
Carezco de formación en idiomas. El paso del tiempo se ha cebado con mi otrora perfecto inglés, mi mejor francés y lo que es peor, con mi latín. Era capaz de leer de seguido, en versión original, a Cicerón, Ovidio y Virgilio. En las noches locas de ‘La partida del Trueno’, cuando Ventura, Pepe, Manolo, Ramón y yo salíamos a quemar Madrid, nos burlábamos de los petimetres y asombrábamos a bobitas como mi Pepita declinando, muy altisonantes, con carita de honorables burgueses, las más obscenas de las barbaridades, de manera que ellas casi llegaban a creer que les estábamos proponiendo matrimonio, cuando en realidad lo que hacíamos era sugerirles los más inconfesables y jugosos juegos en la lengua de Catulo. Con los años, incluso, he llegado a pensar que Pepita se enamoró de mí por un malentendido relacionado con el latín. “Mucho piano y poca declinación”, decía siempre Ventura cuando al final de la velada, en la madrugada canalla de Madrid, cada cual se recogía a su cubil. Los cuatro asentíamos muy serios a la máxima de nuestro camarada. Entonces, mientras intentábamos concentrar toda nuestra perjudicada atención en no posar los botines impolutos sobre los charcos sucios, repetíamos como un sonsonete y con media lengua raspada de Cariñena, “¡Sí señor. Mucho piano y poca declinación.!”. Y es que nuestro Ventura era un sabio.
La cosa es que la pérdida de mi capacidad para los idiomas me traes esos recuerdos porque, lejos de lamentarme, la verdad es que en estos momentos de mi tercera vida me congratulo de no saber de la lengua inglesa, por ejemplo, más que algunas construcciones fáciles, un vocabulario básico y poca cosa más. Digamos que hablo el famoso inglés con mil palabras. Del francés me olvido y del latín, ¡Ay el latín! ¡Qué tiempos, qué momentos! . Todo esto viene a cuento porque me sucede un fenómeno que no sé si alguien más lo experimenta. Habitualmente escucho música, en español y en inglés, y en el idioma que se tercie (en latín no). Me gustan todo tipo de músicas, grupos, cantantes, estilos y épocas y soy un poco obsesivo. Si un día me engancha una pieza de, vamos poner por caso, Mozart, durante semanas no hago otras cosa que escuchar música clásica (perdón: culta). Cuando me harto, cambio al jazz, al sonido meloso de un buen saxo, al agudo y potente de una trompeta o a la voz sensual de alguna cantante negra. Y así con todos los géneros y formatos. De hecho, si descubro algo especial en un grupo o un autor soy perfectamente capaz de escuchar sus discos una y otra vez durante varias semanas seguidas, consecutivas, sin que escuche otra música que no sea el disco en cuestión. De manera que mi torpeza con las lenguas extranjeras sumada a una manía como esta me permite interiorizar la música que escucho. Creo que lo que me ocurre lo explicó mucho mejor que yo, de una manera más efectiva y más breve, el celebrado autor de comics Chris Ware, quien afirmó “Envidio a mi hija, que todavía puede mirar una palabra sin leerla”. Sin haber leído ni una sola de las obras de este artista, en mi opinión su presencia en este mundo está más que justificada porque creo sinceramente que esta frase asombrosa contiene en su interior toda la reflexión que se haya podido hacer en miles de páginas sesudas al respecto del lenguaje, la literatura y el arte.
Así es que no miento si afirmo que esta es la cuarta semana que escucho cada día que me levanto el disco “Nothing Gold Can Stay”, obra de un grupo estadounidense llamado The Duke&The Kings. Su música me amansa, me excita, me deprime y a veces, con alguna de sus canciones, se apodera de mí una euforia que en su punto culminante me parece hasta peligrosa e insana. Por su puesto no entiendo ni jota de lo que canta el vocalista. Para ser más exactos, pesco alguna que otra frase o palabras sueltas que me sirven como pespunte para coser después mi propia versión del tema. Ni siquiera los títulos de las canciones influyen en mi deconstrucción y recomposición particular: El fondo de la guitarra acústica, que mece también la melodía ; una trompeta apenas audible que aparece de repente y da paso a la voz, y a los coros armónicos de voces en falsete, como susurros. El compás leve de las escobillas frotadas sobre la caja de la batería o, súbitamente, compases más rítmicos acompañados con acordes rockeros de una guitarra eléctrica sin más pretensión que la de de hacer sonar un poco de poesía, la lluvia de una mañana de verano, un reencuentro, la bajada a los infiernos, el canto a la amada; la felicidad, la pasión y la incertidumbre en los primeros momento del amor; la alegría desbordante por cualquier causa, por las cosas buenas de la existencia; la soledad y el dolor sin posibilidad de consuelo; la fugacidad de la vida; la fatalidad del destino, la tristeza ante la muerte… Todo eso es lo que me llevo cuando escucho ese disco sin entender un ápice lo que dicen las letras de sus hermosas canciones.
Hoy hablaban Michael Nyman y Adolfo Domínguez en la radio. El modisto -como le llaman- (qué poco respeto a la profesión) presentaba en la pasarela Cibeles su nueva colección, amenizada en directo con la música del compositor. A Nyman le pasa lo que a mí, que no sabe idiomas; solamente se expresa en su perfecto inglés. Aunque había traductor, para mi era inútil, porque sin entenderle sabía perfectamente lo que estaba diciendo. Me acordaba muy bien de cómo sonaba su piano. Después ha hablado Adolfo Domínguez y ha dicho que “para qué diablos se necesita la sentencia de un juez cuando un empresario quiere despedir a sus trabajadores”. Entonces no he entendido nada. Era como si el tipo hablase en latín, como si hubiese hecho también algún exceso con el Cariñena. Con todo, lo peor podría ser que alguien por ahí traduzca lo dicho por el modista como lo hacían mi Pepita y sus amigas, y acaben por confundir la pornografía con las ideas. Cuando el modisto ha continuado diciendo que lo que más valoraba en las personas era la humildad, he apagado la radio y me he puesto a escuchar ‘If you ever get famous’ de The Duke&The Kings
Vuelvo mañana
La imagen es un autorretrato de Chris Ware

