viernes, 20 de mayo de 2022

Ciénaga de hipopótamos

 


El día en que Juan Carlos de Borbón salió por piernas de España tras conocerse su enésimo escándalo de corrupción y tras instalarse cómodamente en el harén de un sátrapa, las calles de las ciudades del Reino de España no se llenaron de banderas republicanas, la gente siguió a la suyo, las redes sociales hirvieron de  indignación poco ejecutiva y los partidos conservadores y fascistas defendieron sin pudor la honorabilidad de un tipo que había estado enriqueciéndose con negocios sucios, aprovechando su cargo y ostentando una actitud moral poco cercana a la ejemplaridad.

Años atrás, tras la revelación de la rapiña que la familia Pujol-Ferrusola había perpetrado en su amada Cataluña, los tambores nacionalista tocaron a rebato y se puso en marcha la campaña de marketing político más grande que ha conocido nuestro país, con el objetivo de camuflar el desfalco del rey catalán, refundar un partido marcado por el 4% e impedir el acceso al poder de los partidos que capitalizaban el movimiento de los indignados. Con el procès finiquitado y las fuerzas políticas que lo llevaron a cabo divididas,  el entorno social, político e ideológico que lo impulsó con el único  fin de conservar el poder, inicia ahora la revisión de la historia y lucha por reivindicar la supuesta obra de gobierno de la figura del padre de la patria catalana, política y moralmente acabado.

Causa estupor y vergüenza ver que ninguno de estos dos ciudadanos ha tenido que dar cuentas de sus tropelías ante la justicia, en mi opinión, uno de los peores delitos que un hombre puede llegar a cometer, a saber, aprovecharse del poder que los ciudadanos les han otorgado para enriquecerse -únicamente  para enriquecerse. Es decir, robar lo que es de todos haciendo prevalecer la ventaja de estar al frente  de  las instituciones del Estado. No hay nada más vulgar y sin embargo, trascendentalmente más grave.

De manera que el Bribón vuelve al mar y Pujol a los palacios, y cada cual acompañado de sus respectivos séquitos, es decir, de aquellos hombres y mujeres a los que se la trae al pairo acompañar a semejantes sujetos, bien porque no les parece mal su actividad delictiva,  bien porque también ellos la cultivan, o bien porque, como esos pajarillos parásitos que se acomodan en las fauces del hipopótamo para alimentarse del sarro de sus colmillos, obtienen a cambio de su servilismo pingües beneficios. Empresarios, conseguidores, intermediarios, hidalgos de la postmodernidad, chorizos de alta alcurnia y de baja estofa, y periodistas pesebreros  que, gracias al poder de influencia que detentan, blanquean los desmanes de ambos y les presentan como víctimas de un sector ideológico pretendidamente antipatriótico, convirtiendo así a los denunciantes en poco menos que proscritos traidores.

Pero si sobre este asunto hay algo verdaderamente  ignominioso y sangrante es la defensa a ultranza desde púlpitos soberanos que ejercen algunos partidos políticos con representación parlamentaria, para quienes los señores Borbón y Pujol son personalidades históricas de moral intachable a las que no sólo hay que respetar, sino admirar, o incluso adorar.  Resulta del todo incomprensible cómo alguien, cualquiera que sea su signo político, puede ser capaz no sólo de obviar la evidencia, sino de señalar descaradamente y sin sonrojo a quien denuncia a los ladrones, y más inconcebible, si cabe, que millones de españoles compren  semejante mensaje y lo refrenden después en las urnas.

Toda esa gente soberbia de desvergüenza rampante, maleducada en los  colegios más caros, que se alimenta en la ciénaga donde habitan los hipopótamos, debería tatuarse en la frente  la famosa  frase de Cicerón: “Servirse de un cargo público para enriquecimiento personal resulta no ya inmoral sino criminal y abominable”. Sigamos  votando a quienes votamos y saliendo a la calle a saludar con entusiasmo y veneración a los héroes de sus patrias, y vayamos olvidándonos  ya del sueño republicano. Desgraciadamente, la III República Española ni está entre las inquietudes mayoritarias de la sociedad española,  ni se la espera, porque ni siquiera en 1931 la situación fue tan objetivamente proclive  como la que hemos vivido este último lustro. Y aquí y así andamos, en el maravilloso reino de España.

martes, 19 de abril de 2022

Málaga La Maga

 

 

Para Carmen, mi amor

 

Málaga no es París, pero es en su nombre donde habita La Maga. Fíjate que habíamos decidido ir a la ciudad de Vigo para descansar un poco un fin de semana largo; estábamos frente a la pantalla del ordenador para reservar vuelo y hotel, cuando decidimos, no sé por qué, cambiar nuestro destino por el de Málaga. No hubo causa ni justificación.

Quiso el mismo sentido caprichoso que durante esos mismos días tuviese lugar allí el Festival de Cine, así que pudimos pisar la alfombra roja extendida todo a lo largo de la calle Larios y fotografiarnos delante del fotocall como si fuésemos Penélopes y Javieres.

Famosos vimos pocos. Sólo al gran Álex O’Dogherty paseando tranquilamente por las calles de la ciudad tocado con su bombín. Tampoco creo que ningún famoso nos viese a nosotros. Si así hubiera sido, supuso una falta de educación que no se detuviesen a saludarnos. Al fin y al cabo, queríamos haber ido a Vigo y no está de más un poco de cortesía. La cortesía es  importante.

Quisimos asistir a alguna proyección. Nos apetecía ver las dos últimas películas protagonizadas por Luis Tosar, probablemente el rostro más atrabiliario del cine universal, pero no había billetes. Así que nos dispusimos a  subir cada uno de los pasos de la interminable pendiente que lleva al Castillo de Gibralfaro, y después visitar la hermosa y paciente Alcazaba, que resiste dignamente en sus muros y en sus arcos, la odiosa comparación con la Alhambra.

Por supuesto, nos fotografiamos también en el teatro romano, humilde y sufrido,  que soporta sobre sus hombros los once últimos siglos de la Alcazaba. Quizás en la paciencia de una y  la humildad del otro resida el secreto de la belleza de su conjunto, anacrónica, extemporánea, pero armónica.

Bajamos hasta la playa de La Malagueta. Comimos espetos de calamar y de sardinas; bebimos vino de la tierra; olimos y nos encandilamos con  el mar azul, algo crispado, mientras decenas de estudiantes Erasmus retozaban bajo las palmeras, emborrachándose, jugando al pañuelo con una botella o simplemente fumando y charlando en un inglés de mil acentos.

Durante todos los días que estuvimos en Málaga  no quisimos entrar al Museo Picasso, y tampoco a su casa natal. No nos gusta Picasso, ni él ni su pintura. Soberbio, machista y pesetero. No le perdonamos los 250.000 francos de la época que le cobró a la exangüe II República española por pintar el Guernica. No, no se lo perdonamos.

De Picasso solamente nos gusta “El loco”, una acuarela expresionista, sobrecogedora, pintada sobre vulgar papel de embalar partido en dos, realizada en 1904 y expuesta en Barcelona. Nadie pintó nunca unas manos gritándole a la realidad. Por lo demás, que disfruten a Picasso en sus salones los snobs pudientes de buen y acaudalado gusto. Dicen que Picasso cambió para siempre el arte. A veces me pregunto qué habría sido del arte sin Picasso, sin el cubismo, sin las vanguardias, sin la abstracción, sin París y sin Gertrud Stein.

Donde sí entramos fue en el antiguo palacio arzobispal, convertido en un bello museo. Aplaudo a las ciudades que expulsan de sus calles a los cuarteles y construyen en su lugar universidades, o reconvierten propiedades de la iglesia en espacios públicos para la cultura. La escalinata de entrada a este palacio es de una elegancia tan sencilla que invita a contemplarla sin cruzar sus peldaños, pero una vez que se suben todos, el visitante no desea bajarlos porque ese punto de vista superior resulta hipnótico, por las simetrías blancas enrojecidas en el suelo de cerámica encarnada y circundadas en la madera de sus barandas. La verdad es que el mimo y la delicadeza con que han restaurado el edificio produce un gran placer.   

Se escuchaba el murmullo del agua de una fuente que nos tentó en el jardín de un patio adyacente, pero era el último día de la exposición que aquella misma mañana habíamos decidido ver, sin saber bien qué nos íbamos a encontrar; una exposición que, por cierto, recordaremos mientras vivamos.

Bajo el título de “La España negra” el museo de la Fundación Unicaja de Málaga ofrecía un conjunto extraordinario de cuadros pintados por Julio Romero de Torres y José Gutiérrez-Solana. En total, cerca de 100 óleos, grabados, dibujos y fotografías  pinturas, que  incluían también algunas de José de Ribera, Murillo, Goya, Darío de Regoyos y Sorolla.

Quedamos absolutamente subyugados por la fuerza de los personajes y de las escenas pintadas por Romero de Torres y Solana, sobre todo por la potencia expresiva de las mujeres, cuya mirada traspasa el lienzo hacia los ojos de quienes las miran. Resultaba difícil sostenerla sin sentirnos interpelados directa y personalmente por aquellos ojos que denunciaban - y al mismo tiempo se resignaban dignos y humildes- el sojuzgamiento, señalando con descaro y desvergüenza la hipocresía de un moralismo casposo de raíz eclesiástica.

En Romero de Torres y en Gutiérrez Solana no hay expresión inocente,  nada resulta neutro, o simplemente decorativo. Cada pincelada es rotunda declaración. La belleza de sus obras aparece desde lo oscuro, desde lo hondo de una negrura que trasciende el tenebrismo de la noche barroca, porque su intención es ofrecernos seres humanos sometidos a un tiempo histórico desolado y desesperanzado, absolutamente condicionados, sin posibilidad de redención, encerrados para siempre en la cárcel tradicionalista de los ruedos y de los confesionarios; un país y un tiempo que sólo ofrece oscurantismo, miseria, superstición y represión moral.

Por eso las escenas protagonizadas por prostitutas, o los desnudos femeninos desprenden  un erotismo, una sensualidad y una exuberancia que transforman  a las modelos en mujeres resueltamente pundonorosas, que miran al pintor, y por tanto, a quienes las observan al otro lado del lienzo, con la osadía de quien no tiene nada de lo que avergonzarse, porque soportan precisamente el peso y las babas de aquellos que desde el púlpito moral las señalan y condenan al infierno.

Viendo la gestualidad dislocada y enmascarada de los personajes de Gutiérrez Solana alguien podría recordar el esperpento de Valle-Inclán, o la perturbadora negrura del Goya de Los Caprichos, pero en realidad lo que vemos es una sociedad grotesca, delatada y querellada por su propio pueblo a la que acusa a través de lo carnavalesco, única salida digna a la aridez de un  presente sin puerta al futuro.

Al finalizar el recorrido encontramos el patio donde fluía y golpeaba el agua de la fuente sobre un pequeño estanque; un hermoso lugar donde atemperar el ánimo y reflexionar unos instantes en calma; proyectar en nuestro presente el pasado en el que vivieron nuestros más inmediatos antepasados. Resulta de Perogrullo tener que afirmar que la transformación es evidente. Nadie puede decir con un mínimo rigor que nada ha cambiado, o que todo sigue igual.

Saliendo a la Plaza del Obispo, frente a la fachada principal del mamotreto catedralicio, decidimos tomar un café mientras charlábamos sobre lo que habíamos visto. Al poco se acercó una mujer que nos ofreció lotería. Al decirle que no, propuso leernos la buenaventura. A mí me comparó con George Clooney y a Carmen con Beyoncé. Tampoco quisimos comprarle un ramillete de romero. Me aseguró que era capaz de adivinar mi suerte. Le respondí que era la misma que la suya y se fue disgustada, probablemente rumiando alguna maldición extensible a toda mi casta.

No trascurrió ni un minuto cuando se plantó ante mí sobre una pequeña banqueta, un señor con la intención de limpiarme las botas. Le pedí que no lo hiciera. Me replicó con fingida mueca lastimera invocando el hambre de sus hijos. Volví a insistir, y haciendo caso omiso, se dispuso a iniciar la faena. Aparté el pie y me vi obligado a explicarle que nada había más humillante que limpiarle a alguien los zapatos mientras descansa. Rezongó, me increpó y se fue en busca de otro turista.

Callejear en Málaga es un gozo. Los malagueños no han renunciado a su ciudad;  comparten el espacio con los visitantes, de manera que uno no se siente dentro de un parque temático al uso, como suele ser habitual en otros destinos. Nos llamó la atención la librería ‘Rayuela’, aunque bien pensado tampoco es tan extraño porque, como decía,  es  inevitable encontrar en Málaga a La Maga

En el escaparate vimos “Crímenes ejemplares” de Max Aub, en una edición muy original ilustrada por un dibujante que se hace llamar Linier. También visitamos la librería del museo Thyssen y allí encontramos otras dos joyas, a saber, un catálogo biografiado con la obra completa de Gutiérrez Solana y su célebre “La España Negra”, recuperada y editada por Andrés Trapiello en la editorial “La Veleta”.

Max Aub y Gutiérrez Solana se parecen lo mismo que Romero de Torres a Gustav Klimt. Sin embargo, más allá de equivalencias y vinculaciones imposibles, ambas obras ya están unidas para siempre en mi memoria. Max Aub nos ofrece un conjunto de microcuentos que giran al alrededor del asesinato en sus múltiples variantes aderezados con toneladas de humor negro. Lo luctuoso disparatado y los móviles más absurdos de la historia del asesinato en un juego literario sin más pretensión. 

En algún caso se advierte algo de trascendencia, pero el libro no es más que un entretenimiento ilustrado con rojo sangriento que haría las delicias de Tarantino. Eso sí, muchos de los microrelatos de “Crímenes ejemplares” hoy día irían a la papelera de la autocensura políticamente correcta.

Con “La España Negra” de Gutiérrez Solana no cabe la broma. La obra es literalmente un puñetazo. Podría ser un libro de viajes, pero no lo es. Podría ser una denuncia, y tampoco; el diario de un viajero, y no. El gran artista transforma en estilográfica sus pinceles para ofrecernos con la palabra un paisaje humano y geográfico de realismo impactante. El pintor y escritor ni  toma partido, ni juzga, ni señala. Observa y da fe de lo que ve con el término preciso, eso sí, plasmado con una gran expresividad, que provoca en el lector la misma impresión que él recibe de las criaturas con las que comparte viaje, camino, mesa y taberna.

Y es que da la sensación de que el narrador y autor de esta obra sobrecogedora ha entrado en sus propios lienzos para convivir con los hombres y mujeres que pintó, como si hubiese tenido la necesidad de transformar el óleo que les da forma en materia humana real.

En los pueblos y lugares en los que se detiene encuentra muerte y miseria, el poder arbitrario, la crueldad de las corridas de toros, un clero embrutecido hacia el que muestra una aversión feroz, sin paliativos. Gutiérrez Solana es un auténtico maestro dibujando en pocas frases atmósferas ahumadas, agrias, sucias; espacios cochambrosos en los que malviven personas a las que cubre y resguarda de la intemperie de la miseria con el abrigo del respeto y la dignidad.  Pero también es capaz de abrir el foco y con unas pocas palabras mostrarnos un país entero desde lo alto de un cerro,  con resonancias larrianas donde “sentado en una de estas piedras veo la ciudad cerrada y tapiada como apartada del mundo, como una inmensa sepultura

Durante la lectura de “La España Negra”, ante sus escenas  y sus descripciones, el lector del presente cree estar ante una obra de ficción porque accede a personas lugares y costumbres difícilmente creíbles, tanto desde un punto de vista actual como histórico. Pero no: estamos en españa, estamos en 1920  Enfrente está la cárcel; aquí hay la costumbre de que el reo la noche antes de ser agarrotado, la pase en la capilla y duerma en su ataúd relleno de paja”,  

Aquí, en esta calle, vi llevar a un niño muerto en brazos, con delantal y las botas puestas que le iban a enterrar sin caja ¡Cómo caería la tierra en su delantal , llenando sus bolsillos, los bolsillos que tanto estiman los chicos, cegando sus botas y tapando su cara!”, o  En este Ayuntamiento, la mayoría de los días de sesión, los ediles se insultan como pejinas y se tiran los tinteros a la cabeza

Si algo podría unir la obra de  Solana con el libro de Max Aub es el crimen. El pintor da cuenta de algunos de los más renombrados en la época, ya sea por su truculencia o por la relevancia y singularidad de quienes los protagonizaron, como por ejemplo los que perpetró Juana Weber La sacamantecas, Prazini, Julia Pastrana la mujer loba, El tío lobo, el crimen del capitán Sánchez o el crimen de Calatayud.

Al iniciar la lectura de un libro, uno no sabe si va a salir de la última página tal y como entró en la primera, o por el contrario, algo ocurrirá que por dentro nos remueva.  “La España negra” de Gutiérrez Solana nos inyecta desasosiego, conmoción, placer estético y una incontenible sensación de piedad, aunque sólo sea porque en realidad es una misericordia consagrada a nosotros mismos.

El último día en Málaga lo destinamos a pasear por el extraordinario Jardín Botánico “La Concepción” otra experiencia rica en sugestiones, donde el visitante disfruta de la emoción de perderse en cada recodo de los mil caminos que se abren, se cierran y se bifurcan entre un auténtico festival  de vida y diversidad, acompañados únicamente por el murmuro que nace en los bosques de bambú, el susurro de las auracarias, el aroma que desprenden todas y cada uno de las plantas, la monumentalidad de sus palmeras, almeces o plátanos, y la sensación que produce de viaje en el tiempo al contemplar embebidos las raíces de algunos ficus que emergen desde la tierra como criaturas pétreas en busca de algún dios todavía sin nombre.

No recuerdo el nombre de aquella mujer que la última noche nos acompañó en el bar del hotel tomando las últimas copas. Era una mujer alta, ya entrada en años, aunque conservaba destellos de una belleza juvenil pasada. No hablaba ni palabra de español. Bebía vino blanco, que paladeaba con gusto a cada sorbo. Disfrutamos mucho con sus historias. Nos explicó que después de recorrer medio mundo, decidió instalarse en Málaga. Estaba sola y no sabía dónde empezar a buscar vivienda, pero no le importaba. Nos dijo que la ciudad le había gustado  y que estaba decidida a acabar allí sus días. Al despedirnos de ella percibí en su expresión un aire  melancólico. Todavía hoy, en ocasiones, vuelve a nuestra memoria, sin nombrarla, porque no recordamos su nombre. A mí me gusta creer que aquella mujer de larga melena roja  y rostro rubicundo en realidad era La Maga.

miércoles, 30 de marzo de 2022

La mano de Mío Smith

 


La mano que mueve la cuna no es la mano que gobierna el mundo, por mucho que se empeñen los amantes de los lugares comunes. Desgraciadamente, la mano que gobierna el mundo es la mano de Willie Smith; una mano abiertamente beligerante, implacable, rápida y efectiva; una mano inesperada, premeditada y alevosa que golpea a todo aquel que  se pone por delante; una mano insidiosa y vengativa, que sonríe antes de restallar sobre su víctima con toda  la fuerza de que es capaz, dando a luz  a la incredulidad  de un silencio pasmado.

Porque, aunque es sabido que tras toda palabra sobreviene la acción, la mano que gobierna el mundo niega su poder y se acoge y practica el hecho consumado, de manera que en su preponderancia y avance es la acción la que genere la palabra, ya sea de disculpa, de manipulación, de rendición,  tergiversación de los hechos o reescritura del discurso de lo acontecido en beneficio propio y humillación ajena.

Una mano abierta sobre el rostro desconcertado de alguien, ante la estupefacción paralizada de millones de personas, en virtud de una aparente afrenta, es violencia sin paliativos, negación de la razón, atentado a la dignidad. Aunque la mano de Willie Smith es doméstica, y también prosaica, porque es un aficionado insultando a un árbitro desde la grada, un futbolista  agrediendo al contrario o un automovilista exhibiendo el dedo corazón por la ventanilla de su coche. Por eso, la mano abofeteante de Willie Smith es el atrevimiento, el  descaro, la mala educación y la vulgaridad del discurso fascista.

La guantada televisada y global de la pasada noche de los Óscar no es la escena de una película, no es ficción, no es Bud Spencer repartiendo treinta guantazos por minuto en el desierto de Almería, ni siquiera  Glenn Ford cacheteando a Rita Hayworth  dentro  del camerino. Es la acción premeditada, serena, calculada y pretenciosa de un hombre tan mirado de sí mismo que creyó contar con el derecho a defender algo supuestamente suyo, como lo habría hecho un conde en la Edad Media, un duelista decimonónico, un borracho en un bar, Ruiz Mateos con Boyer o un macarra en la calle Montera.

Y es que el actor norteamericano, tras escuchar los chistes sobre su esposa, sonrió, se levantó de su butaca, caminó decidido,  con paso firme, muy tranquilo.  Durante ese breve trayecto Smith se está viendo a sí mismo protagonizando la escena de su vida, creyendo encarnar un  héroe de reminiscencias épicas, un héroe social, convencido de que, tras el desenlace luctuoso, ofrecerá un gran ejemplo a sus hijos gracias al cual será aclamado por propios y  extraños ante una  exhibición inolvidable de viril pundonor conyugal.

Pasado un día se ciernen sospechas  sobre la autenticidad de los sucedido; hay quien se está dedicando a diseccionar a través de las imágenes la gestualidad del agresor y del agredido; hay quien invierte su tiempo en analizar exhaustivamente toda la escena en su conjunto, con el ánimo de revelar indicios que prueben el montaje. De mundo-Hollywood no sería de extrañar. Aunque quizás el primer rastro que debemos husmear para desentrañar  el móvil de semejante espectáculo sea el hundimiento de la audiencia televisiva de la ceremonia de los Oscar, que ha sufrido una caída en las dos últimas décadas de 50%, lo cual explicaría la necesidad de este bochorno planetario.

Bofetada real o bofetada acordada, exabrupto sincero o exabrupto falso, la cosa es que  el asunto se agrava si Willie Smith, Jadda Pinket,  Chris Rok y la Academia que otorga los premios Oscar planearon la escena con el fin de que la gala recuperase visibilidad y audiencia y, por tanto, un aumento en la cuenta de resultados para la próxima edición, cuyo mayor atractivo será el recuerdo del paseo sobre fieltro rojo más visto de la historia, una sonora agresión y la frase “Quita el nombre de mi mujer de tu puta boca” Sería tanto como animar a todos los medios de persuasión del mundo a proponer escenas violentas, de estirpe cutre, con la única finalidad de  ganar dinero, que finalmente es lo que a estas alturas, todos perdonamos. “Bien hecho”, diría un amigo del comercio al uso.

Ciertamente, el asunto no hay por donde cogerlo. Tenemos el deber de censurarlo, sin contemplaciones, sin medias tintas, sin un tanto así de condescendencia. De haber sentido que se ultrajaba a su esposa o de haber sentido la necesidad de limpiar su honor como Mío Cid en la afrenta de Corpes,  la salida digna y más efectiva que le quedaba al señor Smith era abandonar la sala, pero no podía, porque le recibía un premio, el premio más importante de su carrera, y entre recogerlo y mostrar su indignación con su ausencia, prefirió lo primero. Por eso decidió invadir el escenario y agredir al causante de su desasosiego. Por eso se quedó después sentado y eligió gritar igual que un vulgar hooligan, igual que el ciervo en la berrea. Por eso, finalmente, ocupó nuevamente el escenario y, ante el silencio y la pasividad escandalosa del público, se permitió ofrecer unas palabras, justificando su propio proceder y obviando el perdón de su víctima, eso sí, con la célebre y codiciada estatuilla en la mano.

Tras miles de años, al menos en algunas partes del planeta, el hombre ha conseguido que sus conflictos se diriman a través de las leyes que entre todos dictamos. El honor y sus variantes se litigan en los tribunales, civilizadamente. La defensa de nuestra reputación ya no se realiza a golpe de espadón, o con un disparo de pistola de pedernal. Ni siquiera un padre al que han violado a su hija se ve en la obligación moral de acabar con la vida del agresor, tal y como ocurría hace apenas un siglo. Además, en los países llamados avanzados, la educación universal se ha extendido. Las mujeres, con mucho esfuerzo y obstáculos, van ocupando el lugar que les corresponde. Los países intentan siempre agotar las vías diplomáticas para resolver sus disputas e intereses…

Quiero decir que, a pesar de haber realizado este camino colectivo, en ocasiones surgen tipos extemporáneos que lo desandan y nos llevan a lugares de partida.  De hecho, la Historia de la humanidad se ha construido a manotazo limpio. A pesar de que somos una aplastante mayoría las que solucionamos nuestros problemas y hasta nuestras afrentas sin romper un plato, o sencillamente asumiendo estoicamente determinadas eventualidades de la vida, en los últimos años van ganando espacio actitudes, maneras de estar en el mundo y personas cuyas propuestas y ejemplos intentan llevarnos a todos, maniatados, a la casilla de salida, con la ayuda de la comunicación  injertada en el dinero. La mano de Willie Smith indica esa dirección; la mano de Willie Smith es la mano que ha gobernado el mundo durante mucho tiempo. Niega la palabra, la desdeña,  y en la fuerza notoria y mediática de su acto propina otra bofetada al futuro con la aquiescencia, los aplausos y las risas de muchos, y la indiferencia de otros.

martes, 8 de marzo de 2022

La tía Julia y el tertuliano

 


Vamos a ver, existen diferentes tipos de volcanes. Los más peligrosos son los llamados Sars cov 2, más conocidos como estrombolianos. Ahora bien, en función de los parámetros que nos ofrece el panel de las Naciones Unidas para el cambio climático, podría darse el caso de que  la lava llegase al mar, con lo cual estaríamos a las puertas de un conflicto de incalculables consecuencias, en virtud del cual el mismísimo rey emérito debería vacunarse de nuevo porque a estas alturas de la pandemia sabemos que las personas de mayor edad son las más vulnerables y más allá de vacunarse,  la OTAN podría entrar en una dinámica de división que no interesa más que a Putin, muy sensible en lo que se refiere a  la depreciación de la vivienda en La Palma que, tras la última erupción, ha asolado Ucrania, un país envuelto sin quererlo en un grave conflicto que podría afectar al calentamiento global y al mismo tiempo propiciar un acercamiento de China a EEUU, eso sí, con mascarilla, pues no está claro todavía que la pandemia de la COVID se encuentre en vías de extinción. De hecho, los expertos aseguran que la última variante Omnicron podría aniquilar macrogranjas porcinas y vacunas  como si de un castigo de la naturaleza se tratase, ante lo cual Pablo Casado tendría todavía alguna posibilidad de disputarle la presidencia del PP a Alberto Núñez Feijoo, por mucho que Miguel Ángel Rodríguez y su Isabel Díaz Ayuso se afanasen en la reconstrucción de todo el parque inmobiliario de la Isla, o que Pedro Sánchez, siempre al quite, renueve su confianza con Esquerra Republicana de Catalunya tras el encontronazo de los icebergs que se han desprendido en el Ártico y que amenazan al tráfico marítimo, cuestión esta que no es baladí dado la falta de todo tipo de componentes que sufre la industria mundial a consecuencia de la escasez de silicio, del bloqueo marítimo tras la pandemia que, por lo que parece, entra en vías de gripalización tal y como aseguran otros expertos de indudable valía, como por ejemplo el manacorí Rafa Nadal, que tantas y tantas alegrías no está dando a los aficionados al deporte y a todos los españoles de bien,  o al Ministerio de Economía y Hacienda a quien la reforma laboral de Yolanda Díaz parece que no ha sentado demasiado bien, pues según fuentes muy bien informadas, Yolanda Díaz es inmune al COVID, un hecho que no ha dejado indiferente a los partidos de la oposición quienes, después de difundir el rumor, aseguran que Putin en realidad es comunista y no nacionalista, y ni siquiera ultraderechista, de manera que  en las fotos en las que  Santiago Abascal aparece junto a Salvini, Salvini junto a Puigdemont y  Putin,  y éste último junto a Marie LePen no son más que otra consecuencia de las estrecheces de materia prima a la que se ve abocada la industria , y en especial al precio del quilovatio hora, que provoca una coladas a 2 euros la lavadora , aclarado y centrifugado completo. Bien, queridos colaboradores, no tenemos más tiempo, gracias por sus valiosísimas opiniones, que arrojan luz sobre la compleja actualidad y proporcionan a nuestros oyentes y a nuestra audiencia datos objetivos con los que ellos mismos puedan formarse su propia opinión de lo que acontece. Nosotros no hacemos otra cosa que informar. La opinión es cosa suya. Hasta mañana.