
La carretera, infinita y recta como una cicatriz de sable, parte en dos las tierras del Campo de Belchite. Al circular por ella uno se siente como Moisés cruzando el mar Rojo, aunque en el mediodía cegador del Campo de Belchite ningún profeta hubiese hecho carrera, porque este no es país para milagros. Y sin embargo, uno sentía la tentación de parar el coche en la cuneta y seguir el camino a pie, como si entre el viento y el sol del mediodía surgiese una llamada misteriosa, anónima, quizá colectiva, que reclamase una presencia humana en la inmensidad del paisaje vacío de vida y a rebosar de recuerdos, repleto de memoria en barbecho.
Mi primer destino era Lécera. Antes de llegar a esta pequeña población de la comarca, se cruza el término municipal de Belchite y ya se puede contemplar, a orillas de la carretera, el seminario menor totalmente derrumbado y la conocida torre de la Iglesia de San Martin de Tours, una de las ruinas más fotografiadas de nuestra historia bélica. Aun así, no bajé del coche y continué unos 10 kilómetros más, hasta Lécera, en donde me alojaría en un pequeño hotel rural, muy acogedor, especialmente pensado para ornitólogos y amantes de los pájaros. Y es que aquella es una zona en la que abundan especies que en ningún otro lugar se pueden ver. Se me ocurrió que algunas civilizaciones creen en las almas transmigradas en aves, y que éstas vuelan eternamente dejando a su paso el canto de su pasado.
Después de alojarme decidí que estaría bien pasear tranquilamente por las calles de Lécera y entrar en algún bar para preguntar, hablar, conocer algún paisano con el que aprender un poco de la historia de estas tierras. A día de hoy, todavía no sé si en verdad Lécera es un pueblo vivo; quiero decir que no sé si Lécera está realmente habitada por sus gentes, por las travesuras de sus niños, por el bastón pausado de sus viejos, o por la tertulia amena de sus bares, porque, aunque sus calles y sus casas estén cuidadas y en nada parezca un pueblo mísero o abandonado, al pasearlas, el silencio y la quietud, algo, vigilaba mis pasos sin que yo fuese capaz de adivinar quién era ni dónde se escondía quien me acechaba. Todo eran portales cerrados a cal y canto, protegidos con esteras de tela recia y pesada que apenas podía mover el viento. Me parecía estar en tierra ajena. Me dio la sensación de que estaba haciendo algo no permitido dentro de una propiedad privada; parecía como si hubiese violentado la privacidad del dueño de aquellas calles o de que hubiese franqueado sin darme cuenta un letrero de prohibido el paso. Así es que mis pasos se sucedieron uno tras otro con sigilo, o con miedo, por entre las calles de Lécera, en busca del centro del pueblo, hasta que llegué a la plaza de la Iglesia, en donde me senté en un banco al cobijo de la sombra de la alargada torre barroca y mudéjar. Allí sentado se acentuó, todavía más, la sensación de miedo y de incomodidad que me acompañaba durante el paseo: me levanté y me dispuse a volver al hostal.
En el paseo de vuelta al hostal creí que lo que había hecho era viajar en el tiempo. Llegué a sospechar que alguien que sabía de mi viaje me estaba gastando una broma y que una serie de cámaras ocultas gravaban mis reacciones, porque al salir de plaza y coger la primera de las calles, me encontré de sopetón con la placa que la nombraba. “Calle del General Franco”. A su lado, una virgen iluminada por sendos cirios aparecía cobijada dentro de una hornacina excavada en la pared a manera de cueva, como escoltando al tirano, quien, como de todos es sabido, gustó rodearse de vírgenes. Justo al lado de la hornacina, en el ángulo superior izquierdo, dos altavoces colgaban de la misma pared que contenía, en un par de metros cuadrados, la metáfora de una infamia que este país sufrió durante décadas: el dictador, el ejército, la iglesia y la propaganda. Fotografié la estampa una vez, y otra, y otra y hubo un momento, cuando quise hacer la enésima foto, que me asusté. En el silencio tremendo de aquellas calles imaginé que el señor alcalde de Lécera, Don José Chavarría Poy (Del Partido Aragonés PAR, con quien gobierna el PSOE en Aragón), me estaba vigilando, taimado, entreabriendo levemente la estera del portal de su casa, y que había advertido a su guardia personal de que un forastero con sombrero y aspecto sospechoso, fotografiaba- vete a saber tu con qué intenciones-la placa con el nombre de su excelencia. Miré hacia un lado y hacia otro y seguí mi camino temeroso, con rabia, cabizbajo. Y al cruzar de calle y cambiar de dirección vi otra placa con el nombre de Calle de José Antonio Primo de Rivera, y después otra con el nombre de Avenida del Ejército, y otra más con el nombre de Calle de Calvo Sotelo…
Lécera lacerante. ¿No hay entre tus vecinos alguien que levante la voz en pos de la dignidad de la memoria? Lécera lacerante. ¿Tanto fue el miedo, el horror y el sufrimiento que tuviste que pasar, que prefieres mirar hacia otro lado cuando paseas cada día, cuando convives en las noches de frío cierzo, con nombres que evocan perfidia, ignominia, asesinato y traición? Lécera lacerante. ¿En cuántos pueblos de España se homenajea con calles y monumentos a personajes de esta calaña? Lécera lacerante ¿Somos incapaces de eliminar, para siempre, de la calles de nuestros pueblos estos nombres? Lécera lacerante ¿Realmente somos tan cobardes? ¿Qué pasaría si volviesen con sus sables? ¿Podremos defender nuestras libertades si somos incapaces de descolgar una absurda e insultante placa? ¡Lécera lacerante!.
Al llegar al hostal me tumbé en la cama. El vino recio de esta tierra insana me ayudó a dormir. Poco más tarde, ya despierto, y en medio de una terrible migraña y del tronar de la primera tormenta de otoño, empecé a cuestionarme seriamente si sería buena idea continuar el viaje y pasear al día siguiente por Belchite.
Vuelvo mañana
