jueves, 17 de septiembre de 2026

Con mis ojos llenos de mar

 A Luis y a Víctor, ellos saben por qué

Llevé a la vieja Castilla mis ojos llenos de mar. No es sencillo observar la historia cuando la mirada se acostumbra a la ausencia de límites. He respirado a diario, durante semanas, el salitre que llega a la orilla con el vaivén de las olas. Cada año que pasa la brisa es más exigua, menos generosa, apenas me besa por compromiso, sin voluntad de atenuar o cancelar la tortura del calor sofocante, el bochorno perpetuo que nos ha invadido y que amenaza con persistir hasta vencer y expulsarnos.

El único momento de sosiego, el único modo de alivio junto al Mediterráneo de Agosto consiste en mirar al horizonte y navegar con los ojos sobre la gran extensión azul porque de ese modo la intensidad fría del color bajo el sol radiante ocupa tanto la piel como el espíritu, de manera que la sensación de ahogo desaparece, el cuerpo cree revitalizarse,  y ya ni siquiera somos conscientes del sudor que resbala desde la nuca hacia la espalda bronceada, desde la garganta sedienta deslizándose sobre el pecho, porque más allá de la línea del infinito sabemos que hay una puerta abierta de la que proviene el Céfiro, eterno benefactor.

El día que partí desde la orilla del mar hacia la milenaria cabeza de la Extremadura las temperaturas nos habían dado un respiro. La naturaleza, consciente y harta ya de nuestra falta de respeto, ha decidido actuar, en justa venganza, como los viejos expertos torturadores: nos somete a lo que parece el límite de nuestro aguante y cuando ya nos ve atemorizados, subyugados, vulnerables en extremo, debilitados, sin capacidad de resistencia, nos concede unas pocas horas de alivio, unos pocos días de aparente normalidad, lo cual nos permite apreciar el añorado frescor del aire, incluso aspaventar en el primer chapuzón mañanero a causa del frío olvidado del agua. Y vuelta a empezar.

Por eso, más que un viaje, de algún modo tenía la sensación que se trataba de una huida, algo parecido a la búsqueda ancestral del lugar más adecuado donde establecer de nuevo a la tribu. Me empeñé en creer que yo era la vanguardia exploradora de tierras ignotas, lejanos lugares desconocidos donde sedentarizar la prole y garantizar su futuro a salvo de la inclemencia ya insoportable de un Mediterráneo hirviente, imposible, preglacial.

Pero me engañaba a mí mismo, porque poco después de cruzar esa frontera geográfica, emocional y evocadora, que al mismo tiempo supone para mí el pico del Moncayo, ya sabía -recordé- que en realidad me dirigía hacia el territorio más viejo de España. A partir de ahí el cielo pierde la tonalidad lechosa que impone la canícula permanente desde Barcelona hasta pasado Aragón. Y es que en Tarazona empiezan a aparecer las nubes blancas, dibujos de niño voluminosos y orondos como barrigón de obispo, a las que les resulta indiferente la temperatura, porque ese es su cielo desde siempre. En ese punto yo soy consciente del viaje, de que supone algo más que un mero traslado y sé que voy hacia y que ya estoy en otro lugar del mundo, de la historia y de mi propia vida.

La historia que no vivimos

Nuestro pasado nos avergüenza. Nos han convencido de que la historia ajena es ejemplar y la propia deleznable. Algunos pretenden -y lo consiguen- explicarnos el ayer con mentiras, falsedades y manipulaciones que produzcan y engorden en nuestra ingenuidad sus fortunas, que preserven a través de nuestra cómplice credulidad sus privilegios. Y ni una cosa ni otra.

Nuestro antaño es tan virtuoso, o cruel y vergonzoso, como cualquier otro. No hay historia sin sangre ni traición, sin héroes ejemplares, sin grandes victorias y humillantes derrotas, sin tiranos ni valientes, sin víctimas ni verdugos, sin opresión ni liberación, sin periodos de orgullo ni décadas ignominiosas. Luces y sombras se proyectan indiscriminadamente sobre el mundo entero.

La historia no la vivimos nosotros; fueron los que ya murieron quienes la habitaron. Nosotros sólo somos su consecuencia y al mismo tiempo, como ellos, también la causa de un futuro porvenir. Somos responsable de lo que vendrá, pero no de lo que sucedió, para bien y para mal, si es que así podemos interpretar el pasado desde el futuro de quienes lo protagonizaron.

En lo alto de un risco de la vieja Castilla soriana se precipitan al vacío de su muralla arruinada las últimas piedras del Castillo de Calatañazor como si fuesen minutos de tiempo, como granos que se desprenden desde la gorguera hacia la ampolla inferior de un reloj de arena. El viajero llega allí tras circular admirado por la carretera que atraviesa el pinar albar más extenso de Europa, sorprendido a veces en algún claro por el vuelo del águila, vigilado permanentemente por el círculo de buitres que parecen custodiar el paraje.

Poco antes de llegar a Calatañazor es obligado un paseo en el magnífico sabinar que se encuentra en el término municipal de Muriel de la Fuente, el más espectacular del mundo, pues cuenta con sabinas milenarias y con los ejemplares más altos de esta especie. Algunos llegan a medir más de catorce metros.

La sabina -igual que nuestra historia- es un árbol torturado y muy útil. Debido a la gran dureza y resistencia de su madera, los carpinteros y albañiles de los pueblos castellanos las utilizaban para convertirlas en vigas maestras de sus adustas casas de piedra, resistentes al tiempo y a los hombres. De algún modo la sabina construyó Castilla, y por tanto edificó España.

Es difícil encontrar una casa antigua en los pueblos de Burgos o Soria sin una viga de sabina, porque es capaz de soportar el embate de los siglos. Al ver el tronco de este hermoso árbol nadie diría que de él puede surgir una jácena recta y firme, de ángulos perfectos, ideal para sustentar el empuje de paredes macizas levantadas a base de sillares, o el peso de un tejado y de la nieve que lo cubría durante meses, porque es extremadamente sinuoso, repleto de pliegues y arrugas debidas al clima extremo en el que vive. Creo que es ese sufrimiento, o esa fortaleza estoica, muy castellana, lo que nos provoca la admiración con que la vemos, además de su gran belleza.

A los pocos minutos de dejar el sabinar, el viajero puede divisar el peñasco sobre el que pervive el pueblo de Calatañazor recortando sobre el cielo azul del verano lo que queda de su antigua fortaleza, un castillo defensivo construido en el siglo XII justo en la frontera que marcaba la línea con el muslim, que protegía con sus murallas el pueblo que le bautiza en la época de la repoblación cristiana, de las luchas a muerte por la propiedad de las tierras de la Península entre musulmanes y cristianos tras siglos de ocupación árabe.

Calatañazor es un bello pueblo que conserva buena parte de su entramado urbano medieval, compuesto, básicamente, por una calle que lo atraviesa desde el punto más bajo del peñasco hasta lo que queda de las murallas del Castillo, formada por viviendas humildes construidas a base de adobe y madera, y algunas también de piedra. También podemos ver la iglesia de Santa Maria del Castillo, y lo que queda de las ermitas de San Juan y de la Soledad, las tres de cuna románica. No en vano, el enclave fue importante durante la época, pues llegó a acoger nueve parroquias. Actualmente cuenta en su censo con unos cuarenta habitantes.

Calatañazor es un topónimo de origen árabe. Qalat-al-nusur, castillo del azor o de los buitres, Así lo llamaban los árabes cuando habitaron el lugar, y con lógica aplastante, pues desde el punto más alto del pueblo, apoyados sobre la muralla que actúa como si fuese un gran balcón frente al llamado Valle de la sangre, podemos gozar y asombrarnos observando aves rapaces, sobre todo al majestuoso carroñero alado que planea en círculos al acecho de los restos de animales muertos.

Ese Valle que hoy regala al viajero una bella estampa rural pintada de campos de girasol, cereal, alfalfa, incluso huertos regados por el río Milanos, en el siglo XI se sembró de cadáveres de hombres que luchaban cuerpo a cuerpo, espada en mano, sintiendo el acero en sus entrañas, para establecerse y consolidar o ampliar territorio en nombre de Dios o de Alá.

Esos muertos, cuyos despojos probablemente acabaron en el pico curvado de los buitres, forman parte de la historia de España, aunque no eran conscientes de que la estaban escribiendo. Por eso, este valle hermoso sobre el que hoy planean en paz  lleva la sangre en su nombre.

Efectivamente, según cuenta la leyenda -quién sabe si quizás la historia- el año 1002 se dio en el Valle de la Sangre la célebre batalla de Calatañazor, en las que huestes cristianas derrotaron al caudillo y poderoso Abu Amir Muhammad ibn Abi Mair, más conocido como Almanzor (El victorioso), famoso político y guerrero que contaba sus batallas por triunfos durante el periodo del Califato de Córdoba. Tras ser herido gravemente y dar la plaza por perdida, huyó hacia Medinaceli, donde finalmente murió. La tradición popular acuñó el dicho de “Calatañazor, donde Almanzor perdió el tambor”.

Almanzor fue un guerrero sanguinario e inclemente con el enemigo, ya fuese soldado o campesino, hombre o mujer, niño a anciano. Saqueó, quemó, violó y degolló todo lo que se le puso por delante y actuó con saña, provocando el terror en las poblaciones que asediaba y asolaba. Sus propios hombres le temían.

El año 2002, con motivo de la celebración (¿?) del milenario de su muerte, el alcalde de Algeciras del Partido Andalucista, a la sazón Patricio González, encargó al artista Mariano Roldán esculpir la figura de tan insigne guerrero y político, gobernador de facto del Al Andalus durante el Califato de Córdoba. El homenaje en bronce, de dos metros de altura y unos cuatrocientos kilos de peso, se instaló en verano de ese mismo año en el parque Arqueológico de las Murallas Merinas, en la confluencia con la Avenida Blas Infante. Curiosa forma de conmemorar la muerte de un enemigo cruel. Algo así como imaginar en un futuro a palestinos inaugurando una escultura en homenaje a Netanyahu, legitimados gracias al argumento de que ha formado parte de su historia.

La cosa es que el consistorio escogió ese lugar por su proximidad con unos restos arqueológicos de presumible y presumido origen árabe (andalusí, se empeñan en decir), pero con los años se demostró que no eran de la época califal, lo cual sirvió de excusa para que el año 2013, el Ayuntamiento de Algeciras, en ese momento presidido por el alcalde José Ignacio Landaluce del Partido Popular, la retirase.  El PSOE y el Partido Andalusí reclaman todavía su restitución y han denunciado insistentemente el lamentable estado en el que se encuentra la obra. ¡Pobrecito Almanzor!

En Calatañazor podemos contemplar también un busto de Almanzor realizado en bronce, de autor anónimo, bajo el cual se lee el dicho popular del tambor. El poeta de la generación de 27  Gerardo Diego compuso un poema que glosa el desenlace de la batalla. No existen los políticos que leen -es otra leyenda- pero de hacerlo, temo que alguno cancele al poeta cántabro al dar con estos versos.

Azor, Calatañazor, juguete
Tu puerta, ojiva menor,
es tan estrecha, que no entra
un moro, jinete,
y a pie no cabe una flecha.
Descabalga, Almanzor.
Huye presto.
Por la barranca brava, ay,
y cómo rodaba,
juguete, el tambor

Sigo los pasos del Almanzor en retirada hacia Medinaceli herido de gravedad, donde murió poco después del verano de 1002. Todo el camino hacia su último lamento era de dominio árabe. Probablemente se detuvo a descansar en Berlanga de Duero, pues este emplazamiento formaba parte del sistema defensivo integrado por Gormaz, Atienza y Rello. Su castillo y las murallas que lo protegen son espectaculares, construidos en el siglo XII sobre la inicial fortaleza árabe.

Estamos en tierra fronteriza, en la Soria pura, cabeza de Extremadura. Recién inaugurado el segundo milenio de nuestra era, las gentes que habitaron la frontera sobrellevaban sus existencias entre razzias, incursiones, levas, esclavitud, hambrunas, enfermedad y miseria. Los hombres recibían tierras si blandían la espada; se jugaban la vida a diario. Apenas si cosechaban trigo y malvivían en chozas de adobe. Los meses invernales eran realmente duros. La vida se hacía del todo imposible y las criaturas de aquel tiempo y en aquel lugar pasaban la mayor parte del día junto al fuego.

El anacoreta y el manantial

Décadas después de la muerte de Almanzor, pocos años antes a 1060, muy cerca de Berlanga de Duero, un cristiano de los que sobrevivía en territorio islámico, es decir, un mozárabe, halló una oquedad a los pies de una pequeña colina en medio de un bosque de robles y encinas, de la que manaba constantemente un hilo de agua. Harto de muerte y de someterse al precio de la espada para poder comer, decidió habitar aquella cueva y consagrar allí a su Dios la soledad de sus días, en paz. El ermitaño resistía alimentándose de frutos del bosque. De vez en cuando algún correligionario solidario le proveía de algún saquito de trigo o de algo de carne de algún animal cazado.

Con el paso de los meses se empezó a correr el rumor sobre la propiedad curativa del agua del manantial y el anacoreta cobró cierta fama entre los mozárabes de Berlanga. A algunos no les motivaba demasiado la alternativa de la guerra permanente, y deseaban compartir con él su retiro, de manera que alguien, no se sabe quién, aunque quizás fue una determinación colectiva, decidió construir allí mismo un cenobio en el que vivir contemplando y orando a Dios y constituir en ese primitivo monasterio una primera comunidad de cenobitas.

Por aquellos años, Fernando I de León y de Castilla arrebató Berlanga a los musulmanes. Poco después volvió a perderla, hasta que hacia 1080 su hijo Alfonso VI la recuperó definitivamente para los cristianos. Ya tenemos, pues, razones más que precisas para pensar que tras la consolidación política y la integración del territorio soriano en la corona de Castilla, la nobleza decidiese financiar la construcción de una iglesia aneja al cenobio primitivo.  

Así y todo, parece ser que la primera noticia escrita que se dispone sobre la existencia de la ermita data de 1136, cuando el Concilio de Burgos decreta su asignación con resolución firmada por el rey Alfonso

El resultado es uno de los edificios religiosos más humildes, fascinantes, enigmáticos y hermosos que se pueda ver: la Iglesia de San Baudelio de Berlanga, llamada con justicia La Capilla Sixtina del arte mozárabe. Que nadie se llame a engaño tras escuchar semejante comparación. No se trata de un espacio monumental. Apenas unas pocas decenas de metros cuadrados protegidas por los tres muros del ábside -donde se encuentra el altar- los tres de la nave principal fabricados con mampostería y apoyados en sillares y la techumbre a cuatro aguas. No hay torre, no hay campanario, no busquen bóveda en el ábside, ni mucho menos una gran cúpula, y por supuesto desechen la idea de un rosetón o de un ventanal con vidriera de plomo.

Al llegar es necesario, antes que nada, viajar en el tiempo y recomponer el entorno a la imagen y semejanza de cuando era otro, e imaginar con la máxima convicción que el páramo actual adusto y extenso de tonos ocres, tierras de cereales, cardos y asperezas, en el centro del cual creció el humilde y bello edificio, en el siglo XI fue un frondoso bosque de encinas y robles que protegió y alimentó a los monjes o a los fieles que se desplazaban hasta allí desde Berlanga, Casillas o El Rello.

Un amigo me advirtió de las propiedades sensuales de su interior. Textualmente me explicó que cuando él visitó la iglesia, minutos después de hallarse en el centro del espacio, le sobrevino un orgasmo, literalmente. Así que enfrenté la entrada con gran expectación y al mismo tiempo conteniendo la respiración, por si me acometía la odiada incontinencia y experimentaba, a los pocos segundos de entrar, la temida eyaculación precoz.

La única entrada de la Iglesia de San Baudelio está enmarcada por un sencillo arco de herradura, sin adorno alguno, doblado tanto en las jambas como en su arquitectura. Desde fuera no se puede ver -ni tan siquiera intuir- nada de su interior, por lo que antes de entrar nos intimida la sensación de que nos vamos a sumergir en una oscuridad misteriosa, en la caverna de los tiempos, sin llegar a concebir, ni por asomo, lo que contemplaremos pasado un instante.

Y efectivamente, es necesario contener la respiración; casi es una exigencia fisiológica de nuestro cuerpo porque, desde preciso momento y hasta poco después de salir, el espíritu, o nuestra alma, o como quieran llamarlo, se apodera de todas y cada una de las funciones corporales, de todos y cada uno de los sentidos, de toda nuestra completa humanidad, y lo crean o no, dejamos de ser materia para convertirnos en otra cosa, y no me pidan que les diga en qué, porque no sabría explicárselo.

Así como en la Capilla Sixtina del Vaticano uno puede extasiarse bajo las pinturas de Miguel Ángel y admirar en toda su grandeza la capacidad del ser humano para crear belleza, la experiencia en San Baudelio es otra muy diferente. Su interior hechiza, en el más preciso significado de la palabra; el color y las formas primitivas, esenciales, simbólicas, alegóricas, iluminadas apenas por la penumbra que los ensalza desde la luz que atraviesa la puerta y el estrecho ventanal del altar produce una experiencia entre mística y sumamente placentera. No me extraña nada que mi amigo llegase a alcanzar el éxtasis, en su más concreta acepción.

La pequeña sala hipóstila, construida como si se tratase de una mezquita en miniatura, invita a imaginar los rostros de los cenobitas mal iluminados por sencillas lámparas de aceite cantando, proyectando sus sombras sobre las paredes, decoradas tan profusamente como si le temiesen al vacío con escenas bíblicas y extraños animales tanto propios de los bosques y tierras castellanas, como del África Subsahariana, la cuna de sus antepasados.

Si el visitante entra virgen en San Baudelio, tiene las de ganar. Quiero decir que lo mejor es desconocer los detalles arquitectónicos y artísticos de esta joya de la humanidad, a la que, por cierto, la UNESCO todavía no le ha concedido su gracia, porque la experiencia se convierte en un regalo compuesto de innumerables sorpresas. Por eso prefiero evocar mi visita con mis ojos llenos de mar.

La palmera

Aun así, no me resisto a avanzar que, una vez repuesto de la primera impresión, caí en la cuenta de la columna que se yergue justo en el centro de la nave principal, la célebre palmera de San Baudelio. Decorada con infinidad de puntos rojos que imita el tronco del árbol, se eleva en el espacio unos cinco metros, fuerte, consistente y bella, para sostener con gracia única todo el edificio, porque al final se derrama en ocho arcos a modo de palmas, bellamente policromadas, que son las que soportan la cubierta. Sobre las nervaduras de los arcos, se abre el hueco de una linterna sostenida por una pequeña cúpula, apenas perceptible, por la que se cuela la luz del día, creando un efecto mágico.

La singular belleza y versatilidad arquitectónica de la palmera de San Baudelio ha generado, además de admiración unánime, gran cantidad de estudios sobre su significado y origen. El estudioso Agustín Escolano Benito, catedrático de la Universidad de Valladolid, ofrece algunas  interpretaciones al respecto: nexo entre lo celeste y lo terrenal, cordón umbilical que une lo divino con lo profano, un sencillo capricho estético, árbol sagrado tanto en la Biblia como en el Corán, que alberga un oasis interior, una parada obligada en el arduo caminar de la vida, el símbolo del Edén sagrado junto a un humilde manantial.

Escolano indica que la palmera aparece recurrentemente en los Beatos medievales y que el “viejo árbol místico era la mejor metáfora que un arquitecto podía utilizar para representar el cruce de culturas que en aquel reducido ámbito de espiritualidad había tenido lugar a partir del año mil. El espacio que se configura bajo la palmera albergaba las huellas de todo un programa iconográfico, de una plástica narrativa que apenas dejaba un hueco sin cumplimentar

El poeta Gerardo Diego, quien también visitó la Iglesia, le dedicó a su palmera un soneto, del que transcribo el primer cuarteto

Toda la luz se ha vuelto disciplina
y arquitectura un sueño de palmera
Sueña que una tienda de frontera
abre su alma a proporción divina

El expolio

No todo lo que versa sobre San Baudelio de Berlanga  es incienso y mirra. La iglesia sufrió el expolio, la ignominia y la ignorancia durante el siglo XIX y XX. A pesar de que fue declarada de interés nacional en 1917, la mayor parte de lo que vemos hoy día sobre sus muros es la huella que dejaron las originales, extraídos impunemente por León Levi y Gabriel Derepee, dos anticuarios norteamericanos que las extrajeron de los muros llevándoselas a New York, Boston, Indianápolis y Cincinnati el año 1925 por 65.000 pesetas. Fueron vendidas por los vecinos de Casillas, término municipal en el que se encuentra la Iglesia, quienes la utilizaron durante todo el siglo XIX como tenada de ovejas.

Se abrió incluso juicio interpuesto por el Estado, que perdió contra los anticuarios y los propios vecinos, personados como parte de la causa. Tres décadas después el Museo del Prado recuperó algunas, pero la gran mayoría reposan el sueño de los justos en los museos estadounidenses. Para quien desee conocer los detalles de esta triste historia, Agustín Escolano nos los ofrece prolijamente, con pelos y señales, en su guía de San Baudelio de Berlanga, de Necodisne ediciones.

La jarcha y los buitres

Me costó dejar San Baudelio. Quería estar más tiempo. Se me pasó por la cabeza, incluso, esconderme en un rincón, entre los pequeños arcos de herradura que forman la recoleta imitación de mezquita y esperar a que cerrasen para disfrutar del espacio en soledad. Así podría hacerme una idea aproximada de la sensación que debieron vivir a diario aquellos primigenios cenobitas, fundadores del primer monasterio, o los feligreses que se llegaban a compartir ritos y rezos entonando clandestinamente, protegidos por el aislamiento, cantos visigóticos y mozárabes, salmos y antífonas, el sacrificium, el misterioso Sancta Sanctis, prohibidos y perseguidos por el Concilio de Burgos. Me da por imaginar también que de vez en cuando se colaría alguna jarcha.

¡Ay mamma, mew al-habibi
brayse ya no m'esnarade!
Por qéfaré, mamma,
¿in debyano d'este male? *

Este es el resultado de lo que ocurre cuando se llega desde el mar a la historia de Castilla, a la historia de España, que uno no atiende a los límites. Ya de vuelta a mi cuartel general, en la Sierra de la Demanda, conduje hacia el Cañón del Rio Lobos y decidí detenerme en el mirador de la Galiana. Atardecía y hacía frío. Apenas había luz y me hallaba completamente solo admirando desde esa espléndida atalaya la inmensidad y la magnificencia de la naturaleza en toda su plenitud. “Moriremos, todos moriremos, y probablemente un día la humanidad desaparezca de la Tierra, pero esto pervivirá para siempre, esta es la eternidad” recuerdo que pensé.

Cuando ya iba a partir invitado por el viento helado del Norte, un gran buitre me sobrevoló muy cerca, a escasos metros de mi cabeza. A los pocos segundos, llegaron cuatro más. Formados en círculo, me examinaron detenidamente, uno tras otro. Pude maravillarme con todo detalle de la elegancia al bailar el viento, sobrecogerme ante la envergadura de sus alas, fascinarme con su bello plumaje. Aguanté impertérrito unos instantes, sin moverme en absoluto, intentando alargar al máximo su visita, pero no tardaron demasiado en dejarme para volver a surcar el abismo verde del cañón. Probablemente se dieron cuenta de que estaba vivo, muy vivo.

 

*Ay madre, mi amado
se va y ya no me besará!
¿Qué haré, madre,
si no me libero de este mal?

martes, 21 de julio de 2026

Mí(s)tica autopista

 

La autopista AP7 es nuestro estrecho de Ormuz. Cualquier Fu Manchú malintencionado que desee paralizar, literalmente, la vida de los españoles, sólo tiene que destruir unos pocos metros de asfalto de esta vía entre Gerona y Tarragona sin utilizar para ello medios demasiado sofisticados. Destruir es fácil. Sólo necesitamos voluntad.

Según el Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible, por la AP7 circulan a diario más veinte mil camiones que transportan cerca de medio millón de toneladas de materiales y productos que exportamos a Europa y que consumimos en España. Si por alguna razón esa vía quedase inutilizada, en tres días se produciría el colapso de la economía y de la vida cotidiana en España y Europa, que, por ejemplo, sería víctima del desabastecimiento inmediato de productos frescos.

Las pérdidas iniciales para el conjunto de la economía serían de más de cuatrocientos millones de euros. Más de sesenta mil camiones quedarían atrapados. La cadena de suministro industrial se detendría y las fábricas dejarían de producir. Igual que el agua, que siempre encuentra una fisura por donde fluir, los transportistas utilizarían vías alternativas para sortear el bloqueo, y probablemente volverían a la N-340, a la Nacional II, a la A7o a la A2, que abandonaron cuando se eliminaron los peajes de la AP7. Desde entonces, el número de vehículos pesados que circulan por la AP7 ha crecido en un 70%

Estas carreteras alternativas entrarían en colapso inmediato a las pocas horas, afectando con ello al tráfico local de cada una de las zonas, comarcas o municipios de su trazado.  De modo que centenares de miles de trabajadores quedarían totalmente bloqueados y no podrían llegar a sus lugares de trabajo. Alguien podría pensar en el tren como alternativa a ese hipotético suceso, pero la verdad es que en España el ferrocarril apenas absorbe el 4% del transporte de mercancías y actualmente no está en condiciones de hacerse cargo de medio millón de toneladas diarias.

Circular en las inmediaciones de Barcelona por la AP7 supone vivir una intensa experiencia poética. Yo suelo hacerlo. Además de constituirse en una vía tan estratégica como vulnerable, personalmente le profeso cierto apego, algo así como una de esas relaciones tempestuosamente apasionadas en las que el amor se confunde con el odio, o viceversa.

Hace algunos años fui digno receptor de la gracia mística automovilística en las proximidades del peaje de Martorell, pues era causa de embotellamientos históricos en los que, a base de acopiar paciencia infinita, uno podía llegar a experimentar levitaciones incipientes, un conocimiento profundo de la conciencia y en el caso de ir acompañado con los niños, la voluntad inquebrantable de reprimir el instinto asesino.

Ahora que somos libres y circulamos sin pagar, el embotellamiento en dirección sur se produce entre Martorell y Sant Sadurní de Noia debido a la pendiente de unos diez kilómetros en la que la mitad de los camiones bloquean el carril central para adelantar a la otra mitad que, por la razón que sea, son más lentos, lo cual produce el movimiento de todos los turismos hacia el tercer carril y el consecuente atasco.

En dirección Norte, vivo sin vivir en mí sobre todo los fines de semana y fiestas de guardar, pues poco antes de llegar a Vilafranca del Penedès la autoridad de tráfico dispuso, hace ya años, la entrada provisional a un cuarto carril, que habitualmente es el tercer en sentido sur, pero que se habilita excepcionalmente, sobre todo en verano, para circular en sentido norte mediante los preceptivos conos de listas anaranjadas, con el objetivo de desahogar vehículos y mejorar la fluidez. 

El efecto, sin embargo, es el contrario, pues el acceso se encuentra en el carril rápido, con lo cual, los vehículos que desean incorporare tiene que frenar forzosamente hasta, como mínimo, los 80km/h, cosa que produce frenadas a los que circulan a 130km/h,  y el inevitable y conocido efecto acordeón, que causa la subsiguiente retención.

A menudo, cuando ya la mística resulta inútil, nada me libra del desespero y ni la música The Waterboys mitiga el tedio, acudo a mi admirado Julio Cortázar evocando interiormente el cuento “La autopista hacia el Sur”, publicado en 1966 en su libro “Todos los fuegos el fuego”.

El genial escritor argentino plantea un embotellamiento en la carretera de Fonteneblau a París, que se prolonga durante meses, convirtiendo la vía en un microcosmos en el que las criaturas que lo habitan, nombradas con la marca y modelo de sus vehículos, deben organizarse para poder sobrevivir en una circunstancia de inmovilidad, sin más horizonte que el vehículo inmediatamente anterior en una única dirección, que es la que la carretera indica.

Cortázar explota al máximo esa situación en la que se llegan a producir nacimientos, enamoramientos, hambre, frío, enfermedades, o incluso la muerte natural. “La Autopista hacia el Sur” deviene así en una gran metáfora de la existencia, en la que todo es pasajero y vulnerable, en la que se constata que, a menudo, la vida de los seres humanos está condicionada por factores o circunstancias sobre los que los humanos no tenemos poder.

Lo cierto es que durante el tiempo en el que padecemos el atasco, el paisaje humano que nos rodea es el mismo durante el tiempo en el que permanecemos parados, o incluso durante los kilómetros en los que la caravana avanza a paso de tortuga. Siempre son las mismas caras, contaminadas por el mismo hastío. Es decir, compartimos aburrimiento, apatía, impaciencias y agobios.

A veces me entretengo y me imagino las vidas de mis vecinos de congestión en la AP7, o incluso intento leer los labios de quienes todavía sacan fuerzas de flaqueza y conservan el humor y la voluntad de hablarse, de contarse algo dentro del coche. Se preguntan la hora, si lo han pasado bien en el lugar de donde vienen, si lo pasarán mal al lugar donde se dirigen con desgana, y casi por compromiso; si el niño se ha dormido o si al llegar a casa estará todavía abierta la tienda asiática en la que poder comprar pan.

En ocasiones he visto besos, besos exclusivos de la AP7, besos de afecto, besos compasivos, besos de pasar el tiempo, besos en la mejilla, algún que otro beso de amor que aspira a algo más, al escarceo y a la caricia, pero se queda en beso reprimido, porque se siente observado y no encuentra más salida que la expectativa de la llegada, y para entonces, quién sabe cómo será la vida...

En todas las retenciones, siempre hay algún otro conductor que nos mira fijamente, y al que nosotros también miramos. Se produce entonces un interrogatorio recíproco a través de las ventanillas en el que ninguno de los dos ni pregunta ni responde, porque en realidad se trata de un intento de reconocimiento mudo, tan sólo visual, a través del cual nos identificamos como víctimas de la misma eventualidad, pero al mismo tiempo nos invocamos sobre quiénes somos, a qué nos dedicamos, ¿me ayudarías si te necesitase? ¿Y tu, lo harías? ¿nos intercambiamos el coche, a ver qué ocurre? Tu conduces el mío y yo conduzco el tuyo. ¿Y los niños? Serían míos. ¿Y mi pareja? Sería mi pareja. Hum, no sé… Mira, atento, ya parece que arrancamos...

Y ya nunca los vuelves a ver, ni en otro atasco, ni en ningún otro lugar, porque aunque los vieses sólo podrías reconocerles detectando el recuerdo de esa expresión fatigada, la mirada pesada, el dedo aburrido hurgando en las fosas nasales, la mano en el mentón, el sueño, o la posibilidad de otra vida, en otro coche. Aunque, quién sabe: quizás sí, quizás ese gesto rendido no sea exclusivo de la AP7 y entonces, por error o equivalencia, interrogarías del mismo modo a muchos hombres y mujeres con los que coincides a lo largo del día, de los que ni sabes nada ni nada sabrás.

Cabe señalar que los atascos de la AP7 se producen debido a su propia naturaleza. Quiero decir que la carretera es así; sufre de retención crónica producida por un exceso de vehículos. Sin embargo, esa dolencia puede convertirse en trombo si además de su condición enfermiza se añade la contingencia de los accidentes, por otra parte muy habituales. Es la embolia o ictus del tránsito. En esa circunstancia de captura, secuestro o retención apesietera (que he vivido en más ocasiones de las que me gustaría) he optado por aprovechar el tiempo entrenando mi poder psicoquinésico.

Cierro los ojos, bajo la cabeza y tras unos segundos concienciándome con toda la fuerza de mi voluntad de que soy poderoso y capaz, alzo mi rostro transformado, abro los ojos rebosantes de energía,  miro con decisión férrea al frente y espero a que mi Toyota levite, se eleve entre los mortales, y sobrevuele liviano cual águila planeando una corriente convectiva  la gran caravana de coches capturados en la AP7 hasta llegar de ese modo a mi destino, en un aterrizaje suave, sano y salvo, ufano y orgulloso de mis capacidades, feliz de haber sorteado tamaño infierno con solvencia y sin demasiado esfuerzo.

Pero he aquí que algo no sale del todo bien, porque en el momento en que abro los ojos tras concentrar toda la energía de que soy capaz en lo profundo de mi mente, me percato de que  mi vehículo no se mueve, pero el que se encuentra justo delante del mío experimenta un extraño temblor en la carrocería, una especie de vibración inexplicable.

A los pocos segundos le ocurre lo mismo a la furgoneta que se encuentra a mi derecha, después al híbrido de mi izquierda, y así, hacia delante y hacia detrás, como si de una corriente se tratase, en un contagio mágico y progresivo el espasmo automovilístico se generaliza causando la alarma de todos los conductores, que se miran entre ellos, preguntándose, desconcertados, qué es lo que está pasando.

Entonces, suavemente, los coches empiezan a elevarse unos pocos centímetros. Hay quien intenta abrir la puerta y escapar, pero se da cuenta de que puede ser peligroso, porque progresivamente la elevación aumenta, tanto en número de vehículos como en altura, de manera que transcurrido un minuto desde la orden errónea de mi mente, prácticamente todos los automóviles que se encuentran atrapados en las inmediaciones de Vilafranca del Penedès levitan desde el asfalto una altura de entre cuatro y cinco metros. Es el momento culminante.

Me estremezco  observando la imagen poderosa, sugerente y bella de kilómetros de autopista cubiertos por una masa infinita compuesta por miles de coches, miles de  camiones con todo su tonelaje, que permanecen suspendidos en el aire igual que Numayos en Ulises 31, o mejor todavía, como si fuesen el pueblo flotante de Castroforte del Baralla, que se desprendió de Galicia , elevándose hacia el cielo, por obra y gracia de Gonzalo Torrente Ballester en “La saga/fuga de JB”

Es el momento de aprovechar la oportunidad. Mi coche sigue en tierra. No tengo más que desplazar la palanca de cambio hacia la D, presionar el acelerador y salir a toda velocidad siguiendo hacia el norte el trazado de la AP7, libre de vehículos, que se mantienen en el aire, unos juntos a otros, formando una estructura compacta como si se tratase de un insospechado toldo que me procura la sombra contra el sol inclemente durante todo mi trayecto.

Lo cierto es que, en honor a la verdad, la visión desde tierra es aterradora, porque desde mi perspectiva lo que veo es la panza sucia de los coches, sus bajos, una amalgama de tuberías y escapes negruzcos que conforman en esa unión elevada una especie de cielo oscuro pintado por el siniestro Giger.

Sea como fuere, no puede dejar que semejante visión me acoquine, de manera que aprieto a fondo el acelerador y llego a alcanzar los 200 km/h, porque de repente he caído en la cuenta de que no sé cuánto tiempo perdurarán los efectos de mi poder psicoquinésico.

Malo sería que la vuelta a la normalidad sobreviniese antes de llegar, como mínimo, a las inmediaciones de la Universidad Autónoma. Creo que a partir de allí podría considerarme a salvo.  Pero ¿Y si se consolidase la situación actual? ¿Y si ya, para siempre esos vehículos permanecen en levitación? ¿Cómo socorrerán a los ocupantes? ¿Alguien sabrá que fui yo quien causó el fenómeno? ¿Si me detienen, creerán que no lo hice a posta, que todo se debe a un error causado por mi falta de práctica en las artes telequinésicas? ¿O quizás culparán de lo sucedido a Oscar Puente y Salvador Illa y entonces sí, lo que caerá será el gobierno?

Parece que nos ponemos en marcha. Tengo la sensación de que el conductor de la furgoneta que empieza a avanzar a mi derecha me está observando. Sí. Me mira de un modo extraño, como si quisiese preguntarme algo.  El híbrido de mi izquierda lanza la enésima colilla por la ventanilla, se acoda con gesto de fastidio, pone primera y poco a poco va progresando, hasta que ya, cuando el tráfico fluye con normalidad, le pierdo de vista. Conecto de nuevo la música. Suenan otra vez The Waterboys. “This is the sea” es mi canción favorita. There was a river, this is the sea.  Estoy seguro que Mike Scott la compuso sin leer a Jorge Manrique. De hecho, no debe saber quién fue. Si todo va bien, en poco llegaré a mi destino. Siempre llegamos

lunes, 22 de junio de 2026

Golpe de Estado Judicial

 


A quien caminaba con las rodillas juntas y los pies separados los antiguos romanos les llamaban varus. De ahí el término pasó a ser varicus. Cuando alguien andaba de esa guisa, con los pies separados en forma de equis o las piernas arqueadas, como John Wayne y Michael Cane,  o Clit Eastwood y Charles Chaplin, entonces se decía de ellos que praevaricari, es decir, que se torcían al andar y que les era imposible mantener la línea recta en el paso.

Después, el término o la expresión pasó a definir en las tareas del campo el surco irregular producido por un uso del arado poco hábil. Es decir, si los romanos veían un campo arado con más curvas que la carretera de Sa colebra decían de él, y por extensión de quien lo trabajaba, que había praevaricari

El término y lo que señalaba tenía todos los números para evolucionar y convertirse en metáfora moral de todo aquel que no actuaba de modo apropiado en sus profesiones o en el ejercicio de sus funciones, de todo aquel que se salía del camino de recto.

El diccionario de la Real Academia es muy escueto al respecto. De las cuatro acepciones que recoge para el verbo prevaricar, no hay ninguna de ellas que indique que el término es específico del ámbito judicial.  Es más, indica que en su sentido coloquial prevaricar es sinónimo de desvariar.

Hay que ir a la definición del sustantivo prevaricación para advertir  un único significado relacionado con un delito cometido en el ejercicio de funciones judiciales, a saber, “Delito consistente en que una autoridad, un juez o un funcionario dicte a sabiendas una resolución injusta”

Parece ser que en la antigua Roma, la prevaricación consistía en delito cometido por el fiscal con respecto al acusado, con el que llegaba a pactar la absolución o la retirada de los cargos a cambios de un soborno. Si se les descubría, se les sometía a infamia, es decir, a la pérdida de derechos políticos, del honor y de su reputación social.

Ya en la Edad Media, según recogen el libro de Las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio, el juez sorprendido en prevaricación era desterrado, desposeído de sus bienes, inhabilitado.

En España, según he podido averiguar, existió durante siglos el llamado Juicio de Residencia, un procedimiento judicial y administrativo obligatorio gracias al cual todo funcionario público era sometido a investigación detallada cuando terminaba su mandato. Si el interfecto salía bien parado del proceso, se le ascendía; en caso contrario, se le desposeía, desterraba e inhabilitaba.

Hoy día, sólo la célebre Sala Segunda de lo penal del Tribunal Superior de Justicia – la de la famosa puerta en la rebotica, con entrada VIP para el PP- puede juzgar por caminar torcidos a los magistrados de la Audiencia Nacional o del mismo tribunal Superior de Justicia.

El dicho Tribunal Supremo define el delito de prevaricación como propio de “técnicos en derecho”, que es algo así como decir que un médico no es médico cuando comete negligencia en el ejercicio de su profesión, sino nada más que un técnico sanitario, o que un árbitro señalando como penalti un piscinazo de libro es en realidad un técnico futbolístico.

Según los artículos 446 y 447 del código penal, un “técnico en derecho” comete injusticia cuando sus resoluciones están basadas únicamente en el mero capricho, voluntad o interés personal del juzgador, rompiendo con los métodos válidos de interpretación de la ley. También, si no existe ninguna teoría, doctrina o línea jurisprudencial razonable que pueda avalar la decisión del juez, o en el caso de que la ilegalidad sea tan evidente, grosera y flagrante que resulte insostenible para cualquier “técnico en derecho”.

Según esos mismos artículos, las penas para los “técnicos en derecho” patizambos van de entre uno y cuatro años de prisión o, entre diez y veinte de inhabilitación, como le sucedió al juez Garzón, al que condenaron a once por perseguir a los empresarios y políticos corruptos de la trama Gürtel.

El comité de Derechos Humanos de la ONU denunció la imparcialidad del proceso llevado a cabo, entre otros, por los “técnicos en derecho” Marchena (protagonista del famoso watsap , en el que el diputado Cusidó, del PP, celebraba que con él controlaban la sala segunda por la puerta de atrás); Colmenero (colaborador de FAES), o Barreiro (el instructor del caso de los ERE). De modo que, según la ONU, la prevaricación más bien resultaba ser a la inversa. Prevaricaron para demostrar una prevaricación. Prevaricando, que es gerundio.

Cabe señalar que la pena máxima de prisión para un juez es de cuatro años y sólo cuando la sentencia, ejecutada o no, haya sido muy grave. 

El Consejo General del Poder Judicial no es muy transparente a este respecto. En sus anuarios estadísticos no podemos encontrar indicadores sobre los delitos de prevaricación concretos, ya que engloba a todos ellos en el epígrafe “Delitos contra la administración de justicia”

Según informe de la Organización Española Contracorrupción, a la luz de las sentencias es prácticamente imposible que un juez no sea honrado porque el 98% de las causas que se presentan contra ellos nunca llegan a juicio.  Según la judicatura, sólo un 0,00000014% de las sentencias que se dictan al año son consideradas como prevaricadoras. Esta asociación afirma que “es muchísimo más fácil que nos toque 10 veces seguidas el premio gordo de la lotería que un juez actúe de forma manifiestamente injusta en una resolución. Esto es lo que la realidad estadística nos está contando

El poder ejecutivo, legislativo y judicial y la independencia recíproca entre los tres sostienen un estado de derecho en una democracia. Si cualquiera de alguno de esos tres poderes interviene activa, torticera y contumazmente en alguno de los otros dos, de tal manera que modifique o pervierta su naturaleza afectando con ello la soberanía de los ciudadanos, se produciría la ruptura o el colapso de la democracia.

El país que sufriese ese golpe no podría seguir llamándose democrático, porque se convertiría en un país donde la prevaricación perpetrada por determinados individuos, inspirados por terceros, derogaría la voluntad popular representada en el parlamento.

Es decir, estaríamos ante una involución reaccionaria, resultado de un golpe de Estado producido por altas instancias judiciales en connivencia con determinados actores políticos. El país que experimentase tal proceso dejaría de ser democrático y se convertiría en una nación sometida al arbitrio de una cuadrilla de golpistas que atienden a intereses espurios.

Ha ocurrido en otros países, y muy recientemente. El presidente Luis Inacio Lula da Silva y la democracia brasileña fueron sus víctimas. Puede volver a ocurrir, o quizás ya esté ocurriendo, en España, por ejemplo.