jueves, 17 de septiembre de 2026

Con mis ojos llenos de mar

 A Luis y a Víctor, ellos saben por qué

Llevé a la vieja Castilla mis ojos llenos de mar. No es sencillo observar la historia cuando la mirada se acostumbra a la ausencia de límites. He respirado a diario, durante semanas, el salitre que llega a la orilla con el vaivén de las olas. Cada año que pasa la brisa es más exigua, menos generosa, apenas me besa por compromiso, sin voluntad de atenuar o cancelar la tortura del calor sofocante, el bochorno perpetuo que nos ha invadido y que amenaza con persistir hasta vencer y expulsarnos.

El único momento de sosiego, el único modo de alivio junto al Mediterráneo de Agosto consiste en mirar al horizonte y navegar con los ojos sobre la gran extensión azul porque de ese modo la intensidad fría del color bajo el sol radiante ocupa tanto la piel como el espíritu, de manera que la sensación de ahogo desaparece, el cuerpo cree revitalizarse,  y ya ni siquiera somos conscientes del sudor que resbala desde la nuca hacia la espalda bronceada, desde la garganta sedienta deslizándose sobre el pecho, porque más allá de la línea del infinito sabemos que hay una puerta abierta de la que proviene el Céfiro, eterno benefactor.

El día que partí desde la orilla del mar hacia la milenaria cabeza de la Extremadura las temperaturas nos habían dado un respiro. La naturaleza, consciente y harta ya de nuestra falta de respeto, ha decidido actuar, en justa venganza, como los viejos expertos torturadores: nos somete a lo que parece el límite de nuestro aguante y cuando ya nos ve atemorizados, subyugados, vulnerables en extremo, debilitados, sin capacidad de resistencia, nos concede unas pocas horas de alivio, unos pocos días de aparente normalidad, lo cual nos permite apreciar el añorado frescor del aire, incluso aspaventar en el primer chapuzón mañanero a causa del frío olvidado del agua. Y vuelta a empezar.

Por eso, más que un viaje, de algún modo tenía la sensación que se trataba de una huida, algo parecido a la búsqueda ancestral del lugar más adecuado donde establecer de nuevo a la tribu. Me empeñé en creer que yo era la vanguardia exploradora de tierras ignotas, lejanos lugares desconocidos donde sedentarizar la prole y garantizar su futuro a salvo de la inclemencia ya insoportable de un Mediterráneo hirviente, imposible, preglacial.

Pero me engañaba a mí mismo, porque poco después de cruzar esa frontera geográfica, emocional y evocadora, que al mismo tiempo supone para mí el pico del Moncayo, ya sabía -recordé- que en realidad me dirigía hacia el territorio más viejo de España. A partir de ahí el cielo pierde la tonalidad lechosa que impone la canícula permanente desde Barcelona hasta pasado Aragón. Y es que en Tarazona empiezan a aparecer las nubes blancas, dibujos de niño voluminosos y orondos como barrigón de obispo, a las que les resulta indiferente la temperatura, porque ese es su cielo desde siempre. En ese punto yo soy consciente del viaje, de que supone algo más que un mero traslado y sé que voy hacia y que ya estoy en otro lugar del mundo, de la historia y de mi propia vida.

La historia que no vivimos

Nuestro pasado nos avergüenza. Nos han convencido de que la historia ajena es ejemplar y la propia deleznable. Algunos pretenden -y lo consiguen- explicarnos el ayer con mentiras, falsedades y manipulaciones que produzcan y engorden en nuestra ingenuidad sus fortunas, que preserven a través de nuestra cómplice credulidad sus privilegios. Y ni una cosa ni otra.

Nuestro antaño es tan virtuoso, o cruel y vergonzoso, como cualquier otro. No hay historia sin sangre ni traición, sin héroes ejemplares, sin grandes victorias y humillantes derrotas, sin tiranos ni valientes, sin víctimas ni verdugos, sin opresión ni liberación, sin periodos de orgullo ni décadas ignominiosas. Luces y sombras se proyectan indiscriminadamente sobre el mundo entero.

La historia no la vivimos nosotros; fueron los que ya murieron quienes la habitaron. Nosotros sólo somos su consecuencia y al mismo tiempo, como ellos, también la causa de un futuro porvenir. Somos responsable de lo que vendrá, pero no de lo que sucedió, para bien y para mal, si es que así podemos interpretar el pasado desde el futuro de quienes lo protagonizaron.

En lo alto de un risco de la vieja Castilla soriana se precipitan al vacío de su muralla arruinada las últimas piedras del Castillo de Calatañazor como si fuesen minutos de tiempo, como granos que se desprenden desde la gorguera hacia la ampolla inferior de un reloj de arena. El viajero llega allí tras circular admirado por la carretera que atraviesa el pinar albar más extenso de Europa, sorprendido a veces en algún claro por el vuelo del águila, vigilado permanentemente por el círculo de buitres que parecen custodiar el paraje.

Poco antes de llegar a Calatañazor es obligado un paseo en el magnífico sabinar que se encuentra en el término municipal de Muriel de la Fuente, el más espectacular del mundo, pues cuenta con sabinas milenarias y con los ejemplares más altos de esta especie. Algunos llegan a medir más de catorce metros.

La sabina -igual que nuestra historia- es un árbol torturado y muy útil. Debido a la gran dureza y resistencia de su madera, los carpinteros y albañiles de los pueblos castellanos las utilizaban para convertirlas en vigas maestras de sus adustas casas de piedra, resistentes al tiempo y a los hombres. De algún modo la sabina construyó Castilla, y por tanto edificó España.

Es difícil encontrar una casa antigua en los pueblos de Burgos o Soria sin una viga de sabina, porque es capaz de soportar el embate de los siglos. Al ver el tronco de este hermoso árbol nadie diría que de él puede surgir una jácena recta y firme, de ángulos perfectos, ideal para sustentar el empuje de paredes macizas levantadas a base de sillares, o el peso de un tejado y de la nieve que lo cubría durante meses, porque es extremadamente sinuoso, repleto de pliegues y arrugas debidas al clima extremo en el que vive. Creo que es ese sufrimiento, o esa fortaleza estoica, muy castellana, lo que nos provoca la admiración con que la vemos, además de su gran belleza.

A los pocos minutos de dejar el sabinar, el viajero puede divisar el peñasco sobre el que pervive el pueblo de Calatañazor recortando sobre el cielo azul del verano lo que queda de su antigua fortaleza, un castillo defensivo construido en el siglo XII justo en la frontera que marcaba la línea con el muslim, que protegía con sus murallas el pueblo que le bautiza en la época de la repoblación cristiana, de las luchas a muerte por la propiedad de las tierras de la Península entre musulmanes y cristianos tras siglos de ocupación árabe.

Calatañazor es un bello pueblo que conserva buena parte de su entramado urbano medieval, compuesto, básicamente, por una calle que lo atraviesa desde el punto más bajo del peñasco hasta lo que queda de las murallas del Castillo, formada por viviendas humildes construidas a base de adobe y madera, y algunas también de piedra. También podemos ver la iglesia de Santa Maria del Castillo, y lo que queda de las ermitas de San Juan y de la Soledad, las tres de cuna románica. No en vano, el enclave fue importante durante la época, pues llegó a acoger nueve parroquias. Actualmente cuenta en su censo con unos cuarenta habitantes.

Calatañazor es un topónimo de origen árabe. Qalat-al-nusur, castillo del azor o de los buitres, Así lo llamaban los árabes cuando habitaron el lugar, y con lógica aplastante, pues desde el punto más alto del pueblo, apoyados sobre la muralla que actúa como si fuese un gran balcón frente al llamado Valle de la sangre, podemos gozar y asombrarnos observando aves rapaces, sobre todo al majestuoso carroñero alado que planea en círculos al acecho de los restos de animales muertos.

Ese Valle que hoy regala al viajero una bella estampa rural pintada de campos de girasol, cereal, alfalfa, incluso huertos regados por el río Milanos, en el siglo XI se sembró de cadáveres de hombres que luchaban cuerpo a cuerpo, espada en mano, sintiendo el acero en sus entrañas, para establecerse y consolidar o ampliar territorio en nombre de Dios o de Alá.

Esos muertos, cuyos despojos probablemente acabaron en el pico curvado de los buitres, forman parte de la historia de España, aunque no eran conscientes de que la estaban escribiendo. Por eso, este valle hermoso sobre el que hoy planean en paz  lleva la sangre en su nombre.

Efectivamente, según cuenta la leyenda -quién sabe si quizás la historia- el año 1002 se dio en el Valle de la Sangre la célebre batalla de Calatañazor, en las que huestes cristianas derrotaron al caudillo y poderoso Abu Amir Muhammad ibn Abi Mair, más conocido como Almanzor (El victorioso), famoso político y guerrero que contaba sus batallas por triunfos durante el periodo del Califato de Córdoba. Tras ser herido gravemente y dar la plaza por perdida, huyó hacia Medinaceli, donde finalmente murió. La tradición popular acuñó el dicho de “Calatañazor, donde Almanzor perdió el tambor”.

Almanzor fue un guerrero sanguinario e inclemente con el enemigo, ya fuese soldado o campesino, hombre o mujer, niño a anciano. Saqueó, quemó, violó y degolló todo lo que se le puso por delante y actuó con saña, provocando el terror en las poblaciones que asediaba y asolaba. Sus propios hombres le temían.

El año 2002, con motivo de la celebración (¿?) del milenario de su muerte, el alcalde de Algeciras del Partido Andalucista, a la sazón Patricio González, encargó al artista Mariano Roldán esculpir la figura de tan insigne guerrero y político, gobernador de facto del Al Andalus durante el Califato de Córdoba. El homenaje en bronce, de dos metros de altura y unos cuatrocientos kilos de peso, se instaló en verano de ese mismo año en el parque Arqueológico de las Murallas Merinas, en la confluencia con la Avenida Blas Infante. Curiosa forma de conmemorar la muerte de un enemigo cruel. Algo así como imaginar en un futuro a palestinos inaugurando una escultura en homenaje a Netanyahu, legitimados gracias al argumento de que ha formado parte de su historia.

La cosa es que el consistorio escogió ese lugar por su proximidad con unos restos arqueológicos de presumible y presumido origen árabe (andalusí, se empeñan en decir), pero con los años se demostró que no eran de la época califal, lo cual sirvió de excusa para que el año 2013, el Ayuntamiento de Algeciras, en ese momento presidido por el alcalde José Ignacio Landaluce del Partido Popular, la retirase.  El PSOE y el Partido Andalusí reclaman todavía su restitución y han denunciado insistentemente el lamentable estado en el que se encuentra la obra. ¡Pobrecito Almanzor!

En Calatañazor podemos contemplar también un busto de Almanzor realizado en bronce, de autor anónimo, bajo el cual se lee el dicho popular del tambor. El poeta de la generación de 27  Gerardo Diego compuso un poema que glosa el desenlace de la batalla. No existen los políticos que leen -es otra leyenda- pero de hacerlo, temo que alguno cancele al poeta cántabro al dar con estos versos.

Azor, Calatañazor, juguete
Tu puerta, ojiva menor,
es tan estrecha, que no entra
un moro, jinete,
y a pie no cabe una flecha.
Descabalga, Almanzor.
Huye presto.
Por la barranca brava, ay,
y cómo rodaba,
juguete, el tambor

Sigo los pasos del Almanzor en retirada hacia Medinaceli herido de gravedad, donde murió poco después del verano de 1002. Todo el camino hacia su último lamento era de dominio árabe. Probablemente se detuvo a descansar en Berlanga de Duero, pues este emplazamiento formaba parte del sistema defensivo integrado por Gormaz, Atienza y Rello. Su castillo y las murallas que lo protegen son espectaculares, construidos en el siglo XII sobre la inicial fortaleza árabe.

Estamos en tierra fronteriza, en la Soria pura, cabeza de Extremadura. Recién inaugurado el segundo milenio de nuestra era, las gentes que habitaron la frontera sobrellevaban sus existencias entre razzias, incursiones, levas, esclavitud, hambrunas, enfermedad y miseria. Los hombres recibían tierras si blandían la espada; se jugaban la vida a diario. Apenas si cosechaban trigo y malvivían en chozas de adobe. Los meses invernales eran realmente duros. La vida se hacía del todo imposible y las criaturas de aquel tiempo y en aquel lugar pasaban la mayor parte del día junto al fuego.

El anacoreta y el manantial

Décadas después de la muerte de Almanzor, pocos años antes a 1060, muy cerca de Berlanga de Duero, un cristiano de los que sobrevivía en territorio islámico, es decir, un mozárabe, halló una oquedad a los pies de una pequeña colina en medio de un bosque de robles y encinas, de la que manaba constantemente un hilo de agua. Harto de muerte y de someterse al precio de la espada para poder comer, decidió habitar aquella cueva y consagrar allí a su Dios la soledad de sus días, en paz. El ermitaño resistía alimentándose de frutos del bosque. De vez en cuando algún correligionario solidario le proveía de algún saquito de trigo o de algo de carne de algún animal cazado.

Con el paso de los meses se empezó a correr el rumor sobre la propiedad curativa del agua del manantial y el anacoreta cobró cierta fama entre los mozárabes de Berlanga. A algunos no les motivaba demasiado la alternativa de la guerra permanente, y deseaban compartir con él su retiro, de manera que alguien, no se sabe quién, aunque quizás fue una determinación colectiva, decidió construir allí mismo un cenobio en el que vivir contemplando y orando a Dios y constituir en ese primitivo monasterio una primera comunidad de cenobitas.

Por aquellos años, Fernando I de León y de Castilla arrebató Berlanga a los musulmanes. Poco después volvió a perderla, hasta que hacia 1080 su hijo Alfonso VI la recuperó definitivamente para los cristianos. Ya tenemos, pues, razones más que precisas para pensar que tras la consolidación política y la integración del territorio soriano en la corona de Castilla, la nobleza decidiese financiar la construcción de una iglesia aneja al cenobio primitivo.  

Así y todo, parece ser que la primera noticia escrita que se dispone sobre la existencia de la ermita data de 1136, cuando el Concilio de Burgos decreta su asignación con resolución firmada por el rey Alfonso

El resultado es uno de los edificios religiosos más humildes, fascinantes, enigmáticos y hermosos que se pueda ver: la Iglesia de San Baudelio de Berlanga, llamada con justicia La Capilla Sixtina del arte mozárabe. Que nadie se llame a engaño tras escuchar semejante comparación. No se trata de un espacio monumental. Apenas unas pocas decenas de metros cuadrados protegidas por los tres muros del ábside -donde se encuentra el altar- los tres de la nave principal fabricados con mampostería y apoyados en sillares y la techumbre a cuatro aguas. No hay torre, no hay campanario, no busquen bóveda en el ábside, ni mucho menos una gran cúpula, y por supuesto desechen la idea de un rosetón o de un ventanal con vidriera de plomo.

Al llegar es necesario, antes que nada, viajar en el tiempo y recomponer el entorno a la imagen y semejanza de cuando era otro, e imaginar con la máxima convicción que el páramo actual adusto y extenso de tonos ocres, tierras de cereales, cardos y asperezas, en el centro del cual creció el humilde y bello edificio, en el siglo XI fue un frondoso bosque de encinas y robles que protegió y alimentó a los monjes o a los fieles que se desplazaban hasta allí desde Berlanga, Casillas o El Rello.

Un amigo me advirtió de las propiedades sensuales de su interior. Textualmente me explicó que cuando él visitó la iglesia, minutos después de hallarse en el centro del espacio, le sobrevino un orgasmo, literalmente. Así que enfrenté la entrada con gran expectación y al mismo tiempo conteniendo la respiración, por si me acometía la odiada incontinencia y experimentaba, a los pocos segundos de entrar, la temida eyaculación precoz.

La única entrada de la Iglesia de San Baudelio está enmarcada por un sencillo arco de herradura, sin adorno alguno, doblado tanto en las jambas como en su arquitectura. Desde fuera no se puede ver -ni tan siquiera intuir- nada de su interior, por lo que antes de entrar nos intimida la sensación de que nos vamos a sumergir en una oscuridad misteriosa, en la caverna de los tiempos, sin llegar a concebir, ni por asomo, lo que contemplaremos pasado un instante.

Y efectivamente, es necesario contener la respiración; casi es una exigencia fisiológica de nuestro cuerpo porque, desde preciso momento y hasta poco después de salir, el espíritu, o nuestra alma, o como quieran llamarlo, se apodera de todas y cada una de las funciones corporales, de todos y cada uno de los sentidos, de toda nuestra completa humanidad, y lo crean o no, dejamos de ser materia para convertirnos en otra cosa, y no me pidan que les diga en qué, porque no sabría explicárselo.

Así como en la Capilla Sixtina del Vaticano uno puede extasiarse bajo las pinturas de Miguel Ángel y admirar en toda su grandeza la capacidad del ser humano para crear belleza, la experiencia en San Baudelio es otra muy diferente. Su interior hechiza, en el más preciso significado de la palabra; el color y las formas primitivas, esenciales, simbólicas, alegóricas, iluminadas apenas por la penumbra que los ensalza desde la luz que atraviesa la puerta y el estrecho ventanal del altar produce una experiencia entre mística y sumamente placentera. No me extraña nada que mi amigo llegase a alcanzar el éxtasis, en su más concreta acepción.

La pequeña sala hipóstila, construida como si se tratase de una mezquita en miniatura, invita a imaginar los rostros de los cenobitas mal iluminados por sencillas lámparas de aceite cantando, proyectando sus sombras sobre las paredes, decoradas tan profusamente como si le temiesen al vacío con escenas bíblicas y extraños animales tanto propios de los bosques y tierras castellanas, como del África Subsahariana, la cuna de sus antepasados.

Si el visitante entra virgen en San Baudelio, tiene las de ganar. Quiero decir que lo mejor es desconocer los detalles arquitectónicos y artísticos de esta joya de la humanidad, a la que, por cierto, la UNESCO todavía no le ha concedido su gracia, porque la experiencia se convierte en un regalo compuesto de innumerables sorpresas. Por eso prefiero evocar mi visita con mis ojos llenos de mar.

La palmera

Aun así, no me resisto a avanzar que, una vez repuesto de la primera impresión, caí en la cuenta de la columna que se yergue justo en el centro de la nave principal, la célebre palmera de San Baudelio. Decorada con infinidad de puntos rojos que imita el tronco del árbol, se eleva en el espacio unos cinco metros, fuerte, consistente y bella, para sostener con gracia única todo el edificio, porque al final se derrama en ocho arcos a modo de palmas, bellamente policromadas, que son las que soportan la cubierta. Sobre las nervaduras de los arcos, se abre el hueco de una linterna sostenida por una pequeña cúpula, apenas perceptible, por la que se cuela la luz del día, creando un efecto mágico.

La singular belleza y versatilidad arquitectónica de la palmera de San Baudelio ha generado, además de admiración unánime, gran cantidad de estudios sobre su significado y origen. El estudioso Agustín Escolano Benito, catedrático de la Universidad de Valladolid, ofrece algunas  interpretaciones al respecto: nexo entre lo celeste y lo terrenal, cordón umbilical que une lo divino con lo profano, un sencillo capricho estético, árbol sagrado tanto en la Biblia como en el Corán, que alberga un oasis interior, una parada obligada en el arduo caminar de la vida, el símbolo del Edén sagrado junto a un humilde manantial.

Escolano indica que la palmera aparece recurrentemente en los Beatos medievales y que el “viejo árbol místico era la mejor metáfora que un arquitecto podía utilizar para representar el cruce de culturas que en aquel reducido ámbito de espiritualidad había tenido lugar a partir del año mil. El espacio que se configura bajo la palmera albergaba las huellas de todo un programa iconográfico, de una plástica narrativa que apenas dejaba un hueco sin cumplimentar

El poeta Gerardo Diego, quien también visitó la Iglesia, le dedicó a su palmera un soneto, del que transcribo el primer cuarteto

Toda la luz se ha vuelto disciplina
y arquitectura un sueño de palmera
Sueña que una tienda de frontera
abre su alma a proporción divina

El expolio

No todo lo que versa sobre San Baudelio de Berlanga  es incienso y mirra. La iglesia sufrió el expolio, la ignominia y la ignorancia durante el siglo XIX y XX. A pesar de que fue declarada de interés nacional en 1917, la mayor parte de lo que vemos hoy día sobre sus muros es la huella que dejaron las originales, extraídos impunemente por León Levi y Gabriel Derepee, dos anticuarios norteamericanos que las extrajeron de los muros llevándoselas a New York, Boston, Indianápolis y Cincinnati el año 1925 por 65.000 pesetas. Fueron vendidas por los vecinos de Casillas, término municipal en el que se encuentra la Iglesia, quienes la utilizaron durante todo el siglo XIX como tenada de ovejas.

Se abrió incluso juicio interpuesto por el Estado, que perdió contra los anticuarios y los propios vecinos, personados como parte de la causa. Tres décadas después el Museo del Prado recuperó algunas, pero la gran mayoría reposan el sueño de los justos en los museos estadounidenses. Para quien desee conocer los detalles de esta triste historia, Agustín Escolano nos los ofrece prolijamente, con pelos y señales, en su guía de San Baudelio de Berlanga, de Necodisne ediciones.

La jarcha y los buitres

Me costó dejar San Baudelio. Quería estar más tiempo. Se me pasó por la cabeza, incluso, esconderme en un rincón, entre los pequeños arcos de herradura que forman la recoleta imitación de mezquita y esperar a que cerrasen para disfrutar del espacio en soledad. Así podría hacerme una idea aproximada de la sensación que debieron vivir a diario aquellos primigenios cenobitas, fundadores del primer monasterio, o los feligreses que se llegaban a compartir ritos y rezos entonando clandestinamente, protegidos por el aislamiento, cantos visigóticos y mozárabes, salmos y antífonas, el sacrificium, el misterioso Sancta Sanctis, prohibidos y perseguidos por el Concilio de Burgos. Me da por imaginar también que de vez en cuando se colaría alguna jarcha.

¡Ay mamma, mew al-habibi
brayse ya no m'esnarade!
Por qéfaré, mamma,
¿in debyano d'este male? *

Este es el resultado de lo que ocurre cuando se llega desde el mar a la historia de Castilla, a la historia de España, que uno no atiende a los límites. Ya de vuelta a mi cuartel general, en la Sierra de la Demanda, conduje hacia el Cañón del Rio Lobos y decidí detenerme en el mirador de la Galiana. Atardecía y hacía frío. Apenas había luz y me hallaba completamente solo admirando desde esa espléndida atalaya la inmensidad y la magnificencia de la naturaleza en toda su plenitud. “Moriremos, todos moriremos, y probablemente un día la humanidad desaparezca de la Tierra, pero esto pervivirá para siempre, esta es la eternidad” recuerdo que pensé.

Cuando ya iba a partir invitado por el viento helado del Norte, un gran buitre me sobrevoló muy cerca, a escasos metros de mi cabeza. A los pocos segundos, llegaron cuatro más. Formados en círculo, me examinaron detenidamente, uno tras otro. Pude maravillarme con todo detalle de la elegancia al bailar el viento, sobrecogerme ante la envergadura de sus alas, fascinarme con su bello plumaje. Aguanté impertérrito unos instantes, sin moverme en absoluto, intentando alargar al máximo su visita, pero no tardaron demasiado en dejarme para volver a surcar el abismo verde del cañón. Probablemente se dieron cuenta de que estaba vivo, muy vivo.

 

*Ay madre, mi amado
se va y ya no me besará!
¿Qué haré, madre,
si no me libero de este mal?

1 comentario:

Ma_gal314 dijo...

Gracias por este hermoso recorrido literario por tierras castellanas. Me imaginaba a un Paul Bowles catalán bajo el cielo protector de Soria.