sábado, 24 de abril de 2010

Hope


En el atardecer tibio de ayer, junto al arroyo que serpenteaba confiado entre juncos, cintas y chopos, dos niños jugaban solos a saltar sobre el cauce estrecho y a mojarse chapoteando con las manos, hasta que de la tierna hierba verde escogieron dos ramas secas y decidieron lanzarlas a la corriente para competir por ver cuál de ellas llegaría la primera al meandro formado en un ligero desnivel que precipitaba el agua a una pequeñísima catarata, persiguiéndolas, corriendo, bordeando la orilla, empujándose y riendo escandalosos mientras sus dos bicicletas descansaban tumbadas, descuidadas, un centenar de metros ribera arriba.

Vuelvo mañana

lunes, 19 de abril de 2010

La mitad del mundo (O de los días y la vida)


Cuando se hace un largo viaje en tren el mundo se divide en dos mitades simétricas. Una es la propia, la próxima, la que nos pertenece, la que nos ha tocado en suerte, y que casi podemos tocar. La otra es ajena, lejana, foránea, tan cercana y al mismo tiempo ignorada. Cuando viajamos en tren, la patria es lo que vemos a través de la ventanilla en la hilera de asientos que una inteligencia desconocida nos ha asignado. Por el cristal sucio vemos transcurrir el mundo que nos pertenece a diferentes velocidades. Si fijamos la mirada en el horizonte tenemos la ilusión de percibir la lenta y constante rotación de la tierra. Los perfiles y la línea del paisaje que a lo lejos se funde con el cielo transitan sin prisas, y entonces nos invade la sensación de que el camino se hace confortable y sereno porque sabemos que no estamos quietos y que avanzamos al ritmo seguro del planeta. Sin embargo, si fijamos la mirada en una distancia más corta, todas las cosas que dejamos atrás aparecen un mínimo instante de exhalación y desaparecen a la velocidad del rayo. Casi no podemos ni dibujar sus formas. Casas, campos, árboles, personas y cielo se confunden en un brochazo enérgico de óleo en el que las siluetas del mundo nos son más que impresiones infinitesimales, efímeras, que están y no están y parecen sucederse en un loco carrusel sin fin.

Es lo mismo que ocurre con los días y con la vida.

Ayer viajé con el tren a través de interminables campos de olivos; discurrí las horas en paréntesis por el inmenso secano de La Mancha, y dormité por el Mediterráneo apacible hasta que la visión del hormigón viejo me indicó que el trayecto llegaba a su fin. En la patria de mi ventanilla lucía por momentos un sol espléndido que se desparramaba sobre las tierras de Jaen, sobre las viñas de Valdepeñas, sobre el agua azul del mar, mientras que al otro lado mis compañeros de viaje señalaban con cierto temor la negrura de una gran masa nubosa que amenazaba una fabulosa tormenta. Y entonces yo me sentí bien. Me sentí afortunado por estar en el lado luminoso del mundo. También sentí un poco de pena por los viajeros de la otra hilera de asientos, pero en ningún momento se me ocurrió decirle a la señora que viajaba justo a mi derecha, de la que tan sólo me separaba el estrecho pasillo, que le cambiaba el asiento. La señora rezaba en silencio a Santa Bárbara, bisbiseando la oración y cerrando muy fuerte los ojos mientras se cogía a los apoyabrazos del asiento como si el tren fuese a despegar, o como si se preparase para el momento fatal en que el rayo fulminante cayese, justo, sobre ella. Al poco empezó a llover y la señora, al escuchar el repicar de la lluvia sobre el tren, abrió los ojos y vio aliviada que la lluvia no caía sobre el cristal de su ventanilla. Miró a su izquierda y se apercibió de que el agua solamente caía sobre la otra mitad del tren, sobre mi mitad. Y entonces fue ella la que me miró a mí con pena. En pocos segundos la tormenta estalló con toda su fuerza y el tren se sumergió en un apoteosis atronador de agua y relámpagos. Creo que fueron esos instantes los más bellos del viaje, porque durante unos minutos todos los viajeros nos sentimos parte del mismo mundo. La señora miraba a un lado y a otro, a una ventanilla y a otra. Yo también. Y me atreví a decirle “Qué manera de llover ¿Verdad?” Y ella me contestó. “Sí hijo, quiera Dios que escampe pronto”. Y finalizó la frase con un “¡Ay señor!” lastimero, casi inaudible, aspirado.

Poco después aquella señora llegó a su destino y dejó el asiento libre. Así es que pensé que aquella era una magnífica oportunidad para realizar un viaje dentro del viaje y poder visitar la otra parte del mundo. Me levanté, di un paso a la derecha e inmediatamente me acomodé en el asiento que hasta aquel momento había ocupado la piadosa viajera. Allí transcurrió mi travesía durante algunas horas y ya casi ni me acordaba de mi antigua mitad. En pocos minutos me había adaptado perfectamente a mi nueva patria y cuando más confortable y agusto me sentía conmigo mismo y con mi entorno llegó el revisor acompañado de un señor, bajito y con bigote, y me pidió que le enseñase el billete. Después de analizarlo me conminó de manera un tanto expeditiva a que volviese a mi asiento. Me levanté, el señor del bigote carraspeó, ocupó muy digno su reserva, y yo volví a mi origen. No voy a decir que las dos horas que restaban hasta la última estación fueron tortuosas, pero viajé como si mi ventanilla no existiese, como si quisiese hacer patente la negación de que más allá del cristal había mundo, cosas, cielo, un país, un lugar en donde estar y caminar. Me dediqué a mirar hacia la ventana contraria y al hacerlo, al sentirme tan lejos del paisaje que hasta hacía bien poco creí propio, me embargó un fuerte sentimiento de nostalgia, de desubicación, de estar ocupando un lugar tan completamente ajeno a mi voluntad y a mi destino que durante aquellos instantes de desconsuelo entendí, o al menos intuí, lo que es el exilio.

Al llegar a Barcelona y bajar del tren tuve la poderosa sensación de que quien lanzaba un paso tras otro sobre el andén no era yo. Era el mismo que había embarcado días antes, pero diferente al que había viajado. En el andén todo está quieto. Las horas se suceden y siempre, cada día, mañana amanecerá. No hay horizonte. El misterio del paréntesis temporal del viaje se deshace, se desvela como falso, pura ilusión, y ahora soy yo quien discurre fugaz de un lugar a otro, arrastrado por la muchedumbre de viajeros, maletas y bultos que se apresuran a elevarse por la escalera mecánica, en perfecto orden humano, hacia el siguiente pedazo de vida, hasta que una llamada o la propia voluntad nos propicie una nueva oportunidad de sentirnos ciudadanos de nuestra propia mitad del mundo.

Vuelvo mañana

jueves, 8 de abril de 2010

La sombra de los árboles de Doorn


En la penumbra del despacho acogedor, Robert H. Jackson se disponía a cebar la pipa. Sentado en su viejo sillón de piel y bajo la luz tenue de la lámpara Tífanis, encendió una cerilla, chupó de la boquilla con destreza de fumador veterano y el aroma dulce del tabaco inundó la estancia. Por su gesto al expeler el humo, parecía como si el sabor dulce y fuerte de cada bocanada fuese lo único que le pudiese redimir de alguna pena antigua. Al lado del sillón, en una mesita contigua al escritorio, donde a menudo pasaba las noches de insomnio jugando al ajedrez contra un contrincante imaginario, reposaban novelas de McCoy, Hammet, Chandler y Thompson. Las miró durante un segundo y volvió a concentrarse en su pipa. Estaba cansado. Contra todo consejo, había decidido salir al cine y ver la película de la que tanto se hablaba; una película de la que habían manado ríos de tinta antes incluso de su estreno. “Vencedores o Vencidos” se titulaba. Era una vieja historia conocida que nunca sucedió. Era, en realidad, una gran mentira. Una ficción sobre el abortado juicio de Núremberg, sobre lo que pudo ser y no fue cuando finalizó la segunda gran guerra. El mismo Jackson fue parte importante de la historia. Allí estaba Richard Widmarck, poniéndole cara a él mismo, agitando con pasión y vehemencia los brazos ante Spencer Tracy; mirando cara a cara a Burt Lancaster; interrogando a cada uno de los testigos, de los supervivientes de los campos de concentración nazis que señalaban con el dedo de la rabia y del miedo a los actores que interpretaban a Hess, Reader, Ribentropp, Göring, Rossemberg, y todos los demás, hasta llegar a 22. Kramer y Man, director y guionista, le habían reservado , incluso, los minutos de monólogo finales en los que se dirigía al mundo con palabras que podrían haber pasado a la Historia, a la Historia con H mayúscula, porque ahora que la pipa ya casi se había apagado; ahora que en la noche solo se oía el sonido estéril del aire que llegaba desde donde ya no ardía el tabaco, Robert H. Jackson recordaba lo cerca que estuvo de sentar en el banquillo de los acusados y de llevar a la horca a los criminales que extendieron la muerte y el dolor por todo el mundo hacía ya la friolera de 26 años. Fue un encargo directo del presidente Roosvelt. “Tu vas a ejercer de fiscal en Núremberg. Robert, quiero que te encargues de que se haga justicia, justicia ejemplar. He hablado con Churchill, con Degaulle y con Stalin, y están de acuerdo. Nada de lo que ha pasado estos últimos años puede volver a repetirse. El mundo tiene que saber lo que ha ocurrido; el mundo tiene que entender que el hombre es capaz de perpetrar atrocidades inimaginables, y tiene también que guardar en la memoria, hasta el fin de los tiempos, que las fuerzas del bien siempre aplastarán al mal; que los malos nunca se van a salir con la suya. Este encargo te lo hago yo en persona, pero en realidad son los más de 50 millones de muertos quienes te lo piden. Robert, ve y haz Justicia”. El viejo jurista americano abandona la pipa sobre la mesa y casi al instante deja caer la cabeza, cansado, sobre el respaldo del sillón. Cierra los ojos y aprieta los labios porque sabe que nada de eso ocurrió, porque recuerda cómo recién restaurada la democracia alemana, un grupo del legalizado Partido Nacional Socialista interpuso una demanda penal contra él, contra el juez Biddle, y contra el mismísimo presidente Roosvelt, por prevaricación, y recuerda como el juez del tribunal supremo alemán Lucien Var Ellan admitió la querella a trámite. Y Var Ellan y un grupo de nazis le sentó en el banquillo y le inhabilitó de por vida, y desde aquellos días nefastos, Robert H. Jackson, el viejo jurista americano, tuvo que ganarse la vida escribiendo libros, impartiendo conferencias y algunas clases en las universidades que se lo pedían, más por solidaridad que por necesidad. Robert H. Jackson hoy es conocido mundialmente y ha pasado a la Historia porque fue la única persona juzgada por los crímenes de guerra nazis, aunque a priori, la misma Historia le había reservado un destino diferente: el de hacer justicia, el de hacer posible que éstos muriesen en la horca, o cumpliesen condena hasta el fin de sus días.

Todo esto que acabo de relatar, con mayor o menor fortuna, es una historia ficticia que me acabo de inventar. Sin embargo, Robert H. Jackson fue, efectivamente, el fiscal jefe que ejerció la acusación contra los 22 nazis del proceso de Nuremberg. Pero Jackson murió en 1959 y por tanto no pudo ver “Vencedores o Vencidos”, la película de Stanley Krammer sobre el famoso juicio que se estrenó en 1961 y en la que Richard Widmark hace el papel del fiscal y Spencer Tracy el del juez Biddle. Como todo el mundo sabe, Jackson, el juez Biddle y todos los demás juristas que intervinieron, llevaron a la horca a muchos de los encausados y encerraron de por vida a otros. Pero lo que le está pasando al juez Garzón, a la memoria de 100.000 desparecidos en la guerra Civil, a la de más de 2 millones de muertos y a sus familiares, es real, aunque la realidad parezca ficción, ficción de la buena, de la que al final es cierta, tan cierta como la muerte. Así es. El mundo está pasmado. El juez Garzón va a hacer Historia porque va a ser la primera y la única persona acusada a raíz de la Guerra Civil española y de los crímenes del franquismo.

Jacques Bernard Herzog, un abogado francés que también participó en el proceso de Nuremberg, impartió una conferencia en la universidad de Chile el año 1949, poco después del final del juicio. En la conferencia, que se puede leer completa en internet, Herzog cita palabras de un anónimo cantar de gesta francés del siglo XIV titulado “Roman de Boudoin de Séburg III, Roi de Jérusalen" . Transcribo: “Si aquellos por cuya directa intervención se desencadenan las guerras encontrasen en ellas a menudo la muerte, pienso que ello sería de justicia. Pero, no es así; los que caen como primeras víctimas son los inocentes, los que ninguna intervención han tenido en ellas y que perecen dolorosamente”. Después, el cantar habla de que si la justicia de los hombres no hace lo que debe, lo hará la justicia de Dios. Y entonces, aunque esté mal el decirlo, uno se acuerda del chiste de Eugenio.

La conferencia del francés no tiene desperdicio. 60 años después, en España, su vigencia es absoluta. Y el hecho de que fue Chile el país que la publicase y en donde se dictase en público, todavía la hace más propia, más nuestra si cabe, por la relación del juez juzgado con la memoria y la justicia en ese país hace algunos años. Estas últimas frases de Herzog que copio a continuación se las dedico a la cuadrilla de hijos de puta que van a conseguir más de lo que nunca podían llegar a imaginar cuando Franco murió.

El Emperador de Alemania escribía a su aliado Francisco José: ‘Es preciso arrasar todo a sangre y fuego, degollar hombres y mujeres, niños y ancianos, no dejar nada en pie, ni un árbol ni una casa. Son estos procedimientos de terror los únicos capaces de impresionar a un pueblo tan degenerado como el pueblo francés, la guerra terminará antes de dos meses’. Este hombre, repito, ha terminado sus días, como un tranquilo leñador, bajo la sombra de los árboles de Doorn

Vuelvo mañana

miércoles, 31 de marzo de 2010

De Coppola y de Klimnt


El vecino del piso de arriba tiene un Ford Cougar de color del pacharán con asientos tapizados en cuero negro zaino. Le he visto dos o tres veces. Una vez salía del coche, que aparca asombrosamente, siempre, al lado del portal. Ese día, después de cerrar la puerta, se inclinó hacia el capó y con la uña del dedo meñique rascó un pequeño resto de suciedad que se habría adherido a la chapa. Después caminó tres pasos hasta la entrada mirando hacia atrás, hacia el vehículo, como hacen los toreros cuando terminan su serie de naturales antes de mostrar al respetable su abrupta estampa arqueada . Otro día lo tuve en mi propia casa. Llamó a mi puerta porque en un piso superior al suyo se originó un escape de agua que le estaba calando su cocina. Le hice pasar y entró acompañado de sus tres compañeras, que aguardaban unos peldaños más arriba del rellano de mi puerta como autoestopistas al acecho. Cuando los cinco estuvimos acomodados en el salón, les pregunté que en qué les podía ayudar y Cougar miró a sus tres compañeras y se dispuso a hablar. Cougar es bajito, calvo y cuarentón. Tiene la espalda ancha y camina con las piernas arqueadas. De vez en cuando sorbe por la nariz y carraspea a un tiempo, y cada diez o doce segundos tuerce el cuello hacia la izquierda, tal y como hizo antes de empezar a explicarse: Que tenía la cocina mojada, que el agua se filtraba a través de la campana extractora de humos y que a ver quién llamaba al fontanero y le pagaba los desperfectos y, sobre todo, a ver quién le decía al vecino de arriba que era un sinvergüenza y un cabrón. Mientras hablaba, las tres amigas, las tres morenas, muy guapas y más jóvenes que él, asentían a cada palabra como si quien hablase fuese un santón, su gurú, el hombre que guiaba sus vidas. Yo todavía no entendía nada. Solamente escuchaba y observaba. Les ofrecí cerveza, refrescos o café, pero Cougar sorbió nuevamente, carraspeó y alzando una ceja me dijo muy cariacontecido que él no había venido de visita, que de cervezas su nevera estaba llena y que lo que quería eran soluciones. Las tres amigas asintieron de nuevo, y me pareció que, incluso, una de ellas afirmaba ostentosamente con la cabeza y esbozaba una mueca convexa con los labios, como esgrimiendo un beso que no besa. Vista la situación, me di cuenta de que Cougar y su corte creían que yo era el presidente de la escalera. Así que les saqué de su error y les indiqué el lugar donde podrían encontrar al propietario de su piso. Desconcertado, miró a su harén, volvió a carraspear, sorbió sonora y hondamente, se incorporó, me estrechó la mano y dijo “bueno”, y salió detrás de las tres hermosas mujeres con la frente bien alta y el paso firme.

En su casa, Cougar y sus chicas se lo pasan en grande. Cuando ya no hay luz en la calle y se acerca la medianoche, se oye constantemente el ir y venir de tacones, pasillo arriba pasillo abajo, y el fluir constante del agua en las tuberías. Puedo oír hasta el choque de la alcachofa de la ducha cuando cierran el grifo y la colocan en su lugar. Así es que me paso noches enteras sin pegar ojo y, si soy sincero, creo que no es por el ruido; creo que es porque se me desboca la imaginación. El taconeo constante y el ruido del agua fluyendo a 10 atmósferas me llevan a imaginar al gran Cougar amadejado junto a sus compañeras de piso en un fabuloso ovillo de piernas y brazos, pechos y labios, gemidos y olores, como cuando el joven Jonathan Harker es objeto de la diabólica, y nunca suficientemente bien ponderada, visita nocturna de las esbirras del Conde Drácula, tal y como se ve en la película del genial Coppola. O mejor. Algunas noches, cuando me canso de imaginar en clave gótico-erótica, me paso al modernismo y me veo a mí mismo entre mis tres vecinas, igual que si estuviese retozando, perezoso, descuidado, absolutamente dejado en manos del placer que me proporcionaría el roce de mi piel con las pieles blancas, las manos y la sabiduría de las seis mujeres de “La Virgen” de Gustav Klimnt, diosas eternas del pecado, del color y de la carne. Porque, se mire por donde se mire, y más si soy yo quien mira, en ese cuadro falta un hombre.

Esas noches son inolvidables, sobre todo para Cougar. Yo suelo levantarme con sueño. Por eso esta mañana, mientras me daba una ducha, me preguntaba. ¿Por qué se presentó en mi casa con sus tres amigas? ¿Para ostentar? ¿Para decirme en mi propio hogar, en mi feudo, mira lo que tengo? ¿Lo haría para presionarme?¿Alguna de ellas será abogada?¿Sería, quizá para hacerme ver la necesidad imperiosa de que se arreglase su problema con el agua? ¿O querrían ellas conocerme, y todo fue un invento, el agua, la avería, el vecino de arriba, para invitarme de una manera sutil a su particular fragor de sinfonías nocturnas? Pude haber subido y preguntárselo, pero estarían durmiendo. A esas horas de la mañana no hacen ningún ruido.

Ya a media tarde le he vuelto a ver. Aparcaba el coche con gran habilidad, con esa traza de conductor consumado que controla el cotarro. El codo izquierdo apoyado en la ventilla, la mano derecha manejando el volante, soslayos hacia los espejos, y cigarrillo colgando de los labios. Bajó, cerró, miró hacia atrás y al entrar nos cruzamos en el portal. Quise aprovechar la ocasión para preguntarle sobre el arreglo de la avería y, en el caso de que la conversación empezase a fluir, sobre todo lo demás, pero no me dijo ni ahí te pudras. Entró muy digno, sorbió sonoramente y, mientras le miraba caminar tranquilo hacia el paraíso, la puerta de cristal se cerró ante mis narices.


Vuelvo mañana

jueves, 25 de marzo de 2010

Primavera


A quien me ama, amor. A quien me odia, amor de decirle amor. Amor a quien camina y me conoce y me niega el saludo, amor de decirle amor.

Amor a la luz que refulge verde en el campo verde cuando recién se estrena la blanca flor del almendro que ha crecido junto a la pared pendiente de pintura pintada con amor futuro de hogar donde habrá amor. Amor al barbecho que descansa, agotado, y que con amor cuida el hombre que decide premiarlo evitándole hogaño la herida del arado, para tejer con amor una bandera con el color de la hierba y de la tierra oscura; una bandera sin himno ni patria, ni pueblo que le cante con amor, que se iza y ondea sobre el camino, como la estandarte orgulloso que señala un lugar sin memoria, apartado en el olvido.

Amor a los gritos salvajes, impetuosos, de la cinco de la tarde que despiertan los pueblos amodorrados en la siesta apacible y silenciosa, y que súbitamente, en tremenda explosión de gozo, llenan las calles de energía desatada, prisionera durante un largo día de encierro, entre un griterío agudo extremo colegial que brota en rama verde todavía.

Amor al sol, y al calor que, igual que novios mojigatos, se han hecho esperar en este año de las nieves. Amor al aire fresco que eriza la piel en la mañana y que se llena de amor al levantar el día para regalarnos suaves brisas de atardecer mientras leemos, sentados en un banco, una hermosa frase , el verso de un poema, y de poco en poco, al levantar la vista para rumiar la canción, ver cómo el cielo se enrojece y se despide de la luz, otra vez la luz, y nos da paso a las noches del amor bajo los vértices de lunas crecientes que auguran carne, pasión, plenitud y dicha.

Amor al mar que añora mis huellas sobre su arena; al mismo mar al que le debo la gloria de tiempos que se llevó consigo, porque en cada ola con que besa la orilla, borra para siempre el instante preciso en que mi andar se detiene, por ver sobre su horizonte, restos de nubes rasgadas señalando a la noche que emerge encarnada. Es la misma noche de amor, aquí, lejos del fragor marinero, la que me trae desde el confín de los vientos, el olor del salitre y el frescor de sus aguas añiles, enfriadas por la nieve blanca: aroma camuflado en el viento del Este que presagia un susurro estival con canción de sirena.

Amor de sentir el impulso de cantar al amor, y al color, y a la luz y a la vida que explota y florece ahora, mañana. Amor a quien desprecie estas letras, que no son amapolas rojas sobre campo verde, ni siquiera tinta azul sobre papel, porque son letras del alma mía, arrancadas en abril. Cuando el otoño desnude al árbol y del invierno me abrigue al calor de mi amor, contemplaré su color marchito y al poco, casi sin darme cuenta, escribiré de nuevo, despacio, con amor, que es primavera, primavera de amor.


Vuelvo mañana

El almendro en flor que ilustra esta entrada es obra de Tesa Crespo. Se lo regaló a mi amor hace ya algunas primaveras. Con cariño y con el permiso de las dos.

jueves, 18 de marzo de 2010

Las voces de dios


Cuando tengo que viajar en avión y entro en el paréntesis de los aeropuertos siempre pienso que lo más parecido que debe haber a la voz de dios es la que se oye a través del sistema de megafonía. Una voz divina, atemperada, cordial, que surge insondable desde todos los rincones y al mismo tiempo de ninguno. No es la voz del Yahvé dentro de la zarza ardiendo, ni el vozarrón que debió dictar un día muy lejano los 15 mandamientos (Una teoría del gran Francisco Casavella dice que, en origen, fueron 15 los mandamientos que Dios dictó a Moisés, pero que en el trayecto hacia donde le esperaba el pueblo elegido, una de las tres tablas se le cayó y se quebró y sus pedazos se quedaron tirados en el camino, porque Moisés no podía con el peso de las tres, con el peso de la ley, de la ley de dios). Digamos que la voz del aeropuerto es una voz meramente descriptiva, que cumple estrictamente con una sola función del lenguaje, políticamente muy correcta, y muy adecuada a los tiempos que corren, pues a veces es masculina y otras femenina. El papa, los ayatolas y el supremo rabino del mundo deberían aprender cómo a través de una correcta modulación, del control del matiz, del timbre, de la atemperación y, sobre todo, del grado de utilidad de lo que se dice, una frase masculina o femenina dicha en el momento y en el lugar oportuno es capaz de ordenar y dirigir los destinos de millones de personas cada día sin que nadie diga ni mu ni se cuestione la existencia del ente que desde el momento en que entramos en un aeropuerto gobierna nuestros destinos.

El caso es que cuando espero a que se anuncie mi vuelo, mientras hojeo revistas en el quiosco, tomo café, miro escaparates con productos que jamás voy a comprar o le invento historias a la gente que espera junto a las puertas de embarque, me da por imaginar el aspecto que debe tener el dios y la diosa que cada minuto nos ordena y nos dirige con sus instrucciones precisas. Lo primero que me viene a la cabeza es que siempre oímos la misma voz y entonces me convenzo de que quienes hablan pasan toda su vida en un lugar determinado que nadie ni nunca sabrá donde se encuentra, excepto un par, o quizá sean tres, de individuos con mucho poder. Después intento hacerme una idea exacta de cómo son, o de cómo llegaron a ocupar un puesto tan privilegiado. Y es bien curioso porque la imagen que me formo de estas dos divinidades es bastante prosaica, más bien doméstica; es la imagen de un par de dioses de andar por casa. Los veo como el matrimonio que un buen día, recién casados, leyó un anuncio en el periódico en el que alguien, no se sabe bien quien, escribió “Se necesita matrimonio bien avenido, formal: se ofrece trabajo bien remunerado, estabilidad garantizada. Trabajo a desarrollar dentro de vivienda totalmente equipada. Sueldo acorde con cumplimiento de objetivos. Inglés hablado y leído. Se requiere voz divina y dedicación eterna. Razón AENA”. Y entonces la pareja decidió dar un giro a sus vidas y aventurarse, y ahí están, en su humilde loft aeroportuario, día y noche, junto a su cocina con los platos sin fregar, la cama desecha, como un farero junto al mar, dibujando con la luz de su voz los embarques, las cancelaciones, las salidas, las averías, las llegadas y los avisos urgentes a los impuntuales de siempre -cómplices involuntarios del azar caprichoso- que modifican con su retraso en el embarque la sucesión de los acontecimientos que nos está reservada desde siempre, desde antes incluso de que compremos el billete. Y esto último los dos dioses lo saben bien. Por eso, si aguzamos bien el oído, en estos casos se puede percibir en el aviso cierta vehemencia contenida. Es en la única ocasión en que se lo permiten. Por lo demás, no sería difícil tirar del símil del vuelo como metáfora de la vida, o del aeropuerto como metáfora del mundo, pero creo que nada está más lejos de la intención de estos profesionales, porque como buenos dioses que son, creen firmemente en el libre albedrío, y una vez dentro del avión, que cada cual se las componga como pueda.

Finalmente, dada la trascendencia de su función, dudo mucho que a la pareja de voces se les permita ver a ningún pasajero. Sería nefasto. Su labor requiere absoluta impersonalidad. No se puede admitir ningún tipo de devaneo afectivo y mucho menos propiciar que alguno de los dos se encapriche de algún viajero y se le beneficie con ciertas ventajas que pudiesen provocar agravios comparativos. De ahí que a veces haya llegado a especular con que su lugar de trabajo en realidad puede estar situado en Ceuta, o en Melilla, o en Bombay, y que en una gran sala cerrada, en la gran central del destino, en donde se distribuye pòr todo el planeta la voz de centenares de dioses como ellos, se anuncian en mil idiomas con sus timbres aterciopelados, durante todos los días y todas las noches del mundo, los futuros encuentros, las rutinas, las incertidumbres, el instante único y preciso en que hombres y mujeres de procedencias infinitas se ponen en pie, enseñan su billete y se disponen a volar al lugar y al momento que probablemente ellos mismos han elegido.


Vuelvo mañana

sábado, 13 de marzo de 2010

Sangre, fuego y nieve (o la poética de la política)


Ya lo dicen los poetas: la poesía se encuentra en cualquier rincón. Respira tranquila junto a nosotros; palpita a la espera, en los lugares y en los ámbitos más insospechados. Para reconocerla es cuestión de vivir con el alma abierta y los sentidos bien despiertos, la cabeza alta, desnudo el espíritu, valentía, voluntad, y conciencia de sacrificio. Rainer Maria Rilke, el sumo sacerdote de la sagrada orden del verso glorioso, que dejó plantada a su Clara para recluirse como monje de la rima, se lo decía muy claro al poeta en ciernes Franz Xaver Kappus en la correspondencia que mantuvo con él: “Compruebe si extiende sus raíces por las mayores profundidades del corazón; confiésese a sí mismo si tendría que morirse si se le prohibiese escribir.” Si esa es la actitud, según Rilke, parece ser que la paciencia y la constancia traerán de la mano a la palabra y surgirá como una lengua de fuego el misterio creador y revelador que la contiene. “Por eso”, continuaba diciéndole Rilke a un aplicado Kappus, “debe liberarse de los temas corrientes, que son los más difíciles. Vaya a los que le ofrece su propia vida cotidiana”. Y eso precisamente es lo que me ha pasado esta última semana, que buscando desesperado un tema cotidiano que me dijese algo, que me motivase, que hiciese surgir en mi la necesidad imperiosa de invertir escribiendo unas horas de mi vida para no morir de nuevo, encontré poesía en la política.

La sangre sobre la nieve es una imagen literaria muy sugerente. Simboliza a menudo la pureza manchada, mancillada; también la pérdida de la inocencia; otras veces, el reguero de gotas rojas sobre el tapiz blanco es la señal o el camino que el héroe debe seguir para cumplir su destino, como lo hizo Perceval al inicio de su búsqueda del Santo Grial. La Verdad griega vestía siempre de blanco y leukos era sinónimo de felicidad y promesa de esperanza. García Márquez tituló un cuento “El rastro de tu sangre en la nieve”; creo recordar que Quevedo le clavó un alfiler a Fili (o quizá fue a Lisi, o quizá no fue ni Quevedo, y tampoco a Fili o a Lisi) en su dedo blanco como el nácar; Joan Salvat-Papasseit en su “Poema de la rosa als llavis” desflora a la amada sobre blanco inmaculado y esta temporada cinematográfica hemos podido disfrutar de una extraña y extraordinaria historia de iniciación, de amor, de soledades eternas y de tiempo con la película “Déjame entrar”, un prodigio de poesía visual realizada y escrita por el director sueco T. Alfredson y filmada en su totalidad entre sangre y nieve. Pero como a mí me ocurre como al novato Kappus, que estoy todavía por hacer, sigo prospectivamente el consejo del sabio Rilke y liberado de temas tan corrientes –repito, tan corrientes- como el amor, la muerte, la ambición, el poder, etc., voy a temas más cercanos, o prosaicos, cotidianos; voy a lo que vemos y oímos en el día a día y que no necesita de la energía, la experiencia y el poderío poético que, según el autor checo, se necesita para otros temas menos elevados.

Y qué podemos encontrar más cotidiano, casero y habitual, además de un batín de franela anudado y unas pantuflas bien afelpadas, que la política. La catalana la que más, cercana al ciudadano, pendiente de sus necesidades, cómplice en el día a día de los contribuyentes, atenta siempre a sus deseos y proactiva con sus problemas. Por ser así quizá es por lo que se ha producido durante estas últimas semanas uno de los espectáculos más lamentables de los que yo pueda tener recuerdo, que las nieves de estos días se han encargado de sepultar. Como todo el mundo sabe, el pasado verano cinco bomberos murieron en acto de servicio cuando trabajan en la extinción del colosal incendio en las inmediaciones de Horta de Sant Joan (Tarragona). Cinco hombres generosos y valientes, cinco caballeros, dieron la vida por los demás. Dicho así suena hueco, a frase hecha, pero si repetimos cada unas de las palabras que la forman, hondamente, lentamente, reflexionando sin prisas lo que significa dar la vida por los demás, seguramente se nos anudará la garganta y alguna lágrima asomará en los ojos, y entonces tendremos la certeza de que ese momento es un instante de íntima solidaridad para con los bomberos y para con los seres queridos que ya nunca van a poder compartir con ellos el transcurso diario de la cotidianidad de sus vidas. La sangre de esos hombres es una deuda que nos toca pagar a toda la comunidad honrando su memoria con respeto y admiración. Pero, ves per on, mira por donde, el fuego de Horta, aunque todos lo dábamos por extinguido, ha vuelto a prender con grandes llamaradas en los escaños de sus señorías y en los medios de comunicación; y puestos a imaginar maneras vergonzosas de utilizar como arma política a cinco hombres muertos, parlamentarios, columnistas, consellers, alcaldes, concejales, jefes, jefecillos, gacetilleros y gentuza de todo tipo y calaña han superado cualquier expectativa de cómo se puede llegar a ser tan hiperbólicamente miserable cuando se trata de amagar responsabilidades o de exigirlas con las cenizas ya recogidas, con tal de rascar un poco de poder, de defender la poltrona, o de vender noticias como el que vende aceite.

Lo que hemos vivido en Catalunya estas tres últimas semanas - el vergonzante debate al rebufo del descubrimiento, meses después, de que no fue un rayo lo que provocó el incendio; al respecto de quién hizo o no hizo qué; a quién le tocaba hacerlo y no lo hizo- es el mancillamiento del recuerdo de la sangre heroica a cargo de la voracidad del fuego canalla que se ha extinguido gracias a la reciente gran nevada purificadora; porque esa nieve ha sofocado momentáneamente los últimos rescoldos del incendio y la vergüenza que yo he sentido después de tanto insulto y de tanta palabra borde. Y todo, con la tierra todavía húmeda que dio descanso a esos cinco hombres muertos por todos nosotros y que vivieron con el alma abierta y los sentidos bien despiertos, la cabeza alta, desnudo el espíritu, valentía, voluntad, y conciencia de sacrificio. Poesía es su sacrificio, mal que le pese a Rilke o a los teóricos y rapsodas de la poética de la política.


Vuelvo mañana
El cuadro es de Clara Tengonoff. Se titula "rosas rojas". Podeis ver sus obras en http://claratengonoff.artelista.com/