viernes, 8 de julio de 2022

La masacre de San Juan

 


A finales de Enero del año pasado el periodista de la cadena SER Javier del Pino entrevistó en directo al expresidente norteamericano Barak Obama con motivo de la publicación de la primera parte de sus memorias. Juan José Millás acompañó a del Pino en la histórica entrevista. El escritor valenciano formuló la siguiente pregunta al hombre que dirigió durante ocho años el país más poderoso del mundo. “¿Señor, en el momento en que decidió presentarse al cargo de Presidente de los Estado Unidos de América, era usted consciente de que probablemente ordenaría matar a personas?

Recuerdo perfectamente mi admiración hacia Millás y el asombro que experimenté ante su interpelación. Probablemente ningún alto mandatario se habrá encontrado en tesitura equivalente durante una entrevista. La interrogación de Millás podría ocupar el primer puesto en un ranquing de  preguntas valientes, porque más que una frase que requiere de una respuesta informativa, en realidad, se trata de un reproche, una amonestación, la moción radical y definitiva que coloca a quien la recibe en el comprometido espacio de la traición de sus propios valores y de la falta de consideración hacia la coherencia moral, incluso antes de ejercer.

Ante la cuestión planteada por Juan José Millás, Obama reaccionó rápido. En la radio uno o dos segundos de silencio comprometen, porque la mudez deviene o bien en valorativa, o bien indica ignorancia, incomodidad o embarazo. De modo que Barak Obama, sin perder un ápice la compostura y en el mismo tono asertivo y seductor con que se condujo toda la entrevista explicó que, efectivamente, se vio obligado a tomar decisiones difíciles, siempre bajo el mandamiento de la defensa de los ciudadanos norteamericanos y de la paz mundial. Si en algún momento dictó la orden de que el ejército estadounidense eliminase a alguna persona o personas fue para evitar sufrimientos a inocentes y neutralizar amenazas.

El expresidente de los EEUU se arropó con las siempre socorridas razones de Estado para eludir responder a la verdadera pregunta que le formuló Millás. Porque en realidad, lo que el escritor le estaba diciendo al mandatario es que, antes de acceder a la presidencia del país, él ya sabía que debería ordenar la muerte de personas, y aun así siguió adelante con su campaña electoral en pos de la confianza de los ciudadanos, que con sus votos le proporcionarían el poder para decidir sobre vidas humanas.

Hace unos pocos días se ha perpetrado en territorio español la más grande infamia que conoce nuestra historia reciente. Es cierto que nuestro país ha sufrido durante décadas el terrorismo secesionista de ETA con el resultado de 853 muertos, 2600 heridos y 90 secuestrados (hombres, mujeres y niños; militares, civiles, trabajadores). España sufrió también el atentado terrorista más grave y cruento de la historia de Europa, con 193 muertos y 2000 heridos. El dolor que han provocado quienes planearon, ejecutaron y justificaron tal ignominia en nombre de unas ideas o un dios es difícilmente comparable con cualquier otra tragedia.

Sin embargo, lo que sucedió el pasado 24 de junio en Melilla ingresa en un plano diferente. Los hechos son bien conocidos. Un nutrido grupo de hombres desesperados, después de transitar durante meses por territorio africano y de perder lo poco que tenían a manos de las mafias traficantes de seres humanos, arriba a la ansiada frontera con Europa establecida en la tristemente célebre valla que separa Marruecos de Melilla, el sudesarrollo del bienestar, la tiranía  del Estado de Derecho. A llegar, se encaraman masivamente intentando pasar a territorio español.

Ante el intento de pisar suelo europeo, la policía marroquí, contraviniendo toda norma internacional, ocupa nuestro territorio nacional y dispara indiscriminadamente balas de goma a hombres indefensos que se aferran como pueden a los alambres de la valla para no caer y evitar lastimarse.

Los  policías, además de los disparos con balas de goma,  lanzan botes de humo contra los hombres indefensos, que van cayendo uno sobre otro lesionados, semi asfixiados. El resultado es de sobras conocido. 37 cadáveres amontonados como carne de muladar, privados de la dignidad que requiere la muerte humana tras ser asesinados sin piedad. Los responsables de la carnicería observaban la escena impertérritos,  como si la cosa ni fuese con ellos, como si estuviesen antes una suciedad molesta pendiente de retirar.

Al poco, las imágenes ya circulan a través de la redes sociales ocupando nuestra acomodaticia cotidianidad occidental mientras los 37 cuerpos seguían tendidos sobre la tierra, sin identificar y todavía sin inhumar. En este contexto,   el presidente del gobierno de España y Secretario General del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Pedro Sánchez Castejón, ofreció a los medios de comunicación las siguientes declaraciones desde Bruselas, sede del Consejo de Europa:

Quiero expresar mi solidaridad con la ciudad autónoma de Melilla, tras un asalto violento a la valla de Melilla. Rechazamos cualquier intento violento de asalto a la valla de Melilla, como el que se ha producido, por mafias que trafican son seres humanos. Quiero trasladar la solidaridad y agradecimiento a la cooperación con el reino de Marruecos, que demuestran la necesidad de mantener la mejor relación con este país. Hay que ser conscientes de que Marruecos también sufre presión migratoria de otros países africanos, y en particular de la zona inestable del Sahel. Vean las imágenes, en las que la gendarmería se ha empeñado a fondo para intentar evitar el asalto violento. Es importante reconocer el extraordinario trabajo de las Fuerzas Armadas y cuerpos de seguridad en Melilla y Ceuta, y la lucha contra migración irregular en general, y también por parte del Gobierno marroquí en coordinación con nosotros para tratar de frenar un asalto violento, que ha estado bien organizado, perpetrado, y bien resuelto por los dos cuerpos de seguridad.

La reacción de sus socios de gobierno, entre los que se encuentra la coalición de partidos Unidas Podemos, Izquierda Unida y el Partido Comunista de España (PCE) se limitó a una condena rotunda y sin paliativos, tanto en relación con los sucesos como con  las declaraciones posteriores del Presidente del Gobierno. Además, muy soliviantados, solicitaron una comisión de investigación. Nadie ni si quiera llegó a insinuar que, ante una de las más grandes infamias que se han producido en los últimos cincuenta años en España, Unidas Podemos, Izquierda Unida y el Partido Comunista de España podría romper con el gobierno. De hecho, a día de hoy, esta coalición de partidos continúa formando parte del gobierno que aplaudió el asesinato cobarde e indiscriminado de 37 seres humanos.

Si yo fuese periodista y tuviese a tiro de pregunta a Pedro Sánchez Castejón, intentaría repetirle la pregunta que Juan José Millás le formuló a Barak Obama, justo en sus mismos términos. Intuyo que la respuesta no sería muy diferente a la del expresidente norteamericano.  A pesar de que la pregunta no apuntaba en esa dirección, sino que interpelaba a la coherencia futura de los principios morales previos al ejercicio del poder, Sánchez, igual que Obama, probablemente, argüiría el sentido de Estado, las obligaciones y responsabilidades del cargo, y bla, bla, bla.

Y lo peor de todo, estoy convencido de que el presidente español ni tan solo habrá reparado en que, desde el día 24 de junio de 2022, pesan sobre su trayectoria y su  conciencia 37 vidas humanas, bien porque no ve hombres asesinados, sino violentos asaltantes muertos ( el resultado de una brillante acción policial)  bien porque está plenamente convencido de que él nada tuvo que ver en tan desafortunado asunto, del que, por cierto, ya nadie habla. Porque, a pesar de que apenas han trascurrido 15 días, ya nadie se acuerda de La masacre de San Juan.

Yo nunca podré olvidar la mano de uno de los hombres asesinados alzarse desesparada entre el amasijo de cuerpos, solicitando auxilio en los últimos instantes de su agonía, del mismo modo que tampoco puedo olvidar la pregunta de Juan José Millás a Barak Obama, porque en realidad el escritor, ese día, con su interpelación, desnudó al poder y consiguió que dejásemos de ver a un hombre, líder del mundo civilizado,  para ver un monstruo. Porque lo que Millás le dijo al hombre más poderoso de la Tierra aquel 28 de enero de 2021 fue “Sabemos que estás dispuesto a matar con tal de ocupar y conservar el poder.”

viernes, 20 de mayo de 2022

Ciénaga de hipopótamos

 


El día en que Juan Carlos de Borbón salió por piernas de España tras conocerse su enésimo escándalo de corrupción y tras instalarse cómodamente en el harén de un sátrapa, las calles de las ciudades del Reino de España no se llenaron de banderas republicanas, la gente siguió a la suyo, las redes sociales hirvieron de  indignación poco ejecutiva y los partidos conservadores y fascistas defendieron sin pudor la honorabilidad de un tipo que había estado enriqueciéndose con negocios sucios, aprovechando su cargo y ostentando una actitud moral poco cercana a la ejemplaridad.

Años atrás, tras la revelación de la rapiña que la familia Pujol-Ferrusola había perpetrado en su amada Cataluña, los tambores nacionalista tocaron a rebato y se puso en marcha la campaña de marketing político más grande que ha conocido nuestro país, con el objetivo de camuflar el desfalco del rey catalán, refundar un partido marcado por el 4% e impedir el acceso al poder de los partidos que capitalizaban el movimiento de los indignados. Con el procès finiquitado y las fuerzas políticas que lo llevaron a cabo divididas,  el entorno social, político e ideológico que lo impulsó con el único  fin de conservar el poder, inicia ahora la revisión de la historia y lucha por reivindicar la supuesta obra de gobierno de la figura del padre de la patria catalana, política y moralmente acabado.

Causa estupor y vergüenza ver que ninguno de estos dos ciudadanos ha tenido que dar cuentas de sus tropelías ante la justicia, en mi opinión, uno de los peores delitos que un hombre puede llegar a cometer, a saber, aprovecharse del poder que los ciudadanos les han otorgado para enriquecerse -únicamente  para enriquecerse. Es decir, robar lo que es de todos haciendo prevalecer la ventaja de estar al frente  de  las instituciones del Estado. No hay nada más vulgar y sin embargo, trascendentalmente más grave.

De manera que el Bribón vuelve al mar y Pujol a los palacios, y cada cual acompañado de sus respectivos séquitos, es decir, de aquellos hombres y mujeres a los que se la trae al pairo acompañar a semejantes sujetos, bien porque no les parece mal su actividad delictiva,  bien porque también ellos la cultivan, o bien porque, como esos pajarillos parásitos que se acomodan en las fauces del hipopótamo para alimentarse del sarro de sus colmillos, obtienen a cambio de su servilismo pingües beneficios. Empresarios, conseguidores, intermediarios, hidalgos de la postmodernidad, chorizos de alta alcurnia y de baja estofa, y periodistas pesebreros  que, gracias al poder de influencia que detentan, blanquean los desmanes de ambos y les presentan como víctimas de un sector ideológico pretendidamente antipatriótico, convirtiendo así a los denunciantes en poco menos que proscritos traidores.

Pero si sobre este asunto hay algo verdaderamente  ignominioso y sangrante es la defensa a ultranza desde púlpitos soberanos que ejercen algunos partidos políticos con representación parlamentaria, para quienes los señores Borbón y Pujol son personalidades históricas de moral intachable a las que no sólo hay que respetar, sino admirar, o incluso adorar.  Resulta del todo incomprensible cómo alguien, cualquiera que sea su signo político, puede ser capaz no sólo de obviar la evidencia, sino de señalar descaradamente y sin sonrojo a quien denuncia a los ladrones, y más inconcebible, si cabe, que millones de españoles compren  semejante mensaje y lo refrenden después en las urnas.

Toda esa gente soberbia de desvergüenza rampante, maleducada en los  colegios más caros, que se alimenta en la ciénaga donde habitan los hipopótamos, debería tatuarse en la frente  la famosa  frase de Cicerón: “Servirse de un cargo público para enriquecimiento personal resulta no ya inmoral sino criminal y abominable”. Sigamos  votando a quienes votamos y saliendo a la calle a saludar con entusiasmo y veneración a los héroes de sus patrias, y vayamos olvidándonos  ya del sueño republicano. Desgraciadamente, la III República Española ni está entre las inquietudes mayoritarias de la sociedad española,  ni se la espera, porque ni siquiera en 1931 la situación fue tan objetivamente proclive  como la que hemos vivido este último lustro. Y aquí y así andamos, en el maravilloso reino de España.

martes, 19 de abril de 2022

Málaga La Maga

 

 

Para Carmen, mi amor

 

Málaga no es París, pero es en su nombre donde habita La Maga. Fíjate que habíamos decidido ir a la ciudad de Vigo para descansar un poco un fin de semana largo; estábamos frente a la pantalla del ordenador para reservar vuelo y hotel, cuando decidimos, no sé por qué, cambiar nuestro destino por el de Málaga. No hubo causa ni justificación.

Quiso el mismo sentido caprichoso que durante esos mismos días tuviese lugar allí el Festival de Cine, así que pudimos pisar la alfombra roja extendida todo a lo largo de la calle Larios y fotografiarnos delante del fotocall como si fuésemos Penélopes y Javieres.

Famosos vimos pocos. Sólo al gran Álex O’Dogherty paseando tranquilamente por las calles de la ciudad tocado con su bombín. Tampoco creo que ningún famoso nos viese a nosotros. Si así hubiera sido, supuso una falta de educación que no se detuviesen a saludarnos. Al fin y al cabo, queríamos haber ido a Vigo y no está de más un poco de cortesía. La cortesía es  importante.

Quisimos asistir a alguna proyección. Nos apetecía ver las dos últimas películas protagonizadas por Luis Tosar, probablemente el rostro más atrabiliario del cine universal, pero no había billetes. Así que nos dispusimos a  subir cada uno de los pasos de la interminable pendiente que lleva al Castillo de Gibralfaro, y después visitar la hermosa y paciente Alcazaba, que resiste dignamente en sus muros y en sus arcos, la odiosa comparación con la Alhambra.

Por supuesto, nos fotografiamos también en el teatro romano, humilde y sufrido,  que soporta sobre sus hombros los once últimos siglos de la Alcazaba. Quizás en la paciencia de una y  la humildad del otro resida el secreto de la belleza de su conjunto, anacrónica, extemporánea, pero armónica.

Bajamos hasta la playa de La Malagueta. Comimos espetos de calamar y de sardinas; bebimos vino de la tierra; olimos y nos encandilamos con  el mar azul, algo crispado, mientras decenas de estudiantes Erasmus retozaban bajo las palmeras, emborrachándose, jugando al pañuelo con una botella o simplemente fumando y charlando en un inglés de mil acentos.

Durante todos los días que estuvimos en Málaga  no quisimos entrar al Museo Picasso, y tampoco a su casa natal. No nos gusta Picasso, ni él ni su pintura. Soberbio, machista y pesetero. No le perdonamos los 250.000 francos de la época que le cobró a la exangüe II República española por pintar el Guernica. No, no se lo perdonamos.

De Picasso solamente nos gusta “El loco”, una acuarela expresionista, sobrecogedora, pintada sobre vulgar papel de embalar partido en dos, realizada en 1904 y expuesta en Barcelona. Nadie pintó nunca unas manos gritándole a la realidad. Por lo demás, que disfruten a Picasso en sus salones los snobs pudientes de buen y acaudalado gusto. Dicen que Picasso cambió para siempre el arte. A veces me pregunto qué habría sido del arte sin Picasso, sin el cubismo, sin las vanguardias, sin la abstracción, sin París y sin Gertrud Stein.

Donde sí entramos fue en el antiguo palacio arzobispal, convertido en un bello museo. Aplaudo a las ciudades que expulsan de sus calles a los cuarteles y construyen en su lugar universidades, o reconvierten propiedades de la iglesia en espacios públicos para la cultura. La escalinata de entrada a este palacio es de una elegancia tan sencilla que invita a contemplarla sin cruzar sus peldaños, pero una vez que se suben todos, el visitante no desea bajarlos porque ese punto de vista superior resulta hipnótico, por las simetrías blancas enrojecidas en el suelo de cerámica encarnada y circundadas en la madera de sus barandas. La verdad es que el mimo y la delicadeza con que han restaurado el edificio produce un gran placer.   

Se escuchaba el murmullo del agua de una fuente que nos tentó en el jardín de un patio adyacente, pero era el último día de la exposición que aquella misma mañana habíamos decidido ver, sin saber bien qué nos íbamos a encontrar; una exposición que, por cierto, recordaremos mientras vivamos.

Bajo el título de “La España negra” el museo de la Fundación Unicaja de Málaga ofrecía un conjunto extraordinario de cuadros pintados por Julio Romero de Torres y José Gutiérrez-Solana. En total, cerca de 100 óleos, grabados, dibujos y fotografías  pinturas, que  incluían también algunas de José de Ribera, Murillo, Goya, Darío de Regoyos y Sorolla.

Quedamos absolutamente subyugados por la fuerza de los personajes y de las escenas pintadas por Romero de Torres y Solana, sobre todo por la potencia expresiva de las mujeres, cuya mirada traspasa el lienzo hacia los ojos de quienes las miran. Resultaba difícil sostenerla sin sentirnos interpelados directa y personalmente por aquellos ojos que denunciaban - y al mismo tiempo se resignaban dignos y humildes- el sojuzgamiento, señalando con descaro y desvergüenza la hipocresía de un moralismo casposo de raíz eclesiástica.

En Romero de Torres y en Gutiérrez Solana no hay expresión inocente,  nada resulta neutro, o simplemente decorativo. Cada pincelada es rotunda declaración. La belleza de sus obras aparece desde lo oscuro, desde lo hondo de una negrura que trasciende el tenebrismo de la noche barroca, porque su intención es ofrecernos seres humanos sometidos a un tiempo histórico desolado y desesperanzado, absolutamente condicionados, sin posibilidad de redención, encerrados para siempre en la cárcel tradicionalista de los ruedos y de los confesionarios; un país y un tiempo que sólo ofrece oscurantismo, miseria, superstición y represión moral.

Por eso las escenas protagonizadas por prostitutas, o los desnudos femeninos desprenden  un erotismo, una sensualidad y una exuberancia que transforman  a las modelos en mujeres resueltamente pundonorosas, que miran al pintor, y por tanto, a quienes las observan al otro lado del lienzo, con la osadía de quien no tiene nada de lo que avergonzarse, porque soportan precisamente el peso y las babas de aquellos que desde el púlpito moral las señalan y condenan al infierno.

Viendo la gestualidad dislocada y enmascarada de los personajes de Gutiérrez Solana alguien podría recordar el esperpento de Valle-Inclán, o la perturbadora negrura del Goya de Los Caprichos, pero en realidad lo que vemos es una sociedad grotesca, delatada y querellada por su propio pueblo a la que acusa a través de lo carnavalesco, única salida digna a la aridez de un  presente sin puerta al futuro.

Al finalizar el recorrido encontramos el patio donde fluía y golpeaba el agua de la fuente sobre un pequeño estanque; un hermoso lugar donde atemperar el ánimo y reflexionar unos instantes en calma; proyectar en nuestro presente el pasado en el que vivieron nuestros más inmediatos antepasados. Resulta de Perogrullo tener que afirmar que la transformación es evidente. Nadie puede decir con un mínimo rigor que nada ha cambiado, o que todo sigue igual.

Saliendo a la Plaza del Obispo, frente a la fachada principal del mamotreto catedralicio, decidimos tomar un café mientras charlábamos sobre lo que habíamos visto. Al poco se acercó una mujer que nos ofreció lotería. Al decirle que no, propuso leernos la buenaventura. A mí me comparó con George Clooney y a Carmen con Beyoncé. Tampoco quisimos comprarle un ramillete de romero. Me aseguró que era capaz de adivinar mi suerte. Le respondí que era la misma que la suya y se fue disgustada, probablemente rumiando alguna maldición extensible a toda mi casta.

No trascurrió ni un minuto cuando se plantó ante mí sobre una pequeña banqueta, un señor con la intención de limpiarme las botas. Le pedí que no lo hiciera. Me replicó con fingida mueca lastimera invocando el hambre de sus hijos. Volví a insistir, y haciendo caso omiso, se dispuso a iniciar la faena. Aparté el pie y me vi obligado a explicarle que nada había más humillante que limpiarle a alguien los zapatos mientras descansa. Rezongó, me increpó y se fue en busca de otro turista.

Callejear en Málaga es un gozo. Los malagueños no han renunciado a su ciudad;  comparten el espacio con los visitantes, de manera que uno no se siente dentro de un parque temático al uso, como suele ser habitual en otros destinos. Nos llamó la atención la librería ‘Rayuela’, aunque bien pensado tampoco es tan extraño porque, como decía,  es  inevitable encontrar en Málaga a La Maga

En el escaparate vimos “Crímenes ejemplares” de Max Aub, en una edición muy original ilustrada por un dibujante que se hace llamar Linier. También visitamos la librería del museo Thyssen y allí encontramos otras dos joyas, a saber, un catálogo biografiado con la obra completa de Gutiérrez Solana y su célebre “La España Negra”, recuperada y editada por Andrés Trapiello en la editorial “La Veleta”.

Max Aub y Gutiérrez Solana se parecen lo mismo que Romero de Torres a Gustav Klimt. Sin embargo, más allá de equivalencias y vinculaciones imposibles, ambas obras ya están unidas para siempre en mi memoria. Max Aub nos ofrece un conjunto de microcuentos que giran al alrededor del asesinato en sus múltiples variantes aderezados con toneladas de humor negro. Lo luctuoso disparatado y los móviles más absurdos de la historia del asesinato en un juego literario sin más pretensión. 

En algún caso se advierte algo de trascendencia, pero el libro no es más que un entretenimiento ilustrado con rojo sangriento que haría las delicias de Tarantino. Eso sí, muchos de los microrelatos de “Crímenes ejemplares” hoy día irían a la papelera de la autocensura políticamente correcta.

Con “La España Negra” de Gutiérrez Solana no cabe la broma. La obra es literalmente un puñetazo. Podría ser un libro de viajes, pero no lo es. Podría ser una denuncia, y tampoco; el diario de un viajero, y no. El gran artista transforma en estilográfica sus pinceles para ofrecernos con la palabra un paisaje humano y geográfico de realismo impactante. El pintor y escritor ni  toma partido, ni juzga, ni señala. Observa y da fe de lo que ve con el término preciso, eso sí, plasmado con una gran expresividad, que provoca en el lector la misma impresión que él recibe de las criaturas con las que comparte viaje, camino, mesa y taberna.

Y es que da la sensación de que el narrador y autor de esta obra sobrecogedora ha entrado en sus propios lienzos para convivir con los hombres y mujeres que pintó, como si hubiese tenido la necesidad de transformar el óleo que les da forma en materia humana real.

En los pueblos y lugares en los que se detiene encuentra muerte y miseria, el poder arbitrario, la crueldad de las corridas de toros, un clero embrutecido hacia el que muestra una aversión feroz, sin paliativos. Gutiérrez Solana es un auténtico maestro dibujando en pocas frases atmósferas ahumadas, agrias, sucias; espacios cochambrosos en los que malviven personas a las que cubre y resguarda de la intemperie de la miseria con el abrigo del respeto y la dignidad.  Pero también es capaz de abrir el foco y con unas pocas palabras mostrarnos un país entero desde lo alto de un cerro,  con resonancias larrianas donde “sentado en una de estas piedras veo la ciudad cerrada y tapiada como apartada del mundo, como una inmensa sepultura

Durante la lectura de “La España Negra”, ante sus escenas  y sus descripciones, el lector del presente cree estar ante una obra de ficción porque accede a personas lugares y costumbres difícilmente creíbles, tanto desde un punto de vista actual como histórico. Pero no: estamos en españa, estamos en 1920  Enfrente está la cárcel; aquí hay la costumbre de que el reo la noche antes de ser agarrotado, la pase en la capilla y duerma en su ataúd relleno de paja”,  

Aquí, en esta calle, vi llevar a un niño muerto en brazos, con delantal y las botas puestas que le iban a enterrar sin caja ¡Cómo caería la tierra en su delantal , llenando sus bolsillos, los bolsillos que tanto estiman los chicos, cegando sus botas y tapando su cara!”, o  En este Ayuntamiento, la mayoría de los días de sesión, los ediles se insultan como pejinas y se tiran los tinteros a la cabeza

Si algo podría unir la obra de  Solana con el libro de Max Aub es el crimen. El pintor da cuenta de algunos de los más renombrados en la época, ya sea por su truculencia o por la relevancia y singularidad de quienes los protagonizaron, como por ejemplo los que perpetró Juana Weber La sacamantecas, Prazini, Julia Pastrana la mujer loba, El tío lobo, el crimen del capitán Sánchez o el crimen de Calatayud.

Al iniciar la lectura de un libro, uno no sabe si va a salir de la última página tal y como entró en la primera, o por el contrario, algo ocurrirá que por dentro nos remueva.  “La España negra” de Gutiérrez Solana nos inyecta desasosiego, conmoción, placer estético y una incontenible sensación de piedad, aunque sólo sea porque en realidad es una misericordia consagrada a nosotros mismos.

El último día en Málaga lo destinamos a pasear por el extraordinario Jardín Botánico “La Concepción” otra experiencia rica en sugestiones, donde el visitante disfruta de la emoción de perderse en cada recodo de los mil caminos que se abren, se cierran y se bifurcan entre un auténtico festival  de vida y diversidad, acompañados únicamente por el murmuro que nace en los bosques de bambú, el susurro de las auracarias, el aroma que desprenden todas y cada uno de las plantas, la monumentalidad de sus palmeras, almeces o plátanos, y la sensación que produce de viaje en el tiempo al contemplar embebidos las raíces de algunos ficus que emergen desde la tierra como criaturas pétreas en busca de algún dios todavía sin nombre.

No recuerdo el nombre de aquella mujer que la última noche nos acompañó en el bar del hotel tomando las últimas copas. Era una mujer alta, ya entrada en años, aunque conservaba destellos de una belleza juvenil pasada. No hablaba ni palabra de español. Bebía vino blanco, que paladeaba con gusto a cada sorbo. Disfrutamos mucho con sus historias. Nos explicó que después de recorrer medio mundo, decidió instalarse en Málaga. Estaba sola y no sabía dónde empezar a buscar vivienda, pero no le importaba. Nos dijo que la ciudad le había gustado  y que estaba decidida a acabar allí sus días. Al despedirnos de ella percibí en su expresión un aire  melancólico. Todavía hoy, en ocasiones, vuelve a nuestra memoria, sin nombrarla, porque no recordamos su nombre. A mí me gusta creer que aquella mujer de larga melena roja  y rostro rubicundo en realidad era La Maga.