
Steve Kazmierczac no publicó una sola letra en su vida. Tampoco pasó a la historia por su filmografía, ni por su obra pictórica. Por no pintar, ni siquiera decoró paredes con grafitis. No diseñó ningún edificio emblemático en ninguna gran ciudad del mundo y no compuso pieza musical alguna. Sin embargo, Steve Kazmierczac dejó para siempre su legado en la postmodernidad norteamericana, es decir, en la postmodernidad global. El pasado 15 de febrero se cumplió un año de la muerte de Steve Kazmierczac. El día en que murió el cielo no tenía nada de especial y, como es habitual en el invierno de Illinois, hacía frío. Ese día nadie le vio salir de casa. Poco antes de su muerte los que le conocían se extrañaron por cambios en su comportamiento. Steve Kazcmierczac se suicidó, se pegó un tiro en la cabeza después de matar a cinco personas y de herir a otras 24. Disparó 30 veces. Vestido completamente de negro, y parapetado tras una cortina, disparó a discreción un rifle y un revólver sobre los alumnos de geología de la universidad de Illinois. Al suceso se le llamó la matanza de San Valentín. Según cuentan las crónicas, Steve Kazmierczac tenía por delante una prometedora carrera como sociólogo y fue elegido, en la misma universidad en donde murió, vicepresidente de la Asociación Académica de justicia criminal.
Antes de cometer el asesinato, Steve Kazmierczac escribió en su blog: “Cada jodido día estoy más jodidamente aburrido, aunque no tengo tiempo para nada. Mierda”. Si la policía no hubiese rastreado en sus cosas, el asesinato y el suicidio de Steve hubiese pasado a los anales de la historia criminológica americana y universal como un suceso más, protagonizado por un loco en el país de las armas libres. Durante semanas todos hubiésemos seguido con nuestro camino diario mirando de una lado a otro y desconfiando de todo, con la salvaguarda de la integridad física como principal inquietud, pero con nuestra conciencia y nuestra racionalidad a salvo, sin necesidad de reflexión alguna, más allá del lugar común que nos obliga a recordar el polvo que amagamos debajo de alfombra, y que aceptamos como mal menor: el precio que tenemos que pagar por ser tan civilizadamente civilizados. Y así es como en realidad fue, porque los días inmediatos que siguieron al suceso, todo el debate giró alrededor de la seguridad y a los tópicos de siempre sobre la sociedad enferma que produce sujetos enfermos.
Recuerdo ahora a Thug Berham, el jefe de una secta hindú que estranguló en mis tiempos, entre 1790 y 1830, a más de 900 personas y que consiguió tanta notoriedad que incluso se llegaron a escribir algunas novelas sobre él. Este tipo y sus secuaces eran seguidores de la diosa Kali. Parece ser que sus horrorosos rituales se remontan al siglo XIV. Se calculaba por aquel mi entonces que, desde su fundación, habrían sido asesinadas más de millones de personas a manos de los llamados Thugs. Ni Thug Berham ni ninguno de sus sádicos seguidores eran gente enferma, ni siquiera un producto social propio de una sociedad enferma. Probablemente Steve Kazmierczac sí que era un hombre enfermo, y seguramente por eso asesinó a 5 personas y después se pegó un tiro, pero la declaración pre mortem que dejó para la posteridad nos interroga de otra manera, y convierte la pérdida irreparable de vidas humanas (incluida la suya propia) en alguna cosa más que otro capítulo de la historia de le criminología social contemporánea. Steve Kazmierczac nos involucra en su muerte y en la de sus víctimas, nos señala y nos define. Con la frase que dejó escrita, el asesino de la universidad de Illinois nos remite a nosotros mismos, occidentales desorientados, hartos de todo y satisfechos con nada. Sus 15 palabras valen por toda una obra. Son el legado intelectual, espontáneo, producido en los estertores de la locura que remonta el tiempo con su contenido y lo vuelca sobre cada unos de los días que se han sucedido durante todo el siglo XX y más allá, hasta ahora.
Quienes hayan leído “El Hombre sin atributos” de Robert Musil conocerán a Moosbrugger, “un carpintero, un hombre alto, ancho de espaldas, magro, de pelo castaño como el vello de un cordero montés, y bonachón como un toro manso [… ] Moosbrugger había matado a una prostituta de ínfima calidad de una manera macabra.” Musil pone en la boca y en la mente de Moosbrugger y de quienes hablan de él, un parte muy importante de todo el pensamiento que el autor nos ofrece en párrafos magistrales y frases antológicas con las que nos legó en clave literaria todo lo que hemos sido y lo que somos . Moosbrugger es, entre otras cosas, el contrapunto, la conciencia, un corifeo singular de la Europa agradecida, aburridamente burguesa y decadente que cae, sin enterarse, en la locura colectiva de la guerra. En un pasaje de la obra, Moosbrugger reflexiona en prisión y el narrador nos explica que ”la idea de que su condena pudiera ser reducida a cadena perpetua o a ser recluido otra vez en un manicomio le fomentaba esa rebeldía que nosotros sentimos cuando todos los esfuerzos por escapar de la vida nos conducen al mismo estado de aborrecimiento”. Creo que Moosbrugger y Kazmierczac tienen mucho en común. Ejercen la misma función, en paralelo, en la realidad y en la ficción. Al menos a mí, que no respondo ante nadie, me lo parece.
Hace un par de años leí una frase de Chantal Maillard. Escribí sobre ella en este blog. Siempre que me preocupo por alguna nimiedad la recito mentalmente, como una letanía. La utilizo de amuleto oral que me coloca en la vida y en el mundo. “La tristeza es el pecado de Europa”. Amén
Vuelvo mañana
El cuadro es de Egon Schiele (1890-1918)