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lunes, 31 de agosto de 2009

Revolución


Al finalizar el tercer día estaban exhaustos. Habían estado amándose desde el amanecer que sucedió a la noche que llegaron. Cuando ya el calor empapaba las sábanas decidieron conducir unos quilómetros hacia la costa para poder bañarse en las aguas limpias que arribaban vagas, casi sin fuerza, a la orilla de algunas calitas conocidas solamente por contrabandistas, pescadores y traficantes de hombres.

Tumbados sobre los cantos marinos dejaban tostar sus cuerpos al sol. Si alguna gota de sudor resbalaba sobre la piel, se incorporaban lentamente y, prácticamente sin ver, con los ojos muy cerrados para no ser cegados por el resplandor, se zambullían. En el mismo instante en que se sumeregían, un estremecimiento de placer les liberaba nuevamente, porque aunque sus cuerpos no estaban unidos, las sensaciones se comunicaban en una caricia constante, como si la piel de cada uno estuviese conectada, copulada a través del agua, sin necesidad ni intervención del sexo de cada cual. Era un momento revolucionario, el minuto soberano en que los cuerpos recuperaban el sentido de la existencia para emerger nuevos, como reencarnaciones gestadas en el recuerdo de horas pasadas; pechos, hombros, caderas, piernas, brazos, renacidos, brillantes bajo la luz del origen, y la sensación concluyente al tomar oxígeno, flotando en el mar virgen, "de que la existencia humana se reduce a ti y a mi, Dolores, en este sueño de verano, en la noche húmeda que respiro, entre cigarras y grillos, bajo todas las estrellas sobre la hermosa tierra árida de Almería."

Vuelvo mañana.

La imagen corresponde a los Amantes de Valdaro, hallados en Italia en 2007: se aman eternamente desde hace 6.000 años.

jueves, 2 de julio de 2009

Kazmierczac, Moosbrugger y Chantal Maillard


Steve Kazmierczac no publicó una sola letra en su vida. Tampoco pasó a la historia por su filmografía, ni por su obra pictórica. Por no pintar, ni siquiera decoró paredes con grafitis. No diseñó ningún edificio emblemático en ninguna gran ciudad del mundo y no compuso pieza musical alguna. Sin embargo, Steve Kazmierczac dejó para siempre su legado en la postmodernidad norteamericana, es decir, en la postmodernidad global. El pasado 15 de febrero se cumplió un año de la muerte de Steve Kazmierczac. El día en que murió el cielo no tenía nada de especial y, como es habitual en el invierno de Illinois, hacía frío. Ese día nadie le vio salir de casa. Poco antes de su muerte los que le conocían se extrañaron por cambios en su comportamiento. Steve Kazcmierczac se suicidó, se pegó un tiro en la cabeza después de matar a cinco personas y de herir a otras 24. Disparó 30 veces. Vestido completamente de negro, y parapetado tras una cortina, disparó a discreción un rifle y un revólver sobre los alumnos de geología de la universidad de Illinois. Al suceso se le llamó la matanza de San Valentín. Según cuentan las crónicas, Steve Kazmierczac tenía por delante una prometedora carrera como sociólogo y fue elegido, en la misma universidad en donde murió, vicepresidente de la Asociación Académica de justicia criminal.

Antes de cometer el asesinato, Steve Kazmierczac escribió en su blog: “Cada jodido día estoy más jodidamente aburrido, aunque no tengo tiempo para nada. Mierda”. Si la policía no hubiese rastreado en sus cosas, el asesinato y el suicidio de Steve hubiese pasado a los anales de la historia criminológica americana y universal como un suceso más, protagonizado por un loco en el país de las armas libres. Durante semanas todos hubiésemos seguido con nuestro camino diario mirando de una lado a otro y desconfiando de todo, con la salvaguarda de la integridad física como principal inquietud, pero con nuestra conciencia y nuestra racionalidad a salvo, sin necesidad de reflexión alguna, más allá del lugar común que nos obliga a recordar el polvo que amagamos debajo de alfombra, y que aceptamos como mal menor: el precio que tenemos que pagar por ser tan civilizadamente civilizados. Y así es como en realidad fue, porque los días inmediatos que siguieron al suceso, todo el debate giró alrededor de la seguridad y a los tópicos de siempre sobre la sociedad enferma que produce sujetos enfermos.

Recuerdo ahora a Thug Berham, el jefe de una secta hindú que estranguló en mis tiempos, entre 1790 y 1830, a más de 900 personas y que consiguió tanta notoriedad que incluso se llegaron a escribir algunas novelas sobre él. Este tipo y sus secuaces eran seguidores de la diosa Kali. Parece ser que sus horrorosos rituales se remontan al siglo XIV. Se calculaba por aquel mi entonces que, desde su fundación, habrían sido asesinadas más de millones de personas a manos de los llamados Thugs. Ni Thug Berham ni ninguno de sus sádicos seguidores eran gente enferma, ni siquiera un producto social propio de una sociedad enferma. Probablemente Steve Kazmierczac sí que era un hombre enfermo, y seguramente por eso asesinó a 5 personas y después se pegó un tiro, pero la declaración pre mortem que dejó para la posteridad nos interroga de otra manera, y convierte la pérdida irreparable de vidas humanas (incluida la suya propia) en alguna cosa más que otro capítulo de la historia de le criminología social contemporánea. Steve Kazmierczac nos involucra en su muerte y en la de sus víctimas, nos señala y nos define. Con la frase que dejó escrita, el asesino de la universidad de Illinois nos remite a nosotros mismos, occidentales desorientados, hartos de todo y satisfechos con nada. Sus 15 palabras valen por toda una obra. Son el legado intelectual, espontáneo, producido en los estertores de la locura que remonta el tiempo con su contenido y lo vuelca sobre cada unos de los días que se han sucedido durante todo el siglo XX y más allá, hasta ahora.

Quienes hayan leído “El Hombre sin atributos” de Robert Musil conocerán a Moosbrugger, “un carpintero, un hombre alto, ancho de espaldas, magro, de pelo castaño como el vello de un cordero montés, y bonachón como un toro manso [… ] Moosbrugger había matado a una prostituta de ínfima calidad de una manera macabra.” Musil pone en la boca y en la mente de Moosbrugger y de quienes hablan de él, un parte muy importante de todo el pensamiento que el autor nos ofrece en párrafos magistrales y frases antológicas con las que nos legó en clave literaria todo lo que hemos sido y lo que somos . Moosbrugger es, entre otras cosas, el contrapunto, la conciencia, un corifeo singular de la Europa agradecida, aburridamente burguesa y decadente que cae, sin enterarse, en la locura colectiva de la guerra. En un pasaje de la obra, Moosbrugger reflexiona en prisión y el narrador nos explica que ”la idea de que su condena pudiera ser reducida a cadena perpetua o a ser recluido otra vez en un manicomio le fomentaba esa rebeldía que nosotros sentimos cuando todos los esfuerzos por escapar de la vida nos conducen al mismo estado de aborrecimiento”. Creo que Moosbrugger y Kazmierczac tienen mucho en común. Ejercen la misma función, en paralelo, en la realidad y en la ficción. Al menos a mí, que no respondo ante nadie, me lo parece.

Hace un par de años leí una frase de Chantal Maillard. Escribí sobre ella en este blog. Siempre que me preocupo por alguna nimiedad la recito mentalmente, como una letanía. La utilizo de amuleto oral que me coloca en la vida y en el mundo. “La tristeza es el pecado de Europa”. Amén

Vuelvo mañana
El cuadro es de Egon Schiele (1890-1918)

martes, 16 de junio de 2009

La cartera

bajo
Las carteras y los bolsos que paseamos de un lado a otro contienen lo que somos. La que cuelga de mi hombro tiene el aspecto de las viejas carteras de piel curtida por los años, aunque en realidad es ahora exactamente igual a como la compré. Quiero decir que no es realmente una cartera vieja, pero posee una pátina artificial de tiempo, y quizá es precisamente por eso por lo que la uso. Del mismo modo, casi podríamos afirmar que uno es la cartera que lleva. Por ejemplo, la que enseñan los ministros al tomar posesión del cargo es más falsa que el puro de Churchill. La que lucen los ejecutivos en el puente aéreo es blindada, dura; suele llevar incorporada tres cierres de seguridad y casi una decena de compartimentos en los que se ordenan contratos, despidos, eres y facturaciones en negro y, a veces, una joya de bisutería de marca que irá a parar al cuello, a la muñeca a las orejas o a los dedos de alguien significativamente más joven que el santo cónyuge. Hay otro tipo de ejecutivos de puente aéreo que viaja también con cartera, pero ésta es más flexible, más correosa, y acostumbra a contener un ordenador portátil, por lo que su peso suele ser mayor. Los que usan este tipo de cartera suelen sufrir de la espalda y sueñan con deshacerse de ella algún día y cambiarla por una rígida, negra y de tres cierres metálicos. Por eso, en cuanto llegan a la zona de embarque la abren y trabajan sobre sus faldas, y embarcan con el computador abierto, y se sientan y continúan tecleando y analizando balances y redactando informes. Cuando levantan un instante la mirada para relajar la vista, ven a través de la ventanilla la mancha ocre del desierto de los Monegros y entonces sueñan dos minutos con el lavabo de la planta de arriba de la sede central, en donde mea el consejero delegado y todo su equipo directivo.

La carteras de cuero marrón color teja suelen pertenecer a intelectuales, profesores, artistas o concejales izquierdosos de ayuntamiento de pueblos medianos, que se identifican así con el artisteo en general y con la intelligentsia en particular. De esa manera, también marcan las pertinentes distancias políticas ideológicas con los concejales nacionalistas, que no usan cartera alguna porque les gusta llevar las manos metidas en los bolsillos, que para eso están en su pueblo; o con los de derecha pura y dura, que sí tienen cartera, y de buena calidad, pero no la lucen porque se la lleva el promotor de turno.

A mí, las que más me gustan son las carteritas que usan los cobradores a domicilio de la póliza del seguro de defunción. Rectangulares, clásicas, ni grandes ni pequeñas, prácticas, del color marrón oscuro de la tierra, equipadas con una estrecha cremallera de cobre que jamás se rompe; caben perfectamente bajo la axila del cobrador y paradójicamente son carteras repletas de vida porque suelen contener gran cantidad de pólizas, dinero en metálico, el bocadillo del almuerzo, dos piezas de fruta y el periódico deportivo. Quienes las utilizan muestran gran destreza en su manejo ya que son capaces de llamar al timbre con una mano mientras con la otra, arriman la colilla caliente del cigarrillo a la boca, o empujan levemente el puente de las gafas hacia el centro de la nariz, y todo sin dejar de sujetar bajo el sobaco su preciosa, práctica y adecuada cartera , que contiene el futuro del que paga.

Hoy sentía la necesidad de hacer examen de conciencia y he abierto mi cartera de par en par. Porque las carteras son también, de alguna manera, como el lienzo en el que se pintó el retrato de Dorian Gray. Acumulan todo cuanto ha transcurrido en nuestra vida durante un periodo de tiempo y, si no se airean de vez en cuando, lo que guardamos acaba por pasarnos factura o por dejarnos en evidencia; termina por reprocharnos que no cumplimos con nuestros planes, nuestros compromisos; nos recuerda hechos que creíamos ya olvidados, personas a las que no veremos más. Descubrimos bolígrafos que ya no sirven, fósforos que no encendemos, papeles que se deshacen con solo tocarlos y que ahora ya no podemos leer. Airear la cartera demasiado de tarde en tarde nos puede llegar a descubrir, sobre todo, que el tiempo ha pasado más deprisa y con una mayor cantidad de horas de lo que creíamos.

Llevo en la mía el primer volumen de ‘El hombre de sin atributos’ de Robert Musil, un CD con música que ya no me gusta; tres mondeas de ocho maravedís; la pluma y el estuche en el que guardo la pluma; otra pluma, la de escribir cosas intrascendentes; las recargas de la pluma, una radio, la libreta que se cierra con el nudo simple de una cuerda de esparto; la libreta Moleskine; otra vieja libreta de citas con la flor quitameriendas que yace en su interior desde que la arranqué de un prado de la sierra castellana al final de un verano ya lejano; el teléfono móvil (los muertos también usamos); un dispositivo de memoria que no guarda memoria: guarda documentos. Papeles inservibles, montones de papeles inservibles que han autogestionado su propios dobleces, sus arrugas en las esquinas, sus mitades asimétricas y que se han acomodado en la epidermis interna de la cartera formando un piélago suavón de celulosa frágil como si fuese la conciencia de su alma.

Entre toda la maraña de papelotes, encuentro una hoja de periódico doblada por tres veces, muy perjudicada por el tiempo. Es la noticia triste que da un diario de provincias sobre la muerte de un poeta que no ejerció. Murió joven. Yo asistí a su entierro, que fue multitudinario. Le lloró toda la ciudad en donde vivió. Las pocas veces que le vi y que le traté me pareció de ese tipo de personas que pasa por la vida dejando su huella profunda en la memoria, un espíritu bravo y desmesurado que llenó los espacios por los que repartió su presencia. La noticia de su muerte, una bella y sentida necrológica que otro poeta escribió sobre él, ha estado descansando dentro de mi cartera durante años, y ahí va a seguir, hasta que no queden más que los pedacitos de papel y el polvo gris de la tinta de las letras que le recuerdan. Las carteras contienen lo que somos.

Vuelvo mañana