martes, 27 de mayo de 2008

Yo sé quien soy


Hay quien todavía duda de mi identidad, y es una pena, porque no encuentro la manera de provar que, efectivamente, vengo del tiempo, que vivo mi enésima vida, que una noche invernal de alcohol y desengaño, de hartazgo del mundo y de mí mismo, me descerrajé un disparo en la sien y mi cuerpo acabó tendido en el suelo frío del número 2 de la calle Santa Clara.

Y hay quien duda de Dolores. Deseé a Dolores desde el día en que la vi. Nos miramos, nos hablamos y nos besamos, y poco después nos amábamos a tumba abierta, bajo el cielo oscuro, desnudos ante el mundo, ansiosos, porque de alguna manera éramos conscientes de los días y las horas.

La verdad es que me dan igual las dudas de unos y otros. Ya lo dijo Don Quijote: "Yo sé quien soy". Y basta. Quiero decir que es la última vez que justifico mi existencia. Vaya!! Parece que la immortalidad imprime carácter.

(No se me olvida la canción de la gaviota y el olor a resina de pino, y el verano cálido con sus lunas, y los niños gamberreando alrededor, y el miedo a los ruidos nocturnos, y un amanecer nevados, helados, y el bosque blanco, y yo temblando como una hoja... Dolores )

Vuelvo mañana
La pintura es de Emilio Utrilla. Su web es www.utrilla.net

sábado, 10 de mayo de 2008

Bendita lluvia de mayo


Llueve con insistencia. La gente transita tranquila bajo el paraguas. El cielo es gris. Desde pequeños nos enseñan a decir que el cielo está cubierto cuando está nublado, cuando las nubes tapan el color azul, como si el azul fuese el color que al cielo le corresponda por una suerte de decisión arbitraria, que cuajó con fortuna. Yo propongo que se diga que el cielo es gris, quiero decir, que el gris sea su color, su estado natural permanente, y propongo que cuando se vea azul se diga que el cielo está descubierto. Creo que mi propuesta no va a resultar muy popular, pero ya se sabe, los románticos somos acérrimos defensores de causas inútiles que, además, acaban siempre por hacernos daño.

Ahora que los cristales de la buhardilla se llenan de gotas ingénuas que caen y mueren en la pendiente transparente del tragaluz, me acuerdo de los días enteros en que Dolores y yo nos nos amábamos en una acogedora habitación de pensión, muy cerca de la Plaza Mayor de Madrid. La primaveras lluviosas nos acompañaban. La luz clara del cielo de Madrid entraba por entre las persianas en una suerte de armonía temporal entre el cielo y nosotros, porque era entonces cuando llegaban las horas de la piel, de los besos, de las manos en los vértices del placer, de los olores espesos y de los jadeaos, de huecos ocupados y éxtasis enloquecidos, y del abrazo infinito, enredados, exhaustos, entre las sábanas. Cuando recuperábamos el aliento nos mirábamos, muy cerca, casi bizqueando, y sonreíamos divertidos, hasta que escuchábamos el trueno lejano. Al poco, la luz huía de la ventana, la habitación se oscurecía y se oía un débil y espaciado repiqueteo que se convertía, en cuestión de segundos, en un tremendo y ruidoso chaparrón de mayo que castigaba los adoquines de la calle. Dolores, entonces, se levantaba y se escondía tras la cortina, me miraba con gesto de sorpresa y me decía lo fuerte que llovía, y después se reía de los viandantes que corrían a refugiarse, bajo los portales, totalmente empapados. Me invitaba, incluso, a asomarme con ella, pero yo nunca quería. Me gustaba observarla y disfrutar de la visión del reflejo de las gotas de lluvia recorriendo su cuerpo desnudo, sobre la piel blanca, clara. Era gracias a la lluvia que gozaba, entonces, recostado y tranquilo, de un segundo éxtasis, dibujando los contornos de sus formas contundentes, casi en secreto, en la distancia del alcance de mi brazo, abandonado en la paz del sopor que proporciona el amor. Creo que ella lo sabía. Por eso, al poco, cuando escampaba y la luz amagaba con iluminar de nuevo la habitación, venía de nuevo a mi lado y me besaba y aquella habitación era, durante algunos minutos más, el mundo entero habitado. Así nos transcurría el amor, entre la lluvia bendita y la luz de Mayo.

Lo dije al principio: el cielo es gris. El cielo siempre es gris


Vuelvo mañana.

La pintura es de Nicoletta Tomas Caravia. La he encontrado en su pàgina web http://www.nicoletta.info/ No la conocía. Sus pinturas son tremendamente expresivas y muy personales . Con tu permiso Nicoletta.

jueves, 17 de abril de 2008

navidad pagana


Hoy es día 27 de abril y hace ya cuatro días que pasó el día del libro. Siendo como es día laborable, en Barcelona, en el dia de Sant Jordi no trabaja casi nadie. Quien más y quien menos se busca un escusa para hacer novillos. Las calles huelen a flores, todo se tiñe de rojo, todo huele a Abril, todo suena a Abril. Decir Abril y oir el sonido de sus cinco letras combinadas formanado la palabra A b r i l nos trae los violines de Vivaldi. Es un nombre mágico en el que cabe toda la primavera. Abril podría ser el mes del adviento laico y su día 23 el día de la navidad pagana en el que, por fuerza, los hombre y las mujeres - tanto da como se combinen - se amen porque sea lo único que en ese día se pueda hacer. Yo te regalo un libro y recibo una flor; yo te ragalo una flor y recibo un libro. Y la cosa acaba en un beso, un beso de papel.

Hace justo una semana, un estratégico 20 de Abril, un muchacho ingenioso llamado Carlos Ruiz Zafón - y lo digo sin pizca de ironía - ha sido el protagonista de una de las operaciones de marketing más caras y efectistas (y seguro que también efectivas) de la historia editorial mundial. La megalómana campaña, de la que no se ha podido escabullir nadie, ha incluido presentación con pompa y boato en el Gran Teatre del Liceo, el templo aristócrata de la cultura elitista. La escenografía era digna de una ópera serie "B" de Wagner. Los creativos de Planeta dispusieron como telón de fondo una nave abovedada sobre la que descasaban supuestos elegantes arcos apuntados que se perdían en el infinito de una perspectiva caballera. Para conseguir un efecto tridimensional, sobre la escena, unos mozos de mudanzas descargaron unas cuantas toneladas de libros que un afamado escenógrafo dispuso después sobre el mítico escenario, de manera que el Ruiz, o el Zafón (no se qué apellido será el más adecuado a la hora de nombrar al divo), el escritor al fin, vendía su novela, sin el mayor asomo de sonrojo, entre la mentira de un telón digno del mejor peplum y los cadáveres de algunos libros gaseados para la ocasión.

Inmediatamente después, España entera se llenaba con el diseño de la portada de la novela en cuestión: televisones, periódicos, revistas, blogs, páginas web, vallas publicitarias... todo el país vestido de Zafón, y un millón de ejemplares se disponían a invadir la literatura de los días, o los días de la literatura. Pasear por Barcelona el día 23 era recorrer un nuevo paisaje urbano, pues en las calles habían emergido, como edificios, palés y pálés, ladrillo sobre ladrillo, de "El juego del Angel", y los tranquilos paseantes se veían abocados, totalmente hipnotizados, a pagar un nuevo y curioso IBI aportando 30€ a la bicoca editorial de la historia. ¿Alguien dijo literatura?

El mismo día 23, frente al mar de Barcelona, entre hinchas del Manchester, universitarios ociosos, y turistas ávidos de sol, un hombre solo lee la novela "El árbol de la ciencia" de Pio Baroja, en la edición de Alianza Editorial (no más de 6€) en la que miles de jóvenes de este pais la leyeron cuando estudiaron bachillerato. Es un hombre de mediana edad, diría que todavía joven. Viste tergal, sin más; ropa transparente para un hombre transparente. A su lado, apoyada sobre el banco en el que lee, descansa una bicicleta vieja. No levanta la cabeza. Ni siquiera parecen molestarle los reflejos del sol en el agua azul. Me pregunto si ese momento de suma concentración corresponde a la lectura del pasaje en el que el tio Iturrioz le dice a su sobrino Andrés Hurtado que para sobrevivir en este mundo hay que asumir, desde muy prontito, ciertas verdades.

Les deseo a los dos, al hombre que lee y al escritor que vende, la mejor de la suertes. De verdad, de todo corazón, con el mejor espíritu de la navidad pagana.


Vuelvo mañana

martes, 15 de abril de 2008

Cumpleaños

Ya fue 14 de abril. Ya pasó, de nuevo, el cumpleaños sin velas y sin canción. Todavía hay muertos enterrados, boca abajo, un poco más allá de la cuneta, que se aparecen por la noche en las curvas de la historia. Su carne se pudrió al poco, la boca se llenó de tierra y por el orificio que abrió la pistola cobarde, se derramó, gris y roja, la memoria sobre el asesino.

Aún así, en las carreteras pequeñas de España que no llevan a ningún sitio, por donde Don Antonio le cantó al camino, se oyen voces que vienen del páramo, claras, como ecos que trae la conciencia.

A veces, algún caminante inquieto, quizá buscador de verdades, distingue diáfana la voz, limpia de tierra, que pide justicia. Que reclama un espacio en la historia. Que vindica el derecho a existir entre los vivos que sirvieron.

Tras los años, exhausta de gritar sin rostro, en un último esfuerzo espectral, entre nieblas, la voz apenas suspira un hueco entre los suyos y un humilde letrero en el que se lea el nombre que nunca aprendió a escribir.

Vuelvo mañana

viernes, 4 de abril de 2008

La escuela


Nada parece lo mismo desde que andan calladitos por las calles, a escondidas, tapaditos y agachados, mirando a un lado y a otro, no sea que les identifiquen. Otros andan demasiado preocupados en tramar el mejor modo de no perder comba, de acertar con la mejor opción, que ahora toca ser moderado. Quedan atrás la bronca, el insulto y la mentira y, con unas cuantas mentiras más, negarán que insultaron, difamaron y casi golpearon (de golpe, golpista) y, aunque alguien les haga escuchar de su propia voz utilizar el dolor de los muertos, ellos lo negarán. "Ese no era yo, ustedes lo sacan de contexto, yo nunca dije eso, siempre he querido lo mejor para el país, y así".

Esta cuadrilla de sinvergüenzas hoza ahora la tierra con sus pezuñas como los perros y como los toros, para esconder la mierda y para coger impulso. Van a venir de nuevo, y esta vez con la voz atiplada, el gesto amable, el tono medido y las formas exquisitas. Ahora es cuando hay que tenerles miedo.

Pero, lo dicho: ahora este es un pais diferente. El gobierno ya no es amigo de terroristas, las mujeres ya no abortan, la familia ya no se rompe, España mucho menos y el 11-M fue obra de islamistas. Efectivamente, algo ha cambiado, como si alguna pieza que estaba desplazada, desencajada, se hubiese, por fin, colocado en sus sitio. Aún así, a mi me queda mucha mala leche dentro. Ver a estos tipos tan tranquilos, impunes de toda culpa, señorones de casino, pasear su real centro democrático por las calles como si nunca hubiese roto un plato...

Me recuerdan a un par de buenos elementos con los que fue al colegio un buen amigo mío, al que he conocido este siglo. Parece ser que eran los confidentes del profesor. Con tal de conseguir sus favores o medio punto más, mentían y acusaban. Al salir al patio, como si nada, jugaban el partidillo con toda la clase y, encima, metían gol, porque el resto de compañeros les dejaban. El acusado, (falso acusado) pasaba los minutos de patio de cara a la pared y se llevaba una buena hostia. Después, al entrar de nuevo en clase, nadie se acordaba de él, pero sí de los goleadores, que además eran jaleados y felicitados por todo aquel que se quería congraciar con ellos. Según mi amigo, la felicitación era, en realidad, un salvoconducto para evitar ser acusado, aunque no garantizaba nada. El maestro Forges diría: "adivinar en menos de cinco segundos a qué partido político se afiliaron esos dos elementos."

En la escuela no aprendemos una mierda, con perdón

Vuelvo mañana

domingo, 9 de marzo de 2008

El Emule y la vida

A veces la tecnología va por delante de la vida y, no sólo nos la hace más sencilla, sino que, además, nos permite metáforas insólitas, más o menos fáciles. Ayer mismo, sin ir más lejos, hacía uso del multitudinario programa de descargas Emule, que no deja de ser una moderna lámpara de Aladino: frotas el ratón y al momento tienes lo que deseas, sin límite de peticiones, constantemente. A los legos y los analfabetos tecnológicos como yo no deja de sorprendernos y nunca llegaremos a entender el mágico mecanismo o procedimiento a través del cual podemos acceder, en unos pocos minutos, a nuestra música favorita, a la mejor de las películas o a cualquier otro producto que sea susceptible de ser digitalizado. Nos sentimos como la abuela de un buen amigo mío que, según me explicó una vez, cuando coincidía en el comedor, a la hora de la comida, con el televisor encendido, se retiraba a la cocina porque le daba vergüenza que “ese señor de ahí dentro me vea sorber la sopa”.

Ayer mismo le explicaba a este amigo, que entiende un poco más que yo los misterios “del” Internet, lo contento que me sentía porque me había descargado la película “Nosferatu” de Murnau. Él hizo que me olvidase enseguida de la película y consiguió que me sumiese durante la noche en una reflexión que parecerá un tanto rara. Mi amigo me dijo que cuando haces doble clic con el ratón sobre el archivo que uno se quiere descargar, el computador reserva, al instante, el espacio que ese archivo necesita para poder residir sin problemas en la máquina. ¡Sorprendente! Y mi sorpresa no es tecnológica, porque aunque es verdad que soy de los que todavía se admiran de que en mi teléfono, de repente, aparezca una foto que alguien me ha enviado a miles de kilómetros de distancia, uno ya se espera cualquier cosa. Lo que en realidad me sorprende, lo que me ha dejado despierto durante toda la noche es que el Emule pueda funcionar de la misma manera que funciona la vida. No sé si sus creadores fueron conscientes de ello pero, en cualquier caso, calcaron a la perfección el mecanismo por el que nos movemos cotidianamente.

Sigo cuerdo, o eso creo. No es que la falta de sueño me haya nublado el entendimiento. Es que si en el momento de comprar un piso, al entrar en las habitaciones todavía vacías, uno planea la mejor manera de distribuir el mobiliario, en realidad está reservando espacios. O si decidimos, en el momento que lo hacemos, estudiar una carrera universitaria, en realidad estamos reservándonos cinco años en los que ir instalando pacientemente nuevos conocimientos, quién sabe si nuevas frustraciones, y nuestro futuro. Y si encontramos el amor, si nos enamoramos, si nos decidimos a decirle a alguien que le queremos, en realidad estamos reservando espacios de encuentros que nos verán besarnos, o besos que nos daremos y lágrimas que lloraremos… Quiero decir que todas las expectativas que hacen que nuestras existencias caminen hacia adelante exigen, necesitan, por defecto -como diría mi amigo- que reservemos un espacio.


Ya casi agotado, de madrugada, me dio por pensar que en realidad las coincidencia entre el Emule y la vida no eran realmente lo importante. Lo realmente trascendente es saber quién cumple mejor nuestras expectativas, si el discurrir de la vida o el famoso programa de descargas gratuitas. Y se lleva la palma Emule. Algo siempre cae: si no es la película deseada, uno tiene un poco de porno, que en estos tiempos que corren no viene nada mal. Además, siempre hay más de una opción y siempre podemos cancelar, eliminar y volver a intentarlo. Pocas veces la vida ofrece dos oportunidades y cuando disponemos de ellas las aprovechamos, no sin arrastrar una buena carga de frustración y cierto miedo al fracaso. Y la diferencia más notable: los espacios reservados en nuestras vidas siempre dejan huella, siempre requieren que renunciemos a algo -porque es del todo imposible tenerlo todo- y nunca son gratis. Yo que soy un romántico optimista compulsivo (cosas raras viereis) llegué anoche a la conclusión de que el único espacio que la vida nos reserva por defecto es el de la muerte. Está feo que yo lo diga, porque cometí el pecado de la soberbia al decidir el día, la hora y el modo de cómo acabar con la mía. Quizá es que la inmortalidad me ha convertido en un vanidoso, porque la ventaja que yo tengo sobre cualquier mortal es que me sobra espacio de disco, por mucho tiempo. Otro día hablamos de la memoria RAM.

Vuelvo mañana

lunes, 3 de marzo de 2008

Virginia


Ante mí respira y mira triste, hacia la nada, el rostro de Virginia Woolf. Lo vi, me sorprendió, una mañana luminosa al final del invierno. Me sobresalté al verla en la página del diario que leía. Todo ocurrió en un destello, en un fogonazo de tiempo. Sentí una irrefrenable necesidad irracional de acercarme a un rostro tan desoladoramente bello necesitado del beso suave sobre sus labios perfectos, de la caricia en la mejilla limpia o de la mano cálida sobre la nuca desnuda.

A Virginia y a mi nos une un mismo final, por motivos bien distintos, aunque es posible que todos los suicidas tengamos en común un único y universal motivo. Pero esa es otra historia. La revelación que ahora explico no tiene nada que ver con la muerte. O al menos eso pensé al ver el retrato de Virginia. Tiene que ver con la belleza. Fue un impulso sobre la sangre, la palpitación súbita, el temor o el deseo de que de un momento a otro Virginia Woolf volviese la cara hacia mi y me cubriese para siempre con la insondable oscuridad de sus ojos. Quise averiguar los misterios que se esconden más allá del horizonte al que mira, viajar hasta allí y no volver ni para contarlo; hundirme en su infinita profundidad; morir y depositar todas mis vidas vividas y no vividas, al pairo, sobre el inabarcable océano gris de su mirar. Quise con todas mis fuerzas que moviese levemente los labios, que dejase escapar, suave, un soplo de aliento, casi un gemido que arrastrase mi nombre. Llegué a imaginar, incluso, el breve espacio de tiempo en el que Virginia se desprendería de la horquilla que le sujeta el pelo y que en un gesto entre rebelde, tímido y extremadamente delicado, dispondría sobre su hombro izquierdo toda la negra melena y, de ese modo, el blanco cuello interminable permanecería al descubierto, tentador e inaccesible.

Así era como me encontraba, absorto y ensimismado, semi adormecido, quizá a causa del sol invernal, elucubrando e hipnotizado por el magnetismo de uno de los rostros más bellos que nadie haya podido conocer. Y entonces se produjo un hecho admirable, absolutamente increíble. Vi claramente cómo Virginia parpadeó, inclinó el rostro casi imperceptiblemente y, lentamente, lo dirigió hacia mí. La honda sensación de triste belleza, que hasta ahora había percibido, se convirtió en una fabulosa tormenta, en la más terrible y poderosa de las tempestades. Una fuerza titánica, extraterrena, como propiciada por los dioses, se apoderó del rostro de Virginia Woolf. No sabría describir el instante en que aquellas facciones puras, transmutaron en la expresión desgarrada del torturado, en la cara y los ojos de la herida en el alma y del mal de espíritu, en el tormento súbito que desquicia el rostro y lo convierte en un sumidero de dolor insufrible. Sucedió sin tránsito. Fue ver el árbol otoñal en la tierra fértil y al momento ver el mismo árbol entre cenizas, desnudos los huesos de sus ramas; fue dejarse acariciar por el mar al borde de la roca y, sin aviso, ser arrastrado por la galerna; fue alumbrar el pasillo oscuro con la vela que nos salva de la nada y perecer en el fuego inmisericorde que todo lo arrasa.

En un primer impulso casi retiré el retrato de mi vista. Miedo, curiosidad, desazón, tristeza, deseo. Toda una serie de sensaciones confluían. Después de unos instantes de desconcierto, fui dándome cuenta de que en realidad estaba viendo siempre al mismo rostro. Para asegurarme, volví la cabeza hacia un lado y a otro por ver si alguien se había percatado del suceso, pero nadie pareció apercibirse de nada. Me calmé y, poco a poco, fui entendiendo.

No me he desprendido jamás del retrato de Virginia Woolf. Lo llevo a todas partes. Me gusta mirar a Virginia. Veo belleza, dolor y misterio; veo la tierra que lucha por ser y el ser que goza en la tierra. Y al revés.

Vuelvo mañana