jueves, 20 de mayo de 2021

Dialécticas urbanas

 


Nos puede parecer una gamberrada pero,  bien mirado, perpetrar una pintada requiere  de altas dosis de valentía, insensatez, determinación y deseo o necesidad expresiva. Una pintada es el resultado final de   todo un proceso que exige  el cumplimiento de una serie de decisiones racionales realizadas de manera consciente. Es cierto; antes que nada existe la necesidad, quizás irracional, salvaje, impetuosa de expresar a lo grande lo más pequeño,  pero una vez que ésta aflora como cuestión vital, el perpetrador tiene que aprobar en su propio presupuesto un dispendio,  ir a la tienda , elegir el color de la pintura, planificar el número de sprays que necesitará, escoger la pared sobre la que va a imprimir  su huella anónima, su grito, denuncia, llamada proselitista,  imprecación o desahogo y, finalmente, concretar el día y la hora en que ejecutará su obra.

Por otro lado, pintar las paredes de las ciudades supone la preservación de una costumbre clásica que ya nuestros antepasados los griegos y los romanos  realizaban con equivalente intensidad, similar maestría  y parecida locuacidad. Así es que deberíamos ir despojándonos de prejuicios clasistas, miramientos pequeñoburgueses y actitudes más o menos victorianas, y aceptar de una vez por todas que del mismo modo que un futbolista luce su ignorancia, un jardín sus flores y un político su vanidad, una ciudad luce sus pintadas.

Y es que, además de la resolución consciente que asiste al autor de una pintada, debemos valorar también, en última instancia, las dos fases cruciales en su ejecución. A saber, por un lado, la elaboración paciente, reflexiva, sosegada y racional  del pensamiento que  leeremos  después en el muro, la pared, la persiana o la fachada escogida. Y en segundo lugar, el acopio de valor, audacia y arrojo que el anónimo aforista debe cosechar para salir a la calle, con  nocturnidad alevosa y premeditada, pintura en mano, para esbozar con rapidez, letra clara y gramática impoluta el mensaje  previamente decidido,  arriesgando un par de noches de calabozo, unas horas de trabajo comunitario o un puñado de euros para liquidar la multa preceptiva.

Con todo, como en cualquier otra actividad humana, también en las pintadas urbanas existen las jerarquías. Las ciudades son prolijas  en aes mayúsculas circundadas, obra de crípticos anarquistas; hoces y martillos más o menos ortodoxos, que acompañan máximas prosélitas de marxismos mal digeridos; esvásticas dextrógiras y  esvásticas  levógiras, esvásticas icoságonas comme il fait,   y hasta  esvásticas de 19 brazos, que de todo hay en la viña del señor; conceptualizaciones y abstracciones diversas de ikurriñas y  esteladas, puntos de mira, flechas yugos y lazos, y demás inconografía pseudopolítica que decora las calles de nuestros pueblos y ciudades.

A pesar de su variedad, son tan frecuentes que, tal y como indican las leyes del mercado, tanto su elevada profusión como la repetición de los eslóganes y la falta de originalidad rebajan drásticamente su valor. Aconsejaría encarecidamente a sus autores que reservasen su interés,  valor y audacia en menesteres más productivos. De verdad se lo digo, su pretendido compromiso ideológico no es más que contumacia sin eco. Un poco de adrenalina nocturna no amortiza la pobreza de los resultados.

Sin embargo, confieso mi admiración hacia otro tipo de autores y de temas. Es más, he reunido sin pretenderlo una pequeña colección de pintadas tras las cuales preservan  su anonimato auténticos filósofos de la vida,  atrevidos pensadores urbanos, admirables sabios del asfalto; ciudadanos que arriesgan durante unos breves segundos la libertad o el dinero y que invierten su tiempo nocturno en ofrecer a sus conciudadanos el resultado de sus desvelos.

Una de mis favoritas apareció hace unos pocos años sobre una larga pared virginal,  próxima a mi lugar de trabajo, propiedad de una universidad, tras la cual ingenieros e ingenieras se devanan los sesos en pos del progreso tecnológico. Vale la pena consignar que en aquel tiempo, la situación política en Catalunya se había vuelto irrespirable. La polarización había llegado al zénit. Era obligatorio definirse a diario, tanto en el entorno familiar, laboral o de amigos,  como catalán o como español. Todo aquel que no decía ¡Visca Catalunya! era tachado de fascista y todo aquel que no decía ¡Viva España! era acusado de terrorista. Los edificios de las ciudades competían en el número de banderas embalconadas.  Las calles y el mobiliario urbano pasaron a ser propiedad de los independentistas y los unionistas se dedicaban a retirar las simbologías contrarias.  Los enfrentamientos a base de empujones, insultos e imprecaciones  entre personas de uno u otro signo  eran constantes. Los líderes políticos exacerbaban por tierra, mar y twitter las emociones de sus seguidores, y así.

Respirando esta atmósfera  densa y tóxica, una mañana de lunes, alguien de género, edad y profesión  indeterminados,  en la soberanía de su hogar, decidió ir a comprar a la droguería un spray de pintura verde. Probablemente invirtió todo el fin de semana en pensar el mensaje que deseaba compartir, o quizás la esencia de su reflexión ya le rondaba desde hacía días, hasta que, finalmente, en ese instante de inspiración que sólo les es dado a  los filósofos, supo sintetizar el compendio de sus inquietudes.

Encapuchado hasta las trancas, sigiloso y al abrigo de la noche, llegó hasta el muro, se cercioró de que nadie le veía y en un instante fugaz, decisivo  e irreversible, desenfundó del bolsillo del pantalón el bote de pintura. Rápido igual que un lince y efectivo cual  disparo, decoró el muro con una frase lapidaria  y contundente, una proposición de las que quedan grabadas en la memoria y postulan a imprimirse durante generaciones en las mentes de los ciudadanos, como un refrán o una oración : “Los cachopos no son sanjacobos.”

Yo leí tamaña osadía a primera hora del martes. Por supuesto, lo fotografié al instante. Dado el contexto político que vivíamos, temí que la autoridad competente encargaría a la brigada de limpieza su eliminación inmediata. Recuerdo que los estudiantes circulaban somnolientos, probablemente dándole vueltas al efecto Bernouille o la tercera ley de la termodinámica, ajenos al espectáculo que les interpelaba allí mismo, a medio brazo de su paso. De hecho, alguno se apercibió de las cinco palabras en acrílico verde porque les llamó la atención de que yo me detuviese a inmortalizarlas. Allí siguieron por poco tiempo, aleccionando a quien quiso leerlas de los peligros que encierran las artimañas lingüísticas y el compromiso con la verdad. Acuciado por las denuncias de unos y de otros, el Ayuntamiento no tardó en borrarla.

Algunos años después, con el procès ya desprocesado y unas pocas manzanas al norte de la ciudad, un domingo tedioso paseaba sin norte la novela que a la sazón intentaba leer.  No es que no me gustase, pero a veces, cuando de repente uno se da cuenta de que los párrafos le saben a infusión templada, es recomendable cerrar el libro y sacarlo a la calle por ver si con el fresco de la mañana o en el crepúsculo de la tarde hace sus necesidades, se desahoga en algún bar, ve mundo y después ya las líneas recobran nuevamente su sabor y la lectura fluye.

De vuelta a casa, al doblar una esquina la vi frente a mí, sobre el muro de una casa medio derruida, ese tipo de edificios antiguos que pueblan las ciudades y quedan vacíos durante décadas a la muerte del propietario sin que nadie haga nada con ellos, probablemente debido a los desacuerdos de la descendencia o a que no dejaron herederos. Desde el primer momento supe que la había escrito ella. Estuvo en la ciudad hacía bien pocos días dando un mitin en la plaza mayor acompañando y apoyando al candidato a la alcaldía de las elecciones locales  y estoy convencido de que, debido a su juventud, intentó emular a Banksy, el líder del grupo de rock Massive Attack que imprime siempre su obra y su firma en los rincones más insospechados de las  ciudades donde esa misma noche actúa.

Tras el acto político, Inés Arrimadas entró en un bazar chino, compró un bote de spray negro y ataviada para la ocasión, camuflada de rapera con una sudadera de “El Ganso”, se apostó a la pared de la casa ruinosa y escribió precipitadamente: “Todo me male sal.” La pintada es antológicamente  significativa. De todas las que atesoro, quizás sea de las más entrañables. Quien quiera puede pasar y verla. A día de hoy nadie se ha atrevido a borrarla, quizás en una especie de apoyo colectivo a ese grito desgarrado, a esa necesidad imperiosa y agónica por expresar sus angustias. ¡Qué diablos! Todos merecemos compasión.

Más o menos por las mismas fechas, muy cerca del lugar donde aquel eximio anónimo estableció en color verde y  para siempre los límites de la hipérbole, debió de ocurrir un trágico suceso a consecuencia  del desamor, o quién sabe si fue el amor y el recuerdo sincero de una noche apasionada lo que empujó a nuestra nueva heroína o a nuestro nuevo héroe a estampar sobre fondo blanco el agradecimiento eterno a su amante. Aunque hay quien se inclina más a pensar que en realidad, lo que él o ella pintaron, borraron y volvieron a pintar es un reproche en toda regla, y no el testimonio indeleble de un recuerdo gozoso.

Y es que desde que una mañana de mayo apareció, la pintada ha generado un amplio y rico debate en el barrio, no exento de gestualidad exagerada y vehemencias más o menos contenidas. En este sentido, el lugar donde se ejecutó cobra  especial protagonismo. Se trata de un pequeño muro esquinero ubicado en el rincón más escondido de una plaza resguardada por varios bloques de pisos. La singularidad de la pared, objeto de la inspiración de los rapsodas, alienta las especulaciones de unos y otros porque limita con el acceso a una larga escalinata encajada entre las fachadas laterales de los dos edificios más altos; es decir, un espacio adecuado en el que sentarse cómodamente, a resguardo de la luz indiscreta de las farolas, el lugar idóneo para el escarceo íntimo, el tálamo de la fogosa e incontenible lubricidad urbana.

Ahí, en el recoveco oscuro del amor clandestino, un hombre y una mujer, dos hombres, o dos mujeres, compartieron unos minutos de placer y desahogo -quién sabe  si también de amor- sin atender al riesgo de presencias indeseadas, porque la imperiosa llamada de la carne limita la prudencia y nos convierte en valientes o insensatos amantes.

Algo no debió salir bien aquella noche loca; quizás la negativa de un compromiso duradero por parte de uno de los amantes; acaso el desacuerdo en ir más allá de lo conveniente dadas las circunstancias, o  posiblemente la ausencia de sincronía en pos de un éxtasis recíproco. La cuestión es que  tras la despedida, cada cual recaló en su olivo y él o ella, insatisfecho, enfadado, o realmente dolido, abrió el armario de las herramientas, cogió un bote de pintura en spray y volvió al lugar de los hechos, donde sin tomar precaución alguna se dispuso a escribir sobre la misma pared que  protegió  el  encuentro “Gracias por aquella triste paja.”

Juro por mis hijos que así era la pintada original, pero confieso que anduve lento de reflejos y no pude inmortalizarla. La verdad es que lo tenía difícil porque la vi mientras conducía y no pude detenerme, de manera que cuando llegué al día siguiente  el original había cambiado.  El receptor del mensaje, es decir, el elemento activo de la pareja, se sintió ofendido en su autoestima y decidió borrar el epíteto que calificaba la calidad de la acción masturbadora, de modo que la pintada quedó en un objetivo y desapasionado  Gracias por aquella paja.” Tampoco pude inmortalizar la segunda edición corregida.  Sin embargo, y contra todo pronóstico, el despechado o la despechad a amante, posiblemente aquejado del mal de la última palabra,  sintió la necesidad de expresar irónicamente su desdén o su despecho y zanjó tan edificante  intercambio epistolar con un - hasta el momento, definitivo-  Gracias por borrar el agradecimiento a aquella paja”, donde por lo que se ve, ambos han llegado al acuerdo de no señalar emocionalmente la calidad de la gayola.

Antes de finalizar este -llamémosle  así- análisis y exégesis de la expresión callejera, me gustaría ultimarlo con  un ejemplo que eleva, si cabe, un tanto mi trabajo y que dejará boquiabierto a más de uno, sobre todo a los elitistas de turno, supremacistas del intelecto, ratones de biblioteca y demás ralea  carpetovetónica. En los arrabales de mi ciudad, allí donde el asfalto desaparece y surgen con orgullo suburbial la chabola, el algarrobo y la chatarra, la filosofía recobra su esencia y ofrece a los hombres, entre toldos de plástico, polvo y desamparo, el inicio de todo, el primer brote de inteligencia, la semilla del pensamiento occidental, aquel debate  seminal, confrontación esencial, que dio pie a dos visiones del mundo antagónicas, hasta el momento, nunca reconciliadas.

Probablemente, una tarde de primavera, el estudiante aplicado, señalado como friki,  víctima propiciatoria de bulling, sintió la necesidad de expresar el descubrimiento de su naturaleza materialista. De hecho, aquella mañana, durante el recreo, en la pista de deportes del instituto, mientras sus compañeros se castigaban las piernas jugando a fútbol o flirteaban, súbitamente entendió que ante determinadas ideas es necesario posicionarse, tomar partido y comprometerse. Así es que en lugar de volver a clase decidió que daba inicio a  una nueva etapa en su vida, y que a partir de aquel día dedicaría todos sus esfuerzos a proclamar la verdad allá donde tuviese oportunidad. Y qué mejor lugar-pensaría- que el espacio más inhóspito de la ciudad, donde las  aquiescencias sociales se disuelven y se ven obligadas a dejar paso a la inherencia, el meollo de la existencia, a la nada alimentada de una insultante vocación de ser.

De modo que ni corto perezoso, corrió a la  droguería y compró el bote aerógrafo, tomó el primer autobús hacia las afueras, caminó un par de kilómetros hasta llegar al límite  de la ciudad y allí, sobre el muro curvo, a salvo de miradas y censuras, plantó en negro sobre blanco su declaración de principios. “¡Arriba Heráclito!¡Abajo Parménides! Pocos han leído la proclama. Entre esos pocos privilegiados se encuentra la comitiva municipal compuesta por el concejal de urbanismo, el técnico del área y dos promotores inmobiliarios, que una mañana visitó la zona. Al verla, se desencadenó un interesante  debate. Por un lado el concejal defendía que el escrito era meramente descriptivo; es decir que, efectivamente, Heráclito estaba en la parte superior del texto y Parménides en la inferior. La  obediencia debida provocó el asentimiento del técnico, que al comentario de su superior añadió “está claro.” Uno de los dos empresarios, sin embargo, sostuvo otra tesis bien diferente. Opinaba, expresándose con cierto  tono de autoridad en la materia mientras se ajustaba la corbata, que su proyecto de cinco bloques de pisos, con más de 400 viviendas y un polígono industrial en los aledaños transformaría la periferia y expulsaría a las dos bandas de delincuentes lideradas por ese Heráclito y ese Parménides.  Si alguien cree que exagero, le diré que esto que  explico es absolutamente verídico. Me lo contó el técnico del área, compañero mío del colegio desde mi más tierna infancia.

Y en atención a  aquellos que muy amablemente  me concedan el valor de la imaginación, porque  creen que el contenido de las otras pintadas es inventado, aquí les dejo las pruebas. No pretendo en absoluto que esta  narración de hechos, estrictamente  veraces, empañe la humildad de mis pretensiones, pues tengo muy presente el consejo que un sabio pintó con tinta roja, hace unos días,  en la fachada de la Escuela de Cine de Catalunya, dirigido sin duda a futuros cineastas, actores, ulteriores objetos de admiración y de fama: “Destruye tu ego.”



 



lunes, 17 de mayo de 2021

Filosofía del viento Gregal

 


Abro la libreta y atestiguo el espectáculo glorioso del mar esmeralda azotado por el Gregal, iluminado per el sol limpio de Mayo cuando las nubes blancas que estucan el cielo no le estorban, produciendo tantos matices entre el azul, el verde y el gris que  convierte el agua en una carta de colores frecuentada por cobaltos, añiles y glaucos, azures, índigos y marengos.

Me acompañan media docena de personas, pero no miento si afirmo que en este preciso instante soy el único ser humano en el mundo que atiende a lo que acontece más allá de la arena.

Dos parejas dan cuenta de sendas raciones de pescado alternando  miradas al plato y gestos acostumbrados.

Tres jóvenes amigas sorben café mientras sobrellevan en el peso de sus rostros los excesos de la noche anterior.

El camarero va y viene disimulando con profesionalidad el desdén hacia la clientela, sin más interés que  la preservación del trabajo y el deseo insistente  del final de la jornada.

De modo que, efectivamente, no hay nadie más en la Tierra contemplando la asombrosa exhibición de belleza,  el resultado de la unión de voluntades con que el cielo, la luz y el mar ejemplifican el resultado del compromiso sincero en pos de una existencia armónica.

Y mientras observo extasiado el prodigio natural,  un golpe de viento libera media cuartilla que dormía en la libreta intercalada entre páginas viejas, cautiva custodiada  entre deshechos, esperando paciente al rescate del olvido.

El aire juega con el papel, lo voltea y lo eleva levemente en impulsos traviesos; durante un momento parece posarse en la arena, a salvo de los juegos del viento, pero nuevamente el Gregal lo aúpa en volteretas blancas que  lo llevan hasta el borde de la orilla, donde la espuma de las olas lo acoge para que el agua salada disuelva en unos pocos segundos  la tinta roja con la que un día escribí  así como la libertad es  conciencia de necesidad, el arte es conciencia de mortalidad .”

miércoles, 21 de abril de 2021

Discurso del hipopótamo

Estimados señores, no me ha ido tan mal del todo. Podríamos decir que doy por buenas cada una de las decisiones que he tomado porque, al fin y al cabo, tanto las acertadas como aquellas en las que metí la pata me han traído hasta aquí.  Soy de los que cree en el poder constructivo de la fuerza, en la incontestable cifra final que resulta  de restar las dificultades a las oportunidades que se nos ponen por delante.

No es algo que haya descubierto ahora gracias a la perspectiva que me ofrece el tiempo, después de vivir toda una serie de acontecimientos que han trazado mi trayectoria y que, de una manera u otra, han contribuido a mi fortuna; fortuna no como sinónimo de suerte. La fortuna no existe. Si desde bien jovencito uno no es consciente de que la suerte siempre  es propicia, entonces no te queda más que esperar órdenes, mediocridad y una existencia vulgar, de la que se aprovecharán otros. Para que se entienda de una vez por todas, la mala suerte es oxímoron. Uno es el único responsable de su destino. Tal y como dijo el poeta, el destino es el carácter. Todo consiste en leer correctamente el entorno, conocer la naturaleza de la vida, conocernos a nosotros mismos y a nuestros semejantes.

Porque cuando hablo de fortuna lo hago en el sentido estricto material, monetario, pecuniario. Fortuna, traducida como el número de ceros que te protegen de cualquier eventualidad; aquello que facilita el poder de decidir sobre las personas, sobre muchas personas, decenas, miles, millones de personas. El montante de dinero, contante y sonante, gracias al cual nadie, nunca, se aprovechará de ti, de tu trabajo, de tu esfuerzo, de tu persona y  de tu vida.

Sí, mi fortuna es fruto de la voluntad, de una firme y decidida actitud que me impide no arrugarme ante las dificultades, poseer un sentido de la intuición que me permite detectar la coyuntura favorable y, posiblemente, también producto de la selección crítica de mi círculo de personas próximas, siempre ambiciosas, tanto o más ambiciosas que yo mismo, sin asomo de escrúpulos, que supieron ver en mi persona la imagen de un enorme y poderoso hipopótamo  sobre cuya opulenta espalda gris picotean para llevarse algo a la boca, tal vez asegurarse protección, seguridad con que proteger sus prebendas, y muy probablemente ambas cosas.

Ya se sabe, el hipopótamo es una de las criaturas más terribles y temibles que habitan la  Tierra. A pesar de nuestra apariencia torpe y adiposa, nos movemos con rapidez. Somos letales. Los felinos exhiben la fama, pero los hipopótamos cardamos la lana. Cuídese mucho aquel que pretenda, o ni tan siquiera imagine, provocar el más mínimo atisbo de amenaza en nuestro territorio, en los lodazales donde nos movemos.

Hace unos cuantos años una conocida marca de productos para bebés adoptó nuestra imagen como logotipo y bandera de marca. Este es un hecho que siempre me ha llamado la atención. Dudo mucho que los fabricantes vean en el hipopótamo un símbolo o una alegoría de seguridad o de la protección que los padres desean para sus tiernos vástagos, porque intuyo que fue el volumen lo que les inspiró; quizás  la ignorancia  al respecto de nuestra fiereza no les permitió tener muy en cuenta que somos inclementes con el invasor, con cualquiera que ose acercarse a nuestro territorio. Ese será el motivo gracias al cual el creativo publicitario de turno creyó que el hipopótamo es la metáfora perfecta con la que vender pañales y culitos secos.

Eso sí, en su descargo podríamos argumentar que, a la hora de vender, lo que importa es mantener al mercado en la  ignorancia. Ahí  radica, probablemente, la clave del misterio, el desconocimiento  de nuestro instinto asesino, los quinientos muertos que causamos cada año gracias a la sorprendente amplitud y voracidad de nuestras fauces, a la potencia de nuestro mordisco que ejecutamos sin compasión aprisionando a nuestras víctimas con unos colmillos excepcionales; en los especímenes más feroces pueden alcanzar más de medio metro de longitud. El beso del hipopótamo es  mortífero de necesidad.

Y es que necesitamos -de hecho exigimos- espacio vital en el que mover a diario nuestros cuatro mil quinientos quilos. De ahí que el único enemigo de un hipopótamo sea otro hipopótamo.  Si el pobre Hobbes hubiese viajado un poco, o sencillamente hubiese salido de la corte de vez en cuando, habría experimentado el poderío que inspira la visión de nuestra estampa y sin duda habría quedado fascinado  ante semejante bestia. De haber sido así, la historia de la filosofía hubiese cambiado,  porque el lobo ya no gozaría del protagonismo que le regaló el creador del Leviatan; en justicia y puridad le pertenece al Hippopotamus Amphibius.

¡Pero, qué iba a saber Sir Thomas Hobbes!. ¡Lobos, monstruos marinos, fenómenos bíblicos, cocodrilos…! Reconozcamos que algo se aproximó, y concedámosle el beneficio de la ignorancia, o del tiempo que le tocó vivir, ajeno todavía a las revelaciones del Señor Darwin. Todos somos iguales. Nadie nace más inteligente. El asunto central es la competencia cuyo resultado se traduce, en cuanto al género humano,  en el deseo de los bienes ajenos y la fortaleza, las armas, las herramientas, habilidades y  escrúpulos de los contendientes para hacerse con aquello que es objeto de interés y por tanto de disputa. Gana la guerra quien mata más y mejor. No sé si ha quedado claro.

En cualquier caso, los hipopótamos entendimos el mensaje de la vida desde el principio de los tiempos. A pesar de la extinción de los dinosaurios, la cadena de ADN sobrevivió  y las leyes de  la genética  nos confiaron la ocupación y el gobierno de la Tierra. Es cierto que la Naturaleza no nos lo puso fácil reservándonos para nuestro desarrollo el lodazal, la ciénaga y el pantano, pero visto con cierta perspectiva no podemos negar que suponen el entorno adecuado en el que mejor se  desenvuelve nuestra naturaleza. En términos biológicos se diría que es nuestro hábitat natural. Sin embargo, jamás hemos renunciado a expandirnos, a ampliar horizontes, a ocupar otros espacios que satisfagan nuestras necesidades. Más bien al contrario.

Por eso, desde el inicio de los tiempos, desde que una criatura aniquiló a otra o maniobró para neutralizarla, nosotros constatamos la  necesidad de ocupación  del Estado, esa organización humana que se caracteriza por detentar el monopolio de la violencia con la que controla los destinos de sus ciudadanos y cada uno de los resortes del poder. Ocupar el Estado supone la ventaja de la impunidad y la inmunidad. Un hipopótamo en la cúspide del Estado es intocable,  prácticamente invencible. Muy mal tiene que hacer las cosas para no perpetuarse en esa posición de privilegio que le permitirá legislar según sus intereses, detener, torturar, y en según qué casos, matar, con la coartada del bien común mientras devora todo lo que se pone al alcance de sus fauces pantagruélicas.

Lo único que un hipopótamo debe tener en cuenta para prolongar sine die su autoridad y engordar día a día su fortuna es mantener contentos y satisfechos, por un lado, a esos seres insignificantes, repugnantes, pero necesarios, que son los parásitos, en una relación  simbiótica de recíproco beneficio, y conocer muy bien qué sucede, qué se cuece, qué movimientos se producen  en los territorios colindantes, pues, como ya se ha dicho, el mayor enemigo de un hipopótamo es otro hipopótamo. Si esas dos premisas se mantienen, la pervivencia al mando está garantizada, condición sine qua non para seguir engordando, y engordando, mientras nuestros súbditos nos identifican como sus seguros servidores, culito seco, culito sano.

Y podría alargarme otro tanto, en una digresión muy del gusto de los especuladores y de aquellos que gustan de recargar estérilmente argumentos que por sí solos, o con la ayuda de una pizca de retórica atemperada, se explican. Son hombres del Barroco, que le procesan un temor irracional al vacío, sobre todo al vacío de poder. Por otro lado, me  comunican que mi tiempo se ha agotado y me conminan a que regrese a mi celda, de modo que ahora les tengo que dejar. El más mínimo  error en el cálculo de la resta nos desahucia y a partir de ahora, en el fangal, durante unos cuantos años, otro hipopótamo ocupa con su ambición mi lugar. Muchas gracias por su atención. Cuídense.

jueves, 25 de marzo de 2021

La camarera de Europa


 He contratado los servicios de Alexa, esa esfera azuladamente educada, solícita e impredecible que promete servirnos a toda hora y en todo momento a expensas, siempre, del wifi, ese nuevo viento de la posmodernidad que le ha robado el protagonismo al cierzo gélido o al tórrido levante.

Alexa viene a ser como los hornos microondas; la promesa de su catálogo es sumamente atractiva, pero la experiencia la desmiente, porque finalmente sirve para descongelar alimentos, calentar la leche, o para escuchar música. Ahora bien, en este último sentido su eficiencia es similar a la de la lámpara de Aladino; no hay tema, autor o estilo que se le resista, y como durante estos meses de distopía pandémica lo que más se parece a un bar es mi cocina, no hay día que no le pida a mi Alexa (siempre con el por favor por delante) la canción ya clásica de Gabinete Caligari “El calor del amor en un bar”

Y es que, sinceramente,  añoro la vieja normalidad porque añoro los bares. Si hay algo que nos condiciona para siempre es el lugar de nacimiento. El azar juega un papel fundamental,  en ocasiones aliado de la pobreza, o de la falta de expectativas. Lo digo porque yo, pudiendo nacer en Madrid,  nací en Catalunya, donde llevamos sufriendo meses de restricciones hosteleras, más o menos igual que en el resto de España. Aquí no hay manera de establecer una rutina tabernaria ni modo de construir relaciones duraderas con la parroquia, ni siquiera de estrechar vínculos con  el camarero o la camarera sobre los que apoyar la cabeza en las malas rachas y aligerar un poco el peso de nuestras malas conciencias.

Si mañana lanzasen al mercado una Alexa con la opción de viaje en el tiempo, prometo ahora mismo ante notario que me apresuraría a pedir  “Alexa, por favor, llévame  a Madrid, más concretamente al mes de marzo de 1964”, que es el mes anterior al día de mi nacimiento. De ese modo podría ser nativo de la Villa y Corte y, en estos momentos, en lugar de escribir sobre mis nostalgias tabernícolas, estaría escribiendo o leyendo,  a cualquier hora, en el interior del bar que más me apeteciese, o en la terraza más frecuentada por franceses, ingleses, y ciudadanos de las más diversas procedencias, que han encontrado en Madrid una tierra que les acoge con los bares abiertos, libre del comunismo satánico y extraordinariamente generoso con  el Covid-19.

Y es que Europa tiene en Madrid un castillo medieval donde  refugiarse de la peste bubónica y vivir a cuerpo de rey, entre bacanales y borracheras, mientras el bicho, ese ser que ni siente ni consiente, se expande de mesa en mesa, de barra en barra, para propagarse por España o viajar a los lugares de origen como polizonte consentido, sin más equipaje que su secuencia genética y una única  misión: perpetuarse.

Y todo gracias a la camarera de Europa, Isabel Díaz Ayuso, ínclita anfitriona de la juerga nacional, cubatera del garrafón, archiconocida coctelera del óbito geriátrico, santa madonna del montadito y del montaje, artífice de la caña sin espuma, del bocadillo sin calamares y del hospital sin camas.  Porque Isabel Díaz Ayuso ostenta el singularísimo honor de ser la primera política del mundo cuya fotografía luce las cristaleras de los bares, acompañada con una frase de admiración sin límites ni reservas; una campaña auspiciada por el sector que peor paga y trata a sus trabajadores, satisfecho  a la par de la caja diaria y de la curva de contagios.

En realidad, todo esto lo digo porque me come la rabia por no ser gato madrileño de Chamberí, Aluche o Chamartín y porque no me queda más remedio que tomarme las cervezas en la cocina mientras  escucho música con mi querida Alexa.

De modo que ¡Alexa, por favor, pon la canción “El calor del amor en un bar”!

Reproduciendo en Amazon Music  “El calor del amor en un bar”, de Gabinete Caligari

Isabel, la noche ha sido larga
Y llena de emoción,
Pero amanece y me apetece
Estar juntos los dos.

Bares, qué lugares
Tan gratos para conversar.
No hay como el calor
Del amor en un bar.

[...]

Mozo, ponga un trozo

De payonesa y un café
Que a Isabel  la invita monsieur.

lunes, 22 de febrero de 2021

Las universidades catalanas y Pablo Hasél

Me había propuesto no escribir durante unas semanas porque mi cabeza anda ocupada con un tema al que estoy intentando dar forma. Pero hoy ya no puedo más. Tengo la imperiosa necesidad de gritar, aullar mi desasosiego, desgalillar hasta la afonía mi garganta expresando mi desconcierto, denunciar un nuevo disparate  y compartir con algún alma gemela la terrible sensación de desánimo, pesimismo y desamparo que me produce la actualidad en nuestro país.

Del mismo modo que quien se ve obligado a introducir las manos en una fosa negra; igual que quien no tiene más remedio que soportar la hediondez profunda que producen los cuerpos de  animales en descomposición;  de manera similar a quien debe soportar el tacto y los miasmas que producen los estercoleros y los vertederos, así me siento yo al transcribir palabras  consideradas hoy poco más o menos que obras maestras de la poesía callejera, de la llamada cultura urbana, que han devenido símbolo actual de la libertad de expresión y objeto de elocuentes y encendidas defensas, desde los individuos más vulgares y zafios, pasando por representantes políticos de las clases populares, hasta las mentes más preclaras de nuestra cultura.

El artista represaliado, del que esta semana todo el mundo habla, responde al nombre de Pau Rivadulla Duró, nacido en Lérida hace 33 años en el seno de una familia acomodada de la burguesía ilerdense. Poeta de estirpe lírica, promesa de la renovación artística, autodefinido como comunista autodidacta, lector impenitente de periódicos deportivos, sin más oficio ni beneficio que su actual protagonismo mediático y judicial, el ínclito, más conocido como Pablo Hasél, ha renovado la estructura del soneto, del verso alejandrino y del serventesio escribiendo en estos términos. Su estilo original y la riqueza y complejidad de sus imágenes  le han convertido en una referencia para los más jóvenes; un camino a seguir.

“¡Merece que explote el coche de Patxi López!”.

“No me da pena tu tiro en la nuca, pepero. Me da pena el que muere en una patera. No me da pena tu tiro en la nuca, socialisto”

“Que alguien clave un piolet en la cabeza de José Bono”.

 “Merece también un navajazo en el abdomen y colgarlo en una plaza”.

“Que li fotin una bomba, que revienten sus sesos y que sus cenizas las pongan en la puerta de la Paeria”.

“Pienso en balas que nucas de jueces nazis alcancen”

“Quienes manejan los hilos merecen mil kilos de amonal”

“Merece también un navajazo en el abdomen y colgarlo en una plaza"

“Si por mí fuera, muerte sería tu sentencia, colgarlo de una plaza quiero, que escondan una bomba mientras come un menú caro, que rompan sus sexos de un disparo,me apetece ver arder su casa y que las paredes del chalet parezcan Gaza”.

“Malnacido, te mereces un tiro, te apuñalaré, me has arruinado, te arrancaré la piel a tiras.”

Según afirman fuentes cercanas a la familia del poeta, tanto el padre como la madre  se sienten muy orgullosos del talento de su hijo, y al mismo tiempo dicen sufrir una profunda tristeza al ver que los poderes del Estado pretenden silenciar de manera tan burda y cruel, tanto la sensibilidad literaria de su Pau como los temas de los que se ocupa el grueso de su obra. Y no es para menos.

De hecho,  los rectores de las ocho universidades públicas catalanas -de las ocho- en las que no estudió Rivadulla,  a través de la Associació Catalana d’Universitats Públiques (ACUP),  difundieron un comunicado oficial el mismo día en que ingresó en prisión el prometedor rapsoda. El comunicado  dice textualmente:

“La fortaleza de un estado democrático se mide por su capacidad para aceptar la crítica y la disidencia, incluso la más descarnada. La libertad de expresión es uno de los derechos fundamentales sin los cuales la democracia deja de serlo para convertirse en un sistema en el que nadie puede estar seguro de que no será perseguido por sus opiniones y creencias, sean políticas, religiosas o de cualquier otra naturaleza.

Desgraciadamente, la libertad de expresión se está viendo seriamente amenazada y no son pocos los casos de personas que han sido perseguidas judicialmente, y en ocasiones condenadas, por sus ideas expresadas a través de la creación artística, la literatura o la música.

Las universidades públicas catalanas reiteramos, como hemos hecho siempre, el uso del diálogo como única vía para canalizar cualquier reivindicación, rechazamos todo tipo de violencia y manifestamos nuestro más firme compromiso con la defensa de los derechos fundamentales y, en estos momentos, especialmente con la libertad de expresión, y nos unimos a las voces que reclaman que se impulsen con urgencia las reformas legales necesarias para garantizar el ejercicio de éste y del resto de los derechos fundamentales en su máxima amplitud.”

Nací en Cataluña hace 56 años. Viví, cuando apenas era un adolescente imberbe, los años de la lucha por la libertad de expresión, aquel tiempo de la censura a “Els Joglars” y el encarcelamiento de Albert Boadella. He estudiado en la universidad y hace treinta años que trabajo en una de esas universidades públicas catalanas que han subscrito el manifiesto que acabo de citar y, nunca, sobre el asunto de la libertad de expresión, nunca una universidad se había expresado en los términos en los que lo ha hecho el pasado 17 de febrero del año 2021, aunque, doy fe, motivos no han faltado.

Ningún rector dijo nada cuando el periodista Xavier Vinader salió del país para escapar de la justicia por una serie de artículos publicados en la revista Interviu. Ningún rector dijo nada cuando Joan Manel Serrat era agredido verbalmente, día tras día, con saña, hace pocos años y vetado por la turba independentista. Ninguna universidad alza la voz  cuando los escritores catalanes que escriben en español son discriminados y considerados en la propia tierra donde nacieron como colonos y ñordos. No se conoce manifiesto ni declaración alguna de ninguna universidad cuando Joan Margarit recibió de manos del rey Felipe VI el premio Cervantes y fue víctima de ataques verbales bochornosos, a pesar de que el recientemente fallecido poeta fuese catedrático de una de esas universidades que ahora, de modo vergonzante, turbador y hasta inquietante, da la cara por un tipo cuyo principal mérito consiste en no tener mérito alguno; cuya principal actividad consiste en el odio visceral, el enaltecimiento de la tiranía y el terrorismo, la defensa vulgar, zafia y grosera de su propia, exclusiva y sectaria libertad de expresión.

¿De verdad las universidades públicas catalanas tenían la necesidad de romper una lanza en favor de un tipo mediocre, ordinario, violento, que representa y promueve todo lo contrario a los valores universitarios?

¿De verdad creen Javier Lafuente, Joan Guardia, Joquim Salvi, Francesc Torres, Jaume Casals, Maria José Figueras, Jaume Puy i Josep Planell que firmando un manifiesto en defensa de la libertad de expresión el mismo día que encarcelan al agitador Pablo Hasél están defiendo la libertad de expresión?

¿Sienten los rectores de las universidades catalanas algún tipo de responsabilidad por los disturbios protagonizados por jóvenes, que acaecen cada noche en las cuatro capitales catalanas desde el día 17 de febrero, fecha de la firma del manifiesto?

¿Están convencidos los rectores de que su iniciativa aporta algún valor a la sociedad?

¿Son conscientes los rectores de que la defensa institucional de Pablo Hasél por parte del sistema universitario catalán supone un serio agravio comparativo al esfuerzo intelectual que realizan a diario profesores, profesoras y sus estudiantes y , sobre todo, hacia tantísimos intelectuales y artistas que tuvieron que exiliarse o que sufrieron cárcel y muerte por expresarse libremente?

¿No han pensado en el agravio que supone su posicionamiento  hacia  los escritores, pensadores, científicos de otros lugares del mundo que están sufriendo represión y que se juegan la vida por expresarse sin censura?

Y sobre todo, ¿A qué misteriosas e inconfesables presiones han tenido que plegarse los rectores y rectoras de la Universitat de Barcelona, de la Univeritat Autónoma de Barcelona, de la Universitat Pompeu Fabra, de la Universitat Politècnica de Catalunya, de la Universitat de Girona, de la Universitat Rovira i Virgili , de la Universitat de Lleida i de la Universitat Oberta de Catalunya para elaborar y difundir el comunicado más extraño, extemporáneo, humillante y humillado de la historia reciente de la universidad catalana?

No doy crédito, de verdad. Me siento triste y desanimado, profundamente desazonado. Probablemente estemos ya a medio camino de una pendiente que nos conduce vertiginosamente hacia una decadencia de consecuencias irreversibles.

Sí, así es,  la universidad pública con Pablo Hasél.