lunes, 20 de julio de 2015

Sinestesia (2)



Mi voz es hueca, lo tengo comprobado. Siempre  que mis palabras quedan registradas  dentro de  algún artilugio y tengo la oportunidad  de escucharme, me llega un sonido plateado parecido a la tonalidad metálica que lucían en sus acabados aquellos antiguos amplificadores de alta fidelidad por los que lampábamos los adolescentes de la clase obrera.

Sin embargo, o quizá precisamente por eso, el  color del sonido que surge de mis cuerdas vocales al vibrar, y que le confiere toda  su personalidad,  es metálico pero  quincallero, manufacturado con  la materia con la que se fabrican los útiles de cocina pobre,  de tal manera que mi voz se escucha  como si se encontrase aprisionada en un cilindro, o  en un cazo de servir sopa. Debe ser esa la razón por la que  su  resultado suele ser  un batiburrillo de fonemas cóncavos y  grisáceos que, encadenados, finalmente  construyen  frases hundidas, surgidas -en apariencia- del fondo de un pozo, donde manan, se aúnan y se agitan  el agua oscura y los ecos fríos. 

De todos modos, para ser sincero, en muy pocas ocasiones alguien tiene el interés de grabar lo que yo digo. Y a veces pienso que hacen bien, pues suelo desdecirme de mis opiniones  al día siguiente de expresarlas con toda la vehemencia de la que soy capaz, para declarar después, con toda contundencia y credibilidad, justamente las contrarias.

Así es que, por lo que a mí respecta, muy pocos saben a qué atenerse, y ese debe ser el motivo gracias al cual, ni conocidos ni desconocidos quieren perder su tiempo en registrar la emisión contradictoria de mis sonidos.

Sin embargo diré que jamás hablo para ordenar, pocas veces para insultar y -es verdad, lo reconozco- a menudo lo hago  para emitir juicios, opiniones  o iniciar y desarrollar hasta más allá del límite humano una controversia.  A pesar de mi afición hacia el debate apasionado,  tengo que decir que he practicado muy poco  la voz imperativa; la pintaría  intuitivamente, apenas esbozada, como  una sombra al carbón trazada con el bies de la punta del lapicero, muy, muy fácil de borrar, difuminada y eliminada para siempre  gracias al frote  leve sobre el  papel  de la añorada goma Milan.  

Eso sí: cuando emito juicios y opiniones en el intervalo más caliente de las polémicas,  mi verbo es encarnado. Entonces adquiere la máxima expresión de la  ridiculez, porque  mi parlamento se tiñe por completo de la oquedad  plomiza de la que hablaba al principio y mucho me temo que mis razones y mis sinrazones brotan en esos momentos  igual que surge en una cocina el súbito e inesperado estrépito de cacharros de hojalata chocando contra el suelo.

La consecuencia  de tal alboroto es doble. Hay quienes abren mucho los ojos, asombrados quizá ante el espectáculo que ofrezco, y hay quienes, muy discretamente, optan por retirarse del fragor de mis razones con la excusa de fumar un cigarrillo o de aliviar sus  esfínteres y vejigas, o de ambas cosas -sucesivamente  o al mismo tiempo- protegiendo  así, gracias a esa eficacísima mixtura aromática, sus oídos y sus mentes. 

Pocas veces insulto. Yo diría que insulto en la intimidad, hacia dentro, hacia mí mismo, cuando conduzco, por ejemplo, o cuando leo un periódico, o escucho un telenoticias. Mis insultos son como ventosidades después de un atracón, el efluvio que resulta de la flatulencia producida por una digestión pesada y que uno procura emitir extramuros, estentóreamente pero en privado. Nadie tiene porqué saber que uno es humano y que hace lo que todo el mundo hace.

Además, en mi opinión,  el  olor de un insulto pertenece al ámbito de lo individual, de lo privado.  Lo que al destinatario de mis improperios  podría parecerle  un miasma fétido, a mí me  resulta una fragancia muy próxima, reconocida como parte de mi propio ser  en su misma hediondez. De hecho, son palabras que salen de muy adentro, producto del proceso biológico  y visceral por antonomasia. Quizá por eso los estadios de fútbol no huelen mal, porque allí el insulto es insustancial, simple, primario; surge de una frustración rudimentaria, pesa menos que el aire, y se eleva instantáneamente hasta diluirse entre al fragor urbano más allá de las gradas.

Me pregunto a qué huele una manifestación. Ni si quiera se me ha ocurrido pensar si insultamos lo suficiente  en una manifestación. Habría que ir bien comidos a una manifestación, ahítos de legumbre (el alimento del pueblo) y compartir allí con nuestros semejantes  los improperios más aromáticamente  hirientes de que fuésemos capaces; transformar un eslogan ingenioso o una reivindicación educada  en una  arma letal biológica con la que corromper los oídos de quienes, en apariencia, nunca insultan, porque sus pedos se deslizan silenciosos, viscosos, suavemente hacia las alcantarillas, que es el lugar  donde el poder cuece sus potajes. 

Yo ya he hablado de mi voz. En una próxima entrega  me encargaré de las ajenas.

miércoles, 8 de julio de 2015

Sinestesia (1)



El fragor blanquecino de las olas y el silencio negro de la noche violado en cada esquina a la luz de cien lámparas estruendosas. El calor sordo de la calina envuelto en el papel de celofán, donde corean el reposo solar las chicharras estivales. Venus y Júpiter, tan cerca, y tan lejos, despidiéndose de un largo idilio  y, además, en medio de todo esto,  un libro terrible que me encontró hace unas semanas y  que me acompaña durante  estos días -días decisivos-  en el que aparecen desventrados, grises, sin contornos,  hombres  explotados por hombres, hombres expulsados, desposeídos de toda dignidad, desenraizados a causa de la miseria que fabrican  quienes les acogen. 

Lo  leo en mi paz burguesa de un bar con vistas al mar, en el que no se sienta nadie, porque su propietario desconoce el glamour costero, o  quizá, sencillamente, porque  es sucio y anticuado. Pero yo me siento siempre aquí  porque me llega el  azul marino  enmarcado  entre las curvas abovedadas de una arcada enladrillada, por la que se escurre  la brisa fresca a través de su arco mientras los bañistas transitan plácidamente su desnudez estrepitosa, dejando a su paso el tufo  dulzón de sus cuerpos sin limpiar, rebozados en cremas que se diluirán entre  la arena y el agua de la playa  tumultuosa; la playa de rumores ocres, verdes y ulcerados, donde  las memorias se disuelven  y los planes de futuro se encorchetan hasta más ver, si es que hay futuro, si es que hay algo que ver más allá del horizonte  callado,  hacia el que nadie mira porque hay mucho culo que juzgar, mucha teta codiciada y, sobre todo, porque hay que defender a ultranza  el centímetro cuadrado en la orilla, la posesión roja, apasionada, visceral,  de su lugar en el mundo, como si de pioneros de las américas se tratase,  justo en esos instantes de descanso…

Y todo esto es lo que pienso a causa de la lectura de un libro que quizá no debería leer, si lo que ambiciono es un verano libre de sinestesias; un verano claro, concreto y objetivo, que me ofrezca gambas a la plancha, vino  frío, siestas antológicas y caricias al atardecer. ¿Qué hago leyéndolo, aquí, en este preciso lugar? ¿Por qué ahora, precisamente, donde muchos ganan en tres meses lo suficiente para comer todo el año en su lugar de origen ¿Por qué leerlo donde quien me sirve el café a duras penas habla mi idioma porque dejó su país, su familia, y su presente? ¿Es un castigo?¿La venganza programada de mi estirpe? ¿Quizá un aviso del destino? ¿Un recordatorio que me aflige y recapitula mis orígenes?¿ O lo achaco solamente a la casualidad, a  lo inoportuno de la elección, a esa impertinencia obstinada que late en  algunos libros y que te interpela al acercarte a ellos? ¿O quizá se trata de una simple,  llana y dolorosa sinestesia? 

Dice John Berger en “Un séptimo hombre”: “La ciudad, como el mar, todo lo cubre y a todos encubre”. Y yo añado: si la mentira pudiese proyectar su sombra sobre las paredes de  la caverna, ésta tendría la forma de la verdad. La verdad dura, profunda y  sin contemplaciones nos golpea  con este libro escrito en 1975, reeditado por Capitán Swing Libros. El puñetazo de su vigencia  solicita de nuestra atención, de nuestra valentía, aunque para ello perdamos  por el camino la tranquilidad de los vencidos.

martes, 30 de junio de 2015

Grecia y la belleza



Me debato entre dos temas. Grecia o la belleza. Quizá no se trate de una disyuntiva.  Quizá la frase contenga tanta pugnas como redundancias,  incluso si cargamos el peso de sus significados en el drama.


Por eso, probablemente, sería mejor escribir Grecia y la belleza, y evocar nuestra cuna en nuestra historia; observar asombrados, a pesar de la ruina, y del paso del tiempo- o precisamente gracias a la ruina y al paso del tiempo-  nuestra propio nacimiento en el mármol y la piedra orgullosa, erguida todavía hoy, y también mañana, cuando parece que todo se derrumba.


Porque  la caída es solamente aparente. Destruida y vencida, en la caída  muere la iniquidad; el pueblo se redime, recupera la soberanía, toma las riendas de su historia y la gente vuelve a ser dueña de su destino.


Caerá el malvado, el poderoso, el artífice de toda esta patraña de mundo que ya no volverá a ser el mismo, porque nuevamente  será  en Grecia donde surgirá la medida humana, la verdadera dimensión de nuestras vidas, establecida a través del canon de un nuevo Policleto  social que esculpa el renacimiento de  la existencia de los hombres y de las mujeres en la Tierra, en armonía con su entorno y con sus semejantes.


Grecia y la belleza, Grecia y el porvenir.

martes, 23 de junio de 2015

El significado de educar



Hoy tengo un invitado de honor. Se llama Manuel Guzmán y es maestro. El azar -siempre el azar- ha dispuesto que el mismo día que había decidido destinarle  mi entrada semanal, el periodista Jordi Évole recordaba en su columna de “El Periódico” la frase que Duran i Lleida  soltó hace algún tiempo en Catalunya Ràdio con su habitual tono elegante y exquisito “Yo no puedo dedicarme a la enseñanza porque los profesores cobran muy poco. ¿De qué viviría? 

Manuel Guzmán es un ser excepcional, dotado de una extraña habilidad para hacer bien todo lo que se propone,  con una inagotable  capacidad de  trabajo, insaquible al desaliento y una pasión por la enseñanza y la educación que le ha llevado a formarse más allà de los requirimientos al uso, invirtiendo para ello el tiempo y el dinero que no tiene. Manuel Guzmán basa todo su ejercicio docente en la  innovación. Es un espíritu inquieto que siempre  rastrea nuevas vías, nuevos métodos, que abre nuevos caminos  para  hacer crecer a sus alumnos y proporcionales herramientas con las que ellos mismos  puedan crear el conocimiento y con las que asumir  los valores para construir  una sociedad mejor. 

Decía Julio Anguita que la escuela nunca ha cambiado el mundo y que el mundo tiene la escuela que él quiere. La frase tiene miga, primero porque quien la dice es maestro, pero sobre todo porque contradice el lugar común por el cual damos por hecho que la educación es transformadora de la sociedad por si misma. Sin embargo, sin maestros como Manuel Guzmán, o sin una apuesta social y política  clara por un sistema que forme profesionales de su talla, dificilmente se puede transformar sociedad alguna a través de la educación. A  tipus como Duran i Lleida, y a quienes representa,  la escuela  que tenemos ya les va bien. 

Porque el poder transformador de vocaciones tan potentes como la de Manuel Guzmán es muy limitado. Se reduce a su aula.  Él dice que el país está repleto de maestros que  no desfallecen jamás y que no se conforman con el eterno abc , los socorridos libros de texto o las pizarras seculares. Sin embargo, a pesar de todo, el cuerpo docente del país se forma en las facultades a las que se accede con las notas de corte más bajas de todo el mapa universitario... 

Y así podríamos estar elucubrando durante horas al respecto de un tema  estratégico para cualquier sociedad con ambiciones de modenidad, justícia y progreso, pero hacia el que la política y los ciudadanos no mostramos más atención que la que genera la molèstia de tener que ir a ver al colegio a ver al  maestro porque  le tiene manía a mi hijo. 

Ya me callo. De hecho quien tenía que hablar en esta entrada es Manuel Guzmán. A continuación, me permito copiar integramente la última entrada de su blog Ped@ç. Se titula “Epílogo de un sueño”. Yo me he emocionado leyéndola. También és emotivo el vídeo, y muy ilustrativa  la segunda diapositiva,  cuyo contenido  refleja por sí mismo el significado que tiene para este maestro el verbo educar.
 (La foto es de Manuel Guzmán, al fondo, junto a su alumnos de este curso)


Epílogo de un sueño
Cierro un ciclo profesional- y creo que vital, tengo indicios- y un buen puñado de cosas arderán en las hogueras solsticiales de estos días. Y lo primero que quiero poner a quemar son los rencores y las muchas llagas emocionales que produce la profesión docente. Reconozco que ambas cosas, tan lacerantes de la psique humana, constituyen uno de mis motores de empuje. Ese dolor del alma me aguijonea y espolea hacia la superación, hacia la creación. Es mi manera de discutir: canalizar mis energías a demostrar que algo es posible y que yo lo voy a mostrar aunque acabe enfermo. Es algo que padecemos en mi familia y en mí es un estigma.  

Lo que pase de ahora en adelante, en un nuevo centro educativo diametralmente opuesto y diferente a nivel pedagógico al que dejo (diferencias sobre papel y apariencia) no me da miedo. He cumplido mi sueño educativo.

He podido diseñar una propuesta pedagógica y aplicarla con muchísimo éxito en el aula, con resultados excepcionales tal como demuestran las evaluaciones de aula, las pruebas internas de centro y las inevitables pruebas diagnósticas del Departament.

He podido demostrar que los libros de texto son inútiles, que se aprende mucho más haciendo matemáticas y lenguas prácticas, llenas de retos atractivos y contenidos significativos elaborados por los propios alumnos.

He podido demostrar que un grupo de alumnos puede desarrollar una propia cultura democrática sin normas explícitas impuestas ni castigos. El diálogo es la vía.

He podido demostrar que una alumna diagnosticada con TDAH, dopada de metilfedinato, limitada con un P.I y con la autoestima por los suelos (su deseo de navidad fue "ser normal") podía dejar de tomar las pastillas (propuse a la familia que quería ver a la alumna "al natural", con las consecuentes críticas de otros docentes). Mediante los entornos digitales, pedagogías vivas,  aprendizajes significativos y grandes dosis de desenfado, informalidad y amor, esta persona ha podido experimentar una curva de aprendizaje literalmente increíble, ganando en confianza y autoestima, comprensión lectora, lectura y expresión oral y escrita, descubriendo su pasión informática hasta el punto de convertirse en mentora y asesora digital de sus compañeros (ha llegado a enseñarme trucos de edición digital y configuración en las plataformas digitales trabajadas, amén de saber gestionar la información y hacer uso  avanzado de los periféricos como el escáner). Es uno de mis triunfos, sin duda.

No he podido salvar a otros alumnos de los naufragios familiares porque entre mi mano y el asidero de problema había una distancia insalvable. Pero sí les he procurado una sonrisa matinal y un entorno acogedor y relajado que les ha proporcionado buenos momentos de humor y aprendizaje respetuoso, alejándolos durante un curso de las preocupaciones.

Y por último, he recibido las expresiones de cariño y gratitud más grandes que un docente puede experimentar por parte de alumnos, ex alumnos y familias. Han sido mi guardia pretoriana incondicional, y su fe y confianza en mi trabajo ha sido motivo de honra.

Y nada. Me calzo las deportivas para salir a correr y que se me disipen las ganas de llorar que me asaltan.

Hasta siempre amigos!!

lunes, 15 de junio de 2015

Ada Arendt


Los libros te salen al paso, te encuentran, te interpelan, te recuerdan que tienes con ellos citas pendientes que no se pueden posponer. Los libros solicitan de  nuestro compromiso, tiempo de nuestra vida, la aportación de nuestro  esfuerzo y nuestra soledad para poder recibir a cambio revelaciones, conocimiento, otros mundos, la realidad envuelta en un puñado de mentiras bien contadas,  buenos momentos,  y sobre todo , y ante todo,  dudas, más dudas, incertezas con las que  poder dirigirnos decididos a abrir  otras puertas para   adentrarnos en  territorios desconocidos, y así hasta el final de nuestros días. 

Dice el narrador de Juan Marsé en la novela  “Caligrafía de los sueños”: “Suma tiempo y libertad para vivir intensamente cada palabra de los libros que lee”.  Y aun así, a pesar de que algunos no leemos  porque nos sintamos solos o porque tengamos la  frívola necesidad  de matar el tiempo  como quien hace crucigramas o juega a los videojuegos,  un  miedo atroz nos recorre el cuerpo cuando -tal y como explica  Iñaki Uriarte en los tres volúmenes de sus "Diarios"- un buen día contemplamos la estantería de los libros que tenemos en casa y advertimos, horrorizados, que apenas  somos capaces de recordar algo de lo que leímos a pesar de que, en el instante que lo hacíamos y en sus días posteriores, nada ni nadie podía ocupar en nuestra mente el lugar que ocupaban los pensamientos, los personajes y las enseñanzas que leíamos absortos.

Porque, de repente,  llegamos a la terrible conclusión de  que gran parte de nuestra vida está dentro de esas páginas que ahora observamos desde el vértigo  de una probable existencia desperdiciada y, sin embargo, no hay ninguna certeza que nos empuje a constatar el sentido inverso, esto es,  que alguna pequeña parte del contenido de esas páginas resida  durante algún tiempo –ya no permanentemente, y menos  eternamente-  en nuestra memoria y en nuestra inteligencia.

Hace ahora un par de semanas hice mi última visita a  la librería. Siempre me ocurre lo mismo. Entro  con la idea clara de dos o tres títulos y, sí,  salgo con alguno de ellos, pero en compañía ajena a mi voluntad inicial. Este hecho es insólito e imperdonable, no porque sea el único que lo padece o porque resulte nocivo o perjudicial para la salud (al contrario), sino  porque a pesar de que se repite cada vez que voy de compras, en un momento u otro de mi deambular  entre las estanterías, dejo desprotegida  la guardia y me invade la fascinación: una palpitación extraña difícil de explicar que funciona como un llamamiento; algo así como una voz inaudible que me llega a las tripas y me dice que ha llegado el momento de tomar cuidadosamente  un libro determinado  para ofrecerle  toda mi atención durante los próximos días. Se produce en mí un interés singular, de procedencia incierta,  igual o parecido al que  profesa  un monje ensimismado  en la oscuridad de su oración al temblor de una vela.

Y es que, efectivamente, hay libros con vida propia que tienen dibujada en sus líneas de la mano un trazo reservado para mí, vinculado a determinados lugares de mi piel.  Esto no tiene nada que ver con lo esotérico o con las llamadas fuerzas ocultas. Tiene que ver con la presencia de nombres y obras que aparecen ante mí espontáneamente a través de las páginas de otros libros, hacia  las que  fluye intuitivamente  mi curiosidad o mi interés. Es igual que  un amor a distancia; algo similar a lo que sucede tiempo después de la confluencia  efímera de dos  miradas. Es  la perspectiva clarividente de un encuentro seguro  por muy  intrincada e incierta que sea la existencia,  porque  tanto el libro como yo cobijamos el convencimiento de que el futuro  nos será dado y será nuestro.

Hace un par de semanas me llevé de la librería el tercer volumen de los "Diarios" de  Iñaki Uriarte, que ya se ha convertido en el Montaigne ibérico. Me llevé “Diferentes maneras de ver el agua”, de Julio Llamazares, una hermosa, sencilla,  y conmovedora reflexión coral sobre la tragedia del olvido, sobre la destrucción del entorno y de la memoria, la aniquilación de la cuna y de la tumba; todo auspiciado por  la inclemencia humana  o por la intransigencia del progreso. Y me llevé también  “Tiempo de silencio”, una asignatura pendiente  con Luis Martín-Santos que me ha recordado Gregorio Morán después de  la lectura de “El cura y los mandarines…”

Cuando ya me disponía a pasar por caja, algo, no sé qué, un murmullo, los crujidos del parqué bajo los pasos de los clientes, un soplo leve de aire, o el aliento  de un presencia dulce a mi espalda-  seguramente la vulgar  exhalación del aire acondicionado- la cosa es que giré sobre mis pasos y me fui  directo hacia la sección de filosofía sin ningún objetivo ni motivo concreto. Allí estuve mirando durante casi un cuarto de hora todos los estantes, de arriba abajo. Escrutaba uno tras otro, sin ninguna meta aparente,  nombres y títulos impresos en los lomos de libros pertenecientes a todas las épocas del pensamiento occidental. De vez en cuando tomaba alguno entre las manos, lo hojeaba, observaba en la fotografía de la solapa las arrugas sobre la frente de los autores, los ceños atormentados, las miradas penetrantes, casi hirientes,   y volvía a dejarlo en su lugar, quizá por miedo, el temor a no dar la talla, el pánico  del gatillazo frente al poder del conocimiento, frente a la posibilidad de una relación  de la que, muy probablemente, solamente obtendría frustración y decepción. (Mi espalda curvada, sentado en el borde de la cama, la cabeza sostenida entre las manos y una voz tras de mí  que consuela mi impotencia y que provoca más sangre en la herida.)

Permanecí  contemplando el paisaje bibliográfico de   gran parte de nuestra filosofía  unos cuantos minutos, hasta que dio conmigo. Yo no lo buscaba. Estaba allí, aunque  yo no había ido a buscarlo. De hecho, tal y como he explicado, fue todo lo contrario.

Se trataba de una edición de bolsillo, encuadernada a la americana con tapas blandas de la editorial Paidós. Palpitaba en el extremo de una de las  estanterías superiores. No era fácil reparar en él  porque estaba aprisionado entre dos grandes tomos de Aristóteles y un diccionario. Estiré el brazo y nada más tenerlo en las manos supe que me lo iba a llevar, o mejor dicho,  que él me iba a llevar .¡Por fin tenía un libro de Hannah Arendt! ¡Cuántas veces no había leído referencias a su pensamiento,  a su obra y a las controversias que propició, que no dejaron indiferentes a nadie, que removían en muchos sentidos los fundamentos de lugares comunes del pensamiento y de la historia occidental muy asentados durante el siglo XX y que pervivirán en el futuro como  fuente de debate, de discusión intelectual  y de semilla de  conocimiento.!

El nombre de la autora está impreso en la mitad inferior de la portada, y debajo de su nombre el título “La condición humana”. La parte superior se  ilustra con un detalle del célebre  cuadro “El cuarto Estado”, obra del  pintor italiano da Volpedo en el que se representa la cabeza de una manifestación obrera en la época de la revolución industrial. La edición incluye una introducción de Manuel Cruz y la traducción es de Ramón Gil Novales. No voy ahora a comentar, ni siquiera a reseñar “La condición humana”. No me creo capaz. Estoy digiriendo su lectura, repasando notas, enlazando reflexiones, viajando de la mano de su autora desde la antigüedad clásica, que es donde beben y  nacen la mayoría de sus meditaciones, pero que reboza también en las ideas de los grandes pensadores de la Edad Moderna. Ese viaje a los orígenes de la inteligencia  le sirve  para vislumbrar la esencia del ser humano a partir de sus tres actividades fundamentales, el trabajo, la labor y la acción.  Ante tal material intelectual, ante la seriedad, el rigor y la pasión con que Arendt utiliza el conocimiento que atesora, uno se siente fuerte y valiente como para intentar   encajar su pensamiento  en nuestro presente. A veces, en un alarde de atrevimiento, durante la lectura, incluso  he osado ensayar mentalmente alguna que otra prospección hacia el futuro. 

Sin embargo, a riesgo de  resultar irracional y  ridículo, lo que quiero consignar ahora aquí es el momento de la llamada del libro de Hannah Arendt. Momento no como sinónimo de coyuntura  o circunstancia. Momento como sinónimo objetivo y concreto que define y marca un día, una hora y un lugar en el calendario y en el espacio. Porque ayer,  al poco de cerrar el capítulo en el que Hannah Arendt reflexiona en torno al poder, Ada Colau, la nueva alcaldesa de Barcelona, declamaba ante miles de ciudadanos y ciudadanas que ocupaban de nuevo  la plaza pública, uno de los discursos políticos más emotivos y esperanzadores  que yo haya escuchado desde que tengo memoria y  uso de razón. Cuando todo acabó, cuando Ada Colau lanzó su penúltima sonrisa de ilusión al pueblo que la seguía y la  televisión dejó de emitir ese momento histórico, abrí otra vez el libro que me interpeló y releí emocionado:


El poder es lo que mantiene la existencia de la esfera pública, el potencial espacio de aparición entre los hombres que actúan y hablan. […] El poder es en grado  asombroso independiente de los factores materiales, ya sea el número o los medios. Un grupo de hombres [y mujeres]  comparativamente pequeño pero bien organizado puede gobernar casi de manera indefinida sobre grandes y populosos imperios, y no es infrecuente en la historia que países pequeños y pobres aventajen a poderosas y ricas naciones. […] En una lucha entre dos hombres [o mujeres] no decide el poder sino la fuerza, y la inteligencia, esto es, la fuerza del cerebro, contribuye materialmente al resultado tanto como la fuerza muscular. La rebelión popular contra gobernantes materialmente fuertes puede engendrar un poder casi irresistible incluso si renuncia al uso de la violencia frente a fuerzas muy superiores en medios materiales. Llamar a esto “resistencia pasiva” es una idea irónica, ya que se trata de una de las más activas y eficaces formas de acción que se hayan proyectado, debido a que no se le puede hacer frente con la lucha, de la que resulta la derrota o la victoria, sino únicamente con la matanza masiva en la que incluso el vencedor sale derrotado, ya que nadie puede gobernar sobre muertos”.
Un par de páginas más adelante, Hannah Arendt añade: “El arte de la política enseña a los hombres  cómo sacar a la luz lo que es grande y radiante […] Mientras está la polis para inspirar a los hombres que se atreven a lo extraordinario, todas las cosas están seguras; si la polis perece, todo está perdido. Los motivos y objetivos, por puros y grandiosos que sean, nunca son únicos […] La grandeza o el significado específico de cada acto sólo puede basarse  en la propia realización, y no en su motivación ni en su logro.”
Por eso, que a nadie le extrañe que crea en algunos libros como en el amor de la vida, porque los encuentro o me encuentran, pero no los busco. Porque jamás fallan. Porque están junto a mí, acompañándome siempre, en toda circunstancia, aunque a veces me invada la sensación de no recordar las palabras y las verdades que un día me dijeron y que me cambiaron la vida