
Aún así, en las carreteras pequeñas de España que no llevan a ningún sitio, por donde Don Antonio le cantó al camino, se oyen voces que vienen del páramo, claras, como ecos que trae la conciencia.
A veces, algún caminante inquieto, quizá buscador de verdades, distingue diáfana la voz, limpia de tierra, que pide justicia. Que reclama un espacio en la historia. Que vindica el derecho a existir entre los vivos que sirvieron.
Tras los años, exhausta de gritar sin rostro, en un último esfuerzo espectral, entre nieblas, la voz apenas suspira un hueco entre los suyos y un humilde letrero en el que se lea el nombre que nunca aprendió a escribir.
Vuelvo mañana
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