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jueves, 7 de enero de 2010

Carta Histórica a Antonio Muñoz Molina


Querido Antonio

No te escribo esta carta como un recurso, como si fuese un adolescente que llamase querido a su diario y escribiese en él cada noche para darle un sentido a lo vivido. Te escribo esta carta para que la leas, si quieres, o si te llega, o si por aquellas casualidades de la red das con ella mientras buscas documentos, vidas, infortunios, información sobre exiliados, ofendidos, ultrajados, asesinados, por la Historia y por todos aquellos que la maquinan, la ejecutan y la escriben. Podría continuar también diciendo que te escribo esta carta desde mi más profunda admiración, y aunque soy de los que piensan que querer es decir que se quiere, en este caso prefiero confesarte que he leído toda tu obra, que aprendí a leer de verdad con tus primeras novelas, que supe de la ética intelectual, de la independencia de criterio y del compromiso social con tus artículos, justo cuando estas tres virtudes ardían sin humo en la pira de la postmodernidad. Te escribo, en fin, para explicarte que he leído tu última novela, “La Noche de los tiempos”, más varias reseñas, críticas y entrevistas que has concedido a diversos medios. Es decir, que además de leer la obra he accedido también a tu propia visión al respecto de tu creación.

En mi opinión, la crítica ha sido prudente. Hay quien te reprocha la insistencia en tratar un tema como el de la Guerra Civil con un lenguaje que ya no es propio de nuestra época, lo cual para mí tiene doble mérito, pues el estilo de que haces gala enmarca mejor, formalmente, la historia y sus personajes, y porque recuerdas, una vez más, -sí, y las que hagan falta- tiempos de traiciones, días convulsos, de sangre, fuego y dolor que ahora los revisionistas de la Historia, surgidos como chinches de trinchera, andan empeñados en explicar a su modo para taparlos. Además, tienes la voz que tienes, un sonido único, singular, que se hace reconocible a través de la cadencia particular al construir las frases, al gusto exquisitito por la adjetivación precisa, a veces desbordante; largas digresiones que vienen de ti, de dentro de ti, por mucho que interpongas a veces narradores externos que nos desvelan los temas que quieres transmitir; y por supuesto la memoria, la presencia constante de tus propias vicisitudes en la piel de tus criaturas. O sea, que da igual que narres un intento de suicidio de una madre de familia herida de amor pocos día antes del levantamiento militar del 36 español, o que describas la gota de sudor que resbala sobre la pierna negra de Dee Dee Bridgewater mientras canta en un tugurio del Bronx Oh show us the way to the next Little dollar. Tu manera de escribir, tu estilo, es el que es, y creo que esta última novela tuya es una de las que mejor armonizan con tu voz particular: la que te ha convertido en maestro y te ha ahuecado con méritos indiscutibles un lugar de privilegio en la literatura de lengua española.

Y como todo esto no es que sea así porque yo lo diga ahora, sino porque quienes saben de verdad de esto han sido siempre unánimes con cada una de las novelas que has escrito, por eso digo que esta vez han sido prudentes, porque creo que han escorado, han evitado referirse al meollo de la cuestión de “La noche de los tiempos”, que no es, por supuesto, ni tu maestría como escritor, ni tu laboriosa y sufrida dedicación a la obra, ni tampoco, las bien trazadas historias de amor y desamor, que se suceden en élla. Y es que, querido Antonio, mira que he pensado largos ratos en dar respuesta a estas preguntas. ¿Por qué no se le ocurrió a tu narrador colocar en la picota, ni siquiera, a media docena de dirigentes golpistas? ¿Por qué caricaturizar con saña, en exclusiva, (quizá con merecimientos) a personajes históricos conocidísimos que defendieron La República y que después padecieron exilio? ¿Por qué atizar una y otra vez la brasa sobre las hordas rojas que, según tu narrador, convirtieron Madrid en el paroxismo del asesinato arbitrario y gozoso?¿Por qué el héroe de la novela no lo es, ni tan sólo un momentito de nada? Es más:¿Por qué es tan cobarde? ¿Por qué el cuñado del héroe, un fasciston de tomo y lomo, acaba siendo una víctima? ¿Por qué los únicos personajes positivos de la novela son extranjeros o víctimas de los defensores de la República?... Se me ocurren muchas preguntas más, pero el papel y la tinta no me dan para más. Yo mismo he intentado ponerme en tu pellejo y contestarlas. Creo que podría resumir las respuestas diciendo que la guerra siempre la padecen quienes no la quieren, que al final son quienes la hacen, y por eso mueren, y sufren, y desaparecen para siempre. Que la guerra somete a las personas y las cambia, y las convierte en seres capaces de llevar a cabo los actos más atroces. Si la respuesta es esa, estaremos de acuerdo, lo cual no quiere decir que en esta Guerra, nuestra Guerra, en la que has metido a tus personajes, todos tengan el mismo peso de responsabilidad, o algunos ni tan siquiera la tengan, porque no has concebido (decidido) su aparición. Es decir, que podemos hacer con la literatura Historia, y ejercitar cierta objetividad universal de la ética para con quienes padecieron dolor. Pero, mi admirado Antonio: también, y sin excluir lo anterior, podemos y debemos hacer justicia con la Historia, y creo sinceramente que “La noche de los tiempos” es una novela equidistante que de nuevo vuelve a cantar el lamento de la recíproca maldad entre hermanos soslayando el hecho -también objetivo- de que todos y cada uno de los muertos y heridos que cayeron entre el 36 y el 39 de uno y otro bando, y durante 40 años más de represión hacia el bando perdedor, están en el debe de los sublevados; que “La noche de los tiempos” ridiculiza los esfuerzos de los políticos de entonces por mantener la legalidad constitucional caricaturizando a un puñado de dirigentes e intelectuales escogidos por ti para ese fin; que “La noche de los tiempos” criminaliza al pueblo levantado en armas, harto de perder su Historia, ansioso de protagonizarla, cegado por siglos de oscurantismo y que se defiende del fascismo con lo que tiene a mano, con odio profundo, enquistado, hacia quienes siempre le han puesto la bota encima; y, finalmente, creo que “La noche de los tiempos” es literatura de la Historia, o una determinada Historia hecha literatura, aunque yo creo, Antonio, que pudo haber sido un ejercicio literario, magistral, de Justicia Histórica.

Un fuerte abrazo. Espero ansioso tu próximo libro. Al final siempre escribo:

Vuelvo mañana

jueves, 19 de noviembre de 2009

What I am now I owe to you


¡Por fin! Ya lo tengo. La dependienta me daba una bolsa y le he dicho que no. Quería llevarlo en las manos, percibir la tibieza del estucado blanco suave, nuevo, recien salido de la imprenta. Lo he llevado hasta el coche apoyado en el pecho; con la otra mano palpaba el lomo, la portada, el grosor y la textura del papel, y de vez en cuando lo ponía frente a mi y leía el nombre del autor en color rojo, y en negro el título, en Times New Roman, una tipografía clásica para un clásico. Ha habido un momento en que, al mirar la contrasolapa y leer las citas de las reseñas, casi embisto un puesto de quincallería, y al instante el dueño me ha increpado "¡Quiyo!, mira por donde andas, hombre, a ver si por leer vas a perder el norte"! Me he disculpado y después, mientras seguía caminando, me he estado riendo para mi mismo y por un momento creía que compartía la sonrisa con el escritor y que nos mirábamos cómplices repitiendo sin hablar la frase del quincallero.

Al llegar al coche no he podido resistirme y he abierto el libro. Me he sentido privilegiado por tener la primera edición y me he puesto a imaginar que dentro de unos siglos todavía tendré este ejemplar y que será como tener una joya. También he pensado que tengo que buscar como sea al autor, para que me lo dedique. He visto quién ha ilustrado la portada, y he sonreído de nuevo. He leído, una vez más, la trayectoria del novelista en la solapa: apabullante. Al ver su rostro alegre, sonriente, espontáneo sobre toda su obra resumida en medio folio, puede dar la sensación de que novelas como esta se hacen casi solas, casi sin escribir; que basta con ponerse a imaginar una buena historia y ya, y después a sonreir al fotógrafo. Pero el hecho de tener en las manos un objeto que contiene el trabajo en soledad de años, a veces doloroso, humilde, con momentos de gran desánimo, me conmueve, me produce cierta sensación irreal, como si me teletransportase en el espacio y en el tiempo y tuviese la convicción de estar en su estudio durante todo el tiempo en que escribió y pudiese observar, a un metro de él, su aspecto desaliñado, descuidado, machadiano, de buena persona que goza del arte, del conocimiento, de la cultura y de la creación honesta sin tiempo más que para la labor, como vió a sus mayores, del amanecer a la noche, en la huerta. Poder ver cómo se emociona, llora, desiste, de nuevo emerge y cómo, por fin, narra febril, día y noche, sin pausa, con la certeza de llegar al fin, tal y como quería. Y el último día, cuando ya clarea el cielo, ser testigo de cómo teclea la última letra y mira a través de la ventana el amanecer de Manhattan. Después se levantaría de la silla, desfallecido, entraría en la alcoba, sigiloso, en silencio y, con un beso de infinita ternura, la despertaría.

La dedicatoria es para Elvira Lindo, y dice así:

Para Elvira
What I am now I owe to you
(Ford Madox Ford. The Good Soldier)
He cerrado otra vez el libro, solo, en el coche, parado. He tardado en arrancar todavía unos minutos, fijos los ojos contra el cristal, y he decidido apropiarme de la cita. Para quién mejor que para Dolores. De quién mejor que de mi. ¡Qué hubiese sido de mi sin ella! ¡Qué del Romanticismo!

Vuelvo mañana
Con verdadera admiración y pasión por Antonio Muñoz Molina. ¡Salud, maestro!