A menudo, la cercanía cotidiana o doméstica ilumina la respuesta a los problemas más complejos. Otra cosa es que en la actualidad, a pesar de que la mayoría asiente y acuerda puntos de vista de consenso sobre asuntos corrientes y comunes que en los más de los casos corresponden a una moral universal, a la hora de exportar esa moralidad al plano global gana la opción menos virtuosa, gracias a victorias electorales que propician el poder hegemónico de quien defiende valores nefastos para la convivencia y la distribución de la riqueza y que aprovecha el sistema democrático para destruirlo a través de la manipulación masiva de la opinión pública.
El aula de un colegio o de un instituto es un lugar lo suficientemente próximo y frecuente como para utilizarlo de ejemplo, porque todos hemos convivido durante un buen puñado de años de nuestras vidas en sus rutinas, hemos participado intensamente de ese microcosmos social y somos capaces de reconocer, por la experiencia, comportamientos y prototipos, de manera que existiría un acuerdo mayoritario sobre lo que en aula o en el patio está bien y está mal, sobre a quién habría que aislar y a quien habría que defender; a quien deberíamos expulsar y a quién deberíamos un desagravio; sobre quién debería caer el peso de la justicia escolar y a quién habría que promocionar como referencia moral del colectivo.
¿Es necesario que concrete más? Creo que no. Estoy convencido de que sabemos todos dónde he situado el asunto. Hace seis años, el miedo a la entrada de la ultraderecha autoritaria, machista, franquista, homófoba, racista, xenófoba, antidemocrática y neoliberal en las instituciones españolas me inspiró un texto lo suficientemente definido y explícito al respecto. (VOX boy)
Transcurrido ese tiempo, no sólo no hemos aprendido a actuar social y colectivamente como probablemente actuaríamos hoy en los colegios ante los energúmenos que se creen por encima de los demás y abusan de su estúpida fuerza, sino que la situación ha empeorado, tanto que nos tememos abocados a un conflicto a escala global que nos hundirá en el dolor, la pobreza y la muerte.
Durante este periodo hemos sido testigos de cómo la historia se ha ido ubicado progresivamente en una pendiente vertiginosa a la que, por el momento, nadie parece poner freno, y que ha desembocado en los hechos por todos conocidos, auspiciados por personajillos que han sido aupados a césares por los ciudadanos soberanos; hombres y mujeres mediocres que en otra época difícilmente les habrían contratado para algo más que hacer fotocopias en una oficina.
La mentira descarada a los ciudadanos, el uso indiscriminado de la violencia de Estado sin respetar el más mínimo derecho, el desprecio o usufructo de las instituciones democráticas, la ausencia del Estado de derecho, la invasión de estados soberanos contra todo derecho internacional, la piratería corsaria de Estado al más puro estilo Isabelino, la práctica del racismo exacerbado, la vulgaridad, la mala educación y la ostentación de la ignorancia como estilo político de éxito, la ejecución de un genocidio a la vista impasible del mundo entero, la celebración de la muerte, del dolor y de la pobreza como triunfos deportivos, y la sensación comunal de un miedo horroroso a la catástrofe, al hundimiento de la civilización que las últimas tres generaciones nunca habíamos experimentado.
Toda esta gentuza que tiene en sus manos nuestros destinos son el equivalente a aquellos alumnos a los que el claustro de un centro de enseñanza expulsaría con el consenso de todos sus miembros. Sin embargo, a pesar de que sabemos de lo que son capaces porque lo prometen en sus campañas electorales, no sólo no los expulsamos de nuestra sociedad, o de nuestros países, sino que les elegimos para que nos destrocen nuestra vida a sus anchas y con legitimidad democrática.
Aquí, por ejemplo, el principal partido de la oposición designó como candidato al gobierno de su país a un señor que ostenta la gran virtud, conocida por todos, de cultivar la amistad y gozar los lujos de un conocido narcotraficante. Efectivamente, Alberto Núñez Feijóo fue el candidato más votado en las urnas en las últimas elecciones generales de España.
Podríamos repasar las virtudes morales de otros candidatos en otros niveles de nuestra administración y veríamos que a pesar de que las asociaciones de familias de los colegios o institutos solicitarían o recomendarían su expulsión si fuese alumnos de sus centros, al llegar a la edad madura les votan para decidir, por ejemplo, traspasar una millonada de euros de las residencias geriátricas públicas a la Clínica Quirón; las mismas residencias en las que dejó morir en soledad y sin asistencia a siete mil doscientos noventa y un ancianos.
Ahora que empiezan a sonar campanas de vuelta al servicio militar obligatorio en diferentes modalidades, quizás sería más práctico y conveniente para todos volver de nuevo al colegio en lugar de los cuarteles, ni que fuese un par de meses, sobre todo para aquellos que regalan su confianza y su destino a quienes en su infancia y adolescencia no aprendieron a hacer la O con un canuto, hacían bullyng o robaban bocadillos.

