lunes, 22 de febrero de 2021

Las universidades catalanas y Pablo Hasél

Me había propuesto no escribir durante unas semanas porque mi cabeza anda ocupada con un tema al que estoy intentando dar forma. Pero hoy ya no puedo más. Tengo la imperiosa necesidad de gritar, aullar mi desasosiego, desgalillar hasta la afonía mi garganta expresando mi desconcierto, denunciar un nuevo disparate  y compartir con algún alma gemela la terrible sensación de desánimo, pesimismo y desamparo que me produce la actualidad en nuestro país.

Del mismo modo que quien se ve obligado a introducir las manos en una fosa negra; igual que quien no tiene más remedio que soportar la hediondez profunda que producen los cuerpos de  animales en descomposición;  de manera similar a quien debe soportar el tacto y los miasmas que producen los estercoleros y los vertederos, así me siento yo al transcribir palabras  consideradas hoy poco más o menos que obras maestras de la poesía callejera, de la llamada cultura urbana, que han devenido símbolo actual de la libertad de expresión y objeto de elocuentes y encendidas defensas, desde los individuos más vulgares y zafios, pasando por representantes políticos de las clases populares, hasta las mentes más preclaras de nuestra cultura.

El artista represaliado, del que esta semana todo el mundo habla, responde al nombre de Pau Rivadulla Duró, nacido en Lérida hace 33 años en el seno de una familia acomodada de la burguesía ilerdense. Poeta de estirpe lírica, promesa de la renovación artística, autodefinido como comunista autodidacta, lector impenitente de periódicos deportivos, sin más oficio ni beneficio que su actual protagonismo mediático y judicial, el ínclito, más conocido como Pablo Hasél, ha renovado la estructura del soneto, del verso alejandrino y del serventesio escribiendo en estos términos. Su estilo original y la riqueza y complejidad de sus imágenes  le han convertido en una referencia para los más jóvenes; un camino a seguir.

“¡Merece que explote el coche de Patxi López!”.

“No me da pena tu tiro en la nuca, pepero. Me da pena el que muere en una patera. No me da pena tu tiro en la nuca, socialisto”

“Que alguien clave un piolet en la cabeza de José Bono”.

 “Merece también un navajazo en el abdomen y colgarlo en una plaza”.

“Que li fotin una bomba, que revienten sus sesos y que sus cenizas las pongan en la puerta de la Paeria”.

“Pienso en balas que nucas de jueces nazis alcancen”

“Quienes manejan los hilos merecen mil kilos de amonal”

“Merece también un navajazo en el abdomen y colgarlo en una plaza"

“Si por mí fuera, muerte sería tu sentencia, colgarlo de una plaza quiero, que escondan una bomba mientras come un menú caro, que rompan sus sexos de un disparo,me apetece ver arder su casa y que las paredes del chalet parezcan Gaza”.

“Malnacido, te mereces un tiro, te apuñalaré, me has arruinado, te arrancaré la piel a tiras.”

Según afirman fuentes cercanas a la familia del poeta, tanto el padre como la madre  se sienten muy orgullosos del talento de su hijo, y al mismo tiempo dicen sufrir una profunda tristeza al ver que los poderes del Estado pretenden silenciar de manera tan burda y cruel, tanto la sensibilidad literaria de su Pau como los temas de los que se ocupa el grueso de su obra. Y no es para menos.

De hecho,  los rectores de las ocho universidades públicas catalanas -de las ocho- en las que no estudió Rivadulla,  a través de la Associació Catalana d’Universitats Públiques (ACUP),  difundieron un comunicado oficial el mismo día en que ingresó en prisión el prometedor rapsoda. El comunicado  dice textualmente:

“La fortaleza de un estado democrático se mide por su capacidad para aceptar la crítica y la disidencia, incluso la más descarnada. La libertad de expresión es uno de los derechos fundamentales sin los cuales la democracia deja de serlo para convertirse en un sistema en el que nadie puede estar seguro de que no será perseguido por sus opiniones y creencias, sean políticas, religiosas o de cualquier otra naturaleza.

Desgraciadamente, la libertad de expresión se está viendo seriamente amenazada y no son pocos los casos de personas que han sido perseguidas judicialmente, y en ocasiones condenadas, por sus ideas expresadas a través de la creación artística, la literatura o la música.

Las universidades públicas catalanas reiteramos, como hemos hecho siempre, el uso del diálogo como única vía para canalizar cualquier reivindicación, rechazamos todo tipo de violencia y manifestamos nuestro más firme compromiso con la defensa de los derechos fundamentales y, en estos momentos, especialmente con la libertad de expresión, y nos unimos a las voces que reclaman que se impulsen con urgencia las reformas legales necesarias para garantizar el ejercicio de éste y del resto de los derechos fundamentales en su máxima amplitud.”

Nací en Cataluña hace 56 años. Viví, cuando apenas era un adolescente imberbe, los años de la lucha por la libertad de expresión, aquel tiempo de la censura a “Els Joglars” y el encarcelamiento de Albert Boadella. He estudiado en la universidad y hace treinta años que trabajo en una de esas universidades públicas catalanas que han subscrito el manifiesto que acabo de citar y, nunca, sobre el asunto de la libertad de expresión, nunca una universidad se había expresado en los términos en los que lo ha hecho el pasado 17 de febrero del año 2021, aunque, doy fe, motivos no han faltado.

Ningún rector dijo nada cuando el periodista Xavier Vinader salió del país para escapar de la justicia por una serie de artículos publicados en la revista Interviu. Ningún rector dijo nada cuando Joan Manel Serrat era agredido verbalmente, día tras día, con saña, hace pocos años y vetado por la turba independentista. Ninguna universidad alza la voz  cuando los escritores catalanes que escriben en español son discriminados y considerados en la propia tierra donde nacieron como colonos y ñordos. No se conoce manifiesto ni declaración alguna de ninguna universidad cuando Joan Margarit recibió de manos del rey Felipe VI el premio Cervantes y fue víctima de ataques verbales bochornosos, a pesar de que el recientemente fallecido poeta fuese catedrático de una de esas universidades que ahora, de modo vergonzante, turbador y hasta inquietante, da la cara por un tipo cuyo principal mérito consiste en no tener mérito alguno; cuya principal actividad consiste en el odio visceral, el enaltecimiento de la tiranía y el terrorismo, la defensa vulgar, zafia y grosera de su propia, exclusiva y sectaria libertad de expresión.

¿De verdad las universidades públicas catalanas tenían la necesidad de romper una lanza en favor de un tipo mediocre, ordinario, violento, que representa y promueve todo lo contrario a los valores universitarios?

¿De verdad creen Javier Lafuente, Joan Guardia, Joquim Salvi, Francesc Torres, Jaume Casals, Maria José Figueras, Jaume Puy i Josep Planell que firmando un manifiesto en defensa de la libertad de expresión el mismo día que encarcelan al agitador Pablo Hasél están defiendo la libertad de expresión?

¿Sienten los rectores de las universidades catalanas algún tipo de responsabilidad por los disturbios protagonizados por jóvenes, que acaecen cada noche en las cuatro capitales catalanas desde el día 17 de febrero, fecha de la firma del manifiesto?

¿Están convencidos los rectores de que su iniciativa aporta algún valor a la sociedad?

¿Son conscientes los rectores de que la defensa institucional de Pablo Hasél por parte del sistema universitario catalán supone un serio agravio comparativo al esfuerzo intelectual que realizan a diario profesores, profesoras y sus estudiantes y , sobre todo, hacia tantísimos intelectuales y artistas que tuvieron que exiliarse o que sufrieron cárcel y muerte por expresarse libremente?

¿No han pensado en el agravio que supone su posicionamiento  hacia  los escritores, pensadores, científicos de otros lugares del mundo que están sufriendo represión y que se juegan la vida por expresarse sin censura?

Y sobre todo, ¿A qué misteriosas e inconfesables presiones han tenido que plegarse los rectores y rectoras de la Universitat de Barcelona, de la Univeritat Autónoma de Barcelona, de la Universitat Pompeu Fabra, de la Universitat Politècnica de Catalunya, de la Universitat de Girona, de la Universitat Rovira i Virgili , de la Universitat de Lleida i de la Universitat Oberta de Catalunya para elaborar y difundir el comunicado más extraño, extemporáneo, humillante y humillado de la historia reciente de la universidad catalana?

No doy crédito, de verdad. Me siento triste y desanimado, profundamente desazonado. Probablemente estemos ya a medio camino de una pendiente que nos conduce vertiginosamente hacia una decadencia de consecuencias irreversibles.

Sí, así es,  la universidad pública con Pablo Hasél.

jueves, 4 de febrero de 2021

El efecto Bernoulli

 


Me lo contó hace unos días una persona de confianza, a la que tengo por ponderada y poco dada a los excesos. Tanto da el país donde ocurrió, o la adscripción ideológica del protagonista, porque lo realmente significativo de esta historia es que se podría haber producido en cualquier sitio y con un líder político escogido al azar.

Tal y como señala mi amigo, quizás sí que es importante inferir que lo acaecido tuvo lugar en época preelectoral, lo cual, en honor a la verdad, tampoco es decir gran cosa, porque la sufrimos a diario durante los doce meses del año. Sea como fuere, la cosa es que, recientemente, el gobierno en cuestión decidió enviar a sus respectivos ministros, consejeros o secretarios de Estado (la nomenclatura también resulta indiferente)  a visitar los lugares estratégicos de sus respectivos ámbitos de competencias con el fin de conocer en primera persona las potencialidades del país y las necesidades de las instituciones, personas y empresas que lideran cada una de esas áreas.  Una iniciativa, por otro lado, un tanto extraña, pues, a la sazón, sus responsabilidades gubernamentales venían realizándose desde hacía ya unos diez años.

De hecho, parece ser que  algunos de los ministros, consejeros o secretarios de Estado no acababan de entender bien el hecho de que con la legislatura finiquitada, su cargo en funciones, y la mayoría con los dos pies fuera de sus respectivos despachos, tuviesen que  perder el  tiempo en una actividad semejante y dejar de invertirlo en gestionar debidamente su recolocación, bien  en otros lugares de la administración, o bien en empresas que estarían encantadas de aprovechar sus capacidades para establecer puentes de valor proclives a sus cuentas de resultados.

Dado este contexto, mi amigo, que trabaja como profesor e investigador en una universidad,  me explicó que el honorable consejero de innovación tecnológica llegó a su laboratorio, acompañado de todo su séquito, poco después de las cuatro de la tarde. Había estado preparando la visita durante toda una semana. El honorable señor consejero quería conocer en primera persona las potencialidades aeroespaciales de su país. Su gabinete había dado instrucciones claras sobre el guion de la visita y a su vez, la universidad le había facilitado el perfil tanto de de las personas a las que conocería, como un breve resumen de los proyectos más relevantes.

De manera que un selecto grupo de  ingenieros, doctores en ingeniería y catedráticos en ingeniería aeroespacial  preparó con esmero  y esperó  impaciente la primera visita que un honorable consejero de innovación tecnológica de su país efectuaba a su laboratorio. Al cabo de siete días, tal y como estaba previsto, puntualmente, allí apareció, enmascarado preceptivamente junto a toda su corte. Porque un consejero –me explica mi amigo- nunca se mueve sólo. Siempre va acompañado, como mínimo, de su jefe de gabinete, de su jefe de prensa, de  su  director general,  de su fotógrafo, de su guardaespaldas y de su chófer, sin perjuicio de sumar al séquito, si lo cree conveniente, a toda persona que considere a bien invitar

Un instante después de la entrada en el laboratorio, nuestro hombre ya había ocupado el centro de la escena. El plan era que cada uno de los investigadores aeroespaciales convocados le explicasen  brevemente los proyectos en los que estaban involucrados, como por ejemplo, el lanzamiento  al espacio de pequeños satélites, el diseño de tecnologías para una propulsión más eficiente, el estudio de la llamada órbita baja, o la modelización de nuevos perfiles para las alas de los aviones con el fin de minimizar las afectaciones de las turbulencias en la aerodinámica.

Tal y como me explica mi amigo, durante los veinte primeros minutos el honorable consejero solamente escuchaba. De vez en cuando tomaba algún objeto con las manos que le parecía sofisticado y miraba al fotógrafo.

Llegados a este punto, justo en el momento en que el investigador explicaba cómo afectaban las turbulencias al consumo de los aviones,  el señor honorable consejero de innovación tecnológica le interrumpió sin miramientos y adelantando ostensiblemente la mano hacia adelante, en gesto imperativo de  stop, se dirigió a él en estos términos. “Me vas a perdonar, pero aprovechando que estoy aquí necesito que me respondas a una cuestión que siempre me ha rondado por la cabeza. Yo viajo mucho; soy como la canción; esa tan graciosa que dice volando voy volando vengo, je je,  tanto por placer como por trabajo, y cuando estoy en pleno trayecto o cuando despegamos,  intento  explicarme  por qué un avión se sostiene en el cielo. O sea, mejor dicho, por qué vuelan los aviones. Eso es. La pregunta clave sería ¿ Por qué vuelan los aviones?”

Y entonces, ante el estupor de todos los presentes, no contento con la estupidez de su pregunta, y más teniendo en cuenta el contexto y el carácter tanto de la visita como de  la naturaleza de su cargo, desdeñando todo  sentido del pudor y del ridículo,  abrió los brazos y empezó a agitarlos imitando el movimiento de las alas de  un pájaro, al tiempo que seguía diciendo “¿Por qué, por qué?¿Cómo diablos puede volar un avión?” Al ver que nadie osaba responderle, el honorable consejero insistió en su interrogatorio, compuesto por una única pregunta, mientras continuaba con la agitación obstinada de sus extremidades, arriba y abajo, abajo y arriba. El fotógrafo, con muy buen criterio, y haciendo gala de un encomiable sentido común, se mantuvo en un discreto segundo plano, sin disparar su cámara, mientras, atónito, observaba la escena con la misma estupefacción que asoló a todos los presentes.

Finalmente, el investigador, entre  avergonzado y visiblemente afectado ante la situación tan desconcertante, respondió descorazonado “Los aviones vuelan gracias a la fuerza de sustentación, al llamado efecto Bernoulli”. El honorable consejero frunció el entrecejo. La mascarilla impedía adivinar la expresión de su rostro, pero todo el mundo percibió que la respuesta no le satisfizo. “¡No me venga ahora usted con tecnicismos!” repuso, “¡lo que yo necesito es que alguien me explique por qué vuela un avión!” Todos los allí presintieron que aquella circunstancia insospechada   podía echar a perder toda la visita, de manera que mi amigo, presto,   acercó una hoja de papel a su compañero y éste, entendiendo inmediatamente la idea, la tomó con las dos manos, la dispuso bajo los labios y empezó a soplar por encima de la superficie blanca

Viendo que gracias al aire que surgía de la boca del investigador  la hoja de papel se levantaba y se mantenía en horizontal retando milagrosamente a la fuerza de la gravedad, súbitamente  los ojos del señor consejero se abrieron sorprendidos. “¡Vaya!, así que es por eso! Ya lo decía mi abuela, cada día se aprende algo nuevo. Oiga, muchas gracias, la visita de hoy ha resultado de lo más útil. Jamás olvidaré este lugar, ténganlo por seguro”.

Dicho lo cual, el honorable consejero miró el reloj y dirigiéndose a su jefe de gabinete le informó de que tenían que seguir con la agenda del día, y que la visita había terminado. “ Ya saben…” dijo, guiñando un ojo, “volando voy, volando vengo, je je.” Según me cuenta mi amigo, segundos antes de abandonar las instalaciones universitarias, ya en la puerta del Lexus dorado que le transporta,  les explicó a todos su manía con la puntualidad y les informó de que se dirigía con renovada ilusión a visitar un centro de investigación náutico y que estaba ansioso por saber, por fin, por qué un transatlántico, un portaaviones, un crucero o un petrolero flotan. “Para mí es todo un misterio, oigan.”

Y sin más aconteceres, el honorable consejero partió hacia el puerto de Barcelona. Esta breve historia que he relatado, con más o menos fortuna,  es la transcripción fiel de la crónica que me he explicó mi amigo, un tipo ponderado, equilibrado y, como digo, poco dado a los excesos, enemigo radical de la exageración.

miércoles, 27 de enero de 2021

¡Larga vida a la revolución alfabética!

El 2 de enero de este  prometedor 2021 decidí que se daban las condiciones tanto cuantitativas como cualitativas para hacer la revolución, de manera que sin más armas que mis brazos, la voluntad , la conciencia de clase y una pizca  de insensatez,  me dispuse a enfrentar  heroicamente  el cambio radical de régimen en mi biblioteca.

Al tomar una decisión de este calibre es necesario actuar con audacia, aprovechar la ventaja  del efecto sorpresa y sorprender al enemigo con las defensas relajadas para que, en cuestión de horas, el antiguo régimen dé  paso a una nueva era.

Y es que la situación se había hecho insostenible. Durante décadas, todos los libros que conviven en casa se habían acostumbrado a una distribución que obedecía a la arbitrariedad, atendiendo más a criterios subjetivos influenciados por algunas malas costumbres que, tal y como ocurre en cualquier sociedad o civilización, acabaron por socavar la estabilidad, colocando mi hogar al borde del desgobierno, de una anarquía sin Dios, Estado ni patrón.

Esta tesitura  dio pie -como no podía ser de otro modo- a innumerables vicios o pruebas de auténtica amoralidad  aristocrática, como por ejemplo la ostentación, un positivismo decimonónico demasiado proclive a la taxonomía, y lo que es peor, un nacionalismo que atendía más al lugar de nacimiento que al contenido de las obras, al carácter o pensamiento de sus  autores, o a las circunstancias que acontecieron en el momento creativo; una distribución, en fin, ajena a  toda lógica materialista, perniciosa y deleznable,  se mire como se mire.

De hecho,  a partir del pasado día dos Germinal Nivoso de  mi año nuevo revolucionario sometí a los libros de mi biblioteca a un régimen alfabético, en el que nadie es más que nadie, en el que  la igualdad prevalece frente  la libertad, pero en el  que todos se sienten libres porque  todos ocupan su lugar según un nuevo orden moral emancipador, cuya principal virtud  consiste en la instauración  de un orgullo de pertenencia por encima de cualquier otra consideración.

Atrás quedan ya los anaqueles del privilegio, consentidos y espaciosos, en los que algunos, desde la prerrogativa de  su acomodada altura media,  se jactaban de mis favoritismos, mientras otros debían permanecer amontonados  en un abigarramiento insano,  a todas luces injusto, diría que indigno e  infrahumano.

Pero eso se acabó,  porque Los Marcel Proust, los Iñaki  Uriarte, los Javier Gomá y los Ramiro Pinilla  tendrán que aprender a convivir con sus congéneres, tal y como marca la letra inicial de su primer apellido, ya sean sus vecinos poetas, filósofos o novelistas; advenedizos del mercado editorial, impostores de la novela histórica o mistérica, plumillas bienintencionados o  juntaletras de tres al cuarto, quienes, por mor de su nombre artístico o bautismal percibirán  a partir de este año el contacto permanente de lomos  tan profundamente  amados en el antiguo régimen, pero ahora obligados a aprender -no sólo a comprender, sino también a valorar- las bondades de lo común, y en algunos casos de la medianía.

Tras este golpe de timón no hay vuelta atrás. Debemos hacer todos un esfuerzo por asumir que vivimos en un  tiempo nuevo y, por lo tanto, lo mejor para todos es aceptarlo cuanto antes y sobre todo, resaltar y disfrutar de  sus ventajas, criticar sin compasión aquel sindiós de la caducada y decadente administración que, por ejemplo, mantenía, sin más razón que un absurdo  morbo, la obra de  Antonio Muñoz Molina junto a  la de Javier Marías, todo por ver si se desataban las hostilidades sobre la estantería; todo  por la esperanza vacua de revivir y  asistir al célebre enfrentamiento que mantuvieron ambos en el periódico  'El país' a cuenta del cine de Tarantino. Ahora, aunque Muñoz Molina y Marías comparten inicial en el apellido, gracias al levantamiento alfabético, el gran Juan  Marsé actuará de dique de contención, incluso si se me apura, de nexo de unión.

De este modo, Manolo Reyes se convertirá en insospechado árbitro mediador entre el narrador de Todas las almas y, por ejemplo,  Beltenebros. En el caso de que finalmente el Pijoaparte no se haga con la situación, convocaremos a filas  al mismísimo Karl Marx, que ahora, por supuesto, y de manera ejemplar, a no ser que los cien mil hijos de San Luis lo remedien, deja la compañía de otros filósofos y vive, ya, durante el resto de sus días, acompañado, de Robert Mussil, Herman Melville, Norman Mailer, Gregorio Morán, Luis Martín-Santos, o del poeta sabadellense  Víctor Mañosa,  entre  otros muchos, pues la letra M ha resultado ser superpoblada.

Si bien se piensa, el hecho de que los filósofos abandonen su torre de marfil  y se mezclen entre el populacho gracias a la rebelión alfabética, no trae más que ventajas recíprocas para unos y para otros, pero sobre todo para la humanidad. Así, tenemos todo un Platón viéndoselas con  Pérez Galdós, o todo un Camus junto a Fidel Castro, a Hanna  Arendt acompañando a Paul Auster o al mismísimo Escohotado, codo con codo, junto a Engels, por enumerar algunas de las nuevas compañías que, como se dice ahora, estoy seguro de que generaran ricas y fructíferas sinergias.

Como no podía ser de otro modo, la estantería de autores rusos desaparece. Este es  un hecho de gran alcance que ilustra perfectamente  la radicalidad en la determinación en el  establecimiento de una nueva era en mi biblioteca. Tolstoi, Dostoviesky, Goncharov, Turgeniev, Pushkin, Chejov, Gogol, Bulgákov,  Gorki o Sholojov… abandonan su cómoda dacha de verano en los amplias y verdes repisas que forman los armarios inferiores y han pasado a compartir sus existencias con Ruben Darío, Luigi Pirandello, Rafael Chirbes, Torrente Ballester,  Gramsci o  Roberto Bolaño, por citar algunos de sus nuevos camaradas.

Tampoco tenía mucho sentido mantener aislados a los poetas, dentro de su  propio ombligo. ¿Acaso queremos que en su tendencia al lirismo exacerbado  resuelvan retornar al útero materno? ¿Es que no son humanos? ¿Su reino no es de este mundo? ¿No pueden el resto de mortales ser testigos de sus accesos místicos, de sus levitaciones? ¡Por supuesto! Ha llegado la hora de la caricia prosaica sobre la  poesía. Luis Cernuda vive con Truman Capote, Antonio Machado con Henry Miller, Federico García Lorca acompaña a Graham Green,  Miguel Hernández se hace cargo de Thomas Hobbes, Mario Benedetti caminará de la mano de Thomas Bernhard, Joan Margarit recitará sus versos  a Mujica Laínez,  y así un largo etcétera de  hermanamiento, si no deseado, sí necesario, que  proporcionará al conjunto de la humanidad amplios espacios de encuentro para la concordia entre los géneros.

¡Y qué decir tiene de la Historia y sus narradores! ¿O quizá sea más preciso referirnos a ellos como analistas, o incluso historiadores, exégetas del pasado, siervos de sus dueños o esclavos de sus principios? Allí estaban, junto a los diccionarios, en el norte  occidental de mi biblioteca, Judt, Tuñon de Lara, Hobswan, Fontana, Vilar, Vives, Carr, Livio, Kershaw, Villacañas, Sternhell, Maquiavelo y un escueto etcétera que persiste en recordarme de dónde vengo para ayudarme a decidir a dónde voy. Ahora, en este memorable Germinal Nivoso, esta pléyade de la historia del tiempo alienta a  poetas, filósofos o novelistas como Joyce y Llamazares, Flaubert y Wolf, Carpentier o Kafka, Voltaire y Stendhal, y hasta el mismísimo Homero . Aunque ¿Quién le va a hablar de Historia al pobre Homero si él es la misma Historia? Esta es una cuestión que debo resolver. Quizás deba excluirle  del proceso innovador  revolucionario y crear un paraíso donde habiten, sin responder al fisco, todos los clásicos de la antigüedad. Ya veremos.

Sea como fuere, tal y como se puede comprobar, finalmente he conseguido que el mundo cambie. Tanto es así que en la caso improbable de que  malpensados escépticos  quisiesen poner alguna pega al nuevo régimen, buscando grietas en el terreno de las incoherencias, infiriendo  supuestas y ocultas jerarquías, le mostraría una prueba incontrovertible, concretada en los  primeros volúmenes  de mi biblioteca, “El cantar del Mío Cid“ “El lazarillo de Tormes”, “Las mil y una noches” y “Heike Monogatari” ,un  cuarteto anónimo que representa con la fuerza del ejemplo la humildad de la autoría desconocida, estandarte del  verdadero sentido igualitario de mi política, fuente de justicia libresca, palanca de transformación social y acicate de fecundas relaciones.

Para terminar con esta crónica somera del triunfo de la revolución alfabética, daré cuenta de los rumores que me llegan al respecto de un grupo disidente de quintacolumnistas que,  descontentos con tanto barullo, pretende socavar desde dentro  los logros del movimiento insurreccional. Según mis fuentes, este grupúsculo  intenta difamar el movimiento revolucionario alfabetista con el argumento de que, si no  la mayoría, sí muchos de ellos, los libros continúan amontonados, unos sobre otro, en condiciones poco dignas, o al menos, igual de precarias que los días anteriores a los gloriosos acontecimientos del Germinal. Aducen que ordenados sí que están, sí,  pero amontonados. De manera que ya hay voces que se preguntan ¿Igualdad?¿ para qué?

Mi estrategia pasa por permitir ciertos  desahogos,  con el fin de que ellos mismos, poco a poco, vayan disfrutando de  las ventajas del nuevo régimen. Cuando finalmente  descubran  que en realidad,  el problema es el espacio, el nuevo régimen se habrá consolidado y ya nada, ni nadie, ni siquiera el peligrosísimo Gustavo Bueno, cuestionará con sus preguntas inquisitoriales esta nueva realidad, inmarcesible, fértil y benefactora. ¡Viva la revolución!

FOTO: Es mi altar. Son todos los que estan, pero no están todos los que son.

miércoles, 13 de enero de 2021

Prácticas ingenuas de historia política comparada

 


Fascismo: Movimiento político y social de carácter totalitario y nacionalista fundado en Italia por Benito Mussolini después de la I Guerra Mundial. Doctrina de carácter totalitario y nacionalista de este movimiento y otros similares en otros países. El fascismo se caracteriza por la explotación en su favor de los sentimientos de miedo y frustración de la población para exacerbarlos a través de la violencia, la represión o la propaganda.
Fascista: Que es partidario del fascismo

El próximo año se cumplirá un siglo desde que Benito Mussolini ocupase la jefatura del gobierno italiano. Efectivamente, en 1922 el fascismo se hizo con su lugar en la Historia. Su autoridad  nacionalista, tiránica y dictatorial se prolongaría en Italia durante dos décadas, hasta poco antes de finalizar la II Guerra Mundial. Gracias a la movilización  violenta y permanente de sus seguidores convocados por él mismo bajo el lema “Hagamos grande Italia, un pueblo un Estado”; gracias a la subversión y utilización en su provecho  de  las normas democráticas y, finalmente, gracias al apoyo de la gran burguesía terrateniente e industrial, que temía las consecuencias para sus negocios y sus privilegios ante la pujanza de las fuerzas de izquierda, y a pesar de contar con apenas un puñado de diputados en el parlamento italiano,  Mussolini se hizo con el poder.

Histriónico, maleducado, mesiánico, inculto, incapaz de empatizar, hábil y perverso manipulador de la realidad, antisocial, presuntuoso, delirante, narcisista, grandilocuente, explotador, misógino, arrogante, soberbio, amoral, violento, egoísta, racista y necio. Este podría ser el retrato etopéyico  de Mussolini. Hay quien dice que esta sería la descripción del carácter  propio de un enfermo, víctima de una patología mental. Yo creo que no. Sencillamente  es el dibujo somero  de una mala persona.

Ahora, busquemos un dirigente político contemporáneo  al que podamos vestir con toda esa serie de virtudes. ¡Extacto! ¡Donald Trump! Matizando el contexto histórico y geopolítico en el que ambos actúan, Mussolini y Trump son rostros que surgen del mismo molde. Incluso sus modos, la gestualidad, esa pose arrogante y desafiante con que se dirigen a seguidores y detractores construyen un mismo perfil y una mismo carácter en dos personas diferentes.

Me pregunto quién querría tener por vecino a un tipo con estas mismas características, quién lo querría a su lado como amigo o compañero; quién le confiaría, por ejemplo, ni tan siquiera la presidencia de la comunidad de vecinos durante un solo año… Y sin embargo, más de 70 millones de personas le han votado para que dirija el país más poderoso del mundo. Mussolini entró en Roma con 40.000 camisas negras. Buena parte del pueblo italiano lo adoraba.

Mussolini y Trump son producto del péndulo de la Historia. Ambos se sitúan en el mismo extremo. De ahí que me resulte difícil entender  por qué hemos asumido que Donald Trump ha fundado un nuevo modo de escribir la Historia, de ejercer el poder o de hacer política bautizado como  trumpismo, cuando en realidad es un fascista paradigmático.

Efectivamente, Donald Trump es hijo legítimo de Benito Mussolini. Sus seguidores, que invadieron el pasado día 6 de enero  el capitolio y muchos otros que salen a la calle a diario,  armados,  amenazando a los que no piensan como ellos, son su squadra. No hay nada nuevo bajo el sol. Por mucho que en nuestra estúpida y arrogante posmodernidad nos empeñemos en deconstruir la sopa de ajo y la tortilla a la francesa sin utilizar ni ajo ni huevo, es necesario insistir: no es trumpismo, es fascismo.

Y es que, al igual que Trump, Benito Mussolini -y después Hitler- fueron una amenaza para el mundo y para la  democracia. El fascismo cosecha los peores sentimientos de las personas, los procesa y manipula exhaustivamente en clave nacionalista; señala y amenaza abiertamente al oponente; se arroga la propiedad del pueblo; personaliza la solución a los problemas en un caudillo salvador; utiliza las instituciones democráticas para legitimarse y más tarde destruirlas; manipula la verdad; apela a un pasado mítico de grandeza; su programa se resume en la  recuperación de  esa supuesta grandeza;  demoniza a las élites pero en realidad surge para conservar sus privilegios. Los fascistas se apoderan de los símbolos colectivos de la nación. Para un fascista, el pueblo es el cuerpo del Estado y el Estado es el espíritu del pueblo: la identificación de partido y nación es absoluta e indisoluble, de manera que quien no comulgue con sus postulados se convierte automáticamente en antipatriota, en enemigo del pueblo.

La influencia global de la política norteamericana es tal que ningún lugar del mundo ha escapado a su influjo. La presidencia del Mussolini norteamericano durante estos últimos cuatro años ha reforzado a los movimientos fascistas europeos y sudamericanos. Bolsonaro, Le Pen, Salvini, Orbán, Gilders, Baudet… son algunos ejemplos. Los medios de comunicación, los think tank y  periodistas e intelectuales afines trabajan a diario para posicionar su mensaje.

Por supuesto, España, el único país europeo junto a Portugal donde después de la II Guerra Mundial arraigó y gobernó el fascismo en su peculiar forma franquista durante cuatro décadas, no es una excepción. La llamada foto de Colón  se ha convertido en  un icono o en un lugar común  que muestra en una sola imagen las diferentes gradaciones del fascismo contemporáneo de cuño español. Los tres partidos allí representados comparten gobierno en tres comunidades autónomas, Madrid, Andalucía y Murcia, aunque por su tono, por su estilo, por su retórica y el descaro con que enarbolan simbologías o reivindican nuestra pasada dictadura, quien mejor representa al fascismo español es el VOX  de Santiago Abascal.

Sin embargo, camuflados en una oratoria ampulosa, caramelizada de desobediencia civil revolucionaria; agitando una bandera sectaria junto  al supuesto derecho a una falseada democracia directa y popular; utilizando en su beneficio todo tipo de símbolos,  personajes y movimientos históricos revolucionarios, apoyado por una movilización constante en las calles, con gran protagonismo de  las falanges  de la CUP y la Assemblea Nacional de Catalunya, el fascismo se ha colado también en Cataluña  de la mano del independentismo.

De hecho, desde el intento de Golpe de Estado el  23 de febrero de 1981 no se había producido otro intento de subversión de la legalidad democrática en España hasta el 6 y 7 y de septiembre de 2017, días en los que la mitad de los diputados del parlamento autonómico de Cataluña pergeñaron una legalidad paralela contraviniendo el Estado de Derecho y  toda norma democrática,  con los hechos consecuentes y posteriores de intento de asalto al mismo Parlament, la invasión y ocupación de la Delegación del Gobierno, la ocupación masiva del Aeropuerto internacional del Prat, el corte de la frontera de la Junquera entre Francia y España, y los ulteriores disturbios de Barcelona, bautizados con gozoso orgullo por los grupos CDR como “La Batalla de Urquinaona” tras la sentencia condenatoria a los líderes del procès... por citar los hechos más relevantes.

Toda una lección para los fascistas de Trump. Cualquiera puede invertir unos minutos en encontrar, desde la óptica del Estado de Derecho y de un sistema democrático occidental, las diferencias que existen  entre la actuación de Trump y sus seguidores y los líderes independentistas catalanes y sus acólitos. Más allá de las  peculiaridades obvias, debido a su contexto,  no hallará muchas. Ni siquiera en el modus operandi y mucho menos en la base de su narrativa política y de su discurso. Yo -si se me permite- señalo las coincidencias:  Exacerbación de los sentimientos nacionales; negación y subversión de una legalidad democrática que no les resulta propicia; movilización violenta parapolítica; identificación del partido con el supuesto espíritu del pueblo; negación de la lucha de clases; inefabilidad del líder  y seguimiento incuestionable al caudillo; apelación a una supuesta grandeza pasada; promesa de recuperación de esa grandeza; utilización sectaria y partidista de las instituciones y de los símbolos nacionales; creación de instituciones propias y paralelas que sustituyen a las democráticas votadas en sufragio universal; creación de una fuerza popular de choque que mantenga la tensión política en las calles (los CDR); demonización del oponente; creación de sindicatos verticales afines; entrismo en la red institucional, cultural, cívica y social;  argumentación falseada; irritación sentimentaloide exagerada; autoconvencimiento mesiánico; violencia verbal; xenofobia, racismo y supremacismo.

Tan fascista es este movimiento que el último presidente de la Generalitat, Quim Torra, actualmente inhabilitado, fue nombrado President a sabiendas de que es el autor de nada más y nada menos que de 444 artículos periodísticos de carácter racista, xenófobo y supremacista. Tanto es así que el Presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona, actual candidato número tres de la lista de JxCat  por Barcelona al Parlament de Catalunya, y posible futuro President si este partido gana las elecciones y Laura Borras (la segunda de la lista) es inhabilitada, se ha declarado públicamente, en varias ocasiones, admirador de Donald Trump y de sus políticas. Tanto es así, que Artur Mas, llamado por sus seguidores El timonel, utilizó para la campaña electoral  del 2012 el lema “La voluntad de un pueblo”. Tanto es así que la expresidenta del Parlament, Carme Forcadell, se desgañitó  en actos públicos asegurando que catalán sólo es quien quiere la independencia de Cataluña. Tanto es así que Joan Tardà, en pleno auge del movimiento independentista, gritó a los estudiantes de la Universidad de Barcelona que quien no apoyase la causa era un traidor a la patria. Tanto es así que Carles Puigdemont, responsable de la Declaración Unilateral de Independencia,  mantiene una relación fluida con los líderes de la extrema derecha flamenca, quienes en repetidas ocasiones han expresado públicamente su apoyo al procès. Tanto es así que Mateo Salvini, líder fascista italiano, se apresuró a fotografiarse con una bandera  estelada, la bandera independentista catalana…

Después del intento de ocupación del Capitolio en Washington por parte de los camisas negras de Donald Trump, el futuro de lo que va ocurrir es incierto. Hoy, el Congreso debate su cese con la presencia de un importante contingente de la Guardia Nacional. A pesar de que el apoyo popular al Mussolini estadounidense  es muy grande -mayoritario en algunos Estados- esperemos que los EEUU  aguanten el envite del fascismo, porque la alternativa es apocalíptica y no habría que descartar un enfrentamiento civil.  Los seguidores del Mussolini yanqui están muy bien organizados y terroríficamente bien armados. A estas alturas, ya nadie se cree que el asalto al Capitolio fuese un hecho espontáneo.

En mi opinión, lo importante es que el poder judicial norteamericano pueda procesar a Donald Trump por poner en peligro la democracia norteamericana,  incitar al odio, intentar subvertir las leyes por dirigir y alentar una rebelión en toda regla aprovechando su posición de máximo poder. Si esto sucede así, estoy seguro de que Santiago Abascal, Pablo Casado, Inés Arrimadas, Mateo Salvini, Jair Bolsonaro, Viktor Orban, Joan Canadell y Carles Puigdemont  consideraran a Donald Trump  un preso político y se sumarán a la solicitud de indulto, o mejor, de amnistía, tanto para él como para sus CDR de QAnon.

En coherencia, también deberían apoyar esta solicitud Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Jessica Albiach, Ada Colau, Joan Mena, Jaume Asens y un largo etcétera de políticos e intelectuales de la izquierda divina, acomplejada ente el nacionalismo catalán y vasco, que solo ve la paja del fascismo en el ojo ajeno. Por cierto, por si alguien no lo recuerda, Mussolini acabó sus días colgado de los pies. Un aviso de la Historia a navegantes.

martes, 22 de diciembre de 2020

¿Quién beberá de mi copa?

 

Si lo pensamos bien, nos la jugamos este año por el empeño obsesivo de la redundancia insistente; por la tiranía señalada de la fecha conmemorativa; por el sojuzgamiento al movimiento regular del péndulo en forma de almanaque; por una arbitrariedad milenaria aceptada unánimemente; por una convocatoria sin remitente que vincula a la familia y a los seres queridos invocando y concitando desembolso y dispendio,  buenos deseos, abrazos, cariño exacerbado, reencuentros celebrados, nostalgias incurables y, por supuesto, el dolor de las ausencias, la tristeza mal disimulada en el rostro de  nuestros viejos, que mientras nos miran detenidamente, uno a uno, camuflados tras la euforia colectiva,  intentan vislumbrar en silencio cómo será esa misma mesa, quién  ocupará su sitio el año próximo.

Me gusta estar con los míos. Disfruto de su compañía. Soy un fiel esclavo de las tradiciones, un empecinado de los aniversarios y de todo festejo evocador. Tanto es así que incluso  he llegado a instaurar la celebración de mi besiversario. Sin embargo, este  2020, la vida, en su más preciso sentido biológico,  se impone al calendario, a la potestad de la data, a la adhesión inquebrantable hacia el estribillo anual, de manera que  el deseo de volver a verles el próximo año y de mantenerme fiel a esos días prevalece sobre la imprudencia.

Seremos pocos porque deseamos vernos de nuevo en una nueva Navidad  reiterada, el próximo año, y al otro, y el que viene, hasta que viejo y melancólico me llegue el día en que  los miraré detenidamente a todos  y me preguntaré  quién se sentará  en mi silla y quién beberá de mi copa.

Felices fiestas, amigos.

martes, 15 de diciembre de 2020

Un hilo de vida

 

 A Leonor, la mano que enhebró mi vida

Transcurren los años y es ahora, en estos momentos,  cuando soy consciente de que sigo traspasando fronteras sin pena  ni gloria, prácticamente sin advertirlo, muros de gran calibre,  paredes maestras de la existencia,  muy distintas a aquellas líneas  tan frágiles como hilos, apenas visibles, de los años cumplidos de juventud, tras las cuales soñábamos con atravesar la siguiente, y la subsiguiente  esperanzados por ver consumados nuestros anhelos en el próximo límite, nuestra perfecta y utópica vida fantaseada  y, súbitamente, una tarde de otoño, aunque también podría ser de primavera, se presenta ante nosotros un objeto, el más imprevisto, quizás  el más  insignificante, algo en lo que apenas uno repara a no ser que salte, se pierda en cualquier calle, caiga sobre el suelo de la oficina y se convierta en un vulgar rastro barrido, se desprenda del lugar al que pertenece, del preciso emplazamiento en el que por manos sabias, manos hábiles, manos generosas y  entregadas fue trenzado y engarzado una y diez veces, certeramente,  con el único y concreto fin de  unir dos partes que si bien pueden sobrevivir sueltas, disociadas, despendoladas al viento levante de los agostos, en el esforzado trabajo del andamio, sobre los frutos de la tierra fértil y también, por qué no, en la pasión arrolladora que arrambla en segundos con todos ellos, abriendo la puerta primera de la prenda a los labios ansiosos de la piel que cubre el corazón palpitante, aunque, lógicamente, al cerrarse, la disgregación da paso al nexo, al vínculo o articulación de unidad  que abriga, protege y cubre, nos integra dignamente  sin escándalo en las calles, en los espacios donde desplegamos nuestros encantos, la elegancia, quizás ostentación,  o sencillamente una humildad limpia, a veces confortable y en ocasiones un tanto desaliñada, tal vez coqueta, un descuido muy esmerado que nos permite llamar la atención, asemejarnos a aquellos artistas de tantísimo talento, la bohemia hipnótica,  o realmente el abandono desbaratado propio de quien anda con el peso de la angustia, la desazón, o  en  busca obsesiva de  la idea,  un tormento, un sinvivir, porque no hay modo de hallar la forma que exprese tanta hondura, de ahí que el desbarajuste sea el menor de los problemas, bastante menos grave que la ausencia de uno de ellos durante la revista a la tropa cuya pena supone tres días de arresto menor, la tercera guardia, la consiguiente anulación del permiso y la previsión de una añoranza insoportable que se sobrelleva en soledad, inmerso en el recuerdo, la evocación, imágenes de personas a las que queremos y con las que deseamos estar, incluso con aquellas que ya no hallaremos en lugar alguno más que en la memoria,  aquí, por ejemplo, en estas palabras pespunteadas por la aguja del hilo  enhebrado en un instante de incertidumbre semejante  a la cobra que se alza y tantea el aire a un lado y al otro husmeando el lapso vano, el hueco ínfimo, apenas percibido  más que por el ojo adiestrado en convertir con pericia secular el vacío en materia ensartada, consumada, ejercida en una leve presión dorada, blindada,  a salvo de heridas, que hunde el finísimo aguijón una y otra vez de manera que lo que eran precisos orificios ejecutados en el torno tras el troquel, se transforman en la roldana necesaria  gracias a la cual el botón vive, ya para siempre, en el espacio que le fue asignado con la única y trascendental finalidad de imbricarse en su ojal único y preceptivo, con la fijeza, eficacia, fuerza y tozudez del ballestrinque en el trinquete, porque lo que Dios ha unido que no lo separa el hombre, hasta que acontece un incidente, qué sé yo, un picaporte desalmado, el violento tirón de un enemigo, el arrebato impetuoso de un instante de deseo, la gula incontenible, o el paso hiriente inexorable  de las modas deciden su destino y entonces, ¡ah¡ entonces, la mano cuidadosa que un día lo escogió para tan noble fin lo auxiliará, lo redimirá del infierno del olvido  y lo acogerá en su regazo con el cariño profesado de la modista,  la madre,  la esposa,  la abuela que justo ahora lo observa junto a mí, al calor del hogar donde crecí, formando con otros cientos un hermoso mosaico autobiográfico cuyo contenido reposa en un tarro de reminiscencias nacaradas, brillos de resinas encarnadas, glaucas, añiles, azabache, blancas como el marfil,  cóncavas y convexas, alargados, circulares y trapezoidales, grandes, pequeños, hiperbólicos o irrisorios, barrocos, simples camiseros como un emoticono,  dorados y plateados, incluso apetecibles  como una cereza o un dulce de caramelo, algunos muy funcionales, versátiles en cualquier ojal mundano, otros exclusivos, alguien diría que aristócratas, quizás  intransferibles, de una sola existencia, pero en cualquier caso todos ellos testimonios  de toda una vida enhebrando agujas con el hilo que anudó la mano que cosió el botón y que meció mi cuna.