogo Zygmunt Bauman (quien, por cierto, obtuvo de Gramsci la idea del interregno indefinido que surge cuando un sistema cae en crisis y el recambio todavía no ha nacido), Gomá nos invita a la solidez que ofrece la concordia, a una nueva sociedad democrática, solicitando de todos un esfuerzo, que se concreta en reconocernos en nuestra vulgaridad, de la que ha huido la filosofía a lo largo de la historia como de la peste, pero a la que es necesario acercarnos, asumiéndola para superarla; renunciando al estado adolescente subjetivo y estetizante de nuestras actuales individualidades acérrimas; aceptando la finitud como primera condición de la humanidad y, finalmente, reconociendo que vivimos en el mejor momento y en el mejor lugar de la historia posibles.

En su crítica a la contemporaneidad, Gomá define muy bien el estado de la cuestión política. Gomá afirma que “la política es hoy menos cuestión de planes, programas, proyectos y más de personas en acción: menos res pública y más dramatis personae.”* Porque la política de hoy conecta con una ética privada, con la salvaguarda a ultranza de los espacios íntimos, de los sueños íntimos, de los anhelos, de ese afán diferenciador, irreprimible y libérrimo susurrándonos constantemente al oído nuestro derecho inalienable a satisfacer todos nuestros deseos, escamoteándonos al mismo tiempo nuestra naturaleza finita y nuestro deber para con el bienestar colectivo. Por eso, “una comunidad política que excluye la vida privada de su ideal es inviable” *

Hemos heredado del individualismo romántico decimonónico un nefasto sentido de la individualidad que predica nuestra inmortalidad en una libertad sin trabas, al tiempo que la filosofía contemporánea ha dado por finiquitada la objetividad para ofrecernos un plácido remanso de relativismo subjetivo que contemplamos sin sobresaltos desde las orillas de la posmodernidad. Toda idea es buena, todo es respetable, nada hay absoluto, todo es relativo.  De ahí que Javier Gomá infiera que “En el espacio íntimo no hay mandato ni prescripción, solo libertad, preferencias y opiniones personales. Con estos presupuestos es muy difícil que la democracia logre persuadir a su miembros de la obligatoriedad de reformarse, toda vez que no se le reconoce a la polis autoridad para señalar el deber a la ciudadanía ni legitimidad a los mandatos de colaboración que le dirige […] Una democracia sin mores, como la nuestra, atomiza a la población en una pluralidad desintegrada  de subjetividad y obliga al yo a ser cívico y virtuoso por su cuenta, emprendiendo una larga peregrinación moral en solitario.”*

Un proyecto emancipador

Javier Gomá define su proyecto emancipador, transformador y regeneracionista como “un proyecto civilizador común, una democracia con mores” *. Llega a él siguiendo el camino que abre Aristóteles, de cuya filosofía asegura que “la amistad culmina la ética y abre paso a la política.” * La guía o los fundamentos de su proyecto, de su grito de guerra, de una filosofía asentada en la ingenuidad aprendida, se fundamentan en primer lugar en la liberación de la ejemplaridad pública, que ha sido secuestrada por las élites.

En segundo lugar, es necesario mostrar al ciudadano cómo la ejemplaridad involucra todas las dimensiones de la personalidad, todas y cada una de las facetas de la vida.

En tercer lugar, es necesario restaurar lo que los griegos denominaron “la paideia”, es decir, una formación y una educación integral del ciudadano que “comprenda las dimensiones unitarias de la personalidad al mismo tiempo que las involucra responsablemente, por convicción y no por coacción, en el proyecto colectivo.” *

Gomá reserva un lugar principal en su propuesta a esa restauración educativa. Afirma que de la educación emana “un carisma” que provoca en la sociedad las buenas costumbres que la república democrática necesita para “integrar al ciudadano solitario en una comunidad induciéndole hacia la socialización civilizatoria.”* Dicho lo cual, y llegados a este punto, ya no puedo resistirme más a vincular la hoja de ruta de Gomá con la Institución Libre de Enseñanza,  verdadera palanca de transformación social, y cuna de las mentes más preclaras con la que contó España durante la década de los año treinta del siglo pasado, misión que quedó truncada tras el golpe de estado del 18 de Julio de 1936 y el levantamiento militar del General Franco, auspiciado por la derecha política y los poderes económicos y eclesiásticos, que dio pie a nuestra dolorosa guerra civil. (Una vez más el bien contra el mal.)

Y es que, para Gomá, igual que para Giner de los Ríos -aunque éste último jamás llegó a saber que el hombre es ontológicamente ejemplar- “la ejemplaridad igualitaria es capaz de generar un haz de buenas costumbres, densas, capaces de transformar.” *

Ejemplaridad, virtud, finitud, paideia, amistad, concordia, corazón, cultura, sociedad democracia, civilización, emancipación, política, vulgaridad, ingenuidad, filosofía, límites, mores, ética, carisma, comunidad serían términos fundamentales sin los cuales no podríamos comprender la propuesta civilizatoria de Javier Gomá para que el bien prevalezca sobre el mal. Pero en este inventario falta una. Quizás, si hubiera que ordenarlas por su trascendencia, yo la colocaría en primer lugar, exaequo con la ejemplaridad. Se trata de la dignidad, “lo que estorba”. ***

La dignidad

Este es un término importantísimo, porque para Gomá la dignidad es el muro de contención de un consecuencialismo ético en el que podríamos caer a la hora de establecer un enfrentamiento moral entre el bien y el mal , es decir, “la dignidad se erige como principio humanista anti utilitarista que se opone a la frecuente pretensión de legitimar las acciones morales por sus consecuencias ventajosas.”*** de modo y manera que su sistema filosófico y regeneracionista queda a salvo de ser utilizado sectariamente por grupos políticos o de toda índole y se eleva por encima de ellos para devenir en una propuesta de base humanista, de ambición hegemónica y, por eso mismo, de alcance universal. De hecho, “la dignidad es única, universal, anónima, y sobre todo abstracta.” ***

De ahí que la dignidad estorbe.Estorba a la comisión de iniquidades y vilezas, por supuesto, pero más interesante aun es que a veces estorba también al desarrollo de causas justas, como el progreso material y técnico, la rentabilidad económica y social y la utilidad pública.”, o lo que es lo mismo, las razones de Estado. De hecho, la dignidad se define a si misma también por su antónimo, la indignidad, que incita y motiva la acción de los hombres ya queel asco ante la indignidad indica a la humanidad el camino de su progreso moral.

Durante nuestra existencia finita tenemos la opción de practicar la virtud, ser buenas personas, seguir el ejemplo del virtuoso, propiciar la solidaridad, la convivencia y la concordia, cultivar la amistad, trabajar para crecer como persona, ser un buen ciudadano, cívico, respetuoso con las leyes y con las instituciones de que nos hemos dotado… y es muy probable que por actuar así seamos felices, aunque, aun siendo así, nada nos garantice que vivamos nuestra vida con dignidad. Por eso, dice Gomá “lo único universal y distintivamente humano no es ser felices sino dignos de ser felices.” en consonancia con la máxima kantiana que canta “¡Deber, nombre sublime y grande!

El reencuentro

A partir de aquí retrocedo a mis primeras palabras. Vuelvo a la memoria, y a la primera vez que fui capaz de plantearme de modo consciente la diferencia entre los dos polos de la moral, el bien y el mal; una regresión en la que vislumbro a mi obligado compañero de pupitre Ángel, a quien muchos años después, sin la protección que nos brinda la familia y la escuela, volví a ver sentado en su despacho de trabajo sobre una ostentosa y mullida butaca de piel frente a una amplia mesa de rica madera barnizada. Ángel se había convertido en el director general de la empresa de su padre. Yo no sabía que volvería verle cuando crucé el umbral de la puerta y lo encontré allí sentado, repeinado, orondo, ufano, satisfecho de sí mismo, comandando el negocio paterno; su rostro esférico, la raya del pelo bien marcada a un lado, la nariz pequeña, su voz más grave, pero de inconfundible timbre nasal.

“¡Adelante, pasa!” me indicó muy circunspecto. Me acerqué y le ofrecí la mano. Tuve que inclinarme un poco porque prefirió no levantarse. Yo lo reconocí al instante. No percibí reciprocidad en Ángel. Él tan solo parecía comportarse como el patrono que espera conocer a su última adquisición, un trabajador joven, en paro, que emplearía diez horas al día en su empresa, de pie, frente a una máquina alienante, envasando productos farmacéuticos por el equivalente al sueldo mínimo interprofesional.  Ángel, muy puesto en su papel, me dio educadamente la bienvenida, expresó su satisfacción por contar con mis servicios y de un modo un tanto paternalista se refirió a la empresa como una gran familia de la que yo, a partir de ese instante, podía considerarme un miembro, añadiendo el consabido “tienes mi puerta abierta para lo que quieras, no dudes en traspasarla las veces que consideres necesarias; cuenta siempre conmigo para lo que necesites.” Después de mi agradecimiento formal acopié decisión y le revelé nuestro vínculo de infancia. “Sí, sí, ya he leído tu ficha. Te recuerdo perfectamente. Has cambiado un poco; la barba, el pelo largo, ese pendiente en la oreja, pero te reconocería en cualquier sitio” me confesó. “Eso sí, no esperes de mí más de lo que esperan tus compañeros. Aquí, insisto, somos una gran familia, y yo, a mis hijos, los trato a todos iguales” me espetó. “Confío en tu buen hacer. A quien trabaja y crece gracias a sus propios méritos encuentra su recompensa. Yo creo en el esfuerzo, en lo que cada cual hace por sí mismo. En eso radica el progreso, ¿No crees?” Constaté tímidamente su reflexión con un pobre gesto de afirmación, acompañado de un lacónico “sí, claro.” “Pues venga, hale, buena suerte.” Y con un gesto de la mano, como quien se quita de encima un mosquito, me indicó que saliese. “Adiós”, dije yo.

Interrogantes

Esta escena que he evocado es tan verídica como las letras que la refieren. Yo acababa de cumplir 28 años. Ángel, de la misma edad, probablemente aprendió también, tanto en casa como en casa en el colegio, la diferencia entre el bien y del mal. Sin embargo, su posición moral con respecto de la mía era totalmente opuesta. No hablo desde un punto de vista utilitarista. Es decir, mi posicionamiento moral y el suyo no tienen que ser opuestos porque opuestos sean nuestros intereses. Un empresario contrata trabajadores de los que obtiene una plusvalía gracias a la cual se enriquece. Cuanto peor pague y peor les ponga las cosas a sus competidores, más rico es. Un trabajador por cuenta ajena, por el contrario, necesita un empleo y su remuneración dependerá de su propia preparación, de sus habilidades técnicas y profesionales y de la generosidad o justicia de quien le contrata. De manera que nuestro proceder ético y nuestra actitud ante la experiencia de vida y la de los demás debe intentar ser siempre consecuente, independientemente del papel que nos toca jugar. De no ser así, caeríamos en hipocresía, del griego hypokrisia, o acción de desempeñar un papel teatral, es decir, interpretar bajo la apariencia de verdad algo que es ficticio e impropio de nuestra personalidad y parecer.

Esta relación que yo mantuve en la infancia y en mi primera madurez con Ángel puede extrapolarse perfectamente a múltiples ámbitos de la vida en los que personas con apariencia honorable se manejan en la vida sin la necesidad de la virtud, y sin embargo consiguen a través de la hypokrisia más ventajas sociales que quienes actúan o intentan proceder de modo virtuoso. Quiero decir que al margen del resultado injusto en determinadas relaciones y a la luz siempre de la lucha entre el bien y del mal, surge de cada cual la necesidad de arroparse de una verdad ética que respalde riquezas, poder e influencia, o bien lucha, derechos y exigencia de justicia.

Para algunos esa sería una concepción utilitarista de la ética, pero entonces ¿Cómo articular un proyecto civilizador, anti totalitario, basado en la ejemplaridad, que nos reforme y nos ayude a vivir libres juntos, conscientes de nuestra finitud, fundamentado en la educación, el esfuerzo y el deber? ¿Alguien como Ángel y su familia se sumaría al proyecto? Sospecho que no, y, por tanto, ¿No habría que tachar también de utilitaristas y consecuencialistas morales al conjunto de personas que quisiesen llevar a cabo semejante proyecto regeneracionista dada el previsible enfrentamiento filosófico, moral, ético, social y político que deberían sostener contra el grupo de personas dispuestas a no cambiar nada? ¿No sería necesaria la consecución de una hegemonía con el fin de aplicar socialmente un proyecto de esta valía? ¿Es que acaso las hegemonías sociales surgen espontáneamente? ¿O sencillamente el proyecto de Gomá es un planteamiento filosófico que ofrece preguntas y respuestas, novedades realmente valiosas, un sistema sugerente, pero que no está dispuesto a bajar a la arena, a traspasar, como Aquiles, la puerta del gineceo, dispuesto a presentar batalla entonando el grito de guerra? ¿No deberíamos desdeñar el apelativo teórico de utilitarista a la hora de organizar un sistema moral que claramente beneficie a la mayoría y sobre el que se construya una sociedad en progreso y concordia?  

Acción

Y es que, si lo que propone Javier Gomá es un nuevo proyecto civilizador y regeneracionista, su consecución pasa ineludiblemente por la política, actividad muy del agrado del filósofo, a la que hace referencia infinidad de ocasiones en su sentido clásico, la forma en la que el ciudadano que no desea ser tachado de idiota asume, afronta y aporta su tiempo y sus ideas con la finalidad solidaria no sólo de resolver los problemas colectivos de la polis, sino de proyectar un futuro mejor. En definitiva, una política con planes, proyectos y programas, una política más de la res pública y menos dramatis personae.

No soy capaz de dilucidar si la intención del filósofo vasco es la de actuar sólo como filósofo, tal y como hicieron los pensadores de la ilustración, cuya propuesta de cambio de paradigma propició, como si fuese una semilla, la substitución del antiguo régimen por la emancipación del sujeto con respecto al Estado absolutista y la posterior centralidad del individuo como ser libre. No sé si el objetivo único del planteamiento de su sistema es aportar a la historia de la filosofía y al pensamiento contemporáneo una serie de hallazgos importantísimos tales como la naturaleza ontológica de la ejemplaridad, el rescate de la dignidad como concepto clave en cualquier planteamiento ético, moral y político y la necesidad de deshacernos del subjetivismo postromántico y posmoderno que ha sumido a la sociedad occidental en un estado de adolescencia perpetua.

Desde luego, que se sepa, o al menos hasta donde yo alcanzo a ver, pocos filósofos ha bajado desde su torre de marfil a lo mundano. A lo sumo, algunos han apoyado y se han involucrado, como prescriptores sociales que son, en movimientos políticos durante algunas etapas de la historia. Sea como fuere, resulta altamente improbable (¿o no?) ver a un filósofo abanderando una organización política que, además, contemple como cuerpo de su programa su propia propuesta intelectual. De hecho, probablemente, no resultaría muy eficaz; ni siquiera Marx fue marxista.

Ahora bien, en mi opinión, una transformación de este calibre sin la acción política se me antoja imposible, porque las proposiciones de Gomá se orientan a la superestructura social, aunque, es verdad, su propuesta civilizadora no puede ponerse en marcha a golpe de legislación a través de un partido político o de una coalición de partidos porque, en ese caso, la propia acción sería contraria a la naturaleza y a  los valores que la inspiran, y porque el alcance del proyecto no se circunscribe a un país, sino que es universal.

Sin embargo, no toda acción política es ni debe ser parlamentaria o sometida a la lógica electoral. Existen otras fórmulas para incidir eficazmente en la vida política y generar cambios culturales, morales y éticos en amplios sectores sociales hasta lograr que un proyecto de estas características se convierta en hegemónico. Pero ¿existe alguna fórmula que contemple y posibilite la organización de personas en torno a un proyecto regenerador de vocación hegemónica y universal? ¿Cómo aglutinar entorno a esa organización a personas con la voluntad y la disposición a invertir una gran cantidad de energía en ese proyecto?

El drama de Calvacante

La disputa por los medios de producción, la propiedad, la explotación del hombre, la redistribución de la riqueza, la lucha por la igualdad y la justicia social han propiciado a lo largo de la historia la movilización de hombres y mujeres que reclamaban dignidad para sus vidas. Esas causas y no otras han provocado las transformaciones sociales más profundas que han jalonado la historia del progreso social de la mano de pensadores que supieron avanzar el futuro superando el pasado observando muy de cerca el presente. Sin embargo, ese pensamiento transformador no se materializó en cambios reales y concretos hasta que no se produjeron grandes movilizaciones.

Entonces, ¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? Antonio Gramsci, en sus “Cuadernos” explica el drama de Calvacante di Cavalcanti, un filósofo medieval, epicúreo y racionalista, al que Dante ubica en el infierno de la Divina Comedia, cuyo tormento consiste en ver el pasado y también el porvenir, pero no el presente, de manera que puede disfrutar de la visión de su hijo Guido en el pasado y ver su cadáver en el porvenir, pero ¿Y en el presente? ¿Guido está muerto o está vivo? Esa es su obsesión, el pensamiento que le domina. Gramsci recensiona este momento del Infierno como reflexión literaria. Sin embargo, yo creo que el pasaje contiene el drama de todo filósofo, capaz de construir arquitecturas proyectadas hacia el futuro, fundamentadas en la tradición pasada, pero incapaces de materializarlas en el presente en el que se han fraguado. Cuando Calvacante le pregunta a Dante, angustiado, si su hijo está vivo, éste le responde mediante el verbo en pretérito “hubo”. Ya no son necesarias más preguntas. Finalmente, Calvacante desaparece en el área de fuego.

En la realidad material en la que existimos necesitamos actuar en el presente, porque somos finitos y pronto desapareceremos. Actuar no significa impacientarnos. Actuar, en nuestro presente, significa iniciar el camino hacia un horizonte diferente. Nosotros nos disolveremos en el área de fuego, probablemente en el infierno, pero conscientes de que formamos parte de algo que nos trasciende como seres individuales y finitos. Quizás, si iniciásemos ese camino, dentro de unos años alguien como Ángel se levantará de su sillón directivo y con alegría sorprendida, emocionado y nostálgico, le dará un abrazo a su antiguo compañero de pupitre después de veinte años sin verle. Tras la jornada, de vuelta al hogar, Ángel hablará con su hijo y le explicará que no está bien aprovecharse del esfuerzo de otros y que no se debe mentir. Estos hechos no se producirán gracias a DEVS, en el espacio de un universo paralelo. Así será si queremos que así sea.

* Ingenuidad aprendida Javier Gomá. Galaxia Gutemberg (2010)

**Antonio Gramsci. Antología, a cargo de Manuel Sacristán. Ed. Akal. (2013)

***Dignidad. Javier Gomá. Galaxia Guttemberg (2019)


domingo, 17 de mayo de 2020

Luz en la pandemia (III)


En estos días de confinamiento, desde mi balcón, veo caer la tarde con un interés especial. Contemplo tranquilo y sin prisas la decadencia progresiva de la luz intentando desentrañar cada uno de los cambios insignificantes  que van encajándose  como si fueran finísimos eslabones de una hermosa leontina, formando así  el extraordinario espectáculo del proceso cotidiano del día  hacia las sombras.

Segundo a segundo el sol establece la marca rectilínea de una frontera móvil que avanza como lengua de  glaciar sin que apenas podamos percibirlo más que con nuestra obstinada atención. Esa linde entre la luz y el umbral de la noche se va ampliando hasta cobijar en una única umbría tejados, árboles, calles y toda criatura que en esos momentos críticos  acepta sin rechistar la ley inapelable de los astros.

Durante esta asombrosa transformación, y a pesar del momento excepcional, en estos días de primavera no es difícil relajar el celo en la contemplación de la pugna de la luz derrotada frente a las sombra, porque coincide con la aparición de decenas de golondrinas que surgen sin aviso de los velos invisibles del aire invadiendo el espacio detenido con su vuelo de delfín, siempre inquietas, enérgicas, ágiles y bulliciosas.

Y es que el espectáculo que ofrecen estas criaturas es difícilmente comparable a cualquier otro evento que sobrevenga con la mala fortuna de su coincidencia. Por eso, cuando quise reparar, el sol ya se había puesto y no pude consignar el instante de la delgadísima línea púrpura alumbrando el horizonte, porque no podía apartar la mirada de los trazos fugaces, de las diagonales imposible y de los requiebros audaces de decenas de golondrinas que se habían convocado en formidable algarabía de trisares y gorjeos.

Yo podría permanecer horas contemplándolas porque su presencia ilumina mis esperanzas y me ayuda a despejar  cualquier preocupación.  No en vano, la golondrina ha sido a lo largo de la historia una gran aliada de los hombres. Es símbolo de lealtad y de fidelidad, porque las golondrinas encuentran su pareja y conviven con ella toda la vida. Su comparecencia es señal marinera de la proximidad del hogar, signo de abrigo firme tras meses interminables de  hostilidad oceánica.

Según afirman los hombres de la mar, la golondrina  es también  el alma del  ahogado que emerge de las aguas para reposar eternamente entre los vientos de popa. La golondrinas son la manifestación deseada del final de las dificultades, el tótem o el premio que inviste a quien se le revela de amor infinito, promesa de éxito y fe de  victoria frente a las contrariedades.

Se lo he explicado a los míos, pero nadie me cree. Dicen que el confinamiento me está afectando y que debería entretenerme con otra cosa que no sean libros, que me va a pasar como a Don Quijote y que Netflix es una excelente alternativa, o incluso que aprenda a hacer bizcochos, pero no puedo negar la verdad, y por eso la escribo. Al menos quedará constancia de lo sucedido:

Mientras gozaba de la excepcional representación de la naturaleza en el centro urbano de mi ciudad, de entre todas las que revoloteaban, una golondrina vino a posarse en la barandilla de mi balcón. Tan solo permaneció a un metro de mí durante unos segundos, pero esos instantes me  parecieron una eternidad porque miró hacia la izquierda y poco después hacia el lado contrario, hasta que advertí que mantenía ostensiblemente la atención de su interés como si me escrutase  examinando detenidamente mi actitud, como si barajase la posibilidad de hacerme entrega de alguna de las benéficas virtudes que contiene la naturaleza de su leyenda,  apadrinando mi vida ya para siempre, como el oso cavernario transfiere su fuerza al chamán, como el águila real transmite su espíritu libre al guerrero.

Este asombroso acontecimiento ha supuesto el detonante gracias al cual voy a perder  lo poco que quedaba de  mi credibilidad. Podría silenciarlo, reprimirlo, guardarlo dentro de mí, pero necesito compartirlo por si algún alma caritativa, condescendiente y comprensiva, se apiada y decide darme unos golpecitos en la espalda, como el psiquiatra que apacigua el alma turbulenta  a su paciente.

Si alguien ha honorado a las golondrinas ese ha sido, sin duda alguna, el gran Gustavo Adolfo Bécquer. ¿Quién no conoce la rima cincuenta y tres? Muchos podrían recitar de memoria esos versos desesperanzados, maravillosos, de palabras sencillas y musicalidad prodigiosa que han pasado a formar parte de nuestro patrimonio colectivo porque es un cántico que nos pertenece a todos;  un cántico en ocasiones denostado por la ignorancia  de aquellos sabihondos a la violeta que dicen estar de vuelta de todo, pero que en realidad no han ido jamás a ningún sitio.

Esos mismos que se pavonean de lo nuevo y desprecian la obra de Bécquer tachándola de poesía adolescente probablemente no habrán leído ni mucho ni poco de los ochenta y ocho rimas que reescribió de memoria, cuidadosamente, en una libreta de contabilidad rayada después de que saqueasen la casa de su protector donde custodiaba sus manuscritos. La libreta fue hallada en 1914 por el hispanista  Franz Schneideren en un rincón oscuro de los archivos de la Biblioteca Nacional.

El mismo Bécquer tituló la libreta como “Libro de los gorriones, colección de argumentos, ideas y planes de cosas diferentes que se concluirán o no según sople el viento”.  

Según sople el viento, dejándose llevar, navegando el aire, como las golondrinas. Al poco, el viento movió la veleta de la muerte. La tuberculosis se lo llevó dos años después.

Estoy convencido de que en estos tiempos de dolor colectivo la golondrina de mi balcón me devolvió a los versos de Bécquer. Y me han redimido, porque su poesía es luminosa. La luz  becqueriana es  "alta luna” “luz tibia y serena”. Sus poemas son sentimiento sin artificio.

Machado dijo de su paisano que “ es el ángel de la verdadera poesía”,  arraigada en lo profundo del cantar popular, honda como la expresión verdadera del pueblo, que expresa la “palabra esencial en el tiempo” sin decir más de lo necesario, intensamente, y en ocasiones desesperada y dramáticamente.

La rima XXVI es toda una declaración de su poética

Tu sabes y yo sé que en esta vida,

con genio es muy contado el que escribe,

y con oro cualquiera hace poesía

 

Y es que los versos que salvó Bécquer en el  “Libro de los gorriones” son luminosos y  nos llegan como

hilo de luz que en haces

los pensamientos ata;

sol que las nubes rompe

y toca en el cenit.”

 

A veces la luminosidad  de sus palabras nos coloca en nuestro justo lugar; nos recuerda qué somos y quiénes somos  porque

yo soy un sueño, un imposible,

vano fantasma de niebla y luz.”…

 

A pesar de todo

mientras las ondas de la luz al beso

palpiten encendidas :

mientras el sol las desgarradas nubes

de fuego y oro vista.”

siempre hallaremos luz en el camino.

 

El  poderío poético de Bécquer llega a enfrentar la metáfora manriqueña del río y de la vida para transformarla y proponernos -nuevamente sirviéndose de  la luz- que

al brillar el relámpago nacemos,

y aún dura fulgor cuando morimos

¡tan corto es el vivir!.”

 

( Jorge Luis Borges, que lo leyó casi todo, creo que murió sin conocer estos versos. De ser así hubiese destronado con su juicio la grandiosa creación de  Manrique y hubiese elevado a categoría de metáfora fundamental la del brillante Bécquer.)

 

Y ahora, en este preciso instante, cuando ya la oscuridad me impide leer y escribir,  reparo en que he escrito todo esto porque

expiraba la luz y en mis balcones

reía el sol.”

 

Porque

dejé la luz a un lado

 y en el borde de la revuelta cama senté,

mudo sombrío, la pupila inmóvil

clavada en la pared”.

 

Sin embargo

¿Quién, en fin, al otro día,

cuando el sol vuelva a brillar,

de que pase por el mundo,

quién se acordará?.”

 

Por el momento, en este atardecer contagioso  en el que

tengo alegre la tristeza y triste el vino.”

una golondrina ha venido a posarse en mi balcón. De modo que entro en casa con la esperanza de  despertar mañana y cantar

 “¡Qué hermoso es ver el día

coronado de fuego levantarse,

y a su beso de lumbre

brillar las olas y encenderse el aire!

 

 Porque, en definitiva

la brilladora lumbre es la alegría;

la temerosa sombra es el pesar.”

 

No lo duden, nos lo dijo Bécquer:

mientras haya esperanza y recuerdos

 ¡habrá poesía!


y por supuesto, también a la inversa.



*Todos los versos que aparecen en este texto pertenecen
a "Rimas" de Gustavo Adolfo Bécquer, en edición de José Luis
Cano para la Editorial Cátedra (1982)


Luz en la pandemia (I)

Luz en la pandemia (II)