sábado, 21 de enero de 2023

Una lucha de clases


Para Jon, jugador de baloncesto, artista y astronauta en ciernes.


Nuestro vestuario siempre olía a Zotal, un desinfectante fungicida que se utiliza en  grandes recintos donde se crían  vacas, cerdos, ovejas,  gallinas y todo animal comestible susceptible de estabular. Dicen sus fabricantes que elimina olores desagradables y proporciona una agradable sensación de higiene y limpieza.

A la vista de la publicidad del producto parece meritorio dar con la fórmula neutralizante de tamaña fetidez excremente. Ya me gustaría comprobar la reacción de los miembros del consejo de administración de Zotal en el interior de los vestuarios en los que a diario nos duchábamos y nos cambiábamos de ropa antes y después de cada partido o entrenamiento.

El aroma hormonado de una docena de adolescentes, sus doce pares de calcetines y su ropa interior exhalando espesos efluvios en el interior de un habitáculo de poco más de diez metros cuadrados no debe parangonarse, de ningún modo, con una cuadra donde cientos de cerdos evacúan sus heces al menos dos veces al día. No había por aquel entonces ganadero que hubiese resistido más de un cuarto de hora en nuestro vestuario humilde, pequeño, recogido, y sobre todo eficaz, pues cumplía escrupulosamente con la función de dar cobijo a decenas de equipos del colegio de frailes ubicado en un pueblo obrero del cinturón industrial barcelonés.

Allí los hongos y otras lindezas parasitarias tenían poco que hacer. Éramos pobres pero eficazmente higiénicos. En nuestro vestuario, aquella especie de gas ziclón para virus pecuarios arrasaba con toda forma de vida bacteriana, dejando un característico rastro blanquecino en el hormigón lijoso de las dos duchas que, dicho sea de paso, solía inspirar nuestra procacidad.

Yo, por aquel entonces, no sabía que un día leería a Marcel Proust, pero hoy sé que el Zotal es la infusión de mi tiempo perdido en el que lo único que ambicionaba era -por este orden- triunfar como jugador de baloncesto y que creciesen lo antes posible unas cuantas hebras más de vello en mis genitales, al menos hasta cubrir razonablemente el pubis, porque de no ser así, el apodo era inminente. Los vestuarios pueden llegar a ser lugares muy crueles.

Tampoco sabía que leería a Marx, cuyo apellido únicamente asociaba con aquel actor de bigote pintado, fumador de grandes puros  y andares extraños con el que los mayores se reían a carcajadas en el cine. De hecho,  la lucha de clases no era otra cosa que las tanganas que se organizaban en los partidillos de fútbol del patio, en los que nos enfrentábamos a muerte los cuarentaytantos energúmenos de la A contra los cuarentaytantos energúmenos de la B. En ocasiones acababan con algún que otro ojo morado, lo cual requería de vendetta, celebrada en disputada prórroga en el solar anejo al colegio llamado El Campo de los Topos, donde nos citábamos a las cinco de tarde para zurrarnos la badana.

Entrenábamos entrada la noche tres días a la semana. Los sábados o los domingos disputábamos el partido correspondiente al campeonato provincial, casi siempre al aire libre, a primerísima hora de la mañana. A diferencia de los pioneros de las generaciones anteriores que jugaban sobre tierra marcada con yeso, ya disfrutábamos de las mieles del estado del bienestar, porque solíamos competir sobre la escarcha que barnizaba una mezcla de cemento y asfalto estucado en la que nos desollábamos las piernas. Eran los tiempos de los ganchos de Clifford Luyk y los codos homicidas de Dino Meneghin

Recuerdo especialmente una temporada de mi exitosa trayectoria deportiva. No puedo concretar el año porque  aparece cubierto por un vapor espeso, tan denso, que podría empaquetarlo y almacenarlo en el espacio de la memoria donde reposan sin clasificar momentos y sensaciones que quizás ocurrieran en años diferentes.

No sé si el Teniente Coronel Tejero ya había agujereado a balazos el techo del Parlamento, si el actor Ronald Reagan dirigía el país más poderoso del mundo,  si Mark Chapman había matado a John Lennon o si Ali Agca había disparado contra el Papa. En todo caso, a mí lo que me interesaba de verdad era el cuarto puesto que la selección española de baloncesto dirigida por Antonio Díaz Miguel consiguió en las olimpiadas celebras en Moscú, boicoteadas por los EE.UU, después de enfrentarse en el último partido contra la URSS. Aquellas olimpiadas las ganaría la desaparecida Yugoslavia contra Italia.

Recuerdo la tangana histórica que se produjo poco después entre estas dos selecciones durante un encuentro del campeonato europeo. Fue como una de nuestras peleas en El Campo de los Topos, pero televisada para toda Europa. Todo empezó cuando un jugador italiano agredió a un rival yugoslavo y un jovencísimo Drazen Petrovic, a la sazón debutante con su selección, apareció tendido en el suelo bajo el aro italiano junto al escolta Enrico Gilardi, presunto agresor. Casi en paralelo, el alero Romeo Sachetti agarró del pelo al base Peter Vilfan, que a punto estuvo de vérselas con los puños con el implacable Meneghin. El escolta Dragan Kicanovic, como quien no quiere la cosa, le propinó una patada en los testículos al pívot Renato Villalta…

Entonces, en el punto álgido de la trifulca, el seleccionador italiano, Sandro Gamba, empezó a perseguir a Kicanovic que junto a  Zoran Slavnic y el mismo Vilfan se encaramaron a las mesas de prensa, mientras el resto de jugadores se las tenían a patadas y puñetazos en el centro de la pista. La guinda la puso el alero Goran Grbovic, quien se acercó a su banquillo, blandió las tijeras del botiquín y amenazó con ellas a los italianos. Fue detenido por la policía. La FiBA no sancionó a nadie. Glorioso inicio el de los  ochenta. 

Por aquellos años la dirección de los Hermanos de La Salle que auspiciaba mi colegio decidió organizar un campeonato propio en la que participaban todos los equipos de la provincia representando a sus respectivos colegios.  Durante el siglo XX la orden de La Salle salpicó con sus centros gran cantidad de ciudades industriales y barrios obreros de la provincia de Barcelona en una época en que el sistema público de educación estaba por hacer, de manera que el Estado financiaba a los frailes para que admitiesen en sus aulas a los escolares cuyos padres de ninguna manera podían hacer frente al coste real de la enseñanza que impartían.

Nosotros, nativos suburbiales, habíamos oído hablar, como quien escucha una leyenda, de la existencia mítica de un colegio de La Salle en el que sus equipos jugaban siempre a cubierto en un polideportivo con calefacción, marcador electrónico y parquet. Se llegó a decir que dentro del mismo recinto, y anejo a las graderías de la cancha, la ondulación del agua azulada de una piscina climatizada se reflejaba en el techo, creando mágicos efectos, y que tras los entrenamientos y los partidos los jugadores se daban un tonificante baño mientras sus padres y sus madres esperaban tras la cristalera tomando una cerveza o un martini en el bar, observando satisfechos el disfrute de sus vástagos ante el merecido relax.

Una noche, mientras organizábamos los turnos en las únicas dos duchas impregnadas de Zotal, en medio de la habitual nube de vaho el entrenador nos informó de que el próximo domingo disputábamos un partido contra La Salle Mítica. Tras indicarnos la combinación más rápida de transporte público nos emplazó a todos en aquel lugar del que tanto habíamos oído hablar. Durante los tres días de espera hasta la fecha indicada nuestra imaginación acrecentó el carácter maravilloso de las quiméricas instalaciones.

Además del parquet, del marcador electrónico y de la piscina climatizada, seguramente habría masajistas y animadoras gritando y dando saltos con pompones al estilo americano. Habría una pelota MOLTEN para cada jugador y dos árbitros en los partidos, como los profesionales. Dispondríamos de toallas blancas en el banquillo y botes con bebidas tonificantes. Saldríamos del túnel de vestuarios en hilera, saludando al público que abarrotaría la grada. Formaríamos en línea horizontal en el centro del campo junto al adversario para que una voz grave y experta nos nombrase y diésemos un paso al frente, saludando respetuosamente a un lado y a otro…

Pero ante todo ardíamos en deseos de endosar a los ricachones de La Salle Mítica una buena paliza. ¡Que supieran esos niños pijos de la capital cómo nos las gastábamos! Nos juramentamos. Lo íbamos a dar todo. Íbamos a dejar nuestra piel obrera en su impoluto pavimento de haya. Nuestra honra y nuestra condición lo exigía. Seríamos unos pobretones, pero a cojones ningún niño pijo iba a ganarnos. ¡Éramos la furia roja de La Salle Zotal!  

Por fin llegó el domingo. Allí estábamos, en la puerta del mítico colegio, solos con nuestras manos, nuestra expectación y la bolsa con el atuendo al hombro. La superficie del vestíbulo del pabellón era mucho mayor que cualquiera de nuestras aulas. Un señor muy solícito nos recibió y nos acompañó hasta el vestuario que nos habían asignado.  Al entrar nos quedamos todos medio embobados, paralizados. Alguien reaccionó y profirió un “¡me cago en la puta!”

La estancia era amplísima, primorosamente alicatada de blanco hasta el techo. La iluminación era tan agradable que alguno de nosotros descubrimos detalles desconocidos de nuestras propias caras. La temperatura era idónea, nada aproximada al frío de nuestras noches ni a los bochornos de nuestros veranos. A lo largo de las paredes se disponían metros de bancos corridos y una veintena de taquillas metálicas en las que podíamos guardar nuestra ropa. El suelo estaba formado por un entarimado de madera enrejada, de manera que al salir de las duchas no eran necesarios equilibrios para vestirnos, porque el agua discurría directamente a los desagües sin dejar charcos.  ¡Ah! ¿Y las duchas? ¡Una para cada uno, con detector de presencia y abundante agua caliente, instantánea!

Pero si algo nos dejó verdaderamente atónitos fue la ausencia del tufo agrio del Zotal. En aquel lugar extraordinario utilizaban como desinfectante un compuesto aromatizado que podría ser aquel famoso gel con fragancia salvaje de los limones del caribe anunciado en televisión, gracias al cual vimos, por primera vez, el pezón de una mujer, mujer.

Casi olvidamos que teníamos que vestirnos para el partido. Nuestro uniforme consistía en la clásica camiseta roja de tirantes, con el dorsal y el nombre del equipo grabado en la espalda, pantalones rojos ajustados y  zapatillas planas de media caña compradas en el mercadillo, cuya única virtud consistía en aislar el pie del suelo. Los pudientes calzaban marca Victoria  o Chiruca. Aquellas alpargatas podían lesionarnos el tobillo para toda la vida. Finalmente, también había que enfundarse un chándal. En este punto la uniformidad era imposible. Cada cual salía a la cancha con lo que podía. Unos al estilo Rocky Balboa, otros ataviados con un jersey viejo, y los más con prendas deportivas de procedencia, estilo y color diversos.

Así que una vez que el entrenador nos dio la orden de salir a la cancha, alguien podría haber creído que en realidad éramos los nietos de los soldados del ejército de Pancho Villa. No sólo por lo aguerridos, sino porque en el momento de pisar el parquet cada cual lo hacía como Dios le daba a entender, sin guardar un mínimo de orden, ni formación. Uno se rascaba el culo, otro buscaba con afán una pelota y los más miraban como anestesiados hacia las gradas, como si tuviésemos frente a nosotros las puertas del mismísimo Staples Center de los Ángeles Lakers.

Calentamos un poco alrededor de la pista hasta que dispusimos una rueda de entradas canasta. Mientras realizábamos los primeros ensayos, al cuarto o quinto lanzamiento nos detuvimos en seco. Uno tras otro, perfectamente alineados, botando enérgicamente el balón, mirada al frente, rictus de concentración, uniformados con un rutilante chándal negro, estampado ligeramente de amarillo en los costados y el nombre de cada jugador en la espalda, surgieron de entre la oscuridad del túnel de vestuarios nuestros doce rivales arropados por los aplausos y los vítores de familiares y amigos, que los alentaban desde las gradas.

Nuestro entrenador tuvo que insistir un par de veces, algo irritado, para que reanudásemos la rueda. Obedecimos, pero si  dejar de seguir con atención atolondrada la preparación del equipo contrario. Así, cuando el árbitro ya comprobaba la idoneidad de la pelota y los prolegómenos del encuentro iban a dejar paso a su inicio, los doce componentes de La Salle Mítica formaron una fila perfecta frente a su propio tablero y uno tras otro saltaron sucesivamente golpeando contra él la pelota con gran habilidad, sin dejarla descender. Era la mejor rueda de palmeos que habíamos presenciado:  una máquina humana compuesta por una docena de jóvenes atletas funcionando perfectamente engrasados, armónicos, al unísono. Descubrí en los ojos de nuestro entrenador un destello de envidia.

Podría explicar también el instante inmediato antes de iniciarse el encuentro, cuando el preparador decidió el quinteto inicial, nos recordó las consignas tácticas, nos conjuró y solicitó un último grito de guerra, que se concretó en una serie de blasonadas inconexas del tipo, “¡Vamos a darles lo suyo a estos pijos! ¡que aprendan lo que son unos tíos con huevos!¡Mucho trajecito, mucho saltito, pero de meterla ni puta idea!¡Vamos, hostia, que lo más redondo que han visto ha sido un melón!” Fue con ese último santo y seña con el que comparecimos cinco de nosotros en el centro de la pista a morir por la dignidad y el honor suburbial mientras escuchábamos muy cerca a los míticos gritar unánimemente, con una sola voz “¡Fuerza, cabeza y a ganar!”

Nunca lo voy a olvidar. La primera canasta del partido fue obra mía. Tras el salto en el círculo central la pelota me llegó en una posición muy ventajosa. Solo tuve que avanzar botando unos metros y entrar en bandeja para encestar. La cosa se ponía bien. Todos mis compañeros del banquillo lo celebraron como si ya hubiésemos ganado el encuentro. Sin embargo, los míticos ni se inmutaron. Sacaron rápido de la línea de fondo y en menos de veinte segundos, gracias a tres rapidísimos pases,  llegaron a nuestra canasta y empataron el partido.

A partir de entonces funcionaron como un mecanismo inteligente, preciso, arrollador. No hablaban, no discutían las decisiones del árbitro, jamás se reprochaban los errores, el banquillo jaleaba cada una de las acciones de sus compañeros, un robo de balón, un tapón, una asistencia, una canasta, otra, y otra; ahora de gancho, ahora dos tiros libres, después aprovechando un bloqueo, aro pasado la siguiente, esta de media distancia, limpia, susurrando, acariciando la red... Después de cada canasta encajada sacábamos de línea de fondo y no tardaban ni diez segundos en quitarnos la pelota… Nos estaban dando la gran paliza de nuestras vidas.

Por nuestra parte, todo eran reprobaciones. Tanto fue así que, llegados a una diferencia de veinticinco puntos en contra, abandonamos la escusa arbitral  y nos dedicamos a la censura recíproca, a la crítica sin compasión de nuestros propios compañeros. A partir de ese momento nuestro entrenador se sentó y renunció a dictarnos instrucciones. Se limitaba a decidir la substitución del jugador que caía eliminado por cinco faltas personales, y poco más.

Fue en el minuto diez de la segunda parte cuando se produjo un cambio significativo en los acontecimientos. Mientras la distancia en el marcador se acrecentaba hasta reflejar una diferencia humillante,  rehenes de las circunstancias y víctimas de nosotros mismos, los reproches  y recriminaciones que nos lanzábamos a cada acción se polarizaron, de modo que los miembros del equipo asignados en el colegio a la clase A empezamos a culpar de nuestras desgracias a todos los miembros del equipo de la clase B, quienes a su vez se defendían de las acusaciones con la consecuencia de un proceso vergonzoso de  insultos e imprecaciones. Algo así como una guerra civil disputada en territorio enemigo.

Mientras tanto, aquellos adolescentes Sanex, ricachones, bien vestidos y bien criados -que tras el partido gozarían de un baño reconstituyente en la piscina climatizada- iban a lo suyo, a machacarnos, como un solo bloque, sin aspavientos, canasta a canasta, obedientes, disciplinados, ambiciosos, incansables; laboriosos como hormigas, implacables como escorpiones.

La Salle Mítica 98 – La Salle Zotal 35. Ese fue el marcador definitivo. Cuarenta años después me duele. Al finalizar el partido, nuestros rivales no expresaban ni alegría ni satisfacción, más bien frustración, pues habían fallado un último lanzamiento que les hubiese reportado el anhelado centenar de puntos. Querían más. Esos tipos siempre quieren más, desde la más tierna infancia. Aun así, finalizado el encuentro y a indicaciones de su entrenador, se dirigieron a saludarnos. El que estrechó mi mano me miró directamente a los ojos. Todavía lo recuerdo. No sabría decir si expresaba conmiseración, guasa, superioridad, o quizás un sutil desprecio proyectado al futuro.

Así transcurrió aquella tarde de domingo en Barcelona, o al menos así recuerdo el día que por primera vez jugamos un partido de baloncesto sobre parquet, aproximadamente el año en el que Ronald Reagan ganó las elecciones, Juan Carlos de Borbón devino en superhéroe demócrata, nos quedamos sin John Lennon y Lech Walesa se convirtió, de la mano del primer y único Papa polaco, en líder sindical, libertador de obreros.

viernes, 11 de noviembre de 2022

La hija del molinero

 


(A la memoria de mis antepasados)

Dos semanas antes de la fecha prevista para la celebración de su boda, mi abuela supo que su madre biológica no era la misma que la que la llevaría al altar.

Le dio la noticia el cura párroco tras recibir por correo certificado la documentación preceptiva remitida por el obispado después de los esponsales de rigor. Era su deber.

Al conocer el origen de su cuna, mi abuela no se inmutó. Lo primero que hizo fue comunicárselo a mi abuelo, su futuro marido, quien asumió casi con la misma indiferencia la primicia con la que ella se la transmitió.

Después, en el molino donde vivían y trabajaban, mi abuela reveló a sus padres lo que ellos ya sabían y, al contrario de lo que podría esperarse, no manifestó la nueva en tono de reproche. Fue durante la cena, mientras sorbían la sopa frente al fuego que mantenía el calor de la olla. De hecho, les informó de que conocía el hipotético secreto como si se tratase de algo que le hubiese sucedido a otra persona, casi con la misma displicencia con la que se lee en alto la noticia breve de un periódico.

Sus padres se miraron y mientras él soplaba sobre la cuchara, mi bisabuela se dirigió a mi abuela en estos términos:

-Así es. Tu madre murió al poco de nacer tú, en un pueblo al otro lado de la sierra, de donde yo soy. Allí conocí a tu padre cuando todavía no caminabas. Vino por asunto de su trabajo, buscando molino. De modo que tú eres mi hija, tu padre es tu padre y yo soy tu madre. Come, que se enfría.

Mi abuela asintió, cerró los ojos y tras ingerir otro poco de sopa miró a su madre durante unos instantes, sin decir nada. En la vieja cocina sólo se escuchaba el susurro del fuego barruntando bajo la chimenea cónica, que refulgía sobre los tres miembros de la familia reproduciendo sus sombras temblonas sobre la pared.

Mi bisabuelo se levantó, cogió el atizador y removió los leños que ardían entre las patas de la trébede de hierro, despertando un enjambre de chiribitas que se elevaron hacia la oscuridad de la chimenea, igual que insectos candentes volando hacia el frío de la noche.

-Mañana madrugaré. Quiero hacer el reparto lo antes posible para después ir donde el carnicero y encargar el mejor cordero. Me voy a acostar- dijo mi bisabuelo.

Las dos mujeres le dieron las buenas noches. Después lavaron las escudillas y se sentaron de nuevo a observar las llamas debilitándose junto a la olla de barro, transformándose paulatinamente en el rescoldo quebrado del roble abrasado.

Un instante antes de que las siluetas se difuminasen, mi abuela se levantó, besó la frente de su madre y salió de la cocina hacia su habitación. Con el resplandor de las últimas brasas mi bisabuela tuvo tiempo de dar unas puntadas de cruz al velo blanco que su hija luciría el día de la boda.

viernes, 28 de octubre de 2022

Las puertas que no abrimos

 


Viene de aquí

La cobardía me ha demorado. Juro que he intentado continuar “La duda del soldado”. Me avergüenza no haber dado cumplida e inmediata respuesta al asunto que me comprometí a acometer, o a compartir, esto es, algunos descubrimientos que me exigen horas de reflexión, batallas internas, y el vértigo ante la consecuente y obligada reorientación de mis puntos de vista tras la constatación de esas revelaciones.

Durante estas semanas estoy entendiendo muy bien la razón que nos ofrece ese lugar común sobre el carácter potencialmente peligroso de un libro, y no por trillada, vigente y cierta, pues, como todo el mundo sabe, no hay tiranía o sistema político sin vocación de perpetuidad que renuncie a elaborar una lista de obras prohibidas, inmorales o peligrosas, o de asentar la férula de su autoritarismo, de consolidar la ventaja hegemónica, a través de determinados autores y obras,  que justifican, alientan y ensalzan las bondades del régimen, del signo que sea.

Ahora, en nuestro actual contexto social de libertad, perecería poco menos que una boutade progre decir que un libro es peligroso. En este sentido, en plena posmodernidad,  casi nadie admite la capacidad de un libro para cambiar algo, ya no digo en el plano global, ni tan siquiera en el personal o individual.  Pocos creen ya en los libros en cuanto a objetos difusores de pensamientos radicalmente revolucionarios, de calado, contenedores de ideas de tal consistencia y relevancia, que provocan en quien los lee un cambio profundo que obliga a reconsiderar unas cuantas cosas con respecto a la propia vida y al entorno en que se desarrolla.

Parece como si el tiempo de las sorpresas intelectuales, de los cambios radicales, de los fines de etapas y de los  nacimientos de eras se hubiese cancelado. Da la sensación de que  todo ya está dicho, y de que ninguna de las conclusiones a las que los pensadores puedan llegar valga la pena tomar en consideración, porque su fin no es más que el de sumar y apilar uno sobre otro los lomos de tomos y tomos de conocimiento generado tras  horas de investigación que, a falta de consecuencias, devienen en retórica. De ahí que todo lo estemos cifrando a la tecnología, porque es en ese ámbito donde observamos y percibimos, día a día, cambios que van transformando la sociedad, y por eso capta nuestra completa atención. Pero esta es otra historia.

El Dream Team que nos lo dio todo

D’Alembert, Diderot, Kant, Montesquieu, Rousseau, Smith, Ricardo, Voltaire, Condorcet, Goethe, Wolff, Buffon, Condillac… ¡Qué equipazo! ¿no es cierto? El Dream Team de la Ilustración europea. Los hombres, estos sí, que cambiaron el mundo para siempre. ¡Honor y gloria a los ilustrados, héroes intelectuales de la humanidad, adorados en los más altos altares de la Historia, que rompieron las cadenas feudales, abrieron de par en par las ventanas del mundo a la razón, a la justicia y a la igualdad entre los hombres! Nadie, ni el más refractario de los individuos con una educación media, se atrevería a cuestionar la santidad y el papel director civilizatorio de una plantilla intelectual tan laureada.

Es una verdad tan interiorizada en lo profundo de la sociedad, que desde entonces son núcleo sustancial de nuestra moral;  tanto es así que no osamos invertir ni medio segundo en ir más allá de la superficie de los nombres y de los titulares de la crónica histórica de una etapa que -así lo entendemos-  nos lo dio todo, la libertad, la igualdad y la fraternidad; los ideales democráticos; la cabeza guillotinada del antiguo régimen; la categoría universal de ciudadanía; la separación de poderes; la fractura de las cadenas de la esclavitud y de la opresión; la invención del estado moderno; los cimientos de una nueva era amasados con los principios de la democracia, la justicia y la igualdad entre los hombres.

El siglo XVIII y la Ilustración suponen para nuestra colectividad  el fin de la oscuridad y el nacimiento de la luz; la victoria del bien sobre el mal; el despertar de un nuevo mundo; el gobierno de la razón; la derrota de la tiranía; el triunfo de la igualdad;  el reinado de la ciencia; el ocaso de la maldad; la hegemonía de la virtud; la condenación de la ignorancia y, por fin, la epifanía de la dignidad humana universal sobre la infamia y la iniquidad…

De ahí que los apellidos que se asocian a este cambio extraordinario, muy poco frecuente en la Historia de la humanidad, hayan devenido en estrellas admiradas de la historia de Occidente,  en algo así como faros de la virtud. Su importancia y su influencia en nuestras sociedades es tal, que han pasado de ser figuras singulares, referentes intelectuales o morales, a transustanciar su legado en la materia inspiradora con la que se forja nuestro presente y orientamos todavía nuestros horizontes.

¿Quién es el valiente?

Por eso nadie es tan insensato como para someter a juicio a los padres de la libertad, de la igualdad y de la razón. ¿Quién es el valiente? ¿Quién podría arriesgarse a ponerse en evidencia por pretender socavar los cimientos intelectuales de nuestra sociedad y ensuciar con sospechas y escepticismos el puñado de verdades con las que nos hemos construido a lo largo de los últimos tres siglos? ¿A quién vamos a vamos a acudir cuando nos vengan mal dadas?

El año 2016 la editorial “Pasado y Presente” publicó  “La Lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVIII” obra del historiador Gonzalo Pontón (Barcelona, 1944), editor de profesión y fundador de la célebre Editorial Crítica. El libro fue distinguido con el Premio Nacional de Ensayo; un premio dado -presumo- a la insensatez, porque su autor, tras décadas de trabajo, nos alumbra una obra peligrosa, uno de esos libros que, como barreno estratégicamente colocado, es capaz de derrumbar el  edificio  más rampante, por muy firme que se sostenga sobre sus cimientos, por muy poderosos sean sus sillares y por muy exhaustivas que sean las medidas de seguridad para acceder a sus misterios, a los secretos de su eficacia estructural.

Gonzalo Pontón, según le he oído confesar en público, se ha preguntado desde edad bien temprana sobre el porqué de la desigualdad, sobre la causas que motivan a lo largo de la historia la explotación, el sometimiento, el sojuzgamiento de unos hombres sobre otros. Su vocación de historiador, inscrito en la corriente materialista de la historia,  responde a esa inquietud. “Y es que la desigualdad ha formado parte integral del proyecto social del capitalismo desde sus inicios, y si ahora se ha hecho más evidente, más brutal, más peligrosa, no quiere decir que no haya recorrido toda la historia en la edad moderna” afirma el autor en la introducción de su libro.

Respondiendo a la obsesión de los orígenes

Con su libro, el historiador catalán pretende dar cumplida respuesta a la obsesión que le ha acompañado en la vida. De hecho, establece el punto de la historia donde se produce el gran desequilibrio que explosionará en el más alto nivel de desigualdad: el llamado Siglo de la Luces, el siglo de la razón, el siglo de los philosophes, el siglo que entierra la explotación feudal. Ese tiempo seminal en el que -según hemos aprendido- germinó toda virtud futura, es, en realidad, el origen de una larga etapa de desigualdad y de injusticia social  que se extenderá por todo el continente hasta finalizada la segunda Guerra Mundial.

Pero ¿Es que, acaso, durante el antiguo régimen los hombres vivían en armonía, iguales los unos a los otros? Por su puesto que no. Pero a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, una parte de la población (la burguesía pujante) deseaba transformar en poder político su potencia económica. Se produce, entonces, una escisión, se interrumpe un equilibrio, y esa nueva especie social no sólo mantiene una lucha a brazo partido con la aristocracia por el control de los resortes del poder, sino que también se enfrenta a las clases subalternas, convertidas en vasallos; si antes  lo fueron de la nobleza, ahora lo son de los industriales, de los grandes comerciantes, de los propietarios de factorías de manufacturas, de los especuladores,  pero con un matiz tremendamente importante: se convertían en vasallos porque no tenían más remedio que contratar su fuerza de trabajo con la nueva clase dirigente para poder sobrevivir. Nace el capitalismo moderno.

¿Nada nuevo bajo el sol?

Alguien podría decir ahora mismo que hasta aquí, por el momento, poca novedad. Nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera supondría una noticia las condiciones de miseria y de explotación a las que se sometieron a millones de persona en todos los países de Europa, con especial saña en Inglaterra, la demócrata y ejemplar Inglaterra, cuyo parlamento legisló para que los industriales pudiesen contratar, por el 80% menos del sueldo, a millones de mujeres, y a niños a partir de los cuatro años. Nadie necesita tanto del Estado y de una legislación propicia como el propietario del capital.

En Inglaterra,  el ilustrado y  filántropo David Dale, suegro del socialista utópico Robert Owen, contrata en sus hilanderías a centenares de niños  que saca de las parroquias de Edimburgo y Glasgow. Para poder mantener la disciplina de la mano de obra infantil, la razón ilustrada inventó castigos como el de “el madero”, consistente en un palo grueso de unos tres quilos de peso que se cuelga en el cuello del niño obrero, culpable de una primera falta, como por ejemplo, hablar durante el trabajo. Para las faltas graves los industriales ilustrados no dudarían en “usar grilletes, cepos o la jaula, un cesto en el que se introduce al pequeño trabajador y se le deja colgando del techo durante horas. A los más díscolos se les cuelga de los brazos sobre las máquinas

Ya sabemos también que gracias a las leyes, los pequeños campesinos perdieron sus tierras a manos de los especuladores, que las utilizaban como objeto financiero, o secuestraban el grano para encarecerlo en época de buenas cosechas, con cuyos beneficios invertían en centros fabriles, libres de impuestos, lo cual provocó el abandono de modos de vida seculares y el éxodo a las ciudades, donde millones de familias se hacinaban y morían de enfermedad, hambre y agotamiento a causa de jornadas diarias de 16 horas, sin apenas poder alimentarse.

El Estado, el mercado y el capital, un consorcio infalible

Porque, muy al contrario de lo que se suele pensar, el Estado juega un papel fundamental y decisivo en la industrialización inglesa, que no requirió de grandes inversiones de capital fijo, es decir, del manoseado riesgo emprendedor de los propietarios. Gonzalo Pontón espiga algunos ejemplos muy significativos. En 1714 Abraham Walker solo invirtió 600 libras para levantar su fundición en Shefield. Una máquina de vapor se podía adquirir por 200 libras. En 1792 una Jenny de 40 husos costaba seis libras y una pequeña factoría no llegaba a las 2000. El filántropo Robert Owen amasó su fortuna con 100 libras que pidió prestadas, igual que hizo Watt o Arktwright, quien se hizo con una hacienda que le costó 229.000 libras, el equivalente al 60% del capital fijo de toda la industria algodonera británica.

Si a alguien le queda alguna duda, que copie las palabras de Adam Smith, mito fundacional de la teoría de libre mercado. “El gobierno civil, en tanto que ha sido instituido para la seguridad de la propiedad, ha sido establecido en realidad para la defensa de los ricos contra los pobres o de aquellos que tienen propiedad contra los que no tienen nada.”

Así es como se construyó nuestra Europa, con las leyes de los poderosos, las  riquezas y las ambiciones de unos pocos, y las miserias y las vidas de la gente humilde, de las clases subalternas. Esa síntesis es aplicable a cualquier país europeo. A este paisaje humano y social tendríamos que añadir la friolera de 17 guerras (sí, 17) acaecidas durante el siglo XVIII que acabaron con la vida de más de cuatro millones de seres humanos, en las que, de un modo u otro se vieron involucrados la mayoría de los países.

La desigualdad categórica

La profusión de cifras y datos ofrecidos por Pontón en su libro es apabullante, en ocasiones escalofriantes; funcionan a la manera de pruebas de cargo con las que se demuestra el abismo de desigualdad entre las condiciones de vida de la mayoría de los europeos con relación a las de la minoría que les explotaba, quienes hacían de una legislación adhoc el instrumento letal con el que perpetuar lo que Charles Tilly llamó “Acaparamiento de oportunidades”, base de la llamada desigualdad categórica, vigente hasta hoy. (¿Dónde se forma hoy la elite de Occidente? ¿Tienen los jóvenes que no se forman en los centros de formación de la elite las mismas oportunidades? ¿Es cierto que un joven talentoso de clase obrera nacido en Ciutat Badia tiene las mismas oportunidades que el hijo de Patricia Botín?)

Nace, por tanto, en el siglo XVIII, una era en la que los nuevos poderosos han descubierto un nuevo modo de hacerse ricos, muy ricos, inmensamente ricos, gracias una economía basada en la oferta, y no en la demanda, gracias a un nuevo concepto del trabajo en el que ya no tienen cabida los gremios, o el trabajo doméstico, y en el que el agricultor , o malvive a expensas de la fluctuación de precios impuesta por un mercado que le arruina, o se desarraiga, y abandona sus tierras por la mísera ciudad, donde se le someterá a una nueva división del trabajo, que rompe para siempre el tiempo y dicta una nueva disciplina; donde el inicio y el fin de la jornada laboral en las grandes factorías marcarán el transcurso de cada día. Será el tiempo de la fábrica el que establezca, a partir del siglo XVIII, la cotidianidad de millones de hombres y mujeres desde entonces hasta nuestros días.

Los ilustrados lucharon por la desigualdad

Pero, llegados aquí, ¿Dónde radica, pues, la novedad en el planteamiento de Gonzalo Pontón? ¿Es que acaso este lector vehemente que ahora escribe no conocía la historia? Sí, la conocía. Sin embargo, ha sido víctima de visión parcelada, una patología que afecta a la mente, a las ideas, y no a los ojos, y que, mucho me temo, padecemos una inmensa mayoría, sin otro antídoto para su cura que el descubrimiento de un libro peligroso gracias al cual las piezas de la historia, observadas siempre en su estanqueidad, rompen sus perfiles de seguridad para encajar perfectamente unas con otras, ofreciéndonos así la compleja realidad al completo, sin escisiones ni puntos muertos.

Y es que pareciera que a la hora de echar la vista atrás para ver balancearse la cuna de nuestro presente, habitualmente observamos la realidad económica y social descuartizada del pensamiento y de la cultura. Por un lado vemos la revolución industrial con sus humos tóxicos, sus carbones, sus fábricas textiles, las chimeneas de sus vapores dibujando el perfil de ciudades sucias, insalubres, legiones de obreros sobreviviendo a la explotación, unos pocos privilegiados leyendo el periódico en el club, debatiendo en los salones, trasladándose de la mansión a la fábrica en su landó, y después a la Bolsa, y de allí al Parlamento, donde asistirán sentados en la  tribuna de honor, a la aprobación de la enésima ley que les hará todavía más ricos.

Y es que solemos percibir la política, con su influencia sobre las sociedades  y la economía, como entes independientes que generan por si mismos sus propios sujetos. Esa es la razón por cual mantenemos secesionada esta realidad histórica cruel a esa magnífica pléyade de pensadores que constituyó el siglo de las luces. Y aquí radica, en mi opinión, la gran novedad del libro de Gonzalo Pontón, a saber, la imputación sin paliativos a los ilustrados de gran parte de la responsabilidad de lo que acaeció en una de las etapas más negras de la historia moderna en cuanto a desigualdad social. Es decir, ni luces ni justicia. Todo lo contrario. El poder de la razón trabajando al servicio del gran capital en aras de la construcción de una civilización basada en la desigualdad social, en la explotación inmisericorde del hombre por el hombre.

Podría haber sido de otro modo, pero la razón también contiene carga moral, y en este caso, ni los enciclopedistas, ni el comecuras de Voltaire, ni el sincerísimo Kant, ni el gran Montesquieu, ni el bueno de Rousseeau, ni muchos menos los economistas Adam Smith o David Ricardo quisieron orientar su talento y su influencia hacia la configuración de una sociedad justa. Atizaron el fuego de la indignación contra el antiguo régimen para exacerbar la ira de los humildes y después, ofrecer en bandeja de plata su fuerza de trabajo y su desprotección a la nueva clase dirigente, que una vez asaltado el poder, solamente tiene ya que ejecutar con mano de hierro sus planes de expansión industrial y hacerse inmensamente rica. Eso sí, con el idioma de la racionalidad, de la ciencia y de la cultura, que les cubrirá para la posteridad con patina de honorables señores, cultivados en el saber, profetas y adalides del progreso. 

Pero centrémonos en el título del libro, porque es significativo: “La lucha por la desigualdad”, donde el autor trastoca los dos significantes clásicos a través de los cuales entendemos que para obtener derechos, es decir, para poder llegar algún día a la justicia  social no hay más remedio que luchar por la igualdad. Lo contrario, lo que nos dice el título del libro, no se entiende si no es para marcar un nuevo significante, esto es, para decirnos que el triunfo de los poderosos a lo largo de la historia es el fruto del denuedo, de la voluntad decidida de algunos hombres, y no el resultado espontáneo al que aboca a las sociedades la naturaleza de la cosas, y cuyo significado se sintetiza en la letanía “siempre ha habido ricos y pobres, y siempre los habrá”

La desigualdad no es el calor en verano y el frío en invierno. La desigualdad social tampoco es un concepto; es la materialización social de los resultados conseguidos gracias a  la voluntad de una minoría activa empeñada en vivir mejor que la mayoría a costa de su trabajo, para lo cual requiere del poder político y del poder económico. En el caso que nos ocupa, habría que sumar la participación proactiva y decisiva del santoral laico que integran los ilustrados, pues no solo actuaron como portadores de una coartada intelectual, moral y  ética infalibles, sino que se expresaron públicamente en términos de desprecio absoluto hacia la clase subalterna y contra cualquier atisbo de crítica frente a la explotación y la desigualdad.

Los ilustrados contra Spinoza

En este sentido, es significativo como la obra del gran Baruch Spinoza, el primer filósofo materialista avant la lettre, fuese radicalmente silenciada durante el siglo XVIII por los ilustrados y poco menos que condenada al ostracismo. Y no es de extrañar. En su tratado político publicado póstumamente en 1677, escribió “la igualdad es el primer principio de una política legítima. La masa no es culpable de su ignorancia, sino que lo son quienes le ocultan la verdad.” En su “Etica”, Spinoza afirma que “ frente al poder, si se desea resistirlo, solo cabe oponer poder

Dice Gonzalo Pontón al respecto que  Spinoza proponía una visión enteramente nueva del mundo. No solo nadie superará el en el siglo XVIII las propuestas políticas, sociales y éticas de Spinoza, sino que una mayoría de ilustrados, encabezados por Voltaire o Kant, hará cuanto esté en su mano para impedir la difusión del pensamiento del filósofo de Amsterdam, que no convenía a sus proyectos […] Spinoza se convirtió así en el espíritu malévolo autor de una ridícula quimera.”

Pero entonces, ¿Qué proponían los ilustrados? ¿Cuál era su modelo social? Aduce Pontón que en realidad, el pensamiento filosófico y científico del XVIII no tuvo nada de original. Galileo, Bacon, Descartes, Kepler, Hyugens, Gassendi, Coulomb, Boyle, Bernouilli, Musschenbroek, Euler, Lagrange, Harvey, Galvani, Volta, Grocio… ya habían alcanzado los verdaderos hitos en el siglo XVII. Nadie en el Siglo de las Luces pudo superar a Newton o al mismo Spinoza.

El caso es que ya Theodor Adorno  afirmó  en 1947 que “La ilustración  había fracasado en lo que se había propuesto: liberar a los hombres del miedo y establecer su soberanía”. Sin embargo, quien parece que más escribió sobre la Ilustración fue Jonathan Israel, cuyo punto de vista sobre su carácter revolucionario y benéfico se ha convertido en hegemónico. Según Ponton, Israel establece una ilustración moderada y otra radical, aunque “ni uno solo de los pretendidos radicales estaba a favor de la democracia ni de la igualdad, sino todo lo contrario”, y ya no digamos los moderados.

El pensamiento social ilustrado

De hecho, los ilustrados franceses eran en su mayoría un grupo aristocratizante, conservador, reaccionario y en ocasiones oscurantista, pendientes de cargos y prebendas, como el ínclito Voltaire. “Consecuentemente, en la lucha por la desigualdad se batieron en las filas del ejército burgués, contra las clases populares.” De hecho, los célebres “philosophes” reclaman igualdad respecto a la nobleza, “aunque lucharán con uñas y dientes por la desigualdad de su clase frente al pueblo llano. Proclaman la igualdad natural , aunque no política o social, que creen quimérica y peligrosa

Al este de Francia, en Alemania,  Kant basa su derecho a la propiedad privada en la libertad de los propietarios porque “ estos son los únicos ciudadanos a tener en cuenta en una sociedad de bien constituida” Suya es la máxima de “discute cuanto quieras sobre lo que quieras, pero obedece”; un Kant que abominó de la constitución francesa de 1793, que niega la ciudadanía para todos los hombres y que vive temeroso de las masas porque amenazan la libertad del individuo.

Pontón dedica un capítulo para describir cómo enfocaban los ilustrados la educación. “A mediados del XVIII, unos 6000 años después de la invención de la escritura, más del 90% de la población mundial era analfabeta, según Carlo Cipolla”.  El célebre Nicolás de Condorcet aconsejó por aquel tiempo, iluminado de razón,  que “ la igualdad de mentes e instrucción es una quimera. Hemos de hallar el modo de convertir en útil esa desigualdad necesaria

Necker, ministro y banquero, defiende que “cuanto más se desesperan por los impuestos, más indispensable es que reciban una educación religiosa". Por su parte, Voltaire, el héroe de la modernidad, no se privó en proclamar que “la privación de la lectura y la escritura es uno de los medios más eficaces que existen para mantener al hombre del campo en su estado; desprovisto de conocimientos, no tendrán más remedio que continuar con el oficio de sus padres”. Y es que, según Pontón, “los hombres de la Ilustración estaban divididos: unos no querían que los pobres no aprendiesen nada; otros recomendaban que solo se les enseñara aquello que les fuera útil para hacer su trabajo y se mantuvieran en su sitio.” Rousseau, en su obra la nueva Eloísa, remata la faena, aconsejando sin rubor que “tenemos que contribuir en lo posible a devolver a los campesinos a su condición de paz, sin ayudarlos nunca a salir de ella.”

Eso sí, los padres de Charles Luis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu, internaron a su brillantísimo hijo en la Academia Real de Juilly durante 10 años, en los que invirtieron la nada despreciable cantidad de 7200 livres. Acaparamiento de oportunidad. Desigualdad categórica.

Garantizar la propiedad del rico

¿Cómo separar este pensamiento de la acción política ? De ningún modo, porque aquél es la muleta sobre la que se sostiene esta. “¿Vamos a poner fin a esta revolución o vamos a iniciar otra? Habéis hecho iguales a todos a ojos de la ley; habéis instaurado la igualdad  civil y política. Un paso más sería un acto fatal e imperdonable. Un paso adelante por la vía de la igualdad significaría la destrucción de la propiedad privada”. Así habló el diputado jacobino Antoine Barnave a la Asamblea Nacional Francesa en 15 de Julio de 1791. Poco después, en 1795, la nueva Constitución de Agosto de 1795 elimina los derechos sociales recogidos en la anterior para “garantizar la propiedad del rico”, en boca del diputado Boisse d’Anglas que presentó el proyecto constitucional.  

Montesquieu, asiduo participante de tertulias refinadísimas en el salón de la marquesa de Lambert y  padre de la democracia y de la  separación de poderes ( avanzada por Spinoza en el siglo anterior), no se arredró a la hora de decir que “ el azúcar sería demasiado caro si  no  se hiciese trabajar la planta que lo produce por medio de esclavos.

(…)

No solo es Gran Bretaña, no solo es Francia, es Europa

No deseo alargarme más. He tratado de ofrecer hasta aquí,  en síntesis, el carácter fiscalizador y, para mí, absolutamente revelador del libro de Gonzalo Pontón tan solo espigando algunos ejemplos relacionados con algunos de los nombres más conocidos de la Ilustración. Pero para quien desee obtener una panorámica completa de lo que acaeció durante este siglo en toda Europa aconsejo su lectura, pues es abrumadora la nómina de autores, políticos, comerciantes, gobernantes, intelectuales o artistas que de un modo u otro destinaron todo su empeño y dedicaron todo su talento en luchar por la desigualdad, conformando así los fundamentos de nuestra sociedad.

Cualquiera podría pensar que tampoco nos ha ido tan mal en Europa. Sin embargo, “la desigualdad ha formado parte integral del proyecto social del capitalismo desde sus inicios. Desde los albores de la industrialización hasta la primera guerra mundial no se produjo ninguna disminución estructural de la desigualdad. En realidad sólo ha disminuido cuando una fuerza irresistible se le ha opuesto” como es el caso del surgimiento del movimiento obrero, cristalizado en la Primera Internacional.

Después llegaron las dos guerras mundiales, y tras la segunda, como consecuencia de la movilización global para reconstruir el mundo, unida a la fortaleza del movimiento sindical  y la existencia del bloque comunista durante los años centrales de siglo XX, la desigualdad se redujo. Pero poco duró. Todo acabó en 1973 con la crisis del petróleo, que produjo una serie de grandes depresiones encadenadas hasta la gran recesión de 2007, provocada por la quiebra de Lehman Brothers que todavía sufrimos, acentuados sus efectos por la pandemia del COVID-19 y la guerra de Ucrania. La historia del mundo durante estos últimos cincuenta años se explica por los constantes terremotos económicos en los cuatro puntos cardinales y por el crecimiento paulatino de la desigualdad.

Tres siglos luchando por la desigualdad

Los niveles actuales de desigualdad son escandalosos. Asombra comprobar como, por ejemplo, el coeficiente Gini del Banco Mundial, que mide la desigualdad,  arroja el mismo baremo para Gran Bretaña ahora que en el siglo XVIII. Oxfam denunció en 2016 que la riqueza de 3.500 millones de personas había disminuido en un billón de dólares en solo seis años. Según Oxfam, en 2010, 388 personas acaparaban la misma riqueza que la mitad de la población mundial. Un año más tarde eran 177, dos años más tarde 159, pasados tres años 92, cuatro años más tarde 80 y en 2015 eran 62 las personas que tenían más riqueza que 3.500 millones de personas.

Hoy, igual que ayer, la inteligentsia sigue proponiendo el sistema actual de relaciones sociales y económicas como el único posible. Las espadas en la lucha por al desigualdad siguen en alto. Incluso los partidos de izquierda han renunciado proponer una alternativa rotunda y clara, una moción a la totalidad, y orientan todos sus esfuerzos a cuestiones de carácter moral que, a menudo, solo representan a una pequeña minoría. Dada esta actitud política aquiescente, para el común de los mortales parece probado el carácter consustancial de la desigualdad, algo así como el anticiclón de las Azores que se produce de manera natural.

Pero, tal y como afirma Gonzalo Pontón “La desigualdad no está en los genes, no es una fuerza telúrica irresistible ni una maldición de los dioses: es producto de decisiones políticas […] Este libro sobre la lucha que se llevó a cabo en el siglo XVIII por mantener y ampliar la desigualdad pretende poner al lector ante las decisiones políticas que se tomaron, ante sus consecuencias sociales y ante la engañosa retórica que la intelligentsia utilizó entonces para hacerlas buenas. 

Por eso “La lucha por la desigualdad” de Gonzalo Pontón  es un libro peligroso, porque cuestiona verdades sociales e intelectuales santificadas y nos obliga a ser valientes para atrevernos a mirar detrás de “las puertas que no abrimos.