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miércoles, 2 de junio de 2010

Magister potestas (Para Manu, maestro vocacional)


“¡Acertó, y qué!”. Esta es la escueta frase, escrita en perfecta caligrafía, al pie del examen de matemáticas que cumplimentó el niño un día antes. Los signos de admiración estaban incluidos en la comunicación, con los puntos bien marcados. La prueba consistió en responder a 5 problemas de cálculo básico, o sea, divisiones, multiplicaciones, sumas y restas. Las cuatro primeras operaciones que el maestro había propuesto a sus alumnos no suponían una excesiva complejidad. Cualquiera de sus 15 pupilos de cuarto curso de enseñanza primaria podía resolverlas si ponían un poco de su parte, si se concentraban mínimamente y si habían seguido las clases con cierta atención y relativo interés. Eran operaciones del tipo esto por esto igual a aquello; tanto dividido por tanto da aquello otro y un montón de donettes, menos otro montoncito de donettes cuántos donettes nos quedan en la mochila.

El día del examen el maestro repartió una hoja a cada estudiante en la que se indicaba una por una las cuentas a realizar. Antes de dar por iniciada la prueba, repasó en voz alta cada una de las preguntas y les dijo a los discípulos que ante cualquier duda le podían preguntar, y que a partir de ahora requería absoluto silencio en el aula. Una niña levantó la mano y dijo que no entendía la última pregunta. Un niño dijo que era tonta. Otra niña defendió a su amiga, y otro niño más, que se sentaba al fondo, rompió a reír y a decir que eran novias. Así que en un instante la clase se convirtió en un gallinero. El maestro respiró hondo y dejó que el chillerío se atenuase solo, hasta que por fin se diluyó y de nuevo reinó el silencio. Entonces el maestro, con voz clara, leyó detenidamente la décima pregunta, que decía así: “En un videoclub hay 25 videojuegos diferentes que cuestan 10 euros cada uno. Un sábado por la tarde llega un niño con su padre y compra 5 videojuegos. ¿Cuántos dinero necesitaríamos tener para comprar nosotros todos los videojuegos que quedan en el videoclub?”. La niña que defendió a la que preguntó le dijo al niño que si era tan listo, a ver si era capaz de hacerlo. El niño le sacó la lengua y la llamó cuatroojos y otro dijo, gritando como un Simpson, que su papá no compraba videojuegos porque los pirateaba de Internet, y de nuevo el grupo al completo se puso a reír y a chillar como una pequeña masa humana posesa en la que todos sus miembros parecían gozar de aquellos momentos de frenesí acústico, de exasperante griterío agudo, como monstruitos invencibles de eterna niñez dentro de un viejo castillo escolar. El maestro esperó de nuevo a que el rebaño volviese sólo al redil, y cuando se hubo instalado de nuevo la paz en el aula, dio las pertinentes explicaciones sobre el problema de los videojuegos, y les dijo que de todas las preguntas esa era la más difícil, así que lo mejor era que la dejasen para el final. Dicho lo cual, los 15 se afanaron en resolver uno a uno los 5 problemas de matemáticas. Al finalizar el tiempo estipulado, fueron entregando las hojas y volvieron cada cual a su asiento. El maestro les ordenó que abriesen el libro de lenguaje y que resolviesen durante el tiempo que quedaba de clase las cuatro sopas de letras de la página 22. Mientras tanto, revisó los ejercicios y le llamó la atención el de un niño en particular, porque de las cinco preguntas del examen dos las había dejado sin contestar; la tercera y la cuarta operación no sólo no daban el resultado correcto, sino que podía afirmar, sin riesgo a la equivocación, que quien contestaba no conocía en absoluto la mecánica de la multiplicación por dos cifras, y mucho menos la de la división con más de un divisor. Sin embargo, asombrosamente, el niño había planteado y resuelto a la perfección el problema de los videojuegos. El maestro levantó la cabeza, miró hacia donde se sentaba el niño y comprobó que el examen de la niña que se sentaba a su lado era perfecto. De modo que instantes antes de que sonase el timbre pidió al alumno que se acercase a su mesa. Le dijo que no podía seguir así, que tenía que atender en clase y hacer los deberes y, sobre todo, no copiar. Y casi con la última palabra en la boca se apresuró a escribir una nota con bolígrafo rojo en la parte superior de la prueba dirigida a sus padres dando cuenta de lo sucedido y solicitando una entrevista en el colegio. Se la dio al niño y le pidió que se la devolviese al día siguiente, convenientemente firmada por ellos. Esta misma tarde, antes de recoger los bártulos, el maestro ha leído desolado, triste e impotente, la respuesta de papá y mamá convenientemente firmada. Después ha hecho trizas el examen, ha lanzado los trozos a la papelera y ha cerrado la puerta de clase con un fuerte golpe.

Vuelvo mañana
El cuadro es Franz von Stuck

martes, 9 de septiembre de 2008

La primera redacción de vacaciones


Según me explican, hace ya unos cuantos años, cuando empezaba el nuevo curso en cualquier colegio de España, el maestro o la maestra pedía a sus alumnos que redactasen en unas cuantas líneas lo que habían hecho en vacaciones. Era la redacción del verano, que tal y como me han contado, iba más allá del puro ejercicio lingüístico y gramatical, o del viejo recurso con el que romper el hielo los primeros días de clase para empezar a conectar con los niños. Y es que la redacción de las vacaciones era, en realidad, un valioso estudio sociológico, un mosaico fotográfico escrito en el que se podía adivinar el nivel económico, la clase social y, sobre todo, cuan felices o desgraciados podían llegar a ser los niños que tenían que llenar, de sol a sol, más de 90 días sin colegio. Las redacciones podían ser del estilo: "...y me bañé en la alberca de la tía Pilar con Juan el del Pinto, Perico el del tio Jaime y con un niño pera que vino de Madrid. A este le hicimos unas buenas aguadillas porque era un pardillo..." O esta otra: "Fui al pueblo de mis abuelos y me bañaba en la alberca que estaba cerca de la casa que era de una señora que siempre vestía de negro con unos chicos del pueblo que eran un poco brutos y que a veces querían ahogarme...". O también: "...el mar es azul y grande y hay olas que es cuando es divertido bañarse pero papá se enfada si me meto muy adentro" y, por qué no, esta otra "...cada día iba a por agua, regaba el huerto, ayudaba a padre acarrear la hierba, trillar la cebada, limpiar la cuadra, y una noche parió un becerro y mamá hizo calostros, y en el baile del día de la virgen una niña con lazos en el pelo me miraba todo el rato..." o, por acabar "nos hicimos una cabaña debajo de las obras de los pisos nuevos, donde antes estaba el prado de Benito y Santi se cayó por el andamio y se lo llevaron al médico y aluego nos dijeron que se había roto un brazo y a los dos días le vimos y le pintamos nuestros nombres en la yeso que le pusieron pero también nos dijo Santi que su padre después le hinchó a hostias..."

Detrás de cada historia había un lugar en el qué vivir, un modo de vida, un descubrimiento, la confesión clara y sincera de la procedencia social y geográfica del niño que se esmeraba en escribir sus andanzas o sus obligaciones de los cálidos días del verano; y quedaba también al descubierto, al trasluz de sus palabras, cómo se ganaba la vida la familia, si emigró, si emigró y además prosperó, si tenían posibles, si la prosperidad los desarraigó por completo y la familia cambió una alberca por la playa, si no les quedó otro remedio que quedarse en el pueblo , si las raices todavía latían aguardando una vuelta ansiada...

Yo nunca escribí una redacción de vacaciones. Si me la hubiesen mandado habría escrito sobre una mocita que me tuvo loco en Corella, o sobre las correrías a caballo que tuve la oportunidad de disfrutar, junto a una francesita, por los campos verdes de La Provenza, cuando mis papás se exiliaron. Aunque por entonces escribía mejor en francés que en español, con lo cual, el padre Avalos (escolapio de San Antón) no se hubiese enterado de nada y, quizá, hubiese interpretado mi ejercicio como una afrenta contra él, España y su graciosa Majestad Don Fernando.

Ignoro si todavía se escribe la redacción de las vacaciones. Mucho me temo que no. No debe entrar dentro de los nuevos métodos pedagógicos. Para aprender a redactar de manera innovadora los niños ya cuentan con el teléfono móvil. De cualquier modo, a mi me apetecía desquitarme, me apetecía escribir mi primera redaccción de las vacaciones.

Vuelvo mañana
La ilustración es de Antoni Garcés. La realizó para los "Quaderns UPCF" de ciencia ficción. Su blog es http://624c35.blogspot.com/