lunes, 23 de noviembre de 2009

La poesía de Paco Gómez


No soy lector asíduo de poesía. Además, mi mal tino con las rimas y mi nulo oído con la música es más que proverbial, archiconocido. Ahí quedaron para la infamia y vergüenza de la historia literaria del XIX mis versos, que todavía hay quien se empeña en rescatar. Así que vayan este par de frases por delante antes de hablar de un poeta y de su obra. Porque este que ahora escribe solo quiere rendirse ante él después de descubrir sus versos azarosamente en la red.

Paco Gómez rondará ahora los 42 ó los 43 años. No sé donde nació. Me lo presentó un amigo hace ya más de dos décadas y coincidimos los tres, un par de veces, en la vieja y sucia cafetería de la facultad de filología de la Universidad de Barcelona. Recuerdo que nos cantaba coplas por Antonio Molina, en falsete, callandito, para no escandalizar al respetable. Fumaba sin parar. A veces le daba un traguito al carajillo, encendía un pitillo y con él en la boca, entrecerraba los ojos, frotaba sus dos manos de poeta, muy abiertas, tensas, como invocando palmas, y se arrancaba con la 'Canción del Emigrante'. En invierno Paco vestía siempre gabardina. En realidad creo que era un guardapolvos como el que visten los espías de las películas de los años 50. Siempre llevaba un libro en las manos y algunos más dentro de su cartera de cuero marrón. Era un tipo simpático, abierto, extravertido, una buena persona. Se estaba a gusto en su compañía. Recuerdo que por aquel entonces, uno de sus sueños era vivir en comuna de poetas, en una masía semiderruida que alquiló junto a mi amigo y otros compañeros de curso, muy cerquita de Sau. La casa no tenía ni agua ni luz eléctrica y el frío y la niebla se colaban por todos los rincones, así es que, como era de imaginar, y muy a su pesar, el grupo, la incipiente comuna poética, desistió pronto del intento.


Mi amigo dejó la facultad y con su abandono yo dejé de ver también a Paco. Hasta hace aproximadamente un año cuando, gracias a la red, encontré sus poemas en el blog “Los Cuadernos del Mendigo”, título que contiene todo el significado, la misión, y el destino de la poesía, creada en la soledad de la disciplina más humilde; incomprendida, rechazada o ninguneada por la mayoría, y recordada por nadie o casi nadie. Pero parece que Paco Gómez lo tuvo siempre muy claro y cuando se trata de una necesidad vital, precoz, reconocida y asumida, de un deseo puro y constante de expresar lo que al hombre le pasa por el alma, entonces surge una fuerza poderosa, y el hombre se convierte en poeta, y ya no hay obstáculos para la expresión, para la creación sincera, valiente, aquella que requiere mirarse muy adentro, que exige ver también en derredor, y poner en diálogo lo que ocurre más allá de la ventana, “en una ciudad cercada por los sueños de otros”, frente a lo que ocurre en los rincones más íntimos del ser ”donde cada noche la noche deja en nuestros ojos su desafío”. Paco ofrece con generosidad a quien le quiera leer la esencia destilada de ese diálogo. Por eso un poeta es siempre, por definición, un ser bravo, porque se abre al mundo, se nos muestra en canal, con la herida abierta o la sonrisa gozosa. Y como en el proceso pierde a cada instante pedazos de sí mismo, amaga la fragilidad con el recurso del símbolo, de la metáfora, de la alegoría, todo abrigado, recogido, por la música de las palabras que debe fluir, espontánea, dentro de un ritmo natural. De modo que a veces el resultado del poema, o de la obra en su conjunto, se presenta como un enigma, en el que el lector que quiera compartir con el poeta su desdicha cantada, la incógnita lanzada al aire, o por qué no la alegría -compartir con él el contenido de ese diálogo que habla de dentro a fuera- deberá hacer un esfuerzo por desentrañarlas. Nada en arte es fácil, y menos para el creador.

Yo he quedado cautivado con la forma de escribir de Paco Gómez. Ya dije al inicio que no soy lector de poesía, pero no me considero insensible. Por eso creo ver en los poemas de Paco una espera permanente, constante. El poeta está siempre al abrigo de la naturaleza, en estado de continua expectación. Espera noticias, espera paciente y dolido, seguramente, al amor, convertirse de nuevo en el soñador que sueña junto a la añorada en una postura de nostalgia casi requerida, buscada, disfrutada, porque con ella retiene el recuerdo de la promesa que un día fue. Para aliviar la espera cuenta con la compañía del árbol, del río, del cielo, de la nieve, del frío, en una querencia animista, porque ahora Paco camina con su vida- intuyo- en tierras de campo, lejos de ruidos, refugiado quién sabe de qué, o de quién, en su “atalaya de los sueños/más alta que triste desengaño”.

En los versos de Paco Gómez, el poeta sufre de un dolor amargo en el que se hunde, pero con el que a veces parece disfrutar; un dolor necesario, quizá, para sobrellevar la ausencia, que utiliza como acicate, como motivo para expresarla. Un dolor natural, que discurre en las orillas, que palpita bajo la escarcha, que cae como las hojas de los árboles, o trepa como “hiedra de lamento”, porque “han llegado noticias del otoño/ a las encinas viejas del camino”.

Lo que el poeta espera viene desde fuera. En algún poema las noticias vienen de la ciudad cercada. En ese lugar lejano, cerrado, olvidado de la naturaleza, que ha renunciado a la oscuridad desnuda de la noche, los hombres han perdido el recuerdo de lo que fueron. Entonces el poeta solo puede confiar en el viento, que llevará hasta “la casa que me cubre” el sueño ansiado. Porque en definitiva, lo que el poeta espera es la conversión del sueño en palabra y, finalmente, la metamorfosis de la palabra en carne.

Así he leído los poemas de Paco Gómez. Los publica en http://www.pacogomez.blogspot.com/

Vuelvo mañana
Paco: mi admiración y mi respeto

jueves, 19 de noviembre de 2009

What I am now I owe to you


¡Por fin! Ya lo tengo. La dependienta me daba una bolsa y le he dicho que no. Quería llevarlo en las manos, percibir la tibieza del estucado blanco suave, nuevo, recien salido de la imprenta. Lo he llevado hasta el coche apoyado en el pecho; con la otra mano palpaba el lomo, la portada, el grosor y la textura del papel, y de vez en cuando lo ponía frente a mi y leía el nombre del autor en color rojo, y en negro el título, en Times New Roman, una tipografía clásica para un clásico. Ha habido un momento en que, al mirar la contrasolapa y leer las citas de las reseñas, casi embisto un puesto de quincallería, y al instante el dueño me ha increpado "¡Quiyo!, mira por donde andas, hombre, a ver si por leer vas a perder el norte"! Me he disculpado y después, mientras seguía caminando, me he estado riendo para mi mismo y por un momento creía que compartía la sonrisa con el escritor y que nos mirábamos cómplices repitiendo sin hablar la frase del quincallero.

Al llegar al coche no he podido resistirme y he abierto el libro. Me he sentido privilegiado por tener la primera edición y me he puesto a imaginar que dentro de unos siglos todavía tendré este ejemplar y que será como tener una joya. También he pensado que tengo que buscar como sea al autor, para que me lo dedique. He visto quién ha ilustrado la portada, y he sonreído de nuevo. He leído, una vez más, la trayectoria del novelista en la solapa: apabullante. Al ver su rostro alegre, sonriente, espontáneo sobre toda su obra resumida en medio folio, puede dar la sensación de que novelas como esta se hacen casi solas, casi sin escribir; que basta con ponerse a imaginar una buena historia y ya, y después a sonreir al fotógrafo. Pero el hecho de tener en las manos un objeto que contiene el trabajo en soledad de años, a veces doloroso, humilde, con momentos de gran desánimo, me conmueve, me produce cierta sensación irreal, como si me teletransportase en el espacio y en el tiempo y tuviese la convicción de estar en su estudio durante todo el tiempo en que escribió y pudiese observar, a un metro de él, su aspecto desaliñado, descuidado, machadiano, de buena persona que goza del arte, del conocimiento, de la cultura y de la creación honesta sin tiempo más que para la labor, como vió a sus mayores, del amanecer a la noche, en la huerta. Poder ver cómo se emociona, llora, desiste, de nuevo emerge y cómo, por fin, narra febril, día y noche, sin pausa, con la certeza de llegar al fin, tal y como quería. Y el último día, cuando ya clarea el cielo, ser testigo de cómo teclea la última letra y mira a través de la ventana el amanecer de Manhattan. Después se levantaría de la silla, desfallecido, entraría en la alcoba, sigiloso, en silencio y, con un beso de infinita ternura, la despertaría.

La dedicatoria es para Elvira Lindo, y dice así:

Para Elvira
What I am now I owe to you
(Ford Madox Ford. The Good Soldier)
He cerrado otra vez el libro, solo, en el coche, parado. He tardado en arrancar todavía unos minutos, fijos los ojos contra el cristal, y he decidido apropiarme de la cita. Para quién mejor que para Dolores. De quién mejor que de mi. ¡Qué hubiese sido de mi sin ella! ¡Qué del Romanticismo!

Vuelvo mañana
Con verdadera admiración y pasión por Antonio Muñoz Molina. ¡Salud, maestro!

domingo, 15 de noviembre de 2009

Cosas de hombres (o el hierro y la carne)


Jamás he vuelto a experimentar una sensación igual a la que viví hace una par de décadas cuando el Estado colocó en mi mano derecha una pistola Star 9 milímetros Parabellum. Al llegar a la armería el cabo furriel me miró con chulería paternal y, después de propinarme un golpecito en el hombro me dijo, “Aquí tienes polaco, cuídala con tu vida”. Y me entregó el arma con gran profesionalidad, cogiéndola él por el cañón y posando la empuñadura sobre la palma de mi mano, en un movimiento de quirófano, enérgico, marcial. Fui consciente de lo que estaba poniendo sobre mí en el mismo momento de la entrega, al sentir el impacto pesado y al escuchar el sonido de la carne chocando con el hierro. Ese ruido, más pedagógico que cualquiera de las órdenes que acatábamos sin rechistar, me acompañaría dentro del cuartel durante los 12 meses en los que transporté la pistola colgada en la cintura, desde la diana hasta la retreta. Recuerdo perfectamente los dos únicos días que disparé el arma. Caminamos 3 kilómetros hasta llegar al campo de tiro. Allí el sargento nos dispuso en fila frente a siluetas humanas. Nos mostró cómo desenfundar, cómo flexionar las piernas al tiempo que apuntábamos y sujetábamos la muñeca de la mano de disparo y, finalmente, cómo aguantar la respiración al tiempo que debíamos apretar el gatillo y disparar. Él lo hizo cuatro veces y acertó dos en el corazón y otras dos en el frontal de la cabeza. Detrás de las figuras muertas la tierra saltó como cuando estalla un petardo en el interior de un hormiguero. Ahora nos tocaba a nosotros. Pero antes, el sargento dijo “Bien joder, muy bien, aquí ya huela a pólvora. Anda, coge la bota y dale un trago al vino, coño!” Empiné el codo y estrujé bien el pellejo hasta casi ahogar el gaznate. Cuando el último de la fila dejó la bota ya vacía, el sargento se puso en la cara la seriedad de un obispo y engolando la voz, en actitud trascendente, gritó ” ¡Vírgenes, habéis llegado hasta aquí vírgenes. Hoy os voy hacer hombres!” y empezó a cantar uno a uno todos los tiempos de la acción hasta que llegó el momento de disparar. La pistola pesa tanto en la mano que cuesta mantener el brazo en posición horizontal. Es un peso especial, frió; un peso poderoso e hipnótico que reclama de la piel, del hueso, de la carne de la mano y hace que todo sea uno, arma y hombre sobre el mundo. Vacié el cargador y, aunque ya no quedaban balas, continué apretando el gatillo porque en el transcurso de aquella primera salva mantuve siempre los ojos cerrados, excepto en el primer disparo, que hice a conciencia, apuntando bien al centro del pecho. Vi como el tiro agujereaba la figura negra, cómo detrás de la herida la tierra saltaba y experimenté en su completa esencia la fuerza poderosa del ingenio, que se transmitió a todo el cuerpo levantando mi brazo hasta casi mirar al cielo. Me estremecí y quise no volver a hacerlo. El sargento me miró severo. Volví en mí. Flexioné las piernas, extendí los brazos y disparé hasta que se detuvo el estruendo y escuché las risas y las exclamaciones de mis compañeros de armas, y yo abrí los ojos y dejé de apretar el gatillo. En la fila éramos 20. Casi la mitad corrió espontáneamente hacia las siluetas desangradas para certificar la puntería.

Todo este episodio, con las sensaciones retenidas a través de los años, se me coló anteayer en la memoria , cuando disfrutaba de un almuerzo de sábado madrugador con un buen amigo. No hay nada como un opíparo almuerzo de buena mañana, mojado con vino del porrón, un sábado de otoño. A nuestro lado una cuadrilla de hombres hacía lo propio. Rondaban todos la cincuentena y alguno de ellos pasaba ya de los sesenta. Mantenían escrupulosamente en sus gestos y en sus manera de hablar, en su modo de relacionarse, las formas y el código de los hombres, hombres. Aunque todos se esforzaban por explicar el chascarrillo más ingenioso y la anécdota más asombrosa, ninguno osaba responder más allá de una ceja levantada, con una mueca torcida o en un asentimiento de cabeza, al tiempo que se cierran los ojos para decir sin palabras “qué me vas a mí a contar”. La cuadrilla conversaba a carrillos llenos sobre lo buena que era la carne en su región , el vino inigualable, o sobre grandes y míticos jabalíes cazados. Trago va y viene, la cosa se fue animando hasta que la camarera sirvió los carajillos, los puros y los whiskies. La charla derivó hacia el culo de la muchacha, de ahí al mejor culo gozado, a las noches de celebración laboral compartidas, hasta que llegado el momento, el intelectual del grupo introdujo un elemento étnico en la tertulia y empezó a pontificar sobre las mujeres del Este, y , aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, uno de ellos llegó a Somalia, al pesquero Alakrana y a ”los putos negros”. “Tres tiros a cada uno les daba yo y a tomar por el culo. Ni derechos ni hostias, si no tienen ni país. Y a estos que han cogido, lo que están aquí, ni 16 años ni pamplinas. Así, la pistola en la boca. ¡Pero qué cojones se han creído estos asquerosos!. Mira: llegas por la noche, abordas el barco y uno a uno te los vas cargando. A los primeros a cuchillo, en el cuello, para que no griten, y después a tiros. Ahí tienes a los franchutes. Los putos gabachos sí que saben. A esos no les joden no. Si es que el gobierno este son todos una pandilla de maricones. ¡Niña, lléname esto que ya no hay!. ¡Hay que joderse!.”

Y así siguió la tertulia matinal, entre tiros, whisky de malta, puros baratos y la alegría contenida de los hombres, hombres, cuando se encuentran y hablan de sus cosas.


Vuelvo mañana

domingo, 8 de noviembre de 2009

Fito


Los días en que pierdo identidad, en los que no sé bien quién soy ni qué diablos estoy haciendo otra vez aquí, entre mortales, me encasqueto sobre la cabeza una gorra o un sombrero. Entonces me veo otro, adquiero de nuevo carnalidad entre las gentes y paseo con seguridad por las calles sin dejar de mirarme a los cristales de los escaparates, para asegurarme de que, efectivamente, soy yo el dueño del reflejo que parece acompañar en su tortura a los maniquíes, seres más humanos de lo que yo nunca podré llegar a ser. Por eso guardo en el armario una docena de sombreros y de viseras que he ido acumulando desde mi resurrección. El sombrero que más me pongo ahora es negro, de piel, igual que el que lucían los músicos de Jazz y de Blues de los años setenta, y algún que otro escritor beat con ganas de figurar, del que no recuerdo el nombre. En cuanto a las viseras y a las gorras -más plebeyas- me gusta una especialmente, que suelo ponerme muy encajada hacia la frente y ligeramente ladeada hacia la izquierda, de manera que quien me mira recibe una incógnita, entre interesante y golfa, un tanto pretenciosa, o más bien fantasma, para qué nos vamos a engañar. Cuando me pongo esa visera de franela azul me siento Fito, el de los Fitipaldis, y redondeo mi aspecto calzando botas rojas puntiagudas, vistiendo vaqueros ajustados y chaqueta negra de pana; después cuelgo mi cartera vieja sobre el hombro y salgo a la calle a mirarme a los cristales de los escaparates, y me veo hecho todo un hombre.

Me gusta Fito. Su música me engancha. Es honesta: rock and roll sin complicaciones con letras que cuentan y resuelven de manera sencilla cuestiones que a menudo nos empeñamos en complicar, o en elevar a la trascendencia para voltearlas y voltearlas como una bola de carne seca en la boca que no hay quien pase. Por eso me gusta, porque además suena bien, muy bien, y acompaña, cuenta historias, mira el mundo, se nos ofrece a él mismo; el tipo es majo, muy majo, bajito, con pinta de golfete de Dickens, o de un Pablito de “Paracuelllos” crecido, quien después de los años y de la miseria del Auxilio Social, ha podido abrirse camino en la vida y ahora tiene su banda con la que recorre todo el país …“ si esto es como el mar, quién conoce alguna esquina”.

Fito tocará con los Fitipaldis en Barcelona los días 12 y 13 de diciembre. Por supuesto, yo ya tengo mi entrada. La compré en un Carrefour y me hicieron firmar un seguro obligatorio de entradas, que así se llama. Pensé que la empleada se había dado cuenta de que yo no era de este mundo y que por evitar algún mal desconocido me invitaba a firmar aquella extraña póliza por la que pagué 2,5 euros. Antes de firmar me dispuse a leer atentamente las condiciones. El estilo de este tipo de documentos me hace reír porque pretende credibilidad y provoca todo lo contrario, desconfianza. Así es que leí, palabra a palabra, el seguro de entradas del concierto ante el asombro de la empleada, que me miraba asustada, porque después de pasar la hoja principal veía que también leía la letra pequeña. “Condiciones generales de la póliza colectiva nº65527438 suscrita por viajes Carrefour S.L.U con CIF nº B82911207 y domiciliado en Ctra. de Burgos Km 14,5 Alcobendas-Madrid […] Este folleto informativo deberá ser entregado al asegurado en el momento de la adquisición de la entrada asegurada por la póliza colectivo nº65527438”. A continuación, la empresa que me obligada a asegurarme me informaba en el mismo documento de los límites de la cobertura, es decir, de aquellos casos en los que, me pusiese como pusiese, me quedaría descompuesto y sin concierto, a saber, por ejemplo, “los accidentes que sean la consecuencia de la desintegración del núcleo atómico (es textual) terremotos, erupciones volcánicas u otras calamidades”. En otro apartado la póliza refiere como causa de exclusión de los beneficios las “epidemias, contaminación, huelgas, catástrofes naturales motines y revueltas populares”. Véase cómo la huelga y la revuelta son equiparables a los peorcito de lo que la naturaleza a veces nos depara. (Le tienen miedo, sí le tienen mucho miedo). Y así una hermosa lista que no tiene desperdicio, sobre todo porque la aseguradora agrupa semánticamente los más dispares motivos en un inusitado alarde de sinceridad sistémica. De cualquier manera, de todos los grupos de exclusión que leí, este fue el que más me llamó la atención: “La guerra civil o extranjera, actos de terrorismo o amenaza de actos terroristas, cualquier efecto derivado de la radiactividad”. Me dio la risa triste, la risa trágica, la risa en la que a la carcajada le sigue el llanto. Firmé rápido y marché de allí como alma que se lleva el diablo. Mientras caminaba pensé en el abogado o en el equipo de profesionales que había escrito aquello. Pensé en los motivos que les había llevado a colocar la guerra civil como motivo de exclusión de una póliza de concierto. Recordé que durante los primeros meses de La Nuestra, los milicianos iban al frente a pegar tiros por la mañana y por la tarde, los que volvían, besaban a la esposa y después se iban a los toros.

De vuelta a casa conduje despacio obligado por el embotellamiento. Los conductores de los vehículos que pasaban lentamente a derecha e izquierda me miraban y yo les miraba a ellos, impertinente, detrás de mis gafas americanas de sol, tocado con mi visera azul ladeada y el cigarrillo humeante columpiándose en el último extremo de la boca. En un alto, una mujer me miró con insistencia. Yo también la miré. Toqué la visera con el pulgar y el índice, a modo de saludo, y sin dejar de mirarla expulsé el humo muy despacio, casi masticándolo. La mujer se azoró, e impacientada por perderme de vista, aceleró un poco, sin darse cuenta de que no podía avanzar.

Vuelvo mañana

domingo, 1 de noviembre de 2009

La campana


Los estudios de televisión y de radio son lugares cerrados a cal y canto. No hay ventanas por las que entre la luz, ni el aire, y ningún otro sonido que no sea el grito chillón del regidor, la voz modulada del presentador, del invitado de turno, o la sintonía del producto que costea el espacio. Desde esos bunkers se fabrica la realidad diaria; se decide que durante la semana caminemos sumidos en depresión colectiva, que riamos cada 30 minutos, medio hechizados, en carcajadas bobas, o que agradezcamos a personas que no saben nada de nosotros la gracia de permitirnos seguir con nuestras vidas: mentiras de carne y huesos comparadas con la insistente veracidad de los cuentos que se gestan entre las cuatro paredes anecoicas de la creación mendaz del verbo.

El otro día, escuchando la radio, oí como la presentadora del programa en cuestión le decía a un escritor al que entrevistaba y que se encontraba en otra ciudad. “Espera un minuto antes de seguir. Cierra la ventana por favor, no vaya a ser que entre el sonido de las campanas”. Ya no pude seguir escuchando el programa porque empecé a darle vueltas a la frase, en principio una frase intrascendente, que pronuncia una profesional celosa de que la emisión del programa transcurra en los estándares de calidad que se le suponen a la primera cadena del país. Por supuesto, el autor que hablaba al otro lado del micrófono no tomó a mal la indicación de la directora del programa y, obediente, se levantó y cerró la ventana. “Ya puedo hablar sin que interfiera nada”, dijo aliviado, y entonces se dispuso a explicar las claves de su última obra, que, ahora, la verdad, poco importan.

Me importa la campana, un misterio para los científicos que todavía no han sido capaces de desentrañar los secretos de su sonido característico, la fórmula de la vibración del aire al paso de sus ondas moduladas en frecuencias que solamente este instrumento puede generar y que llenan los cuatro vientos de noticias, sentimientos y estados de ánimo desde el interior de sus paredes onduladas de bronce cuando el badajo las golpea con ganas. Porque quienes hayan vivido en algunos de los miles de pueblecitos que salpican el país saben perfectamente qué supone la campana en sus vidas cotidianas. El aviso, por ejemplo, de que el pescadero, el frutero, el carnicero o el panadero venden su mercancía en la plaza mayor a todo el que lo necesite. El aviso, también, de que el alguacil, desde la torre, va a dictar un bando de parte del señor alcalde en el que se disponen una serie de normas para los días venideros de obligatorio cumplimiento. El paso de las horas, de los minutos, cada cuarto, en competencia con el sol, en sintonía con la noche en vela, al abrigo de la esquina oscura en donde los amantes se encuentran furtivos y se aman con el oído orientado a la torre mientras, dentro de las casas, los chiquillos se tapan los oídos bajo las mantas, en sus camas, en la media noche, cuando suenan doce campanadas doce, que auguran pesadillas de monstruos imposibles a quienes las escuchen. En la siesta holgazana del verano que despereza y levanta fastidiosa al riego del huerto; en los amaneceres escarchados en los que el día se niega a despuntar hasta que el badajo se mueve y repica en el bronce por orden del tiempo. .. Así discurren todavía los días en muchos lugares, en los que las campanas también concurren a las vicisitudes mayores de sus habitantes, a todos aquellos momentos trascendentes que les definen y dirigen los caminos de su historia particular, como el toque a bautizos, el toque a bodas, o el lánguido, espaciado y opaco ritmo terco de las campanadas a muerto. Y si hay que arrimar el hombro quien convoca es la campana, en momentos de alarma, fuego, desastre, enfermedad, nadie puede deshacerse de su responsabilidad para con la comunidad, porque la campana llama y nadie dirá jamás que no la oyó, y además se escucha más allá de las lindes del pueblo para que en lugares vecinos se sepa y si se quiere, o se puede, se apechugue. Lo mismo para la fiesta, la juerga y el desmadre, el vestido limpio, el traje planchado y el baile alegre, la campana repica entonces como nunca, en armonías imposibles volteada con inusitada energía, como si quisiese consumir las horas festivas que todavía quedan por disfrutar de un sólo trago del vino que se reserva para la ocasión.

Quizá por todo ello es por lo que nuestra querida periodista temía que el sonido de la campana se colase en su programa, porque era como si la realidad de la vida cotidiana de las gentes que habitan el pueblo entrase a raudales y de sopetón, dentro de la emisión y se produjese una especie de catarsis colectiva en la que súbitamente, toda la audiencia del país empezase a sospechar que algo se les escamotea cuando oyesen los dos toques de la media justo antes de que la cadena emitiese su pitido impertinente de la señal horaria. No es ninguna tontería; se trata ni más ni menos que del tiempo y del espacio, del lugar y del momento que suceden las cosas, las claves de toda verdad. El cómo depende de cada cual. Eso lo sabía bien el escritor que, obediente, aceptó sin rechistar la indicación de la directora del programa, porque preveía, probablemente, que si explicaba bien las virtudes de su última novela, tendría gran éxito de ventas y muchas de les gentes que discurrían sus vidas en aquel pueblo, bajo la torre, y por supuesto los oyentes del programa, se animarían a leer un historia que fundamenta otra realidad verosímil gracias al uso inteligente del tiempo y del espacio. De modo que, desde que la periodista pidió al autor que cerrase la ventana, las fuerzas de tres realidades pujaban en el mismo lugar y a la misma hora por hacerse verosímiles y permanecer más allá del final de la entrevista. Claro que, solamente en uno de esos tres mundos tocaban las campanas.

Vuelvo mañana

lunes, 26 de octubre de 2009

New York-Almería-Burgos


Respira sobre poemas de Federico García Lorca un pedazo desgajado de la pared del Cortijo de los Frailes, que sin mucho esfuerzo recogí este verano bajo su fachada ruinosa, agonizante sin que nadie lo remedie, en el corazón del páramo que se extiende entre Rodalquilar y Los Albaricoques, en la provincia de Almería; un infinito agreste, polvoriento, azotado por un viento cálido que humedece pitas, chumberas y esparto, y que lleva hasta la espadaña quebrada del campanario hueco lamentos de célebres invitados a bodas. Cada vez que veo ese trozo inerte de yeso blanco sobre la estantería de la librería casi oigo como me reclama las líneas que desde hace ya meses debería haber escrito. Pero no encuentro la manera de capturar y volcar todo el poder alegórico que para mí contiene.

En las noches del desierto almeriense uno llega a empequeñecer tanto que se siente a salvo de todo, porque bajo su oscuridad el mundo no existe, la realidad se difumina, y es en la conciencia de la nada cuando nada hay que temer, solamente al renacer en un nuevo amanecer de sol oriental que vuelve a llenar de luz el llano y de sombras ardientes las colinas cansadas. Durante ese espacio de fuego sin tregua, lo mejor es bajar hasta la costa y dejarse purificar por el mar amante, dormir, y al poco volver de nuevo la mirada hacia el Oeste para admirar una vez más el atardecer encarnado sobre línea recta, perfecta, vívida y nítida, tras la cual deben habitar mundos extraños de los que nadie sabe de su existencia. América, el continente perdido, tierra de encantos, leyendas, y tragedias; tierra de futuros perpetuos que se agostan en manos de bellacos, criminales y gañanes. América suena en mi cabeza con la música de Gershwin mientras espero, tumbado bajo una estera blanca, a que la noche vuelva y me fulmine. Vivo dentro de 'Rhapsody in Blue', dentro del clarinete de Gershwin que invoca, como el faquir a la cobra, un hechizo lunar que me conecta con New York, porque entonces, justo entonces sé que esa ciudad despierta a la promesa diaria de prosperidad que el poeta desmintió. Y pienso en Gershwin y Lorca y me lamento de que no llegasen a conocerse, de que Lorca ni tan siquiera conociese la pieza y no pudiese escuchar nunca el piano atrevido, nuevo, magistral que evoca el espejismo cosmopolita de la nueva metrópolis, la ilusión mendaz alimentada por un atrevimiento colectivo, sin complejos, que dio a luz el siglo XX. Y a la inversa. ¿Qué hubiese ocurrido si Gershwin hubiese leído los versos de Lorca antes de que el americano hubiese compuesto 'Rhapsody in Blue'? Gershwin en el Cortijo de los Frailes escuchando, de la voz del dramaturgo, la cruenta boda que narró Carmen de Burgos, mientras pasean los dos, George y Federico, bajo los arcos del claustro en los que se inmortalizó años después, cuando ya eran solo cascotes, el rostro inclemente y sucio de Clint Eastwood.

Se hubiese producido una fascinación mutua, recíproca. La sangre atávica, la tradición mísera frente a la vida que empuja y discurre y fluye entre notas nuevas en una forma desconocida que jamás ha mirado hacia atrás y que desprecia la convención. Por eso ‘Poeta en New York’ es un nuevo drama al otro lado del Atlántico. Parece un canto a la justicia, parece una denuncia, quizá un grito de alerta con visos surreales, pero en realidad es otra boda ensangrentada, otro útero yermo, una voz castrante, flagelo y escándalo en los ojos que no pudieron escuchar el encanto in Blue. (Leo 'Poeta en New York' escuchando a Gershwin y escucho a Gershwin leyendo Poeta en New York, en el atardecer del desierto, bajo el influjo de los fantasmas que todavía se desangran entre muros ruinosos)
Lorca también anduvo por tierras de Burgos, muy cerquita de donde, hace pocas semanas, yo he dado paseos inolvidables. Silos, Covarrubias, Carazo, Hacinas, Castrillo de la Reina… tierra serrana de pastos, de secanos familiares, frondosos robledales , huertos generosos, regios chopos en la riberas; la encina en la vereda, y el aire limpio, frío, que proviene del agua helada sin fondo, oscura, de la Laguna Negra, y de las blancas nubes gruesas que al atardecer se rasgan como puñales que hiriesen el viejo cielo azul inmaculado en sangre recordada todavía por algún espectro judío, o morisco, pretendientes de esta hermosa tierra. La luz aquí ciega hasta el vencejo, que vuela bajo en busca de alimento sin que yo pueda disfrutar de su canto, porque también hasta aquí he venido con Gershwin y llevo 'Rhapsody in Blue' en mi paseo. De esta tierra escribió Lorca “ Quedamos los viajeros en el corazón de Castilla, rodeados de sierras severas, en medio del abrumador y grandioso paisaje […] Ya en la calle había un perfume intenso de pan.[…] El río copiaba a un puente… Cabeceaban los álamos”. Pero es con Gershwin con quien camino, con el poder hipnótico de su 'Rhapsody', que escucho una y otra vez, una y otra vez, entre recuerdos de colores acres y el murmullo próximo del río que me llega a través de la vista, porque ahora el piano lo gobierna todo, ordena trompetas, saxos, clarinetes, le dicta al timbal su momento, le da al paso a la cuerda y entonces surge un nuevo clímax metálico, un ritmo nuevo en la Castilla vieja que Eduardo Chillida escogió para descansar, recopilar fuerzas, para hacerse quizá con las esencias perdidas de la materia, de la nada, como la que propicia la noche del desierto almeriense, en donde su amigo y cómplice, José Ángel Valente, vio los últimos atardeceres en el silencio con que buscó la raíz de la palabra...

Y yo sigo aquí, mirando desde mi ventana el gris de la calle que alumbra la farola pobre, contemplando mi frágil pedazo de yeso blanco que reposa sobre los versos de Lorca, desprendido un día sobre el suelo yermo de la tragedia. Vuelve a sonar, como súbita erección, el clarinete brillante de 'Rhapsody in Blue' y entonces intento convencerme a mí mismo de que todo empieza de nuevo.

Vuelvo mañana

miércoles, 21 de octubre de 2009

Baba de caracol


Los caracoles son seres indefensos pero prudentes. Tienen ellos tan alta conciencia de su vulnerabilidad que han desarrollado a través de los siglos un preciso y sofisticado sistema natural de control que les protege de sí mismos. Porque el caracol es en realidad una babosa a la que, gracias a las propiedades químicas de su baba, le ha crecido un caparazón construido pacientemente durante su proceso de crecimiento, y cuya composición contiene elementos altamente protectores, muy preciados por los laboratorios de cosmética. Sin embargo, si el caracol se excediese en tan sólo media micra a la hora de calcular el grosor, el volumen y la superficie total de su coraza, moriría aplastado por su propio peso. De ahí que el caracol sea un ser extremadamente prudente y meticuloso. De hecho, la espiral de la concha del caracol es una de las formas más complejas y trabajosamente elaboradas que existen. Una sola, una ínfima, milimétrica, insignificante vuelta más en la espiral, y el caracol moriría sin remedio. Así es que, desde que el otro día me lo explicaron, admiro más si cabe a estos pequeños gasterópodos cornudos, porque desde siempre he pensado que son la excepción que confirma la regla de la teoría de la evolución. Son seres tremendamente débiles, antonomasia de la lentitud, que no disponen de ningún tipo de defensa, y mucho menos de armas ofensivas, y sin embargo pueblan el planeta, de polo a polo, desde hace millones de años, por lo que, de momento, no parece que vayan a extinguirse, como así ocurre con otras especies que a simple vista son mucho más fuertes, más inteligentes, y con una gran experiencia, o amplio y valioso background (aprendo rápido), en el proceloso quehacer de la supervivencia, como por ejemplo rojos, izquierdistas, progresistas, socialistas, comunistas, anarquistas y alternativos.

Estas especies han aprendido a través de años de lucha que si quieren sobrevivir en este mundo global tienen que adaptarse a él. Pero como la acción de adaptación al medio contra el que luchan es en sí misma una contradicción con respecto a su naturaleza, el resultado les aboca a la extinción, entre otras razones porque han interpretado mal su función y han querido utilizar estrategias de supervivencia poco adecuadas para su fisiología y el medio en el que se mueven. Es más, se podría decir que han intentado copiar al eterno caracol. Se mueven lentos, sin reflejos. Antes de hacer el más mínimo movimiento parece que un cuerno le pregunte a otro, que los dos se enzarcen en un debate sin fin, cada cual mirando hacia un extremo, hasta que al final deciden ponerse en marcha, muchas veces sin mirar, a menudo en grupo, juntos, aunque para ser sinceros, da la sensación de que unos y otros siguen el camino que mejor les conviene. Pero sobre todo, en lo que más han copiado este biogrupo al caracol es en la construcción de su propia fisionomía, es decir, en la creación de su identidad, que es su caracola, su concha, su caparazón, su coraza. Ni una vuelta más de las convenientes en la espiral: mucha prudencia, nulo riesgo e inexistente imaginación, porque de lo que se trata es de sobrevivir, de perpetuar la presencia inamovible en el tiempo en un rastro de babas que brillan en la tierra como el recuerdo de unos pocos triunfos a lo largo de la historia, para finalmente servir de suculento alimento a quienes encuentran en el camino, gigantes de poder desmesurado que les desprecian como a hormigas de verano, que les chafan sin esfuerzo con gran gozo al escuchar el sonido de la concha despachurrarse bajo el pie. Pero ahí están, y estarán, por poco tiempo, aburridos, carentes de imaginación, resbalando en sus lamentos y ocupando rincones insignificantes, veredas, márgenes, cunetas, riberas, y arbusteras sin otra ambición que la de construir a la perfección la espiral de babas que les distingue de la valiente babosa.

Vuelvo mañana