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jueves, 8 de abril de 2010

La sombra de los árboles de Doorn


En la penumbra del despacho acogedor, Robert H. Jackson se disponía a cebar la pipa. Sentado en su viejo sillón de piel y bajo la luz tenue de la lámpara Tífanis, encendió una cerilla, chupó de la boquilla con destreza de fumador veterano y el aroma dulce del tabaco inundó la estancia. Por su gesto al expeler el humo, parecía como si el sabor dulce y fuerte de cada bocanada fuese lo único que le pudiese redimir de alguna pena antigua. Al lado del sillón, en una mesita contigua al escritorio, donde a menudo pasaba las noches de insomnio jugando al ajedrez contra un contrincante imaginario, reposaban novelas de McCoy, Hammet, Chandler y Thompson. Las miró durante un segundo y volvió a concentrarse en su pipa. Estaba cansado. Contra todo consejo, había decidido salir al cine y ver la película de la que tanto se hablaba; una película de la que habían manado ríos de tinta antes incluso de su estreno. “Vencedores o Vencidos” se titulaba. Era una vieja historia conocida que nunca sucedió. Era, en realidad, una gran mentira. Una ficción sobre el abortado juicio de Núremberg, sobre lo que pudo ser y no fue cuando finalizó la segunda gran guerra. El mismo Jackson fue parte importante de la historia. Allí estaba Richard Widmarck, poniéndole cara a él mismo, agitando con pasión y vehemencia los brazos ante Spencer Tracy; mirando cara a cara a Burt Lancaster; interrogando a cada uno de los testigos, de los supervivientes de los campos de concentración nazis que señalaban con el dedo de la rabia y del miedo a los actores que interpretaban a Hess, Reader, Ribentropp, Göring, Rossemberg, y todos los demás, hasta llegar a 22. Kramer y Man, director y guionista, le habían reservado , incluso, los minutos de monólogo finales en los que se dirigía al mundo con palabras que podrían haber pasado a la Historia, a la Historia con H mayúscula, porque ahora que la pipa ya casi se había apagado; ahora que en la noche solo se oía el sonido estéril del aire que llegaba desde donde ya no ardía el tabaco, Robert H. Jackson recordaba lo cerca que estuvo de sentar en el banquillo de los acusados y de llevar a la horca a los criminales que extendieron la muerte y el dolor por todo el mundo hacía ya la friolera de 26 años. Fue un encargo directo del presidente Roosvelt. “Tu vas a ejercer de fiscal en Núremberg. Robert, quiero que te encargues de que se haga justicia, justicia ejemplar. He hablado con Churchill, con Degaulle y con Stalin, y están de acuerdo. Nada de lo que ha pasado estos últimos años puede volver a repetirse. El mundo tiene que saber lo que ha ocurrido; el mundo tiene que entender que el hombre es capaz de perpetrar atrocidades inimaginables, y tiene también que guardar en la memoria, hasta el fin de los tiempos, que las fuerzas del bien siempre aplastarán al mal; que los malos nunca se van a salir con la suya. Este encargo te lo hago yo en persona, pero en realidad son los más de 50 millones de muertos quienes te lo piden. Robert, ve y haz Justicia”. El viejo jurista americano abandona la pipa sobre la mesa y casi al instante deja caer la cabeza, cansado, sobre el respaldo del sillón. Cierra los ojos y aprieta los labios porque sabe que nada de eso ocurrió, porque recuerda cómo recién restaurada la democracia alemana, un grupo del legalizado Partido Nacional Socialista interpuso una demanda penal contra él, contra el juez Biddle, y contra el mismísimo presidente Roosvelt, por prevaricación, y recuerda como el juez del tribunal supremo alemán Lucien Var Ellan admitió la querella a trámite. Y Var Ellan y un grupo de nazis le sentó en el banquillo y le inhabilitó de por vida, y desde aquellos días nefastos, Robert H. Jackson, el viejo jurista americano, tuvo que ganarse la vida escribiendo libros, impartiendo conferencias y algunas clases en las universidades que se lo pedían, más por solidaridad que por necesidad. Robert H. Jackson hoy es conocido mundialmente y ha pasado a la Historia porque fue la única persona juzgada por los crímenes de guerra nazis, aunque a priori, la misma Historia le había reservado un destino diferente: el de hacer justicia, el de hacer posible que éstos muriesen en la horca, o cumpliesen condena hasta el fin de sus días.

Todo esto que acabo de relatar, con mayor o menor fortuna, es una historia ficticia que me acabo de inventar. Sin embargo, Robert H. Jackson fue, efectivamente, el fiscal jefe que ejerció la acusación contra los 22 nazis del proceso de Nuremberg. Pero Jackson murió en 1959 y por tanto no pudo ver “Vencedores o Vencidos”, la película de Stanley Krammer sobre el famoso juicio que se estrenó en 1961 y en la que Richard Widmark hace el papel del fiscal y Spencer Tracy el del juez Biddle. Como todo el mundo sabe, Jackson, el juez Biddle y todos los demás juristas que intervinieron, llevaron a la horca a muchos de los encausados y encerraron de por vida a otros. Pero lo que le está pasando al juez Garzón, a la memoria de 100.000 desparecidos en la guerra Civil, a la de más de 2 millones de muertos y a sus familiares, es real, aunque la realidad parezca ficción, ficción de la buena, de la que al final es cierta, tan cierta como la muerte. Así es. El mundo está pasmado. El juez Garzón va a hacer Historia porque va a ser la primera y la única persona acusada a raíz de la Guerra Civil española y de los crímenes del franquismo.

Jacques Bernard Herzog, un abogado francés que también participó en el proceso de Nuremberg, impartió una conferencia en la universidad de Chile el año 1949, poco después del final del juicio. En la conferencia, que se puede leer completa en internet, Herzog cita palabras de un anónimo cantar de gesta francés del siglo XIV titulado “Roman de Boudoin de Séburg III, Roi de Jérusalen" . Transcribo: “Si aquellos por cuya directa intervención se desencadenan las guerras encontrasen en ellas a menudo la muerte, pienso que ello sería de justicia. Pero, no es así; los que caen como primeras víctimas son los inocentes, los que ninguna intervención han tenido en ellas y que perecen dolorosamente”. Después, el cantar habla de que si la justicia de los hombres no hace lo que debe, lo hará la justicia de Dios. Y entonces, aunque esté mal el decirlo, uno se acuerda del chiste de Eugenio.

La conferencia del francés no tiene desperdicio. 60 años después, en España, su vigencia es absoluta. Y el hecho de que fue Chile el país que la publicase y en donde se dictase en público, todavía la hace más propia, más nuestra si cabe, por la relación del juez juzgado con la memoria y la justicia en ese país hace algunos años. Estas últimas frases de Herzog que copio a continuación se las dedico a la cuadrilla de hijos de puta que van a conseguir más de lo que nunca podían llegar a imaginar cuando Franco murió.

“El Emperador de Alemania escribía a su aliado Francisco José: ‘Es preciso arrasar todo a sangre y fuego, degollar hombres y mujeres, niños y ancianos, no dejar nada en pie, ni un árbol ni una casa. Son estos procedimientos de terror los únicos capaces de impresionar a un pueblo tan degenerado como el pueblo francés, la guerra terminará antes de dos meses’. Este hombre, repito, ha terminado sus días, como un tranquilo leñador, bajo la sombra de los árboles de Doorn”

Vuelvo mañana

domingo, 14 de febrero de 2010

Sol de invierno


El lugar donde vivo es húmedo. Aquí el frío se mete hasta los huesos y no hay ropa que nos meta en calor. Sin embargo, muy de vez en cuando, la climatología nos regala un día seco y limpio, en el que el horizonte dibuja al detalle los contornos de la lejanía que casi siempre aparecen borrosos, como sometidos a un enfoque beodo tras una permanente borrachera colectiva. Es el caso de la mañana de hoy, en la que el sol brilla pleno y el cielo lo es por sí mismo, libre de la trampa de la bruma, y azulea el día en armonía con la luz clara de invierno que nos concede por fin el privilegio de sentir el frío cortante en el rostro, el escozor helado en la punta de la nariz y la lágrima tímida tiritando al borde del ojo, que mantenemos semiabierto porque no está acostumbrado a un sol de hielo azul como el del amanecer de hoy. Aun así, o precisamente por eso, da gusto pasear por la calle. De ahí que hoy el café en el bar haya sido breve. Me lo he tomado en el tiempo justo que he leído un nuevo capítulo de la infamia y la felonía que el poder, en sus muy diversas formas (y en las concretas del narcotráfico y del fascismo nacional e internacional) está cometiendo con el juez Garzón, con el apoyo de todo el grupo PRISA y de aquellos a los que el ínclito Felipe González llamó en los buenos tiempo la ‘Prensa Canallesca’. O sea, que todos los grandes medios de comunicación españoles y todos los opinadores de lo divino y de lo humano están encantados con que el héroe ibseniano de nuestro tiempo sea lapidado y vilipendiado con el argumento grotesco, inconsistente, e infantil de que quiere ser un juez estrella, de que quiere sobresalir entre los demás y de que lo único que persigue, en su afán por poner en la balanza ciega de la justicia a los grandes delincuentes contemporáneos, es fama y notoriedad. Y aunque cualquier persona con un bajo sentido común – ya no digo inteligencia- sabe que de lo que se trata es de desactivar de una vez y para siempre al que se ha convertido en el azote del ladrón, del tramposo y del criminal de altos vuelos, la verdad es que en España no nos hace falta argüir más que eso, pues como todos sabemos, la causa más que suficiente para poner al más pintado de rodillas sobre el cadalso es ser más guapo, ser más valiente, ser más trabajador, ser excelente, y siéndolo, poner en evidencia la mediocridad general, la cobardía colectiva y la corrupción del poder que como meada de perro se huele en dos de cada tres esquinas por las que caminamos.


Entre el placer y el dolor hay siempre un delgado límite. A las dos horas de pasear mi íntima y vana solidaridad para con el Doctor Stockmann de nuestro siglo, entre el brillo claro y helado de la mañana de hoy, al final he decidido meterme en casa porque ha habido un momento en que tenía la sensación de que mi boca empezaba a esbozar la mueca irónica con la que perece el congelado; una sonrisa inclinada, tétrica, negra, de despedida del mundo inquietantemente amable. Al llegar he puesto a calentar un poco de agua para hacer té y mientras esperaba a que hirviese me he quedado mirando fijamente la puerta del frigorífico, decorada a lo largo de mi tercera vida con personajes, imágenes, recuerdos, pasiones, héroes y algunos objetos intrascendentes como lo es la misma existencia: mariposas de colores chillones, molinos holandeses, un colibrí, un escudo de Praga, una matrushka rusa, la rosa de los vientos, una chapa con el dibujo Don Qujiote y Sancho Panza, un pez inverosímil, un gigantesco escarabajo, una tarjeta del pub barcelonés 'Les gens que j’aime', en donde una enorme pitonisa, entunicada con vivos colores, lee las cartas por un gin tonic. La mano de Chillida, la izquierda: la derecha se la ató a la espalda cuando empezaba a crear porque creía que aquello no podía ser tan fácil. Boris Karlof interpretado por Frankenstein (sí, he escrito Boris Karlof interpretado por Frankestein). Una caricatura de Julio Cortázar fumando, dibujada por Loredano, al lado del gran Ramiro Pinilla, tocado por la sempiterna boina, y por la gracia de las musas. (A los dos les sobrevuela una libélula y un colibrí). Las gárgolas de Notre Dame, El peine del viento, la Liebre de Durero, una autorretrato de Toulouse Lautrec pintando sobre un banquete, de espaldas. El escudo de Amsterdam. King Kong batiéndose bravo contra la incipiente U.S. Air Force. “Te nos has revelado y qué solos estamos”: las primeras palabras en lengua vasca, las primeras del romanticismo universal. El Endurance y Ernest Shackleton. El colosal y magnífico Moisés de Miguel Ángel, más vivo que su propio creador. 'A la orilla del mar', de Romaine Brooks, que me mira fijamente cada día, contra el viento, bajo la capa de la que surge, misteriosa, una mano afilada. 'Luz que agoniza' con Charles Boyer, Joseph Cotten e Ingrid Bergman. Villa Gordiani, en Roma. El perrito y el gramófono de 'La voz de su amo'. La torre Eiffel. El rostro sereno, sabio, abierto, limpio, siempre hermoso, de Walt Whitman. Alpargatas 'La Mariposa'. Flan 'Chino Mandarín'. La tarjeta del restaurante donde mejor hacen las alcachofas a la brasa. La referencia de un libro que jamás he comprado. Dos marquitas rojas con manchas negras. La imagen de un espectro descendiendo (o subiendo) por la escalera de una mansión: hace años escribí que era Georgi vagando por Maipú 994. El teléfono del Círculo de Lectores. El teléfono de la “deixalleria muncipal, del fontanero y del electricista de guardia. Un sobre de azúcar de los que dan en los bares. Un casa con un pájaro de cuco. Un calendario de 2008, un osito de peluche y una regadera metálica decorada con un sol sonriente. Y ya no cabe nada más. Seguramente, dentro de poco, este paisaje cambiará, porque el frigorífico está hecho unos zorros. Por el ruido que hace la puerta al abrirse da la sensación de que la sujetasen las bisagras oxidadas de un castillo rumano. Pero da igual, cuando se instale la nueva, a los pocos días, la puerta se llenará nuevamente de caras, personajes, frases, recuerdos y objetos. En realidad, ahora que lo pienso, mi nevera es como el sol de invierno, luminosa por fuera y fría por dentro. En la próxima, el primer rostro recortado que coloque será el del Juez Baltasar Garzón. Tengo que acordarme de comprar un buen imán.


Vuelvo mañana