Anoche soñé que escribía del tirón páginas excelsas. Fueron seis horas prodigiosas. Desde la primera a la última palabra, sin descanso, sin correcciones, sin dudas. A cada punto y seguido surgía una nueva oración, perfecta en su composición, completa en su idea y precisa en su significado, plena de estilo y de tiempo. Adjetivos, los justos. Metáfora bellísimas. Tanto era así que en el propio letargo despertaba admirado, pues ni en sueños me parecía posible tal portento inspirador.
Me levantaba en duermevela, bebía un sorbo de agua, volvía a la cama y sin el más mínimo esfuerzo mi subconsciente recuperaba el instante exacto en el que había dejado la redacción, y seguía, y seguía escribiendo, sin pausa, del corrido, con mi yo durmiente vigilante acechando cada párrafo, intentando memorizarlo todo para que en el momento de despertar pudiese sentarme frente al ordenador y teclear una copia exacta, sin cambiar una coma.
Conseguiría de ese modo la construcción de una obra única, singular, y por lo que a mí respecta, la más personal, aunque al tiempo sería la más ajena, pues no podría jurar que quien surgió con ese talento y energía creadora durante mi inconsciencia fuese yo mismo.
Para juzgarlo es necesario que, sin más dilación, me siente y empiece por ordenar el contenido que retuve. Veo, inquieto y con preocupación, que nada será como esperaba. Todas y cada una de las palabras, los signos de puntuación, las frases, su perfecto orden sintáctico, aparecen en mi mente como imágenes compactas; veo algo así como la expresión plástica de los párrafos sometidos al ritmo de sus sangrías, hermosos dentro de su caja de texto perfectamente alineada, todo lo cual me impide leer nada, sólo disfrutar de esa perfección formal, rectangular y grisácea, exactamente justificada, pero que guarda y encubre en su apariencia el secreto cifrado de su representación.
Mi gozo en un pozo. Por mucho que me afano en distinguir alguna familiaridad gráfica, como por ejemplo simples preposiciones, humildes pronombres, sufijos adverbiales, o por piedad una triste tilde al viento, no logro penetrar en los secretos de la obra, ese caudal textual de opulencia significativa, rico en metáforas de belleza contenida con que el sueño me facultó para firmar la más grande obra que nunca imaginé escribir, y quizás nunca, nadie, podrá escribir.
Una vez recuperado de tan doloroso desengaño, aun deprimido por la desilusión, no me queda más que aceptar mi triste papel en la historia de la literatura, el autor de un plagio soñado que ni siquiera pudo leerlo. No estoy seguro de poder lavar mi ridículo responsabilizando a otro. Nadie me creería.


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