lunes, 23 de febrero de 2009

El último verso


“Estos días azules y este sol de la infancia” son palabras esenciales que contienen la memoria y los recuerdos del poeta que las escribió y, también, toda nuestra andadura, la colectiva y la particular. Cuando las leo (las últimas palabras escritas antes de morir de pena, del corazón, en la derrota del ideal, en la mísera soledad del exilio doliente) pienso en las muertes de todos los seres queridos que he tenido que vivir. Todos ellos vieron, en sus últimos momentos, en el destello de un instante trascendente, el mundo tal y como lo vieron en su infancia, inocente, claro, diáfano, luminoso, abierto, libre de amenazas, dispuesto a ser descubierto. Me gusta pensar que recurrieron a su niñez no sólo para dar el último paso misterioso, incierto, hacia la nada, o hacia una nueva existencia; cada uno de ellos leyó y declamó para sí, a su modo, con palabras diferentes “Estos días azules y este sol de la infancia” como una invocación al primer y esencial recuerdo que les definía como humanos y que les reservaba su lugar en la historia y en el tiempo: el deseo último de volver sobre los pasos de la vida, de experimentar, una vez más, la claridad del día, de gozar del calor protector del sol, y de la visión postrera del mundo acogedor en el momento del suspiro final. Por eso “Estos días azules y este sol de la infancia”, el último verso que Antonio Machado escribió ahora hace 70 años, libera de la muerte a todos los hombres buenos y a todas las buenas mujeres que en el mundo han sido.

Vuelvo mañana

viernes, 13 de febrero de 2009

Everybody Hurts


“Me dolía. Sentía dolor. Cada día. A veces se aliviaba. Dormía poco, mal, siempre sobresaltada. En cuanto entraba en REM, algo, alguien, unos pasos, cualquier ruido, un respiro, un murmullo, me despertaba. Y la luz, siempre había luz, pesada, más tenue o más fuerte, pero siempre luz. Añoraba la oscuridad, al menos durante algunas horas. Nunca pude escuchar el silencio oscuro para dormir como hace años, a pierna suelta. Me acostaba y hasta la mañana siguiente. Ya podía pasar un tren por encima de mí. Ni me enteraba. Lo de REM lo sé por el grupo de rock. Me gustaban sus letras, la forma de moverse de Michael Stipe, y lo guapo que era. Me compré “Out of time” y “Automatic for the People”. Descubrí que REM corresponde a las siglas de Rapid Eye Movement, tres palabras que definen el momento en que al dormir ya no somos nosotros mismos y pasamos a formar parte del mismo sueño, profundo, hondo, ajeno, fuera del mundo. Cuando alguien está en fase REM mueve los ojos de manera compulsiva, muy rápido, sin que se vea, porque están cerrados; movemos los ojos igual que Stipe mueve los brazos en los conciertos, de un lado a otro, como si al dormir, al soñar, no quisiésemos perdernos detalle de lo que nos está ocurriendo más allá de nuestra conciencia. Es la expresión de la voluntad, en el sueño, de abarcarlo todo y de saberlo todo. “Losing my religion”, esa era mi canción favorita. No sé si sacaron algún disco más porque no les volví a escuchar.

Me dolía. Algunos días me encontraba tremendamente incómoda. De repente percibía un extraño olor asociado a una voz grave, una voz domesticada, entrenada para hablar siempre en la misma tonalidad peculiar. Olor y voz siempre aparecían juntos. Además, también podía escuchar como aquella presencia frotaba constante sus manos. No sé por qué, pero las intuía blancas, vírgenes, manos de pez restregándose una contra la otra, frías, sin que nunca llegasen a entrar de calor. El olor me obsesionaba. Me era familiar. Me recordaba a un día de excursión con el cole. Eso era. Fuimos a Pisa. Visitamos la basílica. Mientras el profe nos explicaba las características del románico italiano, un tipo vestido de morado se tumbó frente al altar. Ya nadie hizo caso al profe. Todos nos pusimos a mirar a aquel tipo gordo que se estiró todo lo que era de largo, boca abajo, y que dispuso sus manos en cruz sobre el suelo frío. Desde un quemador de incienso emanaba un fuerte olor a humo viejo, a desinfectante. Recuerdo que un amiguete mío me dijo que olía así porque allí ardían los pecados. Me pareció algo muy sugerente. Aquel amiguete mío siempre suspendía pero tenía puntos que no se le ocurrían a nadie. Muchos de los días en los que volví a oler a pecado quemado, escuchaba llorar a mamá, y papá se exaltaba, perdía los nervios y sacaba todo su ingenio y todo su genio para insultar a aquella presencia desagradable. Yo entonces me sentía orgullosa, no sabía lo que estaba pasando, pero me sentía orgullosa, aunque enseguida desconectaba y me refugiaba en los recuerdos, en Giorgio. Era guapo. Lo que más me gustaba era su sonrisa blanca. La dejaba ver cuando soltaba alguno de sus puntos y los demás reían. Conseguía retener la imagen de la sonrisa blanca de Giorgio durante muchos minutos. Sobre todo cuando me dolía más, o cuando notaba tensión en el ambiente. El tiempo y las circunstancias te ayudan a sacar lo mejor de ti, te adaptas, y de repente te das cuenta de que puedes desarrollar habilidades que jamás hubieses imaginado.

Hubo un día en que pasó algo extraño. Algo cambió. Aquella presencia maloliente perdió el ritmo sosegado de su voz entrenada y empezó a gritar descontrolado. Me lo imaginaba gordinflón, cebado, seboso, vestido de púrpura y moviéndose como Michael Stipe, compulsivo, casi epiléptico. Cada vez gritaba más y papá no decía nada. Sólo a veces, cuando el otro tomaba aliento para seguir con el vociferio, papá susurraba algo, muy tranquilo. Papá siempre fue un luchador. Me decía 'Eluara, sé libre, sé lo que quieras ser, pero siempre sé libre'. Después de aquel extraño día continuó el dolor. Al poco, sin que llegase a pasar mucho tiempo, el dolor fue remitiendo. Los sonidos electrónicos, el ruido de mi respiración atravesando un tubo rugoso, y la luz pesada que traspasó mis párpados cerrados durante 17 años, se fueron apagando. Por primera vez en la última mitad de mi vida iba a gozar del silencio y de la oscuridad, en paz, libre, como siempre soñó papá. Les echo de menos. Y a Giorgio. Me gustaría bailar con él “Everybody Hurts” de REM. Muy apretaditos.

El otro día Eluara Englaro llegó al mundo de los inmortales libres. Salí a recibirla. He transcrito lo que me contó.

Vuelvo mañana

domingo, 8 de febrero de 2009

La noche


La pantalla con la que trabajo está al lado de la ventana. La luz entra desde la derecha. Tecleo y las letras van apareciendo en la hoja virtual en blanco, pasito a pasito, como en una procesión, hasta que la página se llena y se convierte en una incontenible revuelta. Ese es un momento de euforia, de esperanza, porque entonces me veo capaz de completar otra, y otra, y otra más, una multitud de letras con sentido dispuestas a cambiar el mundo, a chillar, a declarar la revolución si es necesario, a abolir el daño, a morir. Eso es, me veo capaz de escribir letras dispuestas a morir.

Pero cuando el sol se pone a brillar casi no puedo ver la hoja en la pantalla y las letras se camuflan y desaparecen y entonces la realidad que he creado se difumina, se convierte en una realidad translúcida que reaparece solo cuando alguna nube se despista, o cuando cae la tarde y el cielo enrojece y transita hacia la noche. Tengo que esperar a la noche para rescatar la realidad que había creado. En la oscuridad, como un Golem de barro, las letras vuelven a tomar forma en la cuartilla de cristal líquido y se disponen al sacrificio por un bien superior, colectivo, futuro. La nocturnidad es más útil para la conspiración alevosa, se ve más claro.

A penas distingo desde la ventana la sombra del árbol seco contra la luz mortecina de la farola. Un coche deambula sonámbulo, buscando rumbo; se detiene y vuelve a circular. Del conductor solo acierto a ver la silueta. El coche circula sin luces. Un insomne que fuma pasea al perro. Debe ser un perro muy bien adiestrado, bien domesticado, porque no ladra. Un perro que no le ladra a la noche es un perro que no tiene de qué temer. En otros tiempos las noches se poblaban de ladridos, aullidos, toques de queda, avisos, señales del miedo para quien osase o tan sólo pensase en atravesar el quicio y respirar el aire y aprendiese a ver en la oscuridad, o a aprovecharse de ella para amar y conspirar, que al fin y al cabo es lo mismo.

Así es que ahora que a este lado del mundo todo ha muerto, ahora que la noche detiene la vida, ahora que hasta los árboles expiran veneno, es el momento de que nazca la revolución en cada letra que escribo. Una tras otra, formando palabras, espacios, silencios, verdades, cosas que nunca dirán. Letras dispuestas para el sacrificio. Las que mueren son las que siempre están, aunque no se lean, ni se digan, ni se escriban. Porque lo que cuenta es lo que no se dice, el ladrido que no ladra, la verdad detrás de la sombra, la noche, larga, que perecerá y se iluminará en un nuevo día claro y mendaz.

Vuelvo mañana

domingo, 1 de febrero de 2009

El día que conocí a Julio Cortázar


Conocí a Julio Cortázar en el año 1980. Me lo presentó un tipo al que le tengo mucho agradecido en los inicios de mi segunda vida y al que, en algunos momentos, odié con enfermiza obsesión. Lo conocí una mañana en la que el frío húmedo se calaba hasta los huesos. No había manera de entrar en calor. La niebla cubría la ciudad como la capa de un mago. A mí aquellos días densos, apagados, sin luz, me gustaban. Me sentía protegido. (Eran tiempos de ruidos de sables y creía, ingenuamente, que ningún maldito tirano podría encontrar la ciudad en donde vivía, de manera que nada ni nadie podría hacernos daño). Es extraño como hasta los detalles más pequeños de aquel día opaco aparecen en mi memoria de una manera tan diáfana.

El tipo que me presentó a Julio Cortázar se llamaba P, un gallego bajito, delgado, de mediana edad, que miraba el mundo con ojos pequeños de Lazarillo golfo a través de unas grandes gafas cuadradas de pasta que le cubrían por completo todos los ángulos visuales. Sin embargo, P siempre miraba por encima de ellas, como si observase la vida con sorna escéptica, casi cínica, de hombre descreído que lo ha visto todo y que está de vuelta de todo. P leía siempre, constantemente, a todas horas, en todo momento y en cualquier lugar. Cuando lo hacía, y sin darse cuenta, se rizaba con los dedos los rizos negros del pelo desordenado, mientras mordía con insistencia el filtro de los cigarrillos mentolados que fumaba constantemente, cuyo humo había acabado por teñir de color castaño un gran bigote de morsa que lucía con orgullo y que mojaba de cerveza, café o lo que fuera que bebiese, al llevarse el vaso a la boca.

Había tres cosas que a P le gustaban más que nada en el mundo: por este orden, ganar al dominó, las mujeres y la literatura. Hubiese dado su vida por las tres aunque siempre perdía por la mano, estaba casado y jamás escribió un libro. Pero era un lector voraz, inteligente, agudo, apasionado y, como Pierre Menard, escribió de nuevo cada libro que leyó. Por eso le admiraba, pero también le odiaba. Le daba a leer páginas que escribía y, con muy buen criterio, las despreciaba con un hiriente desdén macarra, chulesco. Por dos razones. Porque lo que escribía era realmente malo y porque no era uno de los suyos, amigos bebedores de Voll Dam, fumadores de hachís, golfos de la noche canalla. Aquel gallego exseminarista se desquitaba de sus años de sotanas en compañía de lo más florido los ochenta, y pasaba las horas de la mano de los habitantes de la noche hepática, cirrótica, lisérgica, pioneros de la mítica movida. A mi, todo aquel mundo de bohemia posmoderna, flipada y hueca no me hacía la menor gracia. Yo ya tenía mucha noche vivida a la luz del gasógeno en mi primera vida y quería darme una segunda oportunidad. Por eso a P yo le parecía un aprendiz de monaguillo y nunca logré de él un mínimo gesto de complicidad. (¡Si él hubiese sabido!)

Esa mañana sin sol entré en un bar de parroquianos a comprar tabaco. Allí, cada día, P tomaba café, acodado en la barra, sentado siempre en el mismo taburete. En aquel tugurio corría, desde un poco antes del amanecer, el anís, el coñac y las palomicas, que bebían con sed madrugadora taxistas, albañiles, camioneros, cajeros de bancos y guardias urbanos de servicio. Todas las mañanas P leía el periódico, rizaba el rizo y masticaba con gula el filtro del cigarrillo, pero aquel día algo no era igual a los otros porque no era la prensa lo que leía. Estaba acompañado. Me di cuenta nada más entrar, aunque no pude ver de quien se trataba porque estaba de espaldas a la puerta. Me dirigí a la máquina expendedora de tabaco, al otro extremo de la barra, y no le saludé. Nunca lo hacía por miedo a sufrir su indiferencia, a no ser que fuese él el primero en hacerlo. Pero en el preciso instante en que pasé a su lado me miró con sus ojos diminutos, nombró mi nombre y me invitó a acompañarle. Entonces lo vi de cerca, frente a mi, como una aparición surgida entre el humo espeso que flotaba igual que una nube sobre la clientela del bar: otra niebla acogedora y tóxica que al respirar se introduce en los cuerpos e inocula un veneno que ya para siempre fluirá por las venas sin posibilidad alguna de cura, de depuración, sin oportunidad ni chance para evacuar, eliminar, con efectos crónicos, permanentes, de consecuencias eternas, de placer infinito.

Lo recuerdo muy bien. Cada vez que paso por la puerta del bar veo la escena, me veo a mí mismo a través del cristal sucio y empañado, con mi cara de asombro, mirando a Julio directamente a los ojos cansados, ya viejos. Me veo estremecerme cuando posó levemente una de sus manos largas, ligeras, sobre mi hombro en gesto afectuoso y pausado de saludo sincero. Puedo recordar también como pronunció las primeras palabras que escuché de su boca, arrastrando la erre francesa y voseando su acento porteño, y cómo me dijo al fin, sin dejarme tiempo, si quiera, para confesarle lo mucho que P me había hablado de él: ”mirà, nuestra verdad posible tiene que ser invención”. No supe qué decir y ,como Julio me vio aturdido, casi en estado de shock, continuó diciéndome: ”un encuentro casual es lo menos casual en nuestra vida y la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o aprieta desde abajo el tubo de dentífrico”. Poco a poco fui cogiendo confianza; no me resultó difícil. La conversación se fue alargando y hubo un momento en el que ya no sabía si continuábamos entre parroquianos sedientos o habíamos trascendido el lugar y, Julio y yo, sin nadie más que nos pudiese molestar, ni siquiera P, conversábamos hasta que la noche le confirió a la niebla un estado de cortina en papel cebolla, de tejido vaporoso, como de gasa tamizada que nos protegía de un mundo irreal, porque la realidad éramos Julio y yo, y todo lo que acontecía afuera era mentira.

La víspera de san Valentín del año 1984, cuatro años después de mi primer encuentro con él, todos los periódicos, y las televisiones y las radios del mundo dieron la noticia de la muerte de Julio Cortázar. Justo ahora va a hacer 25 años. Una niebla muy diferente a la que cobija mis recuerdos se posó entonces sobre los ojos pícaros de P y lo mantuvo taciturno, triste, malhumorado y deprimido durante meses, hasta que entendió que, con tipos como Julio Cortázar, la muerte tiene poco que hacer. Julio Cortázar me redime de mi romanticismo mediocre porque cada vez que le leo estoy escribiendo de nuevo su obra.

Y así fue como conocí a Julio Cortázar. Eran tiempos en los que todavía había niebla para recordar.

Vuelvo mañana
La imagen que ilustra esta entrada se encuentra en el blog http://librosg.blogspot.com/2007/05/entrevista-julio-cortzar-realizada-por.html

lunes, 26 de enero de 2009

Marías, Obama y La Eesperanza


En España no ha proliferado la literatura de espías. Tenemos nuestros Anacletos, Mortadelos, Filemones, Superintendentes y doctores Bacterios. También tuvimos, no hace mucho, a Perote, a Roldán y su manta, a Mr X y al Gran Elefante Blanco, y cómo no, a J. Pedro y su teoría de la conspiración. A mí me parecen más reales los primeros que los segundos, que son más de TBO, como Paco y sus hombres, que persiguen por Madrid, con zapatófono y triciclo, todo lo que se menea.

Y es que para contar este tipo de historias hemos carecido siempre de la sofisticación anglosajona. Ahí están las trepidantes y envolventes historias de Green, Forsyth, Fleming ó Le Carré.

Javier Marías, anglófilo confeso, puede ser la excepción nacional. Marías finalizó el año pasado una de las mejores novelas de la literatura universal contemporánea: “Tu rostro mañana”. Este monumento literario no es una novela de género; no es, ni por asomo, una novela de espías, pero en ella, su narrador y protagonista, Joaquin Daza, es reclutado por una unidad especial del Servicio Secreto Británico que se dedica a perfilar el futuro comportamiento de determinados individuos que, de una manera u otra, en cualquier momento, se pueden convertir en ciudadanos útiles para el estado o en peligrosos elementos a los que, como mínimo, hay que vigilar. En esta fantástica y magnífica historia Marías nos dice, en realidad, que nadie conoce nuestro rostro mañana, ni siquiera nosotros el propio. Nadie sabe, y tampoco nosotros, si nuestra aparente y apacible bondad, un día, se puede convertir en traición, asesinato, difamación, tortura, delación o mentira, en nuestro provecho, para salvar el pellejo o, por venganza o, sencillamente, por pura ambición.

No hace falta trabajar en el MI5 para intuir el rostro futuro de Esperanza. Quizá sí que habría que encargar algún trabajillo para perfilar los rostros futuros de Alberto, que me parece más enigmático, más taimado. De cualquier manera, a mí lo que me gustaría ver es el futuro rostro de Obama. Habría que pedirle a Javier Marías que escriba, a manera de adenda, o como epílogo, una nueva entrega de su obra, para que Mr. Tupra asigne a uno de sus agentes la misión de observar la mirada de Barak Obama, los gestos, los acentos, y sobre todo, esos momentos casi imperceptibles en que todos los rostros se relajan y delatan, durante un instante, de qué somos capaces. Sería tanto como saber qué mundo nos espera.

Vuelvo mañana

domingo, 18 de enero de 2009

Biolingüística


Las palabras y los nombres nombran y crean a las cosas y a los hombres. Las palabras nos ofrecen la imagen de lo que nombran dentro de su hábitat. Una palabra nombra a alguien y describe algo. En su propio contener, la palabra nos muestra para qué sirve, cómo es; si mata o ama, si vive o muere, si odia o quiere. A menudo, las palabras y los nombres contienen en su significado si algo o alguien es o está, sencillamente, sin más. Por eso puede ocurrir que un ciego de nacimiento vea mejor el mundo y lo que lo habita, porque lo mira a través de las palabras, a través de lo que ellas contienen, a través de su destino, ineludible, que se genera desde el momento en que se pronuncian por primera vez.

Por ejemplo, alguien que al nacer fuese bautizado con el nombre de Edgar Allan por su progenitor, el Señor Poe, no puede ser otra cosa que un genio maldito de la literatura. Quiero decir que, por el hecho de llamase así no puede escapar a su destino; por llamarse Edgar Allan Poe deberá escribir, en el trascurrir de su vida, obligatoriamente, “El Escarabajo de Oro”,“La caída de la casa Usher” ó “El cuervo”. Otro ejemplo, para que se entienda. Alguien que se llame Julio Cortázar está predestinado a unir su nombre, quiera o no quiera, durante su vida y después de su muerte, por siempre, a los Cronopios, a la Señorita Cora, al juego de la rayuela o al mismísimo Poe. Y así con quien pensemos. A mí, por ejemplo, al ser bautizado como Mariano José, no se me permitió escribir un buen poema, o un buen drama, alguna obra postrera, grande y maestra que me permitiese pasar a la historia como el único romántico ibérico digno de ser mencionado. Mi nombre estableció mi destino y éste me ofreció, rácano, cruel, un pobre “Vuelva usted mañana”, un disparo en la sien y el desprecio eterno de Dolores.

Con las cosas pasa lo mismo. Algo que se llame árbol tiene que ser bello porque una palabra tan llana, tan bien acentuada, tan sencilla, con sus dos fonemas líquidos tan bien colocados, no puede ser más que algo que se aferre a la tierra y que viva de ella, y nos dé sombra, y se cimbree con el viento y silbe con sus hojas en las noches veraniegas de cierzo.

Y ahora se me ocurre que todo esto ya lo saben los vendedores de humo desde que el hombre es hombre, desde que la palabra se hizo verbo. Los brujos de la historia, creadores de ilusiones, jefes de comunicación, directores de marketing, artistas de las relaciones públicas, aprendices de Maquiavelo, han conseguido cambiar el destino de las palabras, el destino de lo que contiene aquello con lo que se nombra. La técnica es tan sencilla como perversa, tan efectiva como letal. Se trata de averiguar el genoma de los significados originales, para con él, crear un nuevo embrión, con apariencia semántica similar, pero que desarrollará unas funciones totalmente diferentes y opuestas, de tal manera que una vez puesto en la vida, entre el destino de las demás palabras, elimine al original, como una especie depredadora en otro hábitat.

Para probar esta teoría, no hay más que ver los resultados que han conseguido los ingenieros de la biolingüística, los hechiceros de la tribu, con dos palabras y sus hábitats, con estas dos palabras y todo lo que a su alrededor acontece: Israel y Palestina.

Vuelvo mañana

sábado, 10 de enero de 2009

El tiempo


He vivido innumerables inviernos a lo largo de mi eternidad. Duros, crudos, fríos inviernos cubiertos de nieves y de hielo. El cielo se encapotaba y el sol desaparecía de las vidas de las gentes. Por entonces ya existían los medios de comunicación. Yo trabajé en ellos y llegué a crear alguno. Azotados por la ventisca, corríamos de un lado a otro y seguíamos con nuestras vidas y con nuestras muertes. Hablar del tiempo suponía perderlo. Resultaba mejor aprovecharlo en encender un buen fuego y, al abrigo de la chimenea, alumbrados por la luz de las llamas, bien abrigados, escribir sobre lo que de verdad nos helaba la sangre: la hipocresía, la tiranía, la pobreza, la incultura, la manipulación… la sangre derramada en las interminables y estúpidas guerras carlistas. Claro que había otros que preferían enmendarle la plana al político de turno, babear sobre los pies del rey o, sencillamente, llenar las cuatro páginas del pliego con las crónicas de las corridas de toros. Cada cual a lo suyo, nevase o ardiese la tierra de calor. Se trataba de discurrir a través de la mismísima vida, habitada siempre por perdedores y vencedores, listos, listillos, espabilados y tontos de remate, víctimas y verdugos, cabrones e inocentes.

Hoy, acostumbrados a vivir a cubierto, a 23 grados perpetuos, da la sensación de que occidente es un gran ascensor en el que nadie se mira y donde todos repetimos, como loros de pico corto, que en invierno nieva y hace frío y en verano no. No hay más que ver cualquier noticiero televisado por los ascensoristas sociales: 15 minutos de imágenes con personas caminando entre la nieve y la lluvia y otros 15 minutos de imágenes y palabras huecas sobre la última hazaña del futbolista de moda. O las portadas de los principales periódicos, que día si y día también, nos ofrecen cumplida información sobre la estación del año en qué vivimos, por si alguien alberga alguna duda.

Los inviernos de la Palestina ocupada son fríos y los veranos calurosos. La temperatura media del invierno, en el llamado Israel, es de 23 grados, la misma que en verano. En los hospitales de Gaza los heridos por el terrorismo israelí mueren de neumonía porque no hay cristales en las ventanas y la temperatura en su interior es la misma que en el exterior. Los niños palestinos se mueren de hambre, tumbados como perritos famélicos a las faldas de su mamá muerta a causa de la metralla producida por la explosión de misiles lanzados a las órdenes de Olmert, de Busch, de la Union Europea y del lobby judío. Los misiles son lanzados de madrugada, cuando la temperatura es más baja, aunque también al mediodía, cuando las nubes se retiran, se abren importantes claros y algunos chubascos ocasionales mojan los letreros luminosos de los centros comerciales de Jerusalem, Washington y París. Hace pocos días, llovió sobre una mezquita al norte de Gaza. En su interior rezaban los últimos creyentes del barrio. Al escampar, un misil de los terroristas judíos los descuartizó a todos y esparció sus entrañas por el suelo santo. El día de los Reyes Magos, día de la santa epifanía cristiana, tres cadáveres de niños palestinos aparecieron en todas las portadas de los diarios del mundo envueltos en sudarios tejidos en el mismo territorio en donde Jesús de Nazareth nació entre las nieves mediterráneas y el frío oriental. Oro incienso y mirra. Ese mismo día, al despuntar la mañana, caía una fina lluvia romana sobre la cúpula de San Pedro del Vaticano. Benedicto XVI se levantó de la cama adoselada, corrió la cortina púrpura de la ventana santa, miró al cielo y le preguntó a su asistente si las previsiones del tiempo para ese día prometían sol o, por el contrario, auguraban precipitaciones. A continuación bajó en ascensor hasta el despacho y, allí sentado, con la misma ilusión de un niño inocente, abrió su regalo y sonrió con sus dientes de pastor alemán. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, el anticiclón predominaba en la costa este americana y un cálido viento, apenas perceptible, peinaba la hierba verde sobre la que Barak Obama mejoraba su handicap al introducir con solo dos golpes la bola en el hoyo 9.

Vuelvo mañana