lunes, 8 de junio de 2015

El cerebro de Pau



No hay nada tan democrático y déspota  al mismo tiempo  como el azar, porque  en algún momento de la vida nos ha sonreído a todos, y desde nuestro nacimiento  nos somete  a su arbitrio.  No existe ámbito en la vida en el que el azar no  esté presente, y no quisiera ponerme borgiano. De hecho, en cuanto al azar se refiere, me quedo con Auster. Sin embargo, difícil es no reconocer que  el mismísimo universo, en toda su vertiginosa infinitud -incluida nuestra pequeña Tierra repleta de vida- es fruto del azar. 

Los deterministas pensaban que el azar no existía, y menos el ontológico, que  forma parte de nosotros mismos: contra él no hay conocimiento ni voluntad que valga. Los deterministas estaban convencidos de que los procesos aleatorios en realidad  son producto de la desatención o de la indolencia. Algunos  filósofos  también creen que el azar es producto del desconocimiento, o de la incapacidad humana para resolver problemas complejos. 

Sea como fuere, por hache o por be, lo que está claro es que el azar es consustancial con la vida misma, bien porque intelectualmente somos incapaces  de hacer más de lo que hacemos, o porque  malditas las ganas que tenemos de hacer más de lo que hacemos. De ahí que, por mucho que lleve unos días paseando mi cara de pasmo por las calles del mundo, en realidad no deberían de sorprenderme  un par de hechos a los que se ha catalogado nuevamente  desde las tribunas de la desinformación con la etiqueta y la categoría de anécdota.

Esta última semana me he convencido de que nuestros legisladores son personas de gran profundidad reflexiva,  dotados de una inusitada capacidad deductiva y resolutiva, asentada  sobre  las bases de los principios de la  metafísica,  para quienes el honorable  trabajo de diseñar leyes va más allá de la regulación de la conducta de los ciudadanos  y de la resolución de conflictos. 

Nuestros legisladores, esos individuos inteligentes, preparados y honestos,  a los que regalamos nuestra confianza periódicamente  para que manejen la maquinaria de producir leyes y nunca nos  falten,  son muy conscientes de que, a menudo,  frente al azar, frente al dios de los destinos y de los futuros,  no hay ley que valga, y por tanto, para qué vamos a legislar. 

Montcada i Reixac es una localidad de unos cuarenta mil habitantes situada en la zona norte  del cinturón industrial barcelonés. Yo nací y crecí en Montcada, por mandato del azar, como todo mortal. En Montcada he aprendido a jugar al siete y medio, al póker, a  los montones, a los dados, al parchís, a la oca, al Trivial Pursuit, al tute, a la brisca, al dominó, a la garrafina, al cinquillo, al hijo puta, al remigio, a la canasta…  y sobre todo al mus. No es el mejor sitio para aprender  a jugar al mus, porque no es juego muy extendido en Cataluña, pero mi padre, que era castellano y que por azar llegó a esta tierra,  nos enseñó a jugar a mis hermanos y a mí.

Hostalets de Pierola también es una localidad catalana, ubicada  en la comarca del Anoia, muy cerca de Igualada, que roza los tres mil habitantes. El azar no ha conseguido más que un par de pasos míos por las calles de esta población, desde cuyos viñedos se puede disfrutar de una estupenda vista de las Montañas de Montserrat. Este pueblecito vivió hace ahora unos trece años su momento de gloria porque la fortuna provocó que, a consecuencia de unas obras de adecuación de un vertedero,  el cráneo de  nueva especie de primate no catalogada quedase al descubierto. Al hallazgo se le  bautizó como Pierolapithecus catalaunicus  alias  Pau (Pablo). A partir de aquí,  en Hostaltets de Pierola fue un no parar, porque los paleontólogos tiraron de veta y  hallaron dos especies más: el Anoiapithecus brevirostris y el Pliopithecus canmatensis. 

La casualidad ha querido que  estas dos poblaciones catalanas -con casi nada en común- se vean hermanadas, precisamente,  por y para el azar, porque  el gobierno municipal de ambas se ha decidido a través de un sorteo. En Montcada dos formaciones políticas habían empatado a dos mil cien  votos  y era necesario  dirimir quién se embolsaba el último concejal en liza. Esta última acta de concejal,  debido al conocido  juego de pactos entre bloques formados por diferentes partidos, era clave para decidir quién  va a ser  alcalde los próximos cuatro años. Perece ser que los dos partidos solicitaban a los  funcionarios de la junta electoral, insistentemente, una y otra vez, que repitiesen el recuento, por si alguien advertía alguna irregularidad que deshiciese el empate.

Pero no hubo manera. El escrutunio  arrojaba una y otra vez la fatídica cifra redonda, magnífica,  de dos mil cien papeletas a ambos lados de la urna; dos montoncitos de papeles de igual grosor, altura y componentes  que multiplicaban una y otra vez  los nombres de cuarenta y dos personas, quienes albergaban, ingenuos, la idea de que ellos estaban llamado a cambiar el destino de un pueblo. 

Algo parecido ha ocurrido en Hostalets de Pierola. Dos partidos habían empatado a trescientos cuarenta y nueve votos. Tras innumerables recuentos, nervios  y amagos de impugnación por uno y otro bando, la equivalencia absoluta no se desbarataba. Cabe señalar que aquí los hados  jugaban un papel más determinante, pues lo que estaba en juego era, directamente, la alcaldía, sin  el concurso de pactos previos. 

Según la ley electoral, cuando se producen casos como los  que he explicado, el problema se resuelve a través de un sorteo.  Es decir. Se convoca al juzgado a los responsables de los partidos en lid, a quienes suelen acompañar miembros de la lista, afiliados y simpatizantes, que   se sientan en la sala para atestiguar  tan intrigante espectáculo. El mismo juez escribe a bolígrafo las siglas de ambos partidos, en seis papeletas (tres para cada uno). Después las introduce en una caja de cartón, o una urna abierta, no sin antes mostrarlas a todos los presentes. A continuación, el magistrado señala a un miembro de su equipo- aunque también lo puede hacer él mismo- quien introduce su mano inocente el caja o en la urna, revolviendo y moviendo ostentosamente los seis sobres para que nadie del respetable  le que quepa ninguna duda al respecto de la limpieza del proceso.

El silencio en la sala es expectante, apenas roto por un susurro.  Alguien comparte un cuchicheo con su vecino de asiento,  tapándose la boca para que no se le oiga, pero el destinatario sí le escucha musitar que, sin saber  muy bien por qué motivo,  se siente  rejuvenecer, porque  se ha acordado de Mayra Gómez Kemp.

Finalmente, tras el  trasiego de sobres, acompañado por  el bufido impaciente de algunos espectadores, la diosa fortuna, a través de la cándida mano funcionarial, se decide por  uno y, tímidamente,  se lo entrega al juez. Éste, con gran parsimonia y esbozando una sonrisa maliciosa de tombolero de feria, abre el sobre, introduce dos dedos y toma entre ellos la papeleta agraciada, sin perder de vista las reacciones del público, que  permanece imperturbable, procurando mantener cierta dignidad, cierto aire de trascendencia que en realidad  camufla los  nervios; un estado muy parecido al que comparten los jugadores de ruleta alrededor de la mesa del casino  mientras observan expectantes  la bolita  brincar entre las casillas negras y rojas, entre números pares e impares,  y  cuyo dictamen convertirá  a muchos en algo más pobres, y a unos pocos en afortunados.

Por fin, el juez lee en voz alta las siglas ganadoras, provocando la euforia, la explosión de la  emoción contenida y hasta las lágrimas de la mitad del aforo, mientras que la otra mitad llora desconsolada su mala fortuna,  tristes viudas bingueras a las que ya no les quedan más cartones qué jugar. 

¡Es magnífico ¡.¡Que nadie me diga que no resulta apoteósico! ¡Qué nadie me diga que no es el colmo de la dejadez, de la indolencia y  de  la falta de respeto hacia el voto de los ciudadanos! Tras décadas de campañas machaconas sobre las virtudes de la democracia; tras años y años de escuchar los mismo lugares comunes sobre la fiesta de la democracia, la soberanía popular, y el gobierno de todos, la fortaleza de las instituciones,  etcétera, etcétera, etcétera…,   resulta que sus señorías, miembros del Parlamento de nuestro país, después de casi cuarenta años, con sus consiguientes legislaturas, no han sido capaces de proveer  más que de un berlanguiano sorteo público para deshacer  los posibles empates a votos que se puedan dar después de una elecciones para cualquiera de los ámbitos de gobierno.

Porque una segunda vuelta, no ¿no? Entonces ¿Por qué no unas manitas al mus? Al menos, el ganador habría meritado su investidura en aras de alguna habilidad, más allá de los intrascendentes programas electorales, o del despreciable número de ciudadanos que le han dado su confianza.

El mus requiere de grandes dosis de psicología, de conocimiento del adversario y de coordinación con el compañero. El mus exige  inteligencia para deshacerte de buenas cartas aunque te sepas ganador y de audacia para engañar al contrario cuando no las tienes. ¿Qué es, si no, la política? Sin embargo, mucho me temo que  la propuesta no tendrá éxito. Demasiado trabajo.

Por eso, había pensado que otra alternativa, mucho más rápida y liviana, sería  llamar a la FIFA  -mojando a quien haya que mojar- para que nos preste al  Pulpo Paul en periodo electoral. Y si no es posible, pues tiramos de lo nuestro. El cráneo del pobre Pau (Pablo), de Hostalets de Pierola podría servir. Sólo hay que limpiarlo un poco,  darle la vuelta,  colocarlo sobre el suelo como si fuese un cuenco  y lanzar hacia la cavidad craneal  las papeletas desde una distancia acordada, igual que si fuesen naipes. La formación que más papeletas introduzca en el hueco donde alguna vez hubo un cerebro, esa formación gana, y se queda con la alcaldía. ¿Qué les parece? ¿Votamos?

lunes, 1 de junio de 2015

El día después




Por fin vuelvo al trabajo. Me siento igual que un novato, como si mañana fuese mi primer día laboral. Le decía a mi esposa que es una sensación de vértigo. Ella me contestaba que los americanos a eso le llaman tener mariposas en el estómago, o sea, los nervios, las ganas de que algo ocurra y la  incertidumbre de que suceda tal y como uno pensaba.

“No me extraña”, me decía, “lo hemos pasado muy mal los últimos tres años”. 

Y es verdad. Luchamos contra el cierre de la fábrica hasta el límite de nuestras fuerzas, pero al final no quedó más remedio, y tuvimos que firmar la indemnización y el despido. Según nos dijeron, el mercado estaba saturado. Gracias a la producción del último semestre, los clientes y los intermediarios de los países a los que vendíamos  tenían asegurados tanto el suministro como las comisiones durante mucho tiempo.

Nosotros no lo acabábamos de creer. Cada día veíamos las noticias, sobre todo la sección internacional, y las cosas no habían cambiado tanto allí donde exportábamos. Así se lo dijo nuestro enlace sindical a la dirección.

Sin embargo, ellos nos decían que manejaban información confidencial y que sabían a ciencia cierta que en unos meses no habría pedidos ya que en esos países todo iba a cambiar.


Yo disfrutaba con mi trabajo. No he hecho otra cosa en mi vida. El torno, el mono azul, el olor a taladrina, el pie de rey para controlar la calidad,  comprobar que todas las piezas encajan y, sobre todo,  estar seguro de que aquello en lo que has puesto el alma funcionará a la perfección. Por eso esta noche me siento igual que un colegial en septiembre.

La semana pasada me telefoneó el encargado y la alegría fue tan grande que lo celebramos en casa, todos juntos: la mujer y los chicos. Últimamente ya tenían que ayudarnos mis suegros con la compra.

Ahora todo volverá a ser como antes. Según me dijo el encargado, el jefe le explicó que uno de los dos países en conflicto no respetó las condiciones del tratado de paz y, por eso, la guerra es inminente.

lunes, 25 de mayo de 2015

El gran salto de Alfred Bosch



Mi nombre es Alfred Bosch, tengo 54 años y he sido candidato a la alcaldía de Barcelona por Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), partido en el que milito desde hace casi dos décadas.  Mi trayectoria puede leerse en la Wikipedia, donde  tengo una entrada escrita en castellano,  el idioma imperial en el que escribo aquí también,  para que todo el mundo me entienda. Dentro de muy poco tomaré posesión de mi acta de concejal  para seguir trabajando por una república catalana independiente, valga el pleonasmo. 

Tal y como reseña la Wikipedia, antes de dedicarme a la política, me ganaba la vida como profesor universitario y también como escritor, tanto de ensayos como de ficción. De hecho, soy acreedor de varios premios, alguno de ellos muy  importante, en el ámbito de las letras y la cultura catalana. He sido siempre independentista y por su puesto republicano y antimonárquico. Además de militar en ERC, fui portavoz de la Consulta Soberanista, para lo cual tuve que dejar el partido temporalmente. Siempre he pensado que la república es el mejor modo de organización democrática para un país. También creo que la dinastía de los Borbones ha hecho mucho daño, no solo a los catalanes, sino también  a los españoles.

El Rey Juan Carlos es un buen ejemplo de sátrapa moderno, útil para los grandes poderes que viven  a la sombra de las constituciones  democráticas, reciclado en lo políticamente correcto, símbolo vivo de la opresión nacional que sufre el pueblo catalán,  intermediario internacional de comercios ilícitos; un modelo, en definitiva, de lo que yo creo que no debe ser un gobernante; una figura, por otra parte, que representa   una nación de la que yo nunca me he sentido ciudadano.

A pesar de que mi militancia republicana y soberanista ya viene de lejos, creí oportuno dar el salto a la política  activa para defender los valores republicanos e independentistas e intentar convencer a mis conciudadanos de mis ideas. Todo, con el fin de  poder llegar a los objetivos de soberanía  y república  catalana  a través de los procesos democráticos. 

Me he decidido a  escribir estas líneas  en este blog  tan y tan conocido -referencia  de la blogosfera española (aunque  algunos catalanes  también lo lean en la intimidad) – con el fin de salir al paso de mis propias declaraciones, publicadas el pasado 19 de mayo  en el periódico La Vanguardia. Se trata de una entrevista que me hizo el periodista Lluis Amiguet, y que forma parte de la serie de entrevistas de campaña electoral que este conocido periódico monárquico realizó  a todos  los candidatos a la alcaldía de Barcelona.

Amiguet es un experto entrevistador. Forma parte del equipo de la celebérrima y codiciada “Contra”, la última página del mismo diario en el que él mismo, Ima Sanchís y Víctor Amela, entrevistan diariamente a  personajes de todo color y  pelaje que, supuestamente, albergan en su personalidad y su trayectoria personal y profesional algún valor excepcional digno de tan egregio espacio.

Amiguet  hace honor a su apellido y  te rodea con afectos, carantoñas y cariños de toda índole para que durante la interview  bajes la guardia y te muestres tal y como eres. Es un truco muy viejo; algo así como cuando Mercedes Milá tocaba el antebrazo de los invitados a sus  programas de televisión. O algo así como las fotografías  de  Phillippe Halsman, que hacía saltar a sus modelos- personalidades internacionales de la política o de la cultura- para secuestrar su  impostura y hacerles parecer en la instantánea con expresiones verdaderas, tal y como eran en la realidad. “En un salto, la máscara se cae.  La persona real se hace visible”, explicaba Halsman.

Las zalamerías de Amiguet y los tres gintonics que nos tomamos me desinhibieron lo suficiente como para que, como decía Don Quijote (con perdón)  yo  fuese  yo, y no otro. Otro ante la tribuna de oradores; otro ante la asamblea de mi partido; otro ante mis electores; otro ante mí mismo. De ahí que, casi sin venir a cuento, le confesé sin ambages (¡caramba, cómo domino el castellano, cuántos  recuerdos!!) que  en mis tiempos mozos yo había trabajado como negro del Rey. No de Sandro Rey, o de Fernando Rey, o de Bárbara Rey. No: como negro del mismísimo Juan Carlos del Borbón y Borbón, rey de España por la gracia de Dios, de Franco y por mor de  la Santísima Transición.

Efectivamente, yo le escribí  discursos a su Majestad, revisados preceptivamente por la casa Real y los diferentes gabinetes de presidencia de los gobiernos de entonces, para que  no quedase ninguna duda de la españolidad y constitucionalismo de su contenido. Y también actué de interventor para un partido españolista como fue la UCD, ese fenomenal invento  que cocinó el mismo Rey a medias con Suárez, Gutiérrez Mellado y Torcuato Fernández Miranda, con la ayuda inestimable de los Servicios secretos americanos, la aquiescencia del ínclito Carrillo y hasta del camarada Isidoro. Pero eso es otra historia. La cosa es que la revelación que le hice a Amiguet y que leyeron ese día cerca de un millón de personas no ha tenido después demasiada relevancia. Su eco se ha diluido en el fragor mediático, como el sonido de un diapasón. Y la verdad es que me alivia que sea así, aunque el asunto merece una explicación, porque todo partió del interior de ERC que, igual que cualquier otro partido, tiene sus politrolls, espías de la política que trabajan para el enemigo.

 Alguien descubrió mi pasado de mercenario de  las letras y de las ideas al servicio  del reino opresor y ese alguien -un antipatriota, por supuesto- estaba dispuesto a deslizar  esa información justo el día antes de la jornada de reflexión. Solamente imaginar lo que podría llegar a ocurrir me producía temblores: las portadas de El Mundo, La Razón, el ABC, El Periódico, El País con mi foto junto a la del rey, y el titular. “Este republicano independentista le escribía los discursos al Rey”. ¡Ríete del caso Pujol! Pensé.  Así es que , me puse manos a la obra para desactivar la amenaza  que se interponía frente al paso inexorable y firme de nuestro pueblo hacia la victoria, hacia la independencia.  

Tengo un asesor de prensa que es un solete, más listo que los ratones coloraos. Fue el quien me dio la idea: vas a ir a la entrevista con Amiguet, y en cuanto puedas, zas, te lo haces venir  y  le cuelas la confidencia. De esa manera  llevaremos nosotros la iniciativa sobre el tema. Tu  respuesta se leerá como una anécdota simpática, como algo que  te veías obligado a hacer, casi, casi para poder costearte la habitación en  un  piso de estudiante, aunque por entonces no fueses estudiante, porque entonces ya militabas en ERC  activamente; pero eso es igual, qué más da, la cosa es que tu declaración, aunque se convierta en el  titular de  la entrevista, resultará como algo simpático que no afectará a tu credibilidad ante nuestra militancia, ni ante todo ese ejército de benditos y devotos patriotas que ahora quiere la independencia. Ya sabes lo que dice Pau Esglèsies , que esto de la política  es un 'Juego de Tronos' y que en la guerra, como en la guerra. Además, hasta el mismo Pau  se hizo una foto con el heredero, así es que, como ves, aquí el más tonto hace aviones.

Me pareció muy pertinente la estrategia que me aconsejaba mi asesor de prensa. De modo que dicho y hecho. Me cité con Amiguet en el bar de un conocido hotel. La primera ronda la pagué yo. Y la segunda. Y también la tercera. Charlábamos y charlábamos, porque -para quien no lo sepa- las entrevista de la Contra de La Vanguardia no se trascriben  tal y como suceden. Todo transcurre como una conversación amistosa y después, en la intimidad de sus despachos, Ima, Víctor y Lluis  la aderezan con su conocido y célebre rítmico gracejo. Por eso, a menudo, quienes realmente parecen ingeniosos son ellos y no el  protagonista. “Un ventaja más”, me recordó mi asesor.


De modo y manera que, al primer toque de antebrazo, intuí que Lluis ya estaba a punto de caramelo, y entonces le endilgué la exclusiva. Recuerdo que frunció el ceño y se llevó la mano a la oreja, y que exclamó “¿Qué?”. Yo sonreí, con esa sonrisa de Mr.Bean que Dios me ha dado, y le confirmé la sorpresa. “¡Pero hombre!” me interpeló él. “¡Nada, hombre, nada! Algo tenía que hacer si quería comer”. A continuación le complementé la información con mi participación como interventor de la UCD a cambio de unos cuantos duros, y todo quedó de lo más convincente. Es más -y sé que aquí me la jugué-, con el afán de resultar más persuasivo, le aseguré que si ahora necesitase dinero,  volvería a hacerlo sin dudarlo; porque al fin y al cabo uno tiene sus principios, pero ya se sabe, si no son de provecho, uno siempre debe de tener otros a mano. 

“Eso es Marxismo del mejor Groucho”, recuerdo que me dijo Amiguet. “Ya”, le repliqué  con todo el sosiego y la prestancia de que fui capaz. Y así se desenvolvió la entrevista  hasta el final el encuentro. Afortunadamente todo salió tal y como previó mi jefe de prensa. Hoy ya puedo afirmar, feliz,  que hemos conseguido un resultado histórico en el Ayuntamiento de Barcelona, y que vamos a hacer todo lo posible para que esa cuadrilla de medio  charnegos  que han asaltado la Casa Gran camine por la senda soberanista hacia  la república catalana independiente, valga el pleonasmo.

Ya le he dicho el jefe de prensa que  se ponga inmediatamente a escudriñar  a fondo el pasado de la Colau y Pau Esglèsies, el coletas. Si les  descubriésemos media palabra escrita para esos fascistas centralistas  de Madrid, Podem/Podemos, Guanyem, Barcelona en Comú y la madre que los parió a todos, se van a ir a tomar por el culo de Catalunya, y entonces, companys, el camino estará despejado y les quatre barres ondearán en solitario en todos los balcones de nuestra patria libre de Borbones

martes, 19 de mayo de 2015

Más allá de los códigos éticos



Llego tarde, ya es tarde. Pero tanto da, porque de poco hubiese servido. He pensado conmigo mismo -que es la única manera sensata de pensar- sobre las cuestiones  de peso que tendría que valorar antes de presentar una candidatura a unas elecciones. Si la respuesta a todas ellas, sin exclusión, es positiva, me afilio, me organizo en un partido político y hago lo posible para que mis conciudadanos confíen en mi como persona de valor en la que depositar su confianza para dirigir la historia durante un tiempo.


Me presentaré como candidato o como miembro de una lista electoral si


1.- Tengo un modelo de sociedad que ofrecer y he pensado el tiempo suficiente en él  como para saber a ciencia cierta que beneficiará a la mayoría de las personas y nos hará a todos mejores.


2.- Si considero, sinceramente, que cuento con talento, formación,  preparación  y capacidad intelectual y  de liderazgo para llevar a cabo ese modelo de sociedad.


3.- Si conozco exhaustivamente los problemas que acucian e inquietan a la sociedad.


4.- Si conozco exhaustivamente el entorno social en el que voy a actuar políticamente.


5- Si el equipo de personas del que formo parte es honesto, audaz, valiente,  sincero y nadie alberga -nadie- otro interés que no sea el de resolver los problemas que angustian a los ciudadanos y conducir las decisiones hacia la concreción del  modelo de sociedad que deseo.


6.-Si cuento con la capacidad suficiente para enfrentarme con éxito -sin  traicionar  mis valores éticos y morales- a otras personas que defiendan modelos de sociedad contrarios al que yo creo.


7.- Si estaré dispuesto a sacrificar, en todo momento, ambiciones profesionales, tiempo de familia, de amigos y de  esparcimiento para llevar a buen término mi proyecto político, que no debe ser otro que establecer el modelo de sociedad que defiendo.


8.- Si seré capaz de decir no a familiares, amigos y conocidos cuando vengan a pedirme un empujoncito para obtener un lugar de trabajo en cualquiera de las administraciones que yo pueda dirigir.


9.-Si seré capaz de denunciar al instante a todo aquel que se acerque a mí para obtener cualquier tipo de prebenda o ventaja a cambio de un pequeño o gran detalle.


10.-Si cuento con la preparación, formación, valentía e  inteligencia  necesaria para enfrentarme con decisión y efectividad a los grandes poderes financieros, religiosos y empresariales.


11.- Si no espero más sueldo por mi labor que el que pueda percibir cualquier trabajador medio del país.


12.- Si estoy dispuesto a dejar mi actividad política después de 8 años, a lo sumo, sin otro seguro laboral que mi propia capacidad, mi formación  y mi  preparación, único recurso  con el que contaré para reincorporarme de nuevo a la vida laboral.


13.- Si seré capaz de reflexionar en profundidad sobre las verdaderas motivaciones que me impulsan a tomar la decisión de presentarme a unas elecciones y  no hallo  ningún atisbo de vanidad en ello.


Y, finalmente, y no menos importante:


14.- Si seré capaz de reservar un par de horas a la semana para ir a comprar al mercado, paseando, con mi carrito de la compra.