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miércoles, 22 de septiembre de 2010

Zapatitos para un ataque de gota


Poco después de que Pepita y yo nos casásemos, un buen amigo me trajo de Paris, recién salido del horno, “Rojo y Negro”, la novela del francés Henri Beyle, alias Stendhal. La leí en tres noches, mientras Pepita me reclamaba continuamente desde la cama. Siglo y medio después vuelvo a las andanzas de Julien Sorel en la corte parisina de la Francia de la Restauración. Julien Sorel -que con el paso del tiempo se ha convertido en el Pijoaparte decimonónico, en el padre literario de Manuel Reyes- es, para entendernos pronto y bien, un trepa plebeyo, un héroe novelesco que sacrifica sus sagrados principios liberales y todo lo que haya que sacrificar, en aras de su ascenso social. Y durante páginas y páginas, mal que bien, el héroe se va saliendo con la suya. Además de aprender las más sofisticadas estratagemas para ganarme un buen día un puesto ejecutivo en una multinacional (a una subsecretaría tampoco le haría ascos), le tengo que agradecer a la sabiduría literaria de Stendhal el haberme dado la oportunidad de entender con su obra algunas cuestiones rigurosamente contemporáneas que me tenían en un sinvivir. Porque el capítulo VII del libro II de la novela, titulado “Un ataque de gota”, es un oráculo que vaticina, con casi dos siglos de por medio, ambiciones, traiciones, e hipocresías que hoy nos afectan a todos. O quizá sea, sencillamente, como ocurre tantas y tantas veces que, a pesar de los años, todo sigue igual y nunca aprendemos nada.

La nobleza ha gozado durante siglos de las mejores viandas de la tierra, de los cielos y de los mares. Los aristócratas de la vieja Europa se han puesto hasta las trancas de comer las carnes más rojas, de chupar los mariscos más grandes y de beber los vinos más añejos. Por eso, cuando alcanzaban cierta edad, sufrían del mal de la gota, porque el ácido úrico se les rebelaba cristalizando en dolorosos trocitos de cerámica orgánica que se depositaban en cualquiera de los dedos pulgares de los pies y les mantenía quietecitos, durante semanas, aposentados en sus sillones, con un humor de perros. De ahí que los vasallos, servidores y nobles inferiores a su rango, se cuidasen muy mucho de contrariar al señor en esos días. Hoy la aristocracia la forman los directivos de los grandes bancos y 50 apellidos que mueven a golpe de teléfono ingentes cantidades de dinero de un lugar a otro del planeta, conscientes de que juegan con el futuro de centenares de millones de personas. Estos duques, marqueses, condes y vizcondes de nuevo cuño, se levantaron un buen día con un dolor terrible en el dedo gordo del pie a causa del atracón terrible de dinero que se habían dado durante unos cuantos años. Y para que se les calmase el dolor y volviesen a estar de humor, descolgaron el teléfono una vez más y mantuvieron una breve conversación con el gobernante de turno, confiando que gracias a su pusilanimidad y servilismo, el remedio sería inmediato y además rentable.

El señor de La Mole, para quien trabaja Sorel en París como secretario, sufre un episodio de gota en el capítulo de la novela al que me he referido. Con la intención de entretener sus días en cama, el Marqués de la Mole decide establecer conversación con él y, con el fin de que el trato pueda ser de igual a igual, sin que pierda por ello autoridad frente al lacayo, le propone a Sorel que, llegada la noche, antes de cenar, se cambie el sobrio traje negro de secretario por un noble traje azul, de modo que así tendrá la sensación de que habla con el hijo de un duque amigo suyo. Sorel, claro, no tiene más remedio que acceder, y pronto encuentra las ventajas del curioso juego. Es más, según relata Stendhal, “las atenciones del marqués le resultaban tan aduladoras al amor propio, que pronto, a pesar suyo, sintió una especie de cariño hacia aquel anciano amable “.

Más de 150 años y 30.000 millones de euros después, estos mismos hechos se han vuelto a producir, y no precisamente en casa de ningún noble, sino en el palacio en donde vive quien nos prometió gobernar para los más débiles. A nuestro Sorel nacional, encarnado en la figura de Zapatero, no sólo le han cambiado el flequillo, las cejas y el nudo de las corbatas. También le han cambiado el color del traje, y también le ha cogido cariño a esos tipos tan amables del otro lado del teléfono después de un par de charlas con ellos. Estoy por pensar que, incluso, ha renunciado a sus principios, ahora que se acerca su jubilación forzosa, para poder ubicarse con comodidad en algún consejo asesor de alguna gran multinacional, tal y como ya hiciera su correligionario Toni Blair.

Tengo un amigo que a Zapatero le llama Zapatitos. Me hizo mucha gracia el apelativo porque revela de un modo simple y rotundamente explícito el carácter de la acción de gobierno del presidente español durante estos últimos meses de crisis, y su pusilanimidad frente al ataque y al chantaje de los grandes capitalistas que, como todo el mundo sabe, han puesto el peso del sacrificio en las espaldas de los trabajadores después de haberse inflado a dinero y de haber esquilmado las arcas públicas -que son nuestros ahorros colectivos- para añadir así un plus a su indecente cuenta de resultados. A estos tipos, que tienen nombre y apellidos, les ha entrado un ataque de gota, se han puesto insoportables, y han llamado a Zapatitos para calmar sus humores y poder reírse un rato viendo cómo su secretario, todo vestidito de azul, desmonta el estado del bienestar y cercena, uno a uno, derechos conquistados con mucho esfuerzo por el sacrificio y la lucha de hombres y mujeres alentados por sus abuelos ideológicos. Sin embargo él, tan coherente y justo con sus decisiones, ha reflexionado en silencio consigo mismo y después de llegar a la conclusión soreliana de “la desigualdad del duelo entre el poder y una idea”, ha decidido, como su predecesor Julien, que “no tiene importancia. Tendré que acabar haciendo otras muchas injusticias si quiero llegar arriba, e incluso saber taparlas con hermosas palabras sentimentales”.

Vuelvo mañana
Este blog se cierra durante la jornada de huelga general del 29-S

viernes, 17 de septiembre de 2010

Desde el más profundo de los respetos


(Llueve con tanta fuerza que la calle se ha convertido en un torrente sin control que todo lo arrastra a su paso. Relampaguea y truena. Estoy agazapado tras el cristal lloroso viviendo la tormenta)

"Ante todo, res pe to". Eso es lo que han declarado Zapatero y los demás presidentes de la Unión Europea con respecto a la regañina que la comisaria Reding le ha endosado a Sarkozy. Con todo el respeto del mundo, y gracias a la educación en latín que se me ha dado, me permito dirigirme a sus ilustrísimas, presidentes de los países de la Unión Europea, y rogarles muy encarecidamente que se vayan sin más dilación y con urgencia a la mierda; que les follen, que les jodan, que den gracias de que sus santas madres no hayan cerrado las piernas en el momento de parirles, y que me las den también a mí, porque si no fuese porque soy un firme defensor de la presunción de inocencia, a estas alturas ya les habría llamado hijos de la grandísima puta. Cabrones lo son un rato, un poco menos que bellacos, atropellaplatos, pendejos, mamones, zorrones, putos fachas de mierda, chupapollas, lameculos, cagaos, chulos de playa, cabezahuecas del kkk con aires de ilustrados, más cobardes que las ratas, más falsos que el alma de judas, interesados, mentirosos, hipócritas, racistas, clasistas, homófobos, xenófobos. No os salvais ninguno. Todos, con todo el respeto del que soy capaz de expresar, deberíais vivir en pocilgas, en el más oscuro y hondo rincón de las cloacas, y de vez en cuando, cuando nosotros, los ciudadanos del mundo, lo decidiésemos, os sacaríamos a pasear por las calles de la vieja Europa y así oleríamos el hedor nauseabundo que dejáis a vuestro paso a traidores, a nazis, a fascistas, a indolentes, y pusilánimes.

Para vuestro jefe, Sarkozy, unos de los más grandes hijos de puta que campea en el mundo, tengo el encargo de ofrecerle los respetos y afectuosos saludos de parte de unos cuantos gitanos, con la más respetuosa de las intenciones, faltaría más:

Mal fin tenga tu cuerpo y permita Dios que te veas en las manos del verdugo. Que te arrastres como las culebras, que te mueras de hambre, y que los perros te coman. Que malos cuervos te saquen los ojos y repartan la bola entre buitres hambrientos. Mal dolor te den, que acabe con la muerte del grillo, con los cuernos retorcidos. Que te pudra una sarna perruna. Que la Bruni te ponga los cuernos. O mejor, que mis ojitos te vean colgado de la horca y que sea yo el que te tire de los pies, y que los diablos te lleven en cuerpo y alma al infierno. Ojalá te cicatrice el ojo del culo. Que te enrabe un sifilítico y asín te se caiga la picha a trozos. Que todo lo que robes te lo gastes en medicinas. Asín te mueras tu, y tu papa, y la puta que te atrapa. Asín cagues sandías enteras con el rabo y todo. Me cao en tu estampa, me cago en tu sangre, y me cago en tus muertos pisaos. Me jiño en la puta vieja que te cagó y en tu descendencia. Pleitos tengas y mal càncer te entre.

Presidente Sarkozy, maldita sea tu estampa.

(Ya ha escampado. Parece que el agua vuelve a su cauce. El cristal ha quedado marcado con las huellas secas del discurrir loco de la lluvia. Sin embargo, dentro de mí sigue la tormenta)

Vuelvo mañana
Si no han cerrado este blog

miércoles, 28 de marzo de 2007

La cuadrilla de la faria engominada


Vuelven otra vez los de siempre. Los que siempre han jodido a este pais desde que tenemos conciencia de serlo. Los de las banderas, las peinetas, el rosario, y el olor retestinado a faria y coñac. Los que ahora se peinan con gomina, lucen diploma americano de master y sonrien con su mandíbula befa de empollones chivatos: los mismos de siempre.

Esta cuadrilla lo ha conseguido de nuevo: no hablo de la crispación, o de la mala leche que se respira, o de la contínua sensación colectiva que tenemos en España parecida a cuando vemos que el jarrón de la estantaría se va a caer y se va a hacer trizas y no nos da tiempo a alargar el brazo para evitarlo y se rompe y se nos queda la cara de pena y de qué le vamos a hacer con lo que me gustaba.

Esta cuadrilla de la faria engominada ha conseguido que los que estábamos tan tranquilos pensando como pensábamos, sin meternos con nadie, en la paz de nuestra ideas, tengamos el complejo de haber promovido y colaborado con este estado de bronca contínua. Porque ahora resulta que todos tenemos la culpa, que todos somos iguales y que la responsabilidad hay que repartirla. Esta canción tiene sonido de los años 30, el sonido de la revisión de la historia; un sonsonete que se pega como la canción del verano y que ya no se olvida. La letra dice algo así como: nadie y todos fuimos culpables de la guerra civil.

Hace una semanas le oí a Carnicero repartir responsabilidades de manera equitativa a gobierno y oposición, no vaya a ser que le llamen rojo, (Carlos, te amo) y he oído a varios opinadores de izquierda entonar un mea culpa como si la cosa fuese con ellos, como si colectivamente, otra vez, entre hermanos, todos fuésemos responsables del estado de las cosas.

Como dije al inicio de mi nueva vida entre los vivos, nada ha cambiado. Tampoco el sabor de la faria, ni el olor a humo pegado a las paredes de los bares en los que ahora se regala cada día el Mundo del siglo XXI (fíjate), para que taxistas beodos, bigotitos nostálgicos y jugadoras de bingo forradas de visón añoren al muñeco diabólico del brazo autómata reencarnado hoy en un señor más alto, con barba y que silba cuando habla, como Sir Lancelot.

Me gustaría seguir escribiendo sobre mi vuelta al mundo de los vivos.

Vuelvo mañana... espero.