A partir de ahora entenderemos nuestro presente como especie y podremos orientar de modo clarividente nuestros pasos hacia el futuro, de manera más racional, dejando a un lado algunas de las incertidumbres que nos angustiaban gracias a un descubrimiento del que me hago eco a continuación.
Y es que el último número, correspondiente al mes de enero, de la prestigiosa revista Humanitas, clasificada en el primer cuartil y referente para todo estudioso de los orígenes de la humanidad, protagoniza en portada, como tema central, los resultados de una investigación a cargo de un equipo multidisciplinar internacional compuesto por antropólogos, politólogos, sociólogos, biólogos, filósofos y paleontólogos que a lo largo de la última década ha desplegado su actividad investigadora en los cinco continentes con el fin de hallar certezas que, o bien confirmen los estudios hasta ahora realizados en cuanto a nuestros orígenes sociales, o bien los refuten.
Este equipo ha sido dirigido por el holandés Vliegende Wanderer, un avezado, experimentado y prestigioso antropólogo, catedrático de la universidad de la Nep Hogescholen de Amsterdam que en justicia debería recibir este mismo año, en nombre de todos los miembros que han participado en el descubrimiento, el premio Princesa de Asturias de ciencias sociales y humanidades, el premio Dan David y el Pulitzer de Historia, pues las conclusiones a las que han llegado sacuden de arriba abajo toda la literatura concerniente a las civilizaciones que se han dado lugar en la historia del ser humano.
Voy a intentar desgranar de un modo sintético el producto de una labor científica de gran valor que a partir de ahora obligará a un replanteamiento teórico y experimental de unas cuantas disciplinas o áreas de conocimiento y que, por otra parte, y no menos importante, van incidir, sin lugar a dudas, en los programas y estrategias políticas de todo el mundo.
Por si alguien quisiera echarle un vistazo al artículo, informo que está incluido en el número mil novecientos sensenta y cuatro de Humanitas y lleva por título “Causes and origins of the decline and collapse of advanced civilizations”. Cualquier Biblioteca universitaria que se precie dispondrá de la versión digital. Eso sí, es de pago. La ciencia también necesita financiarse.
En este artículo, que ya merece el epíteto de histórico, los investigadores están en condiciones de afirmar que el colapso de las civilizaciones se produce entre medio siglo y un siglo después de que éstas experimenten en el sí de su organización social, política, económica y cultural -esto es, en el corazón de sus superestructuras- una evolución disruptiva de un conjunto muy concreto de congéneres o indivíduos que en su desarrollo multimodal se multiplican exponencialmente llegándose a convertir en hegemónicos dentro de ese mismo corpus político social, cultural y económico, provocando así el colapso final civilizatorio en un periodo relativamente breve de tiempo.
A través de un trabajo minucioso y exhaustivo, este equipo multidisciplinar ha podido establecer una clasificación taxonómica muy pormenorizada de esos grupos, marcando su origen, las características morfológicas de cada uno de ellos y de sus miembros y su comportamiento específico -tanto dentro como fuera de su grupo- poniendo especial atención a la influencia de su modus vivendi, conducta, y modales con respecto al resto de congéneres quienes, que a causa de una convivencia estrecha, sobre todo en las grandes ciudades, progresivamente van adoptando las misma pautas, transformando irreversiblemente a toda la sociedad y, por tanto, poniendo en peligro los cimientos civilizatorios sobre los que se construyó.
Vayamos por pasos. En la región del ya extinto brazo del gran Nilo, llamado Rama Ahramat, y durante las postrimerías del ya decadente imperio egipcio, un grupo humano recogió sus pertenencias y viajó hasta el sur de Europa, navegando a través del Mediterráneo y dejando sus huellas y su impronta en Sicilia, Túnez, Argel, para establecerse finalmente en la antigua Marbal-la, hoy conocida como Marbella.
Gracias a los estudios genéticos del equipo del doctor Wanderer, hoy sabemos que este grupúsculo humano es el origen de los Yoquese, un grupo tribal que, a pesar de estar muy bien organizado, se caracterizaba por la discreción de sus quehaceres cotidianos y la nula necesidad de reuniones, ritos o asambleas. Al parecer, los Yoquese no necesitaban compartir con sus congéneres ni en público ni en privado el alcance de su actividad y vivían en una estructura horizontal perfectamente integrada con el resto de población de las ciudades donde se establecieron.
De hecho, contaban con plena libertad de culto y promovían el matrimonio indiscriminado con cualquier miembro de las sociedades en las que se asentaban. Los Yoquese no respetaban tampoco más jerarquía o más ley que la vigente en el lugar de residencia, de manera que su identificación como tal grupo era prácticamente inviable. “Esa fue una de sus mejores bazas evolutivas” afirma el profesor Vliegende Wanderer en el artículo de “Humanitas”.
De cualquier modo, para estos investigadores, lo realmente definitorio de este grupo social es la rápida expansión de sus miembros, debida en gran medida a esa estrategia de discreción, mestizaje y liberalidad de costumbres, pero sobre todo el aumento exponencial del desinterés por los asuntos públicos en las ciudades o regiones donde se instalan, que produce de manera progresiva a lo largo de la historia un momento llamado zénit en el que no hay vuelta atrás, porque llegado ese punto, la práctica totalidad del corpus social está compuesta por los Yoquese.
Pero ¿Cómo pueden llegar a conseguirlo? “Nunca hacen preguntas” asegura Wanderer. Tanto es así que el principal valor evolutivo radica en la apatía y el desinterés absoluto hacia cualquier cuestión que no les concierna a ellos mismos y que no les reporte un beneficio concreto, sea económico o de cualquier otra índole, de ahí que, por ejemplo, le rindan escaso o nulo valor a la educación de sus hijos y muestren una radical aversión al fomento y la práctica del llamado espíritu crítico.
Los Yoquese, por otra parte, frecuentan hoy día los estadios de fútbol, copan las audiencias de determinados programas de televisión, pasan horas ante las pantallas de sus teléfonos celulares consumiendo con avidez videos en la red social Tik Tok y en España, por ejemplo, admiran el cine de Santiago Segura; de hecho, los investigadores sospechan que, debido a su pureza etiológica, el ínclito cineasta pueda resultar ser un espécimen con ascendencia directa en aquel primer grupo original trashumante del Nilo.
Sigamos viendo la trascendencia de los descubrimientos del profesor Wanderer y su equipo. Entre el Timeo y Critias, más allá de las columnas de Hércules, escoltada por los actuales estrechos del Bósforo y los Dardanelos, se erigió una de las civilizaciones más misteriosas y resplandecientes de la historia de la Humanidad. Se trata de la mítica Atlántida, la poderosa y rutilante Atlántida, datada ya por los antiguos atenienses cuatro mil años antes de su existencia.
La meticulosidad del equipo de biólogos y paleontólogos de la Nep Hogescholen de Amsterdam cobró su recompensa al hallar una correspondencia genética clara e indudable entre unos pocos restos humanos descubiertos en el bello y enigmático monte Ararat -que presume de su cumbre nevada sobre el altiplano armenio de Turquía- y un grupo de voluntarios franceses y alemanes quienes fueron tan amables de ceder cabellos, uñas y sarro dental para el análisis bilógico y genético comparativo.
Ante el asombro y la extrañeza que les causó el primer resultado del contraste, los universitarios decidieron realizar una segunda exploración, que a la postre confirmaría lo que les reveló la primera muestra: la certeza de que en Europa se instaló, probablemente vía Grecia y poco después de la muerte del emperador Romulo Augústulo, una pequeña tribu compuesta por unas docenas de miembros que se hacían llamar los Yalose.
A la luz de esas indagaciones, parece ser que los Yalose serían descendientes directos de los últimos atlantes, de manera que sus congéneres, por tanto, fueron testigos de excepción o actores en primera persona del hundimiento de tres civilizaciones, a saber la misma Atlántida, la helenística y finalmente la romana. El hecho de que hayan sido ciudadanos franceses y alemanes identificados como descendientes directos invita a presumir de que la semilla genética Yolose se expande por todo el continente europeo probablemente a partir de las zonas que hoy coinciden geográficamente con las ciudades de París y Berlín.
Al contrario que los Yoquese, los Yalose suelen hacer valer
de manera cotidiana cierto supremacismo intelectual, quizás gracias a la
preservación de una conciencia de seres superiores proveniente de su cuna
genética Atlántida. Un Yalose jamás establecería relación con un Yoquese, son
absolutamente incompatibles, porque
aunque un Yalose jamás se sorprende y desconoce igualmente el valor de la
curiosidad, se cree
por encima de los demás, por mucho que sus opiniones,
siempre elocuentes, profusas y vehementes, suelan adolecer de argumentaciones
consistentes, de manera que ante problemáticas que van desde las más sencillas
a las más complejas, finalmente se encuentra en la misma tesitura de impotencia
o incompetencia que los Yoquese, eso sí, por diferentes razones.
De hecho, y a pesar de que objetivamente los niveles intelectuales de unos y otros sean similares, los Yalose y los Yoquese pueden llegar a odiarse de modo muy vehemente porque mientras los primeros, tan sabihondos, reprochan a los que consideran zotes su falta de interés por el conocimiento y por los asuntos públicos, los Yoquese nunca dan su brazo a torcer y ante las pruebas de las incoherencias de los Yalose, desconfían y desprecian de su hipocresía y doble rasero, pues igual que ellos, jamás son capaces de aportar soluciones o cambios innovadores de valor a nada.
Por lo demás, cabría añadir que los Yalose no pueden ni ver a los Yoquese porque ante ellos se suele descubrir de un modo espontáneo la impostura de su naturaleza. Los Yalose, por otro lado, son desdeñosos –incluso en mayor grado que con los Yoquese- sobre todo con aquellos ciudadanos y ciudadanas que efectivamente saben de lo que hablan, cuentan con opiniones argumentadas, han leído, expresan su parecer sin verborrea vacua y a menudo se muestran escépticos, críticos y comprometidos ante la realidad.
Cabe señalar que en el grupo de investigación se ha abierto un apasionado debate que todavía sigue sin cerrarse y que, con toda seguridad, arrojará en poco tiempo resultados muy prometedores. ¿Hay algún vínculo entre los cuñados de cuna contemporánea y los Yalose? Y si es así ¿Qué grupo podríamos considerar como el originario?
Parece ser que la mayoría del equipo se inclina por pensar que los cuñados serían un subgrupo endémico, propio de la península Ibérica y que presentan modificaciones genéticas muy importantes con respecto a los atlantes, distinguibles a través de su comportamiento. Los cuñados, por ejemplo, suelen gestualizar violentamente, tienden al gusto chabacano, suelen ser machistas exacerbados además de racistas y orientan sus preferencias políticas hacia opciones de triste y doloroso recuerdo. De cualquier modo, como dice el profesor Vliegende Wanderer “El debate no está cerrado. Es posible que entre cuñados y Yalose existan vasos comunicantes. Lo iremos viendo”
Y entramos ya en el tramo último de esta síntesis que ofrezco al gran público con el fin de ponderar, ni que sea a grandes rasgos, la trascendencia de este extraordinario trabajo, que me atrevería a calificar ya como disruptivo, en la frontera de la ciencia.
Pero antes, me gustaría señalar un aspecto importantísimo que los investigadores subrayan en su publicación, casi con vehemencia, y es que ninguna de estos dos grupos humanos descubiertos presenta diferencias destacables debidas a su preparación o formación académica. Es decir, existen evidencias de la existencia de tantos Yoquese con formación universitaria como del mismo número sin más educación que los estudios primarios o secundarios. Exactamente igual ocurre con los Yalose. Lo definitorio o idiosincrático de ambos tiene que ver más con las actitudes que con las aptitudes.
Exactamente igual ocurre con los Yamique. Muy cerca de la Laguna de Guatavita, al norte de lo que hoy en día es Bogotá, en el sitio llamado de Sesquilé, se desarrolló durante siglos la civilización del pueblo Muisca que se ubicó a la orilla del gran río Marañón, también conocido como el de las Amazonas. A la luz de algunos restos precolombinos, celosamente custodiados en el Museo Nacional de las Américas cachaco, y gracias a las crónicas de Bernal Díaz del Castillo o de los diarios del sanguinario caudillo guipuzcoano Lope de Agirre, sabemos que ese fue el territorio del Dorado, la ciudad de oro que soñaron ocupar todos los aventureros españoles durante los primeros años de la conquista de América.
Los últimos estudios datan una decadencia ya acusada entre los muiscas poco antes del primero de los viajes de Cristóbal Colón, de manera que, según autores como Edgar E. Rice, Vincent Guillian o Marina Cienfuegos, algunos ciudadanos de esta sociedad aprovecharon la presencia de aquellos extraños visitantes y se embarcaron en buques españoles como tripulantes rasos, rumbo a Galicia, San Sebastián o Vizcaya antes de tener que presenciar y sufrir el desmoronamiento definitivo de la civilización en la que crecieron sus ancestros.
Sin embargo, algunos de estos viajeros desembarcaron antes de llegar a la costa cantábrica, porque donde los genetistas que forman parte del equipo de Wanderer hallaron ciertas similitudes del ADN muisica fue en las islas Azores, en concreto una variante que ya habían cribado en el material que les proporcionó la Universidad de Barranquilla en Colombia y que bautizaron como variante Yamique.
Los Yamique, a pesar de establecerse en primer lugar en este conocido archipiélago que se encuentra situado en medio de ningún sitio, no tardaron en distribuirse, enrolados en buques balleneros, por toda Europa y, claro, también de nuevo rumbo oeste, hacia la costa Atlántica americana, tanto del norte como del sur, en un intento infructuoso de retomar los pasos perdidos de su civilización extinta ya hacía siglos.
Hoy día, los descendientes Yamiques, igual que los Yalose y los Yoquese, habitan todo Occidente. Según los científicos de la Nep Hogescholen de Amsterdam, son individuos que se reconocen, sobre todo, por su desdén hacia todo y hacia todos. Parece como si aquel oro en el que se bañaban sus ancestros les hubiese anulado toda capacidad solidaria, pero sobre todo la empatía. El egoísmo de los Yamique es tal que no dudan tanto en explotar al prójimo como aplaudir la explotación, ya que consideran que la vida es una lucha sin cuartel en la que no cabe la debilidad, propia de las gentes sin personalidad, sin carácter y sin futuro.
Se les reconoce, por ejemplo, en las congestiones de tráfico, ya que suelen circular por la izquierda adelantando a los conductores respetuosos con la norma, que esperan pacientes y prudentes el momento de seguir su camino justo en el punto donde introducen violentamente el morro de su vehículo, colocándolo al inicio de la fila, ahorrándose así minutos tediosos de espera, porque consideran que su tiempo es más valioso que el del resto, y porque creen que quien no actúa de ese modo es sencillamente estúpido y no ha nacido para vivir en este mundo.
Tomándonos ciertas libertades exegéticas, podríamos especular con la idea de que la nula capacidad empática, un desarrollado sentido de la ambición, el desprecio de la ética y de la moral, la habilidad para convencer a sus conciudadanos y una arraigada vocación por el poder, convierten al yamique en un espécimen humano con una capacidad casi ilimitada para hundir sociedades, civilizaciones, y si me apuran, incluso planetas.
En este sentido, Vliegende Wanderer realiza una afirmación significativa, muy a tener en cuenta. Considera que “Si hay algo que define a los Yamique es que no pueden actuar según los dictados de su instinto sin el concurso de la complicidad, ya sea por activa o por pasiva, de los Yoquese y de los Yalose, de tal manera que podríamos estar hablando de una relación simbiótica entre los tres grupos cuyas consecuencias son fácilmente evaluables si atendemos al ocaso que padecieron las civilizaciones de las que proceden.”
Y ya, para finalizar, me gustaría aclarar por qué este grupo de científicos, de composición internacional pero de origen holandés, ha bautizado con una nomenclatura muy próxima a la lengua española estos tres grupos humanos recién descubiertos. La verdad tiene que ver criterios eufónicos y con las sugerencias fonéticas que nos recuerdan a sustantivos tribales, aportadas, por cierto, por el arqueólogo burgalés Del Val, a quien debemos los tres nombres. Wanderer y los suyos saben perfectamente que su trabajo no tendría ningún futuro si los hubiesen bautizado como “Beats me!”, “Tell me something I don’t know” o “Thats your problem, not mine”
Sea como fuere, insisto: estamos ante un trabajo descomunal, disruptivo, extraordinariamente revelador y aleccionador, de obligatoria lectura, no sólo para los científicos, sino para cualquier asesor político, para todo gobernante o gestor público, porque cambia radicalmente las perspectivas con las que hasta ahora se vienen analizado la construcción y el final de las sociedades o de las civilizaciones avanzadas. Esperemos que sea para bien y que los esfuerzos del equipo de Wanderer encuentren una respuesta propositiva.
Con todo, buena parte de la comunidad científica ha recibido con una mezcla de admiración y desconcierto este gran trabajo. Algunos de sus más destacados miembros ya están lanzando preguntas más que pertinentes al respecto, muy en la línea de la escuela de Dawkins o de Gould. Se preguntan, por ejemplo, si la carga genética de estos tres grupos es totalmente determinante, porque si no hay ninguna posibilidad evolutiva, si los individuos actuales procedentes de los primeros Yoquese, Yalose y Yamique no han modificado desde hace miles de años ni un ápice su modo de actuar, condicionado por su ADN, entonces el futuro de la civilización es más que incierto.
Ahora bien, es posible que en el mestizaje diacrónico en el que han vivido a lo largo de los siglos se pueda haber dado alguna mutación que haya provocado la debilidad de los rasgos originales más definitorios y haya dado paso a individuos caracterizados con otro tipo de actitudes, que estarían más en consonancia con la supervivencia de nuestras sociedades actuales. Porque de no ser así, el futuro es más que incierto, titubeante, inseguro, no demasiado halagüeño. Permaneceremos muy atentos al debate científico suscitado por los chicos de Wanderer. En cualquier caso, enhorabuena por el trabajo.


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