
Mirarse el ombligo no tiene porqué ser, forzosamente, una frase hecha que signifique lo agusto que estamos con nosotros mismos frente al mundo, lo poco que necesitamos ver otras realidades, porque con la nuestra nos vale y nos sobra, o la mínima disponibilidad de que hacemos gala para con nuestros semejantes ante situaciones o coyunturas individuales y colectivas más a menos adversas. Todo lo contrario. Mirarse el ombligo puede ser un ejercicio sano, una acción positiva en si misma si el sentido que le damos a la frase es el que concuerda con la propia acción, con la estricta verdad textual. Pero como el uso de esta expresión se ha centrado en los últimos tiempos en señalar actitudes autistas, no somos conscientes de que su significado orginal ha perdido por siempre su lugar frente al figurado, y a nadie a quien diga “me estoy mirando el ombligo” se le interpretará como aquella persona que está invirtiendo unos segundos de su vida en observar su centro geográfico y fisiológico; la cicatriz que recuerda el lugar del que vino; el cráter dérmico que señala hacia dónde iba a parar el conducto que le alimentó durante casi un año antes de nacer; el fósil amniótico que invoca el recuerdo olvidado del más placentero de los silencios. Incluso si alguien le dijese a un semejante “mírame un poco el ombligo” porque estuviese orgulloso de su hermosura, de su redondez, arruga discreta, poca prominencia, y leve profundidad, se le interpretaría a partir del significado retórico, metafórico, y entonces parecería que estuviese diciendo “ocúpate un poco de mi”.
Yo (lo confieso) paso minutos mirándome el ombligo, y también le miro el ombligo a la gente. En cuanto llega el verano y piso la playa me convierto en un mirón de ombligos. Los hay grasientos y dorados, bien bronceados, procedentes de barrios altos. Colorados y blancos, que suelen ser nórdicos, anglosajones, a veces galos e incluso castellanos. Que sean grandes o pequeños no depende de la dieta ni de la edad de sus dueños, pero sí de la pericia de la comadrona. Los ombligos pequeños suelen anudarse cuando el parto se produce en casa, y los grandes en hospitales, de manera que el ombligo es una indiscutible y significativa marca generacional. También hay ombligos que brillan, de mirada expresiva, y ombligos opacos y oscuros como cuenca de tuerto. Ombligos inquietos y esquivos, tímidos, a los que cuesta ver; o densos y convexos, extrovertidos, casi pesados, siempre presentes y a todas horas con algo que decir. Sé de uno al que le orbita una pequeña luna encarnada: me tiene loco. Aunque los que más llaman la atención son los peludos glotones, bocas falsas que cuelgan de grandes barrigas, producto de la evolución de la especie, con las que los individuos que los exhiben reclaman doble ración de todo en cualquier mesa y lugar…
Estoy por inaugurar un cuaderno de campo durante las próximas vacaciones e ilustrar a carboncillo todas las tipologías, pues esta es la técnica con la que mejor se resaltan las arrugas, las sombras, los relieves, recovecos y oquedades que contienen los ombligos del mundo. Tengo mucha curiosidad por ver en detalle el ombligo de según quién. La tentación, que es facilona, me lleva a la política, pero creo que el de estos tipos tiene poco interés, porque ni ellos mismos se lo miran, ni saben cómo es el suyo ni el de sus prójimos. No me resulta demasiado difícil imaginarme vientres muy blancos, algo flácidos y sin ombligo.
El mío es un clásico, casero, de comadrona de casta. Si no me cuido, lleva camino de convertirse en el típico peludo glotón. Aunque hondo y profundo, se distingue su fondo porque carece de arrugas. Es poco velludo y mira de frente. Cuando río se agita y exige espacio; si lloro se contrae hacia dentro buscando paz. En el amor, mi ombligo es el checkpoint del deseo, porque la mirada que me quiere se desliza hacia él y al cruzar la frontera en avance hacia el pubis ya es otro objeto más de caricias y besos, un hueco más para la lengua experta, hasta que el vientre prorrumpe en la última convulsión y, al poco, el sosiego lo balancea en una calma de sueño.
Es bueno, recomendable y saludable, mirarse el ombligo. Todos los días.
Vuelvo mañana
Estoy por inaugurar un cuaderno de campo durante las próximas vacaciones e ilustrar a carboncillo todas las tipologías, pues esta es la técnica con la que mejor se resaltan las arrugas, las sombras, los relieves, recovecos y oquedades que contienen los ombligos del mundo. Tengo mucha curiosidad por ver en detalle el ombligo de según quién. La tentación, que es facilona, me lleva a la política, pero creo que el de estos tipos tiene poco interés, porque ni ellos mismos se lo miran, ni saben cómo es el suyo ni el de sus prójimos. No me resulta demasiado difícil imaginarme vientres muy blancos, algo flácidos y sin ombligo.
El mío es un clásico, casero, de comadrona de casta. Si no me cuido, lleva camino de convertirse en el típico peludo glotón. Aunque hondo y profundo, se distingue su fondo porque carece de arrugas. Es poco velludo y mira de frente. Cuando río se agita y exige espacio; si lloro se contrae hacia dentro buscando paz. En el amor, mi ombligo es el checkpoint del deseo, porque la mirada que me quiere se desliza hacia él y al cruzar la frontera en avance hacia el pubis ya es otro objeto más de caricias y besos, un hueco más para la lengua experta, hasta que el vientre prorrumpe en la última convulsión y, al poco, el sosiego lo balancea en una calma de sueño.
Es bueno, recomendable y saludable, mirarse el ombligo. Todos los días.
Vuelvo mañana
¿El chek qué del deseo? ¿Pero lo ha leído un par de veces el señor? Definitivamente, se desliza usted sobre un largo y vertiginoso tobogán, amigo. Sin tema, sin argumento, sin hilo narrativo, sin crítica, sin fondo... Nada de nada. Me va perdonar, pero si se ha quedado sin ideas, mejor dar carpetazo, o espérese unos días a ver si acuden las musas en su auxilio. ¡Por Dios! ¡Que alguien que le quiera bien le aconseje!
C.






