Curas y médicos tienen fama de manos frías. Se la han ganado
a pulso, siglo a siglo. A
su tacto todo nuestro ser se eriza como si nos hubiese tocado la misma muerte. Como
ellos, los banqueros. Al estrechar la mano a un
banquero uno percibe o cree intuir el frío áspero de la epidermis del tiburón,
o la textura babosa y resbaladiza de un calamar, porque son muy parecidas a las
manos de los vendedores de pisos, que transmiten sin proponérselo la textura
helada de un plato lleno de monedas.
La frialdad de las manos de un músico, sin embrago, es de
otra índole. A primera vista, el aspecto aseado, su color cerúleo, la longitud
afectada de los dedos y el brillo de la piel podrían darnos a entender que
expresan la misma frigidez que la de los curas, médicos, banqueros o agentes de
fondos buitre. Pero ya sea gracias a la energía que necesitan para producir
harmonías, notas y melodías, ya sea porque sin pasión es imposible interpretar
música, la verdad es que las manos de los músicos suelen ser cálidas y poseen
tanta vida como la derecha carismática del Cristo de la Piedad, del gran Miguel
Ángel que, por mucho que pertenezca a un cadáver de mármol, circula más sangre
por ella que en las venas de cualquiera que respire.
También merecen unas líneas las manos de un obrero,
compuestas por dedos gruesos, inmunes en su piel de rinoceronte a fuerza de
golpes y de heridas. Las manos de un proletario veterano ya no sienten: son una armadura del mismo grosor y resistencia que la que protege su corazón y
su alma. Si no fuese así, sucumbiría frente a la vida.
No podemos saber con exactitud de qué tipo son las manos
obreras, cálidas o frías. De hecho, la callosidad que cubre por completo su
epidermis actúa como aislante en el proceso de transferencia de calor. Eso sí,
el patrón -porque todavía hay patrón- siempre que puede evita estrechársela. Ahora bien, cuando la ocasión lo exige el apretón es inevitable. Entonces las pieles de
ambos entran en contacto, se reconocen, y en ese instante se produce la
revelación de una injusticia, el descubrimiento de una estafa, la verdad de la
explotación, cosa que no agrada a quien les paga, porque con el fin de camuflarlas,
el empresario se aplica en tratar a sus trabajadores con campechanía, y gusta
en llamarles colaboradores.
Muchos, millones de trabajadores, utilizaron sus manos
gruesas, sus dedos amorcillados durante lustros para introducir la papeleta
electoral con el nombre de Felipe González en una urna y elegirle así
presidente del gobierno de España.
Las manos de Felipe González son harina de otro costal; son
de piel suave, cual si fueran de algodón, hidratadas a diario con dinero fresco
de grandes multinacionales, esos entes patógenos que gobiernan los destinos de
la humanidad sin que nadie les haya votado.
El par de manos de Felipe González vinieron de serie. La historia las trajo a España. Las cremas cosméticas de la CIA proporcionan de por vida a sus diez dedos una calidez, textura y color que tanto le permitieron cerrarlas en un puño de lo más creíble, como firmar con la letra X ejecuciones extrajudiciales o le facultan ahora para señalar con su dedo índice implacable, acusador, a quienes ponen en riesgo espurios intereses multimillonarios con políticas sociales y progresistas.
De su amigo Willie Brandt, que en los ochenta le llenó las
arcas de dinero caliente, aprendió a frotárselas con fruición, casi diría que
con un ardor sospechoso, similar al que expresa un pederasta ante la piel
sonrosada de un niño nuevo. Y es que el restriegue de manos de González es
particular, exclusivo, algo así como una carta de visita, más relevante incluso
en su personalidad que el acento andaluz seductor, o esa mirada hipnotizante
con la que ha colado a lo largo de su vida ochocientos mil embustes. Felipe
González Márquez se frota las manos con la misma calma, la misma desfachatez y
el mismo gozo con que Vito Corleone acaricia a su gato, sentado en la penumbra
de su sillón, mientras piensa en cómo liquidar a sus enemigos al tiempo que les
narra a sus acompañantes un cuento siciliano de navidad.
Con todo, lo mejor que ha hecho Felipe González con sus
manos, más que alzar su puño, más que señalar a Pedro Sánchez, más que acariciar
la nuca de Susana Díaz Pacheco, más que darle palmaditas en la espalda a Emiliano
García-Page; más incluso que dibujar con su índice y su corazón la V
churchiliana de victoria, o que trazar una X letal en una hoja de papel, es
sujetar el gran puro Cohíba sentado en el filo de la borda de un yate, ataviado
de bermuda menesterosa, mostrando al fotógrafo sus
viejos testículos, mientras una señora le aplica en su antediluviana espalda gorilesca la tonificante crema CIA, máxima protección, y lanza su mirada reposada e imperturbable a la
lontananza de la historia por ver si divisa sus logros, a saber, la traición a tanta
esperanza depositada en su liderazgo, la construcción de un estado neoliberal, la
aquiescencia hacia una monarquía corrupta, pero por encima de todo, la construcción
denodada, aplicada y eficaz de una mentalidad ciudadana proclive a la
vulgaridad, maleducada, desmemoriada, ávida de hacer dinero, desdeñosa, displicente hacia los valores y el ideario republicano,
que ha posibilitado una sociedad española inculta, ordinaria, como cualquier otra, incapaz
de distinguir entre los que hacen el bien y los que hacen el mal.
No satisfecho con su labor, Felipe González, conveniente remunerado,
sigue condicionando la opinión de los españoles y se frota las manos una y otra
vez como quien se encuentra frente a un jugoso filete sangrante, adelanta el rostro,
fija el gesto y con ese gracejo natural de abogado dicharachero, dicta lo que
es y no es bueno para su partido, lo que es y no es bueno para España, sin
necesidad de presentarse a las elecciones.
Al finalizar el evento Felipe González, alias Isidoro, se levanta, mira a la derecha y estrecha las manos de José María Aznar, con quien comparte escenario, y es en ese apretón carnal y epidérmico cuando ambos reconocen, recíprocamente, sus manos en las del otro, su propia piel helada, suavona y ahuesada, porque ambos se aceptan como iguales, dignos defensores de Occidente, eficaces e implacables guardianes del privilegio de los poderosos, sacerdotes del statu quo, autores cómplices de nuestras derrotas.


1 comentario:
MisterX es la mayor decepción histórica andante de este país. Su vergüenza puede colgar de uno de sus bonsais, seguro que la rama aguanta.
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