
“¡Acertó, y qué!”. Esta es la escueta frase, escrita en perfecta caligrafía, al pie del examen de matemáticas que cumplimentó el niño un día antes. Los signos de admiración estaban incluidos en la comunicación, con los puntos bien marcados. La prueba consistió en responder a 5 problemas de cálculo básico, o sea, divisiones, multiplicaciones, sumas y restas. Las cuatro primeras operaciones que el maestro había propuesto a sus alumnos no suponían una excesiva complejidad. Cualquiera de sus 15 pupilos de cuarto curso de enseñanza primaria podía resolverlas si ponían un poco de su parte, si se concentraban mínimamente y si habían seguido las clases con cierta atención y relativo interés. Eran operaciones del tipo esto por esto igual a aquello; tanto dividido por tanto da aquello otro y un montón de donettes, menos otro montoncito de donettes cuántos donettes nos quedan en la mochila.
El día del examen el maestro repartió una hoja a cada estudiante en la que se indicaba una por una las cuentas a realizar. Antes de dar por iniciada la prueba, repasó en voz alta cada una de las preguntas y les dijo a los discípulos que ante cualquier duda le podían preguntar, y que a partir de ahora requería absoluto silencio en el aula. Una niña levantó la mano y dijo que no entendía la última pregunta. Un niño dijo que era tonta. Otra niña defendió a su amiga, y otro niño más, que se sentaba al fondo, rompió a reír y a decir que eran novias. Así que en un instante la clase se convirtió en un gallinero. El maestro respiró hondo y dejó que el chillerío se atenuase solo, hasta que por fin se diluyó y de nuevo reinó el silencio. Entonces el maestro, con voz clara, leyó detenidamente la décima pregunta, que decía así: “En un videoclub hay 25 videojuegos diferentes que cuestan 10 euros cada uno. Un sábado por la tarde llega un niño con su padre y compra 5 videojuegos. ¿Cuántos dinero necesitaríamos tener para comprar nosotros todos los videojuegos que quedan en el videoclub?”. La niña que defendió a la que preguntó le dijo al niño que si era tan listo, a ver si era capaz de hacerlo. El niño le sacó la lengua y la llamó cuatroojos y otro dijo, gritando como un Simpson, que su papá no compraba videojuegos porque los pirateaba de Internet, y de nuevo el grupo al completo se puso a reír y a chillar como una pequeña masa humana posesa en la que todos sus miembros parecían gozar de aquellos momentos de frenesí acústico, de exasperante griterío agudo, como monstruitos invencibles de eterna niñez dentro de un viejo castillo escolar. El maestro esperó de nuevo a que el rebaño volviese sólo al redil, y cuando se hubo instalado de nuevo la paz en el aula, dio las pertinentes explicaciones sobre el problema de los videojuegos, y les dijo que de todas las preguntas esa era la más difícil, así que lo mejor era que la dejasen para el final. Dicho lo cual, los 15 se afanaron en resolver uno a uno los 5 problemas de matemáticas. Al finalizar el tiempo estipulado, fueron entregando las hojas y volvieron cada cual a su asiento. El maestro les ordenó que abriesen el libro de lenguaje y que resolviesen durante el tiempo que quedaba de clase las cuatro sopas de letras de la página 22. Mientras tanto, revisó los ejercicios y le llamó la atención el de un niño en particular, porque de las cinco preguntas del examen dos las había dejado sin contestar; la tercera y la cuarta operación no sólo no daban el resultado correcto, sino que podía afirmar, sin riesgo a la equivocación, que quien contestaba no conocía en absoluto la mecánica de la multiplicación por dos cifras, y mucho menos la de la división con más de un divisor. Sin embargo, asombrosamente, el niño había planteado y resuelto a la perfección el problema de los videojuegos. El maestro levantó la cabeza, miró hacia donde se sentaba el niño y comprobó que el examen de la niña que se sentaba a su lado era perfecto. De modo que instantes antes de que sonase el timbre pidió al alumno que se acercase a su mesa. Le dijo que no podía seguir así, que tenía que atender en clase y hacer los deberes y, sobre todo, no copiar. Y casi con la última palabra en la boca se apresuró a escribir una nota con bolígrafo rojo en la parte superior de la prueba dirigida a sus padres dando cuenta de lo sucedido y solicitando una entrevista en el colegio. Se la dio al niño y le pidió que se la devolviese al día siguiente, convenientemente firmada por ellos. Esta misma tarde, antes de recoger los bártulos, el maestro ha leído desolado, triste e impotente, la respuesta de papá y mamá convenientemente firmada. Después ha hecho trizas el examen, ha lanzado los trozos a la papelera y ha cerrado la puerta de clase con un fuerte golpe.
El día del examen el maestro repartió una hoja a cada estudiante en la que se indicaba una por una las cuentas a realizar. Antes de dar por iniciada la prueba, repasó en voz alta cada una de las preguntas y les dijo a los discípulos que ante cualquier duda le podían preguntar, y que a partir de ahora requería absoluto silencio en el aula. Una niña levantó la mano y dijo que no entendía la última pregunta. Un niño dijo que era tonta. Otra niña defendió a su amiga, y otro niño más, que se sentaba al fondo, rompió a reír y a decir que eran novias. Así que en un instante la clase se convirtió en un gallinero. El maestro respiró hondo y dejó que el chillerío se atenuase solo, hasta que por fin se diluyó y de nuevo reinó el silencio. Entonces el maestro, con voz clara, leyó detenidamente la décima pregunta, que decía así: “En un videoclub hay 25 videojuegos diferentes que cuestan 10 euros cada uno. Un sábado por la tarde llega un niño con su padre y compra 5 videojuegos. ¿Cuántos dinero necesitaríamos tener para comprar nosotros todos los videojuegos que quedan en el videoclub?”. La niña que defendió a la que preguntó le dijo al niño que si era tan listo, a ver si era capaz de hacerlo. El niño le sacó la lengua y la llamó cuatroojos y otro dijo, gritando como un Simpson, que su papá no compraba videojuegos porque los pirateaba de Internet, y de nuevo el grupo al completo se puso a reír y a chillar como una pequeña masa humana posesa en la que todos sus miembros parecían gozar de aquellos momentos de frenesí acústico, de exasperante griterío agudo, como monstruitos invencibles de eterna niñez dentro de un viejo castillo escolar. El maestro esperó de nuevo a que el rebaño volviese sólo al redil, y cuando se hubo instalado de nuevo la paz en el aula, dio las pertinentes explicaciones sobre el problema de los videojuegos, y les dijo que de todas las preguntas esa era la más difícil, así que lo mejor era que la dejasen para el final. Dicho lo cual, los 15 se afanaron en resolver uno a uno los 5 problemas de matemáticas. Al finalizar el tiempo estipulado, fueron entregando las hojas y volvieron cada cual a su asiento. El maestro les ordenó que abriesen el libro de lenguaje y que resolviesen durante el tiempo que quedaba de clase las cuatro sopas de letras de la página 22. Mientras tanto, revisó los ejercicios y le llamó la atención el de un niño en particular, porque de las cinco preguntas del examen dos las había dejado sin contestar; la tercera y la cuarta operación no sólo no daban el resultado correcto, sino que podía afirmar, sin riesgo a la equivocación, que quien contestaba no conocía en absoluto la mecánica de la multiplicación por dos cifras, y mucho menos la de la división con más de un divisor. Sin embargo, asombrosamente, el niño había planteado y resuelto a la perfección el problema de los videojuegos. El maestro levantó la cabeza, miró hacia donde se sentaba el niño y comprobó que el examen de la niña que se sentaba a su lado era perfecto. De modo que instantes antes de que sonase el timbre pidió al alumno que se acercase a su mesa. Le dijo que no podía seguir así, que tenía que atender en clase y hacer los deberes y, sobre todo, no copiar. Y casi con la última palabra en la boca se apresuró a escribir una nota con bolígrafo rojo en la parte superior de la prueba dirigida a sus padres dando cuenta de lo sucedido y solicitando una entrevista en el colegio. Se la dio al niño y le pidió que se la devolviese al día siguiente, convenientemente firmada por ellos. Esta misma tarde, antes de recoger los bártulos, el maestro ha leído desolado, triste e impotente, la respuesta de papá y mamá convenientemente firmada. Después ha hecho trizas el examen, ha lanzado los trozos a la papelera y ha cerrado la puerta de clase con un fuerte golpe.
Vuelvo mañana
El cuadro es Franz von Stuck
