martes, 15 de abril de 2008

Cumpleaños

Ya fue 14 de abril. Ya pasó, de nuevo, el cumpleaños sin velas y sin canción. Todavía hay muertos enterrados, boca abajo, un poco más allá de la cuneta, que se aparecen por la noche en las curvas de la historia. Su carne se pudrió al poco, la boca se llenó de tierra y por el orificio que abrió la pistola cobarde, se derramó, gris y roja, la memoria sobre el asesino.

Aún así, en las carreteras pequeñas de España que no llevan a ningún sitio, por donde Don Antonio le cantó al camino, se oyen voces que vienen del páramo, claras, como ecos que trae la conciencia.

A veces, algún caminante inquieto, quizá buscador de verdades, distingue diáfana la voz, limpia de tierra, que pide justicia. Que reclama un espacio en la historia. Que vindica el derecho a existir entre los vivos que sirvieron.

Tras los años, exhausta de gritar sin rostro, en un último esfuerzo espectral, entre nieblas, la voz apenas suspira un hueco entre los suyos y un humilde letrero en el que se lea el nombre que nunca aprendió a escribir.

Vuelvo mañana

viernes, 4 de abril de 2008

La escuela


Nada parece lo mismo desde que andan calladitos por las calles, a escondidas, tapaditos y agachados, mirando a un lado y a otro, no sea que les identifiquen. Otros andan demasiado preocupados en tramar el mejor modo de no perder comba, de acertar con la mejor opción, que ahora toca ser moderado. Quedan atrás la bronca, el insulto y la mentira y, con unas cuantas mentiras más, negarán que insultaron, difamaron y casi golpearon (de golpe, golpista) y, aunque alguien les haga escuchar de su propia voz utilizar el dolor de los muertos, ellos lo negarán. "Ese no era yo, ustedes lo sacan de contexto, yo nunca dije eso, siempre he querido lo mejor para el país, y así".

Esta cuadrilla de sinvergüenzas hoza ahora la tierra con sus pezuñas como los perros y como los toros, para esconder la mierda y para coger impulso. Van a venir de nuevo, y esta vez con la voz atiplada, el gesto amable, el tono medido y las formas exquisitas. Ahora es cuando hay que tenerles miedo.

Pero, lo dicho: ahora este es un pais diferente. El gobierno ya no es amigo de terroristas, las mujeres ya no abortan, la familia ya no se rompe, España mucho menos y el 11-M fue obra de islamistas. Efectivamente, algo ha cambiado, como si alguna pieza que estaba desplazada, desencajada, se hubiese, por fin, colocado en sus sitio. Aún así, a mi me queda mucha mala leche dentro. Ver a estos tipos tan tranquilos, impunes de toda culpa, señorones de casino, pasear su real centro democrático por las calles como si nunca hubiese roto un plato...

Me recuerdan a un par de buenos elementos con los que fue al colegio un buen amigo mío, al que he conocido este siglo. Parece ser que eran los confidentes del profesor. Con tal de conseguir sus favores o medio punto más, mentían y acusaban. Al salir al patio, como si nada, jugaban el partidillo con toda la clase y, encima, metían gol, porque el resto de compañeros les dejaban. El acusado, (falso acusado) pasaba los minutos de patio de cara a la pared y se llevaba una buena hostia. Después, al entrar de nuevo en clase, nadie se acordaba de él, pero sí de los goleadores, que además eran jaleados y felicitados por todo aquel que se quería congraciar con ellos. Según mi amigo, la felicitación era, en realidad, un salvoconducto para evitar ser acusado, aunque no garantizaba nada. El maestro Forges diría: "adivinar en menos de cinco segundos a qué partido político se afiliaron esos dos elementos."

En la escuela no aprendemos una mierda, con perdón

Vuelvo mañana

domingo, 9 de marzo de 2008

El Emule y la vida

A veces la tecnología va por delante de la vida y, no sólo nos la hace más sencilla, sino que, además, nos permite metáforas insólitas, más o menos fáciles. Ayer mismo, sin ir más lejos, hacía uso del multitudinario programa de descargas Emule, que no deja de ser una moderna lámpara de Aladino: frotas el ratón y al momento tienes lo que deseas, sin límite de peticiones, constantemente. A los legos y los analfabetos tecnológicos como yo no deja de sorprendernos y nunca llegaremos a entender el mágico mecanismo o procedimiento a través del cual podemos acceder, en unos pocos minutos, a nuestra música favorita, a la mejor de las películas o a cualquier otro producto que sea susceptible de ser digitalizado. Nos sentimos como la abuela de un buen amigo mío que, según me explicó una vez, cuando coincidía en el comedor, a la hora de la comida, con el televisor encendido, se retiraba a la cocina porque le daba vergüenza que “ese señor de ahí dentro me vea sorber la sopa”.

Ayer mismo le explicaba a este amigo, que entiende un poco más que yo los misterios “del” Internet, lo contento que me sentía porque me había descargado la película “Nosferatu” de Murnau. Él hizo que me olvidase enseguida de la película y consiguió que me sumiese durante la noche en una reflexión que parecerá un tanto rara. Mi amigo me dijo que cuando haces doble clic con el ratón sobre el archivo que uno se quiere descargar, el computador reserva, al instante, el espacio que ese archivo necesita para poder residir sin problemas en la máquina. ¡Sorprendente! Y mi sorpresa no es tecnológica, porque aunque es verdad que soy de los que todavía se admiran de que en mi teléfono, de repente, aparezca una foto que alguien me ha enviado a miles de kilómetros de distancia, uno ya se espera cualquier cosa. Lo que en realidad me sorprende, lo que me ha dejado despierto durante toda la noche es que el Emule pueda funcionar de la misma manera que funciona la vida. No sé si sus creadores fueron conscientes de ello pero, en cualquier caso, calcaron a la perfección el mecanismo por el que nos movemos cotidianamente.

Sigo cuerdo, o eso creo. No es que la falta de sueño me haya nublado el entendimiento. Es que si en el momento de comprar un piso, al entrar en las habitaciones todavía vacías, uno planea la mejor manera de distribuir el mobiliario, en realidad está reservando espacios. O si decidimos, en el momento que lo hacemos, estudiar una carrera universitaria, en realidad estamos reservándonos cinco años en los que ir instalando pacientemente nuevos conocimientos, quién sabe si nuevas frustraciones, y nuestro futuro. Y si encontramos el amor, si nos enamoramos, si nos decidimos a decirle a alguien que le queremos, en realidad estamos reservando espacios de encuentros que nos verán besarnos, o besos que nos daremos y lágrimas que lloraremos… Quiero decir que todas las expectativas que hacen que nuestras existencias caminen hacia adelante exigen, necesitan, por defecto -como diría mi amigo- que reservemos un espacio.


Ya casi agotado, de madrugada, me dio por pensar que en realidad las coincidencia entre el Emule y la vida no eran realmente lo importante. Lo realmente trascendente es saber quién cumple mejor nuestras expectativas, si el discurrir de la vida o el famoso programa de descargas gratuitas. Y se lleva la palma Emule. Algo siempre cae: si no es la película deseada, uno tiene un poco de porno, que en estos tiempos que corren no viene nada mal. Además, siempre hay más de una opción y siempre podemos cancelar, eliminar y volver a intentarlo. Pocas veces la vida ofrece dos oportunidades y cuando disponemos de ellas las aprovechamos, no sin arrastrar una buena carga de frustración y cierto miedo al fracaso. Y la diferencia más notable: los espacios reservados en nuestras vidas siempre dejan huella, siempre requieren que renunciemos a algo -porque es del todo imposible tenerlo todo- y nunca son gratis. Yo que soy un romántico optimista compulsivo (cosas raras viereis) llegué anoche a la conclusión de que el único espacio que la vida nos reserva por defecto es el de la muerte. Está feo que yo lo diga, porque cometí el pecado de la soberbia al decidir el día, la hora y el modo de cómo acabar con la mía. Quizá es que la inmortalidad me ha convertido en un vanidoso, porque la ventaja que yo tengo sobre cualquier mortal es que me sobra espacio de disco, por mucho tiempo. Otro día hablamos de la memoria RAM.

Vuelvo mañana

lunes, 3 de marzo de 2008

Virginia


Ante mí respira y mira triste, hacia la nada, el rostro de Virginia Woolf. Lo vi, me sorprendió, una mañana luminosa al final del invierno. Me sobresalté al verla en la página del diario que leía. Todo ocurrió en un destello, en un fogonazo de tiempo. Sentí una irrefrenable necesidad irracional de acercarme a un rostro tan desoladoramente bello necesitado del beso suave sobre sus labios perfectos, de la caricia en la mejilla limpia o de la mano cálida sobre la nuca desnuda.

A Virginia y a mi nos une un mismo final, por motivos bien distintos, aunque es posible que todos los suicidas tengamos en común un único y universal motivo. Pero esa es otra historia. La revelación que ahora explico no tiene nada que ver con la muerte. O al menos eso pensé al ver el retrato de Virginia. Tiene que ver con la belleza. Fue un impulso sobre la sangre, la palpitación súbita, el temor o el deseo de que de un momento a otro Virginia Woolf volviese la cara hacia mi y me cubriese para siempre con la insondable oscuridad de sus ojos. Quise averiguar los misterios que se esconden más allá del horizonte al que mira, viajar hasta allí y no volver ni para contarlo; hundirme en su infinita profundidad; morir y depositar todas mis vidas vividas y no vividas, al pairo, sobre el inabarcable océano gris de su mirar. Quise con todas mis fuerzas que moviese levemente los labios, que dejase escapar, suave, un soplo de aliento, casi un gemido que arrastrase mi nombre. Llegué a imaginar, incluso, el breve espacio de tiempo en el que Virginia se desprendería de la horquilla que le sujeta el pelo y que en un gesto entre rebelde, tímido y extremadamente delicado, dispondría sobre su hombro izquierdo toda la negra melena y, de ese modo, el blanco cuello interminable permanecería al descubierto, tentador e inaccesible.

Así era como me encontraba, absorto y ensimismado, semi adormecido, quizá a causa del sol invernal, elucubrando e hipnotizado por el magnetismo de uno de los rostros más bellos que nadie haya podido conocer. Y entonces se produjo un hecho admirable, absolutamente increíble. Vi claramente cómo Virginia parpadeó, inclinó el rostro casi imperceptiblemente y, lentamente, lo dirigió hacia mí. La honda sensación de triste belleza, que hasta ahora había percibido, se convirtió en una fabulosa tormenta, en la más terrible y poderosa de las tempestades. Una fuerza titánica, extraterrena, como propiciada por los dioses, se apoderó del rostro de Virginia Woolf. No sabría describir el instante en que aquellas facciones puras, transmutaron en la expresión desgarrada del torturado, en la cara y los ojos de la herida en el alma y del mal de espíritu, en el tormento súbito que desquicia el rostro y lo convierte en un sumidero de dolor insufrible. Sucedió sin tránsito. Fue ver el árbol otoñal en la tierra fértil y al momento ver el mismo árbol entre cenizas, desnudos los huesos de sus ramas; fue dejarse acariciar por el mar al borde de la roca y, sin aviso, ser arrastrado por la galerna; fue alumbrar el pasillo oscuro con la vela que nos salva de la nada y perecer en el fuego inmisericorde que todo lo arrasa.

En un primer impulso casi retiré el retrato de mi vista. Miedo, curiosidad, desazón, tristeza, deseo. Toda una serie de sensaciones confluían. Después de unos instantes de desconcierto, fui dándome cuenta de que en realidad estaba viendo siempre al mismo rostro. Para asegurarme, volví la cabeza hacia un lado y a otro por ver si alguien se había percatado del suceso, pero nadie pareció apercibirse de nada. Me calmé y, poco a poco, fui entendiendo.

No me he desprendido jamás del retrato de Virginia Woolf. Lo llevo a todas partes. Me gusta mirar a Virginia. Veo belleza, dolor y misterio; veo la tierra que lucha por ser y el ser que goza en la tierra. Y al revés.

Vuelvo mañana

martes, 26 de febrero de 2008

Emancipación


A fuerza de no escribir se anquilosa la pluma. Efectivamente: una pluma jamás se anquilosa. Una pluma se seca, se oxida, revienta o, un buen día, decide perderse para siempre y para siempre decide dejar de contar cosas. Cuando una pluma se pierde ya no hay quien la encuentre. Sencillamente deja de exisitir. Y aquí no procede metonimia alguna. Quiero decir que pluma es pluma, el objeto, la herramienta, el apéndice que a cualquier escritor le crece en las yemas de los dedos índice y pulgar y que vive contectado al cerebro. No me refiero a las plumas patrias, a las mejores plumas del pais o las plumas del Paralelo. Hablo de la primera pluma extraviada que todo mortal echa de menos el resto de sus vidas. Aquella con la que escribimos por primera vez con miedo a emborronar la página inmaculada, con suma delicadeza, devotamente, como un inexperto amante que por vez primera se precipita, sudoroso, temblón, sobre la divina carne. Si esa pluma deja de estar a nuestro lado, reposando en el mismo lugar de la mesa en que nos ha esperado durante años, lo menos que sentimos es vacío, un hueco en la boca del estómago, o del alma - tanto da - y la sensación de que decenas de historias que nos disponíamos a contar ya nadie conocerá, ya no seran nuestras, ni de nadie. Se perderán para siempre, aunque no hayamos pensado nunca en ellas, ni las hayamos imaginado o, ni tan solo, tenido la voluntad de escribirlas. Yo quise contar hoy una historia y no puedo. Yo quise explicar hoy decenas de cuentos preciosos, y no puedo. Se me han instalado hoy todas las palabras precisas que expican el mundo, todos los adjetivos justos, los que son, los que van, los adecuados. ¡Hoy!,¡ tenía que ser hoy!, en el día de la emancipación de mi primera pluma.


Vuelvo mañana

lunes, 18 de febrero de 2008

Y el verbo se hizo carne.

y habitó entre nosotros.

Harto de tanta humildad, harto de la mismísima eternidad, huérfano de ombligo al qué mirar, aquí me teneis, fruto de una extraña mezcla romántica y postmoderna.

Al fin y al cabo fuimos nosotros los que inventamos al "artista", los que le salvamos de las garras de reyes y mecenas.

Ni dios, ni estado, ni patrón; ni agente, ni editor ni lector. No pacto. Yo soy yo, así, de la manera en que ahora me veis, por los siglos de los siglos.

Manuel Alberca: ¡¡ va por ti !!


Vuelvo mañana

martes, 12 de febrero de 2008

Amanecer en el hospital

Hace unos días fui a visitar a un buen amigo al hospital. Convalecía de un síncope: corazón cansado, corazón débil (todo buen romántico, en un momento u otro de su vida, sufre de síncope).

A mi buen amigo y a mí siempre nos ha gustado la noche, de modo que, provisto de mi petaca de piel, la visita se alargó hasta altas horas de la la madrugada, trago va y trago viene, arreglando el mundo, a escondidas de la enfermera.


Al salir, casi de amanecida, en la puerta del edificio vi sentados sobre un banco a tres indíviduos. Dos de ellos fumaban compulsivamente y hablaban en un tono más alto de lo normal, agitando los brazos, casi de manera violenta. El otro permanecía quieto, sin decir nada, aguantando el peso de su cabeza entre las manos y mirando hacia el suelo sucio de colillas.

"!Tu ya te lo has gastado, pues ahora no pidas!". "Y lo del casino... ¿quien se fundió lo del casino?", llegué a entender que se decían. Entonces el que no decía nada levantó la cabeza y la volvió hacia mí justo en el momento en que nuestras miradas se cruzaban al pasar: lloraba silenciosamente. Los otros dos seguían fumando, agitando los brazos y hablando cada vez más alto.

A medida que me alejaba de ellos fui perdiendo sus voces. El silencio del amanecer me acompañó durante el resto del camino a casa.


Vuelvo mañana