martes, 21 de julio de 2026

Mí(s)tica autopista

 

La autopista AP7 es nuestro estrecho de Ormuz. Cualquier Fu Manchú malintencionado que desee paralizar, literalmente, la vida de los españoles, sólo tiene que destruir unos pocos metros de asfalto de esta vía entre Gerona y Tarragona sin utilizar para ello medios demasiado sofisticados. Destruir es fácil. Sólo necesitamos voluntad.

Según el Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible, por la AP7 circulan a diario más veinte mil camiones que transportan cerca de medio millón de toneladas de materiales y productos que exportamos a Europa y que consumimos en España. Si por alguna razón esa vía quedase inutilizada, en tres días se produciría el colapso de la economía y de la vida cotidiana en España y Europa, que, por ejemplo, sería víctima del desabastecimiento inmediato de productos frescos.

Las pérdidas iniciales para el conjunto de la economía serían de más de cuatrocientos millones de euros. Más de sesenta mil camiones quedarían atrapados. La cadena de suministro industrial se detendría y las fábricas dejarían de producir. Igual que el agua, que siempre encuentra una fisura por donde fluir, los transportistas utilizarían vías alternativas para sortear el bloqueo, y probablemente volverían a la N-340, a la Nacional II, a la A7o a la A2, que abandonaron cuando se eliminaron los peajes de la AP7. Desde entonces, el número de vehículos pesados que circulan por la AP7 ha crecido en un 70%

Estas carreteras alternativas entrarían en colapso inmediato a las pocas horas, afectando con ello al tráfico local de cada una de las zonas, comarcas o municipios de su trazado.  De modo que centenares de miles de trabajadores quedarían totalmente bloqueados y no podrían llegar a sus lugares de trabajo. Alguien podría pensar en el tren como alternativa a ese hipotético suceso, pero la verdad es que en España el ferrocarril apenas absorbe el 4% del transporte de mercancías y actualmente no está en condiciones de hacerse cargo de medio millón de toneladas diarias.

Circular en las inmediaciones de Barcelona por la AP7 supone vivir una intensa experiencia poética. Yo suelo hacerlo. Además de constituirse en una vía tan estratégica como vulnerable, personalmente le profeso cierto apego, algo así como una de esas relaciones tempestuosamente apasionadas en las que el amor se confunde con el odio, o viceversa.

Hace algunos años fui digno receptor de la gracia mística automovilística en las proximidades del peaje de Martorell, pues era causa de embotellamientos históricos en los que, a base de acopiar paciencia infinita, uno podía llegar a experimentar levitaciones incipientes, un conocimiento profundo de la conciencia y en el caso de ir acompañado con los niños, la voluntad inquebrantable de reprimir el instinto asesino.

Ahora que somos libres y circulamos sin pagar, el embotellamiento en dirección sur se produce entre Martorell y Sant Sadurní de Noia debido a la pendiente de unos diez kilómetros en la que la mitad de los camiones bloquean el carril central para adelantar a la otra mitad que, por la razón que sea, son más lentos, lo cual produce el movimiento de todos los turismos hacia el tercer carril y el consecuente atasco.

En dirección Norte, vivo sin vivir en mí sobre todo los fines de semana y fiestas de guardar, pues poco antes de llegar a Vilafranca del Penedès la autoridad de tráfico dispuso, hace ya años, la entrada provisional a un cuarto carril, que habitualmente es el tercer en sentido sur, pero que se habilita excepcionalmente, sobre todo en verano, para circular en sentido norte mediante los preceptivos iconos de listas anaranjadas, con el objetivo de desahogar vehículos y mejorar la fluidez. 

El efecto, sin embargo, es el contrario, pues el acceso se encuentra en el carril rápido, con lo cual, los vehículos que desean incorporare tiene que frenar forzosamente hasta, como mínimo, los 80km/h, cosa que produce frenadas a los que circulan a 130km/h,  y el inevitable y conocido efecto acordeón, que causa la subsiguiente retención.

A menudo, cuando ya la mística resulta inútil, nada me libra del desespero y ni la música The Waterboys mitiga el tedio, acudo a mi admirado Julio Cortázar evocando interiormente el cuento “La autopista hacia el Sur”, publicado en 1966 en su libro “Todos los fuegos el fuego”.

El genial escritor argentino plantea un embotellamiento en la carretera de Fonteneblau a París, que se prolonga durante meses, convirtiendo la vía en un microcosmos en el que las criaturas que lo habitan, nombradas con la marca y modelo de sus vehículos, deben organizarse para poder sobrevivir en una circunstancia de inmovilidad, sin más horizonte que el vehículo inmediatamente anterior en una única dirección, que es la que la carretera indica.

Cortázar explota al máximo esa situación en la que se llegan a producir nacimientos, enamoramientos, hambre, frío, enfermedades, o incluso la muerte natural. “La Autopista hacia el Sur” deviene así en una gran metáfora de la existencia, en la que todo es pasajero y vulnerable, en la que se constata que, a menudo, la vida de los seres humanos está condicionada por factores o circunstancias sobre los que los humanos no tenemos poder.

Lo cierto es que durante el tiempo en el que padecemos el atasco, el paisaje humano que nos rodea es el mismo durante el tiempo en el que permanecemos parados, o incluso durante los kilómetros en los que la caravana avanza a paso de tortuga. Siempre son las mismas caras, contaminadas por el mismo hastío. Es decir, compartimos aburrimiento, apatía, impaciencias y agobios.

A veces me entretengo y me imagino las vidas de mis vecinos de congestión en la AP7, o incluso intento leer los labios de quienes todavía sacan fuerzas de flaqueza y conservan el humor y la voluntad de hablarse, de contarse algo dentro del coche. Se preguntan la hora, si lo han pasado bien en el lugar de donde vienen, si lo pasarán mal al lugar donde se dirigen con desgana, y casi por compromiso; si el niño se ha dormido o si al llegar a casa estará todavía abierta la tienda asiática en la que poder comprar pan.

En ocasiones he visto besos, besos exclusivos de la AP7, besos de afecto, besos compasivos, besos de pasar el tiempo, besos en la mejilla, algún que otro beso de amor que aspira a algo más, al escarceo y a la caricia, pero se queda en beso reprimido, porque se siente observado y no encuentra más salida que la expectativa de la llegada, y para entonces, quién sabe cómo será la vida...

En todas las retenciones, siempre hay algún otro conductor que nos mira fijamente, y al que nosotros también miramos. Se produce entonces un interrogatorio recíproco a través de las ventanillas en el que ninguno de los dos ni pregunta ni responde, porque en realidad se trata de un intento de reconocimiento mudo, tan sólo visual, a través del cual nos identificamos como víctimas de la misma eventualidad, pero al mismo tiempo nos invocamos sobre quiénes somos, a qué nos dedicamos, ¿me ayudarías si te necesitase? ¿Y tu, lo harías? ¿nos intercambiamos el coche, a ver qué ocurre? Tu conduces el mío y yo conduzco el tuyo. ¿Y los niños? Serían míos. ¿Y mi pareja? Sería mi pareja. Hum, no sé… Mira, atento, ya parece que arrancamos...

Y ya nunca los vuelves a ver, ni en otro atasco, ni en ningún otro lugar, porque aunque los vieses sólo podrías reconocerles detectando el recuerdo de esa expresión fatigada, la mirada pesada, el dedo aburrido hurgando en las fosas nasales, la mano en el mentón, el sueño, o la posibilidad de otra vida, en otro coche. Aunque, quién sabe: quizás sí, quizás ese gesto rendido no sea exclusivo de la AP7 y entonces, por error o equivalencia, interrogarías del mismo modo a muchos hombres y mujeres con los que coincides a lo largo del día, de los que ni sabes nada ni nada sabrás.

Cabe señalar que los atascos de la AP7 se producen debido a su propia naturaleza. Quiero decir que la carretera es así; sufre de retención crónica producida por un exceso de vehículos. Sin embargo, esa dolencia puede convertirse en trombo si además de su condición enfermiza se añade la contingencia de los accidentes, por otra parte muy habituales. Es la embolia o ictus del tránsito. En esa circunstancia de captura, secuestro o retención apesietera (que he vivido en más ocasiones de las que me gustaría) he optado por aprovechar el tiempo entrenando mi poder psicoquinésico.

Cierro los ojos, bajo la cabeza y tras unos segundos concienciándome con toda la fuerza de mi voluntad de que soy poderoso y capaz, alzo mi rostro transformado, abro los ojos rebosantes de energía,  miro con decisión férrea al frente y espero a que mi Toyota levite, se eleve entre los mortales, y sobrevuele liviano cual águila planeando una corriente convectiva  la gran caravana de coches capturados en la AP7 hasta llegar de ese modo a mi destino, en un aterrizaje suave, sano y salvo, ufano y orgulloso de mis capacidades, feliz de haber sorteado tamaño infierno con solvencia y sin demasiado esfuerzo.

Pero he aquí que algo no sale del todo bien, porque en el momento en que abro los ojos tras concentrar toda la energía de que soy capaz en lo profundo de mi mente, me percato de que  mi vehículo no se mueve, pero el que se encuentra justo delante del mío experimenta un extraño temblor en la carrocería, una especie de vibración inexplicable.

A los pocos segundos le ocurre lo mismo a la furgoneta que se encuentra a mi derecha, después al híbrido de mi izquierda, y así, hacia delante y hacia detrás, como si de una corriente se tratase, en un contagio mágico y progresivo el espasmo automovilístico se generaliza causando la alarma de todos los conductores, que se miran entre ellos, preguntándose, desconcertados, qué es lo que está pasando.

Entonces, suavemente, los coches empiezan a elevarse unos pocos centímetros. Hay quien intenta abrir la puerta y escapar, pero se da cuenta de que puede ser peligroso, porque progresivamente la elevación aumenta, tanto en número de vehículos como en altura, de manera que transcurrido un minuto desde la orden errónea de mi mente, prácticamente todos los automóviles que se encuentran atrapados en las inmediaciones de Vilafranca del Penedès levitan desde el asfalto una altura de entre cuatro y cinco metros. Es el momento culminante.

Me estremezco  observando la imagen poderosa, sugerente y bella de kilómetros de autopista cubiertos por una masa infinita compuesta por miles de coches, miles de  camiones con todo su tonelaje, que permanecen suspendidos en el aire igual que Numayos en Ulises 31, o mejor todavía, como si fuesen el pueblo flotante de Castroforte del Baralla, que se desprendió de Galicia , elevándose hacia el cielo, por obra y gracia de Gonzalo Torrente Ballester en “La saga/fuga de JB”

Es el momento de aprovechar la oportunidad. Mi coche sigue en tierra. No tengo más que desplazar la palanca de cambio hacia la D, presionar el acelerador y salir a toda velocidad siguiendo hacia el norte el trazado de la AP7, libre de vehículos, que se mantienen en el aire, unos juntos a otros, formando una estructura compacta como si se tratase de un insospechado toldo que me procura la sombra contra el sol inclemente durante todo mi trayecto.

Lo cierto es que, en honor a la verdad, la visión desde tierra es aterradora, porque desde mi perspectiva lo que veo es la panza sucia de los coches, sus bajos, una amalgama de tuberías y escapes negruzcos que conforman en esa unión elevada una especie de cielo oscuro pintado por el siniestro Giger.

Sea como fuere, no puede dejar que semejante visión me acoquine, de manera que aprieto a fondo el acelerador y llego a alcanzar los 200 km/h, porque de repente he caído en la cuenta de que no sé cuánto tiempo perdurarán los efectos de mi poder psicoquinésico.

Malo sería que la vuelta a la normalidad sobreviniese antes de llegar, como mínimo, a las inmediaciones de la Universidad Autónoma. Creo que a partir de allí podría considerarme a salvo.  Pero ¿Y si se consolidase la situación actual? ¿Y si ya, para siempre esos vehículos permanecen en levitación? ¿Cómo socorrerán a los ocupantes? ¿Alguien sabrá que fui yo quien causó el fenómeno? ¿Si me detienen, creerán que no lo hice a posta, que todo se debe a un error causado por mi falta de práctica en las artes telequinésicas? ¿O quizás culparán de lo sucedido a Oscar Puente y Salvador Illa y entonces sí, lo que caerá será el gobierno?

Parece que nos ponemos en marcha. Tengo la sensación de que el conductor de la furgoneta que empieza a avanzar a mi derecha me está observando. Sí. Me mira de un modo extraño, como si quisiese preguntarme algo.  El híbrido de mi izquierda lanza la enésima colilla por la ventanilla, se acoda con gesto de fastidio, pone primera y poco a poco va progresando, hasta que ya, cuando el tráfico fluye con normalidad, le pierdo de vista. Conecto de nuevo la música. Suenan otra vez The Waterboys. “This is the sea” es mi canción favorita. Estoy seguro que Mike Scott la compuso sin leer a Jorge Manrique. De hecho, no debe saber quién fue. Si todo va bien, en poco llegaré a mi destino. Siempre llegamos