jueves, 13 de enero de 2022

El triunfo de "Robespierre" decapitado


 En 1980, cuando Javier García Sánchez ( Barcelona, 1955) empezó a escribir “Robespierre”, yo  recién había cumplido 16 años. Entonces  mis ambiciones  irrenunciables consistían en jugar profesionalmente  al baloncesto, conseguir la encarnación en mi habitación  de la hermosa  Nadiuska (Alemania, 1953) y redactar una página -tan sólo una-  exactamente igual, a  “Continuidad de los parques” (1959).

En 2012 la editorial Galaxia Gutemberg, probablemente  gracias al empeño del editor Pere Sureda,   finalmente  publicó la novela de García Sánchez que yo acabo de leer, momento en el que permanezco ágrafo, ni recuerdo la constatación de mis escasas dotes para cualquier deporte  y  la pobre Roswischa Bertascha es noticia, porque envejece  sola y enferma  en un centro psiquiátrico madrileño.

Durante todo este tiempo que comprende las cuatro últimas décadas, he ido construyendo mi vida, de la que a la postre no tengo queja, pues parafraseando a uno de los sabios del presente siglo, he fundado una casa con la mujer a la que amo,  tengo oficio y, de vez en cuando -creo- resulto útil. Sin embargo, como un Sísifo de barrio, soporto a lomos el reconocimiento de mis carencias, la culpa de mi indolencia, la memoria de mis primeros deseos y la mala conciencia del cobarde, que se apoca, un día sí y otro también,  ante el desafío  provocador de la vocación.

Y es que el cerrar el post scriptum que contiene “Robespierre”, en el que el autor confiesa  que ha invertido los últimos 40 años de su vida compaginando la escritura de este monumento literario con la de otros veinticinco libros, me acomete  un estremecimiento de suprema admiración y al mismo tiempo de abatimiento; el éxtasis producto del placer que genera la sensación de haber accedido con mi esfuerzo lector a momentos estéticos, historiográficos y  literarios únicos, mezclado con el arrobamiento íntimo, particular,  fruto de la vergüenza por el tiempo perdido y la coartada de los temores, el manido  y tópico  pánico que nos resulta  tan útil para justificar la postergación de  la acción y el rechazo al desafío de la creación.

Sensación similar me asaltó con algunas otras obras, como  “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust, “Verdes Valles, Colinas Rojas” de Ramiro Pinilla, la “Tetralogía de la ejemplaridad, de Javier Gomá”, “Guerra y paz” de Leon Tolstoi, “Los miserables” de Víctor Hugo, “Fortunata y Jacinta” de Benito Pérez Galdós o "Bomarzo", de Manuel Mujica Laínez. Al emprender  la lectura de sus primeras páginas y sentir con fuerza la potencia y la belleza de lo que encierran, el máximo deseo del lector es que el libro se extienda por siempre en el tiempo, hasta el infinito, de manera que, al llegar al indefectible  final , en el instante en que se cierra la última página, nos aborda sin remisión una sensación de vacío y desvalimiento, porque por mucho que podamos releer, y releer,  esas semanas de lectura virgen  vividas dentro de un universo cerrado ya nunca volverán; porque ningún otro libro puede substituirlo y ningún otro tiempo de lectura será igual. Por eso, al día siguiente, surge  la trágica pregunta sin respuesta ¿Y ahora, qué  leo?

Eso es precisamente lo que experimenté al concluir la lectura de “Robespierre”, la impresión dramática y distópica de que se había producido la gran hecatombe de la era de las letras y de que  nunca más podría apreciar una experiencia estética, de ningún tipo, porque había llegado a  una especie de éxtasis aniquilador que imposibilitaba la existencia de  ningún otro momento lector.

No voy a reseñar  ni a recensionar  este libro extraordinario. En su momento, la crítica a través de los medios de comunicación ya lo hizo, por cierto, con benevolencia. Sin embargo,  creo honestamente  que a la luz de las que he leído, los críticos no percibieron en su totalidad el alcance de la empresa creadora de Javier García Sánchez y el resultado final de su epopeya. Y es que “Robespierre” no sólo es una novela histórica que reivindica a las claras el papel moral y político  que desempeñaron  sus dos protagonistas, el Incorruptible Maximilien  y su compañero de bancada Antoine Saint-Just, ambos, personalidades claves en la Historia de Europa y de  todo Occidente.

“Robespierre” no sólo  es una obra que nos habla de la traición, de esos tipos deleznables, oportunistas y arribistas que pergeñan en la oscuridad el guion de los acontecimientos sin atender a más prerrogativa que su exclusivo beneficio, siempre a costa de miles de vidas y de bienes ajenos, a la sazón, autores y responsables del Terror, terroristas avant la lettre que acabaron sus días, muchos de ellos,  dormitando una próspera y plácida vejez ,  cobijada a la sombra del emperador Bonaparte  o de la monarquía finalmente restaurada.

Tampoco es, únicamente, el lugar donde acceder a información historiográfica muy poco conocida, o  una de las mejores aproximaciones a la historia de la Revolución Francesa, gracias a la cual, por ejemplo,  podemos asistir vívidamente, con plena intensidad, a las sesiones parlamentarias de las jornadas infaustas del  9 y 10 de Termidor del año 1794.

En mi opinión, “Robespierre” es, sobre todo,  un libro que nos habla de cómo el talento, la conciencia y el compromiso de unos pocos hombres es capaz de cambiar para siempre el devenir de la humanidad. “Robespierre” es, ante todo, la consignación  de  un drama,  la desdicha que consiste en no poder alcanzar el objetivo tras el esfuerzo; la imposibilidad de contemplar el resultado de nuestro sacrificio; el coraje que nos roe por dentro ante la derrota sufrida  frente a la mediocridad; la desolación y al abatimiento ante el final de una vida íntegra dedicada a la virtud mientras asistes  en tus últimos instantes a  la victoria de la infamia y vislumbras impotente  un futuro oscuro en el que ya nada puedes hacer.

Por eso, de algún modo, este libro además de todo lo dicho,  es una metáfora de la literatura, o mejor dicho, un símbolo metaliterario que redime a sus dos protagonistas en la carne del autor. Javier García Sánchez asume el contrato firmado con su vida, es decir, asume con todas sus consecuencias la vocación artística que reclama para sí miles de  horas en soledad, momentos de flaqueza,  dificultades que conducen a la rendición superadas y derrocadas gracias a la voluntad, al talento,  la perseverancia y una extraña y misteriosa cualidad todavía sin sustantivar, congénita, que habita en el interior de los artistas de verdad.

García Sánchez acepta el desafío de la Historia y de la literatura  admitiendo la posibilidad fehaciente  de la derrota. De ahí que su libro no sólo sea el pago preceptivo y necesario de  una deuda moral, política e histórica con  Maximilien Robespierre y Antoine Sant-Just, sino que además es el triunfo y el premio al compromiso, el laurel que corona casi cuarenta años de trabajo compaginados con toda una obra formada por casi 30 libros. Es decir, una empresa y un empeño sólo apto para titanes, para escritores especialmente dotados que profesen  fidelidad incondicional a los requerimientos del alma. El autor, pues,  consigue su objetivo, y al contemplar satisfecho el resultado de su trabajo comparte la gloria con El Incorruptible y con Antoine Saint-Just,  liberándolos así de su derrota.

Y es que Javier García Sánchez es un ejemplo a seguir y, posiblemente, un referente más al que traicionaré, como tantas y tantas otras veces. Y cuando eso suceda, intentaré escabullirme nuevamente  de mi conciencia  evocando  la mirada felina de Nadiuska, aquellos años de sueños vírgenes en los que creí  besar su cuerpo  en la oscuridad de mi habitación. Mientras tanto, alguien, en algún lugar, continuará escribiendo en soledad.

martes, 14 de diciembre de 2021

Hacia dentro

  

En la ciudad es aconsejable, al menos una vez al día,  alzar la frente  y  descubrir  entre  cornisas y terrazas  la grieta  por donde asoma  la ínfima línea que traza el cielo a lo largo de las calles interminables camufladas de camino. Es aconsejable hacerlo para salvaguardar la conciencia de ser y mantener el pálpito leve, ya apenas perceptible, de estar en pie, vivos, sobre la superficie de un planeta que nos trasciende  y nos indica, desde que levanta el día hasta que  llega la noche, la inutilidad de la Historia y el despilfarro del tiempo en nuestros trajines.

En la ciudad, y quizás también en el campo abierto, en la cumbre de la montaña  o asomados al océano ante el horizonte inmóvil  es aconsejable, al menos una vez en la vida, mirar hacia dentro sin la preocupación del tiempo para  transformar en materia lo que vemos  y conseguir así el milagro de la restauración.

Que nadie sospeche de mi propuesta ni prenda la antorcha inquisidora intuyendo posibles devaneos sectarios, un budismo releído o la enésima reinvención de una espiritualidad curalotodo.

Lo que digo es que miremos y observemos a nuestro alrededor, que contemplemos un árbol, el transeúnte agobiado, la señora que lanza migas de pan al suelo y espera una bandada de palomas, el velero que navega sobre la arista afilada de los límites, el avión lejano trazando su rastro en cuyo interior respiran cien, doscientas , trescientas personas;  la piel  de nuestro amor mientras duerme, el compañero de trabajo concentrado pulsando las teclas, los labios de nuestros superiores en el momento de ordenar, felicitar o reprochar; el rostro de un muerto, las tejas de una cabaña, el humo que exhala una chimenea, el agua  de un charco,  un perro vestido, un hombre desnudo, la sonrisa del dependiente de un comercio, un letrero luminoso, animales dentro de un camión, un policía, un bebé, el escaparate de una librería, un anciano sentado en un banco,  una guitarra apoyada sobre un rincón, un ciprés, un ciprés es algo más que un árbol; el patio desierto de un colegio, obreros fumando a la puerta de la fábrica, la tela azul del traje que viste el político,  el metro emergiendo desde lo oscuro y el metro internándose  en lo oscuro en cuyo interior respiran centenares de personas; una pelota sobre un tejado, el pasillo de un hospital, la cama de un celda… y así, proyectando en todo aquello que vemos la alteración del sentido de nuestra mirada, lograremos deconstruir la realidad que nos circunda para transformar los objetos y  las criaturas que la habitan en protagonistas de una materialidad poética, literaria,  que se manifestará cotidianamente con el fin de trascendernos y ensanchar  la  angostura  por donde ahora apenas  escudriñamos el cielo, preservando así, a diario, el recuerdo del vínculo con nuestros iguales y con la Tierra.

jueves, 21 de octubre de 2021

En las dos orillas del Ebro

 


No me está resultando fácil librarme de la obsesión casi enfermiza que ha consumido buena parte de mi energía durante los últimos años. Le he dedicado tantas palabras y tantas horas a pensar y reflexionar y buscar aquí y allá información sobre el denominado procès independentista catalán que con toda esa inversión mental podría haber escrito tres novelas  premiadas con el Planeta y ahora viviría como Dios, mejor dicho, como Mola.

Creí que, llegados a este nivel de progresiva desmovilización, desencanto y revelación sumaria de la gran estafa que ha supuesto la mayor operación de marketing político de la historia reciente de Europa, la parroquia nacionalcatalanista asumiría paulatinamente  la vía democrática y el marco legal del estado de derecho para conseguir sus legítimos objetivos políticos.

De hecho, tras reconocer buena parte del electorado el engaño del que han sido víctimas,  las últimas elecciones autonómicas han revelado el apoyo real a la secesión, que se cifra actualmente  en un 23% del censo electoral y, al mismo tiempo, nos indica que la opción ganadora por mayoría aplastante es la indiferencia hacia el mal llamado y artificioso conflicto catalán, ya que cerca del 50%  de los censados se abstuvo.

Llegar a un 23 % de apoyo después de más de  10 años de intensa e inusitada propaganda, una cotidianidad de retóricas inflamadas y todo el presupuesto y las energías gubernamentales catalanas trabajando al servicio de la causa es,  en primer lugar,  un fracaso y una derrota política sin paliativos, y en segundo lugar la prueba irrefutable de que todo fue un montaje dirigido desde las élites de la política catalana y no una imperiosa necesidad popular que, desde la base, auspició un movimiento  a  todas luces  minoritario e indiferente para la mayoría de los ciudadanos  que, por cierto, no ha  dejado más que decadencia, angustia, desazón, miedos ,desánimo, enemistad, rupturas  y desconfianza. Poca broma.

Sin embargo,  las democracias occidentales  han devenido en sistemas complejos en los que  cualquier oscilación ya nunca se circunscribe aisladamente  y, por el contrario,  genera reacciones, no en cadena, como hace algunas décadas, sino  en red, que se extienden el tiempo, bien de modo expreso y palpable, bien subterráneamente latentes. De ahí que uno de los principales frutos del disparate  nacionalista catalán sea el auge  y consolidación  de la extrema derecha española de tradición franquista, la cual, gracias al efecto acción-reacción, ya se ha institucionalizado no sólo en la sede de la soberanía nacional, sino también en ayuntamientos, comunidades autónomas y, sobre todo, en las barras de los bares, el lugar donde los españoles construimos las hegemonías sociales.

Y es que tanto en el fondo como en la superficie, la propuesta y las formas del desarrollo de la  acción política del independentismo tiene su equivalencia en un espejo que sostiene la ultraderecha española. No en vano, los únicos partidos europeos que lo han apoyado son reconocidamente  filofascistas. El penúltimo ejemplo lo hemos podido ver  en la detención hace unas semanas de Carlos Puigdemont (el legítimo), en la isla de Cerdeña.

De hecho, desde los primeros momentos del procès capitaneados por Artur Mas, en Catalunya hemos asistido con pasmo  a la movilización de una parte de la sociedad que jamás había salido de su casa, excepto para ir a misa los domingos, bailar sardanas muy recatadamente, asistir a la función de Els Pastorets en Navidad o al obligado Quinto en Sant Esteve; pequeño burgueses, burgueses de relumbrón y linaje  y masovers reconvertidos como por arte de birlibirloque en revolucionarios radicales desde un  nacionalcatolicisimo  de estirpe carlista y franquista, educados desde tiempo inmemorial en la supremacía de su clase, su lengua y  su raza, herederos y activistas de una cultura provinciana y cerril  que menospreciaron siempre  a quien se colocaba detrás de una pancarta, fuese del signo que fuese, y que  se han vanagloriado  de constituir el grupo social designado por un misterioso dedo divino a dirigir los destinos de esta tierra  con el govern dels millors. Gente  ufana y soberbia, como canta el himno, gente que se ha sentido siempre la propietaria de Catalunya.

Ideologías gemelas

No hay que devanarse mucho la sesera para hallar el equivalente sociopolítico al otro lado del Ebro. Efectivamente, el apoyo en las diez grandes ciudades catalanas al independentismo, donde se concentra casi el 70% del censo electoral  no es que sea residual, pero sí  minoritario, y en consonancia con la orientación tradicionalmente conservadora de la España interior y rural,  es  el centro geográfico de  Catalunya el que sustenta electoralmente al nacionalcatalanismo;  comarcas muy endogámicas, poco dadas a la querencia extranjera y a admitir en las familias  erre haches  foráneos, desdeñosas y desconfiadas con el cosmopolitismo, en las que hace un par de siglos se asentó el legitimismo carlista que  convergió a lo largo de los años de manera natural con la misma base ideológica que abandera el conservadurismo reaccionario español.

En este sentido, las consecuencias de la vigente ley electoral son por todos conocidas. Pero hoy no pretendo centrar mi reflexión en este aspecto. Quisiera, por el contrario, defender y ofrecer la idea de que el supuesto  enfrentamiento España-Cataluña se produce entre posiciones  ideológicamente  gemelas que, a pesar de compartir los mismos valores morales, políticos y la misma visión casticista,  tradicionalista y retrógrada  del país y del mundo, se enfrentan enconadamente con el fin de imponer un marco político general que pulverice los vectores izquierda-derecha , explotadores-explotados, estado del bienestar- turbocapitalismo, utilizando para ello  la exacerbación identitaria, el agravio nacional, la revisión y tergiversación de la historia, el aprovechamiento sectario de la lengua  y de los símbolos patrios como sujetos y objetos políticos de vanguardia, trinchera y de  primer orden.

Racismo y xenofobia al mando

Este estado de la cuestión que ha asolado transversalmente a la sociedad española durante la última década finalmente se concreta en actitudes individuales y colectivas que a través de  diversas maneras expresan  fundamentos morales y políticos propios o próximos al fascismo y a las clásicas posturas ultraconservadoras, bien conocidas en toda la Península Ibérica y muy arraigadas, como he dicho,  especialmente en determinadas zonas o regiones.

Así, aun hoy, cuando ya la galerna política  parece amainar progresivamente  a marejada o fuerte marejada, no pocos líderes políticos electos en ambas orillas del Ebro ocupan cargos institucionales o los han ocupado en los últimos años, a pesar de expresar, haber expresado y defendido posturas abiertamente racistas, xenófobas, supremacistas y homófobas e incluso de hacer llamamientos a la violencia. Son casos especialmente sangrantes y paradigmáticos los de los presidentes de la Generalitat de Catalunya Jordi Pujol, Artur Mas o Quim Torra, el expresidente del Parlament de Catalunya Heribert Barrera o el hasta ahora líder de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC),Oriol Junqueras.

Al hilo de este inventario nominal, llamo la atención de una cuestión que creo que es de especial relevancia y que se desdeña o no se tiene en consideración. Estos políticos han sido votados por centenares de miles de personas. Es decir, en mi opinión, un voto a cualquier persona que difunda o defienda unos valores y una visión del mundo determinada, verbalizados en conciencia y reflexivamente, es un voto aquiescente, comprensivo y cómplice con esos mismos valores. Por supuesto, los más de  cincuenta diputados que ostenta VOX en la sede de la soberanía nacional o los cerca de noventa del PP se corresponden y se vinculan a la complicidad y aquiescencia moral  de quienes les votan.

Ñordos y colonos, día a día

Pero si alguien encuentra maximalista mi reflexión y pretende relativizar ese filofascismo en el que se asienta una parte muy importante de la masa social, tanto independentista catalana como nacionalista española, puedo traer a colación otro par de ejemplos extraídos de los miles que surgen a pie de calle, de la cotidianidad ciudadana. Es el caso reciente protagonizado por la señor Mei Barceló, a la sazón vocal de cultura de la llamada Entitat Municipal Descentralitzada (EMD), un organismo  gestor del barrio de Bellaterra compuesto por magníficos chalets, perteneciente al Ayuntamiento de Cerdanyola del Vallès, cuyos vecinos, tras intentar la secesión de este municipio, defendida y auspiciada por una agrupación política en la que milita la susodicha, ha solicitado la integración administrativa, a todos los efectos, en Sant Cugat del Vallès, ciudad, por lo que les parece, no tan obrera como a  la que actualmente están adscritos, y más afín a su clase, estilo y renta per cápita.

Esta señora que, insisto, es el equivalente a un concejal de cultura, escribió hace escasamente una semana el siguiente mensaje en la red social Twitter:

Los ñordos  [ñordo es una de las varias denominaciones insultantes con las que los independentistas señalan y se refieren a quienes no lo somos, junto a charnego, colono, vasallo, español o fascista (¡!) ] que vinisteis aquí desde la Tierra de las 3 cosechas: hambre, legaña y moco. Hijos ilegítimos del señorito que se follaba a todo lo que se movía, os podíais haber quedado allí para levantar el pueblo, ¿no? Os habríais ahorrado un montón de kilómetros"

Para escribir algo así y publicarlo es necesario, primero, un odio inusitado hacia el que no piensa igual que tu; segundo, una fobia atávica hacia quien no es del mismo lugar  de nacimiento que  tu; tercero, un esquema de pensamiento profundamente asentado en el racismo, la xenofobia, el clasismo y el supremacismo recalcitrantes que no se adquiere de un día para otro; cuarto, serenidad reflexiva y decisión consciente de ostentar públicamente ese cuadro de valores porque has interiorizado lo que dices durante mucho tiempo y porque sabes que los tuyos te entenderám te arroparán y te ganarás sus respetos y  admiración.

El sectarismo y la barbaridad normalizadas

Otro ejemplo de esa cotidianeidad ciudadana e institucional conectada a valores antidemocráticos en la que el independentismo aparece en toda su esencia filofascista la encontramos en nuestro sistema público universitario, compuesto por ocho universidades de las cuales , seis están gobernadas por equipos rectorales impulsados y promovidos por la Assemblea Nacional de Catalunya (ANC), conocida entidad secesionista de marcado carácter racista y xenófobo, que intenta estableces un gobierno y un parlamento catalanes paralelos.

Un de esas seis universidades es la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC), en la que hace pocas semanas se incorporó como máximo responsable el catedrático, y ahora rector, Daniel Crespo, después de vencer en un proceso electoral con unos resultados ajustadísimos. Crespo nombró a su equipo de vicerrectores entre las que se encontraba Núria Pla, a la sazón vicerrectora de calidad y  política lingüística. El pasado 11 de Septiembre, Diada Nacional de Catalunya, Núria Pla se expresó de este modo en la red social Twitter con su cuenta personal. (Traduzco del catalán) “Ganas de fuego, de contenedores quemados y de aeropuerto colapsado.”

El revuelo que armó en todo el país la frase incendiaria de la vicerrectora de la UPC  fue mayúsculo. Sin embargo, el rector, lejos de condenar a su colaboradora y cesarla inmediatamente, explicó lo sucedido con un lacónico y vergonzante comunicado oficial que se puede encontrar en Google fácilmente, en el que que aceptaba la dimisión de Pla para evitar que las interpretaciones (¡!) de su tweet pudiesen afectar a la institución (sic). El rector  agradeció en el texto el trabajo de la dimitida, motu proprio, que no cesada, y a continuación intentó camuflar las fauces del lobo con la lana blanca de una universidad plural, diversa, que trabaja para una sociedad libre y democrática, y bla, bla, bla.

Alguien dirá que exagero si afirmo que esta es la misma sintaxis, la misma gramática , la misma técnica retórica que ha utilizado durante toda su existencia el mundo abertzale, es decir, el circunloquio vacuo que esquiva la condena taxativa y sin reservas protegiendo así al emisor del mensaje, y con ello evita el reconocimiento implícito del carácter antidemocrático y sectario de la ideología que lo ampara y provoca.

No quiero extenderme mucho más, pero antes de finalizar sí me gustaría narrar una anécdota que he vivido en primera persona y que viene a sumarse a esta mínima muestra de ejemplos que ilustran la generalizada pendiente filofascista en la que se está instalando  buena parte de las bases independentistas.

Certificado de catalanidad

La cosa es que conozco personalmente al decano de una facultat universitaria catalana. Es un señor de mediana edad con grado de Doctor, amplia trayectoria científica e investigadoras, referente en su ámbito y años de formación en otros países, es decir, a priori, un hombre razonable y racional con el que en alguna ocasión he podido mantener conversaciones e intercambios de opinión muy interesantes.

El decano –desde hace algunos años muy involucrado en el procès independentista, miembro de un CDR y activo integrante de la sección universitaria de la ANC- me citó a tomar café no hace muchas semanas porque desde mi cuenta de twitter intenté hacerle ver el carácter profundamente reaccionario de algunos de sus tweets y del apoyo explícito a otros ajenos, de modo que quería dialogar conmigo al respecto.

Mantuvimos la conversación en el marco de la cordialidad a pesar de que ambos éramos conscientes de que nuestras posiciones eran tan radicalmente opuestas que jamás cambiarían. No me voy a detener en nuestros respectivo argumentarios porque si he traído a colación este encuentro es para consignar un par de preguntas, sus preceptivas respuestas y una conclusión. Me gustaría señalar que de haberse producido en Madrid  con un miembro activo de VOX o del PP, la conversación sería exactamente la misma solo que habría que cambiar Cataluña por España y unidad por independencia como objetos de la misma.

El decano me preguntó “¿Para ti qué es ser catalán?”. Yo le respondí. “Cualquier persona que viva en Cataluña y desee serlo, independientemente de su procedencia o lugar de nacimiento”. El decano repreguntó “¿Entonces, alguien que se siente catalán y no vive en Catalunya no es catalán?” , a lo que yo respondí “¡Por supuesto que lo es . El sentimiento es libre”. Él siguió con la siguiente cuestión “¿Tú eres catalán?” “¡Claro que lo soy! Nací en Cataluña, igual que mis hermanos; he crecido en Cataluña, me he casado en Catalunya, mi familia vive en Cataluña, trabajo desde los dieciocho años en Cataluña, pago mis impuestos  en Cataluña y voto en Cataluña”, respondí. El decano sorbió de la taza de café, parpadeó pausadamente, me miró con suma delicadeza y me espetó con una inquietante tranquilidad, sin mostrar emoción alguna: “ De ningún modo. Tú no eres catalán. Yo te diré quién es catalán. Catalán sólo es quien desea la libertad de este pueblo, es decir, quien desea y lucha por la independencia de Cataluña”. Y añadió: “Pero no te preocupes, no pasa nada, aunque no seas catalán yo te voy a querer igualmente.”

Me recorrió a lo largo de todo el espinazo un intenso escalofrío. Me revolví en el asiento y sopesé levantarme y escapar de Milosevic, de las purgas estalinistas, de La noche de los cristales rotos, de las estrellas de David cosidas a las solapas, de los machetes tutsis y hutus, de la noche del perejil y de cuantos crímenes masivos se han cometido a lo largo de los siglos cocidos a fuego lento en el fanatismo, la permisividad, el letargo y la aquiescencia de las mayorías sociales civilizadas.

Una izquierda ciega, muda y sorda

Llama mucho la atención como, ante todo este panorama, la izquierda de la ética, la justicia y de los valores morales a la que siempre miro a la hora de escoger a mis representantes, se bate el cobre sin cuartel frente al nacionalismo español encarnado en VOX y el PP. Sin embargo, con respecto a Cataluña, su postura ante el independentismo es de contemplación, equidistancia y a menudo de compresión contemporizadora. Nadie de Podemos, ni de En Comú Podem, ni de ninguna otra confluencia ha expresado, ni siquiera tímidamente, la condena rotunda hacia los protagonistas de los ejemplos que acabo de explicar.

Ni Ada Colau, ni Jaume Asens, no Joan Mena, ni Jessica Albiach, ni Juan Carlos Monedero, ni Íñigo Errejón, ni Pablo Iglesias, ni Alberto Garzón, ni la prometedora Yolanda Díaz se manifiestan públicamente frente a la amenaza xenófoba, racista y supremacista del nacionalcatalanismo, que se expresa sin tapujos y a diario a través de  todo tipo de canales. La causa o el motivo del porqué sucede esto es uno de los grandes misterios de la política nacional.

El huevo de la serpiente

Sin embargo, a un lado y otro del Ebro, ha eclosionado el huevo de la serpiente, que ya repta a través de todo el territorio  español en busca de espíritus donde reproducirse, de tal manera que nuestro país cuenta con decenas de miles de almas abducidas y seducidas por la peor tradición que encarna y promueve lo más abyecto, irracional y perverso de lo que es capaz de pensar, sentir y hacer el ser humano.  En España todavía sobreviven personas que ofrecen escalofriantes testimonios de las consecuencias de la apatía social sobre la que sobrevienen finalmente  las pesadillas de la Historia.

Urge, antes que nada, como el alcohólico que debe asumir su dependencia para curarse, el reconocimiento de la realidad que he descrito y la imperiosa y consecuente reacción. ¿Despertaremos? Espero que sí, porque parafraseando al escritor Augusto Monterroso, cuando despertemos, el dinosaurio nuevamente estará allí, esperándonos en las dos orillas del Ebro.

viernes, 15 de octubre de 2021

"¡Alabado seas!"


 Antropólogos, florkloristas  y frikis de diferente ralea afirman que aparece por primera vez en el nordeste de la Península Ibérica. El más antiguo se conserva en el monasterio de Poblet, (Tarragona). No en vano, los monjes y la clerigalla  de aquí y de allá siempre han destacado como  grandes aficionados al morapio, tanto a la hora de consumirlo como de vendimiarlo, criarlo y embotellarlo. Sin embargo es dieciochesco, es decir, hijo de la razón, de la Ilustración, y aunque apenas  contamos con el padre Feijoo, Torres Villarroel, Cadalso o  Jovellanos para sumarnos con ciertas garantías al siglo de las luces, nadie puede negar que  es nuestra tierra la que dio en conocer al mundo uno de los inventos más racionales y razonables, casi diría neoclásico, que nunca haya concebido mente humana.

Por su forma emparenta genéticamente con la cornucopia, el cornu copiae de los romanos, es decir, con la alegría de vivir, con la fortuna que nos depara benignos destinos , con la abundancia próspera, y hasta con la liberalidad, ese  modo amable de estar en el mundo practicando la honestidad, la generosidad, la tolerancia y la buena educación, viviendo y dejando vivir.

Se acunó entre blasones. Inasequible en sus inicios al campesino, al artesano, al criado o al vasallo,  fueron reyes, condes, marqueses, duques, infanzones y hasta hidalgos los exclusivos  pioneros en rendirle cumplido uso y, por tanto, precursores adelantados  en empinar el codo. Después, mucho después,  la  tasca, la  taberna, la posada y el mesón saciaron gaznates por el pitorro  y desinflaron odres por el emboque,  convirtiéndose así  en objeto y centro de sumo  interés  parroquial que, de lunes a domingo, sin descanso, mañana, tarde y noche,  llenaba el tabernero y al poco, entre cánticos, juramentos, bulla y alguna que otra pendencia,  se vaciaba de mano en mano, en un festival de parábolas púrpuras,  doradas, y rosáceas surgidas de la sed y del vicio, del frío y de la amistad,  golpeando con gran destreza sobre el labio en el mismísimo centro del arco de cupido, para deslizarse hacia la boca como si de una fuente carnal se tratase y, finalmente,  transitar brevemente a través el gañote sediento,  hasta alojarse en el meollo del alma, proporcionando paz a quien necesitaba olvidar, valor al espíritu manso y perdón sin penitencia a las conciencias atormentadas.

Porque quien es ducho en su uso jamás de los jamases hará caer directamente el chorro en la boca. Antes debe tocar el llamado arco de cupido, y de ahí se deslizará el vino hacia  el garguero.  (El arco de cupido es esa leve cavidad que se ubica justo en el centro del labio superior, frontera o cortafuegos entre ambas vertientes del mostacho donde, en época estival, o tras ejercicio violento,  se aloja alguna que otra gota de sudor. Según indican sesudos estudios de arqueólogos y otros especuladores,  el cometido real que la evolución de la especie ha encargado a esta sensualísima y utilísima  depresión labial consiste, efectivamente, en la correcta administración de los caldos. ¡Cuán sabia es nuestra madre naturaleza!)

Placer, consuelo, amistad y reconforte por un puñado de maravedís, medio real, un duro o un par de euros. Mucho por muy poco, porque  requiere de poca exigencia, a saber, terminantemente prohibido chupar del pitorro y  beber por el emboque, bajo pena de excomunión. Estas son las únicas, rotundas y muy comprensibles exigencias del porrón, sitra, pichela o mamet, el utensilio que se trasciende  a sí mismo tanto en su condición de objeto como  en su función. Porque a pesar de lo indigno de los sustantivos  con los que le nombramos, si la SAMICAR, S.L.  (la santa madre Iglesia  católica, apostólica y romana, sociedad limitada)  tuviera a bien crear un santoral de los objetos, un cielo de los utensilios, sin ningún género de dudas el porrón debería ocupar el primerísimo lugar, llegando a ser considerado así, en justicia, el San Pedro de los recipientes tabernícolas sobre el que edificar  concordias, fraternidades y, por qué no,  alguna que otra reyerta, porque al fin y al cabo pecadores nos parieron y pecadores moriremos.

No en vano, entre los últimos y más relevantes documentos eclesiales  hallamos, camuflada, la admiración vaticana hacia el santo porrón, aunque es necesaria cierta perspicacia detectivesca y una experimentada lectura entre líneas para poder descifrar el canonizado  entusiasmo cornucópico  de su santidad.   “¡Fratelli tutti” “Laudato si” “!Hermanos todos! ¡ Alabado seas!”  Atención, mucho ojo, porque aquí se dan la mano, en curiosa conjunción semántica y semiótica,  ni más ni menos que los títulos de dos encíclicas papales, redactadas en 2020 y 2015 respectivamente, unidas en mistérica misión. Que quede claro: no estamos ante expresivos versos goliardescos, inspirados en el barro de una jarrilla de tintorro. Estamos ante la justa alabanza y eterno agradecimiento de  puño y letra del representante de Dios ante los hombres, del sucesor de San Pedro, dueño y guardián de las llaves del Paraíso.

Y si alguien cree que exagero, o se atreve a insinuar que quizás debería haberme ahorrado los tres últimos tragos, prosigo enumerando sus grandes virtudes, amén de los centenares de  milagros consignados y documentados preceptivamente en nuestro riquísimo acervo, fruto y consecuencia de su uso. Porque ni siquiera aquellos ambiciosos, aunque ya viejos y anticuados códigos deontológicos que todos los partidos políticos firmaron a finales de  la  primera  década de este siglo, pueden competir con la esencia ética  más profunda del porrón, a la sazón, transparencia cristalina y sentido de la comunidad,  paradigma y panacea de una sociedad bien organizada y  eficazmente gobernada, donde  el respeto y la apuesta por lo colectivo deviene en bienestar general.

Y es que el porrón distribuye en justo y equitativo cañete la sustancia revitalizante  más antigua que se conoce, de manera, que amén de la sofisticación de su diseño, la  practicidad y sostenibilidad de su uso y una ergonomía proverbial, nos enfrentamos ante  el ineludible deber intelectual de  confirmarlo como símbolo inequívoco de tradición y progreso, paradigma, por tanto, de una mixtificación ideológica cuyo uso y disfrute promueve en el orbe  el final de la guerra de clases, la reconciliación fraternal entre  patricios y plebeyos,  la paz y la hermandad entre los pueblos. Alcemos, pues, el brazo, y en el puño el porrón; empinemos el codo, dibujemos la gloriosa curva en el aire, apuntemos, bebamos y gocemos y alegrémonos de vivir.  “¡Fratelli tutti” “Laudato si” ¡Salud, amigos!

lunes, 4 de octubre de 2021

La Tierra es plana, no hay duda.

 


Los terraplanistas son esos seres antropomórficamente entrañables quienes, para captar más adeptos a su causa y librar al mundo de la ignorancia, gritan a los cuatro vientos, por tierra, mar y twitter que sus ideas están llegando a todos los rincones del globo.

Sería bueno saber si un terraplanista lo es por convicción, vocación o nacimiento. En el último caso, no hay nada que hacer: morirá terraplanista. Sin embargo, en cuanto a las otras dos opciones, hay alguna posibilidad de que, por ejemplo, viendo la Luna a través de un telescopio, tan  hermosamente esférica, pueda llegar a la conclusión de que, quizás, quién sabe, la Tierra también lo sea.  De ese modo, el interés y el impulso incontenible que siente en su interior hacia la creencia terraplanística posiblemente vaya mitigándose progresivamente, porque en su alma y espíritu se acrecentará día día la duda razonable hasta que, en una noche de plenilunio, iluminado por su luz,  la revelación de la razón se pose suavemente sobre su mente y entonces, ya, apenas sin sufrimiento, se reencontrará con la verdad.

Sin embargo, es posible que en su cerrazón se niegue a colocar el ojo tras el objetivo. De hecho, es habitual encontrar, incluso entre nosotros, los aplicados esfericistas,  personas que ante la posibilidad fehaciente de cambiar una posición errónea, de acceder a la verdad, de descubrir la falsedad de determinados hechos o ideas camuflados de certezas que han defendido denodadamente con alto sacrificio de su tiempo o hasta de su dinero, rehúyan esclarecer los embustes, chismes, infundios, fraudes, estafas o timos a los que otros congéneres les han sometido con finalidades espurias.

De algún modo les comprendo. No se trata de una condescendencia paternalista, el golpecito en la espalda que regalamos a quien damos por desahuciado. Lo que siento hacia ellos es una empatía que surgió  de mis afanes evangelizadores, gracias a los cuales llegué a ver el fondo emocional del terraplanista donde cohabita entre gemidos de idiotas,  oscurantismos seculares y  una angustia vital poco o nada conocida, pero que yo entiendo perfectamente. Y es que, tras sumergirme en esas realidades supe de su terror a la incertidumbre, un miedo procedente de lo ancestral que bloquea corazón,  mente, y espíritu y que les hunde en la ignorancia con la que se defienden del horror que produce la  imposibilidad física de tocar el horizonte.

¡Ah! ¡Sí! ¡El horizonte! ¡Siempre allá y siempre lejos! Caminamos y  navegamos decididos a su encuentro, pero la gran esfera nos condena y nos impele a seguir y seguir, transformándonos en vulgares ratones que desfallecen dentro de la rueda. De nada sirve que cambiemos la orientación, norte sur, este, oeste,  porque jamás lo alcanzaremos. De manera que, como dijo, aquel, si no puedes con la realidad, fabrícate una.

Y eso es lo que han hecho los terraplanistas, ponerle límite al camino, instaurar el confín, acotar el espacio en el que podemos movernos, establecer las cuatro orillas a partir de las cuales nada existe, tan solo el abismo, el final, la nada.  Algo, por otra parte, extraordinariamente medieval, no en su sentido antiguo, obscuro o  desfasado, sino en su sentido más rabiosamente posmoderno, porque permite a quien esa creencia profesa, a quien en esa existencia se instala,  una confortabilidad emocional que para sí quisiera el astronauta que observa el planeta desde la estación espacial.

Quiero esto y lo consigo, ambiciono aquello y lo obtengo, aspiro a ganar y  triunfo, para lo cual he de transitar dos únicos caminos y dos únicos sentidos, sin el desasosiego y la incertidumbre de la duda ante las encrucijadas, con la seguridad incuestionable de nuestra llegada a los anhelos, a salvo de los despeñaderos del error y del fracaso convenientemente señalizados,  en los que, por supuesto, jamás caeremos. Y estas son las razones, poderosas razones, por las cuales el terraplanismo se está convirtiendo en hegemónico en cada rincón del globo.