domingo, 1 de febrero de 2009

El día que conocí a Julio Cortázar


Conocí a Julio Cortázar en el año 1980. Me lo presentó un tipo al que le tengo mucho agradecido en los inicios de mi segunda vida y al que, en algunos momentos, odié con enfermiza obsesión. Lo conocí una mañana en la que el frío húmedo se calaba hasta los huesos. No había manera de entrar en calor. La niebla cubría la ciudad como la capa de un mago. A mí aquellos días densos, apagados, sin luz, me gustaban. Me sentía protegido. (Eran tiempos de ruidos de sables y creía, ingenuamente, que ningún maldito tirano podría encontrar la ciudad en donde vivía, de manera que nada ni nadie podría hacernos daño). Es extraño como hasta los detalles más pequeños de aquel día opaco aparecen en mi memoria de una manera tan diáfana.

El tipo que me presentó a Julio Cortázar se llamaba P, un gallego bajito, delgado, de mediana edad, que miraba el mundo con ojos pequeños de Lazarillo golfo a través de unas grandes gafas cuadradas de pasta que le cubrían por completo todos los ángulos visuales. Sin embargo, P siempre miraba por encima de ellas, como si observase la vida con sorna escéptica, casi cínica, de hombre descreído que lo ha visto todo y que está de vuelta de todo. P leía siempre, constantemente, a todas horas, en todo momento y en cualquier lugar. Cuando lo hacía, y sin darse cuenta, se rizaba con los dedos los rizos negros del pelo desordenado, mientras mordía con insistencia el filtro de los cigarrillos mentolados que fumaba constantemente, cuyo humo había acabado por teñir de color castaño un gran bigote de morsa que lucía con orgullo y que mojaba de cerveza, café o lo que fuera que bebiese, al llevarse el vaso a la boca.

Había tres cosas que a P le gustaban más que nada en el mundo: por este orden, ganar al dominó, las mujeres y la literatura. Hubiese dado su vida por las tres aunque siempre perdía por la mano, estaba casado y jamás escribió un libro. Pero era un lector voraz, inteligente, agudo, apasionado y, como Pierre Menard, escribió de nuevo cada libro que leyó. Por eso le admiraba, pero también le odiaba. Le daba a leer páginas que escribía y, con muy buen criterio, las despreciaba con un hiriente desdén macarra, chulesco. Por dos razones. Porque lo que escribía era realmente malo y porque no era uno de los suyos, amigos bebedores de Voll Dam, fumadores de hachís, golfos de la noche canalla. Aquel gallego exseminarista se desquitaba de sus años de sotanas en compañía de lo más florido los ochenta, y pasaba las horas de la mano de los habitantes de la noche hepática, cirrótica, lisérgica, pioneros de la mítica movida. A mi, todo aquel mundo de bohemia posmoderna, flipada y hueca no me hacía la menor gracia. Yo ya tenía mucha noche vivida a la luz del gasógeno en mi primera vida y quería darme una segunda oportunidad. Por eso a P yo le parecía un aprendiz de monaguillo y nunca logré de él un mínimo gesto de complicidad. (¡Si él hubiese sabido!)

Esa mañana sin sol entré en un bar de parroquianos a comprar tabaco. Allí, cada día, P tomaba café, acodado en la barra, sentado siempre en el mismo taburete. En aquel tugurio corría, desde un poco antes del amanecer, el anís, el coñac y las palomicas, que bebían con sed madrugadora taxistas, albañiles, camioneros, cajeros de bancos y guardias urbanos de servicio. Todas las mañanas P leía el periódico, rizaba el rizo y masticaba con gula el filtro del cigarrillo, pero aquel día algo no era igual a los otros porque no era la prensa lo que leía. Estaba acompañado. Me di cuenta nada más entrar, aunque no pude ver de quien se trataba porque estaba de espaldas a la puerta. Me dirigí a la máquina expendedora de tabaco, al otro extremo de la barra, y no le saludé. Nunca lo hacía por miedo a sufrir su indiferencia, a no ser que fuese él el primero en hacerlo. Pero en el preciso instante en que pasé a su lado me miró con sus ojos diminutos, nombró mi nombre y me invitó a acompañarle. Entonces lo vi de cerca, frente a mi, como una aparición surgida entre el humo espeso que flotaba igual que una nube sobre la clientela del bar: otra niebla acogedora y tóxica que al respirar se introduce en los cuerpos e inocula un veneno que ya para siempre fluirá por las venas sin posibilidad alguna de cura, de depuración, sin oportunidad ni chance para evacuar, eliminar, con efectos crónicos, permanentes, de consecuencias eternas, de placer infinito.

Lo recuerdo muy bien. Cada vez que paso por la puerta del bar veo la escena, me veo a mí mismo a través del cristal sucio y empañado, con mi cara de asombro, mirando a Julio directamente a los ojos cansados, ya viejos. Me veo estremecerme cuando posó levemente una de sus manos largas, ligeras, sobre mi hombro en gesto afectuoso y pausado de saludo sincero. Puedo recordar también como pronunció las primeras palabras que escuché de su boca, arrastrando la erre francesa y voseando su acento porteño, y cómo me dijo al fin, sin dejarme tiempo, si quiera, para confesarle lo mucho que P me había hablado de él: ”mirà, nuestra verdad posible tiene que ser invención”. No supe qué decir y ,como Julio me vio aturdido, casi en estado de shock, continuó diciéndome: ”un encuentro casual es lo menos casual en nuestra vida y la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o aprieta desde abajo el tubo de dentífrico”. Poco a poco fui cogiendo confianza; no me resultó difícil. La conversación se fue alargando y hubo un momento en el que ya no sabía si continuábamos entre parroquianos sedientos o habíamos trascendido el lugar y, Julio y yo, sin nadie más que nos pudiese molestar, ni siquiera P, conversábamos hasta que la noche le confirió a la niebla un estado de cortina en papel cebolla, de tejido vaporoso, como de gasa tamizada que nos protegía de un mundo irreal, porque la realidad éramos Julio y yo, y todo lo que acontecía afuera era mentira.

La víspera de san Valentín del año 1984, cuatro años después de mi primer encuentro con él, todos los periódicos, y las televisiones y las radios del mundo dieron la noticia de la muerte de Julio Cortázar. Justo ahora va a hacer 25 años. Una niebla muy diferente a la que cobija mis recuerdos se posó entonces sobre los ojos pícaros de P y lo mantuvo taciturno, triste, malhumorado y deprimido durante meses, hasta que entendió que, con tipos como Julio Cortázar, la muerte tiene poco que hacer. Julio Cortázar me redime de mi romanticismo mediocre porque cada vez que le leo estoy escribiendo de nuevo su obra.

Y así fue como conocí a Julio Cortázar. Eran tiempos en los que todavía había niebla para recordar.

Vuelvo mañana
La imagen que ilustra esta entrada se encuentra en el blog http://librosg.blogspot.com/2007/05/entrevista-julio-cortzar-realizada-por.html

lunes, 26 de enero de 2009

Marías, Obama y La Eesperanza


En España no ha proliferado la literatura de espías. Tenemos nuestros Anacletos, Mortadelos, Filemones, Superintendentes y doctores Bacterios. También tuvimos, no hace mucho, a Perote, a Roldán y su manta, a Mr X y al Gran Elefante Blanco, y cómo no, a J. Pedro y su teoría de la conspiración. A mí me parecen más reales los primeros que los segundos, que son más de TBO, como Paco y sus hombres, que persiguen por Madrid, con zapatófono y triciclo, todo lo que se menea.

Y es que para contar este tipo de historias hemos carecido siempre de la sofisticación anglosajona. Ahí están las trepidantes y envolventes historias de Green, Forsyth, Fleming ó Le Carré.

Javier Marías, anglófilo confeso, puede ser la excepción nacional. Marías finalizó el año pasado una de las mejores novelas de la literatura universal contemporánea: “Tu rostro mañana”. Este monumento literario no es una novela de género; no es, ni por asomo, una novela de espías, pero en ella, su narrador y protagonista, Joaquin Daza, es reclutado por una unidad especial del Servicio Secreto Británico que se dedica a perfilar el futuro comportamiento de determinados individuos que, de una manera u otra, en cualquier momento, se pueden convertir en ciudadanos útiles para el estado o en peligrosos elementos a los que, como mínimo, hay que vigilar. En esta fantástica y magnífica historia Marías nos dice, en realidad, que nadie conoce nuestro rostro mañana, ni siquiera nosotros el propio. Nadie sabe, y tampoco nosotros, si nuestra aparente y apacible bondad, un día, se puede convertir en traición, asesinato, difamación, tortura, delación o mentira, en nuestro provecho, para salvar el pellejo o, por venganza o, sencillamente, por pura ambición.

No hace falta trabajar en el MI5 para intuir el rostro futuro de Esperanza. Quizá sí que habría que encargar algún trabajillo para perfilar los rostros futuros de Alberto, que me parece más enigmático, más taimado. De cualquier manera, a mí lo que me gustaría ver es el futuro rostro de Obama. Habría que pedirle a Javier Marías que escriba, a manera de adenda, o como epílogo, una nueva entrega de su obra, para que Mr. Tupra asigne a uno de sus agentes la misión de observar la mirada de Barak Obama, los gestos, los acentos, y sobre todo, esos momentos casi imperceptibles en que todos los rostros se relajan y delatan, durante un instante, de qué somos capaces. Sería tanto como saber qué mundo nos espera.

Vuelvo mañana

domingo, 18 de enero de 2009

Biolingüística


Las palabras y los nombres nombran y crean a las cosas y a los hombres. Las palabras nos ofrecen la imagen de lo que nombran dentro de su hábitat. Una palabra nombra a alguien y describe algo. En su propio contener, la palabra nos muestra para qué sirve, cómo es; si mata o ama, si vive o muere, si odia o quiere. A menudo, las palabras y los nombres contienen en su significado si algo o alguien es o está, sencillamente, sin más. Por eso puede ocurrir que un ciego de nacimiento vea mejor el mundo y lo que lo habita, porque lo mira a través de las palabras, a través de lo que ellas contienen, a través de su destino, ineludible, que se genera desde el momento en que se pronuncian por primera vez.

Por ejemplo, alguien que al nacer fuese bautizado con el nombre de Edgar Allan por su progenitor, el Señor Poe, no puede ser otra cosa que un genio maldito de la literatura. Quiero decir que, por el hecho de llamase así no puede escapar a su destino; por llamarse Edgar Allan Poe deberá escribir, en el trascurrir de su vida, obligatoriamente, “El Escarabajo de Oro”,“La caída de la casa Usher” ó “El cuervo”. Otro ejemplo, para que se entienda. Alguien que se llame Julio Cortázar está predestinado a unir su nombre, quiera o no quiera, durante su vida y después de su muerte, por siempre, a los Cronopios, a la Señorita Cora, al juego de la rayuela o al mismísimo Poe. Y así con quien pensemos. A mí, por ejemplo, al ser bautizado como Mariano José, no se me permitió escribir un buen poema, o un buen drama, alguna obra postrera, grande y maestra que me permitiese pasar a la historia como el único romántico ibérico digno de ser mencionado. Mi nombre estableció mi destino y éste me ofreció, rácano, cruel, un pobre “Vuelva usted mañana”, un disparo en la sien y el desprecio eterno de Dolores.

Con las cosas pasa lo mismo. Algo que se llame árbol tiene que ser bello porque una palabra tan llana, tan bien acentuada, tan sencilla, con sus dos fonemas líquidos tan bien colocados, no puede ser más que algo que se aferre a la tierra y que viva de ella, y nos dé sombra, y se cimbree con el viento y silbe con sus hojas en las noches veraniegas de cierzo.

Y ahora se me ocurre que todo esto ya lo saben los vendedores de humo desde que el hombre es hombre, desde que la palabra se hizo verbo. Los brujos de la historia, creadores de ilusiones, jefes de comunicación, directores de marketing, artistas de las relaciones públicas, aprendices de Maquiavelo, han conseguido cambiar el destino de las palabras, el destino de lo que contiene aquello con lo que se nombra. La técnica es tan sencilla como perversa, tan efectiva como letal. Se trata de averiguar el genoma de los significados originales, para con él, crear un nuevo embrión, con apariencia semántica similar, pero que desarrollará unas funciones totalmente diferentes y opuestas, de tal manera que una vez puesto en la vida, entre el destino de las demás palabras, elimine al original, como una especie depredadora en otro hábitat.

Para probar esta teoría, no hay más que ver los resultados que han conseguido los ingenieros de la biolingüística, los hechiceros de la tribu, con dos palabras y sus hábitats, con estas dos palabras y todo lo que a su alrededor acontece: Israel y Palestina.

Vuelvo mañana

sábado, 10 de enero de 2009

El tiempo


He vivido innumerables inviernos a lo largo de mi eternidad. Duros, crudos, fríos inviernos cubiertos de nieves y de hielo. El cielo se encapotaba y el sol desaparecía de las vidas de las gentes. Por entonces ya existían los medios de comunicación. Yo trabajé en ellos y llegué a crear alguno. Azotados por la ventisca, corríamos de un lado a otro y seguíamos con nuestras vidas y con nuestras muertes. Hablar del tiempo suponía perderlo. Resultaba mejor aprovecharlo en encender un buen fuego y, al abrigo de la chimenea, alumbrados por la luz de las llamas, bien abrigados, escribir sobre lo que de verdad nos helaba la sangre: la hipocresía, la tiranía, la pobreza, la incultura, la manipulación… la sangre derramada en las interminables y estúpidas guerras carlistas. Claro que había otros que preferían enmendarle la plana al político de turno, babear sobre los pies del rey o, sencillamente, llenar las cuatro páginas del pliego con las crónicas de las corridas de toros. Cada cual a lo suyo, nevase o ardiese la tierra de calor. Se trataba de discurrir a través de la mismísima vida, habitada siempre por perdedores y vencedores, listos, listillos, espabilados y tontos de remate, víctimas y verdugos, cabrones e inocentes.

Hoy, acostumbrados a vivir a cubierto, a 23 grados perpetuos, da la sensación de que occidente es un gran ascensor en el que nadie se mira y donde todos repetimos, como loros de pico corto, que en invierno nieva y hace frío y en verano no. No hay más que ver cualquier noticiero televisado por los ascensoristas sociales: 15 minutos de imágenes con personas caminando entre la nieve y la lluvia y otros 15 minutos de imágenes y palabras huecas sobre la última hazaña del futbolista de moda. O las portadas de los principales periódicos, que día si y día también, nos ofrecen cumplida información sobre la estación del año en qué vivimos, por si alguien alberga alguna duda.

Los inviernos de la Palestina ocupada son fríos y los veranos calurosos. La temperatura media del invierno, en el llamado Israel, es de 23 grados, la misma que en verano. En los hospitales de Gaza los heridos por el terrorismo israelí mueren de neumonía porque no hay cristales en las ventanas y la temperatura en su interior es la misma que en el exterior. Los niños palestinos se mueren de hambre, tumbados como perritos famélicos a las faldas de su mamá muerta a causa de la metralla producida por la explosión de misiles lanzados a las órdenes de Olmert, de Busch, de la Union Europea y del lobby judío. Los misiles son lanzados de madrugada, cuando la temperatura es más baja, aunque también al mediodía, cuando las nubes se retiran, se abren importantes claros y algunos chubascos ocasionales mojan los letreros luminosos de los centros comerciales de Jerusalem, Washington y París. Hace pocos días, llovió sobre una mezquita al norte de Gaza. En su interior rezaban los últimos creyentes del barrio. Al escampar, un misil de los terroristas judíos los descuartizó a todos y esparció sus entrañas por el suelo santo. El día de los Reyes Magos, día de la santa epifanía cristiana, tres cadáveres de niños palestinos aparecieron en todas las portadas de los diarios del mundo envueltos en sudarios tejidos en el mismo territorio en donde Jesús de Nazareth nació entre las nieves mediterráneas y el frío oriental. Oro incienso y mirra. Ese mismo día, al despuntar la mañana, caía una fina lluvia romana sobre la cúpula de San Pedro del Vaticano. Benedicto XVI se levantó de la cama adoselada, corrió la cortina púrpura de la ventana santa, miró al cielo y le preguntó a su asistente si las previsiones del tiempo para ese día prometían sol o, por el contrario, auguraban precipitaciones. A continuación bajó en ascensor hasta el despacho y, allí sentado, con la misma ilusión de un niño inocente, abrió su regalo y sonrió con sus dientes de pastor alemán. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, el anticiclón predominaba en la costa este americana y un cálido viento, apenas perceptible, peinaba la hierba verde sobre la que Barak Obama mejoraba su handicap al introducir con solo dos golpes la bola en el hoyo 9.

Vuelvo mañana

jueves, 18 de diciembre de 2008

Christmas greetings


En pocos días todo habrá finalizado y recordaremos las luces quincalleras con desdén de viejos.

Al ver las cosas cotidianas con la luz natural, todo nos parecerá, en el recuerdo reciente, muy, muy antiguo. Lejano. Tan lejano que ni siquiera creeremos haberlo vivido.

Y al pensar en las próximas, experimentaremos un vértigo de tiempo que borraremos rápido para sobrevivir a los deseos y a las ambiciones que nos alentarán y nos guiarán de nuevo hacia el armario en donde aguarda paciente el espumillón, la pandereta y el buey.

Para entonces habrá pasado un año y, posiblemente, hayamos aprendido todos a ser un poco más justos

Justicia* a partir de 2009

* "Paz" tiene tres letras y es palabra monosílaba; es fácil de escribir y de decir. Unida a las palabras "en el mundo" forma la frase que mejor pronuncian las candidatas a Miss Universo.

"Amor" tiene cuatro. Es tan fácil de pronunciar y de escribir que la utiliza mucho el Vaticano y los guionistas de cine porno.

"Felicidad" es lo que sienten los banqueros y los grandes promotores inmobiliarios en estos tiempos que corren

Vuelvo mañana


lunes, 15 de diciembre de 2008

Quitameriendas

Hace pocos días, un buen amigo me explicaba que en las praderas frías de la sierra castellana, en un pueblecito ubicado bajo las montañas que unen (o separan) las provincias de Burgos, Soria y Logroño, crece una hermosa flor de pétalos independientes y morados que, unidos, forman el tallo colectivo que la sujeta precariamente a la tierra. Me explicaba mi amigo que la flor empieza a salpicar los prados cuando el verano va tocando a su fin, cuando el otoño asoma por las montañas silbando el viento del Norte espantando definitivamente a las cigüeñas que han anidado sobre la torre de la Iglesia desde mediada la primavera.

Quienes mejor conocían esta flor eran los críos del pueblo, o mejor dicho, quienes más la odiaban, porque su aparición era la señal inequívoca, el aviso, de que en pocos días dejarían de disfrutar de los juegos y de las correrías y de las largas tardes del verano al aire libre, que acompañaban de un trozo de pan de hogaza mojado en vino tinto y endulzado de azúcar. Por eso, la flor tiene el nombre de 'Quitameriendas', porque al verla se iniciaba la ineludible cuenta atrás y pronto, antes de lo que los niños se diesen cuenta, se encontraban comiéndose el pan con vino y azúcar al abrigo del fuego de la gloria, viendo como madre desplumaba una gallina en la pica de la fregadera o escuchando toser a padre mientras liaba un cigarrillo.

‘Quitameriendas’ avisaba a los niños de que la mañana se iba a unir a la noche sin tránsito alguno, y de que, más allá de la escuela y de las labores obligadas en el huerto, o con los animales del corral, tan solo les quedaba compartir un mínimo espacio familiar en el silencio del crepitar del fuego, al olor de roble quemado y, al final del día, después de la leche caliente, la cama fría e inhóspita, preludio de un nuevo día exactamente igual al anterior.

‘Quitameriendas’, le decía yo a mi amigo, era, al fin y al cabo, una herramienta pedagógica de primer orden que la naturaleza brindaba, con rigor, a los niños que crecían bajo las montañas de la Sierra de la Demanda.

Vuelvo mañana

sábado, 6 de diciembre de 2008

El tercer día


Mi agente, mi representante en el siglo XXI, JLM, se ha puesto pesado. Me dan ganas de despedirle y de empezar a ir por libre, pero -tengo que confesarlo- le he cogido cariño y, además, el mercado está fatal. JLM ha ganado un premio por escribir cuatro lineas mal puestas y está inaguantable; ya se cree que es como yo, inmortal. Lleva toda la semana pidiéndome, día y noche, que publique su cuento, que publique su cuento, que si viene de mi le harán caso, que quiere que sea su padrino literario... y no sé qué majaderías más. Así es que, con tal de que me deje en paz, he decidido colocar hoy, y sin que sirva de precedente, el cuento de mi agente, mi representante en el siglo XXI. Ahí queda.

Vuelvo mañana

El tercer día
¿Qué tal Ann? Cómo han ido estos días de fiesta. Estupendo. Me alegro. ¿Yo? Yo acabo el turno mañana. Sí, New York. Estoy en el hotel. Ya sabes, me cambié del puente aéreo hace unos años y ahora me arrepiento. Qué le vamos a hacer. No, pocas novedades, lo de siempre. Pero escucha, te llamo a ver si tú averiguas algo. Encontré el otro día un papel, como una carta, sí, antes de despegar. No, no sé de quién es. Por eso te llamo, porque estoy intrigada. Le estuve dando vueltas al tema durante todo el vuelo y ahora no puedo ni dormir. Sí, chica. ¡Claro! quizá no sea nada, quién sabe, pero quería leértela para que juzgues tu misma. No, no será más que un momento. Mira, oye, oye:

Aprovecho ahora que volamos a velocidad de crucero para escribirte, para decirte lo que hace mucho tiempo debí decirte. El ayudante de vuelo duerme a mi lado y el piloto automático se ocupa de todo. Allí adentro las azafatas reparten la comida. Dentro de pocas horas no se oirá más que el zumbido de los motores. Como cada día que llega esa hora, la hora del sueño, me da la sensación de que transporto almas sin cuerpo, vidas entre paréntesis. Es ahora cuando encuentro el momento, porque nos han pasado los años y se ha hecho absolutamente necesario que alguno de los dos sea sincero. O mejor, ya es hora de que yo sea sincero. Me paso la vida a bordo y, sin embargo, me da la sensación de que, excepto la mía, dirijo las del mundo entero.

“Hago despegar este aparato gigantesco una y otra vez, semana a semana, y cada vez que inclino el morro hacia el cielo siento un vértigo que va más allá de la inercia. No sé como explicártelo. ¿Recuerdas el día en que naciste? Si lo recuerdas, entenderás de qué te hablo. Escondo el tren de aterrizaje y poco después estabilizo y sé que me espera por delante la vida entera, un formidable espacio que nunca acaba. Y así siempre, un círculo de muerte y resurrección. Es como si a cada travesía renaciese. ¿Cómo decírtelo? Despegas y naces, vuelas y vives y al aterrizar mueres. Piénsalo bien. Es justo como te lo digo. Es perfecto.

“Vuelo a 30.000 pies. Pronto cambiaré de zona de franja horaria. Está resultando un vuelo plácido. El agua brilla allá abajo y dentro de algunos minutos todo se teñirá de rojo y veré el sol en toda su dimensión, fabuloso, gigante, dorado, y como siempre que no hay nubes, se burlará de mí en el horizonte porque jamás seré tan rápido como él.

“El océano es inmenso. Parece que nunca vaya a cruzarlo. Podría explicarte cada una de las horas, completas, minuto a minuto. Se hace corto. Perdona, me explico muy mal. No puede ser que se haga corto y que al mismo tiempo me parezca imposible cruzarlo. Puede que sea las dos cosas a la vez, porque en cuanto veo tierra me gustaría volver hacia atrás, y empezar de nuevo, pero en el momento de despegar lo que quiero es devorar millas y millas. ¿Lo entiendes ahora? Deberías probar.

“Dentro de poco, en cuanto vislumbre el primer trozo de tierra, deberé decir ‘señores pasajeros, les habla el comandante, abróchense los cinturones porque en breve aterrizaremos. La temperatura en New York es fría’ (como la misma muerte).Y tomaré tierra y pisaré con el pie suelo americano y entonces deberé llamarte y decirte que ya llegué, una vez más, y que te añoro, sí, yo también mi amor, claro, en tres días estoy otra vez contigo. Y al tercer día despegaré de nuevo de vuelta, veré brillar el mar, viviré una nueva vida, hasta que entre en pérdida y aterrice y se hagan eternas las noches que duermo junto a ti ,esperando, ansioso, poder transitar el cielo, al tercer día.

“Amor, te juro que lo intenté, pero mi vida está aquí arriba. Quiero decir toda mi vida, la que he pasado y la que me queda por vivir. Cuando el niño crezca y pregunte por mí dile que estoy en el mismísimo cielo. Él lo entenderá, seguro. Os voy a añorar. No sé"

Y aquí se termina. ¿Cómo? Sí, sí, es una cosa entre triste y loca, como si quien escribe esté un poco ido. La última letra está, no sé cómo explicarte, como temblona. Pues quizá sea eso que dices, como si quisiese escribir más. Sí, exacto, y en un último momento se arrepintiese. ¿Cómo? Estaba en el suelo, arrugada y sucia, bajo el carro de las bebidas de popa. Claro, no limpiaron bien y ahí quedó. Pues chica, quién sabe, igual hace meses, el papel está ya amarillo. ¿Quién podrá ser? ¿Tú también? Es lo que yo pensé. Seguro. No puede ser otro. Vale, vale, te dejo. No te preocupes mujer, lo primero es lo primero chao, chao. ¡Oye! Que tengas buen servicio. Venga, un besote. Hablamos.