Es conocida la anécdota que explicaba Jorge Luis Borges ocurrida el día del funeral de su santa madre, doña Leonor Acevedo Suárez de Borges. Según el escritor argentino, una señora enlacada y estrictamente enlutada se le acercó con parsimonia geriátrica para darle el pésame, y tras la frase de rigor se lamentó “¡Ay que penita Jorgito, qué penita, que se nos murió con noventa y nueve, si de poco no llega a los cien!”. El ínclito Borges, con esa gracia que Dios le dio, le respondió, impertérrito. “No sabía yo, mi doña, que era vos tan aficionada al sistema métrico decimal”
Podría yo haber celebrado, junto a la vieja amiga de Doña Leonor, los diez años desde el primer texto publicado en este espacio. Pero prefiero celebrar los dieciocho años desde que publiqué las primeras líneas azuladas, las primeras palabras en boca y pluma de Mariano José de Larra resucitado a su tercera vida, que reencarnó su voz en el siglo XXI buscando a Dolores, por si no se había olvidado de él.
Los dieciocho me ubican en la mayoría de edad, con mi derecho al voto, al alcohol, al tabaco y a conducir. En cuanto a mis deberes, debería respetar las leyes de la sintaxis y de la ortografía, debería cuidar el estilo, debería escoger con cuidado los temas y debería respetar a mis semejantes. No digo que no, pero soy débil y torpe, de modo que espero la indulgencia de quien me lea otros tantos años más.
Por cierto, es preceptivo, en fecha tan señalada, agradecer la paciencia y la fidelidad de todos aquellos que siguen mis letras desde que empecé a publicarlas aquí. No saben hasta qué punto me reconforta sentirme acompañado durante todo este tiempo, saber que tras mis frases torpes hay alguien que me quiere y porque me quiere me lee, y porque me dedica un poco del tiempo de su vida, yo también lo quiero, profundamente, de todo corazón.
Y nada más que decir, excepto que tras esta breve efemérides, reproduzco aquí el momento justo de la reencarnación de una voz que desde que murió por amor, los siglos añorarán, eternamente. Era un día de marzo del año 2007
Una voz que resucita entre los muertos
A riesgo
de que aquí entren nada más que internautas amantes de lo parapsicológico, me
ha dado la gana titular así las líneas inaugurales de este blog, palabreja que,
por cierto, no me gusta nada, porque no dice nada: blog es una palabra sin
contenido, imposible de referenciar mentalmente con un sentimineto, un sabor,
un color, una imagen, un objeto, un recuerdo.
Blog es como la red, que no sabe a nada. La red es
insípida. En la red nada es rugoso, o suave, o áspero, o aterciopelado. La red
es incolora, diría que transparente, pero es una palabra demasiado generosa.
Transparentes son las cosas que gustan: un vestido de lino a contraluz, el velo
de una novia, la luz de otoño al atardecer, el papel cebolla, un verso de
Ángel, o la respiración de mi amor justo antes de despertar.
La red es silenciosa, como un asesino alevoso de un
cuento que pudo escribir Poe, como el autor que mata al autor que lee un cuento
de Cortázar sentado cómodamente en un sillón verde, ignorante, el pobre, de que
en segundos va a perder el cuello.
En la red no se contine el silencio de los
monasterios, o el de una cuna dando de dormir a un bebé. El silencio de la red
es cruel y taimado, es el silencio que se porduce antes de recibir la noticia
de una muerte por teléfono. Ese es el tipo de silencio de la red.
A estas alturas de blog (inventemos otra palabra
para nombrar esto!!) tú, que esperabas encontrar el cuarto secreto de Fátima en
estas lineas, habrás visto que nada es lo que parece y que esta voz resucitada
entre los muertos es la del pobrecito hablador del siglo XXI que se levanta
para deciros que "blog" suena a teclas y huele a plástico quemado;
para explicaros todas las semanas como se ven las cosas de este mundo después
de un par de siglos de reposo; para contaros que, en lo poco que todavía he
visto, nada ha cambiado, excepto yo, que no pienso dejarme llevar de nuevo por
la deliciosa sensación de morir de amor delante del espejo en la víspera del
día de Navidad, (¿de amor o de desesperación?), ya no recuerdo por qué apreté
el gatillo.