jueves, 27 de octubre de 2011

El corresponsal



La actualidad, más que un concepto temporal, es un deber. Pocas cosas pueden marginarnos tanto, separarnos tanto de nuestros semejantes, señalarnos tan violentamente con el dedo como no estar al tanto de ella, desconocer las noticias del día, vivir a contrapelo de las últimas tendencias o decir lo contrario de lo que dicen los líderes de opinión. Sin embargo, a pesar de las obligaciones que nos impone , o quizás precisamente por eso, vivirla plenamente provoca, a menudo, paradojas divertidas, un tanto surreales y a veces hasta un pelín perturbadoras. Por ejemplo, ahora que se acercan elecciones vamos a comprobar de nuevo que por mucho que miremos de buena mañana una y mil veces el calendario, y nos cercioremos del día, del mes y del año en el que hemos despertado, la actualidad está compuesta , hasta el día 20 de noviembre, por un pasado de errores ajenos, de meteduras de pata y de corrupciones que otros han perpetrado; y también por un futuro esplendoroso, un devenir halagüeño; una época próxima, todavía por hacer, en la que vamos a ver, por fin, en cuanto se cierre el escrutinio electoral, a los perros caminando por los parques atados con longanizas. Es decir, que durante estas semanas despertaremos a diario a una actualidad fabricada con algo que ya pasó y al mismo tiempo con algo que está por suceder.

Otrosí. A menudo una efemérides ha ocupado súbitamente nuestro presente; ha surgido potente, magnífica, arrogante, desde un pretérito lejano, a veces camuflada con falsos aires de nostalgia, de tristeza o dolor colectivo, invadiendo todos y cada uno de los rincones de la cotidianidad gracias a la voluntad de los amos de la actualidad -aquellos que dictan qué día es hoy- sin los cuales ésta quizá no existiría, o existiría otra, la nuestra, la que nos ocupa, la que nos ve a diario trabajar, amar, luchar, tomar café, hacer la cama, saludar al vecino, depilarnos o mirar el cielo antes de abrir el paraguas, sin más.

Explico esto porque algo parecido fue lo que ocurrió el pasado 11 de septiembre de este año; una fecha que se vivió universalmente como si fuese de nuevo la de 10 años atrás, y no la que en justicia le correspondía. Es más, no es que se vivió “como si fuese”: se vivió, con todas las consecuencias, el mismísimo 11 de septiembre de 2001, de manera que, paradójicamente, la actualidad volvía a instalarse en el pasado y todas las horas de aquellas 24 se llenaron de saltos al vacío, de fuego, de pavor, estupor, destrucción y dolor.

Ese mismo día yo veía y escuchaba el informativo de la tarde de Televisión Española. La presentadora, después de introducir el sumario, dio paso al corresponsal en Nueva York para que ofreciese a los telespectadores la crónica pertinente. El corresponsal, entonando una voz decorosa en razón a las tristes circunstancias de la coyuntura, empezó a hablar y dijo lo siguiente: “Nueva York, la ciudad que nunca duerme, despertó aquel día a una pesadilla”.

"¡Qué gran inicio!", pensé, y a continuación siguió narrando los sucesos por todos conocidos. Yo permanecí atento al relato emotivo, ilustrado por imágenes de ciudadanos colocando flores en la zona cero, o de personalidades públicas acercándose al monumento memorial con rostro muy pero que muy adecuado. Hasta que al cabo de unos instantes, debido a uno de esos misteriosos procesos mentales, la oración inicial volvió a mí, una y otra vez, como el eco de un disco rayado, igual que el pasado travestido de actualidad, y me di cuenta de que lo que en apariencia era un logro profesional, un hallazgo feliz, una frase extraordinariamente eficaz y sugerente para introducir al espectador en la crónica, en realidad era el grupo de palabras más descacharrantemente contradictorias que nadie podía escribir. Esa unión de sintagmas, en apariencia sólidamente relacionados por un significado inequívoco, propiciado por los tópicos y la potencia semántica de la efemérides era, en realidad, una extraordinaria paradoja temporal, una construcción propia de la arquitectura de lo imposible, en donde hay escaleras que no llevan a ningún sitio, arcos de medio punto que sustentan suelos, y suelos ajedrezados con ventanas al mar.

Porque podemos acordar que Nueva York, en verdad, nunca duerme, para dar a entender que la actividad en la ciudad es frenética, pero si a continuación se escribe que ha despertado, algo empieza a no tener demasiada lógica y el insomnio cosmopolita deja de ser creíble, ya que nada despierta si previamente no ha estado durmiendo. El equívoco, el contrasentido o la juerga gramatical no finaliza aquí. No sólo la ciudad que nunca duerme se despierta sin haber dormido, sino que lo hace hacia una pesadilla. Es decir, que a media proposición sabemos definitivamente que Nueva York no ha despertado, y por lo tanto debemos concluir que no es cierto que nunca duerma, y que en el seguir de sus sueños el objeto, el argumento o el motivo es tan absolutamente terrorífico que el redactor dice que es, efectivamente, una pesadilla. Ahora bien. ¿Alguien ha despertado alguna vez a una? No, nadie, porque nadie despierta a un sueño; nos despertamos a la realidad. Quizá, en algún momento de éxtasis creativo, alguien tocado con la gracia de los superpoderes, como por ejemplo, Mario Levrero, o Edgar Alan Poe, pero el resto de mortales, habitualmente, nos sentimos muy aliviados cuando despertamos de ellas.

Y todo ello se lo debemos al trasiego al que sometemos a la actualidad. Trastear con la genética del tiempo acarrea sus consecuencias. Experimentar con las líneas esenciales de nuestra existencia nos está pasando factura. Sin ir muy lejos, todo el mundo anda soliviantado con las prácticas más que dudosas de los bancos, y se habla y se imprimen y se escriben y se gravan millones de palabras al respecto, para convencernos de que esos hábitos son rabiosamente coetáneos. Sin embargo la verdad de ese hecho está fabricada y empaquetada con la misma metodología con la que se construyó la frase del corresponsal. Por eso cuela.

jueves, 20 de octubre de 2011

Dolce far niente



El domingo viví una erupción de pereza que me dejó tirado en el butacón lector durante toda la tarde. El acceso de vagancia llegó a tal extremo que las gafas de cerca, que siempre me cuelgo al cuello, se acomodaron por si solas en el costado derecho mientras todo mi cuerpo permanecía yaciente del costado izquierdo, apoyado casi en su totalidad por la cadera, de manera que era el cuello y no la espalda la que se apoyaba contra el respaldo y todo lo largo de mi existencia se asentaba sobre el lugar donde debería estar apoyado el culo. En ese estado leía ‘Bomarzo’, del argentino Manuel Mujica Láinez, una historia extraordinaria de ponzoñas, sortilegios, asesinatos, concubinas, parricidios, y noblezas renacentistas italianas narrada de la mano de un duque giboso, inmortal, con rostro de púber virgen y una maldad refinada propia del mismísimo diablo. Un libro que hay que leer, escrito primorosamente, con prosa exuberante y florida: una especie de avalancha léxica enredada en subordinaciones frondosas que nos muestra todas y cada una de las ambiciones e inquietudes que mueven a cualquier ser humano desde la perspectiva del incipiente siglo XVI, una época en la que la creatividad artística e intelectual surgió como río de lava deslizándose sobre una absoluta amoralidad social.

Decidí abandonar la lectura de ‘Bomarzo’ justo en el momento en que el narrador asesina a su hermano. En el estado de semi catatonia dominguera en el que me encontraba no me pareció de recibo pasar más páginas, de manera que, por respeto a la obra, dejé el libro abierto sobre la alfombra, en tendido prono, y opté por dar un respiro a los Orsini, a los Farnesse, a los Médici, a los Colonna y a sus luctuosas relaciones. Imbuido de apellidos italianos y sufriendo como estaba mi conciencia debido a mi estado de desidia casi paranormal , opté por destinar un poco de tiempo a encontrar la manera de descargarme de unos gramos de culpa y no tardé demasiado en hallar la expresión que le conferiría algo de clase a la galbana más indecente que nunca haya padecido. Dolce far niente, eso era, dolce far niente, el placer de no hacer nada; la sensación que se experimenta a cada segundo que pasa, tirado en un sillón, un domingo por la tarde. La certeza de que ése es el estado en el que uno quiere estar, si no de por vida, sí en esos instantes, bostezando; y a cada bostezo, oscuro, largo, y sonoro, una lágrima perezosa que no se decide a emanciparse del lacrimal, a deslizarse sobre la mejilla casi descoyuntada por el esfuerzo, como una excreción erótica surgida del acto justo de no hacer nada. Dolce far niente, la coartada léxica perfecta que convierte a un holgazán en un sabio, en alguien que sabe de verdad cómo disfrutar de las cosas buenas que nos ofrece la vida; tres palabras que transforman a un gandul en un sibarita, al haragán en filósofo hedonista … "Estos italianos -me decía a mi mismo en el momento culminante de mi ya dulce desidia- saben de verdad vender el valor del diseño, ya sea en la moda o en el lenguaje."

En esta coyuntura vital se produce el encefalograma plano, un dolor de cuello insufrible por el que no tenía la más mínima intención de hacer algo y cierto resquemor en las vértebras superiores y medias. El dibujo de un despojo de carne inerte era toda mi presencia en el mundo, a cuyos pies, igual que el viejo perro fiel, descansaba un libro que encerraba una historia a medio hacer porque yo había detenido el devenir de sus criaturas. Pasaron unos cuantos minutos, muchos minutos. Creo que hacía ya horas que el atardecer había dado paso a la noche, y entonces una señal débil, pero real, me sobresaltó el cerebro. Debió ser el bombardeo de noticias de toda la semana, o que de verdad el tema me interesaba. La cuestión es que vino a mí, como un eco arrinconado, la hipótesis difundida a través de todos los medios de comunicación de que la erupción volcánica que tenía lugar a poca distancia de la Isla de Hierro podría dar lugar a una nueva isla. Que la lava, si surgía con fuerza y en la suficientemente cantidad podría acabar formando un atolón, un islote o un arrecife en medio del océano; un parto telúrico que daría a luz a una nueva presencia terrenal, susceptible de cobijar bajo su superficie corales multicolores, multitud de peces devorándose los unos a los otros, como príncipes florentinos, entre grietas y cavidades submarinas. En la superficie de la nueva isla, sobre sus poco más de un centenar de metros cuadrados emergidos de lava fosilizada, también habría lugar para unas cuantas cabras nacionales que marcarían la propiedad del nuevo espacio territorial patrio.

Pero parece ser que las esperanzas de vulcanólogos y de periodistas se han abortado, porque el volcán canario submarino no está por labor. Bosteza, se mueve, prorrumpe en quejidos de placer y expresa su dolce far niente al mundo de la manera que sabe. De ahí a formar una isla va un abismo, porque se necesita una voluntad y un impulso titánico, colosal, propio de los días remotos, perdidos ya en el tiempo, en que se formaron los Montes Albanos sobre los que se construyó Roma. O la Toba Volcánica, sobre la que siglos y siglos después surgirían las creaciones humanas más rutilantes y bellas que haya podido contemplar el hombre en las ciudades renacentistas de la campiña Toscana, en donde los Orsini, los Pitigliano, los Farnesse, los Médici y los Colonna que dirimen sus vidas y ambiciones en ‘Bomarzo’ verterían la sangre de sus castas, el veneno en sus copas doradas y el semen corruptor sobre decenas de vientres y espaldas inocentes.

Y ya, hasta aquí mi dulce y sosegado domingo, mis horas perdidas de vida; pensamientos que surgen igual que el aire de un bostezo, o que el vapor de un volcán desganado: toda una potencia transformadora que se queda en una mancha en el océano, en falsas perspectivas mediáticas, en memoria de hemeroteca.

Curiosamente, todo esto me recuerda a algo, pero me da pereza empezar de nuevo.

jueves, 13 de octubre de 2011

Los siete desmentidos capitales


Asmodeo, Belcebú, Mammon, Belfegor, Amon, Leviatan y Lucífer están en guardia y protegen a los científicos contra escépticos, herejes, supersticiosos y heterodoxos. Los científicos no lo saben, pero las sábanas de sus lechos se hacen y se deshacen a diario sobre una estrella de cinco puntas encerrada en un círculo que esconde la cama en donde reposan sus ideas. Para las mujeres de ciencia, además, hay premio, porque de su seguridad se encargan los íncubos, entes muy bien dotados que asaltan las alcobas femeninas para debatir en lo más profundo de la noche y de sus húmedas inconsciencias aspectos oscuros y siempre turbios relacionados con sus teorías. Los hombres tendrán que conformarse con la soledad del microscopio, con melancólicas manipulaciones o con la archiexperimentada ecuación de Onán, porque, como todo el mundo sabe, el diablo siempre ha presumido de ser muy pero que muy macho.

De ese modo, poco a poco, El Maligno se ha apoderado del mundo. Antes, estos demonios eran los encargados de velar, urbi et orbi, por la expansión y consolidación de los Siete Pecados Capitales. Pero desde que El Vaticano los transformó en faltas medioambientales, financieras, genéticas y de equivalente índole moral, el infierno perdió el norte y ante tal ofuscación decidió ofrecer su cobertura a la ciencia. Y así fue como como la historia de la humanidad ha ido evolucionando en estas últimas décadas a base de teoremas, leyes y nombres ilustres que, consciente o inconscientemente, han puesto sus vidas y su talento en el regazo de toda la cohorte infernal para poder pastorear a sus semejantes, a su antojo, a través del pretendido sendero de la verdad, por el camino de baldosas amarillas, por la cañada real que nos ha de llevar al último abismo en el que, entonces sí, de repente, sin pretenderlo, hallaremos las certezas que andamos buscando de bruces frente a nuestra propia naturaleza, tal y como corresponde a insignificantes criaturas desorientadas.

Por concretar el sentido de estas palabras de una manera franca: mi intención era desvelar 10 falacias científicas y promulgar a partir de entonces las nuevas Tablas de la Ley, el nuevo contrato entre Dios y los hombres que facilitase la comunión
espiritual universal y la convivencia social. De hecho, tenía la intención próxima de desarrollar un octavo desmentido, pero esos seres bermejos, verdosos y cartilaginosos son tremendamente eficaces y su labor -no me cabe la menor duda- me ha impedido acceder a los secretos, a la bases, a las fuentes del conocimiento gracias a las cuales la teoría, un buen día, se convirtió en ley indiscutible, santo y seña de la humanidad, guía de todo ser vivo, expresión racional de la naturaleza dibujada, como siempre, a través de signos de incomprensible lectura e interpretación. De modo y manera que he tenido que renunciar a desmentir la famosa Ley del Mercado, aquella que dicta que todo en nuestro mundo dependió, depende y dependerá (para eso es una ley) de la cantidad de cosas que se ofrecen y de la cantidad de personas que desean poseerlas.

Y así ha sido como he podido llegar a la conclusión de que, por muchos
riesgos que asuma, por más que ponga en juego la salud de mi alma, la integridad de mis carnes, el honor y la credibilidad ante mis semejantes; por más denuedos, noches sin dormir, viajes, libros y reflexiones a la luz de las velas, jamás podré vencer a la milicia de Satán, entrenada y concebida para la eficacia absoluta. En consecuencia, no me queda otra alternativa que renunciar al octavo, así como a los dos últimos.

Porque, sinceramente: no doy para más. Ya solamente auspicio la vana esperanza de que al leer el titulo de esta serie ('Los siete desmentidos capitales') las huestes del averno recuerden tiempos mejores y en honor a esa memoria o en agradecimiento al autor exhausto que esto escribe, decidan cambiar de bando, acogerme en su seno, protegerme, promocionarme, difundir al fin mi verdad y, si es posible, negociar para refutar y cantar de una vez por todas a la cuatros vientos el enredo en el que nos han metido unos cuantos sabios con sus explicaciones académicas y científicas sobre el origen, causas, consecuencias y azares de la riqueza y de la pobreza. Que nadie lo espere, aunque templos más grandes (y más sagrados) han caído.

viernes, 7 de octubre de 2011

Y séptimo desmentido


Siempre aire, mucho aire, a todas horas, en cualquier rincón, enmarañando el polvo de las encrucijadas, agitando las aguas en los océanos. Y también aire en nuestras casas, aire en los pulmones, aires de lavanda y aires estancados, pútridos y angelicales, a viejo, a sábana añeja y amor cuajado.

Cada día nos ponemos en pie y, con el primer bostezo, respiramos nuestras propias horas de sueño aspirando el aire que nos protege de la noche en la inconsciencia del ensayo diario de la muerte. Después abrimos la puerta del cuarto y un poco antes de que haya salido el sol respiramos el aire del día de ayer, que todavía flota entre las paredes del pasillo, como si fuese la memoria de momentos inmediatos que ya no vemos y que en unos años emergerá en forma de manchas aplazadas en la ropa, igual que aceite transparente a la deriva flotando sobre el mar. A continuación, a unos pasos de tiempo, el espejo se empaña de aire, del calor del vaho con que se impregna el velo que pretende salvarnos así de la verdad de un nuevo día. Y ya, desayunados y limpios, finalmente salimos a la calle. Entonces, cada cual se conforma con respirar el aire que merece.

Todo el mundo lo cree. El aire, su presencia y sus diferencias de presión mantienen a flote un buque o alienta y permite el vuelo de un avión. Máquinas extraordinarias ingeniadas con el fin de transportar personas, bombas, animales y cosas de un lugar a otro del mundo se elevan hasta que casi se pierden de vista en las cimas frías del cielo. Desde aquí, en tierra, nos parecen el recuerdo de una pluma leve, diminuta y desafiante, que alguien sopló. Gigantescos buques construidos a base de millares de kilos de acero y hormigón flotan deslizándose a través de los océanos del mundo y , triunfantes contra cien galernas, arriban a puertos remotos, cercanos, en donde reposan sus dimensiones colosales, apaciblemente, sobre el agua amansada, entre diques y más barcos que esperan el cepillo y el cuidado, la descarga y la carga, igual que fabulosos cetáceos ciclópeos varados sin más ocupación que la de flotar mientras reposan su tonelaje de acero.

Y si es así, si Newton, Bernoulli y Arquímedes dijeron la verdad; si todo aquello que se mueve a través del aire bajo el principio de la acción y reacción se mantiene en él como un pajarillo, si todo recipiente que contiene aire flota; si en todo lo que hacemos está presente el aire; si los lugares por donde nos movemos están repletos de aire; si nosotros mismos no somos más que aire, ¿por qué nos estamos hundiendo? ¿ por qué caemos en picado?.

Alguien nos está mintiendo

viernes, 30 de septiembre de 2011

Sexto desmentido (en potencia)

Potencia y acto son dos de los únicos conceptos que –creo- me quedaron medianamente claros en las rocambolescas clases de filosofía que me impartieron en el BUP los Hermanos de La Salle, mucho más cercanas a un taller de prácticas de patafísica que a la didáctica de la metafísica arsitotélica.

A partir de esta enseñanza he llegado a entender algunos misterios esenciales de la vida. Por ejemplo: aunque actualmente, en acto, soy un triste currito de la administración pública que padece un ERE encubierto, en potencia soy un Mr. Alessio Rastani, miembro de los famosos mercados que exigen cada día la confianza de los Estados para estabilizar las economías y evitarnos problemas. Dado que no puedo matar a nadie, porque pecaría contra el 5º (Mandamiento), y tampoco me voy a presentar a ninguna convocatoria electoral para hacer la revolución desde dentro, es evidente la intrascendencia de esta cuestión en acto, a la que no vale la pena destinar más potencialidad.

De modo que prefiero aprovechar las enseñanzas que cimentaron los pilares de mi vida adulta para continuar la cruzada a favor de la verdad; para desmentir tanto dogma, tanta sacralidad, tanta ciencia hueca que nos mantiene ciegos ante la evidencia velada.

Desde hace unos años vienen diciendo por ahí que todo partió de la nada, que existió un vacío eterno desde donde hemos venido a dar de hoz y coz sobre la tierra para andar errantes a la búsqueda de tres respuestas mientras las estrellas nacen y estallan y el sol se consume. He acudido a las autoridades, como es pertinente; he escuchado a unos y a otros, en ambos extremos del conocimiento; he leído a Stephen Hawking y al santo Wojtyla, y poco más o menos, todas sus fuentes vienen a decir lo mismo. Pero aun con todo y con eso me es imposible afirmar que creo. Mi conciencia racional no me permite ir tan ricamente por el mundo viendo una enorme explosión de dimensiones inimaginables que surge como por encanto de la nada, de una casualidad, del azar, o de la voluntad bostezante de un demiurgo aburrido. Yo he hecho un esfuerzo titánico por comprenderlo, por esbozar mínimamente una hipótesis.

En el principio... No, “En el principio” no es un buen comienzo porque cualquiera con dos dedos de frente preguntaría que qué había antes del principio, y ya, desde la primera frase, la teoría se iría a la mierda. Así es que empezaré formulando que estábamos todos ahí, vivos y muertos, sumidos en un letargo de siglos millonarios, apagados igual que bombillas sin vender, amontonados unos sobre otros en la dimensión malthusiana y multitudinaria del género humano jamás concebida. Y era tal la potencia de la muchedumbre universal apretujada en su densidad, en la más estrecha y angosta cavidad de la nada, que hubo un momento, un instante clave, fundamental, espontáneo, en el que gracias a la sincronización de las conciencias palpitantes que la habitaban, se produjo una incontenible contracción que absorbió toda la sombra oscura que cobijaba el no lugar, lo cual precipitó la gran expansión expresada, no como hay quien cree, con una colosal explosión, sino como un potentísimo orgasmo lechoso de luz blanca, cegadora; una eyaculación de esferas rotantes de todo tipo de tamaños y colores, envueltas en galaxias seminales, densas, pegajosas, que atrajeron hacia sus espirales, sus centros y sus periferias mundos magníficos repletos de venenos gaseosos, de resplandores fulgurantes, de materia ácida, dulce, o amarga en donde en aquellos momentos ya reposaban todas las vidas que en el universo han sido y serán, a la espera de la ralentización de la expansión y de las respectivas órbitas. Desde entonces discurre la luz a través de los años iluminando las incertidumbres de los hombres, que intentan hallar desesperadamente la potencia de su origen.

Es cierto, se parece a todo lo demás. La fórmula que ponga en aprietos a Hawking y a la Santa Madre Iglesia palpita en algún otro universo pendiente de expansión en alguna otra dimensión.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Quinto desmentido



Imperativos laborales me obligan a tragarme páginas y páginas que describen minuciosamente investigaciones tecnológicas y novedades científicas. A veces, incluso, me veo obligado a leer con atención resúmenes de tesis doctorales que pueden llegar a plantear, por ejemplo, cierta innovación con la que se puede hacer algo que durante cientos de años se ha venido realizando de modo contrario pero con resultados equivalentes.

A menudo, esos estudios se redactan sin ninguna gracia, porque su función no es entretener al personal. Pero hay una expresión que los doctos ingenieros utilizan con frecuencia y que, no es que me haga reír, pero me llama la atención y me ha provocado, en estos tiempos que me ocupan, una nueva sospecha. Y es que los científicos, a la hora de referenciar las fuentes sobre las que se fundamentan sus hipótesis, los antecedentes de los que parte su investigación o las autoridades consultadas para blindar los resultados de sus trabajos, siempre escriben “la literatura consultada dice que…” como sinónimo pervertido de “la bibliografía consultada dice que…”, expresión propia y genuina, correcta y objetiva que indica con precisión lo que en realidad quieren decir. La comunidad científica, gracias a esta desviación semántica, quizá pretenda hacernos creer que lo suyo también es cosa de las musas, de la inspiración. O por el contrario, cuando un ingeniero sustantiva como ‘literatura’ todo lo escrito y descubierto con anterioridad a su descubrimiento, posiblemente lo esté menospreciando, tachándo de poco veraz, poco creíble, sibilina y elegantemente de “un cachivache fabricado con buenas intenciones, pero que no funcionaba. No como este mío, que es la hostia."

De modo que, sea como fuere, los hechos me obligan a llegar al convencimiento de que para cargarse de razón, la ciencia y la tecnología han tenido que echar mano de la más incierta de las artes, la más ambigua, la más canalla, aquella que jamás cuenta la verdad, aquella que se practica con los instrumentos más rudimentarios de los que dispone el género humano.

De ahí que cuando me explicaron hace pocos días la primera ley de la termodinámica, para entenderla tuve que acudir, precisamente, a la literatura, y el resultado -no sé cómo decirlo- fue descorazonador. O no. La cuestión es que no me ha quedado más remedio que tatuar una nueva muesca en el revólver inclemente de mi escepticismo crítico.

Porque vino a suceder que, cierto día laborable, después del octavo intento de un ingeniero por aclararme la utilidad y los mecanismos de su nuevo artilugio, éste me citó la susodicha ley, que viene a decir, poco más menos, que la energía no se crea ni se destruye, sino que se transforma. Al escucharle puse una gran cara de ¡Eureka!, y le dije que por fin había entendido lo que me decía, no sin antes disculparme una docena de veces y provocarme myself, a través del preceptivo intercambio fisioenergético, la rojez en la mi piel del rostro mío, para goce y disfrute de su vanidosa superioridad tecno científica.

Ahora bien, poco después, mi ignorancia se quedaba a solas en mi lamentable compañía urgida por la necesidad de llevar a cabo un trabajo encomendado a partir de un texto ininteligible, acompañado de unos gráficos indescifrables , y como única baza posible, la idea solitaria que se había quedado estampada en mi cerebro: la energía como una loca, pintada la cara igual que una puerta, emperifollada, emplumada, caminando de un lado a otro del universo, disfrazándose, camuflándose, escondiéndose, dirigiéndose a los hombres con voz grave y cariñosa -morritos de carmín fosforescente- sobre un par de tacones vertiginosos, desapareciendo y apareciendo de nuevo con otra forma, y así hasta el fin de los tiempos…la juerga continua, la fiesta desbocada de la energía…

Y entonces intenté tranquilizarme, quemé unas barritas de incienso, me bebí un chupito y me puse a pensar, pero todo fue a peor. Por fin, al cabo de un par de horas, creí dar con el cabo del hilo, que no era más que pensar como un científico, es decir, ir a la literatura, y así empecé a escribir el beso que no di, el llanto que lloré, la muerte que vendrá, el amor que no abracé, el golpe que encajé, el adiós en un tren, el alba en oriente, la lluvia en Praga, un verso de poeta, adoquines negros, nubes tormentosas, un perro sarnoso, la tuberculosis, carcajadas infantiles, un tango, una navaja, un ciprés sin cementerio, una minifalda, gemidos y olores, saliva y semen sobre una cama, una vieja enlutada, dos obreros, un sendero, la cumbre en el horizonte, una mujer que lee, un asesinato, un rey, un tirano, un frasco de veneno, la calle de madrugada, olor a perfume, un barco, agua fría, un espejo empañado...

Fue todo inútil, energía desperdiciada, momentos de potencia concentrada que no han llegado a nada, que se han quedado en el cero absoluto, en un par de papeles arrugados dentro de una papelera que pronto formarán, junto a otros tantos, un puñado de mierda que ni siquiera huele, que no se transformará ni en una triste llama ardiendo sobre un cenicero. ¡Que no me cuenten cuentos!

lunes, 19 de septiembre de 2011

Cuarto desmentido

He estado de viaje, un largo viaje, aunque el lugar al que he ido no es lejano. Sin embargo, para conocerlo bien se necesitan varios días, mucha curiosidad y cierto espíritu aventurero.

Hace ya casi tres semanas que decidí hacer las maletas y poner rumbo a Castroforte del Baralla, un pueblecito gallego próximo a Portugal y limítrofe con Villasanta de la Estrella. Había oído hablar de él, del carácter tan peculiar de sus paisanos, de las ricas lampreas que se crían en el río Mendo a base de carne humana y que suponen la principal fuente de riqueza; también, del fervor incondicional e inquebrantable que los castrofortinos profesan a Santa Lilaila de Couso, una doncella que arribó hace siglos a bordo de una balsa de piedra. Aún así, contando con todas esas referencias, tan suculentas, tan prometedoras, quienes me informaron sobre los lugares y puntos de interés de la localidad se quedaron cortos.

Dar con Castroforte es complicado. Utilicé Google Map y el célebre Tom Tom, pero esas herramientas del diablo son inútiles cuando de lo que hablamos es de un lugar que a menudo envuelve su circunvalación en una espesa niebla que lo protege de forasteros impertinentes, de ladrones de lampreas o de invasores de todo tipo. Además, si el día en el que uno llega coincide con determinada posición de las estrellas, entonces el pueblo se balancea de Este a Oeste como si se tratase de una gran góndola de feria, de manera que el viajero corre el riesgo de desorientarse y perder para siempre la pista.

Así es que, siguiendo el consejo de un buen amigo, me deshice de las nuevas tecnologías, me puse en manos de la intuición y cuando finalmente di con la villa lo primero que hice fue preguntar por José Bastida, su cronista oficial, un tipo encantador, un tanto tímido y contrahecho, con fama de poseer poderes no del todo normales, y gran conocedor de los mitos, leyendas y realidades empíricas que se sucedían en el día a día. Enseguida hubo buena sintonía entre los dos y junto al amigo Bastida pude conocer a fondo la idiosincrasia castrofortina, sus cuitas, esperanzas y temores. Fue tal nuestra amistad que gracias a él viví en primera persona un suceso extraordinario con el que he podido confirmar una certeza que hace tiempo no era más que una sospechaba, justo en un momento de mi vida en el que huyo como de la peste de las verdades impuestas.

Y es que Bastida, a la sazón, había experimentado por vez primera el amor con la mujer que había deseado toda la vida, y en una de las primeras noches de pasión, mientras Julia, su amante, descansaba plácidamente junto a él, éste presagió una inminencia, la despertó y casi con lo puesto y con un hatillo atropellado salieron escopeteados a la calle. Bastida llamó a mi puerta para despedirse y como no supo o no quiso contestarme a mis interrogantes causados por la precipitación, les seguí para ver qué es lo que movía a tanta urgencia a aquella pareja. Y sucedió algo maravilloso. Muy cerca de las lindes del pueblo, tocando casi con Villasanta de la Estrella, los dos tórtolos se detuvieron. Bastida introdujo el hatillo entre las ramas secas de un agujero que dejaba el claro de un seto. Después cogió de la mano a Julia y la invitó a introducirse en el mismo lugar y, finalmente, se metió él. Me preguntaba a dónde conduciría aquel escondite y cuando especulaba sobre sus intenciones y su destino, entonces Castroforte empezó a temblar. En los primeros instantes no podía creerlo, poco a poco el pueblo se fue elevando hasta aparecer como una isla flotando sobre aire, un gran pedazo de tierra gallega bajo el cielo oscuro, limitada en todos sus puntos cardinales por el abismo.

En unos minutos Castroforte volvió a llenar su hueco en la Tierra. Para entonces, José y Julia ya estarían lejos, en otro lugar, con su amor a salvo, en una tierra diferente gracias a que la que les vio crecer había desafiado durante unos minutos toda ley natural, humana y divina.

Después de reponerme me llegué a la fonda, hice de nuevo las maletas y volví a mi origen. Y en el camino de vuelta me propuse firmemente no explicar esto a nadie. Pero ayer, viendo la televisión, me topé con una documental en el que se mostraba cómo Newton había llegado a formular la ley de la gravitación universal y estuve casi media hora bebiendo whisky y carcajeándome. Y es que, debido a la experiencia vivida días antes, al llegar a casa había estado documentándome sobre el origen de la famosa ley de la gravitación universal y sus falacias. Y resulta que el famoso suceso de la manzana cayendo del árbol no es más que una patraña que se sacó de la manga un tipo llamado John Conduitt, asistente de Sir Isaac, quien escribió que en el verano de 1666 (año escalofriante), mientras Newton paseaba su genio por los jardines de su mansión en Woolsthorpe Manor, una rica manzana roja de la exclusiva especie Flower of Kent fue a caer a su lado mientras en el cielo la luna llena dibujaba en su movimiento, minuto a minuto, el arco invisible de su aparición en el cielo. En menos que canta un gallo, Isaac Newton se encerró de nuevo en sus aposentos y formuló su famosa y universal teoría del movimiento de los planetas y afirmó, mediante extrañas fórmulas, que una fuerza llamada gravedad era la responsable de la atracción entre todos los cuerpos. Conduitt escribe textualmente que “he first thought of his system of gravitation which he pit upon by observing an Apple fall from a tree”, que viene a decir, más o menos, que su maestro pensó por vez primera en la gravedad viendo caer una manzana.

Este episodio, siendo generosos, es apócrifo, y nadie lo ha podido confirmar, excepto su autor, el trepa de Conduitt. Por otra parte, es conocido el fervor creyente de Newton, y quizá por eso dejó pasar 20 años desde el hallazgo hasta que decidió publicarlo, porque se negaba a creer que Dios no pintaba nada en el movimiento libre/caótico/formulado del Universo. De ahí que, como mínimo, deberíamos ser prudentes y colocar nuestras dudas sobre la tiránica ley que lleva su nombre.

A todo esto, no me gustaría influir ni mucho ni poco con mis reflexiones al respecto de mis experiencias y mis investigaciones. Sólo me limito a enfrentar, en voz alta y científicamente, dos sucesos. Uno de ellos lo viví en primera persona, y vi lo que vi. En cuanto a la famosa manzana, origen de los celebérrimos 9,8m/sg2, está demostrado que tiene más de historia para niños que de ciencia. Su veracidad no está contrastada y, sinceramente, poner al planeta y al destino de la humanidad en manos de una serie de signos inspirados en una leyenda no es muy racional que digamos. Aunque no voy a desgañitarme más. Para entender lo que explico hay que viajar a Castroforte del Baralla. Allí la ciencia se hace con sueños, y los resultados son prodigiosos.


La fotografía que ilustra esta entrada corresponde, ni más ni menos, que a la mansión de Isaac Newton en Woolsthorpe Manor, con el manzano, ya seco, en primer término.