jueves, 16 de enero de 2014

Carta abierta a Iñaki Uriarte



La primera decisión que tengo que tomar al escribir esta carta es  al respecto  de la conveniencia   de utilizar el tuteo o, por el contrario,  mantener la  distancia y  ejercer un respeto apriorístico hacia mis mayores. Resuelvo la duda pronto: Iñaki, si no te importa, voy a tutearte. La razón reside en tus “Diarios”. Me han acercado  a ti de tal manera que no podría verte sino como alguien muy próximo, como ese amigo con el que uno se puede tomar unas cañas  de vez en cuando, charlando de lo que sea, de la Real,  del nacionalismo, de libros, de filosofía,  de gatos o de Borges… Yo no aguanto a Borges, qué le vamos a hacer, pero tomando unas cañas contigo probablemente acabe por entender algo de lo que escribió después de su famoso y no menos sospechoso  golpe en la cabeza. Los gatos tampoco me gustan. Como podrás comprender, el hecho de que el tuyo  se llame Borges me lo pone todavía más difícil: nunca le haría daño a un gato, ni a ningún otro animal, pero los bichos y yo  no nos llevamos nada bien. 

Ya ves  que la cosa no podía empezar peor.  Creo que, a pesar de mi predisposición positiva, lo nuestro no tiene futuro. Podría  convencerte sobre la bondad de mis intenciones  si te dijese que he leído a Montaigne, algo, un poco,  y que me parece un tipo de mucho sentido común, un excelente maestro para caminar por la vida. También estaríamos muy de acuerdo sobre una de las ideas que más se repiten en  los dos volúmenes sobre tus andanzas: que trabaje Rita, o San Pedro, o el cabo furriel; que trabaje quienes nos dicen que el trabajo dignifica; que trabaje el que quiera trabajar; que continúen animando al personal  a ser algo en la vida, a ser competitivos, a ser mejores que el vecino para acaparar más oportunidades, más recursos… pero a los que no queremos, que nos dejen en paz. “Trabajar es como estar enfermo. En cuanto se te pasa te pones contento” […] Sin embargo  “ no  seas perezoso. Algo hay de bueno en el consejo. La actividad es a veces  un lenitivo para el dolor. Como una aspirina. Pero en esa recomendación hay sobre todo un imperativo: domestícate”:  ¡Sí señor! ¡Alguien lo tenía que decir!.

Debo confesar que me produces una envidia casi malsana que se aproxima peligrosamente a lo patológico. Tanto es así que a veces he levantado la vista del libro, he respirado hondo  y  he pensado, “¡Joder! Pues claro, viniendo de donde viene se lo puede permitir; no como yo, que tengo que cumplir con mi jornada laboral diaria igual que todo hijo de vecino”. Pero luego me atempero, y antes de recuperar el hilo de tus palabras convengo con mi conciencia en que si yo me hubiese encontrado  en tu misma situación hubiese hecho algo parecido. ¡A qué lamentarme!. Mis orígenes son obreros  y siempre he oído a mis mayores que nadie se hace rico trabajando. De modo que no me ha tocado otra que dar el callo para hacer bueno el corrido: “Mi padre fue peón de hacienda y yo un revolucionario, mis hijos tuvieron tierra y mi nieto es funcionario” Ése, el último de la saga, el nieto, soy yo.  Y como tú, me he plantado.  Yo tampoco tendré descendencia. En mi caso, descendencia proletaria.
 
Y es que,  según cuentas en las entradas correspondientes a 2007 (segundo volumen), tus orígenes familiares son de lo más atractivo. A mí me parecen fascinantes:  Sobrino nieto de los fundadores de la Universidad de Deusto, “La Comercial”. ¡Ahí es nada!. Uno de los centros de formación de la elites de este país. Además de licenciarte allí mismo para no ejercer jamás,  te permites el lujo de escribir que “la esencia del pensamiento conservador es creer en las élites, creer que hay personas mejores que otras y que se merecen más. Y lo que suele ser risible: creer que  tu eres una de ellas”. No está nada mal para alguien al que educaron para pensar y provocar todo lo contrario. Lo bueno es que  creo en tus palabras, porque si algo hay en tus diarios es sinceridad. Por eso no puedo dejar de pensar en ellos una semana después de haber terminado su lectura. 

Porque, Iñaki, a las pocas páginas del primero de tus libros yo me olvidé hasta del suelo que pisaba. Si por algún motivo banal me veía obligado a dejar de leer, respondía de malos modos.    Te puedo asegurar que durante los dos días de lectura  he estado ausente. No me ocurre a menudo. Me tengo como un lector prolífico y pocas veces, contadas veces,  he experimentado lo que con “Diarios”.  Mi pensamiento levitaba sobre tu narración. Era como flotar sobre una especie de nube de humo, el mismo humo que aparece en la portada,  que se ha ido  formando  calada tras calada del  mismo cigarrillo que tú fumas,   y  que se mantenía  en el aire como si fuera  un  retal  vaporoso   sobre el que vas presentándonos, de un modo aparentemente espontáneo -exento de afectación-  algunas de las vicisitudes de tu vida, a las personas que la han jalonado, María -tu María, siempre presente-; pensamientos y reflexiones cargados de inteligencia y de ironía, encuentros y desencuentros con amigos y no tan amigos, opiniones al respecto de la actualidad política, personajes de cierta celebridad:  tus  dos maestros, Borges y Montaigne; y  también Savater, Atxaga,  Juaristi, Vila-Matas… y un número indeterminado de X  anónimas que alientan la vertiente más cotilla de mi curiosidad y al mismo tiempo cierta frustración, por ser incapaz de  identificar a alguno de los personajes de los que desvelas jugosas anécdotas y confesiones sorprendentes. 

Mientras leía tus “Diarios”, mi amor -la mujer con la que vivo desde hace más de un cuarto de siglo- me ha llegado a preguntar si me pasaba algo, y le he tenido que jurar y perjurar que “no es nada, cielo,  solamente son los Diarios de Iñaki Uriarte, que me tienen absorto”. Ante mi respuesta un tanto dispersa, y muy parecida a un quite en los medios sin viento en la plaza, esbozó ese ademán de incredulidad -exclusivamente femenino-  cuando no acaba de fiarse de lo que le digo, de manera que tuve que ampliarle los argumentos. Le tuve que decir, con el gesto más creíble de que fui capaz que, sin saber cómo, leyéndote, me he encontrado pensando honda y profundamente sobre las cuestiones esenciales de la vida. Por mucho que me esfuerzo no logro recordar un  libro, de los miles que he leído, que haya sido capaz de producirme una necesidad imperiosa, casi agobiante, de hacerme preguntas tan  comprometedoras para conmigo mismo como tus “Diarios”.  Quizá me ocurre como a ti. “Para asustarme de mi ignorancia no tengo más que echar un vistazo a mi biblioteca. Miles de libros leídos de los que no recuerdo nada”. 

Ahora mismo, si estás leyendo esta carta, estarás pensando que lo mejor que puedo hacer es dejar de fumar droga, o moderar el consumo de alcohol. Yo también. Porque me resulta  mágico que ante tanta sencillez, ante una narración personal , liberada de imposturas estilísticas, de retórica, que describe una supuesta sucesión elemental  de acontecimientos más o menos íntimos o personales, yo pueda  llegar a elucubrar sobre las cuestiones más trascendentales como jamás ningún filósofo, intelectual de postín o equivalente  haya  propiciado en un servidor. Por eso creo, querido Iñaki -como ves, ya empiezo a ponerme cariñoso-  creo que tu obra no es fruto de un par de sentadas, o del disfrute de tu holganza, de  tu bendita y envidiable  indolencia diletante. En mi humilde opinión, “Diarios” es una obra de alta literatura, mal que te pese, porque has trabajado para que así sea.  He leído alguna entrevista de las que te han hecho y cuentas que, para ti, escribir es como limpiar un cristal. Esa es una imagen que me gusta. Como sabes bien –porque habrás visto a alguien hacerlo- para esa tarea se necesita una constancia esforzada, casi mecánica  y, a ser por posible,  poca luz,  la justa, la que  pervive durante  muy poco espacio de tiempo en la sombra de la tarde, la claridad efímera que  matiza las formas  y facilita la identificación de los  defectos.

Tu editorial “Pepitas de Calabaza” -”la editorial que tiene menos proyección que un Cinexín”- ha  escogido como reclamo en la contracubierta  tu referencia a una frase de  Josep Pla. De hecho tú mismo inicias los “Diarios” con ese consejo, quizá como declaración de intenciones  y aviso a navegantes. Sin embargo, para definir tu libro y tu modo de enfrentarte a tu propia vida, yo prefiero lo que dice  Nietzsche, y que consignas inmediatamente después: “Se aprende antes a escribir con grandilocuencia que con sencillez.  Ello incumbe a la moral”. Porque tú no solamente  cuentas, narras o relatas. Tus cuentos, tus vicisitudes, las escenas de tu vida que describes, están dispuestas de tal manera que iban tejiendo  en éste lector que te escribe una colcha  afectiva y al mismo tiempo ética y moral bajo la cual se sentía  reconfortado, en paz, como si lejos, allí  en el norte,  en la distancia, sin necesidad de verle, oírle o tocarle, pudiese siempre contar con la guía de un sabio que ha aprovechado bien, pero que muy bien, las facilidades que le ha otorgado la vida para pensar con calma y tranquilidad, sin las urgencias ni los condicionantes  a los que la gran mayoría estamos sometidos.

Ya acabo. Con un reproche, o mejor, un desacuerdo.  No se trata del gato, ni de Borges, ni siquiera de que no te guste “El bucle melancólico”.  Se trata de ¡Benidorm! ¡Por Dios santo! Mira que hay lugares en la costa en los que pasar las horas y las horas  a gusto, entre gente alegre, abandonada al disfrute del sol, del mar y de las cosas buenas de la vida, como a ti te gusta… A ti no solamente se te ocurre pasar allí muchos días,  sino que además vas y los disfrutas como si estuvieras en el paraíso y, para colmo, le compones a la ciudad una especie de oda para regocijo de los amantes del hormigón playero y del tumulto  veraniego.

En fin, Iñaki,  que en Benidorm no nos vamos a ver y que espero, expectante,  saber lo que ha sido de tu vida desde 2007 hasta ahora (también en “Pepitas de Calabaza”, supongo). Donde sí nos podríamos ver  sería en un bar, en el que más te guste, para tomarnos unas Coca-Colas  (me sacrificaré). De ese modo  haremos  buena la frase de Johnson, que nos regalas en tus “Diarios”: “Nada ha inventado el hombre que haya proporcionado a la humanidad tanta cantidad de alegrías como las tabernas”.

Un abrazo

PD:  Entre  todas las fotos que he encontrado en Internet para ilustrar esta carta, buscaba alguna  en la que se distinguiese ese aire árabe-sudamericano que dices tener, pero yo no lo veo por ningún lado. Me pareces el típico vasco nacido  en New York que ha “estado en la cárcel, ha hecho una huelga de hambre, ha sufrido un divorcio, ha asistido a un moribundo”. El típico vasco nacido en New York que “una vez fabricó una bomba, negoció con drogas, le dejó su mujer, dejó a otra […] , que fue amigo de alguien que murió asesinado y fue enterrado por los asesinos en su propio jardín.” El típico vasco nacido en New York que “conoce a un hombre que mata a otro hombre, y a uno que se ahorcó”.[…].  En definitiva, eres la viva imagen del típico vasco nacido en New York que” ha llevado, en general, una vida muy tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos”. La foto lo atestigua. 

jueves, 9 de enero de 2014

Arquitectura del porvenir


Hace 26 años que vivo frente a un colegio. Las ventanas de mi vivienda no distan  más  de  20 metros de las aulas.  Esto no tendría  nada de particular si no fuese porque el edificio escolar fue construido en el año 1935 y porque fue diseñado por el arquitecto Josep Lluis Sert. Era el modelo con el que se debían haber construido todos los colegios de  la II República española bajo las prescripciones del grupo  GATCPAC (Grup d’Arquitectes i Tècnics Catalans per al Progrès de la Cultura Contemporània), que fue fundado y liderado por el mismo Sert.
El colegio debió de ser en su día revolucionario. Cualquiera que lo vea hoy  por primera vez, libre de los adornos infantiles que han colocado los maestros sobre los amplios ventanales,  tendría serias dificultades en asignarle una función y, del mismo modo, me atrevería a asegurar que muy pocas personas  creerían  que en  apenas 20 años el edificio cumplirá el siglo de vida.
No tengo ni idea de arquitectura. Por eso,  para poder decir algo más sobre esta  escuela,  no me queda más remedio que utilizar un lugar común: aquello tan socorrido de “el edificio está tan integrado en el entorno, que pasa totalmente desapercibido”. Pero es que es así.  El colegio consta de  una única nave en planta baja  que se alarga en paralelo unos 50 metros a lo largo de la calle arbolada. Es tan poca cosa, tan discreto, ágil y diáfano, que da la sensación de haber surgido tímidamente desde la tierra, casi pidiendo permiso, como si fuese el resultado  de una modesta germinación  ocurrida en el tiempo en que todo  estaba por hacer. Parece estar  ahí desde antes que urbanizaran la calle, desde  antes de que plantasen los plataneros que le observan; antes incluso de que el mismo pueblo donde ejerce se constituyese como tal.
Y es que la fachada prácticamente no contiene ladrillo, hormigón o cualquier otro material de construcción; únicamente lo  justo y necesario para separar y acoger seis grandes ventanales que, debido a  alguna  decisión relacionada con un estúpido sentido de la intimidad, del pudor, o vete tú a saber qué otras razones, los responsables del centro han optado por tintarlos de blanco convirtiéndolos así  en telones opacos, en una especie de  biombos hospitalarios. Ese afán casi enfermizo e incomprensible  por la opacidad, por separar la escuela de la vida que transcurre en la calle, y por el escamoteo de lo que pasa día a día  dentro de una escuela,  impiden la entrada de luz y, sobre todo, imposibilita  que los transeúntes puedan ver una de las imágenes más edificantes, sanas y esperanzadoras: el pasillo de un colegio de enseñanza primaria, el espacio vivo  donde  maestros y niños comparten el trayecto sobre el que discurren sus pasos.
Las escuelas viejas -que así las llama injustamente  todo el mundo, como si las otras que existen en el pueblo  fuesen nuevas debido al hecho de haber sido construidas años más tarde; como si lo nuevo y lo viejo tuviese que tener algo que ver con el tiempo, con el paso de los años o  con los números-  también  sorprenden en su parte posterior. El diseño y la disposición de los espacios son, nuevamente, otro acierto revolucionario, muy en la línea de acción transformadora de la II República española  y, me atrevería a decir, de los preceptos de la olvidada Institución Libre de Enseñanza. Cada aula está conectada directamente con el exterior, con el patio,  a través de otros tantos ventanales  que  hacen las veces de portal  hacia el aire y hacia la luz, de manera que  la clase está permanentemente iluminada y ventilada  naturalmente. El patio, además,  triplica con creces la superficie edificada, con lo cual los niños disponen de un amplio territorio de esparcimiento.  Todo en este colegio republicano  está pensado en función de las necesidades de un niño para ofrecerle  el entorno más adecuado en el que formarse.
Esta descripción un tanto  insustancial se me viene a la cabeza viendo llover. Es tarde invernal de domingo, y cae el agua despacio, suavemente, igual que en el Norte. Estaba leyendo. Me he levantado del sillón para poner un poco de música y para descasar la vista. Canta (o  más bien recita) Leonard Cohen. Aparto levemente la cortina. Las gotas minúsculas rebotan sobre el asfalto; son pequeños puntos de luz que en lugar de caer del  cielo surgen del interior de las farolas, precipitándose  como si fuesen polillas que se disuelven al tocar el suelo. Más allá de la pantalla luminiscente que forma la  lluvia, a un paso,  respira el colegio, arropado tras las ramas desnudas de los árboles, que actúan  como manos delante de la cara cuando queremos  evitar  ser reconocidos. Los haces de luz de los pocos vehículos que circulan  se proyectan sobre los ventanales opacos y sobre las paredes breves, desvelando intermitentemente su existencia.  Ausente y vacía,  tal vez aburrida sin la algarabía con que discurren los días de clase, parece como si  en  este domingo lánguido y húmedo de invierno la escuela vieja  propusiese a  la noche el juego infantil del escondite.
De hecho, parece que alguien ha escuchado mi sugerencia porque ahora  mismo acabo de descubrir un grupo de sombras moviéndose. Son cinco figuras humanas, cuatro sentadas y una de pie.  Se han refugiado bajo el voladizo del colegio  y apoyan sus cuerpos sobre los ventanales. Son cinco adolescentes risueños. Mal camuflado como estoy tras las cortinas de la ventana,  deben estar  especulando sobre mi naturaleza: “Un fantasma, un espectro,  la vieja del visillo, algún viejo chiflado que, aburrido de ver la  tele, se ha puesto a fisgonear  y que probablemente se apresurará  a llamar por teléfono a los guardias urbanos al vernos sin más ocupación que permanecer sentados, apoyados sobre las cristaleras de la escuela mientras wasapeamos velozmente con los pulgares  y reímos descuidados antes de cometer una gamberrada.”
Estos chicos seguramente estudian en el Instituto. Me pregunto, ahora que les veo mirar de nuevo hacia mí, ahora que vuelven a reírse a carcajadas, divertidos y despreocupados,  si serán ex alumnos del colegio, si serán  un grupo de  nostálgicos precoces que,  de modo inconsciente,  han decidido buscar abrigo en el lugar donde probablemente fueron más felices de lo que lo son ahora, agobiados y angustiados en el presente que viven, hartos de escuchar en sus casas y de boca de sus profesores   la letanía del trabajo, del futuro y del dinero.  Porque, aunque ya no me miran, ahí siguen. Continúan charlando  tranquilamente de sus cosas, seguramente intrascendencias, algún chiste malo, confidencias de poca monta, minutos y minutos de palabras ante la lluvia suave de invierno con las que se sienten iguales, cómplices, libres de cualquier responsabilidad que no sea la de la lealtad recíproca, la voluntad inquebrantable de una amistad que no romperán por nada del mundo  mientras yo, en mi casa, me dejo llevar por la voz profunda de Leonard Cohen que columpia mis pensamientos y hace volar mi imaginación ante el espacio vivo  en el que estos muchachos han vuelto para resguardarse de su destino y quién sabe si para solicitarle a la noche, a la lluvia, o a las sombras que les protegen, un retorno al patio donde hace muy pocos años corrían y gritaban libres y a salvo  de cualquier porvenir.   



Fotos: El Pobrecito Hablador del Siglo XXI

viernes, 3 de enero de 2014

La tierra, la música y las palabras


Desconozco las  razones por las que a menudo suelo encontrar relaciones entre  personas que jamás se conocieron, o similitudes entre cosas dispares. Frecuentemente hallo  coincidencias, equivalencias o complicidades disparatadas entre, por ejemplo, un lugar con una canción, una canción con un libro, un olor con un recuerdo, un recuerdo con algún suceso que sé que ocurrirá pero que todavía no ha ocurrido y que probablemente tiene muchas posibilidades de que jamás ocurra. Aun así, en éste último caso, suelo  convencerme  de que  la memoria y el hecho abortado han tenido lugar gracias a conexiones insospechadas a las que no hallo explicación.
Por ejemplo. Estoy convencido de que el escritor Francisco Casavella y el cantante y compositor Miguel Ángel Hernando Trillo, alias El Lichis, son hermanos, o mamaron la misma leche, o  se conocieron un día, en un bar, bebiendo y fumando, compartiendo grandes ideas hasta caer borrachos, y  de esa noche surgió la obra de cada cual, y desde entonces ninguno  de los dos sabe nada del otro. De hecho, si el encuentro no  permanece en su recuerdo no es debido a que Casavella  ya hace seis años que no está  entre nosotros,  o a  la ingente cantidad de alcohol que bebieron, sino porque jamás se vieron; el encuentro no existió más que en mi imaginación pero, estoy tan seguro de que en verdad ocurrió, que después de que leo a Casavella pongo a sonar una canción de Lichis, y cada vez que escucho a Lichis, veo a Casavella tumbado en su sofá, con el  cigarro en la boca, leyendo un libro bajo una montaña de otros libros que le esperan o que ya habrá leído, por ahí, donde esté.
Algo parecido me ocurre no ya con las personas  sino con la literatura, con los lugares y con las canciones. La tierra, la música y las palabras forman en mi mente, inexplicablemente, mundos  indisolubles, sólidos, en los que habitan  al mismo tiempo un libro, una canción y un rincón del planeta, con  sus nubes, sus soles, y sus ríos; los árboles cimbreándose, el viento silbando, la brisa sobre las olas, el color de las piedras, una colina, el horizonte rasgado, el atardecer lejano y púrpura, los vencejos, el desierto silencioso y quieto, el humo de una fábrica, el sol o la noche entrando por la ventana del salón de mi casa,  y una frase, un personaje, un  momento  preciso en el estado del alma junto a los acordes tristes, o el punteo de una guitarra, la miel de una trompeta, el fragor de la orquesta en el último estertor de una  sinfonía.
He leído hace un par de horas la última página de  “Kaputt”, de Curzio Malaparte.  Es un libro  que corta la respiración, absorbe el aliento, encoje por dentro. En cada página el autor parece querer decir, déjalo, deja de leer, no sigas, te vas a arrepentir, pero uno comete la insensatez de continuar porque, a pesar de todo, es bello, extraordinariamente bello. Y ahora me siento igual que un nazi. Lo he leído en las fiestas de  Navidad, en el salón de mi casa, mientras sonaba Brahms, y Rachmaninov, y también Billie Holyday. Incluso he llegado a  leer las páginas más terribles de ''Kaputt'' escuchando, conscientemente,  el lamento derrotado de los violines que agonizan en  ''La lista de Schlinder''.  Himmler  no podría haberlo hecho mejor que yo. "¡Han ganado las moscas!"

viernes, 27 de diciembre de 2013

Cuento de nochevieja


Aquellos 12 muchachos eran extraordinariamente torpes. Botaban la pelota con la mano abierta. De hecho, en lugar de botarla o de controlarla, la  golpeaban como si se tratase de una manta llena de pulgas. Habían pasado toda su infancia entrenando casi a  diario y  batiéndose el cobre frente a decenas de equipos rivales en centenares de partidos pero, aun así, los chicos no sabían ni correr. Los pies planos les impedían saltar con soltura y cada vez que miraban al aro para realizar un lanzamiento, el encargado del polideportivo cerraba los ojos y  rogaba a Dios  para que el balón no tocase tablero, porque se podía producir un auténtico estropicio. Eran tan malos que, aquel año, el año bueno para cualquier joven deportista en el que se encuentran en la mejor de las condiciones para explotar al límite el cuerpo, nadie quería dirigirles. No encontraban a nadie que quisiese entrenarles; nadie estaba dispuesto a pasar por la vergüenza de arrastrarse por las pistas  con una cuadrilla de paquetes proverbiales a los que cualquier equipo de desarrapados les propinaba palizas por diferencias superiores a los 40 puntos.
Para ser sincero, en el club no se encontraba explicación al empeño casi cerril y obsesivo de los padres de aquella docena de deportistas atolondrados empeñados a lo largo de tantos años en mantener el equipo en competición. Eran muy disciplinados, no faltaban a un entrenamiento, se dejaban el sudor en la pista, pero tras las dos horas de esfuerzo, los muchachos no evolucionaban en fundamentos técnicos, defendían igual que el primer día, lanzaban la bola peor que al inicio de la sesión y su forma física no era significativamente mejor,  pues no habían aprendido a regular el esfuerzo. Por no saber, no sabían ni  respirar.
De entre todos lo del grupo, solamente dos eran vocacionales, los dos jugadores que se salvaban de la quema; dos adolescentes mínimamente capaces de  expresar en su evoluciones cierta pasión por lo que hacían. El  base titular y uno de los aleros eran  los únicos que  apuntaban maneras, cierta agilidad, atrevimiento y  estilo. Curiosamente, esos dos jugadores eran los que más problemas tenían para poder asistir a los entrenamientos porque sus progenitores hacían todo  lo posible por impedírselo. Sin embargo, para la mayor parte de los componentes del equipo, entrenar formaba parte de sus deberes semanales, es decir, era algo que tenía que hacer, quisiesen o no quisiesen. Para ellos, practicar deporte federado de competición en equipo era una prerrogativa paterna y estaban obligados a cumplirla. De algún modo, entrenar  tres veces por semana y jugar el preceptivo partido los domingos era  algo muy parecido a asistir a  clase de matemáticas. Mens sana in corpore sano. Tenían que ser hombres completos, física e intelectualmente. Hombres competitivos, forjados en los valores del esfuerzo y de la voluntad, moldeados a fuego lento  en el sacrificio, preparados  y acostumbrados para  la derrota  con el único y trascendente fin de  provocar en su madurez, precisamente, todo lo contrario: las ansias de victoria a toda  costa y la ausencia de compasión para con el contrincante. En definitiva,  el objetivo final de tanto despropósito deportivo, de tanta frustración propiciada, no era otro que hacer todo lo posible por  hacerles formar parte del reducido número de hombres que lideran  la dirección moral y económica del país.
De hecho,  aquel colectivo humano de padres e hijos conformaba en realidad  una estructura perfectamente organizada con fines muy  distintos a los deportivos. Pero de eso me di cuenta más tarde, meses después de que aceptase, finalmente, la petición de entrenarles sin más pago que el disfrute de vivir el reto de convertir aquella bandada de  pingüinos insulsos e inexpresivos  en jugadores de baloncesto.
La verdad es que todavía no comprendo cómo pude decir que sí. Les había visto jugar y entrenar y no había por donde cogerlos. Quizá fue  la afición, el empeño y la sinceridad con que el base y el alero mejor dispuestos se empleaban en cada encuentro. Me llegaba al corazón la expresión ofendida, humillada y de impotencia con que se dirigían a los vestuarios al finalizar el partido, como si entre los dos cargasen con la responsabilidad de sobrellevar  cada derrota humillante con  la rabia propia de cualquiera que albergase  un mínimo de amor propio, porque al finalizar cada encuentro, y a pesar de las palizas que padecían,  en el resto del equipo nunca, nadie, hubiese encontrado el menor gesto de vergüenza, tristeza o contrariedad; solamente apatía, indiferencia y una frialdad que -por qué no decirlo-incluso me  resultaba inquietante.
Sin embargo, debo confesar que el principal  motivo por el que asumí el reto de dirigir al peor equipo de baloncesto de la historia  fue la vanidad, la confianza no bien ponderada  en mis habilidades, reafirmada, sobre todo,  debido a algunos éxitos anteriores que coseché  en otros clubs. Eso fue lo que en realidad  me  animó a dar el paso y a decir sí, no se preocupen, yo voy a hacer de sus vástagos unos guerreros, voy a transformar a esos pazguatos imberbes en todos unos hombres,  en un equipo campeón.
Recuerdo perfectamente la tarde de niebla  húmeda en que informé de  mi decisión a los diez padres. Me rodeaban en un semicírculo en el centro de la pista y me miraban atentos, igual que jueces ante un opositor. No hubo algarabías. Solamente uno de ellos, el más alto, el que ocupaba el centro de la medialuna, avanzó marcialmente tres pasos al frente, me tendió una mano muy poco trabajada, suave, extraordinariamente suave y  cálida,  y mientras me estrechaba firmemente la mía y el resto de los padres observaban impertérritos la escena, exhalando rítmicamente a través de los orificios nasales delgados chorros de vaho, me dijo: gracias, sinceramente, tendrás todo nuestro apoyo. Y a partir de aquel día me convertí en el hombre de la fe inquebrantable, en el santo Job de las pistas de la liga juvenil comarcal a costa de despilfarrar todo el prestigio acumulado de los últimos años. Durante esa semana, en el club todos me daban palmadas en la espalda. Otros me soslayaban y sonreían y yo y mi autoestima pretenciosa  nos empeñábamos en convencer  y pontificar  a propios y extraños de que los malos jugadores no existían; existen los malos entrenadores...
Ha pasado tanto tiempo desde esos días que los rostros de aquellos doce muchachos se habían perdido en mi memoria. Pero ayer me topé con uno de ellos y viéndole a él los vi a todos de nuevo, disciplinados, serios, casi  tristes, tristemente esforzados, tristemente apáticos, obedientes y  derrotados día a día, siguiendo escrupulosamente un plan trazado para su bien que permitía  la continuidad generacional de un modo de ser y estar sobre el mundo. Yo tomaba una cerveza sobre la barra del bar y hojeaba descuidadamente  el periódico del día anterior, haciendo  tiempo  mientras esperaba a unos amigos. Nos vimos y nos reconocimos  en un primer cruce de miradas inadvertidas, pero los dos evitamos mantenerlas, como negándonos a nosotros mismos el tiempo pasado  en que uno y otro cumplimos con una misión de reciprocidad inevitable. Yo disimulo muy mal y  me violenté un poco, pero en él no observé nada, ni un gesto, ni una leve mueca, ni un apresuramiento en los ademanes o una voluntad artificiosa por llevar los ojos fuera del alcance de los míos. A medida que se dirigía al punto de la barra en el que yo me encontraba  empecé a notar el efecto calórico de  las ondas invisibles que causa  esa extraña  energía  producida  ante los encuentros insospechados no deseados.  Mi ex pupilo se acercaba y los dos esperábamos el cruce inevitable. Tan inevitable como que al llegar a mí  nuestros hombros se rozarían. Ya casi estábamos a la par, prácticamente  uno al lado del otro, y entonces  reparé en que no iba solo. De su mano caminaba una niña, su hija, de unos siete años de edad, vestida impecable, peinada con dos coletas atadas con sendos lacitos de tela escocesa.  La banqueta en  que me sentaba se había desplazado un poco hacia el pasillo de modo que él se agachó levemente para ayudar a la niña a pasar y fue gracias a esa maniobra que se produjo el encuentro, el fortuito encuentro anunciado, el saludo insoslayable, el apretón de manos y los dos rostros frente a frente, observando el uno sobre el otro el paso del tiempo. Sonreí y él lo intentó, pero su cara no produjo más que un imperceptible destello de alegría, un sentimiento incierto y voluntarioso   que quería  expresar  amable y sencillamente nostalgia y que sin embargo no evocaba más que cierto rencor atenuado, un complejo resentimiento sin densidad, sin cuerpo,  perdido en el recuerdo y, ciertamente, nunca confesado.
Sin preguntárselo, me dijo de un modo inquietantemente mecánico  que era ingeniero, que viajaba constantemente, que los seis últimos meses había estado en México y que después de fiestas salía de viaje hacia  Canadá, donde se responsabilizaría de la construcción de una nueva planta de producción de la multinacional para la que trabajaba. Yo intenté decirle que ya no era entrenador de baloncesto y que ahora  era funcionario, pero no pude. La niña le tiraba de la manga y le acuciaba para salir del bar. Antes de que saliese, le puse la mano en el hombro y le pregunté con la mejor de mis sonrisas y del modo más sincero que pude ¿Eres feliz?. Entonces, él, por fin, sonrió, con la misma sonrisa boba  con la que excusaba todos y cada uno de los innumerables errores que cometía  en todos  los partidos de baloncesto que le dirigí. Después, sin volverse  ni por un momento hacia mí, salió del bar con su niña erguido  y seguro de sus pasos,  y ya no le volví a ver.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

¡Compasión!


Ando flojo de inspiración. Con esta confesión no  justifico otros textos pretendidamente inspirados. El poco valor que pueda albergar  alguno de ellos  es  intrascendente  porque siempre me queda la sensación de que los motivos o las ideas que los concibieron no se plasmaron finalmente en las palabras, frases o párrafos que yo había llegado a imaginar, y las llevo siempre a cuestas. De manera que escribir se convierte en una carga de materia prima  biodegradable que con el paso del tiempo  se me va  pudriendo  sobre los hombros.
Cuando uno no sabe qué decir,  o no encuentra el modo de decir lo poco que tiene que decir,  lo más socorrido es auto inmolarse públicamente para generar corrientes de simpatía  lastimera. Y así, a través de  la estrategia de la invocación a la  compasión ajena, uno cumple doblemente con el objetivo de todo escritor frustrado: llenar de negro la hoja en blanco y procurarse el afecto de los suyos. Y que nadie me hable de Picasso, a quien se le atribuye una de las más célebres falsedades de la historia del arte: “que la inspiración me pille trabajando”. ¡Ja!.  A fuerza de repetirla, la ocurrencia malagueña se ha convertido en lugar común, de manera que a mí -que sufro silenciosa y discretamente de hemorroides debido a las horas que permanezco sentado, esforzándome a diario por dar digna salida a mi necesidad creativa-  a mí que no me cuenten cuentos.
Porque hablemos claro: Yo, en estos momentos, me encuentro ante una especie de disfunción gramatical, temática y estilística.  La realidad que me fabrican otros me produce tal asco que me niego a decir una sola palabra más. La realidad que me rodea, la cotidiana, la que está construida con las pequeñas cosa de cada día, la veo  teñida de  celofán gris, tamizada con  ese tono cerúleo  con que se veían en España las primeras televisiones en blanco y negro a las que se les pegaba en la pantalla  papel transparente de tres colores. La imagen es plana y enfermiza,  hepática, y quizá sea así porque está  salpicada de esa otra existencia, lacerante y vergonzosa  que nos cuentan los medios de persuasión. Ni siquiera el alumbrado navideño es capaz de descorrer el velo con que veo la ciudad, un filtro pretendidamente anodino y resignado, camuflado de normalidad,  frente  al que palpita, sin embargo, una atmósfera extraña que amenaza de nuevo con cubrirlo todo de gris.
Finalmente me quedan los libros. Pero no dispongo  del coraje, de la valentía y del oficio como para escribir ni media línea sobre los temas  tan interesantes, tan reveladores y sugerentes que he leído, por ejemplo,  en “El acuario de Facebook” del colectivo Ippolita, en  “El silencio de los animales” de John Gray, en “Qué es la propiedad” de Joseph J. Proudhom,  en “El malogrado” de Thomas Bernahrd”, en las “Clases de literatura” de Julio Cortázar, en “El reinado de Pipino el Breve” de John Steinbeck o en “Pecados originales” de Rafael Chirbes.  Me esperan Sebald, y Curzio  Malaparte, y más adelante Iñaki Uriarte. ¡Cuántas ganas tengo de leer los diarios de Iñaki Uriarte!
Hoy, en estos momentos de apatía creativa, recuerdo  mi vehemencia apasionada en alguna clase de literatura del lejano COU. Uno de los objetivos  de mi ira fue Juan Ramón Jiménez, a quien el profesor -un poeta recientemente  fallecido que le cantaba a  las piedras. - practicaba rendida admiración (Ahora reparo en que  se empiezan a morir  mis profesores).
Como todo el mundo sabe, Juan Ramón Jiménez se instaló en su torre de marfil y de allí no salía más que a dar conferencias o presentar libros. No quería saber nada de la vida más allá de la poesía. Toda su obra fue  una nube  intelectual elevada muy por encima  de los malos olores de la  existencia. Por entonces yo había descubierto la rebeldía, la justicia social, el comunismo, a los libertarios, los movimientos sociales, las revoluciones, los mártires de la sociedad,  y no podía entender que en un contexto histórico convulso, en un país necesitado del compromiso de los artistas,  la inteligencia y el talento de hombres como Juan Ramón Jiménez se desperdiciasen hablando de la blandura algodonosa de un borriquillo. Debe ser la edad, pero en estos tiempos empiezo a entender un poco a Don Juan Ramón. Al fin y al cabo, los libros, que es el lugar donde yo me refugio de mí mismo, de mi torpeza, y de todo lo que me rodea, no dejan de ser mi torre de marfil fortificada con el talento ajeno contra cualquier tipo de acoso o invasión.
Tengo una carpeta llena de placentas. Cada día la abro al azar y extraigo una. Leo su contenido, anoto en lápiz alguna corrección sobre alguna frase  y  pasadas y unas horas la dejo  abierta sobre el escritorio, hasta el día siguiente, o hasta que ya no hay más hojas, porque en su momento la historia y sus criaturas  se quedaron así, a la espera de un futuro. Entonces cierro la carpeta y me cito y me juramento para la semana siguiente, extraigo otra placenta, y vuelta a empezar. ¡Por favor, algo de compasión!

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Brevísima historia económica de la democracia española


Tal y como se puede apreciar en el resumen adjunto -que sintetiza muy ilustrativamente un estudio recién publicado, realizado por  una célebre y afamada consultora- se podría decir que desde  los años 70 hasta nuestros días,  la evolución del poder adquisitivo patrio  refleja cierto carácter circular, una tendencia que, de seguir así, acabará con nosotros mismos. Y es  que, llegado el caso, gracias al efecto pescadilla, en muy poco tiempo estaremos mordiendo nuestra propia cola.  Hay quien ante las perspectivas que se vislumbran a corto plazo, y siguiendo las enseñanzas de las más prestigiosas escuelas de negocios, pretende convertir esta  amenaza en una oportunidad y  ya se ha puesto a  practicar, pues desde bien jovencito soñó con ejecutar tan ansiada pirueta: como es lógico, la pérdida de peso puede suponer una  interesante  ventaja  para este tipo tan peculiar de hombre  innovador, inasequible  al desaliento.
Pero entremos  en harina. Así, sociológicamente, y  en términos hostelero-gastronómicos, se puede explicar perfectamente el  transcurso de  nuestra reciente historia económica.
Dónde cenan los españoles un sábado cualquiera.
 Evolución 1970-2013

1970.-Cena en casa

1978.-El bar del barrio: bocata de  tortilla

1981.-Hamburguesa en el primer BK o McD abierto en  la ciudad

1988.-Pizzería

1990.-Restaurante Chino

1997.-Restaurant a la carta, cocina de mercado

2002.-Marisquerías, arrocerías, braserías, mesones

2003.-Restaurant minimalista estrellado

2006.-Wok (Chino, por supuesto)

2009.-Kebab

2011.-Frankfurt Paco (regentado por chinos)

2013.-Cena en casa.  

Creo sinceramente que vale la pena saborear -aunque sea en la memoria- el riquísimo y nostálgico bocadillo de tortilla con platito de aceitunas aliñadas que nos comíamos en el bar del barrio. Es aconsejable hacerlo  mientras vemos por televisión divertidísimos  talent shows culinarios, en los que simpáticos profesionales de los fogones nos deleitan en la distancia con asombrosas creaciones, al tiempo que nosotros sorbemos  escandalosamente  una insípida sopa de sobre, porque es lo que hay.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Beautiful vision



Le oí decir un día a Rodrigo Rato que le gustaba pasar su tiempo libre escuchando Rhythym & Blues y que su disco favorito era  “A Night in San Francisco”, de Van Morrison, un doble LP grabado en  directo en el  Masonic  Auditorium de la  ciudad norteamericana  en el año 1993. Según contaba, él estuvo allí,  y según afirmaba con cierta nostalgia, ese era  uno de los mejores recuerdos de su vida.
20 años después, Van Morrison ha vuelto  al mismo lugar para ofrecer un nuevo concierto. Seguro que Don Rodrigo no ha faltado. Era un fin de semana de lo más tentador: vuelo transoceánico en business class, buena música, cenita, sauna, polvete ( o cilicio), y el lunes al despacho, de vuelta a sus crímenes habituales.
Hay que ser comprensivos. Rodrigo necesitaba ese viaje. Dos semanas  antes había comparecido ante  la comisión de investigación  del parlament català para dirimir las posibles responsabilidades derivadas de la actuación  de la gestión de las entidades financieras y la posible vulneración de los derechos a los consumidores –que así se llama la comisión (véase la trasposición de la palabra ‘pueblo’ por el término ‘consumidores’. Como todo el mundo sabe, solamente es prescriptivo y obligatorio utilizar ‘pueblo’ al hablar sobre temas relacionados con el derecho a decidir, el sentir patriótico y todo lo relacionado a  la cuestión nacional. Mientras no sea así, la palabra ‘pueblo’ ni  tocarla).
Rato vivió su comparecencia más o menos con cierta holgura, y por momentos con cierto sosiego. ¿Quién iba a molestar  al todopoderoso Rato? Una preguntita por aquí, alguna insinuación cortés por allá, y poca cosa más. Hasta que  David Fernández, diputado de la Candidatura de Unidad Popular (CUP), sentado al fondo de la sala, hizo uso de la palabra y sandalia en mano, imitando al periodista iraquí Muntadar-al Zaidi,  le llamó gángster, le recordó los millones de personas que padecen las consecuencias de sus actividades mafiosas y, finalmente,  le citó para un futuro próximo en el infierno.
El infierno es un lugar poco conocido. No digo poco visitado. Nadie, excepto Rambo, ha vuelto de allí para contarlo. El divino Dante nos dio  una idea general, a mi parecer, demasiado idealizada. No creo que el infierno de Dante haya sido  homologado o compulsado por la Santa Sede, por muy dantesco que éste sea. En cualquier caso, tomando como modelo la Divina Comedia,  David Fernández se vería con Rodrigo Rato en  el cuarto círculo infernal correspondiente a la avaricia, y también en  el octavo y en el noveno, que corresponden al fraude y a la traición, respectivamente.
Probablemente también se verían en el segundo, que es donde residen  los lujuriosos, porque a Rato se le nota de lejos cierto aire de perverso toca tetas, toca culos y toca todo. He pensado también que el banquero -católico apostólico romano convicto, diputado por AP, ministro del PP y jefazo del FMI- habría de recalar también en el séptimo círculo infernal, el de los violentos, porque  su trayectoria humana en la tierra ha generado  más dolor que los puños, las navajas, los fusiles o las bombas. De modo que  cuando Rodrigo Rato cruce el umbral de las tinieblas y pase por debajo del letrero que dice  “abandona la esperanza si entras aquí”, no le quedará mucho tiempo libre  para escuchar a Van Morrison.
David Fernández  le acompañará a petición propia. Estoy seguro de que esa iniciativa se debe al complejo de pecador que arrastran los ateos, quienes se saben merecedores del infierno por negar la existencia de Dios. O quizá no. Es posible que la razón de tan generosa invitación se deba a la audacia estratégica del líder asambleario, quien habría  planificado  concienzudamente  el mayor castigo que se le pueda infligir a Rato, a saber:  disponer eternamente ante él  su mismo  rostro de  vulgar e iletrado charnego independentista, pringao, rojo, con una sandalia en la mano espetándole a la cara “¡gángster!”, sin que el banquero pueda  hacer otra cosa que escucharle con cara de pasmado y sin posibilidad alguna de  ordenar posteriormente un accidente discreto.
El affaire parlamentario Fernández-Rato me ha provocado unas cuantas reflexiones sobre la naturaleza  infernal. Yo, como la Santa Sede, no acabo de creer mucho en la imaginación de Dante Alighieri.  Es un lugar demasiado ordenado, demasiado compartimentado, un tanto racional como para provocar sufrimiento  eterno equiparable y en consonancia con los delitos cometidos. Un sufrimiento eterno de verdad, sin paliativos,  es el que padecen Sísifo y Prometeo. Desde que fueron condenados en el origen de los tiempos hasta el  día de hoy uno sigue soportando los picotazos del  águila voraz en las entrañas  y el otro continúa  arrastrando la gran bola de piedra montaña arriba, y vuelta a empezar. Pero esos castigos ya están inventados, y además son exclusivos de héroes, no aptos para villanos.
Yo busco un infierno para un canalla, para un mafioso, a la medida de un hombre que ha provocado miseria y pobreza, a sabiendas, con la única finalidad de enriquecerse a si mismo y a unos pocos. Para lo cual no será necesario forzar demasiado la inventiva. De hecho tan solo es necesario observar el proceso biológico que se desencadena cuando morimos y salpimentarlo con una pizca  de espiritualidad.
Cuando el muerto  es bueno, una buena persona -una persona corriente, de las  que no contabiliza el IVA en complicidad con el  fontanero, y poca cosa más- es bien sabido que el alma abandona el cuerpo y vuela, vuela y vuela, en pos de la luz eterna, en pos de los suyos, para residir entre ellos eternamente en paz y harmonía. Pero si el deceso es el de un malo, el de un banquero, el de alguien parecido a Don Rodrigo, las compuertas  corporales por donde se libera el alma del difunto se bloquean instantáneamente y ésta vive en toda su proximidad la podredumbre progresiva del cuerpo.
Quiero decir que cuando Rodrigo Rato muera (por ponerlo de ejemplo) presenciará en toda su plenitud la descomposición lenta, húmeda y viscosa de su propio cadáver, desde  dentro, desde las  mismas  entrañas que  jamás se encogieron al observar las consecuencias de sus actos en vida.
Rato, o su alma, experimentaran al inicio del castigo un silencio sordo, expectante, un tanto mullido, producto de la falta de oxígeno y de riego sanguíneo  que en poco  tiempo va a propiciar un murmullo inquietante; el rumor de la flora intestinal que crece y crece sin parar. Entonces, millones de clostridias y coliformes invadirán todos y cada uno de los órganos, la piel se hinchará a consecuencia  de los gases, el páncreas se disolverá y todo el cuerpo, otrora aristocrático y rampante, será un recipiente de metano y sulfuro que teñirá todos los fluidos  de un color verdoso y azulado. La lengua con que mintió  se descolgará, los pulmones se evacuarán a través de las fosas nasales, y un hedor insoportable a huevo podrido se propalará  a través del cadáver mientras su alma consciente, despierta, prisionera durante todo este proceso, no encontrará lugar por donde escapar. A los pocos días entrarán en juego los insectos, que darán buena cuenta de todo tejido sólido. Cientos de gusanos, atraídos por el banquete, serpentearán de aquí para allá buscando alimento. En unas semanas, las uñas y el pelo se desprenderán y  ya solamente quedará la ropa cubriendo los huesos, que permanecerán bajo la tierra cientos de años, cobijando el alma prisionera que permanecerá encerrada en el mismo sarcófago, más allá del tiempo, recordando a perpetuidad los días de gloria, las consecuencias de su pecado  y la larga noche de la putrefacción mientras  suena cadenciosa, una y otra vez,  sin interrupción, la voz rotunda de Van Morrison cantando  "Beautiful visión".
Beautiful vision
Stay with me all of the time
Beautiful vision
Stay ever on my mind with your beautiful...

Mystical rapture
I am in ecstasy
Beautiful vision
Dont ever separate me from your beautiful...

In the darkest night
You are shining bright
You are my guiding light
You show me wrong from right

Beautiful vision
Stay ever on my mind
Beautiful vision
Stay with me all of the time with your beautiful vision

In the darkest night
I said you are shining bright
You are my guiding light
Show me wrong from right

Beautiful vision
Stay with me all of the time
Beautiful vision
Stay ever on my mind with your beautiful vision
I can make it
I can make it
With your beautiful vision

Van Morrison