lunes, 26 de octubre de 2009

New York-Almería-Burgos


Respira sobre poemas de Federico García Lorca un pedazo desgajado de la pared del Cortijo de los Frailes, que sin mucho esfuerzo recogí este verano bajo su fachada ruinosa, agonizante sin que nadie lo remedie, en el corazón del páramo que se extiende entre Rodalquilar y Los Albaricoques, en la provincia de Almería; un infinito agreste, polvoriento, azotado por un viento cálido que humedece pitas, chumberas y esparto, y que lleva hasta la espadaña quebrada del campanario hueco lamentos de célebres invitados a bodas. Cada vez que veo ese trozo inerte de yeso blanco sobre la estantería de la librería casi oigo como me reclama las líneas que desde hace ya meses debería haber escrito. Pero no encuentro la manera de capturar y volcar todo el poder alegórico que para mí contiene.

En las noches del desierto almeriense uno llega a empequeñecer tanto que se siente a salvo de todo, porque bajo su oscuridad el mundo no existe, la realidad se difumina, y es en la conciencia de la nada cuando nada hay que temer, solamente al renacer en un nuevo amanecer de sol oriental que vuelve a llenar de luz el llano y de sombras ardientes las colinas cansadas. Durante ese espacio de fuego sin tregua, lo mejor es bajar hasta la costa y dejarse purificar por el mar amante, dormir, y al poco volver de nuevo la mirada hacia el Oeste para admirar una vez más el atardecer encarnado sobre línea recta, perfecta, vívida y nítida, tras la cual deben habitar mundos extraños de los que nadie sabe de su existencia. América, el continente perdido, tierra de encantos, leyendas, y tragedias; tierra de futuros perpetuos que se agostan en manos de bellacos, criminales y gañanes. América suena en mi cabeza con la música de Gershwin mientras espero, tumbado bajo una estera blanca, a que la noche vuelva y me fulmine. Vivo dentro de 'Rhapsody in Blue', dentro del clarinete de Gershwin que invoca, como el faquir a la cobra, un hechizo lunar que me conecta con New York, porque entonces, justo entonces sé que esa ciudad despierta a la promesa diaria de prosperidad que el poeta desmintió. Y pienso en Gershwin y Lorca y me lamento de que no llegasen a conocerse, de que Lorca ni tan siquiera conociese la pieza y no pudiese escuchar nunca el piano atrevido, nuevo, magistral que evoca el espejismo cosmopolita de la nueva metrópolis, la ilusión mendaz alimentada por un atrevimiento colectivo, sin complejos, que dio a luz el siglo XX. Y a la inversa. ¿Qué hubiese ocurrido si Gershwin hubiese leído los versos de Lorca antes de que el americano hubiese compuesto 'Rhapsody in Blue'? Gershwin en el Cortijo de los Frailes escuchando, de la voz del dramaturgo, la cruenta boda que narró Carmen de Burgos, mientras pasean los dos, George y Federico, bajo los arcos del claustro en los que se inmortalizó años después, cuando ya eran solo cascotes, el rostro inclemente y sucio de Clint Eastwood.

Se hubiese producido una fascinación mutua, recíproca. La sangre atávica, la tradición mísera frente a la vida que empuja y discurre y fluye entre notas nuevas en una forma desconocida que jamás ha mirado hacia atrás y que desprecia la convención. Por eso ‘Poeta en New York’ es un nuevo drama al otro lado del Atlántico. Parece un canto a la justicia, parece una denuncia, quizá un grito de alerta con visos surreales, pero en realidad es otra boda ensangrentada, otro útero yermo, una voz castrante, flagelo y escándalo en los ojos que no pudieron escuchar el encanto in Blue. (Leo 'Poeta en New York' escuchando a Gershwin y escucho a Gershwin leyendo Poeta en New York, en el atardecer del desierto, bajo el influjo de los fantasmas que todavía se desangran entre muros ruinosos)
Lorca también anduvo por tierras de Burgos, muy cerquita de donde, hace pocas semanas, yo he dado paseos inolvidables. Silos, Covarrubias, Carazo, Hacinas, Castrillo de la Reina… tierra serrana de pastos, de secanos familiares, frondosos robledales , huertos generosos, regios chopos en la riberas; la encina en la vereda, y el aire limpio, frío, que proviene del agua helada sin fondo, oscura, de la Laguna Negra, y de las blancas nubes gruesas que al atardecer se rasgan como puñales que hiriesen el viejo cielo azul inmaculado en sangre recordada todavía por algún espectro judío, o morisco, pretendientes de esta hermosa tierra. La luz aquí ciega hasta el vencejo, que vuela bajo en busca de alimento sin que yo pueda disfrutar de su canto, porque también hasta aquí he venido con Gershwin y llevo 'Rhapsody in Blue' en mi paseo. De esta tierra escribió Lorca “ Quedamos los viajeros en el corazón de Castilla, rodeados de sierras severas, en medio del abrumador y grandioso paisaje […] Ya en la calle había un perfume intenso de pan.[…] El río copiaba a un puente… Cabeceaban los álamos”. Pero es con Gershwin con quien camino, con el poder hipnótico de su 'Rhapsody', que escucho una y otra vez, una y otra vez, entre recuerdos de colores acres y el murmullo próximo del río que me llega a través de la vista, porque ahora el piano lo gobierna todo, ordena trompetas, saxos, clarinetes, le dicta al timbal su momento, le da al paso a la cuerda y entonces surge un nuevo clímax metálico, un ritmo nuevo en la Castilla vieja que Eduardo Chillida escogió para descansar, recopilar fuerzas, para hacerse quizá con las esencias perdidas de la materia, de la nada, como la que propicia la noche del desierto almeriense, en donde su amigo y cómplice, José Ángel Valente, vio los últimos atardeceres en el silencio con que buscó la raíz de la palabra...

Y yo sigo aquí, mirando desde mi ventana el gris de la calle que alumbra la farola pobre, contemplando mi frágil pedazo de yeso blanco que reposa sobre los versos de Lorca, desprendido un día sobre el suelo yermo de la tragedia. Vuelve a sonar, como súbita erección, el clarinete brillante de 'Rhapsody in Blue' y entonces intento convencerme a mí mismo de que todo empieza de nuevo.

Vuelvo mañana

miércoles, 21 de octubre de 2009

Baba de caracol


Los caracoles son seres indefensos pero prudentes. Tienen ellos tan alta conciencia de su vulnerabilidad que han desarrollado a través de los siglos un preciso y sofisticado sistema natural de control que les protege de sí mismos. Porque el caracol es en realidad una babosa a la que, gracias a las propiedades químicas de su baba, le ha crecido un caparazón construido pacientemente durante su proceso de crecimiento, y cuya composición contiene elementos altamente protectores, muy preciados por los laboratorios de cosmética. Sin embargo, si el caracol se excediese en tan sólo media micra a la hora de calcular el grosor, el volumen y la superficie total de su coraza, moriría aplastado por su propio peso. De ahí que el caracol sea un ser extremadamente prudente y meticuloso. De hecho, la espiral de la concha del caracol es una de las formas más complejas y trabajosamente elaboradas que existen. Una sola, una ínfima, milimétrica, insignificante vuelta más en la espiral, y el caracol moriría sin remedio. Así es que, desde que el otro día me lo explicaron, admiro más si cabe a estos pequeños gasterópodos cornudos, porque desde siempre he pensado que son la excepción que confirma la regla de la teoría de la evolución. Son seres tremendamente débiles, antonomasia de la lentitud, que no disponen de ningún tipo de defensa, y mucho menos de armas ofensivas, y sin embargo pueblan el planeta, de polo a polo, desde hace millones de años, por lo que, de momento, no parece que vayan a extinguirse, como así ocurre con otras especies que a simple vista son mucho más fuertes, más inteligentes, y con una gran experiencia, o amplio y valioso background (aprendo rápido), en el proceloso quehacer de la supervivencia, como por ejemplo rojos, izquierdistas, progresistas, socialistas, comunistas, anarquistas y alternativos.

Estas especies han aprendido a través de años de lucha que si quieren sobrevivir en este mundo global tienen que adaptarse a él. Pero como la acción de adaptación al medio contra el que luchan es en sí misma una contradicción con respecto a su naturaleza, el resultado les aboca a la extinción, entre otras razones porque han interpretado mal su función y han querido utilizar estrategias de supervivencia poco adecuadas para su fisiología y el medio en el que se mueven. Es más, se podría decir que han intentado copiar al eterno caracol. Se mueven lentos, sin reflejos. Antes de hacer el más mínimo movimiento parece que un cuerno le pregunte a otro, que los dos se enzarcen en un debate sin fin, cada cual mirando hacia un extremo, hasta que al final deciden ponerse en marcha, muchas veces sin mirar, a menudo en grupo, juntos, aunque para ser sinceros, da la sensación de que unos y otros siguen el camino que mejor les conviene. Pero sobre todo, en lo que más han copiado este biogrupo al caracol es en la construcción de su propia fisionomía, es decir, en la creación de su identidad, que es su caracola, su concha, su caparazón, su coraza. Ni una vuelta más de las convenientes en la espiral: mucha prudencia, nulo riesgo e inexistente imaginación, porque de lo que se trata es de sobrevivir, de perpetuar la presencia inamovible en el tiempo en un rastro de babas que brillan en la tierra como el recuerdo de unos pocos triunfos a lo largo de la historia, para finalmente servir de suculento alimento a quienes encuentran en el camino, gigantes de poder desmesurado que les desprecian como a hormigas de verano, que les chafan sin esfuerzo con gran gozo al escuchar el sonido de la concha despachurrarse bajo el pie. Pero ahí están, y estarán, por poco tiempo, aburridos, carentes de imaginación, resbalando en sus lamentos y ocupando rincones insignificantes, veredas, márgenes, cunetas, riberas, y arbusteras sin otra ambición que la de construir a la perfección la espiral de babas que les distingue de la valiente babosa.

Vuelvo mañana

martes, 13 de octubre de 2009

La Garrafa de los Beatles


El tiempo excava madrigueras donde almacena los víveres con los que alimenta el pasado. Se agazapa en sus guaridas bajo el suelo por donde paseamos, confiados, pensando en mañana, o viviendo, sin más, nuestro presente. El tiempo se agazapa en cubiles diseminados en una amplia y secreta red que le permite moverse con asombrosa rapidez sin que ni si quiera seamos capaces de olerlo, de percibir su presencia subterránea hasta que es demasiado tarde y entonces, súbitamente, nos asalta desde lo profundo, quizás en la penumbra de la noche, ocupados como estamos con nuestra cotidianidad. El tiempo se abriga en sus toperas, pero no hiberna, no duerme, se mantiene alerta, siempre a punto, preparado para la emboscada. Y cuando atrapa a una presa ya no hay vuelta atrás. O sí: quiero decir que es entonces cuando ya no hay manera de salir de sus dominios y ya por siempre, a la manera en la que actúan los vampiros, la presa se convierte en un nuevo agente a su servicio, de manera que los efectos se multiplican exponencialmente y los días y las horas se invierten, giran sobre sus pasos y caminan hacia el lugar de donde vinieron.

Toda esta teoría que he elaborado mientras pienso en qué me pondré mañana viene a cuento por culpa del recuerdo de una noche de juerga que me trajo ayer una noticia del periódico. La noticia venía ilustrada por una fotografía en la que se ven a los tres primeros hombres que viajaron a la luna tocados con montera torera y sujetando la chaquetilla de un traje de luces mientras, con sonrisa de asombro y franca incredulidad, saludaban a Francisco Franco. Aquella noche, después de cenar copiosamente, buscamos un lugar donde tomar unas copas y decidimos meternos en un local cuya entrada se abría casi oculta en un pequeño semisótano ubicado en el centro de la calle que une los barrios barceloneses de Sans y Les Corts. Era un bar musical que anunciaba su nombre con un letrero rotulado en discreto estilo kitch, iluminado por luces moradas intermitentes de esas que al apagarse y encenderse tan rápido parecen una nomás, ándele ándele, que como loca corre, sin descanso, en busca del final sin encontrarlo. “La Garrafa de los Beatles”, ese era el nombre del garito. Al entrar creía que me internaba en un submarino, porque el techo era muy bajo y el pasillo era tan estrecho que con los dos hombros rozaba ambas paredes, y tuve que caminar esos pocos metros con sumo cuidado para no tirar al suelo una decena de carteles originales de portadas de discos y conciertos de los cuatro de Liverpool. Cuando llegábamos al final del pasillo intuí que el techo se alzaría ligeramente y que por tanto la sensación claustrofóbica desaparecería y que podría respirar. Pero no fue así. La huronera en la que nos habíamos metido no contaba con más superficie de la que suman, unidas, una docena de cabinas de teléfono. Además, los colores rojos, verdes y anaranjados de la iluminación, mezclados con pequeños labios blancos que se reflejaban sobre la pared de fieltro morado desde una bola de cristal giratoria, acabaron por atraparme en el interior de un abrigadero irreal, en un tiempo extraño en el que lo único que parecía verdad era nuestro estupor. En pie, buscamos un lugar donde sentarnos y entonces distinguí, entre innumerables cuadros abigarrados sobre las paredes a Ringo, George, Paul y John descendiendo de un avión tocados con sendas monteras toreras sobre su diabólica melenita lacia. Al poco, llegó el dueño del local y nos obligó a sentarnos donde no queríamos, y pedimos una bebida que no queríamos beber, y dejamos los vasos donde no queríamos dejarlos. Mientras tanto, motoristas encuerados, groupís menopáusicas, rockabilies canosos, y todo tipo de nostálgicos agentes del tiempo apuraban sus tragos, carraspeaban, tosían y de vez en cuando reían mientras encendían el enésimo cigarrillo de la noche, esperando ver aparecer a los músicos que debían tocar sobre el pequeño escenario dispuesto como un minúsculo altar en la capilla de un mausoleo privado destinado al duelo familiar o un misterioso sacrificio ritual.

Cantaron para la concurrencia rendida Twist and Shout, Love me do, She love You, Please please me, Yesterday, y demás éxitos muy entonados, harmoniosos, con gesto amanerado y labios only you . Después de cada canción, aplausos entusiastas, silbidos epoquívicos, aullidos afónicos que obligaban al guitarra y al teclista a doblar el lomo con dolor en ademán de saludo agradecido. El bajista no saludaba, tocaba sentado. Era un heavy descolgado que debería estar pagando el alquiler de la habitación ritmando, dentro de aquella osera, harmonías compuestas antes de que ni siquiera sus padres se hubiesen conocido. Al finalizar cada tema, en lugar de saludar, se limitaba a levantar una ceja y a encender el porro que se le apagaba sin remedio en los labios. La mirada de aquel tipo no era normal. Fue entonces, al ver perdido al bajista, al ver la dejadez sonámbula con la que acometía cada uno de sus movimientos, cuando tomé conciencia de la naturaleza del lugar. Como un resorte me levanté, apremié a mis compañeras de juerga y salimos del zulo revival. Ya en la calle, tuve que aguantar una bronca monumental. "Pobrecitas ingenuas", pensaba mientras aguantaba estoico el chaparrón, "nunca me agradecerán lo que he hecho por ellas. "

Porque cada día que pasa desde aquella noche lo veo más claro. Nadie está a salvo. Cada calle de cada ciudad es un agujero idóneo para las gazaperas del tiempo. El número 13 de la calle Génova es un buen ejemplo. Lo que vemos es un edifico de varias plantas sobre el suelo, pero en realidad, donde se desarrolla la actividad que mantiene con vida a sus habitantes es en los sótanos: allí debajo, entre paredes estrechas, techos bajos, sin luz, y al olor de la humedad, se cortan trajes, se cuece colonia y se diseñan piadosos modales propios de otras épocas, contra las que nos creemos ingenuamente inmunizados, mientras en cada una de las oficinas que emergen de la superficie, por encima del sótano inmundo, alguien escribe democracia cada día.

Los cines son otras de las zorreras del tiempo. Aparentemente son locales que crecen desde la superficie, pero en realidad siempre hay que bajar por escaleras hacia lo hondo. Hace 12 horas que he visto “Agora”, la nueva película de Alejandro Amenábar. Esta película es ajo, crucifijo laico, estaca afilada, luz reveladora, sol de la razón, bala de plata. “Agora” es una historia muy pertinente, oportuna y necesaria para los días presentes. Gracias a ella, algunas de las madrigueras desparecerán como hormigueros fumigados con DDT. “Ágora” evidencia hechos históricos objetivos, incontestables, y planta nuestra esencia cultural -toda una tradición forjada a través de los siglos- contra la pared de la verdad. Lo dice un creyente, y que Dios me entienda.

Vuelvo mañana

viernes, 2 de octubre de 2009

Método contra el fracaso


Me gustaría ser obsesivo. Obsesionarme, por ejemplo, con finalizar la libreta en la que escribo y no comprar otra hasta agotar todas sus páginas y pasarlas después una a una y sentir en los dedos el tacto de las horas en la esquina del papel usado. Obsesionarme con utilizar siempre la misma pluma; que la tinta manase del mismo plumín y tener la firme voluntad de no garabatear ni un acento si no es con esa pluma. Entonces, si fuese obsesivo y cumpliese a rajatabla mis fijaciones, llegaría un día en que tendría acumuladas en una pila un buen número de libretas ahítas de palabras hermanadas por el color y la textura. Me convertiría en un obsesivo feliz al que dejaría de importarle el contenido de lo escrito. Escribiría sin parar, todos los días, alegre, sin preocuparme de sintaxis o redundancias, de la voz y del estilo, de todo ese tipo de cosas que me amargan la vida y que me impiden llegar hasta el último centímetro blanco de cualquier maldita libreta. Pasaría feliz las noches febriles a la luz de la lámpara y me sentiría un Balzac incansable, un Cortázar con su Rayuela, el negro de Stephen King o Marcial Lafuente Estefanía. De vez en cuando me sentaría ante mi montaña de libretas de letras minúsculas como hormigas en el mismo sillón en el que leo libros repletos de palabras con contenido. Pero antes miraría hacia las estanterías en donde los almaceno, y esbozaría -para que se enteren- una mueca fanfarrona de desquite, y finalmente contemplaría con gran gozo mi obra, sosegado, sereno, como si ese momento único fuese la recompensa a toda una noche de escritura. Para colmo, a medida que le cogiese el gusto, la agradable intimidad de ese instante se convertiría con el tiempo en una nueva obsesión. Por supuesto, jamás leería ninguno de los cuadernos. Al coger alguno al azar, sencillamente pasaría una tras otra las páginas a rebosar de palabras azules y por nada del mundo fijaría la mirada en un punto concreto, porque entonces sería el fin de mi obsesión y la historia recobraría todo el protagonismo, y se atenuaría el goce por la percepción de una gran maraña de signos encadenados, inclinados todos hacia delante, como abrazados en un Can Can grafológico, dirigidos de derecha a izquierda en asombrosa coreografía sincronizada, reposando por siempre sobre una página curtida de tinta estilográfica, libre de las ataduras de la lectura y de la creación, a salvo de críticas, envidias y frustraciones. Sería el fin del vértigo ante la página en blanco y el nacimiento de una nueva era en la que todo mortal mínimamente alfabetizado podría crear su propia obra, e imaginarla de su puño y letra. Si se piensa bien, la obsesión de la que hablo en realidad es un hallazgo, el principio del fin de una mentira que ya dura demasiado tiempo y que nos ha encarcelado a muchos en una resignada tristeza, arrastrando nuestra impotencia como una bola de presidiario por las papelerías de las ciudades del mundo.

Hace un par de años quise novelar una historia. Compré una libreta, hermosa libreta de lomo duro y páginas inmaculadas. Rotulé la portada con el título que debió tener la historia. Esperé semanas, la maduré, y cuando ya creí oír el timbre preciso con el que debería hablar la voz narradora, me dispuse a escribir. Pasaron los días, y las semanas, y veía que poco a poco la libreta dejaba de interesarme; ni siquiera fui capaz de anotar la primera frase. De modo que, tal y como ya me había ocurrido otras veces, la monotonía y el desengaño me empujaron a la calle, a las papelerías, y un buen día vi expuesto en un tentador escaparate un hermoso cuaderno negro forrado en piel. Así es que entré en la tienda, lo toqué y al instante entendí que era con él con el que debía empezar a escribir algo diferente. Claro que cuando entré en casa me sentí realmente mal, con la conciencia sucia, como si la otra necesitase de una explicación; como si el ángel bueno que nos habla a la oreja me estuviese recriminando el haber dejado en la estacada a toda una señora historia, dotada de su libreta, por un prometedor cuaderno negro todavía por hacer. No es broma, me sentí realmente mal. Y entonces, espontáneamente, sin ápice de ironía, con pena, tristeza y la más doliente sinceridad escribí sobre la primera página de la libreta abandonada: “Esta es una de tantas libretas fracasadas. En estas páginas vacías (ya por siempre) estuvo a punto de nacer un mundo, un desamor y un crimen de los que nunca se sabrá nada, aunque ese mundo exista en algún lugar y, dentro de él, dos amantes lloren y un muerto se pudra en el infierno. Esta historia permanecerá encerrada por siempre, en el blanco virgen, estéril, de este cuaderno. Es inútil frotar o practicar invocación alguna. Todo empieza y termina aquí.” 6 de julio de 2007.

Este texto existe, no es ficticio. Lo tengo ahora frente a mí. Lo sé y lo afirmo con esta rotundidad porque está escrito de mi puño y letra, con la tinta verde de un rotulador tipo roll pen marca 'Pilot'.

Vuelvo mañana

domingo, 27 de septiembre de 2009

Aquí te espero


Esta foto responde fidedignamente a la realidad. La lápida existe. No nombro el pueblo en donde se ubica el cementerio y he borrado las inscripciones de las otras lápidas por respeto a las familias que añoran y siguen queriendo a los que allí descansan en paz. La historia que se explica a continuación es pura ficción.

La cabra tira al monte. La tarde pasada visité nuevamente un cementerio, por pasear, por airearme, por estar al lado de los míos. El cementerio era pequeño. En él descansan enterrados los muertos de un acogedor pueblecito que respira a los pies de la Sierra de la Demanda. Al abrir la verja franca pensé, sin riesgo a equivocarme, que el censo de difuntos superaba con mucho al de los vivos del lugar. Y pensaba también que, pocas veces caemos en la cuenta de que, comparado con el número de vivos que morirán, son legión los muertos que vivieron. Por cierto, todas sus andanzas, día a día, minuto a minuto, deben estar recogidas en la fabulosa y célebre “Enciclopedia de los muertos”, de la que nos dio noticia, con mano magistral, el escritor serbio Danilo Kis. Si buscase bien entre sus interminables volúmenes, seguro que alcanzaría a conocer, a recordar con pasmosa precisión, la exacta cotidianidad en la vida de "El Pobrecito Hablador" en los no muy lejanos años del 1800. Me interesaría. Más que nada por fotocopiar algunas páginas con las que desmentir algunas imprecisiones de las que ha hecho gala un sobrino-tataranieto, quien al socaire de mi bicentenario ha publicado recientemente mi biografía.

Me disperso (me sucede a menudo. Por eso nunca haré nada de provecho), y no hablo sobre el tema del que en realidad quería hablar: Al entrar al pequeño cementerio burgalés uno se encuentra como en casa. El recinto es recogido. No crecen los cipreses, pero una frondosa chopera contigua atenua el silencio contenido y confiere una agradable tibieza el aire reverencial de respeto piadoso que parece exigir siempre el monopolista ciprés. Toda la superficie del camposanto está cubierta de lápidas y tumbas y no hay nichos en vertical. Se podría decir, sin miedo a exagerar, que aquel es un cementerio con calidad de vida. Un breve recorrido panorámico me dio una idea bastante precisa sobre el lugar, pero cuando me disponía a salir me vi obligado a detenerme frente a la primera lápida que el visitante encuentra al entrar. Se trata de una lápida que parece estar dispuesta justo ahí con el fin concreto de dar la bienvenida al difunto y al familiar, al amigo, al hijo doliente, a la santa esposa y al amante; al cura, al monaguillo, y al enterrador, y también al forastero. Es una lápida bajo la cual hay verídicos restos humanos. Sin embargo es una lápida sin nombre, sin recuerdo, en la que solamente se ven esculpidas tres palabras, a modo de declaración de intenciones, de manifiesto, o sencillamente a modo de cortesía, como un “bienvenido” tejido en la alfombra que se coloca sobre del suelo del portal dispuesta para que nos limpiemos los zapatos y no ensuciemos el parquet.

Aquí te espero”, se lee en la sepultura, esculpidas las letras bien grandes, sin que a nadie le quepa la menor duda al respecto del deseo que el muerto cobijó desde antes incluso de que le inhumasen; un deseo de amistad, de querencia, de disfrute próximo de nuestra previsible compañía. Aunque bien pensado, lo más probable es que ese deseo fuese únicamente dirigido a una persona, a alguien en particular al que el difunto procesase especial cariño, o bien un odio visceral, atávico, casi secular. Entonces, la esperanza de encontrarse ante ese alguien concreto en camposanto, mano a mano, en compañía de la muerte como notario infalible, quizá respondiese a una venganza frustrada en vida, a un ajuste de cuentas sin saldar; o también a su cobardía, que le impidió acumular el coraje suficiente en vida para enfrentarse a algún serio conflicto, porque ya tenía planeado resolver la afrenta una vez estuviese enterrado.

Todo podría haberse aclarado el día en que Padre agonizaba en el lecho en el que había estado durmiendo solo desde hacía ya los cinco años que Madre falleciese, sobre el mismo colchón, bajo el mismo techo, en donde a él se le aparecían ahora, como en una película de sombras alumbradas en temblores por la llama de la única vela, las imágenes más significativas de su vida. A Padre solamente le quedaban sus dos hijos. Se llevaban tres años, aunque en medio de sus dos respectivos nacimientos nació una hermana, muerta a los tres días de ser alumbrada y enterrada en el interior de un hoyo olvidado, bajo una sencilla cruz de hierro borde, en el mismo cementerio, dentro de una mísera caja de madera sin barnizar y envuelta, la pobrecita, en un sudario blanco tejido con sábanas viejas. Madre la lloró en silencio y soledad todas las noches insomnes de su propia vida, hasta el amanecer de su propia muerte, sin poder nombrarla nada más que en mudos suspiros de pena íntima.

No le estaba siendo muy difícil irse de este mundo. No parecía sufrir, y tampoco daba la impresión de temerle excesivamente a la muerte. Miraba a sus dos vástagos con una extraña lucidez, impropia de un viejo cuyo cerebro debía estar segregando esas extrañas sustancias químicas que, en los momentos previos al deceso, según nos quieren hacer creer los científicos, son las que nos provocan los delirios y las que nos facilitan la facultad de vislumbrar nítidamente los recuerdos secuestrados de nuestra vida, que se refugian en los más ignotos zulos de la memoria.

Aún así, a pesar de la serenidad consciente, algo parecía inquietarle y no era el miedo. Ambos hijos intentaban darle la mano para reconfortarle, pero cada vez que el mayor y el menor se la ofrecieron, él la despreció, incluso con desdén, como queriendo hacer gala ante su prole de una digna valentía de la que quizá careció en vida. A veces esa inquietud se expresaba a través de leves movimientos de cabeza, de pequeños mordiscos que él mismo se infligía en el labio inferior, o con un constante arañar la lana áspera del cubrecamas con las uñas callosas de sus manos gruesas que ya amarilleaban. El mayor de los hijos se percató de su estado e intuyó que Padre quería hablar, que Padre no se iba tranquilo de este mundo y que, como en vida, en el momento de la muerte la parquedad y la incapacidad innata para poder explicar nada le impedía decir aquello que finalmente le proporcionaría la paz.

“Padre ¿quiere decirnos algo?”. Y Padre atendió a la pregunta del hijo mirando desde la cueva de sus propios ojos, que se abrían exaltados por el esfuerzo que a cada bocanada de aire tenía que hacer para respirar. El hijo sabía que, sin haber pronunciado una sola palabra, quien agonizaba reclamaba un poco más de proximidad para poder susurrarle al oído las que serían, probablemente, sus últimas palabras. De manera que, inclinándose hacia lecho, el mayor dispuso el oído junto a los labios secos que bisbisearon en un ronco quejido la última orden que saldría de ellos.

“Padre sufría porque temía que nos olvidásemos”, le dijo el primogénito al hermano, casi en el mismo instante en que se incoporaba mientras ambos contemplaban el rostro afilado y boquiabierto del cadáver. “La cosa ya estaba resuelta. Yo mismo le di al marmolista las medidas de las letras, y él lo sabía.”
Después de proferir con todo respeto un fastidioso “¡Joder!”, el menor de los tres hijos que nacieron sobre aquella misma cama acercó la mano a los ojos del recién difunto y, sin demasiado esfuerzo, se los cerró.

Vuelvo mañana

domingo, 20 de septiembre de 2009

Autorretrato con criptonita


Estoy completamente borracho. Mientras leía me he bebido casi una botella de Whisky. Con hielo, el whisky llena la boca de un frío amargo que se abre paso hacia dentro sin demasiado esfuerzo. En este estado llega un punto en que no logro entender nada de lo que leo y me doy de cuenta de que en realidad lo que hago es sobreescribir mentalmente sobre las palabras impresas. O sea, que al leer escribo una obra diferente sobre la original, tal y como hacían los antiguos cuando creaban un palimpsesto, con la diferencia de que yo no borro, porque las dos historias, la que leo y la que dibujo sobre la inicial, conviven dentro de los mismos párrafos en un enrevesado ovillo de signos, letras y palabras superpuestas que solamente yo soy capaz de descifrar, de manera que durante unos instantes me siento un superhombre capaz de leer y entender un código lingüístico secreto con el que disfrutar de dos historias, y hasta de una tercera, que es la que surge misteriosamente de la cópula de las otras dos. Pero pronto me doy cuenta de que es el alcohol, que me proporciona una euforia falaz, y me da por pensar que es peligroso leer bebido y que el Ministerio (uno) debería tomar cartas en el asunto y legislar por decreto un carnet por puntos de lector con el que poder castigar infracciones al código de lectura, como por ejemplo leer en estado de embriaguez, por el serio peligro que supone para el autor y para el panorama crítico nacional el hallazgo de segundas, y hasta terceras historias, con sus consecuentes segundas y terceras interpretaciones.

Entonces, cuando se me ocurren esas ideas, un golpe de mareo acompañado de una arcada me vence y ya no puedo más y tengo que levantar la cabeza y al levantarla me veo reflejado sobre el cristal de la puerta que cierra la terraza. Y la visión de mi mismo me sorprende como si un fantasma, de repente, se encontrase con su propia cara a la que hace siglos que no ha visto porque, como todo el mundo sabe, los fantasmas carecen de rostro, piel y huesos (los fantasmas, en realidad, vivimos gracias al corazón y al alma). La sorpresa -o quizá debería decir el susto- provoca que casi se me caiga el libro de una mano, y de la otra, el vaso vacío que dejo sobre la mesa con la rapidez que permite mi estado, y levanto un brazo para atusarme el cabello hacia atrás como si en ese gesto pudiese quitarme de encima el plomo que me mantiene en estado mortal, que neutraliza la impunidad que me otorga mi inmortalidad y que me hace inmune a cualquier peligro físico que padecen los hombres. Cuando leo, únicamente cuando leo, el whisky es para mí lo que la criptonita para Klark Kent. “Claro", pienso de repente, como si en un instante se hubiese hecho la luz: “por eso puedo verme”.


Acopio todo el valor del que soy capaz y haciendo gala de una audacia inusitada mantengo fija la mirada sobre el rostro brumoso y fantasmagórico que se empeña en mirarme y sentarse frente a mí. “No hay más, se terminó”, le digo agarrando la botella y agitándola con el cuello hacia abajo. Aún así, ahí sigue, sin moverse. Ya no tiene la mano sujetando la cabeza sobre la nuca, aunque distingo una mirada vidriosa dentro de unos ojos pequeños, diminutos, desprotegidos, casi diría que vivos y muertos. Siempre he mirado a los ojos de la gente, pero ya no sirve para nada. Creo que gasta barba, no lo juraría. La distancia entre hombros es quilométrica; tras de ellos se adivina una buena espalda para echarse encima todo lo que le echen. Carnes flojas, que no acaban de caer, porque viven de rentas pasadas. Otra vez la mano a la botella. “Ya no hay más”, vuelvo a decir, y entonces intento levantarme, pero él no se mueve; permanece quieto dentro del reflejo nebuloso sobre el cristal, insolente como la conciencia, como mi criado cuando llegaba a mi casa de Santa Clara: se sentaba frente a mí, y justo en el momento en que mi estómago se vaciaba en un doloroso vómito, me soltaba una retahíla de acusaciones que me recuerdan mucho a los reproches que ahora creo descubrir detrás de esos ojillos de no haber roto nunca un plato que no dejan de insinuar una especie de burla por creerme algo que nadie ve y que yo me empeño con tozudez casi adolescente en difundir a los cuatro vientos cada vez que tengo oportunidad.


“Si no hay más, podríamos salir a tomar la última”, parece que me está diciendo. Acepto. Me visto y salimos y nos sentamos en el primer tugurio que encontramos y le digo al camarero que llene bien los vasos, que tenemos mucho de qué hablar.

Vuelvo mañana

jueves, 17 de septiembre de 2009

Un puño cerrado al viento (o la vergüenza ajena)


Tuvimos la experiencia , pero perdimos el sentido,
y acercarse al sentido restaura la experiencia
Eliot



Un puño cerrado al viento, que mira desafiante al cielo, es el símbolo de la fuerza del hombre que vive oprimido y tiene la voluntad de jugarse la vida para ganar la libertad suya y de sus semejantes.

Un puño cerrado al viento es la unión de todos los elementos que conforman una mano que se cierra para golpear y desafiar en un gesto altivo y digno al que le pide que la abra para depositar en ella las migajas de sus ganancias y las herramientas de su riqueza.

Un puño cerrado al viento, con sus cuatro nudillos como cuatro cimas, es una meta, una escalada, una aventura imposible para encontrar lo posible en la que al que lo cierra le va la vida.

Un puño cerrado al viento, junto a otro puño cerrado al viento, junto a decenas de puños levantados al viento, junto a millares de puños levantados el viento cambia la Historia.

Un puño cerrado al viento es homenaje, recuerdo y memoria, himno, oración laica dirigida hacia quienes dejaron sus vidas por mí.

Un puño se cierra y se alza al viento con pasión, decisión, rabia, valentía y dignidad. Un puño se cierra y se levanta al viento por necesidad.

A Leire Pajin y toda la ejecutiva del PSOE presente en Rodiezmo, con grande vergüenza ajena.

Vuelvo mañana