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sábado, 19 de junio de 2010

Las cerezas del Jerte


Estoy volviendo a las andadas. En lugar de dedicarme a lo mío, a mis nostalgias, a mis ausencias y a hacer más llevadera la penitencia con la que expío mi pecado, me da por pontificar sobre cualquier tema con posibilidades de controversia, y doy instrucciones, y regalo soluciones a diestro y siniestro sobre cómo salir de una vez por todas de esta trampa social en la que todo mortal cae, siglo tras siglo, en beneficio de un puñado de listos sin alma y sin escrúpulos.

Será por eso que esta última semana me he sentido apático. Tanta manifestación, tanto comentario revolucionario, tanta palabra escrita con pasión estéril, y todo porque la cosa económica ha ocupado los días enteros, con sus noches y sus soles. Porque una vez más me han timado, y tras el enojo y la rabia no queda más que una lacerante impotencia; un cansancio de tiempo pesado y denso que se acumula en décadas de sueños, contradicciones y derrotas. Además, las lluvias han echado a perder las cerezas del Jerte y ya nadie recuerda el momento mágico en que fueron hermosas flores blancas. Para rematar la semana, Saramago ha decidido morirse, por voluntad propia. Muy al contrario de lo que pueda parecer, no se lo ha llevado la muerte, porque la fuerza de la tierra dura y áspera que en él habitaba, le hace, para siempre, inmune a cualquier forma de final humano, carnal. Tierra en la tierra. Él es el que se ha muerto. Un hombre del pueblo, una voluntad incorruptible, un compromiso honesto, humilde, lúcido y brillante.


Con este panorama no me faltaba más que una cosa, y esa cosa ha ocurrido: mi criado ha dado con la contraseña de acceso a esta bitácora. Últimamente me había percatado de que al disponerme a conectar la computadora se hacía el encontradizo y simulaba limpiar la mesa del escritorio con el plumero. Yo sospechaba que su presencia en esos momentos no se debía a una necesidad perentoria de limpieza doméstica, y mucho menos al celo profesional del criado más célebre y mejor pagado de la Historia de la literatura española. Pero como nos dirijimos la palabra lo justo -porque lo mejor que uno puede hacer con el servicio es ignorarlo- se corren riesgos que caban pagándose caros. Y así ha sido. Anoche, cuando comprobaba si había nuevos comentarios a mi última entrada escrita, me lo encontré sentado en mi sillón frente a la pantalla, y en lugar de levantarse rápido y pedir perdón, el impertinente me soltó "La red es libre, amigo". Ante mi asombro, el muy atrevido prosiguió diciéndome que había estado tras mis pasos por internet estos últimos días y "chico, no has cambiado, eres todo un embaucador profesional. O te aclaras primero, te tomas unos días de reflexión, y decides ya, de una vez por todas, quién quieres ser, o le dices a la gente que vives tu eternidad como un pachá, que gozas cada año de vacaciones en la costa, que te mueves con chófer, que en tus manos no hay más durezas que las del tiempo, que se te da un ardite el estado de tu abultada cuenta corriente, y que tu mayor preocupación es el pulgón que hinca el diente en los hermosos claveles rojos del jardín que riego yo cada día."

Y la cosa es que el muy cabrito tiene razón, porque me conoce mejor que yo a mí mismo. "¿Quién quieres ser?". ¡Maldito bastardo! ¡Cómo ha dado en el clavo!. Esa es la gran cuestión, la incógnita que tengo que resolver. Hay tiempo, el que necesite y más, pero debe ser cuanto antes porque se trata de mi amor propio; se trata de solucionar de una vez por todas el dilema y las contradicciones que me persiguen desde hace siglos. Por eso he decidido aprovechar su insolencia, su atrevimiento y su afán de protagonismo y darle vela en este entierro interminable. Como dicen los ejectuvos de pro, el secreto de una gestión triunfadora consiste en convertir las amenazas en oportunidades. Así es que, ya que mi criado conoce la llave de este espacio, le he pedido que, después de cada texto, escriba lo que le dé la gana, a ver si de esta manera consigo saber algo más de mí. A ver si me decido a ser flor de cerezo que se admira durante unas horas, o la cereza roja arruinada que cae y endulza una tierra muy parecida a la que da descanso y cobija al compañero y maestro José Saramago.

Vuelvo mañana.
!Vaya! ¡Qué generoso está el señor!.
Flores, cerezas y muertos: un poco cursi ¿no te parece, amigo?. Y ahora, después de haber hecho durante toda la semana la Revolución de boquilla, resulta que te declaras un burguesote de tomo y lomo. Confesando tu contradicción te crees que camuflas tus miedos y lavas tu conciencia, haciéndote pasar por un tipo sincero que se devana los sesos en busca de coherencia: un romántico pasado de moda que no sabe por dónde le da el aire. No vas a cambiar nunca, amigo.

C.