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domingo, 2 de mayo de 2010

No hay manera


Mi criado se ha declarado en abierta rebelión. Hace un par de meses me dijo. “Señoritingo, el frotar se va a acabar. A partir de hoy, la casa te la va a limpiar Rita.” Yo me puse muy en mi sitio de amo y le respondí, alzando gravemente la barbilla y cruzando las manos en la espalda, que si la situación se planteaba en esos términos, ya podía recoger sus cosas y dejar libre la habitación, a la mayor brevedad posible. Y entonces se desencajó de la risa. Prorrumpió tal carcajada que casi me dieron a mí ganas de llorar. Estaba desconcertado. Le acababa de despedir, pero lejos de parecer preocupado, se dirigió al mueble bar, se sirvió tres dedos del mejor whisky y después de aposentarse cómodamente sobre mi sillón de lectura, mientras colgaba su pierna derecha sobre el apoyabrazos movíendola como un trapecio, me dijo que dejase de decir tonterías, que si todavía no me había enterado, después de casi dos siglos de inmortalidad, de que yo y él (él y yo) formamos un dueto indisoluble. Que por mucho que él esté hasta el gorro de mí y yo esté ya bastante harto de no poder dar un paso sin dejar de sufrir su sonrisita de perro Patán junto a la oreja, somos el uno para el otro la montaña y la roca de Sísifo. De un solo trago se bebió el whisky, me guiñó un ojo, se incorporó, y después de darme un par de humillantes golpecitos en el hombro, abrió la puerta de la calle y se fue silbando la canción de los Ronaldos que esta temporada vende los muebles IKEA.

Esto ocurrió a mediados de Febrero. Desde entonces he tenido que desarrollar habilidades que nunca había tenido oportunidad de ensayar. Por ejemplo, limpiar el polvo de las estanterías sin tirar nada al suelo. Y no se me da nada bien. Lo cual tampoco tendría la menor importancia si no fuese porque mi torpeza con la limpieza ha desencadenado en mi casa una serie de sucesos difíciles de explicar y de creer. Entre montones de libros, figuritas de adorno, fósiles, dedales, suvenires, muñequitos de superhéroes, piedras de ciudades, arañas de goma, lapiceros de colores, flautas indígenas, placas conmemorativas, cedés, velas, cirios, quemadores de incienso, linternas de fuego, y un sinfín más de cachivaches, sobre las estanterías de los muebles de mi casa descansan más de una decena portarretratos que muestran rostros de seres queridos y de personajes admirados. Tres de ellos están en blanco, no contienen imagen alguna y la ausencia se debe a que se precipitaron al suelo por un mal golpe de plumero. Quiero decir, por si no se ha entendido, que cuando un portarretratos se precipita al suelo desde la estantería de la librería de mi casa, éste deja de contener a la persona que mostraba y el marco contiene, a partir de entonces, un inmaculado fondo de color blanco, independientemente de que el cristal que protege la fotografía se haya quebrado o no. La imagen se difumina y desaparece por completo, sin más

El primer marco que se estampó contra el suelo fue el que contenía el retrato de mi Dolores. ¡Qué cuello tan hermoso .! Sobre él he olido fragancias que todavía busco con desespero, como perro que levanta el hocico ante la proximidad de su amo; sobre sus hombros he llorado despedidas y éxtasis en camas clandestinas y penumbras ilegales; puedo ver todavía las manos blancas que sujetaban con delicadeza el papel enrollado en el que alguien escribió nuestro destino y que recorrieron mi espalda desnuda en caricias cálidas con escalofríos de placer. Pero por muy suave, por muy puro que fuese el blanco de su piel, por perfectas que fuesen las formas de su cuerpo, lo que de ella me cautivó fue el mirar negro de ojos desinhibidos contenido en un gesto altivo, elegante e irresistiblemente seductor. Así me ha mirado durante décadas desde el retrato que he conservado en el transcurso de todas mis vidas, hasta que la rebelión de mi criado sumada a mi torpeza produjo la catástrofe, y ahora sufro una ausencia que se multiplica por dos en el tiempo, porque es ausencia secular y contemporánea; la ausencia de la imagen, ya para siempre, de quien he buscado durante noches de soledad interminable, y que mantenía viva la memoria de la oscuridad de una mirada que sólo con un soslayo me provocaba ansiedades difíciles de definir. Ahora no hay más que vacío, un marco que acoge la nada, ni siquiera la transparencia letea de un espectro que dibujase como con humo una silueta evocadora para el consuelo de mi pena. He llorado nuevamente esta ausencia conocida, he buscado el origen racional de su causa, pero cuando me acercaba a hallar la explicación, he tenido miedo, he dado marcha atrás y he preferido invertir mis energías en ingeniar la manera de resucitar la imagen de mi Dolores en el centro del marco, y se me ha ocurrido que el único modo posible es invocarla a través de su nombre escrito. “El verbo se hizo carne”, dice el libro sagrado. “La palabra inventa, es decir, halla” escribió el maestro Valente. No hay día que pase, desde que mi criado hizo su revolución, en el que mire las siete letras encerradas de su nombre. No pierdo la esperanza. De hecho, si algo me sobra son los días.

Ahora, en este párrafo, me disponía a explicar quienes eran las otras dos personas que han desaparecido de las estanterías de mi librería; iba a relatar cómo fue que tiré los portarretratos al suelo y qué siento cuando en lugar de sus rostros veo el telón blanco de su ausencia. Pero justo en este instante suena el cerrojo de la puerta y se viene aproximando en la longitud del pasillo un ruido de pasos arrastrados y el sonsonete de la canción de Los Ronaldos que surge burlon del silbido agudo de mi criado. No ha dejado de cantar la cancioncita dichosa desde el dia de su manumisión unilateral. Hoy sábado, Primero de Mayo, seguro que se habrá puesto hasta las cejas de vino. Así es que lo dejo para otra ocasión. Intuyo que habrá tormenta, como en los viejos tiempos.

Vuelvo mañana

viernes, 27 de noviembre de 2009

Noche en vela


Los días en los que mi criado libraba eran perfectos para escribir mi pieza semanal. Aprovechaba la noche y tenía por costumbre dejar todo el piso a oscuras, excepto la cámara de trabajo, en la que encendía tres velas. Una sobre el escritorio, que me ayudaba a ver; otra junto a la puerta, a modo de alarma, por temor a los intrusos, ladrones o maridos despechados, para que al abrir la puerta el golpe del aire sobre la llama me alertase de la invasión; y otra más junto a la ventana, por si a mi Dolores le deba por venir a verme, como señal de vía libre.

Disponía muy cuidadosamente sobre la mesa el tintero, la pluma, un vaso y una botella de vino y, después de los dos primeros tragos ya podía escribir la primera frase. Aquella noche concreta, noche de otoño en Madrid, le daba vueltas a unas palabras de Goethe que me bailaban en la cabeza desde hacía semanas; una sentencia tremenda que me dejó petrificado, porque nos define y nos condena: “Harto de la libertad, el caballo toleró que lo ensillaran y lo embridaran y, por su esmero, lo montaron hasta la muerte”.

“¡Estúpidos. Esta tierra nuestra la habitamos una ingente cantidad de estúpidos!”, pensaba un día sí y otro también, dale que dale a la frase de Goethe. Mojé la pluma y al poco volví a hacerlo, porque como no arrancaba a trazar la primera letra, la dejaba suspendida sobre el papel, casi rozándolo, y la tinta se secaba. De modo que me levanté, tan bruscamente y dando tales resoplidos, que la llama de la vela tembló hasta casi extinguirse. Cuando ya parecía que vislumbraba el inicio, volví a sentarme, nuevamente en vano. Entonces me incorporé otra vez, caminé dos pasos hasta la ventana y me entretuve viendo la sombra gigante de mi silueta sobre la tierra de la calle sucia. Por unos momentos me sentí Dios, el Dios de la calle en la noche, y creí percibir cómo la genialidad de Goethe se derretía fundida junto a la cera de las velas. Liberado y crecido -endiosado- retomé la tarea. Bebí un trago, mojé la pluma y en el momento de escribir la primera letra, el fuego del cirio que dejé ardiendo junto al dintel se agitó y me di cuenta entonces de lo inútil de la estratagema, porque me quedé en el sitio, paralizado, más que por el miedo, por la expectativa, por la intriga de conocer la identidad de quien se adentraba por el pasillo de mi casa en aquellas horas de ventolera oscura revuelta en hojas secas. La vela bailó al ritmo de los pasos firmes, que se acercaban inexorables. Distinguía un rumor familiar de tela pesada, quizá mojada, arrastrada con prisa y decisión. Súbitamente la vela se apagó. Entonces, en la penumbra de la estancia, como surgida de la imaginación, apareció la figura contundente, abrigada y bella de Dolores, mi Dolores, que al poco de atravesar el umbral se detuvo y, en pie, firme y hermosa como una columna corintia, me reclamó ansiosa con sus ojos negros. No lo dudé. Me levanté y en un instante la estaba abrazando, oliendo la humedad de la madrugada en su ropa gruesa, deshaciendo el pañuelo sobre la cabeza, revolviendo el pelo hasta dejar caer su larga melena sobre la espalda. A cada prenda que nos quitábamos, nos íbamos acercando al suelo. Primero de rodillas, como penitentes siameses, besándonos en el cuello, en el pecho, en la boca. Caímos tumbados definitivamente, y entonces la vela que iluminaba la hoja en blanco se apagó. Al abrigo de la luz de la última espelma nos amamos con urgencia cautiva en aquella noche de otoño. Yacimos unos minutos, abrazados, calentando los cuerpos con el aliento, hasta que Dolores se desprendió de mis brazos y sin mediar mirada dijo que se iba, que me había deseado toda la semana, y que no sabía si podría volver a verme. “Haré lo que quieras amor, lo que quieras, pero no me dejes, no puedo estar sin ti. Podemos irnos juntos, ahora mismo, dejar Madrid. Tengo buenos amigos en Francia. Podemos hacer lo que tú quieras que hagamos, pero no me digas que ya no podemos vernos. Lo que quieras, ¿me oyes? ¡Lo que quieras!”. Mientras se vestía me dijo que si me iba a quedar desnudo sobre el suelo todo lo quedaba de noche. Me calcé como pude los pantalones y la besé. Giró sobre si misma y, con el vuelo del vestido, la última vela dejó de arder. Sin decir más, como si tuviese desde siempre la facultad de ver en la oscuridad, caminó decidida por el pasillo, cerró de golpe la puerta y se fue.

Bebí todo el vino que quedaba. Ni siquiera miré por la ventana para ver cómo se alejaba. Encendí de nuevo la vela del escritorio, hundí la pluma en el tintero y empecé a escribir:“En la noche de hoy he encendido tres velas. Una para escribir, otra para amar y la tercera para huir. Ninguna de las tres ha cumplido su cometido […]”. Por supuesto, esa pieza jamás se publicó.

Vuelvo mañana

El cuadro es de Joseph-Benoît Suvée y se titula «Butades o el origen de la pintura» (1791). Según se escribe en el blog en el que lo he encontrado http://asailorosalia.blogspot.com/ representa a una joven mujer de Corinto, hija de un artesano llamado Butades, que, con un carboncillo y siguiendo la sombra proyectada a la luz de una vela, traza en una pared la silueta de la cabeza de su amante, que está a punto de marcharse, para así conservar su imagen, o como dicta la tradición primitiva, también su alma.

lunes, 31 de agosto de 2009

Revolución


Al finalizar el tercer día estaban exhaustos. Habían estado amándose desde el amanecer que sucedió a la noche que llegaron. Cuando ya el calor empapaba las sábanas decidieron conducir unos quilómetros hacia la costa para poder bañarse en las aguas limpias que arribaban vagas, casi sin fuerza, a la orilla de algunas calitas conocidas solamente por contrabandistas, pescadores y traficantes de hombres.

Tumbados sobre los cantos marinos dejaban tostar sus cuerpos al sol. Si alguna gota de sudor resbalaba sobre la piel, se incorporaban lentamente y, prácticamente sin ver, con los ojos muy cerrados para no ser cegados por el resplandor, se zambullían. En el mismo instante en que se sumeregían, un estremecimiento de placer les liberaba nuevamente, porque aunque sus cuerpos no estaban unidos, las sensaciones se comunicaban en una caricia constante, como si la piel de cada uno estuviese conectada, copulada a través del agua, sin necesidad ni intervención del sexo de cada cual. Era un momento revolucionario, el minuto soberano en que los cuerpos recuperaban el sentido de la existencia para emerger nuevos, como reencarnaciones gestadas en el recuerdo de horas pasadas; pechos, hombros, caderas, piernas, brazos, renacidos, brillantes bajo la luz del origen, y la sensación concluyente al tomar oxígeno, flotando en el mar virgen, "de que la existencia humana se reduce a ti y a mi, Dolores, en este sueño de verano, en la noche húmeda que respiro, entre cigarras y grillos, bajo todas las estrellas sobre la hermosa tierra árida de Almería."

Vuelvo mañana.

La imagen corresponde a los Amantes de Valdaro, hallados en Italia en 2007: se aman eternamente desde hace 6.000 años.

lunes, 27 de julio de 2009

Tesis al atardecer de un verano


Hay uniones extrañas entre dos elementos que resultan fructíferas. Recuerdo a una gran dama de la excelencia esencial de los valores patrios decir, ante millones de telespectadores, que las peras con peras y las manzanas con las manzanas. Esto lo decía para defender el matrimonio heterosexual de toda la vida, cuando en realidad lo que hacía era argumentar con un ejemplo contrario la tesis que pretendía defender. Es decir, que inteligencia y facherío son dos estados antagónicos de la mente que, unidos adecuadamente dan como resultado sofismas de lo más entretenidos.

Si hablo de alguien, lo mejor es seguir con uno mismo, y sin piedad, por aquello del agravio comparativo. Pepita y yo, yo y Pepita no teníamos ningún futuro. Me atrajo su lunar en el pecho, y el perfume embriagador que me dejaba lelo cuando aprovechava sus descuidos fingidos y la besaba en el cuello, entre las sombras del "Príncipe" y del "dela Cruz". Pero como pareja, como unión de dos elementos, como matrimonio, nadie daba un maravedí. Aún así dimos al mundo tres hijas. La más pequeña, Baldomera, a la que no conocí, fue una alhaja: contribuyó de una manera notable a los inicios precarios, pero prometedores, de la ingeniería financiera, porque inventó, avant la letre, la famosa estafa piramidal.

A la Wetoret la dejé por mi Dolores y, a día de hoy todavía ando en su busca .Yo quería amor eterno. Todavía no sé lo que ella quería. Yo le escribí versos lamentables. Ella ni los leía. Yo le esperé en la esquina de cada noche. Ella no aparecía. Una unión imposible, de besos apasionados y carne viva, sentenciada por el tiempo y el destino que nos había reservado la vana misión de dar a luz, en España, al Romanticismo a través de mi muerte y pagando el precio de nuestro amor. Ese fue el fruto de nuestra unión. Así es que, cumplidos con el destino, ahora reclamo la recompensa. ("-¡Ja!"...) Otra vez el imbécil de mi criado.

Hay uniones mucho más raras, fértiles e interesantes para la vida de este principio de siglo. Pude comprobarlo hace unos días, en uno de mis paseos estivales. El atardecer junto al mar permite ver el instante en que el cielo y el agua se sueldan en el horizonte como dos piezas de materia desconocida que se funden al rojo vivo. El resultado de esa unión es efímero y quizá por eso se repite eterno en el tiempo. Así pensaba al inicio del trayecto que decidí encaminar hacia las callejuelas estrechas y empinadas del hermoso pueblo marinero que corona un imponente castillo cubierto de hiedra espesa. El lugar donde se ubica el castillo es un privilegiado mirador que encara el mar y allí todavía pude maravillarme de la ilusión del agua y el cielo en plena licuación, o colicuación, o sencillamente cópula, y entonces tuve que rectificar y entendí que el fruto de ese instante trasciende los pocos minutos que tiene lugar. Es la misma oscura y larga noche de los tiempos la hija legítima del ocaso.

Los muros del castillo eran otro buen ejemplo de matrimonio entre dos contrarios porque nadie hubiese dicho que, antes de que la hiedra creciese y se apropiase de las paredes, allí trabajaron albañiles y maestros artesanos día a día, durante meses, colocando sillar sobre sillar, hasta formar aquel majestuoso edificio, porque la hierba se abrazaba tan apasionadamente a la piedra que si en algún momento se secase, desparaciese o alguien la cortase, quedaría tan desnudo el castillo que pasaría a ser un vulgar y pesado mamotreto al final de una loma.

Rebasé el castillo y continué camino a través de un agradable sendero con el que dejaba el pueblo a mi espalda. A un lado y a otro no hacía más que comprobar y certificar mi teoría recien estrenada. Chumberas nacidas del tronco de los pinos, que ofrecían higos chumbos y piñas piñoneras; zarzas moreras enredadas en las ramas de algarrobos, de las que caían moras jugosas y maduras algarrobas; cardos amigables entre rastrojos afilados; huellas pacientes de caminantes entre marcas impacientes de neumático; pequeños cañaverales junto a vallas amachambradas a base de somieres oxidados; siempreviva y genista; roca y polvo; restos de ladrillo en el camino, ortigas, lindes centenarias, espiga borde, barbechos a la espera, olivo y ciprés, y más ciprés...

Entre muros blancos inmaculados, hacían notar su soberbia presencia una docena de cipreses inhiestos. Después de unos minutos de paseo, de contemplación y casi de paroxismo mediterráneo, había llegado al cementerio. Me detuve solamente un momento para admirar y disfrutar del silencio que de allí provenía, ni siquiera roto por la brisa marina que soplaba en los minutos finales del día. Anduve unos metros más y me di cuenta de que aquella escandalosa mudez no provenía del cementerio, porque justo frente a él, tan sólo separado por el espacio destinado al aparcamiento, aparecía flamante el colegio nuevo de enseñanza primaria del pueblo. Los cipreses lo ocultaban, como quien protege a su prole, como quien marca el territorio de sus dominios. Camposanto y colegio conviven allí en un mismo espacio ; las familias aparcan el vehículo en el mismo lugar en donde, o bien despiden con tristeza desconsolada, a sus seres queridos, o los reciben con alborozo y expectación, viéndoles correr alborotados con el primer garabato arrugado en las manecitas, que sin pretenderlo, apuntan ya con sus deditos hacia el ciprés que custodia la verja de enfrente. Aquella era la prueba definitva con la que rubricaba mi tesis.

Al marchar de vuelta al mar, ya con la noche a cuestas, pensaba en la suerte inmensa que disfrutan los niños de aquella villa, por la calidad de la educación exclusiva que desde bien pequeños reciben.


Vuelvo mañana

miércoles, 10 de junio de 2009

Otro verano eterno


He vuelto al mar. Estos días de premonición veraniega me siento a leer a la sombra de una morera. Desde allí tengo a dos pasos el agua azul. Lo puedo ver a través de un amplio arco que une dos edificios antiguos, y por el que se llega a la playa. El mar parece enmarcado, detenido, como cogido por sorpresa entre la piedra rojiza de la bóveda. Un candil marinero cuelga de la clave en forma de pez y da la sensación de que está dispuesto así para completar la postal ideal mediterránea, la fotografía con la que multitud de turistas han vuelto a casa y han podido ser felices haciendo gala del lugar tan mágico y exclusivo en el que pasaron unos días. Alguien lo conectó allí, seguro, con la mala intención de aguar la fiesta a los jóvenes enamorados. Aunque también me gusta pensar que lo instaló hace muchos años un joven pescador con mal de amores, para alumbrar con su luz la espera, o para señalar el camino que debió andar quien nunca volvió. Pasaron los años y, ya viejo, abatido, enfermo de corazón áspero y arrugado, lo dejó colgando para iluminar con su luz pendular las gruesas hileras de lluvia en las noches oscuras de invierno.

Últimamente vuelvo al mar con frecuencia, aunque nunca me ha atraído de manera especial. He sido hombre de interior, pero ahuyentado por las deudas y por ver si encontraba a Dolores, viajé a Inglaterra, y tuve la oportunidad de experimentar en toda su grandeza la fuerza del océano, el ímpetu del viento azotando las velas, las olas salvajes arañando la cubierta, el horizonte encarnado, inalcanzable, cobijando al sol, y el resplandor de la tormenta a lo lejos, surgiendo desde el confín abisal, como si en realidad la luz del rayo emergiese de lo más profundo del mar en lugar de desprenderse de las nubes del cielo. Al llegar a Londres a través del Támesis, aquella furia desatada devenía, milagrosamente, en una calma densa auspiciada por la niebla que tan bien protegió a criminales, contrabandistas, traidores y reyes. Una milla antes de atracar, ya se oía sonar la campanilla del puerto, que servía a la tripulación para orientarse y poder maniobrar con seguridad. El barco se adentraba cansino, prudente, como a hurtadillas, en la célebre espesura, y solamente se oía el agua salpicar el casco y la carena. No se veía nada. Los pasajeros apenas podíamos distinguir el mascarón de proa; todos estábamos expectantes, inquietos, nadie hablaba; un silencio pagano había invadido todo el espacio, y hasta el más mínimo sonido, la más leve tos, se propagaba como la electricidad en el agua. La verdad es que nos daba la sensación de estar asistiendo a una oscura ceremonia de bienvenida, acompañada insistentemente, cada tres segundos, por el tintineo de la campanilla, que avisaba a los habitantes de un profundo y misterioso lugar de la llegada de un nuevo cargamento humano.

En Londres tampoco la encontré.

El mar nos ha ofrecido a los románticos momentos memorables, pero, mal que le pese a Friedrich o a Géricault, de haber hecho mis huesos viejos, yo me hubiese retirado a San Ildefonso, a Corella, o a Valladolid, en donde me quedaron buenos recuerdos. O a cualquier otro lugar a salvo de nieblas, brisas y salitre. Si cada cierto tiempo vuelvo al mar es para encontrarla. Sé que me huye. Me huye por miedo. Sabe que si nos vemos no tardaremos un instante en abrazarnos, olernos, aprisonar con rabia nuestros rostros y besarnos como besa la ola en la tormenta. Nos amaremos con urgencia, o quizá con rencor, y nos resarciremos del espacio de tiempo que hemos ido dejando atrás, pletórico de energías contenidas; entonces, en cualquier recóndito lugar de ese suceder de años negros, se producirá un gran estruendo cósmico y la vida volverá a suceder.

Pero indefectiblemente llega de nuevo la noche y yo sigo cobijado bajo el árbol desde el que la espero a través del arco, como si se tratase de una puerta que diese paso a otra dimensión. Al cerrar el libro, poco antes de levantarme y caminar hasta casa, a menudo distingo al viejo que pude ser merodeando entre las sombras cercanas, esquivando la luz pendular del candil que se mueve con la brisa como el reloj de las horas. Camina acompañado por la tenue neblina que propicia la humedad del agua después del anochecer, en estos días que ya auguran otro verano eterno.

Vuelvo mañana

martes, 12 de mayo de 2009

Otro atardecer en la plaza


La paloma perseguía al gorrión que perseguía la trayectoria de la miga de pan que la abuela había lanzado sentada en el poyete de la plaza cuando la tarde apuntaba al caer y los chiquillos alborotaban en un griterío prometedor, corriendo de aquí para allá, sorteando carretas, animales, señoritas con sombrilla, aprendices de vuelta del taller, reclutas, dos ciegos, barquilleros y carteristas, escabulléndose del alguacil que parecía seguir la lógica del juego de los críos cuando alguna de las señoritingas se molestaba porque las manos sucias de alguno de ellos le habían pringado las blondas sedosas del vestido y se veía obligado a perseguirlos, torpe, empujando su barriga, porra en ristre y vociferando los juramentos que el resuello de la carrera y el volumen de su buche le permitían.

Aunque por su tamaño la paloma era más rápida, el gorrión supo aprovechar la ventaja de haber sido el primero en ver a la vieja vestida de negro disponer la mano derecha en forma de pala con la que al poco lanzaría al aire el trocito de pan. El gorrión sabía que el bocado no era para él porque a los gorriones, unos y otras, gorriones y palomas, saben que nadie les ofrece nada. Todo cuanto se llevan al pico se lo ganan a base de astucia, y sabiduría de salto, vuelo y ojo avizor.

Finalmente la cortecita de pan cayó al suelo en un ligerísimo doble rebote al borde de uno de los innumerables charcos que no se secaban hasta bien entrado el verano. Evidentemente, nadie en la plaza reparaba en la escena. Solamente yo y la vieja que la había propiciado observábamos atentos las evoluciones de la lucha por el sustento. Sin embargo, la abuela enlutada no podía consentir que un despreciable gorrión le pudiese birlar a la paloma de sus desvelos el pan que ella misma se quitaba de su boca. Así es que, confiada en que el más grande de los dos pájaros ganaría la carrera, se limitó a esperar a ver como la paloma adelantaría al gorrión en un último suspiro, por patitas, con la certeza de que antes de que éste diese el último saltito, la rata alada se haría con el botín. Pero no fue así. La ligereza del gorrión acabó por ser más eficaz que el tamaño de la paloma, quien en décimas de segundo vio delante de los alfileres de sus ojos como el pequeño pajarillo clavaba el pico en el pan y en dos saltos y un corto vuelo se hacía con él.

A la vieja aquello no le gustó nada. Contrariada, se levantó como pudo, lenta, parsimoniosa y, acompañada de un leve quejido reumático, encorvada sobre el mundo, levantó el cayado que le permitía sostenerse en pié y de un mandoble certero mandó a la paloma al otro barrio. Allí quedó muerta la paloma, medio cuerpo sobre el agua y medio sobre el barro, con las alas abiertas en cruz y el pico abierto. La vieja embicada, cubierta de negro la cabeza, dio media vuelta y, despacio, arrastrando la pierna derecha, se dirigió a casa dejando tras de sí una larga y sinuosa huella sobre la tierra. Unos críos vieron el cadáver, lo clavaron en un palo y anduvieron mostrándoselo a las señoritas que paseaban, como si fuese el trofeo presente de guerreros futuros, hasta que, en un descuido, el alguacil prendió a uno de ellos y se acabó la fiesta, y ya pronto, en unos minutos, la luz del día se apagó y la plaza quedó desierta a la espera de algún duelo por amor.

Todo esto lo vi mientras esperaba a Dolores en la plaza de Oriente, muy cerquita de donde yo vivía, un viernes de primavera del año 1836. Lo recuerdo muy bien porque aquella tarde tampoco nos vimos

Vuelvo mañana
El cuadro que ilustra esta entrada es del artista Hermenegildo Sosa y lleva por título "La Espera". Lo he encontrado en la página http://www.promoarte.com.mx/artists/hermenegildo-sosa/hermenegildo-sosa.htm

jueves, 12 de marzo de 2009

Dandys


Por muy raro, extraño o irrisorio que parezca, me gusta planchar. Siempre fui un presumido. A mi esposa, Pepita Wetoret, no le daba real gana de arreglarme la ropa. Y bien que hacía. Ella sabía perfectamente que si me gustaba acicalarme era -principalmente y por este orden - para admirarme a mi mismo frente al espejo; para que admirase mi estilo todo aquel con quien me cruzase por la calle, quien me viese en el café, o para regocijo y envidia de quienes me vigilaban en los palcos de los teatros de Madrid. Y, en tercer lugar, para mi querida, llorada, deseada y añorada Dolores.

Dolores siempre me animaba a ir a la última. Le gustaba verme bien vestido de verdad, moderno, como decía ella, hecho un brazo de mar. Cuando nos veíamos en nuestras citas clandestinas siempre me observaba a escondidas desde la distancia, mientras iba llegando a su lado y, al abrazarnos en las esquinas oscuras, me decía al oído, susurrante, casi entre gemidos: “solo con verte me pongo mala”. Así es que motivaciones para cuidar mi aspecto nunca me han faltado. Jamás me vestí como un chispero cualquiera. Siempre me puse camisas de seda con chorreras, levita, redingote negro o, si salía al teatro, frac de hombreras anchas. Calzones de día, pantalón de noche y chaleco, por supuesto, acompañado de un corbatón bien anudado. En la cabeza una chistera, o un chapeaux claques, a la francesa, para que el pelo asomase, largo, más abajo de la nuca.

El mismo día que me pegué el tiro estuve dos horas largas pensando entre qué ponerme y cómo vestirme. Quería ser un suicida con clase. ¡Casi estaba obligado a ser un suicida con clase!. No podía permitir que Dolores me viese muerto de cualquier manera y -lo digo de verdad- a mi me hubiese sido imposible arrimar la pistola a la sien, frente al espejo, vestido de cualquier manera, sin estilo. Aunque, al final, Dolores ni siquiera abrió la puerta. Oyó el estruendo y también oyó caer mi cuerpo muerto, divino, sobre la madera del piso. Pero no quiso entrar. Esperé en vano a que la puerta se abriese, su gesto de horror al cruzar el umbral y, sobre todo, el beso postmortem en mis labios mientras me acariciaba el cabello. Todo eso lo vi en mi imaginación de muerto mientras oía los pasos lentos, inmisericordes, de Dolores escaleras abajo.

Así es que no es de extrañar que una de mis aficiones preferidas en este siglo XXI sea planchar. Mientras compongo y matizo mis camisas con puños para gemelos pienso y, entre arruga y pliegue, las ideas se aclaran, adquieren una consistencia como de almidón. A veces son ideas frugales, sin sentido, poco provechosas, que aparecen en el momento de planchar los pañuelos y se van igual de deprisa que el tiempo que tardo en dejarlos como nuevos. Por ejemplo, me acuerdo del gusto tan exquisito que tienen los presidentes de la Generalitat valenciana para vestir. Ahí tenemos a Zaplana, o a Camps. Su estilo es envidiable. Un tanto serio, pero impecable. Sus santas y sus amantes deben estar encantadas porque, estoy seguro, la ropa interior que calzan será de a 250 euros la pieza, como la que le compraban a don Luis Ramallo. Y es que Correa está en todo: dandy de priápicos bigotes de los que ya no se ven.


A veces, al colgar las camisas recién planchadas, las miro en la distancia y me digo a mi mismo, entre deprimido, desanimado y rebosante de la peor clase de envidia: jamás llegarás a vestir como Boris, el Wilde reencarnado del siglo XXI. Por eso yo estoy muerto y el vive a lo grande, paseando su palmito de rebelde burgués agradecido por los restaurantes fachas en donde comen quienes no le quieren ni ver.

No hay que hacerme caso. Como se puede ver, todo es puta envidia. Hoy he planchado más pañuelos que otra cosa y he asumido que jamás tendré un fondo de armario a la valenciana. Es muy duro.

Vuelvo mañana

lunes, 10 de noviembre de 2008

Chismorreos


Creo que ha llegado el momento de confesar ciertas verdades. Hechos conocidísimos, por otra parte, pero de necesario relato, sobre todo en estos tiempos de chismorreo electrónico en los que a la wikipedia se le da el mismo crédito que a las porteras de los portales que habité.

Conocí a Josefina una tarde otoñal en el café El Parnasillo de Madrid. Corría el año 1826, más o menos. Le acompañaba su papá. Yo, a la sazón, empezaba a frecuentar algunos garitos de la noche madrileña y a hablar con artistas, escritores, intelectuales y políticos con los que podía desahogar mi inquietud poética y social. Podía hacerlo porque ya me ganaba mi sustento. Poco antes había dejado la casa de mis padres. Salí en desbandada de Valladolid, desmoralizado y hundido, después de saber que la mujer a la que amaba era la amante de mi padre.

Así es que, ya emancipado, roto el cordón umbilical, sin oficio conocido ni sueldo que llevarme a la boca, solicité el ingreso en el cuerpo de Inspección de Voluntarios Realistas. Todavía hay quien me lo echa en cara. Aquel era un antro de la peor ralea, nunca mejor dicho. En él, tras una mesa y enfundados mis brazos por sendos manguitos de charol, atendía, los lunes los miércoles y los sábados, de nueve a dos, a los asociados, miembros del cuerpo de vanguardia de los absolutistas más reaccionarios,redomados y radicales. Yo, todo un liberal romántico en ciernes. Pero había que comer, esa era la prioridad.

Josefina era una niña mona cuya principal gracia y cualidad a primera vista estribaba en un inusitado movimiento de caderas. Al caminar, balanceaba primorosamente, de un lado a otro, como no lo sabía hacer ninguna otra mujer, el aro del miriñaque. Josefina Wetoret y Velasco - Pepita - era, además, la mujer que mejor escondía los ojos tras las plumas de la pamela en los paseos de la Villa y Corte de Madrid. Pepita hacía gala de todo tipo de habilidades: en el palco del teatro, manejaba el abanico como nadie, y en la mesa del café ofrecía, generosamente, y a quien estuviese dispuesto a admirarlo, un escote blanco y voluptuoso, señalado en su teta izquierda por un precioso y estratégico lunar carmesí. Pepita era una joya; el mejor consuelo para un joven decepcionado por el amor, atravesado por Cupido, herido de muerte en el alma, que necesitaba, más que nunca y más que nadie, del cariño y del savoir faire de la hembra más deseada, en aquella década ominosa de infausto recuerdo que asoló España.

Durante semanas siempre encontré un hueco para presentar mis respetos a Pepita. En cuanto la veía asomar por la puerta, dejaba la política, la mesa, el chinchón y el cigarro, y corría a buscar una mesa en donde sentarnos a parte, en algún rincón tranquilo, al abrigo de miradas y chafarderos. Si no era en El Parnasillo, era en las cafeterías de los teatros madrileños, siempre en compañía de su padre. Porque, sinceramente, Pepita era una moza que volvía loco al más pintado y yo fui el afortunado que se ganó la confianza del progenitor, quien, nada más soltarla del brazo, corría a jugar su partida dejándonos a solas.
Aquella niña de su papá me sorbió por completo el sentido, y cuando digo el sentido sé lo que digo. Por ejemplo, su perfume. No sé dónde lo conseguía, quién se lo vendía, ni el nombre del maestro que lo destilaba. El caso es que durante decenas de noches, al dejarla de nuevo con su padre, el señor Wetoret, y ya en la miseria gris de mi habitación, me veía obligado a someterme a mi mismo, sin freno ni descanso, al peor de los pecados en la soledad de mi mano habilidosa, porque cometía la imprudencia, cada noche, de oler de nuevo su aroma en un pañuelo rosado que dejó una tarde, presuntamente olvidado, sobre el asiento que en una de nuestras citas ocupó. Era entonces cuando, dentro de mi imaginación libidinosa, se agolpaban a una vez, en torrente tortuoso, el escote y su lunar, los ojos pintados de negro, al estilo de París; la suavidad de la piel de los brazos que, fugazmente, a veces, me dejaba acariciar; los labios carnosos, rojos, pronunciados, de dibujo perfecto, incapaces de pronunciar una frase medianamente inteligente, por entre los cuales se deslizaban los quejidos más eróticos y sugerentes que ninguna dama fuese capaz de emitir. Ya fuese para pedir otra copa, ya fuese para quejarse del calor, para alabar la frondosidad de mis patillas, o ya fuese para anunciar que ya era hora de irse a casa, Pepita Wetoret siempre gemía y gemía como nadie gemía en España, y esa promesa de suspiro carnal me la llevaba puesta en la memoria, y la rememoraba a solas en las largas, frías y húmedas noches anteriores a nuestra boda.

Porque la boda llegó. Ya han pasado la friolera de 179 años. 3 vidas enteras. (El año próximo debería celebrar las bodas de algo). Si he de ser sincero, y por qué no iba a serlo, maldita sea la hora en que se celebró aquella boda. Más allá de tres buenos revolcones – estoy convencido de que no había en toda la capital del reino, bajo las sábanas, una mujer más sabia - en los que despaché el deseo de un año de promesas perfumadas, y más allá de los tres hijos que me dio, y que crecieron huérfanos de padre, nada de todo aquello valió la pena. Yo no era hombre para Pepita Wetoret. Yo era un hombre para el mundo, un hombre enfrentado al destino. Un hombre que quería dejar huella. ¡Y una gran mierda!. Fui, al final y en definitva, un hombre patético que terminó patéticamente sus patéticos días, contemplándose ante el espejo en el único acto que me haría realmente inmortal, un estúpido y estéril disparo en la sien!. Segundos antes, Dolores, mi Dolores, me tiró a la cara todas sus cartas y cerró el portazo que propició mi estúpida venganza. No lo recuerdo bien, pero creo que al oír el disparo no volvió. Oiría también el estruendo de mi cuerpo al caer, pero no volvió. Dolores no volvió a entrar, no subió las escaleras, no vio las cartas que me devolvió, esparcidas por el suelo, ni el reguero de mi sangre serpenteando entre ellas. Si alguno de los chismosos que corrían en aquellos días, por Vergara y aledaños , o alguna portera de la Calle Santa Clara, o alguna puta del Campo del Moro ha vuelto a la vida (no tengo por qué ser el único) y sabe algo, por favor, que me informe. Ya no sé dónde buscar y necesito saber.

Vuelvo Mañana