Los libros te salen al
paso, te encuentran, te interpelan, te recuerdan que tienes con ellos citas
pendientes que no se pueden posponer. Los libros solicitan de nuestro compromiso, tiempo de nuestra vida, la aportación de nuestro esfuerzo y nuestra soledad para poder recibir a cambio
revelaciones, conocimiento, otros mundos, la realidad envuelta en un puñado de
mentiras bien contadas, buenos
momentos, y sobre todo , y ante
todo, dudas, más dudas, incertezas con
las que poder dirigirnos decididos a
abrir otras puertas para adentrarnos en territorios desconocidos, y así hasta el final
de nuestros días.
Dice el narrador de Juan
Marsé en la novela “Caligrafía de los
sueños”: “Suma tiempo y libertad para vivir intensamente cada palabra de los
libros que lee”. Y aun así, a pesar de
que algunos no leemos porque nos
sintamos solos o porque tengamos
la frívola necesidad de matar el tiempo como quien hace crucigramas o juega a los
videojuegos, un miedo atroz nos recorre el
cuerpo cuando -tal y como explica Iñaki
Uriarte en los tres volúmenes de sus "Diarios"- un buen día contemplamos la
estantería de los libros que tenemos en casa y advertimos, horrorizados, que
apenas somos capaces de recordar algo de
lo que leímos a pesar de que, en el instante que lo hacíamos y en sus días
posteriores, nada ni nadie podía ocupar en nuestra mente el lugar que ocupaban
los pensamientos, los personajes y las enseñanzas que leíamos absortos.
Porque, de repente, llegamos a la terrible
conclusión de que gran parte de nuestra vida
está dentro de esas páginas que ahora observamos desde el vértigo de una probable existencia desperdiciada y, sin
embargo, no hay ninguna certeza que nos empuje a constatar el sentido inverso,
esto es, que alguna pequeña parte del contenido
de esas páginas resida durante algún
tiempo –ya no permanentemente, y menos eternamente- en nuestra memoria y en nuestra inteligencia.
Hace ahora un par de
semanas hice mi última visita a la
librería. Siempre me ocurre lo mismo. Entro
con la idea clara de dos o tres títulos y, sí, salgo con alguno de ellos, pero en compañía
ajena a mi voluntad inicial. Este hecho es insólito e imperdonable, no porque
sea el único que lo padece o porque resulte nocivo o perjudicial para la salud
(al contrario), sino porque a pesar de
que se repite cada vez que voy de compras, en un momento u otro de mi
deambular entre las estanterías, dejo desprotegida la guardia y me invade la fascinación:
una palpitación extraña difícil de explicar que funciona como un llamamiento;
algo así como una voz inaudible que me llega a las tripas y me dice que ha
llegado el momento de tomar cuidadosamente
un libro determinado para
ofrecerle toda mi atención durante los
próximos días. Se produce en mí un interés singular, de procedencia incierta, igual o parecido al que profesa un monje ensimismado en la oscuridad de su oración al temblor de
una vela.
Y es que, efectivamente,
hay libros con vida propia que tienen dibujada en sus líneas de la mano un trazo reservado para mí, vinculado a determinados lugares de mi piel. Esto no tiene nada que ver con lo
esotérico o con las llamadas fuerzas ocultas. Tiene que ver con la presencia de
nombres y obras que aparecen ante mí espontáneamente a través de las páginas
de otros libros, hacia las que fluye intuitivamente mi curiosidad o mi interés. Es igual que un amor a distancia; algo similar a lo que
sucede tiempo después de la confluencia efímera de dos
miradas. Es la perspectiva clarividente
de un encuentro seguro por muy intrincada e incierta que sea la existencia, porque
tanto el libro como yo cobijamos el convencimiento de que el futuro nos será dado y será nuestro.
Hace un par de semanas me
llevé de la librería el tercer volumen de los "Diarios" de Iñaki Uriarte, que ya se ha convertido en el Montaigne ibérico. Me llevé “Diferentes maneras de ver el
agua”, de Julio Llamazares, una hermosa, sencilla, y conmovedora reflexión coral sobre la
tragedia del olvido, sobre la destrucción del
entorno y de la memoria, la aniquilación de la cuna y de la tumba; todo auspiciado por la inclemencia humana o por la intransigencia del progreso. Y me
llevé también “Tiempo de silencio”, una asignatura pendiente con Luis Martín-Santos que me ha recordado Gregorio
Morán después de la lectura de “El cura
y los mandarines…”
Cuando ya me disponía a
pasar por caja, algo, no sé qué, un murmullo, los crujidos del parqué bajo los
pasos de los clientes, un soplo leve de aire, o el aliento de un presencia dulce a mi espalda- seguramente la vulgar exhalación del aire acondicionado- la cosa
es que giré sobre mis pasos y me fui directo
hacia la sección de filosofía sin ningún objetivo ni motivo concreto. Allí estuve
mirando durante casi un cuarto de hora todos los estantes, de arriba abajo.
Escrutaba uno tras otro, sin ninguna meta aparente, nombres y títulos impresos en los lomos de
libros pertenecientes a todas las épocas del pensamiento occidental. De vez en
cuando tomaba alguno entre las manos, lo hojeaba, observaba en la fotografía de
la solapa las arrugas sobre la frente de los autores, los ceños atormentados,
las miradas penetrantes, casi hirientes,
y volvía a dejarlo en su lugar,
quizá por miedo, el temor a no dar la talla, el pánico del gatillazo frente al poder del
conocimiento, frente a la posibilidad de una relación de la que, muy probablemente, solamente obtendría
frustración y decepción. (Mi espalda curvada, sentado en el borde de la cama,
la cabeza sostenida entre las manos y una voz tras de mí que consuela mi impotencia y que provoca más
sangre en la herida.)
Permanecí contemplando el paisaje bibliográfico de gran parte de nuestra filosofía unos cuantos
minutos, hasta que dio conmigo. Yo no lo buscaba. Estaba allí, aunque yo no había ido a buscarlo. De hecho, tal y
como he explicado, fue todo lo contrario.
Se trataba de una edición de bolsillo,
encuadernada a la americana con tapas blandas de la editorial Paidós. Palpitaba
en el extremo de una de las estanterías
superiores. No era fácil reparar en él porque estaba aprisionado entre dos grandes
tomos de Aristóteles y un diccionario. Estiré el brazo y nada más tenerlo en
las manos supe que me lo iba a llevar, o mejor dicho, que él me iba a llevar .¡Por fin tenía un
libro de Hannah Arendt! ¡Cuántas veces no había leído referencias a su
pensamiento, a su obra y a las
controversias que propició, que no dejaron indiferentes a nadie, que removían
en muchos sentidos los fundamentos de lugares comunes del pensamiento y de la
historia occidental muy asentados durante el siglo XX y que pervivirán en el
futuro como fuente de debate, de discusión
intelectual y de semilla de conocimiento.!
El nombre de la autora
está impreso en la mitad inferior de la portada, y debajo de su nombre el
título “La condición humana”. La parte superior se ilustra con un detalle
del célebre cuadro “El cuarto Estado”,
obra del pintor italiano da Volpedo en
el que se representa la cabeza de una manifestación obrera en la época de la
revolución industrial. La edición incluye una introducción de Manuel Cruz y la
traducción es de Ramón Gil Novales. No voy ahora a comentar, ni siquiera a
reseñar “La condición humana”. No me creo capaz. Estoy digiriendo su lectura,
repasando notas, enlazando reflexiones, viajando de la mano de su autora desde
la antigüedad clásica, que es donde beben y nacen la mayoría de sus meditaciones, pero que
reboza también en las ideas de los grandes pensadores de la Edad Moderna. Ese
viaje a los orígenes de la inteligencia le sirve para vislumbrar la esencia del ser humano a
partir de sus tres actividades fundamentales, el trabajo, la labor y la
acción. Ante tal material intelectual,
ante la seriedad, el rigor y la pasión con que Arendt utiliza el conocimiento
que atesora, uno se siente fuerte y valiente como para intentar encajar su pensamiento en nuestro presente. A veces, en un alarde de
atrevimiento, durante la lectura, incluso he osado ensayar mentalmente
alguna que otra prospección hacia el futuro.
Sin embargo, a riesgo
de resultar irracional y ridículo, lo que quiero consignar ahora aquí
es el momento de la llamada del libro de Hannah Arendt. Momento no como sinónimo
de coyuntura o circunstancia. Momento
como sinónimo objetivo y concreto que define y marca un día, una hora y un
lugar en el calendario y en el espacio. Porque ayer, al poco de cerrar el capítulo en el que Hannah
Arendt reflexiona en torno al poder, Ada Colau, la nueva alcaldesa de
Barcelona, declamaba ante miles de ciudadanos y ciudadanas que ocupaban de
nuevo la plaza pública, uno de los
discursos políticos más emotivos y esperanzadores que yo haya escuchado desde que tengo memoria
y uso de razón. Cuando todo acabó,
cuando Ada Colau lanzó su penúltima sonrisa de ilusión al pueblo que la seguía
y la televisión dejó de emitir ese
momento histórico, abrí otra vez el libro que me interpeló y releí emocionado:
“El poder es lo que
mantiene la existencia de la esfera pública, el potencial espacio de aparición
entre los hombres que actúan y hablan. […] El poder es en grado asombroso independiente de los factores
materiales, ya sea el número o los medios. Un grupo de hombres [y mujeres] comparativamente pequeño pero bien organizado
puede gobernar casi de manera indefinida sobre grandes y populosos imperios, y
no es infrecuente en la historia que países pequeños y pobres aventajen a
poderosas y ricas naciones. […] En una lucha entre dos hombres [o mujeres] no
decide el poder sino la fuerza, y la inteligencia, esto es, la fuerza del
cerebro, contribuye materialmente al resultado tanto como la fuerza muscular.
La rebelión popular contra gobernantes materialmente fuertes puede engendrar un
poder casi irresistible incluso si renuncia al uso de la violencia frente a
fuerzas muy superiores en medios materiales. Llamar a esto “resistencia pasiva”
es una idea irónica, ya que se trata de una de las más activas y eficaces
formas de acción que se hayan proyectado, debido a que no se le puede hacer
frente con la lucha, de la que resulta la derrota o la victoria, sino
únicamente con la matanza masiva en la que incluso el vencedor sale derrotado,
ya que nadie puede gobernar sobre muertos”.
Un par de páginas más
adelante, Hannah Arendt añade: “El arte de la política enseña a los hombres
cómo sacar a la luz lo que es grande y radiante […] Mientras está la polis para
inspirar a los hombres que se atreven a lo extraordinario, todas las cosas
están seguras; si la polis perece, todo está perdido. Los motivos y objetivos,
por puros y grandiosos que sean, nunca son únicos […] La grandeza o el significado
específico de cada acto sólo puede basarse
en la propia realización, y no en su motivación ni en su logro.”
Por eso, que a nadie le extrañe que crea en algunos libros como en el amor de la vida, porque los encuentro o me encuentran, pero no los busco. Porque jamás fallan. Porque están junto a mí, acompañándome siempre, en toda circunstancia, aunque a veces me invada la sensación de no recordar las palabras y las verdades que un día me dijeron y que me cambiaron la vida