miércoles, 13 de mayo de 2015

El mejor amigo del hombre



Se produce a diario, en todo el planeta, un esfuerzo anónimo y secreto que consiste en impartir comunión al respetable  a base de una serie de lugares comunes, indiscutibles, asumidos como dogmas de fe incontrovertibles,  como leyes o hechos  incuestionables  tales como la gravedad, la  esfericidad de la Tierra, las fases lunares o la santísima trinidad. 

Los poderes ocultos, los hombres que fuman -seres presumiblemente antropomorfos a los que nunca vemos ni veremos nunca en un telediario- despliegan toda su influencia  y autoridad a lo largo y ancho del mundo  con el fin  de perpetuar el  relevo dado  a los señores de la Inquisición, a los viejos  brujos de las tribus,  para  que fluya, se consolide y continúe  el adocenamiento de las almas, la  aniquilación de  los espíritus críticos y el encaje dentro de  nuestras cabezas de chorlito de verdades universales que, a poco que uno se ponga,  se desmontan y desmienten por sí mismas, tal si fueran  programas electorales. 

Porque, vamos a ver: asumir que Borges era escritor es tanto como decir que Kant, o Marx, o Hegel, eran poetas. Creer que The Rolling  Stones es una de las mejores bandas de rock de la historia es tanto como creer en la voz del chico bailón de Boney M. O tragarse, por las buenas, que París es la ciudad de la luz supone tal ingenuidad e indolencia intelectual como admitir o soñar, sin más, que algún día de nuestra era Madrid será capital olímpica. 

No hay nada como la ficción, es decir, no hay nada como una buena trola, como el puñado de   mentiras, claras, descaradas y conscientes engullidas cómodamente  bajo  la luz del flexo  para caer sobre la pista de alguno de estos tópicos  universales en los que se asienta toda la civilización. Por ejemplo, yo ya  intuía que, ni por asomo,  el perro es el mejor amigo del hombre, pero me fue necesaria y muy útil la lectura de la obra de Thomas Bernarhd  para certificarlo y discutirlo con quien se tercie.  Bernarhd escribió en “Hormigón”, a través de su narrador, que no soportaba a los perros, porque  si  hubiese tenido uno por obligación, debería haber  contratado a un hombre para cuidarlo, y el bueno de Thomas tampoco soportaba a los hombres. 

Como se puede concluir,  Thomas Bernarhd  no  disfrutó ni mucho ni poco de la amistad de nadie. Según sus propias palabras, solamente congeniaba y se avenía con algunos  escritores muertos. Sin embargo, si de lo que se trata es de  discernir sobre el perro y su relación con  el hombre, la de Bernarhd  es una voz tan autorizada como otra cualquiera.

Dice el novelista y dramaturgo  flamenco que “la gente necesita un perro y es dominada por ese perro, e incluso Schopenhauer no fue dominado por su mente, sino por su perro. […] En el fondo, la mente de Schopenhauer no determinaba su pensamiento, sino el perro de Schopenhauer. No era la mente la que odiaba el mundo de Schopenhauer, sino el perro de Schopenhauer. No tengo que estar loco para afirma que Schopenhauer tenía un perro, no una mente. 

Y sigue: “Los que son más innobles  en el fin  de su alma tienen perros y se dejan tiranizar  y, finalmente, destruir por esos perros. Colocan al perro en primer lugar y el más alto de su hipocresía. […]. Prefieren salvar antes a  su perro de la guillotina que a Voltaire.”. 

A Bernarhd -o a su narrador- no le duelen prendas pontificar también  sobre la sociedad, la política y sobre la  Historia  y su relación con los perros, cuando afirma que  “el amor a los animales ha causado ya tantas desgracias que si pensásemos realmente en ello con la mayor intensidad quedaríamos asombrados de espanto.[…] Políticos y dictadores están dominados por su perro y por ello precipitan a millones de personas en la desgracia y la degeneración, aman a un perro y maquinan una guerra mundial en la que, por ese perro, mueren millones”.

Bernarhd continúa  su perorata en contra de los perros hasta límites  hilarantes. A pesar de lo hiperbólico en su argumentación, las palabras del gran escritor holandés me brindan una coartada intelectual de primerísimo orden para poder afirmar, con las espaldas bien cubiertas,  que si en el mundo existe un animal que jamás defrauda al hombre ese animal es el pollo, y no el perro. Es decir, sin ningún tipo de  rubor y asumiendo todas las consecuencias, estoy en condiciones de defender que el pollo es el mejor amigo del hombre. 

Vacunas, razas, babas, rabias, violencias, pelos, vecinos, veterinarios, carteros imprudentes, sarnas, perreras,  injertos extraños, olores, cacas, pises, esquinas, portales y calles de la ciudad… En fin, ¡qué voy a explicar de un perro que nadie sepa!

Por el contrario, le pese a quien le pese, el pollo es un animal que molesta bien poco. Además es comestible, muy rico, sabroso en todas sus formas y, por si fuera poco, su estructura  roza la perfección, igual que un soneto. Dos cuartos y dos pechugas, el tema al final, con el último bocado y ya, terminado, sin más complicación.

Podemos ilustrar la solvencia y la sencillez del pollo cocinado   al ast, muy típico de los domingos en Cataluña, donde se suele comer  acompañado de un poquito de cava rosado bien frío, y en porrón, a ser posible. Todo bien rimado, o bien maridado, como se dice ahora.

Es  tan amplio el abanico de posibilidades que ofrece mi amigo el pollo que aburriría su enumeración completa. Salpicado al final con una picadita verde de aceite de oliva, ajo y perejil,  como si fuese un cuento corto; un plato redondo, saludable,  breve y alimenticio.

En pepitoria, tradicional, como una buena novela decimonónica, elaborado a fuego lento con su introducción, nudo y desenlace, y un final de rompe y rasga, con último trozo de pan crujiente mojado en su justo color y espesor.

Fileteado, empanado y aliñado al final con especias morunas. 

Al ajillo. ¡Qué bueno está el pollo al ajillo! Bien troceadito, con su poquito de vino blanco, sin más problemas, tal si fuera   una buena recopilación de microcuentos, donde de un solo mordisco te llevas  toda una historia.

Y luego tenemos el pollo con gambas, cigalas, o con cualquier otro ingrediente  marino; el plato de Josep Pla, un plato armónico, gustoso, un gran hallazgo popular,  donde se encuentran en la cazuela  el terruño  enclaustrado y el acantilado infinito.

¡O esas  alitas de pollo bien maceradas, tan americanas y al mismo tiempo tan castizas, que lo mismo valen para una de Tenesse Williams  que para una de Carlos Arniches; para Sam Spade que para  Biscúter.!

Y ya no digamos el pollo guisado con su picada de almendras pasadas por la sartén, su trocito de pan tostado al aceite, su poco de puerro, su punto de sal,  a fuego lento, acompañado de unas hermosas ciruelas negras arrugadas, para disfrutar con fruición casi pornográfica  el mismo sabor  final que el que me llegó al estómago cuando finalicé la última novela de José C. Vales, “Cabaret Biarritz”. Una gran historia,  repleta de matices, cocinada con paciencia e inteligencia, aromática, dulce  pero contundente, de salsa clara, espesada en su justa medida,  salpimentada de violentas ironías; pulcra e impecable en su ejecución; una receta clásica, con personajes de carne y hueso,  muertes y ambiciones, rencores e imposturas, perfumada a base de Chanel de la Belle Epoque,  de remembranzas wilkinianas y embocadura contemporánea,  donde casi nada es lo que parece, excepto la belleza excelsa de Beatriz, de una certeza apabullante. Literatura, sin más, o mejor dicho,  sin más añadido que unas inquietantes ciruelas negras presentes en toda la extensión del plato.

El hombre que más he querido y que  más querré en toda mi vida  era de muy buen comer. Tenía, como él decía, un buen saque, y no le hacía ascos a nada. Era feliz con unos buenos callos al punto de picante, o  con una lata de bonito en escabeche para compartir con los amigos, o con una buena cazuelas de patatas con bacalao. Ese hombre, de no haber sido mi padre, hubiese sido mi mejor amigo, a pesar de que no soportaba el pollo. Decía que cuando lo veía troceado en el plato,  su boca se llenaba de plumas. Por eso jamás comía ningún tipo de aves.

En alguna ocasión lo comió, porque el aspecto  aviar se había camuflado bajo el rebozado del pan rallado, o en su forma fileteada,  a la plancha, en finas lonchas. Fueron solamente un par de veces. El pobre  comió sendas raciones, y  tan a gusto. Nunca, nadie, le desveló la verdad. Siempre decía que toda  la comida de los hospitales sabía igual. Este es otro tópico más contra el que pienso luchar,   aunque  mucho me temo que, en este caso, las fuerzas ocultas que gobiernan el mundo tienen  las de ganar.

lunes, 4 de mayo de 2015

La reproducción del kraken



Vivian -sabia y experta,  joven y hermosa meretriz a la que solamente tú te follas- posa las uñas encarnadas sobre tu pecho peludo y te aparta levemente en un gesto casi imperceptible, lo suficiente como para que sepas que debes dejarte hacer. 

Te mira con cara de niña vieja, se levanta lentamente y, una vez en pie, abre el arco de sus piernas sobre tu cabeza calva.  De modo que, antes de que ni siquiera puedas regodearte, decide flexionarlas, muy despacio, para sentarse sobre ti, sobre tu conciencia empalmada.  

Entonces  tú, el amo y señor de todo esto, donde nadie se mueve sin tu consentimiento,  triunfas de nuevo, en un repunte de la deuda, entre gemidos primates y espasmos fingidos porque la amiguita cabalga sobre el poder y tal parece que flotase a horcajadas en la pequeña galerna de espuma y agua burbujeante que ha provocado el vaivén de las caderas, a las que te aferras como si te fuese la vida en ello.

En unos pocos segundos Vivian escuchará  un sollozo miserable amorrado a su oído, minúsculo, inaudible, parecido al chillido de un silbato sin garbanzo, que pondrá fin al coito acuático.

Y de inmediato, tras una breve convulsión, tus manos -manos de banquero- resbalarán entre los costados, arribarán paralelas a la cintura y desde ahí, en peso muerto, caerán y se hundirán exhaustas hasta yacer, arrugadas, en el fondo inseminado de la bañera, donde descansarán igual que un par de poderosos calamares.

lunes, 27 de abril de 2015

Salmones en el ombligo


Este cuento  ha sido publicado en el número 40 de la revista Panenka .Me lo encargó un buen amigo durante un reencuentro, amenizado con priorato a granel, después de casi 30 años sin vernos. Él es uno de los cinco locos que fundaron esta revista, con la que se han propuesto escribir sobre fútbol desde ángulos mucho más sugerentes que los que nos ofrecen los periódicos de siempre. La ilustración es la que publica Panenka, y es obra de Adrià Fruitós.

Nacemos amnésicos. Dicen que así debe ser, que la naturaleza nos otorga el bien del olvido porque, de lo contrario, no podríamos vivir con el recuerdo del profundo dolor que produce  abandonar un mundo amniótico, libre de ruidos, inclemencias y penas; libre de la responsabilidad,  del pensamiento y de la supervivencia,  y, sobre todo, libre de los demás.
Arrojado, sacudido por el temblor de la contracción del cuerpo que durante meses  nos ha acogido en paz, aspiramos por primeva vez la mezcla extraña de gases que compone el aire y emitimos nuestra primera  queja, la vindicación y la súplica de la vuelta atrás suspendidos boca abajo, sujetos como una liebre desnucada en las manos enguantadas de alguien  que nos agrede  para que nuestro grito no se ahogue entre las sangres y los fluidos placenteros que ahora, en la tierra, taponan la nariz y la boca. De manera que, en aras de una hipotética armonía universal, la mente se ocupa de borrar la experiencia de nuestro nacimiento.
Por lo que me han dicho, yo nací en casa. Era el tiempo de los pantanos  y de los salmones mansos. Me expulsaron al mundo en una habitación de la segunda vivienda donde se establecieron mis padres después de mudarse de la primera, en la que se instalaron al llegar desde un lugar lejano, un lugar hambriento donde a ellos les tocó nacer. Anudó mi ombligo una vieja comadrona experimentada, esa trampa de piel que camufla entre arrugas el portal hacia nuestro origen, el acceso al lugar donde probablemente habita la memoria de mi parto.
Parece ser que nací extraordinariamente feo. Tuvieron que azotarme fuerte, como a casi todos,  para que emitiese mi primer sonido, un largo quejido que no se materializó en llanto, ni siquiera en berrido. Pareció más el ronquido de una alimaña enferma, y no lo digo porque lo recuerde. De hecho, ni siquiera  me lo han dicho.
El primer recuerdo que soy capaz de evocar es el suelo de aquella casa. Estaba alicatado a base de  baldosas decoradas con formas geométricas y motivos florales de colores terrosos, pero muy  vivos. Formaban un mosaico muy sugerente. Yo gateaba sobre las líneas y sobre los ángulos a lo largo del pasillo, e intentaba arrancar las flores grabadas, pero únicamente conseguía  herirme, ya que las baldosas se movían formando desniveles en sus bordes, contra los que rozaba la piel de mis rodillas. Por eso mamá optó por protegérmelas con un par de rodilleras caseras, confeccionadas a partir de pequeños pedazos de trapo y borra, sujetos a las corvas con tiras de esparadrapo. Papá y mamá siempre lo arreglaban todo con esparadrapo.
Mis  gateos sobre aquella hermosa geometría floral han abierto, de repente, un espacio  que  permanecía cerrado; un lugar que hacía mucho, mucho tiempo, no recordaba. Las rodilleras o las heridas deben ser la causa. La cosa es que había olvidado por completo que yo nací a cincuenta metros de un campo de fútbol. La bendita casa de mi nacimiento  se ubica en la misma calle de la puerta trasera del viejo campo de fútbol de mi ciudad.  Según me decían, cuando nací el campo todavía tenía hierba, y gradas de hormigón, y mástiles en los que ondeaban  banderas con escudos  los domingos por la tarde, y megafonía, y bar al aire libre sin mesas, una larga barra de madera al cobijo de  una marquesina de uralita donde se servían carajillos, cigarrillos, puros, brandi Veterano y pipas para los niños y las esposas.
Excepto el césped, conocía muy bien todos los demás elementos aunque, en realidad, el campo no era tal, porque se trataba de un terregal polvoriento, delimitado con cal y salpicado de brotes de mala hierba que tiznaban de verdín los ángulos de los corners,  sobre el que rodaba rápido como una piedra  el balón  doloroso, tan hinchado y de cuero tan desgastado que golpearlo con el pie era parecido a golpear con la mano una pelota vasca. O al menos así me lo parecía, porque, ahora que recuerdo,  iba a ver los entrenamientos a menudo y era habitual que algún balón saliese  fuera del terreno de juego.  Tenía que correr más que otros niños  para poder  devolvérselo a los futbolistas pateándolo con todas mis fuerzas, con el estilo de Reina -el portero de moda- y a pesar del dolor que me infringía en el pie al propinar la patada, hacía lo posible por ocupar un lugar estratégico desde donde poder atrapar los chutes desviados.
Durante los descansos nos permitían ocupar el campo e improvisábamos un masivo atacaygol. Un día intenté cabecear un centro; lo hice tan mal que, en lugar de golpear plenamente el balón, solamente lo rocé y causó en mi frente el efecto de un cuchillo. Me inyectaron la vacuna antitetánica y me aplicaron un punto de sutura. Poco después descubrí el baloncesto, murió Franco y los comunistas derruyeron el campo de fútbol para construir en su lugar un colegio. A partir de aquí mis recuerdos son diáfanos, a veces entrañables y en ocasiones, ausentes de dolor. 

viernes, 17 de abril de 2015

Elegía



Para Carmen, César y el pequeño Jon, que me acompañaron
Para MªJesús y Víctor que se quedaron en casa cocinando pastelitos de naranja y chocolate
Para Leonor y Consuelo, que compartieron conmigo el calor del fuego de la gloria


Buscaba la gran sabina fosilizada. También trilobites, estromatolitos, eucariotas y procariotas. No sabía lo que eran, y tampoco cómo se llamaban, pero cuando dije que saldría en busca del gran árbol de piedra me dibujaron sus formas y me escribieron sus nombres. 

Tardé en llegar al yacimiento unas dos horas. El paseo fue legendario. Creo que lo recordaré mientras viva. Solamente se oían mis pasos sobre el sendero  que cruzaba un inmenso campo verde, humedecido todavía por las últimas nieves ya derretidas.  Era de  una infinidad tan imponente que  cuando perdimos el pueblo de vista me detuve y grité con todas mis fuerzas, para que mi voz humana se expendiese hasta las mismas laderas de la sierra azulada, todavía coronada de blanco.

A medida que avanzaba iba dejando atrás árboles que viven en soledad,  separados los unos de los otros  como si hubiesen tenido la voluntad de crecer y vivir así, igual que ermitaños en medio de la vasta pradera. A veces me demoraba y hacía una alto en el camino, porque amo los árboles  sin hojas, sobre todo si son como los que me encontraba, antiguos, inmemoriales,  germinados muchísimos años  antes a mi concepción,  mostrando toda la hermosura de su larga vida en sus ramas vacías, en la belleza  irregular de sus formas que parecen querer imitar seres extraños aún por descubrir. 

El cielo era primaveral, empedrado por nubes voluminosas, redondas y hermosas, blancas y grises, igual que las que dibujábamos cuando éramos  niños. El sol lucía y desaparecía al capricho de ellas y a veces caían algunas gotas, pero esos conatos de lluvia nunca llegaban a materializarse. Cuando parecía que quería arreciar, me detenía y, entonces, en medio del silencio del viento frío de la sierra, podía escuchar nítidamente cada  gota caer sobre el camino, sobre la hierba y sobre alguna peña que salpicaba el campo infinito. 

Finalmente llegué al destino. Efectivamente, allí yacía el gran árbol de piedra, tendido en el fondo de un leve foso, prisionero de los siglos y de  una cárcel fabricada por los hombres a base de barrotes oxidados de encofrado que al mismo tiempo sostenían un tejado metálico. Como la luz llegaba hasta el árbol a través de las barras, su líneas se dibujaban a lo largo de todo el tronco y  conferían al fósil gigante  el aspecto de un reo. De hecho, para poder verlo bien había que aplastar el rostro contra los hierros, de manera que, a pesar de que me encontraba en medio de un gran espacio libre, en realidad  parecía que yo era el preso.

Allí estuve unos minutos, observando aquel gigante del tiempo. Circundé la jaula unas cuantas veces, me senté a contemplar, y a pensar, y entonces me acometió un vértigo extraño, la sensación vívida de un caída hacia el vacío ignoto de  lo antaño, hacia el lugar y la edad de donde todos surgimos, el espacio perdido de nuestra filiación colectiva, el punto de encuentro donde comparten barro  el origen y el fin.

Una leve racha de viento ahuyentó mi ensoñación y entonces recordé mi segunda misión. Si no quería que me sorprendiese la noche, inmediatamente tenía que empezar a buscar  pequeños fósiles.  Próximo a la fosa donde descansa el árbol, fluye un hilo de agua, un pequeño arroyuelo de aguas limpias y frías. Los expertos aconsejan escrutar en las orillas, porque parece ser que es el lugar donde en mayor número se encuentran.

Saltaba de un lado a otro del arroyo, siempre mirando hacia abajo, discriminando piedras, desencajándolas del suelo y limpiando la parte inferior de  insectos que viven en ellas, eliminando el barro y  la humedad del tiempo. Una tras otra las lanzaba al agua, interrumpiendo y modificando su curso, disfrutando del sonido del chapoteo al caer. A veces creía haber logrado algún hallazgo, pero no era más que una confusión, pura especulación de formas, la ilusa alegría del explorador bisoño al confundir pequeñas marcas en las rocas y en las piedras, que no eran más que cicatrices de la erosión con vocación frustrada de espiral o de espiga,  de la vida extinta de pequeños artrópodos prehistóricos que probablemente merodearían las oquedades del árbol cuando todavía regalaba sombras sobre los pastos.

Las nubes empezaban a convertirse en una amenaza. Poco a poco se unían y se compactaban en grandes masas  grises y negras.  El sol declinaba y el cielo se oscurecía, de modo que decidí volver. Desandando el camino tuve que abrigarme porque el viento soplaba del Norte; un viento frío procedente del pulmón helado de la sierra que estaba dejando a mi espalda y que de algún modo me custodiaba, me vigilaba o quién sabe si me  empujaba hacia el lugar de los hombres, donde hay casas, calles  y luces; donde el fuego calienta  los hogares y el humo del roble  brota de las chimeneas.

En un par de horas, cuando ya caía la noche, divisé los primeros tejados y la ermita sobre la colina, y pude escuchar el eco de las campanas de la torre tocando a vísperas. Fue entonces cuando reparé que al día siguiente, en el mediodía del domingo,  le daríamos descanso; que reposaría para siempre en el lugar donde le gustaba estar, junto a las gentes con las que reía, y que de algún modo compartiría la misma tierra bajo el mismo cielo de abril que el árbol de piedra, en la libertad de mis recuerdos, donde no hay cárceles en las que proteger a la muerte.

martes, 14 de abril de 2015

14 de abril

Posiblemente se trate de una sensación mía, quizá muy particular, pero recordar a todos aquellos que lucharon y murieron por la democracia, por el futuro de sus hijos en un país nuevo, libre  y próspero, creo que me hace mejor persona.

¡Viva la República!

jueves, 9 de abril de 2015

La navaja


Fue en Septiembre. El periodista y yo nos explicábamos una cuantas banalidades sobre el calor de Agosto, las vacaciones y el fastidio de la vuelta al trabajo. Me dijo que era autónomo,  y que cobraba por pieza. Había vuelto antes que nadie  para adelantarse a otros compañeros  y poder atrapar así los primeros temas. Sin embargo, pasada la primera quincena, se arrepintió, porque la ciudad seguía  semidesierta y la realidad continuaba ausente. 

Menos mal que  a pocas manzanas de allí -me decía-, a la salida del único bar de la noche,  en la madrugada de ayer dos tipos discutieron. Uno de ellos tiró de navaja y  dejó al otro tendido en la cera, sobre un mortal charco de sangre. 

Esa navaja me  salva el mes- recuerdo que me dijo.

martes, 31 de marzo de 2015

La mierda y las moscas


Dos millones y medio de personas, mayores de edad, y en pleno uso de sus facultades, han votado en Andalucía a dos partidos políticos que durante años -tanto en esa región como en el resto de España- han cometido robo, prevaricación, tráfico de influencias, usurpación de bienes públicos, falsedad documental, financiación ilegal, clientelismo y, a la vista de los resultados, lo que te rondaré, morena.
Dos millones y medio de andaluces y andaluzas, mayores de edad, y en pleno uso de sus facultades, han regalado su confianza, a sabiendas,  a dos organizaciones políticas  que han delinquido repetida e insistentemente, desde la base hasta sus más altas instancias, haciendo de la corrupción su modo de gestión habitual, a costa del erario público y del dinero ajeno.
Dos millones y medio de andaluces y andaluzas, en pleno uso de sus facultades, conocedoras de las más retorcidas, sofisticadas e imaginativas prácticas criminales, cometidas justo hasta antes de ayer por aquellos a  los que han votado al amparo del aforamiento y de la honorabilidad que otorga la representación de la soberanía popular, han vuelto a introducir  en la sacrosanta urna de la democracia una papeleta de voto ilustrada con el logotipo de esas mismas dos organizaciones políticas que, repetida e insistentemente, y a la luz del día, defienden los intereses de quienes les están pagando a día de hoy suculentas comisiones, y de quienes, en el futuro, recibirán  jugosas nóminas por sentarse en los sillones de los consejos de administración de las empresas más poderosas.
Dos millones y medio de andaluces y andaluzas, en pleno uso de su facultades, después de padecer y asistir durante la última legislatura a uno de los periodos de la historia de nuestro país en el que el latrocinio,  la mentira, la miseria, el paro y la desesperación, promovidos y propiciados por el gobierno de los dos partidos políticos mayoritarios, han vuelto a decidir democráticamente, en libertad, en paz, sin condicionante alguno, que quienes ocupen las mayor parte de los escaños del parlamento que legislará su futuro y el de sus hijos serán precisamente esos dos mismos partidos que permiten que les echen de sus casas, que les roben camas de sus hospitales, que despidan a sus maestros, que no puedan encender la calefacción, que tengan que pasar medio año fuera de sus casas malviviendo en habitaciones de servicio a base de latas de conserva, sirviendo cerveza y gambas a la plancha en las costas catalana y mallorquina a los alemanes que nos exigen austeridad.
Muy  probablemente, dentro de muy pocos meses, casi tres millones  de catalanes, en pleno uso de su facultades, votarán a partidos políticos que, igual que Andalucía, han hecho del estupro, del envilecimiento y del saqueo práctica habitual tanto en Cataluña como en el resto de España, alguno de ellos, al amparo de una lengua, una bandera, obteniendo provecho del sentimiento identitario,  mientras legislan a golpe de decreto para destruir camas hospitalarias, cerrar ambulatorios, despedir a maestros, cerrar colegios, robar el sueldo a los funcionarios, y poner en bandeja de plata a las grandes corporaciones empresariales y sus familiares y amigos el suculento bocado de todo aquello que compone el estado del bienestar, el patrimonio de su país, al que tanto dicen amar.
Y muy probablemente, cualquier día del mes de noviembre de este mismo año, asistiremos impertérritos  al asombroso y patético espectáculo que consistirá en  ver como  algo más de diez millones de españoles y españolas  se vestirán, cambiarán sus zapatillas de andar por casa por sus zapatos, saldrán a la calle, pasearán ufanos hasta su colegio electoral, y en un acto incomprensible, de sumisión, miedo y cobardía,  introducirán en la urna de la soberanía popular el mismo voto que durante años y años ha permitido el crimen organizado a su costa y la impunidad de quienes desde los atriles, las plazas y la tertulias les piden su confianza, nuevamente, mientras engordan y hacen engordar el peso de inimaginables cuentas bancarias a salvo de cualquier contingencia.
Votemos sin demora,  moscas compatriotas: el futuro nos aguarda.